Cube: MAGE [Cubo: MAGo]

Hola, estoy aquí de nuevo con una nueva entrega de Cube, el pequeño proyecto del que publiqué por aquí el primer texto. En esta ocasión el personaje tiene el claro objetivo de comprender su mundo, por lo que hay muchas cositas más que en la historia anterior. También esta vez me he esmerado un poco más con los dibujitos. Ahí les va...

.+.+.+.+.+.+. Cube: MAGE.+.+.+.+.+.+.

Las historias están siempre plagadas de invenciones. Esta, en particular, quedó en la memoria del guardián de turno por las curiosas hazañas de su protagonista y fue escrita y reescrita, detalles más, detalles menos, inversión de acontecimientos, falsas causalidades, interpretaciones erróneas y un largo etcétera. Ni siquiera el propio protagonista antes de desvanecerse habría podido contar, con extrema fidelidad, la verdad sobre su vida. Sin embargo, no son las verdades más exactas las que sobreviven al paso del tiempo, sino las invenciones más fantásticas, y la pericia de los guardianes para conservar su esencia tras innumerables modificaciones nos permite hoy conocer la historia de Gris.

Su hogar no era el único ubicado tan cerca del borde de la isla, pero sí, por extrañas razones, el que miraba más hacia la zona blanca, en dirección al cubo. Esta particularidad puede haber sido una de las razones por las que, desde muy niño, se sintió fascinado por el universo. Le intrigaba que hacia arriba y en cualquier dirección del horizonte, todo estuviera impregnado de blanco, si el cielo tenía algún tope, por qué y cómo se desvanecían las personas, quién fue el primer humano,  qué había debajo de la tierra, y qué hacía un cubo en medio de la nada.

En su primera conversación seria con el guardián, este le contó a Gris una de sus historias más antiguas. Una mujer de nombre Hito, con el don de la memoria, encontró en casa de un anciano de oficio desconocido unos cuadernos que no habían sido afectados por el desvanecimiento de su dueño. Intrigada, indagó entre los artesanos de la isla, pero nadie los reconoció como suyos, lo que provocó en Hito una obsesión por el origen de estos objetos. Y decidió esperar atenta a que toda una generación desapareciera para comprobarlo. Sin embargo, una tarea tan larga requería de una ocupación secundaria, por lo que empezó, casi instintivamente, a escribir sus memorias y las de sus ancestros en los cuadernos. En esta tarea, años más tarde, le acompañó otra persona de la que no se conoce el nombre, quien se encargaría eventualmente también de sobrescribir los volúmenes para que sobrevivieran a su maestra. Muchos años después, cuando la isla se renovó por completo y pudo confirmar la perpetuidad de los cuadernos, Hito se desvaneció. Solo sus últimas memorias, unas cincuenta páginas, desaparecieron con ella. Así nació el oficio de guardián.

Para Gris, las historias de los guardianes eran importantes, pero sabía que lo dicho en los volúmenes era insuficiente para comprender el universo. Servía conocer el pasado para aprender sobre lo que resultaba y lo que no e identificar las aficiones humanas, pero no decía mucho sobre el color del cielo o el origen de los arroyos.

A los siete años, Gris dibujó un mapa lleno de preguntas. Cada parte del mundo albergaba misterios que estaba dispuesto a resolver.

Una de las cosas que más le fascinaban eran los límites de la isla, disfrutaba jugar lanzando montones de tierra a la zona blanca para observar inmediatamente después su deslizamiento tranquilo; las partículas se abrían paso en el vacío y formaban figuras únicas que solo duraban segundos, tras lo cual volvían siempre a ser parte de la isla. Observando este comportamiento entendió que todas las cosas tendían naturalmente a lo mismo. Incluso las personas, en general, parecían desinteresadas por aventurarse en la zona blanca.

Tras mucho pensar en esta idea, llegó a dos hipótesis que le parecieron importantes. Primero, existía una fuerza que mantenía unida la isla. Y segundo, todo lo que existía, salvo el cubo, había sido arrastrado por dicha fuerza hasta su posición original. Aunque nunca había visto el objeto al que llamaban el centro del universo, Gris aceptaba su existencia e inamovilidad y creía que la fuerza provenía de allí. Imaginó que quizás, a lo largo de mucho tiempo, el cubo fue dando origen a todas las piezas que conformaban la isla, empujándolas hacia el mismo lugar; y que las primeras personas quizás vieron una porción de tierra menor a la que él podía contemplar. Si fuera ese el caso, se preguntaba, ¿seguiría creciendo hoy, a un ritmo imperceptible para sus ojos?

