Chicha de sobre: Y el agua se hizo chicha...

El día martes, en clase de Redacción, hicimos un ejercicio. Éste consistía en escribir un texto narrativo a partir de una imagen proyectada por la profesora. Esta vez, la imagen fue una jarra de chicha morada, y, como tal vez sea común para los que conocen dicha bebida, lo primero que vino a mi mente fue un comercial de televisión. Ya tenía algo, el problema era qué narrar. Por suerte (aunque es más difícil así) la profesora decidió que hiciéramos el trabajo entre dos, y como Anónimo Conocido estaba cerca, empezamos de inmediato a discutir la historia. El resultado es lo que les muestro a continuación, y, por supuesto, la imagen que está aquí adjunta es la misma que vimos en clase.

.+.+.+.+. Chicha de sobre: Y el agua se hizo chicha.+.+.+.+.

“Chicha morada Negrita… con su piñita y su canelita…”

Otra vez el mismo comercial de televisión. Como si pasarlo tantas veces fuera a mejorar su desagradable sabor. Sea Negrita, Royal o Zuko, o que te regalen vasos y jarras que no duran más de una semana, la chica morada de sobre es un asco.
Solo la he tomado una vez, y nunca volvería a hacerlo. Para ese entonces, la chicha morada era mi bebida preferida sin importar qué. Me emocionaba tanto al probarla como un niño con juguete nuevo. Pero las cosas cambiaron aquella vez. La culpa la tiene mi tía Cucha. Ella me había prometido que, en su fiesta de cumpleaños, serviría mi tan preciada bebida en mi honor. Desgraciadamente no fue así.
Ese día me levanté muy temprano para comprar el regalo. Busqué algo muy especial porque me sentía muy querido por ella, que había tenido en cuenta mis gustos en su cumpleaños. Era digna de admiración. Llegué temprano por eso también a su casa, pues mi objetivo era ayudarla con los preparativos. Además, claro, de que quería probar chicha extra. Sin embargo, a mi llegada, no había rastro alguno de tal delicia. “No te hagas problemas, hijo. Dios proveerá”, me dijo, “Ya viene Jesús con la chicha”. Imaginé que la había mandado a preparar a alguien más, y el no saber a quién me tenía algo inquieto. Fue una espera bastante angustiante porque mi primo estaba de compras en el Centro, y éste quedaba bastante lejos de su casa.
Los invitados empezaron a llegar y Jesús no se aparecía. Tenía ganas de ir a buscarlo, pero no era recomendable, según la tía. Cuando llegó, me sentí aliviado. Lo ayudé a descargar sus bolsas y quedé decepcionado. “­¿Y la chicha?”, le pregunté. Él se metió la mano al bolsillo del pantalón y extrajo un sobre morado. “Aquí”, dijo burlonamente. Mi tía lo llamó. Pronto vaciaron el contenido en una vasija de agua y el agua se hizo chicha, o mejor dicho, el agua intentó ser chicha.
No quise probarla, pero me vi obligado. Esa sustancia acuosa morada fue repartida a todos los presentes. Su color hipócrita se quedaba impregnado en los vasos de vidrio de una forma tan intensa que denotaba su artificialidad. Fue un martirio terminar ese único vaso. La espera a que la fiesta terminara fue angustiante. Lo peor fue que me guardaran un poco para el final. Nunca le perdonaré ese gesto a la tía Cucha. Y si algo tengo que decirle a mi primo es lo siguiente: ¡Chicha tu madre, Jesús!

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Eso fue todo. No sé si les haya gustado. A nosotros, en particular, sí, por eso quisimos compartirlo por aquí. Nos veremos el viernes. [ ;) ]

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