Un relato corto... poema en prosa... o algo. Qué importa lo que sea... ¿o importa lo que sea? Tal vez te esté engañando para que no creas que importa pero importa. Todo para que ignores el elefante rosa que está en tu cuarto, a punto de matarte. (risa malévola)

La estulticia


Una mirada al cielo o una mirada desde el cielo, blanquecino, brillante, que lo abarca todo y que te oprime. El peso inexistente de su atmósfera, el jalón gravitacional que impide el vuelo y te limita a la tierra.  Observar al cielo era en cierto sentido aceptar a la nada y caer, como una gota de lluvia, a la tierra. Atravesarlo todo y chocar…

El silencio es reconfortante, pero escucho su voz…

Y mis ojos, cerrados, empiezan a captar el olor a lluvia, no la lluvia que nos azota… una fragancia que no terminaba de inundar al olfato. El sol, ególatra estrella, osada, no se escondía tras las nubes de la lluvia, acariciaba nuestras espaldas candorosamente…  y al suelo y a nuestros brazos, a nosotros que buscábamos el escape de la frialdad que nos invadía hasta el tuétano. La canora voz soltaba su melodía, invadía mis oídos pero nadie más parecía oírle.
Espectral, hermosa voz, que tomaba formas y engañábame pretendiendo ser no etérea y yo, esquivando, evitando lo tangible, la buscaba… ella que estaba tan solo por encima de nuestras espaldas desnudas, sudorosas, brillantes, rojas.

Animado por la voz, un escorpión volador planeaba distraídamente, esquivando, evitando, las torres de carne que lo arrinconaban a limitados espacios aéreos. Único, solo, el escorpión era ignorado, volador como era, desafiando al mundo ignorado, que lloraba, que azotaba con sol calcinante. Bailaba el escorpión al son de la melodía a la que yo perseguía y superponíase sobre el escorpión volador. Temible, aguijón que recordaba al dolor.

Quiero caer, pero no caigo, la fortitud de sus rodillas inspira a las mías,  y mis ojos solo ven, tras el cansancio, la desorientación, el hastío, sus espaldas, variadas, flageladas, sangrantes, límpidas… ¿quiénes son, seres sin cara?  Cuyos rostros no me atrevo a descubrir, yerro, yerro…

Desde el silencio que a veces se muestra, a los miles de escorpiones voladores, esquivos, que nos rodean, a los que intento alcanzar, asir, (¿qué no es etéreo? ¿lo es el dolor?) pero que se escapan de mis manos, como yo escapo del toque de mis iguales. Vuelan, estáticas, sustituyendo al silencio melodioso, a la voz canora que bailaba junto conmigo, que acompañaba también al silenció de ritmo perfecto y veleidosamente callado.
Melodía encontrada por el aguijón.

Melodía que lo sobrepasa y tranquiliza el vuelo. Yacen los escorpiones en el fango, transformándose en el barro que pisamos, atacando con sus aguijones, que nos hacen caer. Yo no caigo. Nos hacen car de rodillas. Me levanto  en donde todos se arrodillan, mas fallo y solo caigo, encima de sus espaldas , algunas sudorosas, algunas sangrantes, algunas imposiblemente secas…  y veo sus caras, con miradas perdidas desde hace largo tiempo que presuponen tiempos mejores y peores, civilizaciones implacables. Eterna rigidez consume sus expresiones, rigidez que asaltó siempre mi cara  y que ahora siento, incapaz de imitar la vivacidad de mis ojos. Estoy mudo, ¿desde hace cuanto la mudez me domina?

Gateo, sobreponiéndome al dolor, contradiciendo la rigidez. La lluvia quema las espaldas, donde el sol mismo las acaricia. El frio rige mis movimientos. Mis dedos ennegrecidos por el fango, mis manos hundidas por lo mismo, y ahora choco y tropiezo. Los escorpiones atacan,  los rígidos cuerpos impasibles, inamovibles se tropiezan con el mío… y, acusadoras son, sus miradas, largamente perdidas, largamente acusadoras.

Padezco y caigo, como la gente, que ya ni de rodillas se mantiene, y yo me arrastro, bajo la cadencia que impone la lluvia, que incrementa el tempo de sus gotas… no hay melodía que resista o si resiste se enmudece ante el fuerte retumbar. 

¿Quién quebró la estulticia que nos sostenía?

¿Quién dijo la palabra primera?
Ya estamos de vuelta para cerrar el capítulo 4. Perdonen que tardara tanto en subirlo, me distraje un poco. Pero aquí está, y con esto, luego de algunos zorros, máscaras y demás, concluye este episodio del pasado de Julián Mallqui. A ver qué tal quedó...


.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqi - Cap. 4.2.+.+.+.+.+.+.

La señal la recibió de un zorro negro. Se le apareció una tarde sobre una piedra, un espíritu que se deja ver, ¿wamani? «Algo malo va a pasar, buen Diógenes», lo leía en los ojos del zorro, algo sobre Julián. Empezó a tomar San Pedro para vigilar su sueño: una sombra crecía desde su vientre alrededor de él, amenazaba con cubrirlo por completo, con llevárselo, pero no existía síntoma de enfermedad. Julián era un muchacho saludable a simple vista. Los métodos de curación comunes tampoco cambiaban nada. ¿Qué era esa sombra? Nunca había visto algo similar. Una posesión, quizá, un gentil fuerte que lo consumía desde adentro.

A los dieciséis años, Julián probó por primera vez el San Pedro. En ese momento, la sombra cubría su torso hasta la clavícula. Diógenes no le quitaba la atención de encima, era una preocupación continua. Había accedido por fin a iniciarlo como chamán y tras un año entero de rigurosa dieta y el mal creciéndole alrededor del cuerpo, era el momento de comenzar con la parte difícil, enfrentarlo a sus propias sombras y, si acaso podía verlas, terminar con ellas.

La amargura le recorrió la laringe. Siendo las seis de la tarde, Julián acababa de tomar su primer vaso y se recostaba en su catre. «Hay que ser pacientes», le decía Diógenes; los efectos tardarían en aparecer por lo menos una hora. «¿Qué crees que vea?», preguntaba. «No lo sé, nadie sabe. Lo que hay dentro de tu corazón y lo que tus ojos estén preparados para ver cuando llegue el momento».
Lo primero que vio fue un triángulo de luz azul que se plegó en dos, cuatro, ocho… empezaron a llenar la habitación y a ser intermitentes, cambiando de color y luego de forma, de tres a seis, a doce, a veinticuatro, a un círculo que palpita y genera otros más, que genera flores y música, un sabor dulce en el paladar, un verde ligeramente salado, un intenso estremecimiento en la médula. Julián reía y Diógenes supo que era momento del segundo vaso. «Tienes que ver más allá», le decía. Él también había empezado a tomar el San Pedro; la sombra seguía allí.

Entonces vio la máscara de auqui sobre la pared, le sonreía como cuando era un niño, parecía complacerle verlo así. Julián reía y la máscara empezaba a reír también, a carcajadas, las figuras luminosas se erizaron, se hicieron muy finas y lo llenaron todo. Ahora le llegaban a los pies y a los brazos y a la nuca, como espinas. La música se hizo cada vez más lenta, grave y difusa. «¿Qué es eso?», gritó. «No hagas caso, Julián, concéntrate», le respondía su padrino. «¿Quieres saber?», no era la voz de Diógenes, sino la suya propia, «¿Pin kanki? Sutiyqa Julian Mallqui. ¿Qampari imataj?», «Sutiyqa… Julian…». Había alguien en la habitación con su rostro. Se le entumeció el cuerpo por completo, no podía hablar, miraba fijo a esa copia de sí mismo, ¿o era él la copia? Sus ojos eran exactamente iguales y tenía en la mejilla una pequeña cicatriz de cuando se tropezó hace cinco años. También eran cinco las horas que llevaba desde que tomó el primer vaso de San Pedro, ahora pensaba los números con mayor claridad. También veía con claridad cómo el otro Julián adquiría una expresión de lástima. Pobrecillo, tirado sobre un catre, sin poder moverse, él también empezó a sentir lástima, a desear que todo eso terminara para Julián. ¿Julián? ¿No era él Julián Mallqui? Se observaba desde el otro lado de la habitación, donde inicialmente había visto a su otro yo, pero no estaba allí, sino en una esquina, en un rincón del techo, sin rostro, sin manos, sin sonrisa. ¿Y quién era Julián, al fin y al cabo, sino una sombra? Una sombra que cubre un cuerpo.

Diógenes vio cómo el cuerpo de Julián temblaba y se extendía la sombra hacia su rostro. Quizá no era buena idea convertirlo en chamán, ¿moriría súbitamente si llegaba a fallar? Comenzó a orar.
«El chamán se cura y de ahí que puede curar», pensaba para calmarse. Él se había convertido en uno para salvar a su esposa, pero la muerte era inminente; «una vez que pisa una tierra, ya no hay nada que hacer», su maestro se lo había enseñado y temía que Julián corriera la misma suerte.

Mientras tanto, el tiempo estaba disuelto para Julián. Podía ver tan solo en esta habitación todas las personas que había sido y sería Diógenes, así como las que pudo ser alguna vez, su presente sin él, sin «Julián». Y también veía en sí mismo todos estos seres —uno con máscara de auqui— y escuchaba muchos nombres ser pronunciados como si se tratara de uno solo. «Veo una marca en mi frente», murmuró. «Veo», «yo», ¿«Julián», acaso? «…en mi frente», «la única que tengo, las muchas que veo», la frente de cuero de la máscara en la pared, la luz dorada en los ojos del espíritu, la sombra de un hombre milenario con la misma marca en la frente y también él mismo o uno de sus descendientes.

Sutiyqa Julian Mallqui

Despertó antes del amanecer, olía a vómito. Sentía acidez en la boca y dolor en el vientre. Se llevó las manos a la frente, y corrió al pequeño espejo que tenía Diógenes sobre la cómoda, pero no vio nada extraño. Su padrino dormía, exhausto.

Ese día, más tarde, Diógenes le contó sobre la sombra y el zorro negro. «Solo nos falta una cosa», dijo con seriedad. Sacó un cuchillo y le hizo un pequeño corte en el dedo índice. Mezcló su sangre con carbón y vinagre. «Esto es un sello mágico», recitaba trazando una extraña figura sobre un pañuelo, «un pacto con los ancestros. Así protegerás y te protegerán de los males».

»Cap. 4.1  »Cap. 5
Llega el cuarto capítulo de CAÍN: La máscara de auqui, y en esta ocasión con un poco del pasado de Julián Mallqui y su transformación en chamán. Como no encontré una imagen que me gustara esta vez, hice un dibujito de la máscara. Este capítulo será dividido en dos partes, aquí va la primera :)


.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 4.1.+.+.+.+.+.+.

