Cube: CYgote [Cubo: Cigoto]

Hace casi dos meses, luego de pasar días frustrado por mi aparentemente improductiva cuarentena, se me ocurrió iniciar un proyecto "pequeño", y lo pongo entre comillas porque, aunque se supone que me tomaría pocas semanas, ocurrieron cosas por las que no pude avanzar más allá del primer texto. Hoy no tengo el proyecto terminado, pero sí la convicción de que necesito empezar a publicarlo por aquí, que fue el plan desde el principio, para hacerme mejor la idea de que avanzo y terminarlo antes de que se pierda entre las mil cosas incompletas de mi carpeta de textos.

El nombre de este proyecto es "Cube", porque un cubo es la imagen de la que arranqué y la que debería darle forma a todo lo demás. En las cuatro partes que deberían componerlo, intentaré construir algo que espero termine siendo coherente. Y nada más. Este es mi "gran" plan para "reactivar" el blog de a poquitos. Les dejo el texto. Hasta después.

.+.+.+.+.+.+. Cube: CYgote.+.+.+.+.+.+.


El personaje perdió a sus padres. Cumplía cinco años. Ambos se desvanecieron frente a sus ojos cuando terminaba el antiguo rito de decir su nombre tantas veces como su edad. Con ellos se fueron el muñeco que le armó su padre con trozos de madera como regalo y el cuaderno que su madre le confeccionó con cariño para que registrara sus descubrimientos. Se fueron también la chimenea, algunas ventanas, el arreglo alfombrado del piso y el color rosado de sus mejillas. Todo ello se esfumó en un parpadeo. También su propia voz, por un instante, pareció perderse. Lo siguiente que llegó a decir fue: «sigo aquí».

Por los próximos años, no se preguntó por qué debió quedar huérfano tan pronto ni por qué su madre tomaría la decisión de obsequiarle un cuaderno hecho por ella misma y desaparecería inmediatamente después. Quizás atesoraba la posibilidad de que estuvieran juntos lo suficiente como para heredárselo. Pero estos temas, repito, no aquejaban al personaje. Escuchaba, en cambio, las historias de Petra, guardiana de la memoria y sucesora de una línea infinita de oficiantes. Si se esforzaba, él podría ser el siguiente. No obstante, su oído atento se intercalaba con incursiones que iban desde observar a detalle a los cien habitantes de la isla hasta la construcción antojadiza de objetos de madera, arcilla o piedra, todos inútiles salvo para saciar parcialmente su itinerante curiosidad. Y tras cada intento o invento u observación que podía llevarle horas o días o semanas, se acercaba a escuchar de Petra las vicisitudes de un pasado cercano o extrañamente remoto.

No era él la primera persona así en el universo, según la guardiana. Recordaba la vida de otros seres aquejados por su incapacidad de encontrar su ocupación última. Tardaban años en fijar su atención para andar el camino hacia el regocijo. Si no hallaban nada, iban siempre hacia el cubo en busca de respuestas. El personaje había visitado ese lugar antes, recordaba la perturbación que generaba en su mente poner un pie fuera de la isla, sobre el terreno blanco como el cielo que se extendía hasta los límites del mundo. Había vislumbrado desde lejos la geometría oscura, misteriosa, que giraba suspendida sobre el suelo. Según Petra, aquello era el centro del universo. Pero él era incapaz de comprobarlo todavía. La perturbación crecía y lo obligaba siempre a regresar.

Mientras tanto, continuaba su exploración dispersa. Y aunque pasaba mucho tiempo escuchando a Petra, le gustaba también frecuentar a Ruth, el pintor de flores, quien había identificado centenares de especies de las que aparecían aleatoriamente en los campos de la isla. El personaje hurgaba en el estudio del pintor maravillándose siempre por la cantidad de cuadros y más todavía cuando se le mostraba una variedad jamás vista. Pero Ruth no solo pintaba, estudiaba matemáticamente las apariciones de flores. Todas las semillas eran iguales y una sola podía tener muchos brotes; sin embargo, ¿acaso sus colores seguían algún patrón, serían infinitas sus formas? Siempre le quedaba la duda, pero abrazaba una ecuación según la cual, si transcurrían cinco años sin que viera nada nuevo, aquello sería el fin de su camino.

Una tarde, Ruth se encontraba en su estudio sosteniendo una flor que no aparecía en ninguno de sus cuadros. «Qué bien que viniste», dijo el pintor con la voz quebrada, y añadió: «es limitado, el número es limitado». En sus manos, llevaba un cuaderno antiguo con dibujos de flores que había hecho de niño. «Pensé que jamás la volvería a ver». El personaje extendió su mano para recibirlo, pero nada tocaron sus dedos. Ruth se desvanecía con sus cuadros y sus flores. Y el hogar en el que habitó durante cuatro décadas se depuró en un instante de las huellas de toda una vida.

Así les sucedía a todos al encontrar el regocijo. Nadie era la excepción, Petra estaba segura; y cuando el personaje cumplió quince años le propuso finalmente heredar la memoria.

—No. —La respuesta fue tajante. Tras la desaparición de Ruth, el personaje había descubierto los límites de su frustración. Pasaba días sin realizar ningún tipo de actividad. Meses atrás había desistido en sus visitas. Nada parecía provocarle la ansiada obsesión que invadía a todos desde muy temprana edad.

