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domingo, 1 de marzo de 2015

Virginia Woolf y Emily Dickinson

Una pareja irrealista, sin sentido. Asumamos, compañeros, que Virginia Woolf y Emily Dickinson viven en la actualidad y son lesbianas o bien bisexuales. Y se aman, y Woolf es retenida, encerrada,  por sus constantes desvaríos y alejada de su amor, Emily Dickinson, una introvertida y amante de la soledad, de pocos amigos, más que nada poeta. Y ya está, no sé, flagélenme, si les parece necesario, ¡hoy maté a un colibrí!  Ah,  y esperen más ficciones de mujeres por esta semana, amiguitos.


 Delirios

Su habitación estaba desordenada. En su mente rondaba una idea vaga.  Llevaba dos días encerrada en su habitación, sin comer, sin trasladar a su yo actual al mundo tangible. Ella no existía, lo que existía era el medio en el que los personajes dentro de su cabeza se movían. Ensayo y error.
Su vida se perdía en un sinsentido, en una ilógica realidad que no le concernía para nada. Y leía cada línea de una carta, cuando desvariaba y pensaba en lo existente, en lo  material. Una carta, ¿de nadie? De alguien, de alguien. Pensaba, por momentos, en su cuello, desnudo y se enrojecía y encontraba sus labios.
Virginia Woolf
“¡Ah! Querida Ginny, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Por qué los días se empeñan en alejarnos?" Rezaba la carta. "Hoy, mientras visitas me incordiaban, he decorado las horas en las que nada pasaba con tu presencia, te he imaginado, aquí, con tu fragancia llenando la habitación y…”
Una mariposa entró en su cuarto, “¿eres tú, Emily?”, es un pensamiento que se asoma, “¿eres tú quien toma esta forma, Monarca de los Nadies?  ¡Qué augusta visita! Ah, ¿dónde has estado? ¿Dónde he estado yo, dices? He vagado”, por incontables y conscientes mundos que aguardaban su visita, “y no te he visto. Creí ver a los nadies, de quienes me has hablado.”, y el miedo abordaba, pues estaba sola y no entendía nada. ¿Era ella Virginia? ¿O era su nombre otro, estaba ahora en una historia?  Virginia Woolf, ¿era ese otro personaje de sus historias? “Estoy tan sola a veces, Em. No veo a nadie, y sabes que me desespera la falta de conversación. Sabes que amo London, New York, el revoloteo de las calles.” Emily era una mariposa monarca y su reino se extendía en todo lugar donde hubiera nadies.
“… He encontrado en el cielo un confiable consejero; he salido a pasear con ‘Edward’ y hemos hablado. Nos hemos confiado fantasías aparatosas, y tú, Vivi, has estado permanentemente a mi lado, así lo he querido.  En esa conversación pueril de la que he formado parte bajo la luna, en una noche de Otoño[…]” La mariposa, resplandecía, se iba, “[…] y, tímidamente, te he robado un beso,…” esperando que no le importe.
Emily Dickinson
El sentido se quebraba, ¿y dónde estaba Emmie? Mejor era preguntarse dónde estaba ella, Virginia, y si algún día ambas estarían juntas por siempre y si alguna vez saldrían por las calles de un gran ciudad, cogidas por los brazos, sonrientes, felices y verían a todos y tal vez Em entendería que no es nadie o ella entendería que ambos son nadie, y que la imponente sociedad es ruido en una realidad que se quiebra.
Silencio, en una mente que enmudecía. Ella no era un personaje y Emily seguramente tampoco. Precisamente, estaba en el campo. Escuchó una campana, la de la iglesia, y escuchó la voz de su madre. Lo veía todo claro y odió la desolación. Dickinson suspiraba un lejano beso, ¿lo ensayaba?, y Woolf lo sentía, apenas, en sus labios. Tenía que volver a la normalidad, no estar “loca” y estar con Em. Su madre tocaba la puerta con fuerza. El sinsentido se callaba. Tenía que fingir cordura.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Sobre un alienígena llamado Darwin