A la casa de Diógenes las mañanas llegaban atravesando una rendija sobre la puerta. Un haz de luz descendía por la pared de adobe hasta dar con su rostro y despertarlo. Desde la aparición de este haz, Julián contaba en voz baja, como le había enseñado su madre, y se limitaba a observar, no solo para no molestar, sino porque, en su camino, la luz parecía despertar a alguien más, un ser a quien quizá por miedo o por respeto había decidido no hablarle. Tras contar diez minutos, la luz alcanzaba el borde de una máscara de cuero. Diógenes, su padrino, le había contado sobre los auquis, espíritus del ande que bajaban a visitar los pueblos con aspecto de viejos hombres de cabellos largos. «Son los que vigilan, los que cuidan», le dijo aquella vez, entonces no podía evitar que su imaginación le diera vida a esa máscara. Cada mañana, el auqui lo observaba como si fuera capaz de leerle la mente. La luz se empozaba en sus ojos vacíos y adquiría una visión dorada, pasaba por su boca y le sonreía con mofa, y si algo no le gustaba arqueaba los labios a la inversa, siempre intimidándolo.

Para Julián esta escena se repetiría hasta los nueve años, edad en que la máscara, ya por madurez, ya fuerza de costumbre, se convirtió para él en un signo de calidez. Sabía que estaba en casa porque amanecía y la veía en la pared, sonriente. Desde que llegó a la casa de Diógenes, a los siete años, Julián había ocupado el mismo rincón del cuarto para dormir. Era incómodo, pero no podía pedirle más al pobre de su padrino, se tomaba ya bastantes molestias al recibirlo en su casa y tratarlo como si fuera su propio hijo. Poco le importaban los reclamos malintencionados de su tía: que no tenía ni para él mismo y cómo así iba a mantener a un niño, que seguro lo haría trabajar para pagar sus vicios. Pero Diógenes no era nada de eso, era un hombre pausado y noble, un chamán que disfrutaba conversar con la gente que lo quería. Así, podía ser también un hombre descuidado, que llegaba tarde a casa rebosante de felicidad y de alcohol, pero nunca un mal hombre.

Su interés por el chamanismo llegó tiempo después. Aunque vivían en la misma casa, Diógenes siempre lo mantuvo al margen. Ser chamán no es cosa de niños, le decía y lo mandaba a leer o a jugar. Era inevitable que esta restricción generara en Julián una curiosidad difícil de aplacar. Diógenes era consciente de que el niño rebuscaba entre sus cosas. Sabía que aprovechaba las horas que no estaba para mirar en su alforja, en las cajas debajo de su cama y los cajones de la vieja cómoda. Sabía que incluso había retirado al auqui de su sitio para verificar que no ocultara nada. Él observaba los pequeños cambios en la casa y aparentaba no saber nada. «Doctor tienes que ser», le decía a veces, y lo mandaba a estudiar; le contaba maravillas sobre ese futuro, sobre su vida en Lima, lejos de la pobreza, y su regreso a Cajamarca por su padrino, para darle alguito —bromeaba— y curarle si tenía algún dolor.

A los catorce años, Julián había decidido que no sería un doctor ni un ingeniero, le gustaba la chacra y admiraba tanto a Diógenes que se tuvo que pelear con él para que aceptara por fin enseñarle algo. Ese día, aprendió a leer la coca, pero su iniciación como chamán se haría esperar. Diógenes conocía la rudeza de ese camino, lo muy saturado que estaba de sombras que perturban la mente y la arrastran tan cerca de la locura que resulta imposible discernir dónde comienza y dónde termina uno mismo, lo fácil que es para un novato perderse a sí mismo en ese vacío de sentido, los peligros de oscurecer el espíritu y dejar morir el cuerpo para convertirse en enfermedad, en daño. Lo había visto él mismo años atrás y quería demasiado a Julián como para permitirle sufrir tanto por tanto tiempo.

Así, le permitió ser testigo primero, ayudante suyo. Ya no lo mandaría fuera de la casa cuando llegara un paciente, ya no lo dejaría con la señora Concepción si necesitaba atender a alguien por la noche. Empezaba a darse cuenta de lo corto que parecía el largo tiempo que llevaba cuidando a Julián, quien se convertiría pronto en un hombre de mirada decidida y afable, como su padre.

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Bien, va avanzando la historia de Julián. La siguiente parte la publicaré en unos días.

»Cap. 3  »Cap 4.2
Ha pasado ya poco más de una semana del 6to aniversario del blog y esta es mi primera publicación después de haber cambiado la plantilla y hecho el videito que ya es tradición por aquí. Y regreso con un nuevo capítulo de Caín, ya el tercero, que además llega con un pequeño anuncio de mi parte para los que hayan leído algo de esta historia: si antes hacía una supuesta línea troncal de Caín, eso ha cambiado. Desde ahora esto se llamará La máscara de auqui, para que quede un poco claro que será un solo arco y que al igual que El segundo fruto prohibido, se acumulará al universo de Caín entre muchas historias. Hago esto para no caer yo mismo en confusión al escribir pensando en cosas que quizá no puedan entrar en la historia de Mallqui (y de paso para avanzar más rápido). Así que ahí vamos...


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La última hoja cayó sobre el telar y Julián Mallqui no levantaba el rostro, parecía convertido en piedra, en una eterna huaca capaz de enlazar las vidas de los hombres a través de los tiempos, y por tanto capaz de verlo todo, desde las primeras rondas campesinas hasta las banderas rojas, el rostro del otro presidente y las rajaduras en los granos de cancha serrana puestos a la mesa por su nieto, veinte años más tarde, ante la presencia de un ser tan extraño como el auqui que lo observa ahora y que gira lentamente la cabeza hasta encontrarse con el pequeño Damián.

¡Atoj! La máscara le cubría por completo el rostro, a excepción de los ojos. Alcanzaba a verlos entre las sombras, azules, increíblemente redondos y de pupilas alargadas. ¡Atoj! Juraría que lo escuchaba reír, golpear con su hocico puntiagudo la máscara de cuero como un auténtico zorro blanco parlante. ¿Qué es lo que ve Mallqui en las hojas? ¿Qué clase de futuro lo espera? Quizá el que haya entrado a su casa una tarde años después de su partida. Quizá su encuentro con el zorro. Quizá, incluso, a sí mismo intentando escrutar el destino sin la misma certeza. Cuánta falta le hace el auqui, no volverá aunque lo invoque, aunque rece mucho o lo dibuje con torpeza, no hará ninguna diferencia su imagen en el altarcito de su cuarto. Todos preguntarán quién es, qué santito, qué espíritu del ande y él responderá que lo protege desde hace mucho. Y su familia, la poca que le queda, pensará pobrecillo, es la edad, son epifanías, ya está viendo el otro lado, se nos va papá Julián, es la nostalgia que lo sobrecoge, quiere volver a su tierra. No lo entenderá nadie excepto su nieto, Josecito ven, le dirá, ¿lo has visto cerca? Y Josecito le contará que lo vio hace dos días, que le da miedo que se lo lleve. Pero no viene por el niño, sino por él, viene a contemplar su muerte, a tomar su alma, ¿verdad? No viene por el niño... como tampoco vino por él cuando su maestro moría en Cajamarca, sino años después. ¿Vio su maestro al auqui antes de morir? Solo le quedaba un dibujo en una hoja antigua, un dibujo complicado, hecho con tinta que contiene sangre de chamán. Carbón, vinagre y una gota de sangre, un sello mágico que cura, que protege del mal, y que conecta con su propia vida, un sello que consume al chamán en nombre del bien. Muchas almas inocentes dependen de este pequeño pacto, dice el auqui —¡atoj!—, se lo dice a Julián Mallqui, al pequeño José y también a Damián. Mallqui arderá al final, morirá vaciado de toda vida y con una fiebre insoportable —¡cuarenta y cinco grados!, ¡cuarenta y siete!—, sacudiéndose y bramando palabras inexistentes. Se enfriará de inmediato y toda huella de sanación conectada con su sangre perecerá con él. Hay que firmar con sangre, heredar la responsabilidad. Es la única forma de salvarlo.

Mallqui no está. Frente al niño, las hojas de coca permanecen intactas, respira agitado y el calor de la respiración le rebota en la cara, lleva puestos la máscara y el sombrero, se encuentra del otro lado de la laguna. Detrás, las ropas del auqui, de ellas salen dos pequeños zorros, uno blanco y uno negro, corren con prisa y los pierde de vista. Está a punto de oscurecer.

-

En sus ojos me veía como un zorro, como dos zorros, como un zorro blanco y su sombra. Ojos azules, patas pequeñas, delgadas. Un zorro que sonríe, que mira fijo a los ojos, pero no tiene intención de convencerlo.

Nunca me interesó más que observarlo, convertirlo en el portador de una historia. Me daba igual si aceptaba. No lo asusté para alejarlo, sino para que ganara cordura, para deleitarme unos días antes de la aburrida y ridícula muerte de Julián Mallqui. Si este era el final, estaba bien. Dos niños estaban siendo llamados, les había inoculado la idea de la muerte fatal, del sacrificio. Ninguno perdió la cabeza y dijo que sí. Tal es el peso de la conciencia incluso en un niño.

Ambos pensaron, ambos tenían alguien cercano a punto de morir, pero solo uno estaba seguro de esa muerte. Solo uno la veía venir.

El pequeño José corrió hacia mí cuando Mallqui empeoraba. Él me veía como un auqui, el mismo que había dibujado su abuelo en el altar de su cuarto, el mismo al que le rezaba. Cerramos el pacto muy de madrugada, con un imperdible y un cuaderno viejo. Julián Mallqui jadeaba en su habitación, sofocado por la fiebre. Dio signos de mejora al poco tiempo, pero murió esa misma noche. Su nieto escondió el sello para siempre.

Un día después escuché los gritos del niño en el pueblo. El viejo Juan había muerto en la madrugada, ahogado con su propia saliva.

Los zorros no volvieron más a ese pueblo que como una memoria, como una más de las historias que se cuentan entre los hombres.

Después de todo, morir no es algo que se pueda arreglar.

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Bien, eso fue todo el capítulo, en el siguiente veremos un poco del pasado de Mallqui, estén atentos ;)

»Cap. 2.2  »Cap. 4.1
Imagina algo raro y seudo filosófico  y colectivizante y que diluye el ego, esto es eso.
O eso es esto. O ambas.
No sé.
¿Tú sabes?



El amor en los ojos de ella

 Tenía miedo, nunca antes había visto a una bruja. Mi cuerpo temblaba, un frío sepulcral me estremecía a cada momento. Tenía miedo porque sabía lo que venía. No podía decir, bajo ninguna circunstancia, que no me esperaba esto. Es… es difícil de explicar y tampoco lo recuerdo demasiado bien.

Creí… que era el tono de su voz, pero no, no era eso.  Pensé que sería algo más. Creí… que era su mirada… tampoco era. Creía que podía ser… ser un conjunto de cosas, la forma en la que se apoyaba sobre la mesa, la manera en la que sus pies la mantenían sobre el suelo que, en cierto momento y bajo cierto espectro, podías darte cuenta de que no formaba parte de esta dimensión. Ella no estaba realmente de pie, levitaba.
Ella no estaba en ese cuarto ni yo.

