Ficción conmmorativa de Juana de Arco

Entre murmullos



El fuego estaba por arder. Su postura era inmutable; su mirada, como perdida entre la multitud, llena de fuerza, de un poderío que nadie podía comprender. Nadie se sentía a la par de ella entre la multitud de personas, estaban intimidados, mirarla a los ojos era caer en un vacío profundo. Era observar la determinación de su verdad.
Amarrada a una estaca, preparada para arder, ¿pasaría como con Santa Margarita de Antioquía, inmune contra el fuego? ¿Era cierta la gracia divina que cubría a Juana?
Y, de nuevo, ahí estaba su mirada, vítreos ojos que no decían más que la verdad. Tan alejada de todo cuanto sucedía a su alrededor, tan imponente. La Doncella de Orleans nunca se había visto tan serena, ni aún en los tribunales, con sus respuestas lacónicas, vestida como un hombre, con una osadía que hacía honor a su nombre, con un temple que daba fuerza a los rumores. Una mujer de diecinueve años había dirigido las batallas en nombre de Francia y había ganado. Esa misma mujer que aseguraba que Dios le había aconsejado; esa misma mujer que hacía cuanto Dios decía.
El crepitar de la madera crujió, pronto comenzaría el suplicio.
Ahí, a sus ojos, estaba San Miguel Arcángel, el primero que se le había aparecido. El magnífico líder de los ángeles, el implacable y fiel San Miguel, el más cercano a Dios. No debía temer, ellos le habían dicho que no temiera. Él le había acompañado desde que oyó su voz a los trece años. Le había hablado y dado confianza, era el que lo había comenzado todo; el que le había advertido que dos Santos estarían con ella tanto como él. Seguiría al gran Arcángel hasta el infierno s si era necesario.
El crepitar de la madera, de nuevo haciéndose presente. Diciéndole que tenía razones por las que temer, que ardería en un calor como el de las llamas del infierno. Las vaharadas de humo brotaban con fuerza, el oxígeno se hacía escaso poco a poco.
“Del infierno…”
Recordó las palabras permanentes que tanto le hacían temer, que tanto le consumían. Su Dios era uno misericordioso, había actuado bajo la tutela de los más cercanos a él, no podía ella arder en el infierno…
“¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas? “
El calor bajo sus piernas, el humo que seguía subiendo, cual almas en pena recién liberadas. ¿No era acaso el mismo demonio tentándola? ¿No era él, quien dándola por ridícula, le arremetía con el temor de su indefectible muerte?
“… No quieres morir, ¿no es así?”
Sintió como recorría su cuerpo, como el calor del fuego que crecía, cabalgando en la madera. Veía en el humo, negro como la peste, figuras diabólicas, sonrisas sarcásticas y el dolor de esas almas en pena.
Y, entre ellos, o todos ellos, eran y representaban al demonio, como una especie de juego macabro al que tenía que resistirse.
“Sin embargo, no puedes resistirte. Lo sabes, ya has sufrido demasiado…”  
No caería, no podía caer ahora, su Todopoderoso Dios la esperaba en las puertas del cielo, porque solo él disponía sobre ella, porque solo él le dictaba su destino.
“No puedes caer, Juana. Dios tiene apartado un lugar para ti. Has hecho tal como Dios ha querido, no tienes nada a qué temer.”
Santa Catalina de Alejandría estaba ahí, hablándole. Era ella la que había desafiado al Emperador Romano Majencio con su ferviente amor al Dios Cristiano, era ella la que había muerto por la verdad. Pero la voz de Catalina se perdía entre el fuego  que murmuraba palabras ininteligibles. Eran miles de palabras por miles de voces, eran voces de ultratumba, que estaban más allá de lo que ella podía comprender. La mirada de San Miguel Arcángel era imperturbable. Le decía con sus sinceros e inefables ojos que debía pasar esta prueba, que la gracia de Dios estaba con ella.
Las voces eran atormentadoras, eran llantos, eran el rechinar de dientes; y ahí estaba el fuego eterno, consumiéndola. También estaba Él ahí, tentándola, con una voz que superaba en fuerza a las demás:
“¿Estás sufriendo mucho, no sería mejor darte por vencida?”  
No podía escucharlo, no podía verlo; era una contraposición macabra, oía murmullos inentendibles, pero su voz se hacía eco en su conciencia perennemente. Él estaba ahí, luchando por encontrar lo más bajo de ella.  El dolor se apoderó de su cuerpo, el oxígeno se hacía escaso.
“¡JESÚS!, ¡JESÚS!” Gritaba, ya fuera de sí, obnubilada por el dolor, por la asfixia, por el sonido de miles de murmullos que le decían tantas cosas. Un mar de opciones que no era  sino una bifurcación. ¿Adónde debía ir? 
Su comprensión de la situación era tan escasa como los que la habían visto decir, llena de serenidad:
“Puedes decir que eres mi juez; ten cuidado con lo que haces, porque, de verdad, soy enviada por Dios, y te expones tú mismo a un gran peligro. Creo firmemente, tanto como creo en la fe Cristiana, que Dios nos ha redimido de los dolores del Infierno, que las voces vienen de Dios y sus allegados.”
Lo cierto es que ella ya no estaba tan segura de nada, lo cierto era que su fe seguía ciega hacia su Dios, pero que ella se desmoronaba y su mente divagaba entre los consuelos del Demonio; de las órdenes de los Santos, tantos Santos, y de la voz imperante del Arcángel Miguel.
“Tienes que creer.”
Y todo quien vio aquello vio en ella algo incomprensible. Vio que en ella habitaba la gracia divina, que era una verdadera devota de Dios. Pero estaba muerta y el cielo no reclamaba su cadáver.
Debería presentarse el mismo Paul, pero está indispuesto y no dejó un saludo para hoy. Discúlpenlo. Esta es su primera ficción en el blog. Aplausos por favor... En fin, esta vez, el tema es la muerte de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, en la ciudad del Cuzco, el 18 de mayo de 1781. [Zack Z.]

