Scientitia - Un cuento de condiciones públicas

Hace poco realicé una publicación en la página de Facebook en la que solicitaba tres condiciones para escribir una historia y salir del estado de inactividad que parece haber inundado este blog. Las condiciones que recibí fueron las siguientes:

  1. El protagonista tiene la capacidad de leer la mente de su interlocutor siempre y cuando este sea virgen
  2. Un hombre se enamora de una fémina extraterrestre.
  3. Un otaku que quería ser presidente.

Como se puede ver, son condiciones que se complican un poco al juntarlas (gracias, amigos, en serio), pero ya que se trataba de un reto y había asumido que algo así pasaría, confié un poco en mi cabeza y la azarosa inspiración (ja...). Lo que resultó de esta extraña mezcla fue un relato de ciencia-ficción, ya verán de qué se trata. Espero haber cumplido las condiciones, yo creo que sí. Ahí va.

.+.+.+.+.+.+. Scientitia.+.+.+.+.+.+.

El hombre de bata ingresó al área de iniciales sin detectar la más mínima indiscreción en el pensamiento de alguno de ellos. El mayor llevaba poco menos de dos meses en ese lugar. Si pasa más tiempo, tendrá que ingeniárselas para hacerlo avanzar: ¿una entrevista o un paso forzado al área dos? Ya decidirá luego. Mientras tanto, lo deja entretenido con su máquina musical. No debería preocuparse por un pequeño de trece años. Sabe, además, que le gusta Marion y que pasará poco tiempo para que empiece a notar sus pequeños pechos y sus ligeramente abultadas caderas como una epifanía del deseo. En ese momento podrá retirarla también a ella, a quien ha retenido en el área con el único propósito de provocar el avance del inocente de Glen. Marion, a diferencia de él, lleva un par de semanas tocándose cada noche, aunque lo oculta de sus compañeros. Esta pequeña historia entusiasma un poco al hombre de bata, quien espera hacer el cambio de área de ambos en la siguiente semana.

Camina acompasado por su área favorita, disfruta saber que casi ninguno de ellos sospecha en lo más mínimo que es capaz de hurgar en sus cabezas con tan solo mirarlos. Pero debe pasar a inspeccionar el área número cuatro, donde lo espera la parte más espantosa de su trabajo.

No es para nada normal permanecer en la granja más de cinco años, por eso está determinado que cualquiera que exceda el límite de edad en cada área sea forzado a pasar a la siguiente después de una entrevista. Él, junto a otros cien, toma estas importantes decisiones en cuatro de las cinco áreas de la granja. La quinta está reservada para la observación de los iniciados y su respectiva liberación a la sociedad. Cuando alguno de los sujetos a su cargo en cualquiera de las áreas tiene su primer encuentro sexual, el sistema los retira de manera casi inmediata a esta área. No hace falta evaluación alguna. La cuatro, por su lado, es la menos numerosa; considerada el área residual de la granja, sus huéspedes pasan mucho tiempo en ella, y generalmente sus salidas se asocian con eventos que la mayoría de ellos preferiría olvidar.

Así, al ingresar a la cápsula subterránea para llegar al área cuatro, el hombre de bata respira hondo, preparándose para la serie de pesadillas que está a punto de ver sin ninguna posibilidad de censura. En su viaje de cinco minutos, enciende la pantalla en su muñeca para atender las notificaciones de afuera. El ruido de las elecciones planetarias y el nombre de uno de sus sujetos de observación de hace poco más de cinco años lo hacen reconsiderar su negativa idea sobre el área residual: hay excepciones. Llegado a la cuatro con dieciocho años y ningún logro más allá de su anticuada afición al mundo de las historietas del siglo veinte, sorprendió a la granja saliendo tan solo un año después, completamente inspirado por un personaje poco importante de alguna de estas ficciones. Con él salió también la mujer más antigua del área residual, alguien en quien todos habían perdido la esperanza y que ahora lo acompañaba en su campaña a la presidencia de la Tierra, llegando a ser también, por su propio mérito, una ingeniera social respetadísima allá donde fuera, principalmente si visitaba alguna granja humana, donde siempre se la recibía con gran entusiasmo. Además de este caso, pensó, el área cuatro es mucho más segura que hace quince años.