Llevaba tres semanas fuera del mundo real.

Estaba en el mundo de las ideas, en la consciencia absoluta, en la nada, en la zona de creación de los Dioses. ¿El paraíso? ¿el purgatorio? Da igual. El hecho es que no era y ella tampoco era.
No éramos; ella quería que yo no fuera y se beneficiaba de eso. La cocina en la que estábamos pronto se desmaterializó. Recuerdo haber intentado aferrarme al brazo de la silla, emitió un pequeño chillido.
Ella se rió. Ella ya no era ella. Ella no era una mujer, no era un ser vivo, no era un ser consciente.

Era algo.

Era nada.

Era parte del espacio vacío y me rodeaba. Sentía su calor presionar mi cuerpo pero me estremecía ante su presencia fantasmagórica.
Veía sus ojos cuando cerraba los míos. Sentía su mano cuando apretaba muy fuerte y me soltaba cuando la relajaba. Pronto comprendí que recorría cada centímetro de mi cuerpo con su delicadeza etérea.

Me besaba, me lamía, me hundía en sí misma. Estaba dentro de ella. Ella estaba dentro de mí. Lo que respiraba era su esencia, lo que tomaba era su esencia. Todo era ella.

Nada tenía un sentido estricto o un orden o una jerarquía. La amaba y al otro momento la odiaba, la admiraba o la olvidaba. Cada segundo que pasaba era una reminiscencia de ella. Cada bocanada de nada era un beso concupiscente.

La oí llamarme cuando era un niño y ella era mi madre. La oí clamar mi nombre en su cama y yo era su amante. Vi como tenía a un hijo que tenía mi nombre, como nos regocijábamos y luego moría.

Ella abrazaba al pequeño bebé mientras lloraba desconsoladamente.
Agarraba sus pequeñas manitos y las besaba. Miraba sus ojos, los del bebé, cuidadosamente, como si su mirada fuera a destruirlo y fue así.
No importa qué tan cuidadosa fuera su mirada, tenía la fatal consecuencia  de destruirlo todo. Pasaban dos, tres, cuatro, cinco segundos y la escena se repetía.

¡Basta!, gritó. Vi como la atmósfera vibraba y ella estaba delante de mí. Crecía desmesuradamente y ella ya no me miraba con ternura si no con lascivia. Pronto sentí su calor en mi pecho, su calor era mi calor.
Yo excitado era ella excitada. Ella jadeaba y yo jadeaba.

Mi lengua se desvanecía en ácido.

Mi nariz se derretía.

Mis ojos explotaron.

Mi corazón implosionó.

Fui ella y vi a un desgraciado, a un infeliz, a un hombre patético, a nadie. No había nadie en frente de mí, porque se había muerto la basura a la que acababa de observar.

La vi de nuevo a ella y vi a una Diosa.

A una bruja, me corrigió. 

Era ella y era yo. Éramos. No éramos.

Recordó la primera vez que me tocó, han pasado milenios desde aquel incidente. Sentí que me tocaban y sentí que tocaba a alguien.

Me oí decir te amo.

Gracioso.

Estúpido.

Insensato.

Hermosa. 

Te veo y veo por qué me odias. Me veo y veo por qué me amas. El motivo de todo se vuelve sumamente obvio. Se vuelve inicuo.

Un ofidio se regodea de saber mi nombre, mas yo no tengo nombre. Yo no soy. El ofidio se arrastra por el piso, saca su lengua bífida para medir la temperatura. Ve que no produzco calor.

Yo sé tu nombre, me dice. Lo conoceré en diez segundos. Diez, nueve,…, dos, uno. Ya está. Ya lo conozco. ¿Conoces tú tu nombre?

No, no lo conozco.  

¿Conoces tú mi nombre?

Tampoco. ¿Lo debería de saber?

No, soy un simple lagarto y los lagartos no tenemos nombres. Solo somos. ¿Eres tú?

A veces.

¿Y cuando no eres, qué sientes?

No se siente nada cuando no eres. Cuando soy, me siento asqueada de mí misma. Me odio porque soy y en algún momento no fui.

Pronto volverás a no ser.

Lo sé, pero odio no ser.

Conozco tu nombre.

No lo conoces, conoces lo que era mi nombre. Conoces lo que fui en el momento en el que supiste mi nombre, ¿pero fue ese mi nombre o me diste tú ese nombre?

Yo te di ese nombre y ese fue tu nombre. ¿Quieres saber cuál era tu nombre?

¿Tiene alguna importancia?

No.

¿Tiene alguna importancia la vida de los humanos?

Tiene tanta importancia como ellos mismos le dan.

Alguna vez fui humano, hombre.

Y ahora eres mujer.

Y en un rato no seré.

¿Por qué ya no eres un hombre?

Recuerdo una leyenda de cuando era hombre.

No me interesan las leyendas, mi vida se basa en la incertidumbre porque es corta, conocer una leyenda desafía lo corto de mi vida. Ahí está un roedor, mi comida. Lárgate, no quiero nada de leyendas.

La leyenda dice que hubo una vez una serpiente que tentó al hombre a comer de la fruta. Una naranja, creo.

Es una manzana.

¿No y que no conocías de leyendas?

Yo fui esa serpiente y ahora soy otra. En treinta días seré otra y mañana seré la misma que hoy soy.

De todos modos esa no es la leyenda que conocía. Es una leyenda mucho más antigua.

¿Qué dice esa leyenda?

¿Por qué tú no puedes ser yo?

Eso desafiaría las leyes del ser. ¿Qué decía esa leyenda?

Una vez un hombre miró a una mujer y esta mujer no era mujer. Se dice que tampoco era algo en absoluto ni que fue ni que será. Este hombre amaba a esa mujer con brío porque sabía que no podía amarla. Algo— un roedor, quizá—, le decía que no confiara en ella, él la beso y se inundó en sus ojos y creyó estar en el paraíso o en ningún lugar.
Estaba tan profundamente incrustado en su rutina que dejó de ser.

Encontró el amor, entonces.

Tal vez.

Encontró el odio, entonces.

Es posible.

¿Dejó de ser  y luego qué?

Se acabó. Todo.

Oh, qué triste.

Ayer cumplió seis años Errror de Imprenta y Zack Zala, el artífice de esto, ha hecho un video, como todos los años, al respecto. Lo primero que se me vino a la mente fue  Dennys Arellano escuchando a Kaya.



«Kagami no oni» sobre todo. Esta canción «Demonio del espejo», apareció en el 2007 como parte del álbum de recreación folklórica Hyakki Yagyo, 百鬼夜行, de cuya fuentes, es probable, Zack también bebió para hacer el video. O No sé.
Dennys Arellano murió hace 4 años por pero Errror, su obra mancomunada con Zack, yo me uniría mucho después, sigue en pie. Los que no lo conocimos mucho, todos, nosotros, podemos hacernos una idea oscura, bizarra, falso amigo mediante, de cómo era él. O no lo era. Sus escritos también podrían ayudar. Así, pues, más que cantarle a Errror o a su desfile de seis demonios, le cantaré a Dennys hoy a los seis años de Errror haciendo algo que Dennys también hubiera hecho: publicar.
Escribir, digo. Después de todo él fue un escritor. Así que por mero capricho transcribiré un ¿último apunte? aparecido en una pequeña libreta que fue encontrada y en una polera de Dennys. ¿Fue Zack acaso quien la robó de su cuarto? Yo tan solo fotografié al azar algunas páginas... Ahora publico una tal cual. De resto me parece una narración torturada por la propia ¿muerte? de su autor, aquella que, como epifanía viene a pelo desde mi óptica occidental de ver al número seis lo que representa: seis es el número de la bestia, ¿no, Dennys?


Seis es el número de la Bestia*

«Seis es el número de la Bestia, repetía Dennys antes de entrar al consultorio del doctor Motta. Exámenes de rutina, pruebas, TEN, TAC, sangre y más sangre. ¿Por qué tantos análisis si igual me voy a morir?, bromeaba. Y era cierto. Los dolores de cabeza no daban tregua.

–¿Cómo te sientes? –preguntó el doctor.
–Bien –mentía Dennys.

A penas podía sostenerse en pie cuando le daban los dolores. Y se le daba por correr. El viento que chocaba con su cabeza hacía, por un momento, el amago de calmarle el dolor. Pero una vez quieto, después de un par de segundos, el movimiento de su masa encefálica hacía que no solo el dolor aumentará sino que sintiera pulsasiones. El fin estaba cerca: seis es el número de la Bestia, repetía Dennys entonces. ¿Eso hacía cada vez que salía del consultorio, no? Sí, sí, pensaba que dirían después de su muerte. Es divertido saber que te vas a morir, verlos todos preocupados, compungidos: como si realmente pensaran que te ibas a salvar. Tontos. ¿Yo acaso no lo pensé así una vez? Pero conocía mi cuerpo y, claro, los dolores, ay, anunciaban mi muerte. Entonces era cuando le daba por escribir y rasgaba con su lapicero de la ruta a su casa. ¿Cuántas veces fue solo a su casa? ¿Fue luego que se escapara de su madre? Pobre, la vieja cree que podrá hacer algo cuando pase. ¿Cuándo fue la última vez que rió frenéticamente? De un momento a otro se le dio por reir. JA, JA, JA cada vez más fuerte. JA, JA, JA seis es el número de la Bestia[...]**»

*La narración no presente título conocido pero como se repite en toda la narración, pues...
**Después de esto la narración se torna ininteligible... Quizá Zack Zala tenga la otra parte o reconozca la narración. Esto más bien es un pedido que un capricho: publica lo que sigue, Zack. Transcribe tú mismo.


Hace unas semanas fui a ver Videofilia y otros síndromes virales con el inconfundible Zack Zala más que por el título porque hacía tiempo que no veía cine nacional así que ¿ya lo necesitaba? Además, la propuesta de esta película se desarrolla entorno a algo a lo que todos, querámoslo o no, no solo estamos habituados sino de lo que dependemos: internet. ¿Se pueden imaginar una vida sin interné? Aunque suene cliché cabe la pregunta: ¿existe la vida, esta moderna y occidental, sin internet? La tecnología actual, toda, gira en torno a eso: internet. Así es. Hoy por hoy, es algo indesligable en nuestra vida. A menos, claro, que no estemos alineados al estereotipo este de la modernidad. Ay, maldito sistema. Así, una producción que habla de internet no solo es novísima sino enriquecedora. Y, como lo apunta Mónica Delgado, aquello es un tema no tocado, virgen, vamos, en el cine nacional. Raro, ¿no?

Pero no solo es eso sino que esta pela habla de las teorías conspiranoicas: ora posapocalípticas, ora de los mensajes subliminales y códigos en la prensa peruana. Pinta de maravillas. El uso de drogas y sexo snuff no pasaban desapercibidos como una constante de nuestro cine. Todo bien, hasta ahí. El inicio revelador de una conspiración en ciernes... Excelente. ¿A quién no le importa cuándo nos vamos a morir? Que lo mágico ha sido algo que ha fascinado siempre, eh: aquellos dioses, tantos demonios y vírgenes y santos que  engalanan nuestra cultura popular, ejem «guíame señor de Muruhuay» y cuantioso etcétera no hacen sino confirmárnoslo. Gracias, geniales conductores.