¡Hola!, estoy aquí después de varias semanas y la promesa pendiente de nuevos vídeos para el blog. Tendrán que esperar un poco más, pero de hecho que los haremos. En fin, yendo a lo que nos importa, la ficción de hoy está relacionada con la publicación de "El Origen de las Especies" (24 de noviembre de 1859), de Charles Darwin, obra en la que expuso su teoría sobre la evolución y las leyes que la determinan, especialmente la llamada selección natural. Y, bueno, la historia de hoy no está precisamente relacionada con eso, sino más bien con un hombre que asegura haber conocido a un alienígena, y que éste lleva por nombre nada menos que Darwin. Si quieren saber más sobre este personaje y su extraño encuentro, pueden continuar leyendo...


.+.+.+.+.+.+. ¡Ya quiero visitar Sapien!.+.+.+.+.+.+.

Fotografía de Charles Darwin (1869) [Recortada]
Hoy he conocido a un alienígena. Me dijo que su nombre era Darwin. Es curioso, porque no tenía los ojos grandes ni la cabeza hinchada. Tampoco tenía la piel grisácea, y hablaba muy bien el español. Supe que era de otro planeta porque me lo dijo. Se acercó a mí con una sonrisa y me murmuró al oído su secreto. Quizá parezca increíble este suceso, pero es real. Se me escarapeló todo el cuerpo cuando le oí decir eso con la confianza que, creo yo, todo ser extraterrestre debe tener al presentarse. Uno está seguro al visitar otro planeta de que no se trata del suyo, lo mismo que cuando visitamos otro país. La única diferencia con él es que, al parecer, aprende sin mucha dificultad cualquier lengua. Decía, pues, que no tenía una apariencia monstruosa, sino más bien amigable. Cualquiera lo hubiera confundido con un terrícola. Yo lo hice, y no me avergüenzo, porque ya aprendí que el código interplanetario es ser humilde en conocimiento, y tengo muchas ganas de viajar como él y hacer amistades por todo el universo. Darwin decía que se llama, como el viejo barbón que aparece en algunos libros de ciencia. Recuerdo que hace mucho me explicaron su teoría evolucionaria. Me pregunto si se aplicará en el planeta de mi nuevo amigo. Quizá, si estuviera vivo, saludaría con un gran apretón de manos al otro Darwin, de un planeta lejano llamado Sapien. Algo de ese nombre se me hace conocido, pero no sé por qué. Quizá sea que mi destino es visitar ese rincón del universo. Ya lo sabré luego. Pero sí me sería muy difícil aprender su idioma. Siempre fui malo en inglés. Espero que durante mi visita Darwin me ayude como intérprete.

Darwin está en la Tierra buscando una yerba. Él dice que es importante para los sapientianos (así se llaman los de su planeta) porque les permite viajar por las estrellas sin necesidad de una nave. Yo no le creía, pero me miró tan seriamente que he terminado por aceptar su propuesta de convertirme en su guía y ayudante durante lo que dure su misión, que es secreta. Lo de la yerba es solo para viajar, por lo que le he entendido. Y como prometió llevarme con él de regreso, me he entusiasmado mucho. Mientras trabaja en su misión, desaparece de la casa y ni los doctores saben dónde encontrarlo. Él dice que no confía en ellos, porque tienen zapatos, y los zapatos son impuros. Yo creo que como todo es muy blanco y limpio aquí, ver zapatos negros lo aturde un poco. Por el momento, sé que la yerba que buscamos está en el patio de la derecha. Le he preguntado a Alberto, que sabe de vegetales, y me ha dicho que vaya con cuidado, porque la gente de ese lado del mundo es muy peligrosa. Claro que no le conté que Darwin es un alienígena, porque es un secreto. Habrá que trepar una gran pared, así que es probable que necesite ayuda. Si Darwin no aparece, tendré que revelarle el secreto a Alberto y ofrecerle el viaje interespacial a cambio de su ayuda. Me pregunto si estará bien. A Alberto siempre le han gustado las estrellas.

Cúmulo estelar NGC4755, también conocido como "El joyero"

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Bien, bien, eso ha sido todo por hoy sobre locos, yerba y Charles Darwin, unidos por extrañas intenciones. Gracias por leer. ¡Saludos!