—No tengo a quién más heredarla —insistió Petra—. Tú has escuchado las historias y visto de cerca a muchas personas.

El personaje cavilaba.

—Quiero ir —respondió—. Al centro del universo. Alcanzar los límites espejeados del mundo que mencionan las historias. En alguno de esos destinos encontraré una pista.

Petra sabía que el personaje diría eso tarde o temprano, pero no tenía opciones.

—He pasado cuarenta años descifrando y reescribiendo las memorias de esta biblioteca. Decidiendo la mejor manera de condensar lo pasado para que pueda subsistir generaciones. Y estoy casi al final de mi camino, tan solo necesito un heredero. Lo único que te pido es que calques algunas de mis grafías y que permanezcas en este mundo por lo menos diez años más. Con esa promesa, podrás irte.

El personaje entendía la importancia de la memoria. Si Petra desaparecía sin encontrar un heredero, nadie jamás podría conocer las historias que él había escuchado.

—¿Quién hizo estos libros que jamás se deshacen? —preguntó de pronto, extrayendo un grueso volumen de la biblioteca.

—Siempre han estado aquí. Igual que la isla y sus casas vacías. Todo lo que escribí desaparecerá conmigo, pero tus trazos permanecerán en este papel perpetuo aunque estés lejos en los límites del universo. Y en algún momento, muy pronto, mi verdadero sucesor tendrá el tiempo suficiente para retomar el legado.

Así, decidió acompañarla, esperaría lo necesario hasta la llegada del nuevo guardián. No obstante, este llegó mucho después de que terminara de calcar los textos de Petra y ella se desvaneciera una mañana después de decirle:

—Hoy es un buen día para liberarte. Vuela.

Mas, preso de su promesa, el personaje se quedó allí e instruyó al próximo guardián antes de partir. Veinte años después de que decidiera quedarse.

***
No era su primera incursión a la zona blanca, lo intentaba todos los años, preparándose para el gran día. Sin embargo, sintió temor con el primer paso y, aunque la perturbación ya no le afectaba lo mismo que siendo un niño, se estremeció su cuerpo como la primera vez y perdió el sentido de la orientación. Era natural fuera de la isla ese tipo de reacciones; daba la impresión de que el vacío luminoso del universo estrechaba el cerebro, de que la conciencia se nublaba, de que uno podía ahogarse y desaparecer.

Un paso tras otro, fue olvidando cómo lucía un horizonte. Era inaudita la diferencia nula que existía en la zona blanca: arriba y abajo parecían no tener sentido. El suelo, o lo que podía llamar suelo, no era liso ni accidentado y acogía cada pisada sin generar sonido. Era imposible dejar huellas por más sucio que se tuviera el calzado, como si aquel "vacío" fuera totalmente impermeable. El personaje se preguntaba si realmente existía la superficie sobre la que se desplazaba o solo era la forma que tomaba el espacio alrededor de él, acogiendo su necesidad de restricciones. Pensando en ello, intentó convencerse de que podría también desplazarse hacia arriba o más rápido hacia adelante, pero no tuvo éxito. Lo único que daba un sentido de dirección a su camino era la encogida imagen del cubo.

Cerca, empezó a escuchar los legendarios cantos, parecidos, antes que a música, a una mezcla inconexa y desordenada de sonidos. Petra le había contado de melodías e incluso palabras incomprensibles que provenían del cubo. Alguna historia hablaba también de imágenes.

Con una magnitud aproximada de tres personas de lado, la oscura figura giraba con lentitud frente a él. Parecía lisa, más fue incapaz de comprobarlo. A una distancia de siete personas, la perturbación era tal que inmovilizaba el cuerpo. Era físicamente imposible acercarse. Flotaba, o parecía flotar por su movimiento. El personaje colocó una de sus ropas del lado opuesto del que observaba y se agachó lo suficiente para comprobarlo: su posición era, al menos, algunos dedos más alta que la suya.

—No he venido aquí por ti —se sentó cerca—, sino por tus respuestas.

El cubo giraba incólume recitando el sonido repetido de agua que cae.

—Estoy aquí por mi motivo.

El agua golpeaba unas piedras, se asomaba entre la tierra hacia la vegetación. Alguien reía. Una historia era contada en otra lengua. La voz se volvía seria y se perdía. Una flauta soplaba de manera irregular.

El personaje frente a la figura intentaba descubrir una señal entre tanto ruido.

Una sombra cruzó por su lado. «No hay nada aquí», le dijo, y cambió de rostro unas diez veces mientras se desvanecía lento en capas muy finas, desde la cabeza hasta los pies. Finalmente sus pies dijeron: «he encontrado oro en este lugar».

Vio cientos de apariciones distintas e hizo muchas preguntas que no fueron respondidas durante siete días. No podía entender cómo era posible aprender sobre su propia vida en ese lugar. Tal vez, pensó, era hora de dirigirse más allá, a los límites del universo. Y caminó durante siete días más hasta encontrarse con una pared acuosa a través de la cual vio, a lo lejos, la isla que había abandonado.

Comprendiendo menos aún que cuando partió, el personaje retornó resignado al cubo. No pretendía volver a ningún lugar, pero observaría la figura todo el tiempo que fuera capaz; y, si albergaba una salida para él, quizás un día, materializada cerca del cubo, a una distancia menor que siete personas, lo invitaría a pasar o a desvanecerse con ella en algún tipo de regocijo.

Eso sería el final para él.

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