Pero hay algo que no cuaja. O no termina de hacerlo en la pela. Al menos desde mi punto de vista. ¿Que soy demasiado exigente? No, nada de eso. Es la línea temporal no tan elaborada. Para muestra: la Pokémon. El juego de moda de hoy sale en aquel video después que, SPOILER ALERT, un patita nice de San Isidro, porque eso es el malecón en disputa entre San Isidro y Magdalena, no joda’, mata a su doméstica, pero no solo es gratuito sino… ocioso, flojo y desincronizado. ¿Por qué? Porque a lo largo de la pela todos están con ropas sueltas en un son inexistente. Es decir, es verano. Ya, otoño.

El inicio de la pela nomás se da aquel fatídico 21 de diciembre del 2012. Día último del calendario maya. Una catástrofe, qué feo verso, feo final, Bajofondo dixit. Ahora eso nos hace pensar que, beneficio de la duda mediante, la pela se da, ya, en junio, máximo, del 2013. ¿Que cómo lo sé? La ropa, pues, y aquellas referencias a los ¿vladivideos que alguien publicó en la marcha contra Keiko? Esperen eso fue este año. Uy, pero eso lo diré luego… (?) Sigamos con Pokémon. Pues, la nueva generación de Pokémon, la sexta, salió el 12 de octubre del 2013. En pleno invierno limeño. Es que en Lima la línea entre el otoño-invierno-primavera es borrosa, difuminada. Que no se sabe, en suma. Ay, pero ellos la importaron, pues, aguafiestas. Pues no. Fue la primera versión de Pokémon que salió en el fecha worldwide, interné. Primer fail. O segundo. Es que ya mencioné otro, el de Keiko. Ahora el principal y que da pie a esta reseña-crónica-ficción y que será pedido, nada menos. Aquellos lags o bugs o mensajes subliminales gratuitos que intentan crear un ambiente digital, cibernético o sabe Dios qué. Ay, hada cibernética. Pero ¿por qué poner virus que corren en Windows posteriores al 7? ¡Al 7, ah! Ni si quiera es XP eso. Es 98, ya 2000, ya XP con modo antiguo. ¿Cómo se llamaba eso? ¿Acaso no es eso gratuito? Bueno, la cosa es que es un poquitín desfasado para el 2012, ¿no? ¿O era el 2013? Ya uno no sabe. Dicen que pasaron una pela diferente al del festival de Rotterdam, ¿no? ¿Por qué agregar escena gratuitas como los vladivideos para presentar una postura comprometida en el cine? ¿Es que acaso lo estético no alcanza, señor director? ¿Podría ser tan amable de facilitarnos una copia a nosotros acá en Errror por error, por favor? Digo, es un pedir.

PD: Hoy se celebran 16 años del Vladivideo. Gracias, Beto.


PD2: En esta semana nomás se celebraron 24 años de la captura del Presi Gonzalo, un terrucazo.


PD3: Videofilia ha sido seleccionada a los Oscar. Carajo. Ojalá gane (algo). Voten.


PD5: Se murió Ricky Tosso el domingo, joder. ¿Casualidá?

PD4: A propósito del debate ese de los memes y la literatura o la prensa o qué carajos. Que son útiles, pe.


Cómo amo lo random. O la pela. O sabe Dios.


Estamos de vuelta pronto con la segunda entrega de este atrevimiento llamado Una historia negra (de nariz roja). Que quede claro que lo hacemos solo por diversión, porque ¿a quién no le divierte un tipo con nariz roja? Estamos jugando, estamos llevando este drama más allá de la ocurrencia a varias ocurrencias o a una gran ocurrencia. ¿Tendrá sentido todo esto? Eso solo lo sabremos al final.


.+.+.+.+.+. Una historia negra (de nariz roja) II.+.+.+.+.+.+.

La nariz roja parecía distante. Llevaba colgada sobre la imagen de la virgen ya más de un año. Para él no significaba ya la entrega de su pasión, de su vida, a los espíritus agobiados de Lima, una vía de escape para las mentes que se perdían entre la lejana voz del presidente valiente que se enlodaba las botas y se lavaba las manos para atender la crisis nacional, y las diminutas prendas de las voluminosas mujeres que acompañaban injurias e improperios en las portadas de los diarios más comprados. Había perdido todo brillo propio y era ahora un ritual permanente de purificación. ¡Y cuánta necesitaba! ¿Cuánta? No era suficiente un año, aún la sentía manchada por las palabras del productor de la serie. «Apología», pensaba todo el tiempo, «apología», la palabra le encogía el pecho por las noches, dificultando su respiración.

¿Que por qué no se deshizo de ese objeto, de esa trágica historia? No habría sido más fácil. No, no podría estar tranquilo si no pagaba él también su propia culpa. El ritual, por tanto, también era suyo, también pretendía alcanzar el perdón de un país que desconocía tanto sobre su traición como él mismo antes de aquel día. Por eso no cambió del todo, por eso no se ocultó y tan solo cambió la M de su nombre por una C, para seguir sonriendo. Odiaba tanto esa falsa sonrisa... pero era demasiado creíble, su rostro se había acostumbrado a esa expresión, la tenía estudiada a detalle y le salía tan natural fingirla que a veces él mismo se creía esa felicidad, esa «falacidad», pero todo se terminaba al volver a casa y reencontrarse con el rojo intenso de la nariz roja.

Escuchó una explosión. Eran los últimos minutos del 31 de diciembre. Pensó que con suerte llegaría a Barranco, con sus nuevos amigos, para olvidarse de todo. Sabía que no podía huir para siempre, que algún día se descubriría la verdad sobre aquella serie de televisión, y si no era la justicia quien lo juzgara poniendo en duda su patriotismo, algún remanente de la saliente corrupción fujimorista o de la subversión se haría cargo. Ingresarían al cuarto cuando estuviera dormido, sigilosos como un avión de papel, y estrellarían contra su cráneo la primera bala de un arma silenciada. La única y la última para él. Así mueren los soplones, los traidores, los terrucos de mierda. Y a nadie le importará nada tras su muerte excepto el único pasado suyo que valió la pena, colgado sobre el cuadro de la virgen, vigilante. «Ha muerto el intérprete, el instrumento, mas no el personaje». Realmente era un chiste.

Ahora que lo piensa bien, quizá su amigo, el abogado, no sea de confianza, lo tiene al frente y le sonríe,  como es costumbre entre la gente «de sociedad». Tiene cara de cojudo, de traidor, lo vendería por algo de plata, vendería su secreto si lo supiera, igual la modelito, ella se iría de frente con su galán el tombo. Christian, Susan, María Isabel, Rodrigo, Carlitos, Romina... todos podían venderlo, dejarlo de lado si supieran la verdad detrás del personaje de nariz roja que al que les gusta llamar para cagarse de la risa. Muy complacido, él interpretaba una versión edulcorada de su personaje, con una nariz invisible, pero que para él tenía un color rojísimo que no podía ignorar. Pero ponte una pues. No, no, es que no tengo. ¿No te digo que es un huevón? Otra vez el abogado. Hoy también le pidieron el favor de hacerse el payaso, pero no aceptó. Estoy cansado. Ay, qué aguafiestas que eres, amiguito. Justo te había traído una nariz, para que recuerdes viejos tiempos. El abogado no le tiene compasión. Es un hijo de puta, apuesto a que también es un marica. Lo golpearía solo por eso, pero es influyente, conoce gente importante... Tal vez no fue buena la decisión de hundirme entre la gente de bien, tal vez... Siente palpitar su rostro, todo es azul, rosado, rojo intenso, pone la mano en su cuello y confirma que su presión ha caído. Las risas se hacen insoportables. ¿De qué se ríen? Se ríen de mí, de mi debilidad, especialmente el abogado, su mirada lo condena como si lo supiera todo. Debe escapar. Volverá a la soledad de su habitación una vez que su respiración se normalice. Romina se acerca, le toca un hombro. ¡Suéltame! ¿Qué te pasa? Nada, déjame, estoy bien. En su mirada hay miedo y rencor, no les perdonará nada, son todos ellos unos traidores. Cuando llegue a casa... Cuando llegue... tomaré la nariz roja de encima del cuadro y volveré a verlos, pronto, muy pronto, antes de que ustedes me acorralen a mí.
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Y ahí... ¿termina ahí la historia de este claun? Quizá sí, quizá no... pero de que hay tercera parte, parece que habrá.
Justo en el último día de la universidad,  la facultad fue visitada por el productor de una serie conocida de los Noventas: Pataclaun. Lo que contaría a los tres gatos asistentes, porque literalmente eran tres, mi amigo, el organizador y una bailarina de ballet de la escuela de Danza, sería espeluznante. Al punto que me hizo escribir una crónica. Algo como esto:


¿Sabían que Pataclaun fue una metáfora del conflicto armado interno? ¿Del terrorismo? Nos había preguntado a boca’ejarro un amigo de la universidad mientras almorzábamos en el patio de Letras. Regresábamos de unas vacaciones extenuantes y aquello era lo último que queríamos escuchar. ¿Sabían que un productor le dijo al elenco en pleno que su obra era una metáfora de Sendero? Gonzalete trastabilló, reculó y dijo, no, no: él representaba al Presidente Gonzalo, a Abimael. Queca, por su parte, a ¿Augusta la Torre o a Elena Iparraguirre? ¿Y Tony?, le pregunté, timorato. A Víctor Polay Campos. Los tres actores quedaron alelados con la confesión del productor. Y decidieron renunciar.  Lo dijeron casi al unísono. Pero había algo en la cláusulas pequeñas de sus contratos que aquel productor les leyó en voz alta: «Aceptamos ser apologistas de la lucha armada y del Luminoso Sendero de Mariátegui», que efectivamente al posar una lupa en ellas así rezaba. Sudaron frío: eran apologistas. Se miraron entre ellos. No había marcha atrás. Filmamos mañana, chicos.
¿Y Machín, Wendy y Monchi?, le preguntamos a nuestro amigo conspirador. ¿Qué no la sacan? El lado opuesto del terrorismo, pues, el que se hizo desde el Estados. Nos miramos estupefactos. Tenía sentido. Alberto, Susana y Keiko: la familia Fujimori. La familia principal de la serie.
Bien, bien, esta vez no me hice esperar (?) mucho, aquí va lo que faltaba del segundo capítulo. No tengo mucho que decir hoy, así que solo los dejo leer.


.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqui - Capítulo 2.2.+.+.+.+.+.+.

