24, 28 y 29 de octubre del año 1929 son recordados como los días más "negros" para la economía capitalista. El llamado crac del 29, o Gran Depresión, es decir la caída de la bolsa de EE.UU. en ese año terminó de un momento a otro con una plenitud a la que los angloamericanos se habían acostumbrado por casi toda una década. Sobre eso es la ficción de hoy.

.+.+.+.+.+.+. Plenitud Ilusoria.+.+.+.+.+.+.

“Una más”, dijo el empresario efusivamente mientras cerraba un ojo por el ardor que comenzaba a provocarle el humo de su puro en la cara, y reía como nunca al ver las extrañas muecas que hacía uno de sus subordinados en un evidente estado de ebriedad. “Soy actor”, les había dicho, y ninguno de ellos dudó en pedirle extravagancias, en convertirlo por una noche, o quizá otras más, en el bufón del grupo.

Es evidente, y si no al menos bastante probable, que el subordinado olvidará todas sus locuras al día siguiente. Y mucho más evidente es, en estos casos, que amanecerá su nuevo día hecho trizas. Lo único que quizá recuerde será el “una más” repetido tantas veces por sus colegas y jefe con la única razón de verlo imitar al Presidente o la forma de caminar de Charles Chaplin.


Y mientras camina como Chaplin, el empresario, su jefe, coquetea con una muchacha diez años menor que él. El subordinado se tropieza consigo mismo y cae al suelo. Todos ríen a carcajadas, menos él, que asegura estar bien y pronto se va adormeciendo, al mismo tiempo que se jacta de conocer a tal o cual estrella de cine. Lo dejan sentado por ahí, hablando solo, y regresan todos a la diversión. El jefe propone un brindis sin saber por qué, “por esta hermosa muchacha”, dice, y los demás silban y lanzan prolongados “¡Salud!”, truenan los vasos, ríen a carcajadas.

El empresario celebra la gran alza que ha tenido en los últimos meses su fábrica de botones. Y celebra sin reparos, porque  acaban de superar una pequeña caída de la bolsa de Estados Unidos, cosas típicas del mercado, nunca nada grave. De seguir las cosas a ese ritmo, tendrá suficiente dinero para vivir con todos los lujos que pueda imaginarse. Sabe que está viviendo una época de infinita prosperidad, y que el éxito de sus botones se extenderá más allá de toda América. El solo pensarlo lo hace reír a carcajadas. Será el dueño del mundo de los botones. Cada mañana que un hombre o mujer se vistiera para ir al trabajo, e incluso los desocupados; y cada noche que se despojaran de sus ropas presas del cansancio o de la ansiedad incontenible; cada vez que un sastre remendara alguna vieja prenda, él estaría presente en sus variados botones.  “¡Salud!”, le provoca decir de nuevo, y lo dice, “por este hermoso día, por esta hermosa noche”, y en su voz se nota un poco más el alcohol.
 
Para brindar giró un momento, y al volver ya no encontró a la chica, tan solo la botella de champaña. Aquella se había unido a otro grupo, y parecía divertirse más con ellos. Se dio cuenta de que el puro se le había consumido ya hace algún rato y encendió otro mientras los miraba y se asombraba de sí mismo, de su enorme nobleza para con los suyos, de su gran capacidad de desprendimiento, del trato tan cercano que tenía con sus trabajadores. Entonces se acerca a ellos para mostrarles su aprecio, a ofrecerles una ronda más de copas y de risas.

¡Salud!
¡Salud!
¡Salud!

De pronto, se halla en su habitación, casi desvestido, con la corbata floja, la camisa cubriéndole un solo brazo y los zapatos bien puestos. Él mismo había caído en ese estado de inconsciencia que tanto detestaba, había perdido una porción de memoria que explicaría fácilmente cómo fue que llegó allí. Sin embargo, tenía alguna idea: su subgerente sería un tipo cuerdo incluso si por sus venas corriera alcohol en vez de sangre. Él lo había llevado, o al menos le había ayudado a llegar a casa. Por ahora se conformaba con esa vaga teoría, pues sentía un sabor amargo que no se le iba de la boca y le provocaba asco. Caminó hacia el baño mientras movía la mandíbula intentando despegarse la amargura y se retiraba la corbata y la camisa. Los zapatos vendrían después, y a tomar una ducha.