Una visita al guardián le daría nuevas pistas. El registro más antiguo que hiciera referencia a la población de la isla era de setenta generaciones atrás, tiempo más que suficiente para confirmar cambios. Sin embargo, las memorias de un tiempo tan remoto apenas mantenían detalles. Hablaban de decenas de personas alcanzando el regocijo en cadena y sobre la posible desaparición de la humanidad. El guardián le explicó a Gris que, si era posible hablar de decenas en ese momento, probablemente hubo varias, tal vez un número similar al promedio actual. Esta información no le satisfizo, pero tuvo que contentarse con ella, pues era lo más lejos que podía llegar en términos de contacto con el pasado. Pronto, no obstante, otra idea curiosa rondaría por su mente: quizá la materia no aumentaba, sino que era renovada.

Algo que le hacía creer con vehemencia en esto era el ciclo natural de la vida humana. En casa del guardián colgaba una pintura que siempre había llamado su atención: dos personas sostenían un jarrón del que caía un pequeño hombre hacia una estrella que se posaba, al mismo tiempo, sobre la frente de alguien con los ojos cerrados; debajo de este rostro, estrellas más pequeñas parecían dirigirse, finalmente, a un hexágono dividido por tres diagonales, símbolo que representaba al cubo. La vida comenzaba por el deseo enlazado de dos personas, y se convertía luego en un niño cuyo destino era desvanecerse, según interpretaba el guardián, para volver al cubo. Gris creía que si esto era cierto su hipótesis de la renovación de la materia podía también ser correcta. Y frente a esa verdad se hallaban dos problemas: los objetos perpetuos y la herencia.

Sobre los primeros, convino, en una conversación con el guardián, en que podría tratarse de elementos fundamentales, cosas que formaban el soporte sobre el que todo lo demás se sostenía. Su actualización material llevaría siempre a un mismo estado, es decir, a las condiciones básicas.

Sobre la herencia, el guardián creía que el comportamiento de las personas también actualizaba la materia, lo que permitía conservar objetos elaborados por personas ya desvanecidas. Gris, por su parte, pensaba que las alteraciones hechas por los nuevos propietarios se comportaban como una red que atrapaba de alguna forma al objeto, impidiéndole desvanecerse hasta que esas ataduras fueran rotas.

Cuando tuvo catorce años, Gris quedó embelesado por un par de volúmenes en los que se describían con dibujos y por escrito, las propiedades y características de las formas. Se trataba de un conocimiento desarrollado hacía mucho y que, según el guardián, tenía como única aplicación práctica construir objetos y herramientas. Sin embargo, para Gris esto no era suficiente. Se creía capaz de utilizarlo para medir el tamaño del universo.

Según las memorias y la propia experiencia, no era complicado inferir que el mundo estaba curvado. El horizonte se perdía a lo lejos y la luz que incidía por las mañanas sobre el suelo dibujaba sombras más extensas en los límites de la isla. Las historias contaban, además, que en los confines de la zona blanca podía observarse a lo lejos el lado opuesto del mundo. Distintas generaciones registraron historias similares que ayudaban a concluir que la forma del universo era esférica. Para llevar a cabo su plan, al principio, Gris pensó en construir, a lo largo de toda la isla, un gran listón de hierro que copiara la curvatura del suelo; sin embargo, esta tarea era demasiado grande y podría molestar a alguien si tropezaba con su casa. Además, no estaba del todo seguro de cuan sencillo sería medir la curva a pesar de la titánica construcción. Frente a estos problemas, llegó a una idea mucho más sencilla y rápida, y que no requería de construcciones.

En la isla hay día y hay noche. Durante el día, el cielo sobre ella se ilumina de manera homogénea y su brillo va descendiendo hasta hacerse tenue en lo que llamamos noche. La luz no se va nunca, pero durante las horas de penumbra es solo la zona blanca lo que resplandece. Pero sea la hora que sea, y por más similares que parezcan las casas, en la isla es posible orientarse mirando las sombras. Gris comprendía que el ángulo que formaba la luz con el corazón de la isla carecía de inclinación. Cogió una hoja de papel y dibujó el plan. Pondría una estaca en los límites de la isla, perpendicular al suelo, y mediría el ángulo generado por la sombra. Ese ángulo debía ser el mismo que aquel que formaba la proyección de la estaca hacia el interior del mundo con la línea imaginaria que penetraba el suelo en el centro de la isla. Con esto y la distancia entre ambos puntos era suficiente para alcanzar su objetivo.

