La Noche de los Lápices (Fantasma)

Muy bien, muy bien, hoy tenemos un hecho importante para recordar, y ¿qué mejor que con una ficción? El 16 de setiembre de 1976, en Argentina, un grupo de estudiantes secundarios fueron secuestrados por ser considerados como subversivos por la dictadura de la época. Estos casos solo tomaron importancia tras el testimonio de uno de los sobrevivientes, en 1984. En fin... A continuación la ficción del día, basada en la supuesta supervivencia de un estudiante anónimo.

.+.+.+.+.+.+. Fantasma.+.+.+.+.+.+.

Esa noche iríamos al centro. Me había prometido explicarme sin evasivas las razones por las que más temprano, durante el colegio, su actitud fue más bien de pasividad al enterarnos de la desaparición de algunos chicos la noche anterior. Insistió en que no asistiría más a las asambleas e intentó convencerme. Sin embargo, no lo logró. Mi preocupación por el incidente no me permitía quedarme callado, ni mucho menos hacerme el desentendido, como lo hacía él ahora, más que nunca. “Ven al centro esta noche”, me dijo, “como si te fueras de fiesta”. Era un momento inadecuado para fiestas, comprendía perfectamente que algo andaba mal.

De la gente de la UES supe quiénes eran los desaparecidos. Secuestrados durante la noche, interrumpieron la tranquilidad de su sueño, amedrentando a sus familias. ¿Volverían alguna vez a verlos? ¿Volveríamos a verlos nosotros? “Quizá, si nos capturan también”, pensé. Nuestro orgullo pretendía ser pisoteado desde la cancelación del boleto estudiantil. Es probable que él también hubiera comenzado a actuar extraño desde entonces. No recuerdo haberlo visto durante las pintas.

Fotografías de los jóvenes secuestrados durante la noche del 16 de setiembre.

Mientras más atardecía, menos seguro estaba de saber algo. Pronto tendría que ir al centro para enfrentarme a sus palabras.

De pronto, allí estábamos. No recuerdo muy bien cuando llegué, nada más el instante en que comenzó a hablar.

«Es cuestión de tiempo que nos lleven también a nosotros». Al escucharlo quedé completamente fuera de mí. Lo que él intentaba que yo comprendiera era difícil de afrontar. Vivíamos nuestros días convencidos de nuestra lucha, porque nuestras demandas eran justas, pero solo en ese momento supe que la sola idea de sus consecuencias era demasiado grande para caber en nuestras mentes. Tenía miedo. Tal vez todos. Él más que cualquier otro.

Tampoco recuerdo muy bien qué más dijo. Algo sobre irnos lo más pronto posible fue lo único que pude retener tras el impacto de sus primeras palabras. Él llevaba una mochila con ropa. Entramos a algún restaurante a cambiarnos. Nos iríamos esa misma noche. Él estaba convencido, yo actuaba más bien por miedo.

El miedo, no obstante, parecía también haber nublado su proceder, porque no tenía idea de a dónde ir. Pero debíamos salir de Buenos Aires. Eso no era muy complicado. Recordé entonces a una tía del Chaco. Si no lo mencioné fue porque lo olvidé pronto.

Entonces me dijo que a partir de ahora me llamaría Javier Arana y que su nombre también cambiaría. Recuerdo Alberto, pero no el apellido. Quizá no importa mucho, a este punto. De todos modos, nunca llamaba a nadie por el apellido. Así me convertí en “Javi”, o “Javicho”.

Por sencillo que parezca tan solo un nombre, cuesta muchísimo acostumbrarse. Solo respondía si me llamaba dos veces. Luego, con el tiempo, incluso yo mismo dudaría de mi propia identidad.

Terminamos vagando por las calles. Cada vez nos alejábamos más de nuestras casas, cada vez más nos parecía todo menos conocido. Dormimos cerca a la estación de un bus que nos llevaría a Entre Ríos. Durante la vigilia, jugamos a decir sinsentidos con la única excusa de repasar nuestros nombres.

Al día siguiente ya podía recordar mi nombre completo («Javier Arana Díaz, Javier Arana Díaz, Javier Arana Díaz»). O al menos desperté con esa certeza. Sin embargo, él no estaba allí. Alberto se había ido cuando aún el día no era del todo claro.

Entonces recordé, recién, a mis padres, lo mucho que quizá se estaban preocupando, y me di cuenta de que los extrañaba a pesar del poco tiempo que había pasado. Con la certeza de que no volverás a casa incluso un minuto basta para que te entre la nostalgia.

No sabía si Alberto me había engañado o si se lo habían llevado por la fuerza, descubierto al fin. No sabía si vendrían por mí en seguida. No sabía lo que debía hacer a continuación. Estar allí afuera, de por sí, era ya muy peligroso, y el bus hacia Entre Ríos llegaría aún en media hora. Esa provincia se tornó entonces distancia insuficiente para mí. Me sentí completamente vulnerable. Incluso cruzar las fronteras era inseguro. Todos los regímenes cooperaban entre sí en esta tragedia.

Pero para viajar incluso a Entre Ríos se necesita dinero, y lo que tenía no me alcanzaría más que para volver a casa. Revisé en mis bolsillos como para confirmar mi desgracia: precisamente, esas míseras monedas, y un papel doblado. No recordaba haberlo puesto allí, así que lo abrí para verlo.

Allí había un billete, dinero suficiente para ir y volver de la provincia. De inmediato supe que era obra de Alberto, aunque el papel estuviera completamente en blanco. Pero, ¿dónde estaba él? Quizá resultaba más seguro irnos por separado, así que continué esperando.


Llegué a Entre Ríos esa misma tarde. Y vagué algunos días buscando a Alberto. Con la esperanza de encontrármelo probé suerte buscando un trabajo. Fingía tener un par de años más para tener más posibilidades y evitar que me preguntaran por la escuela. Si me preguntaban por mi familia, decía que estaba esperando a mi hermano mayor, pero esa media mentira terminaría por agotarse. Si no es que sospechaban de mí, pensarían que Alberto había sido capturado por el régimen.

Afiche de la película La noche de los lápices, de Héctor Olivera

Cuando lo vi conveniente, abandoné la idea de que llegaría a la provincia y decidí que era el momento de irme. Me inventé otra mentira, utilicé precisamente la posibilidad de su captura para irme de inmediato y sin que me hicieran muchas preguntas.

Volver a Buenos Aires después de varios meses, enterado por los noticiarios de que los compañeros de la UES habían desaparecido. Volver era una contradicción en sí misma. Yo también era un desaparecido, yo también era un dado por muerto. Mis padres también lloraron por mí, seguramente, durante las navidades. ¿Quién era yo, pues? Quien quiera que haya sido, estaba muerto para todos desde aquella noche, y convenía, por mi seguridad y la de muchos otros, que continuara como tal.

Quizá no me reconocerían al volver. Quizá no me verían y resultaba que era un fantasma. Acostumbrarse a un nombre, por más simple que parezca, siempre resulta complicado. El mío, por ejemplo, se ponía frente a mí, amenazándome de muerte.

Volver a Buenos Aires… quizá debí intentar con otra provincia, Javicho.

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Muy bien, señores. Eso ha sido todo. Espero que hayan disfrutado de la lectura... Aparte, les comento que hay una película basada en La noche de los lápices, que precisamente se llama así. Les dejo un link aquí. También pueden revisar este documento, pues contiene información interesante y contrastada sobre el acontecimiento. Ahora sí, hasta la próxima...

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