Cuando estuvo listo, decidió que era hora de ir a la fábrica. Si bien sus subordinados más cercanos se habían emborrachado la noche anterior, los demás continuaban trabajando. Debía ir a cerciorarse de que todo iba bien.

En el camino compró un diario. Tres centavos.

WALL STREET QUIEBRA

El titular era demasiado escandaloso como para ser cierto. Apuro el paso y al llegar a la fábrica se topó con un trabajador muy humilde, el Sr. Hoover, quien lo saludó pronto. Sin embargo, este saludo no fue contestado. El empresario lo miró con cara de desconcierto, como si acabara de ver algo espantoso frente a sus ojos, y lo despidió de inmediato, sin dar ningún tipo de razón. Echó a todo el mundo en cuanto los demás se percataron de esto y comenzó un murmullo.


“Están despedidos”, gritó, “¿qué?, ¿no escuchan? ¡Están despedidos!”

Pronto el mensaje les llegaría a todos y pronto todos sospecharían que por la cabeza de su jefe solo pasaba en ese momento que su ansiada fortuna se deshacía en sus propias manos y que tener a tanta gente empleada solo le ocasionaría problemas. Se convertiría pronto en un miserable.

Cuando llegaron sus subordinados, asombrados por la noticia, el jefe los miró con desprecio. Se había estado pellizcando la piel de los brazos para despertar de la pesadilla. Cambiaba por un tiempo a los puros por los pellizcos, por el deseo de que todo fuera completamente ilusorio, sin importarle nada si aquél era actor o si el otro era un genio, ni mucho menos si él mismo fue en algún momento un filántropo.

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Espero que les haya gustado. Gracias por leer.
Recuerdo vagamente este día. Hace un año, yo recibí la noticia un tanto sorprendido, en especial cuando mencionaron la parte en la cual intentó esconderse por las alcantarillas luego de ser herido. Hace un año, Muamar Gadafi fue capturado y asesinado por "rebeldes". Hoy, la ficción trata sobre sus últimos instantes. Así que disfruten la lectura.


Asesinato de un ideal retorcido


¿Es realmente cierto que todos los humanos valemos lo mismo? Si es así, las muertes de algunos llamados “héroes” o “villanos” no  hubiesen afectado el curso de la historia. Pero no es así... Algunos humanos  cargan entre sus hombros los ideales de muchos otros, convirtiéndolo en alguien muy valioso. Es por eso que se han planeado asesinatos y secuestros a personajes específicos. Su muerte debilita a sus seguidores, les arrebata las esperanzas, la energía.


Huyendo de sus perseguidores, los cuales les pisaban los talones, Gadafi sintió por algunos instantes el miedo  a  la muerte. Tan sólo duró algunos instantes, ya que su propia existencia, su lucha, desafiaba a las grandes esferas del poder del mundo. Esta idea era la única que le permitía aferrarse a la vida y a la vez, liberarse del temor a la muerte. 


Gadafi y sus hombres decidieron escapar hacia el lugar idóneo para resistir. El lugar en donde nació. El lugar que protegería los ideales que él representaba. Sirte. El líder esbozó una leve sonrisa mientras imaginaba las calles de Sirte. El olor que impregnaba. Su gente. Cerró los ojos y ya se sentía en ella.
La imaginación del hombre fue bruscamente interrumpida. El sonido de los disparos, esta vez tan cerca que pudo sentir algunos en su cuerpo, lo volvieron a la realidad. La bestia no la dejaría llegar a su última esperanza. La bestia arremetía con su gran poder. Mordiendo, arañando, destruyendo.