En su rápida ejecución obtuvo un arco con una medida de 600 personas y un ángulo de tres grados. Gris pudo por fin concluir que la circunferencia del mundo tenía una distancia de 72 mil personas.


Le sorprendía que un experimento tan sencillo no constara hasta entonces en su historia. Y, mientras se aseguraba de que su nuevo logro fuera puesto por escrito en los volúmenes del guardián, Gris fue perturbado por una nueva idea: quizás esa curvatura existía tan solo para la isla. Allá en la zona blanca, donde parecía reinar el vacío, no existían sombras que pudiera medir. Algún día en el futuro, visitaría ese lugar para comprobarlo. Por lo pronto, le urgía desentrañar dos misterios más: los límites del cielo y de la tierra.

Lo primero era comprobar hasta dónde llegaba el volumen de tierra que conformaba la isla, y si se sostenía sobre algo.  Gris quería saber, además, si existían cosas jamás vistas a unos metros de distancia. Escogió una zona deshabitada y empezó con las excavaciones. Descendió una medida de dos personas y no encontró más que polvo y piedras. A una distancia de cinco, tan solo polvo y piedras. Pero ya cerca de siete las cosas fueron distintas. En los días que llevaba trabajando en la fosa, jamás había sentido un cansancio como el que le acometió ahora. Sus brazos eran incapaces de sostener la pala y su cuerpo estaba a punto de desplomarse. Asustado, Gris volvió a la superficie a paso lento, pero cuando estuvo a mitad de camino, sus fuerzas retornaron. Intentó bajar otra vez y la fatiga volvió. Al parecer, no podría descender él directamente, la tierra misma lo empujaba de regreso. Necesitaba otro plan.

Para resolver este problema, construyó, a una profundidad de cinco personas, una plataforma con una rueda que, al girar, movía algunos engranajes. Los engranajes, a su vez, empujarían hacia abajo una estaca con forma de espiral. En su primer intento, la estaca tocó el suelo. Entonces Gris aplicó más fuerza, decidido a horadar la tierra hasta su límite más profundo, pero la estaca rebotó abruptamente, quebrando los engranajes y sepultando a Gris bajo su máquina destruida. Y cuando pudo recuperarse del impacto, se descubrió a sí mismo sobre un suelo intacto.

Decepcionado por su fracaso, edificó, sobre el techo de su casa, una torre que llegaba a la altura de seis personas. Y sobre esta torre reconstruyó la plataforma perforadora. Esta vez volvió a sentir, mientras colocaba su artefacto, el mismo cansancio de antes. Giró la rueda y se sorprendió al ver que la estaca no rebotaba. En cambio, parecía abrirse camino al cielo. Continuó girando entusiasmado hasta que percibió algo extraño, eran sus manos las que seguían el ritmo del movimiento de la rueda, y no a la inversa. La fuerza que empleaba para hacerla funcionar era nula. Consternado, soltó la rueda y, al mirar con atención la estaca que giraba atravesando el cielo, comprobó que no había subido en lo más mínimo. Lo que ascendía al cielo más allá de sus límites, era el corte en forma de espiral.

Su segundo fracaso era agridulce. Si bien no había tocado el techo del mundo, Gris no dejaba su estado de asombro ante lo que le acababa de suceder. ¿Cómo era posible que lo único que recibiera el cielo fuese una modificación en la materia, y más aún que esta se volviera de alguna forma infinita? Gris concluyó que la existencia física tenía límites más acotados que los conceptos.

Una nueva conversación con el guardián lo convencería de que su próximo destino era la zona blanca.

El día que partió, aún giraba sobre su casa la rueda con la estaca infinita. Se despidió de los que pudo y caminó, según consta en los registros del guardián, para desvanecerse días después. La nota final sobre la vida de Gris dice que debió entender algo al encontrarse con el cubo, que tal vez lo que buscaba lo obtuvo allí tan claro que alcanzó el regocijo. Nosotros, que leemos su historia por primera vez y no queremos caer en la mística del cubo, preferimos creer que aquella nota es una interpretación gratuita. Que lo que encontrara Gris al final de su camino no fueron respuestas, sino una nueva pared, aún más portentosa, gritándole que se hallaba en una jaula. Y que pudo aceptar esa realidad y desvanecerse. De otro modo, tal vez encontrara por fin una salida y su desaparición de este mundo no fue más que un nuevo viaje en busca de respuestas.

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