Autogolpe: 5 de Abril del 92

Perú: 5 de Abril de 1992, fecha en que el entonces Presidente, Alberto Fujimori, llevó a cabo una de sus jugadas más recordadas en la historia reciente del Perú: El Autogolpe. El desbaratamiento de los poderes del Estado para reconstruirlos a su modo, a fin de tener mayoría y "tomar las decisiones más rápido". Para algunos, un hecho inevitable debido al avance terrorista, para otros, un gran error, un evento en la historia que sería mejor que nunca hubiera sucedido.

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¡Al suelo, carajo!, ¡al suelo, he dicho! —la escopeta casi tocaba su sien. Podía sentir el nerviosismo del enmascarado que atentaba contra su vida viajar a través del acero, dubitativo y cobarde, pero al mismo tiempo, y con mayor intensidad, un ímpetu enorme por transformar la realidad, y la resignación estúpida que se presentaba como una revelación: que no hay otro camino más que la violencia—. No podemos permitir que esos políticos corruptos se alimenten de nosotros, ¡levántense, compañeros!, levantémonos en armas contra esos mierdas y recuperemos nuestra dignidad. ¡No te muevas, conchetumare! ¿Quién quiere seguir viviendo en miseria? ¡Tú!, te jodes acá por esos hijosdeputa que no hacen nada por ti. ¿Es justo? —nadie contestó, solo se escuchaba el llanto reprimido del hombre tirado al suelo— ¡¿Es justo, carajo?! —la gente, que rodeaba la escena, respondió con un poco convencido “sí”—. Entonces ¿qué mierda van hacer?, ¿quieren morir como este cojudo, por hablar demás? —le disparó en una pierna. El tipo se retorcía en gritos. Entre la gente se escucharon pequeños gritos de susto. El enmascarado notó la ineficiencia de su discurso. No había causado el suficiente miedo. Tenía que matarlo.

5 de Abril de 1992.
“El Perú no puede continuar debilitándose por obra del terrorismo, el narcotráfico, la corrupción… Como Presidente de la República he constatado directamente todas estas anomalías y me he sentido en la responsabilidad de asumir una actitud de excepción para procurar acelerar el proceso de esta reconstrucción nacional. Primero: Disolver… DISOLVER temporalmente el Congreso de la República... Segundo: Reorganizar TOTALMENTE el Poder Judicial…”


¿Qué mierda vamos a hacer?
Golpe de Estado, pues, huevón. ¿No escuchaste al General? Pero, por la puta madre, tengo miedo. Esos terrucos seguro se nos aparecen pronto y…
No jodas, la noche será muy larga como para empezar a asustarnos.
Quispe y Ramírez, dos militares conversan sobre lo que sucederá a partir de entonces. La decisión tomada por la cabeza del Estado… era una especie de anuncio apocalíptico, un anuncio de una guerra sucia y sangrienta en la que ellos no serían más que soldaditos de plomo.
—Oye, Ramírez… —su compañero voltea a verlo— Vamos a matar gente inocente, ¿no?
—Vámonos, ya casi es hora. Ojalá salgamos vivos de esto, quisiera tener una novia.
Horas después, los militares tomaron las calles e instituciones públicas. Quispe y Ramírez han tomado un canal de televisión. Ambos están al frente, de pie, separados por unos dos metros.
Ramírez…
¿Qué quieres, huevón?, estamos de guardia, no hay que distraerse.
Pronto llegará gente aquí, esto es como violar sus vidas. ¿Por qué debemos tomar este canal? ¿Sabe la gente lo que pasa? ¿No hay otra forma…?
Carajo, cállate. Haces muchas preguntas. Más bien échale un ojo al hijodeputa de García, ya sabes cómo es. Ve a alguien y va a querer matarlo. Si te preocupa esa gente, no lo pierdas.
Tenía que tocarnos con García…
García era un negro enorme. Le gustaba burlarse de todos, a veces incluso abusaba, buscaba problemas en todos lados, todo el tiempo. Nadie quería toparse con él, y menos aún Quispe. Una vez casi lo mata por defender a un perro. Quispe no creía en los bautizos, siempre le pareció una injusticia. Por eso odiaba al negro García.
Tenemos suerte de no estar al interior del país, de otra forma ya estaríamos muertos… Allá todos tienen cara de terrucos…
Quispe escuchaba hablar a su compañero, pero su mente se había pegado en el negro García. Él estaba más allá, en una esquina. No quería imaginarse lo que sería capaz de hacer. Lo peor era que ahora el Estado lo amparaba, y cualquier tipo de exceso que se le ocurriera. Vaya mierda... El Estado podía creerse él mismo haber tomado la decisión correcta, pero, Quispe lo sabía, matar inocentes no era para nada correcto. Debía haber otra forma… Golpe de Estado, el solo pensarlo causaba miedo. No necesariamente tendría que matar a alguien, pero estaba seguro de que García sí.
¿Tienen cigarros? —El negro se había acercado a ellos, sin que ninguno se diera cuenta—. Oye, ¿tienes cigarros, huevón? —Quispe quedó inmóvil, sintió como todo su odio se le escapaba por los poros y lo abandonaba con miedo. Miedo en la sangre. Cigarros. ¿Tenía cigarros?— ¿Tú? —se acercó a Ramírez. Éste le alcanzó uno, junto a un encendedor—. No, no. Enciéndelo tú. Anda —Ramírez obedeció.
El negro se paseó cerca de ellos por un rato.
¡Esto es una mierda!, ¿qué carajos fumas? Bueno, ya no importa. Un cigarro es un cigarro. Todo esto es igual, una mierda, pero una guerra es una guerra. Ahora todos están bajo nuestro poder —resopló riendo—. Déjense de huevadas y piénsenlo así. Nunca más les darán tanta libertad a sus armas. Los esperamos a todos, y el primero que se resista, a ese lo matamos. Todo el que se resiste es terruco.


Por la mañana, cerca de las 5, apareció un periodista. “No. Nadie puede pasar”. “Señor, discúlpeme pero debemos hacer nuestro trabajo. Ustedes no pueden simplemente sacarnos de nuestro canal…”. Quispe insistió “Nadie puede pasar”, pero fue hecho a un lado. El débil Quispe, no podía contra sí mismo.
¿Qué mierda haces?, ¡carajo! Nadie pasa —gritó el negro García desde su puesto, en donde les cerraba el paso a un grupo de trabajadores asustados—. Saca a ese huevón de ahí. ¡Sácalo!
Ramírez presintió algo malo y fue a detener al hombre, que ya estaba dentro del edificio. Lo acompañó otro compañero suyo. De regreso, el hombre gritaba que lo dejaran hacer su trabajo, que le valía mierda lo que dijera el Presidente, que era una exageración y una total falta de respeto. Ya fuera. El hombre de prensa se alejó gritando, amenazando con regresar.
“Ese imbécil… tiene cara de que va a volver…”. El negro García presionó el gatillo.

“Antes que me destituyeran, y antes que el terrorismo tome el control del poder y destruya la democracia, yo doy el paso” (Alberto Fujimori, 2005)
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