Gadafi conocía el poder de la bestia. Desafió indiscriminadamente a la bestia. Si no hubiera sido por la intervención de esta, los rebeldes poco o nada hubiesen hecho. Los rebeldes eran para Gadafi, un montón de idiotas que no comprendían su ideal. Para él, una piedra vale mucho más que todos esos necios juntos. La bestia era distinta. Su increíble poder era indiscutible. Su capacidad para arrasar todo lo que encontraba a su paso era una realidad. Y aún así lo hizo.

“Aún no me toca morir”, se dijo a si mismo, mientras escapaba con algunos de sus guardaespaldas.
La bestia lo había cercado, inclusive lo había herido. Pero eso no era suficiente. Su ideal le permitía soportar el dolor de las heridas por el tiempo que fuese necesario. Ideal que también lo preparaba para tomar las decisiones más peligrosas, soportar los olores más nauseabundos, la oscuridad más perturbadora.

Y lentamente el mundo se desvaneció frente a sus ojos.



Al volverlos a abrir, su libertad le había sido privada. Esos idiotas que no comprendían la verdadera razón, los que prefirieron ser devorados lentamente por la bestia, ellos lo habían capturado. Si el representaba los ideales de muchos, entonces las probabilidades de ser asesinado eran bastante altas. Aferrándose desesperadamente a la vida, suplicó que no se le dañase. De nada sirvió

¡Y aquí estoy! Eh, esperen, creo que no me esperaban. Da igual. Hoy es el día en el que murió Edgar Allan Poe, conocido por ser el "Padre" de los relatos policíacos y macabros. Un gran exponente creador de relatos y poemas que brilló por su oscuridad.


La ilusión del perverso


Siempre solía levantarme a las diez de la mañana con trece minutos. Era parte de mis rutinas programadas. Parte de ello formaba fingir el sueño por tres horas, hasta que el reloj despertador sonara exactamente tres veces. Solo entonces proseguía con mi vida. Era mi hábito más persistente, formaba parte de algo inequívoco en mí, algo ineluctable que resurgía casi con una furia férrea.
No había otro modo de que pudiera vivir los agotamientos de la vida, no había otra forma que complaciera mi sed de ficción, mis ansias de vivir otra vida. Y puede que sea producto de mi puerilidad, puede que simplemente fuera parte de un mecanismo formado por Él. No podía hacer nada para evitarlo, aunque el cinismo de mi vida fuera un abotarramiento de inconsciencia. Mi vida era una sed permanente que solo se saciaba con los desvaríos más insanos.

En mi vida he sufrido mucho, cuando apenas era consciente, cuando un lustro de mi vida paseaba jovial por mi vida llenándome de ilusiones y amor, mi querido perro, fiel compañero desde mi nacimiento, murió atropellado en frente de mí. Creí escuchar una risa mientras el camión se alejaba. Mi perro temblaba pobre y agonizante. Oí el graznido de un cuervo y tal vez empezó a llover en ese momento en el que sus ojos iban perdiendo la vida, en los que sus sentidos se perdían y su alma se esfumaba. Pero tardaba demasiado. En un acto de pura inocencia quise terminar su sufrimiento, busqué en mis alrededores algo con que acabarlo. Pronto conseguí algo con que terminar su vida, ahora hecha un llanto, un quejido permanente. ¿Qué pudo decir de su patética muerte? Si mi propia desgracia se veía seguramente en mi cara distorsionada por el sufrimiento, si las lágrimas saladas y la mucosidad volvía mi cara un circo para aquel desgraciado que creó a este monstruo. En sus momentos finales el cuervo rió, cuando golpee con fuerza la cabeza de mi perro. El cuervo estaba ahí, vigilante de mi conversión, cómplice de mi heroico acto, pronto a dictarme mis pasos hacia la maldad.