Don Juan era como un abuelo desde que éste murió. Le gustaba sentarse a la puerta de su casa y saludar enérgicamente a todo el que pasara cerca. A veces, Damián se sentaba a su lado y el anciano le contaba historias sobre el pueblo y también sobre los hombres de antiguo que habitaron el mundo, historias que le habían contado a él cuando era un niño. Ese día, el viento les trajo un papel, don Juan lo recogió y le enseñó a armar un barco. ¿Flota, don Juan?, sí, le dijo. Salió corriendo entusiasmado a la acequia, lo puso en el agua y flotó. En el reflejo, notó que del otro lado, y lamiéndose una pata, era observado por el zorro blanco. Una risa burlona se acercó a su oído, pero no había nadie allí además de él y el zorro.

Un escalofrío le recorrió la espalda y cuando pensaba en moverse escuchó un conteo. Huk, dijo. Estaba completamente tieso. Iskai, perdió fuerza en las piernas, las sintió heladas, adormecidas como si fueran de arena. Kimsa, se disolvió su voz, tembló su mandíbula. Sintió que caía y un impulso lo hizo poner las manos al frente para no lastimarse, cerró los ojos y encogió lo que aún respondía de su cuerpo. Tawa, quedó suspendido en el aire, sobre el agua. Una fuerza lo obligó a abrir los ojos y alzar la cabeza. Allí, delante, el zorro blanco no le apartaba la vista. «No huyas», dijo, «quiero mostrarte algo». Volvió a tener el control de su cuerpo y fue devuelto al suelo. Desde allí, vio las sandalias de un hombre pasar muy cerca. El zorro rió y lo señaló con el hocico, como diciendo que lo siguiera. Iba en dirección a la casa del chamán.

No parecía ser del pueblo, pero aquel hombre caminaba sobre su propia tierra, daba pasos seguros aunque su figura parecía más bien desanimada. Se detuvo en la puerta y giró la cabeza hacia el niño. No puede verte, aseguró el zorro blanco. Entonces advirtió que no tenía sombra. Asustado, el niño buscó la suya bajo sus pies, el zorro rió.

El hombre ingresó a la casa y ellos lo siguieron. Ya no era el lugar en el que jugaba, su aspecto era más ordenado y había una velita encendida en el altar. El hombre se sentó a la mesa y una mujer salió de las habitaciones del fondo.

– Llegastes, Julián, ¿por qué tanto te has demorado?

El hombre en la mesa era Julián Mallqui, taciturno, seguía a su mujer con los ojos bien abiertos, como si se tratara de una aparición. Ella le servía una taza de leche mientras le decía cosas sobre el pueblo y lo mal que les estaba haciendo el maestro albañil Edilberto Cáceres con sus desafortunados comentarios. Nadie le hace caso a él, pensaba, saben que les guarda un rencor injustificado. No había sido su culpa que muriera su hijo. Julián hizo lo que pudo para salvarlo.

– Ay, mi Julián...

Los ojos de Mallqui eran insufribles y, aunque nada de lo que su mujer le decía tenía algo que ver con su ánimo, no se atrevía a responderle o rectificar. Las palabras se le habían quedado en el camino, en la puna, tal vez, en las flores de cantuta o en la laguna que formaron las últimas lluvias. Solo cuando ambas miradas se encontraron nuevamente la mujer comprendió la necesidad de esas palabras.
Nos tenemos que ir, dijo por fin. ¿A dónde nos vamos a ir, pues?, acá estamos bien, siempre estuvimos bien aquí, cerca de la acequia, cultivando tomates y hierbas en la chacrita, Julián, ¿a dónde?

Cuando la mujer volvió a la habitación de la que había salido, tocaron la puerta. Mallqui se levantó abruptamente, tirando al piso la taza de leche. El zorro se acercó al charco y Damián observó intrigado cómo dos pequeñas sombras se reflejaban en su superficie. Entonces el chamán abrió la puerta y una densa neblina ingresó a la casa, tan densa que parecía disolverlo todo, excepto las sombras en el charco, que se hacían más nítidas. Cuando la neblina pasó, no había rastro de la casa ni del pueblo, estaba frente a una pequeña laguna, solo, pues había perdido de vista al zorro hablador.
Las sombras en la laguna eran el reflejo de dos hombres. Uno de ellos era Mallqui, pero desconocía al otro. Llevaba ropas extrañas, como hechas con retazos de muchas ropas distintas. Se le ocurrió que podrían ser las de toda la gente del pueblo. Creía ver en esa multitud la camisa azul de su padre, los guantes de don Edilberto, la chompa de doña Teresa, el polo nuevo que trajo Antonio de Lima la última vez que se fue, el poncho de don Juan... Y en el rostro una máscara de auqui con una gran barba blanca. Mallqui extendió una tela, se sentaron frente a frente y comenzó a echar las hojas de coca. Las dejaba caer una tras otra con mucha ceremoniosidad, afligido, observando su ligera trayectoria en el aire, como si hacerlo pudiera cambiar el destino.

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Bueno, eso fue todo. Espero terminar lo que sigue en unos días. Saludos.

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Cristiano Amor


V
El cáncer de su madre había sido algo que Cristiano ni se lo esperaba. Mi madre trabajaría hasta cumplir los 70 entonces se podría jubilar para hacer su negocio de postres. Era lo que ella esperaba. A mí no me importaba. El contacto que tenía con ella era mínimo. Era como si yo huía de ella. La evitaba. Yo me enteré de lo suyo cuando una enfermera me llamó: su madre ha entrado en coma, por favor venga. ¿Ah? ¿Coma? ¿La vieja? Imposible, ella era fuerte como un roble... Jamás la noté mal. Es decir, estaba más delgada. Es decir, pude ver su cráneo, vislumbrarlo, nítido, en mi cumpleaños. Oye, vieja, come más, pues. Ella río. ¿Era eso una lágrima en sus ojos? En todas las fotos salía llorosa. A la semana. Menos. Coma. La vieja se moría. ¿Me necesitan para donar sangre? ¿Coma de qué? La ¿enfermera, secretaria, dependienta? del hospital hizo una pausa. ¿Ah? Venga lo más pronto posible al Hospital del Empleado y pregunte por su madre. Colgó. Tenía un cáncer vesicular grado IV que ya comprometían a las vías biliares. Se lo habían detectado hacía 10 meses. ¿Su expectativa de vida? Tan solo de 6 meses. Es un milagro que su madre haya durado tanto. Mi cumpleaños había sido hace unas semanas, doctor... Quizá quiso verlo, entonces, joven. Cristiano maldijo a Dios con toda su alma, al cuerpo interne de su madre y se dijo que nunca, jamás, volvería a creer en la casualidad. Huevón, eso no era de Dios sino del diablo de mi padre que me hacía una pasada odiosa. Ese huevón. ¿Hasta los criminales tenían epifanías como esta? ¿Lloraste cuando tu madre se enterró? No fui. Me robé su cadáver a las pocas semanas. Aún tenían color sus labios, su rostro gélido no apestaba y besé sus mejillas repetidamente. ¿Era demasiado pronto para sacarla? Quería ver la verdad. Llamé a Pedrito. Él tenía conocidos en la morgue. Fue fácil ingresarla. Tengo sus huesos en mi departamento. Su ataúd está vacío en el cementerio. Ella me acompaña, huevón. ¿Qué edad tenías, Cristiano? 23 años. ¿Y tu madre? 63. So Young
Parece que pasó una vida... no, miento, no es tanto, unos meses tan solo y volví. Estoy escribiendo esto muy lento, porque hay muchas cosas que aún me cuesta definir, pero ahí vamos. Este capítulo 2 es un poquito (solo un poquito) más largo que los anteriores, así que viene en dos partes. Ahí va la primera...


.+.+.+.+.+.+.CAÍN: La máscara de auqui - Capítulo 2.1.+.+.+.+.+.+.

Recordaba bastante bien la casa cerca de la acequia. Les habían dicho que se trataba de la casa de un brujo y que no debían entrar. Cuando pasaba cerca con su amigo Antonio, éste comenzaba a hablarle sobre fantasmas que «chupan el espíritu». Pero a Damián siempre le llamó la atención, quería saber lo que se escondía detrás de esas historias, lo que en verdad sucedía allí por las noches. Quizá por eso le gustaba verla desde la ventana cuando empezaba a oscurecer. Apartada de todas las lucecitas encendidas en el pueblo, la casa del chamán desaparecía de a pocos, se perdía en el gris y parecía hundirse en un paisaje cada vez más negro, como si se tratara de un sueño o una ilusión colectiva.

Eventualmente terminó acercándose. Removió con esfuerzo las tablas de madera vieja que trancaban la puerta y entró. Como niño, esperaba un acontecimiento fantástico al cruzar el umbral, pero no sucedió nada. La capa de tierra sobre la mesa era más gruesa que una hoja de papel, quizá más que dos, sobre ella dibujó su nombre con el dedo mientras detenía la mirada en una pequeña repisa cubierta de cera blanca y de velitas casi completamente consumidas pegadas a su superficie. Habría sido el altar de algún santito cuya imagen también abandonó el pueblo. Decían que este chamán se fue de aquí hace muchos años y no se le volvió a ver jamás. Pensó que su alma retornaría, cuando hubiera muerto, a recoger sus pasos, y en que quizá los chamanes no tenían alma o la perdían en algún momento por la mano de algún diablillo.

Una de las historias sobre Mallqui contaba que su hijo no quería continuar con las artes del padre, porque sabía de su trato con los gentiles y había sentido venir la mala suerte. En el piso de la casa quedó un soldado de plomo, oculto tras una de las patas de la mesa. ¿Habrá sido de su hijo, de su nieto? Tenía un nieto, claro, que volvería al pueblo a encontrarse con los espíritus y devolverle la paz a la gente que sufrió tanto. En casa, Damián tenía algunos soldados como ese, pero de plástico, por lo que pensó que su nuevo juguete podría ser el capitán. Así que lo sacudió con los dedos y procedió a guardarlo en un bolsillo. Acababa de decidir que limpiaría la casa, o al menos la pequeña salita.

Terminar le tomó un par de días. Al final tenía sobre la mesa, aparte del soldadito de plomo, un cuaderno, una vela sin usar, un par de clavos doblados y un marco vacío. Colocó todo en el altarcito, menos el soldado, que regresó a su bolsillo, y el cuaderno, que quiso revisar por curiosidad. Contenía cuentas y nombres de personas del pueblo, con fechas y descripción de sus curaciones, aparecía incluso su padre con anotaciones sobre una fiebre muy alta. Damián se preguntaba si de verdad el chamán fue malvado. Quería creer que todas las historias eran un malentendido.

El día que vio al zorro blanco por primera vez, Antonio viajaba a Lima por las vacaciones de medio año. Damián, por su parte, estaba en la casa de Mallqui, su amigo lo llamó por la ventana y le dijo que le traería un recuerdo para inmediatamente después volver corriendo al pueblo casi casi en sincronía con la caída del sol. Entonces vio su figura en el otro cerro, la luz encendía su pelaje blanco y su mirada parecía dirigirse únicamente a él. Sintió como si estuviera en lo más alto de la puna y se encogió de hombros, temblando, sin dejar de verlo. Escuchó una risa burlona cerca de su oído y por un segundo me creyó incapaz de hablar. No había nada ahí atrás, y tampoco luego donde se encontraba el zorro blanco.

