El Demonio Rojo o la Distopía Fujimorista

Holaaaa. Al parecer siempre pasa más tiempo del que quisiera para que vuelva a subir algo a este blog. Así sucede que hay un retraso con CAÍN y luego el ritmo de publicación general es espaciado porque como suele sucedernos cada cierto tiempo, quedamos solo dos en Errror de Imprenta. En fin... Aparte de eso, las elecciones en Perú están muy cerca y ameritaba jugar un poco con algunas ideas a las que venía dando vueltas desde hace un par de meses, una pesadilla hecha realidad, o un volver a la infancia de los años 90, pero sin la infancia, o quizá sí, pero solo un poquito. Así nace este cuento que más que nada es una proyección un poco resumida de lo que a mi inocente juicio podría suceder tras una victoria fujimorista. Una película de terror producida por Errror de Imprenta y auspiciada por los diablos azules de Susy Díaz. Pasamos a negro y se escucha in crescendo "Pronto el Chino va a volver", estás listo para leer.

.+.+.+.+.+.+. Historia de un Demonio Rojo.+.+.+.+.+.+.

Una pequeña multitud aplaudió alrededor de la nueva escultura colocada en el centro de la Plaza de Armas. A lo lejos, se escuchaban los gritos de una manifestación en contra del gobierno y de la instalación de la figura erguida del recién fallecido expresidente Alberto Fujimori. Su hija, Keiko, actual jefe de Estado, acababa de dar unas palabras para honrar su memoria, y no faltaron las lágrimas y la voz quebrada al recordar cómo nos salvó del terror. La pequeña multitud aplaudía y Keiko se regocijaba y hablaba aún más fuerte de su padre, el mejor presidente que haya visto la historia de este país. Entonces vinieron los aplausos finales, la presidenta bajó del estrado y todos cantaron el himno nacional contemplando con solemnidad su nuevo símbolo patrio, que señalaba al horizonte con el brazo extendido.

– ¡Viva el Perú!
– ¡Viva!
– ¡Viva Alberto Fujimori!
– ¡Viva!

Como sucedía con la mayor parte de las protestas contra el gobierno, nadie pudo hacer nada para evitar la instalación de la estatua. No valía la pena gritarle a la policía o buscar accesos sin seguridad hacia la plaza. Era una fiesta exclusiva de fujimoristas.

Eso fue hace tres años, el patriarca de los Fujimori tenía seis meses muerto cuando colocaron su estatua. Murió en libertad, al segundo año de gobierno de su hija, de un derrame cerebral. Lo anunciaron entre una vigilia nacional televisada y el silencio de sus enemigos políticos. Murió y muchos pensaron que, ahora que desvanecía el símbolo, la heredera de la familia lo tendría difícil, pero su muerte no fue ninguna sorpresa ni mucho menos fue una desventura, por el contrario, fue la mejor arma propagandística que pudieron haber tenido.

La libertad no se le dio a Alberto Fujimori, como muchos esperaban, por un indulto presidencial, sino a través de un nuevo juicio que pudiera inclinar la balanza de la justicia a su favor. En el folclore japonés se narra una historia sobre dos demonios. Para que el demonio rojo pudiera mostrarse inofensivo a los ojos del pueblo, su amigo azul se convirtió en su falso enemigo. Una versión maliciosa de este cuento fue interpretada por Fujimori y Montesinos. Así se creaba una nueva versión de la historia en la que durante los años 90, Fujimori luchó al interior del gobierno en contra de la influencia de Montesinos, el monstruo que había creado sin darse cuenta y cuyo poder superaba el suyo.

Al año siguiente de su muerte, el Congreso promulgó una ley que aprobaba la creación del día de la lucha contra el terrorismo. En televisión se seguían de cerca los operativos militares para desmantelar aquello que, según el partido de gobierno, renacía para enfrentarse a la democracia. "Nosotros no les tenemos miedo", decía el ministro del interior en una entrevista sobre la captura de tres dirigentes sindicales en Cajamarca. "Hemos identificado a los grupos políticos fachada de estos movimientos", decían. Cinco departamentos del país fueron declarados en emergencia e intervenidos por los militares. La presidenta se paseaba con mayor libertad por tierras que algunos años antes la habían repudiado. Ellos sí que tenían miedo, miedo de los uniformes y la huella de terror que habían dejado en su memoria más de treinta años atrás.

Mientras tanto, el Perú crecía económicamente. Se les daba holgadas garantías a los capitales extranjeros y Lima era una nueva metrópolis, atendida como nunca para acallar a los poderosos. Para hacerle frente contábamos con una pequeña oposición parlamentaria, los que recibían mayor atención entre en esta minoría eran parte de la estrategia, atacaban al gobierno elevando discursos de violencia; esta oposición acartonada tenía en su interior una semilla psicosocial que los Fujimori esperaban cultivar próximamente.

La primera vez que se celebró el día de la lucha contra el terrorismo, en el año 2018, el cardenal Cipriani tuvo el honor de abrir la agenda con una gran misa en la catedral de Lima. Recordó su papel heroico en el caso de la embajada japonesa y rezó "por el alma de nuestro gran Alberto Fujimori, un ejemplo de incansable lucha contra un Estado secuestrado por la mentira". Una nueva investigación se había puesto en marcha ese día, una que rectificaría "la verdad que nos ocultaron con la CVR". El cardenal saludó este acontecimiento, señalando su importancia histórica. Le llovieron los aplausos. También allí presentes estaban algunos de los líderes que se enfrentaron al fujimorismo en las últimas elecciones. Aplaudían de igual forma, con el rostro tieso, pero enérgicamente. Eran los aplausos del nuevo frente político del país, seguramente uno de los más grandes que haya visto nuestra historia, comprometido con la nueva verdad y con el inicio de la nueva democracia.

El nuevo candidato del fujimorismo para las próximas elecciones no es un fujimorista, sino un rostro nuevo en la política. Sus principales propuestas giran en torno a la continuidad del gobierno anterior para devolverle la dignidad al país. Forman filas junto a él los extintos partidos políticos de 2016 que ahora son parte del Frente Popular. La oposición está dividida entre los dirigidos por el rencor y las verdaderas propuestas, silenciadas y tildadas de fascistas por oponerse a "la verdad". Unos son llamados cómplices, los otros, extremistas. Está claro lo que sucederá en las elecciones: tras juramentar por el mismo Dios y por la misma patria que sus antecesores y pedirle la bendición al cardenal, el nuevo presidente saludará a la estatua sagrada de la plaza en señal de lealtad e ingresará al palacio, sonriente. Se legitimará el inicio de una nueva era.

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Gracias por leer. Nos vemos pronto.

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