Amaru, El Indomable

Debería presentarse el mismo Paul, pero está indispuesto y no dejó un saludo para hoy. Discúlpenlo. Esta es su primera ficción en el blog. Aplausos por favor... En fin, esta vez, el tema es la muerte de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, en la ciudad del Cuzco, el 18 de mayo de 1781. [Zack Z.]

Amaru, El Indomable

Tan sólo eran caballos. Animales usados para carga y transporte. Sometidos a un trabajo obligatorio de por vida. A diferencia de algunos de su especie, ellos se criaron en cautiverio. En sus cortos recuerdos de temprana edad, podían correr libremente en una zona determinada, un cerco de madera que les evitataba avanzar hacia la libertad.
Pronto se convirtieron en adultos y las cosas se tornaron aún peores. Herraduras en las patas, bozal, montura. Nada de eso lo comprendían. Intentaron negarse en un principio, pero no importaba cuantas veces lo hicieran, los humanos insistían. Hasta que llego el momento en el cual no pudieron más, y cedieron. Fueron totalmente sometidos, negados a vivir bajo sus propios deseos ¿Por qué no podían vivir libres? ¿Por qué sufrir tan cruel trato? No podían responderlo. Existía una verdad absoluta, tendrían que cargar el peso de sus amos por el resto de sus vidas. Aunque al principio fue difícil, se acostumbraron y lograron sobrevivir. Eran golpeados, pero aprendieron a resistir. No cuestionaban, ni siquiera en sus planes se encontraba una revolución. Viajaban largas jornadas, empinadas montañas, calurosos desiertos. Y así continuaron viviendo. No conocían la libertad. Ya la no anhelaban. Ni siquiera la soñaban.
Era un día aparentemente tranquilo en la ciudad del Cuzco, pero no necesariamente para ellos cuatro. Se encontraban muy cerca de la Plaza de Armas, amarrados. Habían escuchado el sonido del galope de muchos de sus compañeros. Aparte, el sonido de voces humanas que murmuraban cosas sin importancia. Luego, el murmullo fue silenciado por unos cuantos gritos. Un grito aún mayor pudo oírse, era sordo y desesperado. Sujeto fuertemente por terceros,  a un hombre le cortaban la lengua luego de mostrarle los horrores de ver morir a todos sus seres queridos.  Ya no se encontraban amarrados; de manera improvisada, los prepararon con cuerdas, palos y demás, algo que nunca antes habían hecho. Parecía como si fueran a arrastrar un coche, pero no había ninguno en los alrededores. Sólo había un hombre, un hombre sin lengua. Fueron dirigidos hacia el epicentro de los acontecimientos. Mucha gente, vestida de muchos colores, y aquel hombre con la boca sangrante. No podía gritar, no podía moverse, pero aún mostraba signos de continuar luchando. Su mirada era fija y fiera. Nadie se atrevería a mirarle a los ojos. Aun si lo hicieran, no lo comprenderían.
Con mucha prisa, amarraron con una cuerda cada extremidad suya a uno de los caballos. Cada uno de ellos iría en una dirección distinta, de modo que las extremidades de aquel humano se estiraran lo suficiente como para despedazarlo. Un acto cruel y sangriento, pero ellos no tenían poder de decisión. Empezaron a moverse. El hombre mudo emitía un fuerte alarido. Pero nada sucedía, no podían avanzar más, algo se los impedía. Una fuerza superior a la suya les obligaba a retroceder. Las personas que los sujetaban de sus bozales, comenzaron a golpearlos, golpearlos como nunca antes. No podían entender. Estaban haciendo exactamente lo que se les había pedido, ¿cuál era el problema?  Hicieron caso a los golpes y, con premura, aumentaron la velocidad, tirando aún más fuerte, pero les era imposible avanzar. El hombre gritaba, pero estaba lejos de rendirse. Los golpes continuaron e igualmente sus intentos por jalar cada vez más fuerte.
Tras mucho intentar, se encontraban cansados, adoloridos. Los humanos que los obligaban a avanzar ya no golpeaban con la ferocidad inicial. Finalmente, soltaron las cuerdas, dejaron al indomable en el piso. Cansados y heridos, fueron transportados hasta el establo. Continuarían con su vida de subyugación. Mientras, aquel hombre humano, quien perdió a su familia, aquél a quien le arrebataron la voz, ni siquiera así lograron domarlo. Desde un principio, él era mucho más fuerte, no podía ser vencido por unos caballos que nunca conocieron la libertad, que no lucharon, y que se dejaron someter. Él era más fuerte, no había forma de que se dejara vencer por sometidos.

2 comentarios:

  1. Yo soy Paul, lo siento. Me encuentro un poco enfermo (esa es la causa de la indisposición) y no pude editarlo a tiempo.

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  2. La idea me gusto, aunque necesita una mejora en la narracion , creo que le daria mas fuerza. Gracias por mandarme el link

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