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Bueno, hasta aquí va la primera parte. Publicaré la segunda en una semana aproximadamente. Saludos :)

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Cristiano Amor

IV

De su madre no recordaba mucho. Siempre le pareció poca cosa pero, te digo, ella fue más inteligente que yo en muchos aspectos. Y que mi padre. Me confesaría. ¿Cuánto tiempo estuve viéndolo? No lo recuerdo. Pero no fue ni un mes. Ella se dedicaba a poner inyecciones a domicilio. Veía su trabajo aburrido respecto del de mi padre. No había acción ni drama... ¿Que cómo sabía de mi padre si él no hablaba con nadie ni salía en la prensa? Pues por ella justamente. Ella era la encargada de contarme qué hacía mi padre. A él nunca lo veía ahora que recuerdo... Sí, pues, todo lo sabía por ella. Por mi madre. Y recuerdo un caso muy particular. Un día, cualquier día, la acompañé. No porque me gustara lo que hacía sino por las casas donde iba. Algunas más lujosas respecto de otras. La clienta vivía solo a pocas casas de la nuestra. Era viejita, de unos 80 años. Quizá más... Vivía solo con su marido. Un hombre mucho mayor que ella pero que se veía más vigoroso e incluso lúcido. Recuerdo un detalle: un televisor Samsung Star de 14" pulgadas nuevecito. Todas las veces que fui, que fueron varias, siempre estaba prendido en alguna novela de turno. La casa de los viejitos era muy particular porque parecía que estaba acondicionada para cuidar a la vieja. Para que el viejito cuidara a la viejita. Y bien qué pasó ahora, le preguntó mi madre con un infinito amor que en aquel entonces no valoraba pero que a veces extraño. Solo a veces... Es que es la idea de mi madre lo que extraño y no a ella. Es decir, ella me molestaba pero, idealmente, como ya no está, su recuerdo, la evocación misma es dolorosa: solo se recuerda la dulzura y no la controversia. Ella me molestaba en vida, sí, claro, pero cuando la recuerdo eso se neutraliza y, pues… huevón, queda la nostalgia. Eso, claro. Mi madre era muy dulce y muy amable y creo que por eso la menospreciaba porque no era como mi padre ni como yo. ¿Que de qué murió? Cáncer. Nadie la tocó. Sabían que era mi madre y si alguien la tocaba yo, pues, lo mataba. Ja, ja, ja, ja. Es decir un decir, huevón, cambia de cara. Yo jamás ejecutaba pero tenía gente que lo hacía. No mandaba matar, solo amedrentar. Me quedé callado un buen rato mirándolo fijamente. ¿Tuvo miedo debo confesarlo? ¡Nunca he matado a nadie!, gritó Cristiano. ¿La disquisición entonces podría girar en torno a si matar a alguien es hacerlo o también puede planearse?, me atreví a preguntarle. Vamos, Cristiano, veía cómo esbozaba una sonrisa y decía ya te he dicho... No me importó.  Tú eres más inteligente que esto, frase cliché, ja. Es que yo nos los maté, carajo, ¡¿que no entiendes?! Era la primera vez que lo veía alterado. ¿Cuántos días ya había estado sereno? Estaba gritando y pateando las paredes que de la celda. ¿Se tiraría un cabezazo contra la pared para pasar una temporada en el hospital? Un policía se acercó y me miró con sorna. Lo miré serio. ¿Ya te calmaste, Cristiano?, le pregunté. Vete, mierda, ya no hablaré contigo, huevón. ¿Y dejarte que jodan? Como quieras, Cristiano. No lo dejé terminar y le pedí al guardia que me saque. Huevón, tranquilo, pensé, vendré en una semana. Sentirás la pegada. Ese fue mi primer errror.

*

La vieja tenía ¿unas tijeras? en el estómago. ¿Abrirla de nuevo? Imposible, su diminuto cuerpecito no resistiría. ¿La iban a dejar morir entonces, mamá? ¿No se podía hacer nada? Nada, Cristian, nada. Pero está mal, ¿por qué no se queja el viejito? ¿La viejita? Palomita, le dijo a mi mamá, tú eres tan buena, tan buena, dile a mi Panchita ¿Panchita? que venga a ver a su papito ¿dónde estaba el papito? Había salido a comprar una aguja más delgada: mamá no podía ponerle inyección: la abuelita no tenía ni venas y aquella aguja del Seguro sería muy dolorosa. Anda a comprar, pues, Panchito. Doña Panchita. Por favor, Palomita, me voy a morir. Era la primera vez que oía que una persona sabía que se iba a morir. ¿Acaso mi mamá no fue la primera? No recuerdo. ¿Fue mi primer contacto con la muerte? El televisor seguía encendido y yo lo miraba fijamente fingiendo no escuchar nada. Nada.
Cristiano Amor

III

Mira, tú simplemente vas a su casa de su mamá y te haces pasar por predicador, la vieja es católica y te hará pasar. Una vez dentro un par de ajos y ya, qué Dios ni la concha del gato, sacas el fierro y disparas. Sin munición ni nada. Solo disparas, *clack*, ese sonidito aturdirá a la vieja. Ojalá no le dé infarto ahí nomás. La cosa es asustarla. Solo eso. Cristiano Amor había tratado, de verdad que sí, huevón, pero la vieja se puso cojuda preguntándome por la Trinidad y si estaba con la virgencita. ¿Qué virgencita, huevón, si hay varias? No supe qué responderle y comenzó el chongo, huevón, porque la vieja no estaba sola sino con una sobrina suya, no sé, joven, delgada, bien simpática. Salió ¿me reconoció? Pero, ¿de dónde, ah? La cosa es que se asustó. Se asustó la chica, digo. Puso cara de espanto y, zas, gritó. Parecía que recién se levantaba porque estaba con un top rosado que le traslucía la barriga toda plana y su ombligo más bien pequeño. ¿Recién se levantaba, huevón? Ah... era como que... 4 de la tarde ponte... Sí, siesta, fácil. Estaba bien, para qué: todo el cabello ondulado, ondeante, de rico olor. Era feriado, creo que el día del pescador, seguro que era universitaria, esos no estudian feriado, como colegio, pues. Ah. Debió pensar: ese es choro o quizá se dio cuenta que no sabía ni culo de la religión esa. Eso fue lo que me descuadró. Luego vinieron los gritos. ¿Saqué el arma? No me acuerdo. Pero que la apunté al final como dice el parte policial, sí. No pude entrar a su casa y me quemé solito, conchasumadre. La sombra del padre es ineludible en todos sus actos, pensé de inmediato. Fue así como incursioné en la acción y ya no en las palabras. Yo era «papapá» y ya. Sin hablar. Solo ejecutaba. Pero jamás maté a nadie, huevón. Solo había antecedentes de Christian desde que tenía 20 años. Aquel episodio que me contó solo existía en su memoria... ¿Ni si quiera eras mayor de edad, no? Le pregunté. Pero, ¿cómo? ¿Acaso entre mafiosos no se decían qué y cómo se borraban sus historiales? Cuéntame más, Cristiano. Me miró risueño, huevón, solo mis víctimas me dicen así. O me decían. Reí de buena gana.
Cristiano Amor


II

Cristiano aún no se había olvidado de aquel episodio de su niñez y desde muy joven comenzó con los fierros. El primero lo obtuvo en el trabajo de su padre. Él, su padre, se desempeñaba como agente encubierto de la policía sin serlo precisamente. Era hábil con las palabras y eso bastaba para la policía. Podía engañar a sus eventuales informantes y hacerse amigo con facilidad de ellos. Caía bien, tenía sex appeal, ángel, carisma, no sé, compadre. Pudo hacer caer a capazos del narcotráfico y de la trata de personas con una facilidad increíble. ¿Recuerdas a ese gringo que le decían la Bestia? Ese... el que violaba niñas, incluso violó a la hija de su colaborador. Mi padre lo capturó gracias a que se hizo pasar por cliente, uno muy ficho y exigente ¿que cómo? Pues la verdad no sé... Él era un hombre de pocas palabras. Jamás hablaba con nosotros, mucho menos de su trabajo... Cristiano lo admiraba. Una vez lo acompañó a hacer un reconocimiento. Como civil encubierto participaba en muchos reconocimientos para facilitar la labor de la policía. Su tarea era básicamente incriminar acusados, fungir de testigo, mentir rampantemente sin si quiera haber visto a su víctima en su vida gracias a aquella capacidad única de hilar mentiras creíbles, creérselas él mismo y argumentar. Claro, ahora lo niegas, cachafaz, cuando te dije expresamente que le dejaras de vender esa porquería a mi hija, miente, ladrón, miente que algo quedará, se ufanaba su padre mitómano. Habían capturado a un extorsionador de colegio de un distrito populoso de la capital y era él, Morr, al que necesitaban. Cristiano vio el arsenal de armas que le habían incautado al acusado: granadas, rifles y sobre todo pistolas. Infinidad de ellas. Cuando hubo terminado la presentación le preguntó a un joven policía que qué harían con ellas. Las botaremos o quemaremos, dijo risueño el oficial. Un brillo malsano provenía del rabillo del ojo. ¿Cuánto dinero tenía? ¿Le alcanzaría? El robo siempre es un opción pero con tantos policías y como no había traído mochila lo descartó de inmediato. Tengo 100 soles acá pero te puedo dar más. Dámelos ahora y el arma estará en el basurero de la puerta tres. Sé puntual porque hay mucha gente. Y si no me das 500 más en dos semanas diré que la robaste. Sé quién eres, sentenció el oficial e hizo un además como para que se fuera. Fue así como se hizo con su primera arma. Su historial delictivo empezaría a las pocas semanas. ¿Cuándo fue que mataste por primera vez? Cristiano me miró dubitativo. Maté a mi primer hijo a punta de puñetes. Nada más, me dijo serio. Jamás, escúchame, y me lo dijo mirándome fijamente a los, jamás, repitió, he matado a alguien. ¿Mientes, Cristiano? ¿Mientes igual que tu padre? ¿Qué es traición a la patria entonces? ¿De qué te acusan sino de matar a un miembro importante de la cúpula del ex presidente justo un día antes de su juicio oral? Un mero criminal, un sucio pero inteligente criminal que asesinaba gatitos por diversión antes de pasar a la secundaria, porque hay que hacerlo con garbo, pues. Y que luego lo confesaría en una libreta. Tu primer juicio, ¿no? Ah, sería la respuesta. ¿Ah?, qué, imbécil, se trata de vidas. Ya, pero siguiendo qué lógica. Imagínate esto: por qué a los polleros o carniceros nadie les dice nada. Doble negación en castellano hace sino reforzar la negación con la que niega, es otro plano. Otro. Ellos meten al pollo vivo al agua caliente para sacarle las plumas luego le cortan el pescuezo. Sufrimiento a rabiar, entiende. A rabiar. Eso que ni hablar de los carniceros. Ahora, yo por pegarle a un gatito, por disfrutar de su sufrimiento, me granjeé un juicio con una vieja loca y estéril. Porque esa mujer no ha tenido hijos en su vida, huevón, y zas, a pagar. ¿Aún no estaba normada la ley de protección animal, no? No, pues. Hubiera sido su primera cana, pensé. Ya era un problema desde pequeño. ¿Por qué me encontraba acá, inmerso en un caso que sabía que no tenía buen puerto? Prendí un pucho. No sabes aspirar, huevón. Me molestaba que me diga así. ¿Cómo fue todo? Lo vi mientras lo trasladan a una celda unitaria del Palacio de Justicia. Christian Morr ¿un reo? El mismo que tenía fama de mujeriego y pingaloca en el cole. ¿Que estuvo con Betsy, la de 5to cuando estábamos en 3ero? Huevón, me la caché. Sabía que alguna vez pagaría por tanto pero ¿preso? El VIH hubiera sido un final más digno para él. Preso y ¡encima con cargos políticos!, era un fin poético, mucho, para alguien como él. No se lo merecía, no.

