Jesús Cristo

Bueno, bueno, señores, esta vez he estado algo ocupado, así que no he podido hacer el capítulo de la semana para Ariana. Por más que recé... No, no recé, puedo solo con lo que hago [ =) ] En fin. Para no hacerlos esperar mucho publicaré algo distinto, un cuentito raro que hice hace unos meses.
El cuento lleva por nombre Jesús Cristo y no es precisamente una alegoría, sino una sátira (aviso, sátira = cercano burla). Pero si lo hice no fue para ridiculizar al personaje ni a su nombre, sino a parte de la sociedad y su comportamiento al respecto... además de que la idea me pareció divertida [ u.u ]. Récenles a sus dioses y crucen los dedos, que aquí está el cuento...

.+.+.+.+.+.+. Jesús Cristo.+.+.+.+.+.+.


Un viejo camina sin ojos, con manos, sin punto de equilibrio. Pisa con temor las veredas, con presura se aparta del asfalto. Salta de vez en vez como los niños que juegan “Mundo”. Le importan poco los perros… hasta que alguno se le atraviesa o le ladra con temor. Entonces grita y lo amenaza con una bolsa llena de piedras que atesora como si de monedas se tratase.
Choca. Su extraño andar lo pone en aprietos: choca con un auto que, para su suerte, está a una distancia demasiado corta de su preciada y segura (y desconocida) pared. Desespera. Temeroso, se aventura a rodearlo. A la mitad del camino hace un descubrimiento grandioso: recuerda que sabe leer. No era un completo loco, después de todo. Pero no piensa en esto; se interesa más por la inscripción en la luna posterior del auto, un Mercedes Benz plomo del año 97, una inscripción que le quitaba toda ostentación y parecía poner en segundo plano la marca del vehículo: “Jesús está cerca, prepárate”. El viejo observa las letras como si fueran algo mágico. Acto seguido, recuerda que está indefenso y continúa su travesía hacia su pared.

Un extranjero llega a la ciudad. Su nombre es Jesús Cristo y desconoce la razón de ello, pues sus padres nunca supieron explicárselo —o tal vez porque él nunca se los preguntó—. Después de todo, era normal tener ese tipo de nombres de donde él venía. Estaba de viaje y esta ciudad parecía agradable: “personas con un gran espíritu de solidaridad. La nobleza corre por las calles más que los autos. El orden es envidiable. No olvide pasar por aquí, es un destino imperdible para todo viajero” decía su guía. Santo Cristo era el nombre de la pequeña ciudad —aunque sus habitantes la creían la más grande—. Posible es que también el nombre lo haya atraído, pues sus padres ya habían muerto y no conocía a nadie que pudiera explicarle el sentido de su nombre. Pero esto es solo una conjetura, ya que tal vez le importara poco, como a la mayoría de las personas de donde venía.
El hombre estaba realmente emocionado. Creía que aquél sería el mejor de sus viajes. Y parecía no equivocarse, pues, desde su llegada a la Estación Central de Santo Cristo las personas lo habían tratado con mucha amabilidad. “Es cierto lo que decía la guía” pensó. Lo comprobó al tomar un taxi; “comprendo por qué la nobleza corre por las calles” le dijo al conductor cuando éste le había preguntado de dónde era que venía y él había contestado, como es obvio, con el nombre de su ciudad de origen. “Vengo de Ciudad de Dios” había dicho. Desde entonces el conductor fue todavía más amable. Por eso es que Jesús Cristo le comentó lo de la nobleza en las calles.
Siempre pasaba esto: en el Hotel, donde al ver su identificación le habían dado la mejor de las habitaciones; en la agencia de correos cuando quiso enviar una carta al amigo que le había facilitado la guía de viajes, donde, a pesar de la larga cola, todos le abrieron paso al instante de haber mantenido una conversación corta con la anciana que le antecedía en turno; en el bar, donde ni siquiera tuvo que pagar luego de que el barman escuchara su historia; pero el hombre no advertía el sutil cambio en la actitud de las personas de Santo Cristo, porque le era más que suficiente revisar su guía turística —ellos debían tener la razón, claro. Nadie escribiría una guía sin haber viajado, o eso creía.

De repente, su pared se había terminado. Sí, había llegado a una esquina, a una esquina, a una esquina, a una esquina que, como todas con las que se topaba, era extremadamente temible. Retiró las manos de la pared y caminó de costado, con pasos de aproximadamente 5cm, dándole siempre la espalda a la esquina —tal vez le temía a lo perpendicular de su forma—, por lo que tardó unos 40 segundos en doblarla.

