Sobre los mártires de Chicago

Las ocho horas laborales resultaron de una gran lucha. Que la ley Ingersoll, promulgada por el entonces Presidente de EE.UU., no fuera acatada provocó un gran disgusto en mucha gente. En ese contexto, resaltan las figuras de 8 hombres, víctimas de una represión injusta que les quitó la libertad y la vida. De esos mártires trata la ficción de hoy, pero especialmente de los hechos ocurridos el 4 de mayo, durante la reunión conocida luego, por conveniencia de esa justicia, como Monday's Night Conspiracy (La Conspiración del Lunes por la noche).

.+.+.+.+.+.+. Haymarket, 8 horas.+.+.+.+.+.+.

La tarde del 3 de mayo de 1886.

Estas manifestaciones resultan absurdas. Totalmente. Hablar de clases y de igualdad, lo único que harán es despotricar el Estado de manera negligente. Esos hombres están locos, se guían por el inútil deseo del placer. El trabajo dignifica, el placer no sirve… Anarquismo le dicen, sarta de haraganes…
Aquellas voces lo hartaban. Ya tenía suficiente de todo eso, de lo muy insensibles que podían resultar esas gentes que se reunían en los cafés a disertar sobre el día a día tratando siempre de quedar bien con los de arriba, y con el dinero. ¿Qué importaba más que el dinero? En realidad importaba también su reputación, pero para él, Albert Richard Parsons, había valores aún más altos. Nada le importaba haber sido tachado como subversivo y despedido. ¡Un desocupado más!, sí, pero al mismo tiempo le alegraba poder unirse a los suyos. Comentarios como ese no importaban, él era uno de los Caballeros del Trabajo —a veces le sonaba gracioso—. Ahora se dirigía a la protesta, frente al Haymarket Square.
Al llegar, una vez más, una multitud gritaba a todas voces y alzaba en alto pancartas. El escenario lo emocionaba. Pudo ver gentes de toda clase se unía por una sola causa: las 8 horas laborales.
Las masas se enardecían: la policía había comenzado a avanzar. Los gritos se hacían cada vez más altos y Albert quiso acudir, evitar cualquier tipo de violencia hacia los suyos, pues de eso eran capaces.
De pronto, comenzaron los disparos. Albert continuó hacia el centro. La gente se regresaba, asustada por la explosión y por los prontos disparos de la policía, haciéndole la tarea difícil a Albert, que, al no poder hacer nada contra la gran masa, cayó al suelo. Los disparos seguían y desde el suelo sentía que tropezaban con él, patadas en el abdomen, en la cabeza, que cubría con sus manos. Se esforzó por arrastrarse y salir de allí.


La noche del 4 de mayo de 1886.

“A las armas los llamo, a las armas”. Las palabras de Spies se habían quedado suspendidas en la mente de Fischer. “Ha sido un buen discurso, Spies, muy pronto lo lograremos”.
¿Está bien, Fischer?, lo noto algo ido.
No. Para nada. Tal vez solo necesite un trago. Sí, eso debe ser. Iré por uno y regreso.
Te perderás el final del discurso de Fielden, ¿no hay problema?
Son las cosas de siempre, jefe. Estoy de acuerdo con usted y con Samuel Fielden, eso no lo dude. Pero como duda de que esté bien, iré a por un trago.
Spies rió. Fischer no era más que 3 años menor que él, pero seguía pareciendo un chiquillo.
“¡Una cerveza!”, le dijo al de la barra. “¿Qué tal la revuelta, Sr. Fischer?”, “Todo perfecto, Zepf, pero necesito un trago”, “Ahora se lo preparo. Me pregunto si lo de las ocho horas funcionará también conmigo, soy el dueño y trabajador estrella de este lugar, je”. Fischer rió. “Ningún borracho podrá obligarlo”, y el salón entero carcajeó al unísono, a pesar de que lo había dicho un poco en serio.
Fischer miraba la copa, la botella de cerveza, la bebida cayendo en la copa… y a la hija de Zepf en el reflejo dorado, que ayudaba a su padre incluso cuando éste se lo reprochaba por no ser el trabajo para una dama. “Ella tampoco”, musitó. “¡Ah!, pues no. Lo suyo es amor a la familia, igual a mí. Por algo soy su padre. Aquí tienes”, le entregó la copa. 
Oiga, Zepf, esos policías que deberían protegernos nos resultan contrarios. No le resulta paradójico…
Por algo pelean ustedes, ¿no es verdad?
Sí… nosotros…
El sonido de una explosión lo devolvió a la realidad. “¿Qué ha sido eso?”. Tomó su trago de un tiro y salió del bar. Camino al Haymarket, pudo ver que a una multitud corriendo en dirección contraria. Entre ellos uno de sus compañeros.
¿Qué sucede, de qué huyen?
Alguien explotó una bomba y la policía nos ha arremetido nuevamente.
¿Y Spies, dónde está?
Todos están regresando a sus casas, es poco seguro reunirse ahora. Será mejor que te vayas.
Fischer, contrario a lo que acababa de escuchar, fue hacia el Haymarket. Allí, una gran cantidad de gente había muerto. Sintió impotencia, si hacía algo ahora, también lo matarían. Debía regresar a casa aunque le pareciera cobarde.
Pudo dormir a duras penas. Por la mañana, se resistía a salir, escuchaba pasos apresurados allá afuera. Posiblemente lo estaban buscando. ¿Huir? ¿Hacia dónde? “Cualquier lugar”, pensó. No, esta vez dejaría de ser un cobarde. Esperaría a esos hombres, caricaturas de justicia y los enfrentaría, de ser necesario. Se vistió, cogió su arma y ellos ya estaban allí. “Queda usted arrestado por el delito de conspiración”.



… Declaro culpable al señor Adolf Fischer por su participación en la Conspiración de los incidentes de la noche del 4 de abril.
Su condena: la horca.

“...salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro... Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: "la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable...” – José Martí

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Todo, amigos, esto es. Gracias por leer.

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