Cristiano Amor


I

Christian Morr, Cristiano Amor, nació en la calurosa Iquitos pero a los 3 años se trasladó a Lima. De la selva no recuerda nada salvo los mosquitos. Hubo muchísimos cuando vinieron por su padre. ¿4 o 5 policías? ya no recuerda. Tú no vas decir nada de nosotros, nada. Si no te mueres. ¿Lo estaban apuntando con un arma a él también? Fue su primer contacto con las armas. No se asustó, no. Sintió más bien curiosidad. Cristiano, no, gritó su madre, a él no, tómame a mí, viólame a mí, gritaba su madre y él tuvo un impulso sobrehumano de acercarse al arma para sentir aquella frialdad del fierro. Mátame de una vez, hubiera dicho, ¿no? me confesaría entre risas. ¿Qué había pasado? Mi padre estaba involucrado en la falsificación de firmas del ex presidente japonés y como había caído gracias a los videos de su asesor narcisista toda la gente que lo ayudó de alguna manera en su re-relección peligraba. ¿Fue ahí donde se dio aquella amnistía masiva a los militares?, me preguntó mientras apagaba el pucho en el suelo de su celda. Me encogí de hombros. Huevón, me tienes que sacar. Con el cambio de gobierno antes de lo esperado por la repentina muerte del Presidente anciano, la hija de aquel ex presidente que originó su desgracia, el sino de su vida, había salido elegida para sorpresa de todos. ¿Cómo? Hasta ahora las cosas no estaban claras. Decían que el Presidente había muerto envenenado por manos de ella. O de sus secuaces. O que simplemente el poder acabó con su vida. ¿La vejez? Las circunstancias no estaban claras. En el ínterin su vicepresidente convocó elecciones a la semana y fue ella, la hija del reo ex presidente, la única que se presentó. Si bien hicieron elecciones y hubo más del 30% de votos viciados, ella ganó. Ganó por defecto. Y, curiosamente, lo primero que hizo fue perseguir a todos los que habían ayudado directa e indirectamente a su padre. Y a ella. ¿Otra vez, Andrés? Pensaba deshacerse de toda evidencia que la incriminara seguramente. Ahí cayó Cristian. Pensaba, seguro, no cometer los mismos errores que su padre. El ex asesor murió en menos de un mes de la asunción de su nuevo cargo de mandataria. ¡Por fin lo había logrado, tras tanto intentos, padre! Ella lo sería en el bicentenario de la patria y por cómo iban las cosas Cristiano ¿pasaría preso todo ese periodo? ¿Cómo se libera a alguien acusado de traición a la patria? ¿Qué se argumenta ante leyes con nombre y apellido? ¿Qué se hace en el caos campante? Quizá era su merecido por todo su abultado prontuario. El juez siempre me pregunta si no quiero confesar, Christian. Que me reducirían la pena, habla nomás, oye, pero sé que si lo hago será para que atrapen a los demás y ahí sí estaré en problemas: dos bandos querrán matarme. Ya no solo me cuidaré de ella. ¿Tan importante es un mero criminal?, pensé, que su vida tiene que ser custodiada incluso en prisión. La dama de los tósigos acabaría con su vida ni bien terminase de hablar: ya no sería útil. Un mero estorbo. Había que ganar tiempo.

En el Edificio Fantasma* hay un salón escondido. Sus paredes, piso y techo están completamente llenos de símbolos, pintados nadie sabe cuándo ni por quién. Al consultar con un especialista, nos dijo que se trataba de una máquina del tiempo mágica. El único inconveniente, añadió, era que no mandaba gente, solo la traía por un corto tiempo...
En este lugar construimos nuestro nuevo set de entrevistas, y la primera persona que trajimos fue...

— Hmmmm...— Musashi contempla meditativo el cuarto.— Soy el hijo de un demonio, así me he proclamado. Yo mismo soy un demonio, ¿es esto el infierno? ¡Tú!— dice, señalando al entrevistador.
— MUSASHI, T-TRANQUILÍZATE, N-NO..                    
— ¿No qué?  ¿Por qué tienes miedo?
— ¿Eh? Pensé que te abalanzarías a mí con tu espada de madera o katana o lo que sea que tuvieras.
— ¿Por qué haría eso? No emites un aura asesina. Tu mirada es más como la de un gato asustadizo. ¡Oye!, ¿dónde estamos?
— Ah, bueno, digamos que estás unos… cuatrocientos años en el futuro, ¿me creerías?
— ¡Eso no tiene sentido! ¿Acaso eres un demonio tendiéndome una jugarreta?
— Mira esto…
— ¡Hay personitas en esa hoja brillante!—Musashi mira a través de la ventana— ¡Esos edificios son gigantescos! No hay muchos árboles por aquí…—Se fascina con las calles— ¿Qué son esas cajas coloridas que se mueven? Diría que son carruajes... ¡Eso! Carruajes mágicos.No pensé que el mundo de los espíritus fuera a ser tan extravagante…—Observa con la curiosidad de un niño, forzando al entrevistador a... ¡pasar a la fuerza!— ¡Oye! ¿por qué me pellizcas?
— Sientes, ¿no? Estás vivo, yo estoy vivo. No somos espíritus, ¿sí? Ahora… te quiero hacer algunas preguntas.
— Ah, ¿vas a juzgarme por mis acciones? Está bien, mi vida ha sido una repleta de sangre y violencia…

***
Mucho tiempo después, tras haberle explicado todo lo que había que explicarle a Musashi.

Creo que la mayoría de nosotros te conoce por ser un gran samurái y por tus épicas peleas, pero existe una faceta distinta del Musashi que conocemos, ¿verdad? Cuéntanos un poco qué haces en tus tiempos libres
¿Qué hago en mi tiempo libre? Hmmm... he vivido toda mi vida con el solo objetivo de volverme fuerte. ¿Pero qué es ser fuerte? No, yo no quiero volverme fuerte. Ese fue lo que dirigió mi vida por mucho tiempo, pero en la vida de un ronin hay mucho tiempo libre. Mucho tiempo en el que no se puede hacer más que pensar. Ser fuerte tiene un sentido totalmente diferente, abarca una miríada de atributos diferentes. Te podría decir, por ejemplo, que cuando maté a la primera persona que maté, muchos me habrían considerado fuerte, pero no era fuerte. Era tan solo un bárbaro.

¿Podrías ser un poco más específico?
Hmmm...¿Qué, que vaya al grano? No tengo aficiones, o no las considero tal. He tallado figurillas en algún momento y una que otra vez he usado un pincel para practicar caligrafía o pintar. Ignorando que era lo mismo que usar la espada, siendo mis manos. Tal vez precisamente porque era lo mismo que portar una espada lo hacía, ignorantemente. También oía la voz del pincel y de la hoja, así como cuando oyes la voz de la espada y fluyes, dentro de tu yo vacío, volviéndote el vacío y tus brazos.

¿Y qué es ese vacío del que hablas?
¡No lo sé! Es tan solo algo que logra describir lo que siento cuando la espada me guía,  un vacío que se expande hacia fuera y dentro de mí. Es tan solo una sensación... o como habría dicho un viejo monje:
"Tratar de limitar las cosas con palabras que conoces te descarrila, ¿qué significa ser poderoso? Nada, solo siente lo que fluye a tu alrededor."

¿Eso forma parte de tu filosofía, verdad?
¿Mi filosofía?  Tan solo soy. Escuchando cada una de las voces de la naturaleza, a la espada, tan solo sintiendo, el todo y siendo parte de él.

¿Cómo llega un guerrero a esas conclusiones?
¿Yo un guerrero? Nunca he estado realmente en una batalla, toda mi vida ha sido una riña tras otra. Incluso cuando formé partes de grandes batallas, buscando gloria, no era más que una gran riña, para mí.

Pero en tus inicios como espadachín participaste en la batalla de Sekigahara.
Era tan solo un niño, sobreviví por mera casualidad. ¿Quién dice que incluso eso no fue tan solo una gran riña para mí? No sabía nada de la guerra, tan solo quería pelear incluso ahora no sé nada sobre la guerra.  En cuanto a ganar las peleas, es simple, ¿sabes? No tienes que oír a tu espada, no tienes que sentir todo lo que te rodea. Es tan solo mantener el espacio entre tú y tu enemigo, la distancia, el lugar en donde se realiza la riña. Controlar lo que está delante de ti. Mostrarle que eres más fuerte que él, ser intimidante, incluso si es una mentira. Lo que importa es eso, ese momento, el espacio entre tú y él.
De todas formas, es tan solo cuando sientes todo lo que está a tu alrededor, como dije.

¿Podrías explicar eso de alguna forma?
¡Es como el monje Takuan! Nunca he entendido bien qué quiere decir, pero si observas al agua, solo se obedece a sí misma. Su estado está perfectamente definido, incluso con influencias externas y aún así, el agua es simplemente agua. Libre, simplemente agua, tal como actúa Takuan. ¡Sonríe! Es algo que siempre me ha dicho, apenas hace poco he estado intentando volverlo un hábito. Tan solo empiezo a entender lo que siempre me ha querido decir.

En la actualidad, eres renombrado como el mejor espadachín de Japón, con mitos y leyendas en tu nombre.
¿En serio? Hmmm qué raro. Nunca pensé que mi nombre se haría famoso de tal forma... después de todo, lo único que he hecho es viajar intentando perfeccionar mis habilidades.

Mira, incluso han hecho figuras, dibujos y escrito novelas sobre ti.
Ajajá, ¿por qué harían eso por mí? Eso es  ridículo, soy solo un espadachín entre muchos. He ganado muchas de mis peleas por mera suerte o superioridad física… Es una tontería, ¿las personas siguen siendo tan ilusas, dividiendo la línea entre algo que “no pueden ser” y lo que son, dejando de lado su orgullo?