Apagó la pantalla al percatarse de que se encontraba cerca de su destino. La puerta de la cápsula se abrió y dejó ingresar un torrente de pensamientos pesimistas y contradictorios. Una mano se le posó en el hombro sin que pudiera preverlo. La mente que no podía leer le pertenecía a Frieda, una de sus compañeras de trabajo. Luego de estar tanto tiempo entre pensamientos abiertos, la presencia de un ser humano salido de la granja, y por tanto ganador de su propia libertad y privacidad, era una muralla amenazante. «Te esperan en el 3C», le oyó decir.
Entre tantos otros con bata, el hombre de bata era un engranaje más, su paso acompasado reverberaba los pasos acompasados de los demás en ese edificio, que sería un espacio de absoluta calma sin ellos; y cualquier disonancia, por pequeña que fuese, con seguridad se debía a la presencia de algún observado.

Al llegar a la sala 3C un escalofrío recorrió su cuerpo. El lugar, completamente hermético, albergaba a una mujer mayor de treinta años cuyo rostro se parecía al de las mujeres que suele ver en el área residual. Su mente era confusa, difícil de leer por tan ruidosa.

«¿Vas a sentarte?». El hombre de bata procedió a hacerlo, no le quitaba la mirada de encima, intentando descifrar una sola cosa de la memoria de su acompañante. «¿Por qué...?», estuvo a punto de preguntar, pero la respuesta llegó antes: «Porque ya era hora». Revisa en su bata y extrae un prisma de memoria, que coloca sobre la mesa, de la que con un par de movimientos de manos invoca una pantalla holográfica. «Entonces eres de Marte», dice y la mira brevemente. La mujer no se inmuta. Incomodidad. En su mente, confirma esta información. «Y tu última vez aquí fue hace quince años...», una vez más la mirada, el semblante inmutable y mayor incomodidad. Avista recuerdos de hace quince años. El sistema era otro, rompieron la seguridad y escaparon juntos. El miedo los hizo enrumbar en distintas direcciones con la única promesa de buscarse. «¿Entonces era hora de volver?, ¿quince años después de ese fracaso?». Mirada e incomodidad. «No tenemos un protocolo para estos casos, pero volverás al área cuatro a menos que se confirme un encuentro sexual en tu memoria». Las evocaciones en la mente de la mujer se resumen en manos y miradas, la sensación de un beso al interior de una nave robada, saliendo de la atmósfera terrestre. Unas manos desconocidas sobre su cuerpo y una huida, muchos años después. No hubo contacto sexual, no califica para el área cinco. Es una residual.

«¿Aún lo conservas?», dice por fin la mujer, investigando su rostro desde su lugar, «un hombre con bata... debes habértelo quitado hace mucho. Yo lo conservo aún, supongo que no hace falta que lo diga». El hombre se toca la sien izquierda, siente una cicatriz detrás de sus patillas. Parpadea cinco, diez veces, con fuerza. La cirugía tomó diez minutos, como todas las demás. En un salón como el 3C, con un bisturí y una máquina que conecta los nervios. Tres pequeños puntos industriales, perfectos. «No es esa la cicatriz que buscas», lee en la mente de la mujer, sino una más simple. Otra habitación, más amplia, con cientos de niños temerosos, algunos lloran. La operación es rápida, dura unos segundos, un minuto considerando la preparación. Una pistola en la nuca y listo. Salían dormidos. Horas más tarde se encontraban en el área uno. Hay dos formas de liberarse: la normal y más segura, la cirugía de precisión del área cinco; la otra forma es la radiación electromagnética, capaz de inutilizar estos microdispositivos para siempre con un alto riesgo de muerte cerebral. La cirugía de extirpación deja también tres puntos. En una nave de carga de contrabando, con anestesia pobremente administrada, un médico sin licencia le habla para confirmar que no ha muerto. Al verlo parpadear, le indica que es necesario realizar una falsa cirugía. Su nuca tiene estos tres puntos. «Lo conservo...», parece recordar, «pero no sirve».

«¿Estuviste aquí todo este tiempo?», le pregunta, apenada. «No, al principio te busqué, pero era peligroso y decidí camuflarme». Ella se alegra de que esté vivo, él lo sabe. También sabe que lo buscó, y mucho, y que su búsqueda tardó quince años en consumarse. Vuelve los ojos a la pantalla. «Entonces ya es hora», suspira, quitándose la condición de hombre de bata.

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