Pronto se fue dando cuenta del extraño fenómeno. Ya por la noche, cuando caminaba buscando algo de paz interior. Y no es que se hubiera puesto a repasar cada cosa que le sucedió en el día. No, no era nada de eso. Jesús Cristo era demasiado lento y se preocupaba poco por esas cosas. Pensaba, en cambio, en lo placentero que sería el día siguiente y en lo maravillosa que era la ciudad, y en que desearía que sus padres,  José de San Martín y Ana María de Orleans, pudieran ver que las utopías podían lograrse hasta tal punto. Sus sospechas comenzaron cuando se acercó a un edificio de formas majestuosas. Era como una copa de vino invertida, solo que la parte superior emulaba rayos de luz —curioso diseño aquél— y estaba recubierto con un oscuro azul. La superficie era bastante lisa y tenía una buena iluminación, así que, desde donde Jesús se encontraba, la vista era majestuosa. Y tanta curiosidad y admiración sentía por aquella construcción que parecía erigirse hermosamente entre la oscuridad que decidió acercarse.
En primera instancia había pensado “ha de ser un museo o un teatro, por su tamaño”. Y es que los teatros en Ciudad de Dios eran muy grandes, casi como lo que ahora veía, pero ningún edificio en ese lugar tenía tan atrevidas formas… Le parecía un sueño… o que se caería en cualquier momento. No obstante, esto último no lo desanimaba. Quería saber de qué servía aquel lugar.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, una sensación de paz llenó su interior. Las calles eran silenciosas y seguras por la noche, como decía en alguna parte de la guía, y esto permitía a Jesús ser capaz de percibir hermosas melodías de orquesta. Piano era lo que escuchaba más. “Tal vez sea un recital”. Esto lo llevó a la conclusión de que se trataba de un teatro, sino de algo parecido a ello —depende de cómo lo llamaran allí, porque le llamaban “paraíso” al cielo, “creación” a la naturaleza y “milagro” a cualquier cosa buena que ocurriera. Lo cual era bastante raro—. Ya más de cerca, se dio cuenta de que no era un recital, sino tal vez muchos recitales, pues percibió, por cierto retraso en los sonidos, que uno se había adelantado, y que, a pesar del tiempo, no había sido corregido.
Él ya estaba a la entrada y, debajo de aquellos rayos de luz hechos de concreto, algo escondido, pudo ver el nombre del lugar: “Templo de Jesús Cristo y sus apóstoles santos y de los milagros y las santas bendiciones de sus padres María y José, y de los últimos días, donde todos serán juzgados por la gracia del Padre eterno”. Su sorpresa fue grande. “Debe ser una coincidencia… como mi nombre”, pensaba.

Su ruta era la de siempre, y su estado también, aunque esta vez se topó con menos perros amenazantes. Además, tenía la suerte de nunca perder su tan querida y segura pared. Pero ya estaba llegando a Ese lugar. Y se suponía que, en ese punto, dejaba su pared, porque era la única forma de llegar a aquella otra más limpia, más pura, más bella… Una gran hazaña, a decir verdad, una gran hazaña.

Un hombre lo golpeó sin darse cuenta. “Lo siento, señor. Voy con prisa. ¡Vamos!, venga usted también. No querrá perderse la ceremonia”. Jesús le hizo caso. Tenía que hacerlo, porque, allí dentro, parecía que lo esperaba su destino.
La entrada era un gran arco, bastante profundo, con muchos adornos al estilo neoclásico. Al salir de él, se encontró con un largo pasadizo, que iba hacia la derecha y hacia la izquierda, y del cual no podía ver el final a simple vista. En frente,  varios portones, separados unos de otros por unos cien  metros, le hicieron recordar a los cines.
Cuando llegaron a la casi décima puerta de la derecha, el hombre tocó la puerta y le abrió un hombre vestido de hábito.
— Pase, señor Alegre —dijo. Luego miró extrañado a Jesús—. ¿Y usted?, ¿quién es?
— Ah… disculpe. Yo no soy de aquí.
— ¿Su nombre?
— ¿Es necesario?
— Debo registrarlo para que pueda entrar.
— Jesús Cristo de San Martín de Orleans, de Ciudad de Dios —y se dispuso a pasar.
Sin embargo, la ceremonia se detuvo cuando dio un paso hacia el interior, pero no porque él hubiera pasado, sino por la intromisión del hombre de la puerta. “Ha llegado” gritó, y la amplitud del lugar permitió una dispersión armónica de sus palabras hacia los oídos de todos los que allí se hallaban. Jesús Cristo lo había sospechado, que eso era un templo, y ahora era más que claro: una multitud de gente como público y una especie de altar al fondo. Cruces por todos lados, velas, imágenes de una gran riqueza iconográfica, montones de superficies doradas —tantas que te dejarían ciego—, etc. Era claro, era obvio, era un templo. Pero lo extraño era que lo estuviesen esperando. Lo extraño era que el hombre de la puerta hubiera gritado algo y todos se pusieran de pie y voltearan la mirada hacia ellos. Lo extraño era que eso era extraño, porque ni siquiera conocía a toda esa gente. A ninguno.