¿Cuál fue tu primera pelea… o riña, como les dices?
Tendría unos trece o catorce años. Era un hombre mucho mayor que yo. Puso un aviso en el pueblo buscando duelos. Fui el único que se anotó, lo ataqué con el mismo aviso. Cayó al piso y simplemente le seguí golpeando, sorprendido por la fragilidad de la vida. Claro, antes de eso el tipo se rió al ver un niño. Era grande para mi edad, pero él era un adulto y no esperaba eso de un niño. Esa agresividad propia de una bestia.

¿Cómo se siente matar a una persona?
No te podría dar una respuesta certera. Nunca le di mucha importancia al hecho de que mataba alguien al ganar un duelo. Era una simple consecuencia, el viejo monje una vez me regañó por eso. Me dijo que qué me creía yo al decidir si morir en un duelo era o no honorable, qué me daba derecho a quitarles sus vidas, que era un egoísta. También que tenía un corazón pequeño, me llamó bestia, criticó mi forma de vivir… salvaje, que tenía cuando era tan solo un adolescente y me dijo que yo era el más débil en toda la aldea, por vivir al límite de todos, siempre listo para atacar. ¿No es muy diferente eso de ser un animal, cierto? Un animal con rabia, tratando de sobrevivir hiriendo todo lo que se pone en su camino. Ese monje burlón es más sabio de lo que parece, jajá.

En un futuro cercano, pelearás con quien es consagrado como tu más grande rival, Sasaki Kojiro.   
He oído su nombre. Y sabía que en algún momento pelearía contra él, es emocionante. Hablan mucho de él, mi cuerpo tiembla tan solo pensarlo, me dice “de esta pelea no saldrás vivo, es peligroso, no pelees”, pero eso solo incremente mis ganas de pelear. De probarme a mí mismo.

¿Qué mensaje le darías a las juventudes de hoy?
Toda mi vida la he vivido en la intemperie. Al menos, la parte importante de ella, buscando perfeccionar mis habilidades. La mayor parte del camino, simplemente iba tropezón tras tropezón, creyendo erróneamente que mejoraba, creyendo que el fin del camino era que mi “yo” se volviera fuerte. El punto de todo, es entrenarse, volverse uno con la materia de interés. Dejar que te guíe lo que sea que te apasiona, ¿tal vez? Realmente no lo sé, es lo que he hecho siempre, de una forma u otra. Volverte uno con la tierra y los árboles y todo… Gah, estoy empezando a sonar como ese viejo monje.

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*Publicado originalmente en la revista Zona Fantasma en el año 2015. El texto publicado en este blog tiene ligeras diferencias.
Uróboros de fiesta


Yo soy machista. Pepe también. Y quizá la mayoría, si no todos, mis amigos. «De hecho todos lo somos», había escuchado decir a mi amiga feminista. A la dueña del santo. Cumplía 23 años un 23 de abril, día por lo demás cargado de toda una simbología amable con las muertes de los clásicos español e inglés, amén de nuestro Inca mil veces repudiado por quejón y, hay que decirlo, malquerer a los suyos desde afuera, tan actual, Mario, tan actual... Si bien es cierto que fuimos a la reunión más bien derrotados que entusiasmados, ya dentro de la casa decidimos no solo poner nuestra mejor cara sino comprar bebidas. Harto trago, compadre, que hoy quiero chupar. En el ínterin Pepe, ¡el gran Pepito!, intentaba «algo» con una amiga de mi amiga feminista, recordé el «todas estamos en la lucha, Juanito, pero nos gusta ‘esta’» que tanto me afirmaba mi amiga. «Dame un beso, Juanito», me imploraba, «dame un pico, huevón», me susurraba al oído, «para poder agarrarme a la chata que está más rica, conchasumadre». «Nada, compadre», me excusaba, «no eres mi tipo», mentía, que «podría hacerlo con Yoshi», jodía, que tenía un parecido a un baterista japonés. A lo que Yoshi respondía con una negativa que en el fondo aplaudía. Azuzado por mi amiga y su amiga, Pepito insistía, todo esto bajo la mirada atenta de un grupo de chicas, invitadas de mi amiga de hecho, que estaban alejadas de nosotros. Como si estuvieran en otra onda. Nunca las había visto. ¿Serían feministas? En ese momento de la reunión, porque, ¿qué es un cumpleaños después todo sino una junta de amigos en busca de agasajar a un amigo o colega por su nacimiento?, no sé si por lo alcoholizado, Pepe ya había perdido toda dignidad al rogarme falsamente, casi de rodillas, que lo bese. «Igual la besarás, huevón», le argüí inútilmente al oído, «me la quiero cachar, pues», fue su contundente respuesta al tiempo que a Yoshi lo empujaban del alfeizar de la ventana para que cayera en el mueble. «Es tu oportunidad, Juanito», me dijeron mi amiga y la chata en discordia. Reculé al momento que vi la incomodad de Yoshi, su rictus de resignación, si acaso, y, retórico, aduje que jamás besaría ni obligaría a alguien que no quisiera hacerlo. Eso es violencia, pensé, es un tipo de violencia. No recuerdo si fue porque me pidieron trago o porque simplemente la situación era del todo insostenible que dejé a Pepito en aquel impase. Predicamento odioso sus ganas de besar a alguien. O cachársela, como me había confesado. O quizá porque comenzó a vociferar frases respecto de cuál viril podía ser. Son huevadas. Yo ya estaba con el resto de mi gavilla. Había ido con unos colegas que solo tenían ganas de tomar y conversar de libros o de la vida. O de putas, que es una forma de vida. O de ganársela. Yoshi me dice, más bien resignado que triste «ya pasó». «¿Qué?», le pregunto, «¿¡qué!?», repito intuyendo lo que en efecto ya pasó. «¿Qué es un beso después de todo?», le pregunto a Yoshi inútilmente. Él, más que impávido, desinteresado, me dice que «nada, que ya da igual». Ya nada importa, ¿verdad, Yoshi? Decidimos que dejar a Pepito besar a la chata de lo lindo, con total comodidad, compadre, era lo mejor, en el espacio que mediaba entre el baño y una suerte de sala de estar con un tragaluz. Yo había estado en la casa  de amiga muchas veces. Tantas... Si bien es de un piso es más bien espaciosa. En el recinto donde debería estar el auto, el garaje, le dicen, está como que una pequeña sala de recibimiento, de visitas. Con una cómoda, mueble chapado a la antigua, y una mesa circular con tres sillas, era el lugar perfecto para las tertulias, las conversas y el buen joder. Amén de una cama que albergaría, dichosa, a cualquier tertuliano que decida quedarse. Como para separar finalmente este espacio de la sala está un librero con muchos libros de historia de Francia no solo en español sino en inglés. Arriba de aquel lucen hermosos aviones a escala de la Fuerza Aérea del Perú. Atrás, otra mini sala, esta aventajada por una abertura, un tragaluz, que deja observar lo que permite el cielo limeño, estrellas a años luz de nuestro Sol o nuestro planeta. Y, por último, separada con ventanas enormes de madera, la sala de mi amiga. En fin, Yoshi y yo sí habíamos ido por mi amiga, la cumpleañera. Al rato nos sorprende Pepe todo contrito y maltrecho, malhumorado, nos dice que «una cojuda le dijo a la chata que su celular no paraba de sonar y la putamadre y se la llevó, conchasumadre». «Tranquilo, Pepito», le dije, «así son las amigas», mentía mientras me cuidaba de no ser machista ni denostar al feminismo, aquel que sé que practican mi amiga y sus amigas. Por la molestia que emanaba mi amigo decidí ver qué pasó y por qué actuaron así contra él. No es que Pepito se haya querido aprovechar de la chata, ¿o sí? ¿Acaso la chata estaba tan alcoholizada como para no decidir por ella misma? Simplemente ella quería besar a alguien y mi amigo también. «Yo me la quería cachar», compadre, había agregado al final. «Un polvo de fiesta, estaba forrao’, 'mare'». Con la excusa que se acabó el trago me acerqué a la sala. Mi amiga estaba con sus amigas escuchando música de lo lindo. Parecía que en los tres ambientes, el garaje, la mini sala con tragaluz y su sala, había fiestas paralelas.  Pedí trago infructuosamente para los colegas sedientos del elixir de la vida. «Prepáralo, pues», me dijo mi amiga. «¿Hay hielo?» «En la cocina. Está preparándose», me dijo su madre oportunamente, «espera un ratito». Le pregunté a mi amiga si podía cambiar de canción. Como su respuesta fue afirmativa puse una de Jack Ü, donde sale Macchu Picchu en el video clip. Había tenido sueños con cerros y mucha vegetación, pero ni bien terminaba de acomodarme en el mullido mueble escucho que, de pronto, Skrillex toca cumbia. Las amigas de mi amiga que estaban en el mueble del frente a la mesa habían cambiado mi video, mi canción. No les dije nada por respeto a mi amiga, al menos hubieran esperado que termine... «Qué haces, huevas», me dice, Pepito. «Espero el hielo», fue lo que obtuvo de respuesta. Una chica, alta, delgada, guapa, le dice «permiso, permiso», al tiempo que voltea el televisor para el lado opuesto de donde estaba y comienza a bailar con sus amigas. Es una cumbia cantada por una mujer con el cabello rapado. Toda la banda está compuesta por mujeres. Parece un rap. «¡¿Todas en la lucha?!», les pregunta. «¡Qué levante la mano a la que le gustan las mujeres!», vocifera. «¡A mí, a mí!», se oye que la mayoría repite en coro. Veo a mi amiga y pienso que eso es mentira: ella es bisexual. «Me siento excluido», le digo a mi amigo. Ellas bailan, danzan al ritmo de las canciones de rap con el televisor que da hacia ellas en la sala con las otras amigas de mi amiga que no pertenecen a aquel colectivo, ya a todas luces, feminista y, naturalmente, con mi amiga. Cuando por fin están listos los hielos, mi amigo prepara una jarra de trago, «con mucho amor, compadre, porque esta mierda, estas buenas mierdas, se hacen con amor, chuchasumadre, y no jodas, mierda». Cuando regreso por más trago encuentro la puerta cerrada. Aquella que daba a la sala, les hago un ademán desde la ventana a las chicas para que me abran y una, otra vez la más alta y delgada, se acerca y en vez de dirigirse a la puerta cierra las cortinas. Ahora es una fiesta privada, pienso, debe ser una broma, seguro que ahora me abre. Un tipo que estaba sentado fumando en el sillón de la mini sala al aire libre, al observar la escena, al observarlo todo, me dice que se lo esperaba y que no le importa, se llevaron a una que tenía... me dijo, casi imperceptible. Ya no lo escuchaba. «Esto es violencia, un atropello», le digo. «Para mí esto no es violencia, ¿sabes por qué?, porque simplemente no le importa». Lo observo con ira al tiempo que grito que «¡cualquier acto discriminatorio es violencia!». Me dijeron que entré a la sala por la ventana y boté el televisor de 50 pulgadas de mi amiga y que vomité en su torta. Yo no lo recuerdo.