Mis próximos diez años de vida serían un simple monólogo de la muerte. Mataba a cuanto animal divisaba, con el cuervo acompañándome, alabando con su solemne graznido, con su inmutable postura, con su sempiterna levita negra. No puedo decir más que él me juzgaba, luego de incitarme, de decirme que lo debía hacer, que debía hacerle el tributo a mi gran perro con la muerte de estos animales, me juzgaba cruelmente, me tiraba a los abismos de la miseria. No eran mis pensamientos propios de los de un joven, no eran los métodos que usaba propios de un inocente que había tenido el sino de encontrarse con Él... ¿pero qué podía hacer? Privado de la felicidad, condenado a convivir con la muerte.

Nada, él me lo había dicho, nada. Nunca más podría hacer algo más que matar. Claramente me dijo que la muerte en su expresión más profunda no era nada más la exposición de esta. Su forma más básica solo se llevaba acabo cuando esta se realizaba. La muerte tenía un significado más allá del mundano, más allá de la perdida del alma, del hundimiento de la consciencia en la nada. La muerte era también el sufrimiento en vida. La humillación. El desespero, la agonía... La muerte solo era una sinfonía completa cuando todas sus fases se cumplían, decía el cuervo con sus graznidos, con sus aleteos, con su postura. Era algo inefable.

Los próximos años de mi vida me limitaría a leer las más horribles obras, a aprender de los anteriores maestros de la destrucción. La tiranía de nerón, las cruzadas, las cacerías brujas, el bombardeo atómico, el holocausto judío, Chernobyl, etc. Todas ellas me enseñaron lo hermoso de la crueldad humana. La inherente tendencia que nos guía hacia la perversidad. La muerte no es el morir, pero aquellos genocidios eran su manifestación más grande. Eran desesperación, eran sufrimiento, humillación, agonía. La sinfonía recitada por aquellos maestros.

Eso ya es pasado quemado y deshecho por el tiempo. Y ahora, cuando mi corazón tiembla al saber lo que he hecho, el frío simplemente empeora mi condición, torciendo mis huesos y hundiendo mi consciencia en un sopor insoportable. Ahora, que siendo más de las 10:13 de la mañana, sigo acostado, inmóvil y formando parte del horrible circo de payasos tétricos; que siento la lengua de la muerte relamerme y saborear mi inmundicia; saborearme como el malhechor que viola, que disfruta del placer del dominio y del libido; del asesino que, también esclavo del poder, sacia su sed de sangre, su inigualable frialdad cortando el blando cuello y disfrutando el sabor a óxido de la sangre.  Ahora sus dientes me atraviesan, incrementando el frío mortal y derramando mi perversidad. Y Él se ríe, porque dichoso y poseedor de la eternidad, sabe que ha ganado y yo, completamente inferior, le concedo la victoria a ese ser espectral, a ese ser horrible de incontables cuernos, cuellos y cuerpos.

Ahora, que mi corazón tiembla y se siente débil, me doy cuenta de mi fatal error al asesinarla a ella, proveedora de vida y humanidad. Ahora que la inmovilidad me petrifica y me siento como en un ataúd. ¿O estoy en uno? Siento mi vulnerabilidad, me siento poseso por toda clase de seres. Seres pequeños e imprudentes que destrozan mi piel, que me inyectan sus venenos y ceden su vida a Él.

Y el cuervo grazna, porque ríe. Y ríe, porque sabe que mi muerte esta cerca, sabe que mi muerte es una simple ilusión, un simple teatro que al fin se cumple. Sabe, y muy bien, que la tragedia que he estado viviendo finalmente comienza. Y que, nunca más, lo recalca bien en la ventana, con su sonrisa  a punto de ser totalmente humana y acabar conmigo, que nunca más podré ser humano. Porque estoy podrido y, ¡maldición!, si no lo estoy, soy una burla, un simple excremento siendo títere de este gran maestro que ha estado adiestrándome para solo reírse un poco más de esta tragedia.