Logró pasar genialmente hasta el otro lado. Y, como dije, eso era una hazaña para él.  Atravesó la entrada sin mucha dificultad, y se dirigió por el pasillo de la derecha, pues acababan de poner una especie de panel a la izquierda con la inscripción “COPADO”, cosa que interpretó como pared—y debido a lo cual llegó a la que correspondía a las grandes puertas—. Caminó arrastrando los pies, siempre pegado a la pared, siempre golpeando las puertas sin intención de hacerlo. Lo hizo, siempre cuidando su bolsa de piedras, su más grande tesoro, hasta llegar a la décima puerta, que estaba abierta.
Un miedo inmenso lo invadió. Ya no había pared. Tendría que dar unos tres pasos hasta llegar al otro lado. Y lo peor era que dos hombres estaban ahí, parados entre ambas paredes, como en son de burla para él, que no podía separarse de la suya. Una música extraña, un “Ha llegado” y un silencio. Todo era un claro indicio de que iban a burlarse de él. Todo era tan horrible como eso. Y tal vez hasta le quitaran su tesoro.

Y luego unos aplausos, y el hombre de la puerta empujando a Jesús Cristo hacia el altar. Un grito estremecedor.

No podía soportarlo. Se sobrecogió y gritó en busca de auxilio. Abrazó fuertemente su bolsa de piedras y lloró.

Ahora no había aplausos. El hombre de la puerta se acercó a ver qué sucedía y vio a un indigente sollozando. Quedó atónito.

Vio una sombra acercarse y temió por su vida, pero no abandonó su pared. Era valiente, después de todo. Pero no pudo defenderse, el miedo lo debilitó: la sombra lo cogió del brazo y se lo llevó adentro, donde las paredes eran tan lejanas, aquel lugar tan horrible.

“Salvemos a este hombre” y muchos aplausos. Jesús también aplaudió, le agradaba la idea de ayudar a la gente.
Ambos, extranjero e indigente, fueron llevados al altar. Jesús temió, pero el indigente parecía aun más temeroso. “Dios nos ha bendecido, estos hombres son señales suyas. Debemos ser consecuentes”, dijo el sacerdote, que era un hombre tanto o más anciano que el indigente, con voz gruesa y entre tosidos. Ambos fueron invitados a hablar de algo de lo que no tenían ni la más remota idea: el fin del mundo, que se acercaba, según decían. Les preguntaban cosas al respecto, el indigente lloraba por su pared, Jesús se ponía cada vez más nervioso, no sabía qué decir. La presión lo hizo decir, al comienzo, “no sé”, pero luego vio que era inútil.
Jesús era torpe, no podían esperar más de él, pero ellos lo esperaban, esperaban más, mucho más. Pero solo obtuvieron silencio por su parte y un extendido y profundo llanto por parte del indigente.
El silencio dice más que mil palabras, según comentan, y cada quien ve lo que quiere ver. En este caso, ellos entendieron lo que quisieron. El público comenzó a retirarse de a poco del lugar, y empezaron a escucharse grandes sollozos, extendidos, profundos, intensos, irrevocables.
Todos lo miraban como con aprecio y se retiraban sollozando.
Poco a poco, las calles de Santo Cristo se llenaron de lágrimas. Tanto que Jesús tuvo que irse ni bien lo advirtió. Nunca pudo volver, ni tampoco lo quiso.
Su llanto duró mucho, pero terminó antes que el de los demás, ya que pronto advirtió lo que tenía a sus espaldas. Una pared dorada, imposible de ver, pero una pared al fin y al cabo. Se cogió de ella y salió del templo.

Pronto todos lo vieron caminar como siempre, pegado a las paredes, a veces saltando, como los niños que juegan “Mundo”. Y eso fue suficiente señal para calmarse.
El fin del mundo había acabado.


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Eso ha sido todo. Gracias por leer. Intentaré tener Ariana para la próxima semana. Au revoir!

1 comentario:

  1. Hijo mío, otra vez tendré que enviar al mesías para incendiar el "Mundo".

    Este Jesu Cristo... ¿con que indigente no?

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