Amaru, El Indomable

Tan sólo eran caballos. Animales usados para carga y transporte. Sometidos a un trabajo obligatorio de por vida. A diferencia de algunos de su especie, ellos se criaron en cautiverio. En sus cortos recuerdos de temprana edad, podían correr libremente en una zona determinada, un cerco de madera que les evitataba avanzar hacia la libertad.
Pronto se convirtieron en adultos y las cosas se tornaron aún peores. Herraduras en las patas, bozal, montura. Nada de eso lo comprendían. Intentaron negarse en un principio, pero no importaba cuantas veces lo hicieran, los humanos insistían. Hasta que llego el momento en el cual no pudieron más, y cedieron. Fueron totalmente sometidos, negados a vivir bajo sus propios deseos ¿Por qué no podían vivir libres? ¿Por qué sufrir tan cruel trato? No podían responderlo. Existía una verdad absoluta, tendrían que cargar el peso de sus amos por el resto de sus vidas. Aunque al principio fue difícil, se acostumbraron y lograron sobrevivir. Eran golpeados, pero aprendieron a resistir. No cuestionaban, ni siquiera en sus planes se encontraba una revolución. Viajaban largas jornadas, empinadas montañas, calurosos desiertos. Y así continuaron viviendo. No conocían la libertad. Ya la no anhelaban. Ni siquiera la soñaban.
Era un día aparentemente tranquilo en la ciudad del Cuzco, pero no necesariamente para ellos cuatro. Se encontraban muy cerca de la Plaza de Armas, amarrados. Habían escuchado el sonido del galope de muchos de sus compañeros. Aparte, el sonido de voces humanas que murmuraban cosas sin importancia. Luego, el murmullo fue silenciado por unos cuantos gritos. Un grito aún mayor pudo oírse, era sordo y desesperado. Sujeto fuertemente por terceros,  a un hombre le cortaban la lengua luego de mostrarle los horrores de ver morir a todos sus seres queridos.  Ya no se encontraban amarrados; de manera improvisada, los prepararon con cuerdas, palos y demás, algo que nunca antes habían hecho. Parecía como si fueran a arrastrar un coche, pero no había ninguno en los alrededores. Sólo había un hombre, un hombre sin lengua. Fueron dirigidos hacia el epicentro de los acontecimientos. Mucha gente, vestida de muchos colores, y aquel hombre con la boca sangrante. No podía gritar, no podía moverse, pero aún mostraba signos de continuar luchando. Su mirada era fija y fiera. Nadie se atrevería a mirarle a los ojos. Aun si lo hicieran, no lo comprenderían.
Con mucha prisa, amarraron con una cuerda cada extremidad suya a uno de los caballos. Cada uno de ellos iría en una dirección distinta, de modo que las extremidades de aquel humano se estiraran lo suficiente como para despedazarlo. Un acto cruel y sangriento, pero ellos no tenían poder de decisión. Empezaron a moverse. El hombre mudo emitía un fuerte alarido. Pero nada sucedía, no podían avanzar más, algo se los impedía. Una fuerza superior a la suya les obligaba a retroceder. Las personas que los sujetaban de sus bozales, comenzaron a golpearlos, golpearlos como nunca antes. No podían entender. Estaban haciendo exactamente lo que se les había pedido, ¿cuál era el problema?  Hicieron caso a los golpes y, con premura, aumentaron la velocidad, tirando aún más fuerte, pero les era imposible avanzar. El hombre gritaba, pero estaba lejos de rendirse. Los golpes continuaron e igualmente sus intentos por jalar cada vez más fuerte.
Tras mucho intentar, se encontraban cansados, adoloridos. Los humanos que los obligaban a avanzar ya no golpeaban con la ferocidad inicial. Finalmente, soltaron las cuerdas, dejaron al indomable en el piso. Cansados y heridos, fueron transportados hasta el establo. Continuarían con su vida de subyugación. Mientras, aquel hombre humano, quien perdió a su familia, aquél a quien le arrebataron la voz, ni siquiera así lograron domarlo. Desde un principio, él era mucho más fuerte, no podía ser vencido por unos caballos que nunca conocieron la libertad, que no lucharon, y que se dejaron someter. Él era más fuerte, no había forma de que se dejara vencer por sometidos.
Bien, bien, bien, necesito aplausos para entrar. [SFX: CLAPS] Gracias, gracias, les tengo malas noticias: hoy se termina Suéter rojo. Oh, no, no puede ser... ¡Claro que puede ser!, solo que eso no significa que se agoten los suéteres de ese color en las tiendas, para nada. Tampoco supone que Caperucita roja vaya a cambiar de look mañana temprano. NO. Es solo el fin de este relato.


.+.+.+.+.+.+. Suéter rojo III: Habitación.+.+.+.+.+.+.


Tres años. Ese era el tiempo que tenía bajo su cuidado. Pudieran haber sido solo tres meses, incluso una semana, luego el alta y las visitas regulares hasta finalizar el tratamiento, pues no era la gran cosa. Pudo haber sido tan simple como eso y sin embargo no lo fue. El miedo lo había forzado a mantenerla ahí dentro. No sabía a qué se enfrentaba, o tal vez lo llegó a saber en algún momento y por eso tenía cuidado. Es probable que tejiera teorías al respecto, pero nunca decía nada. Solo su enfermera y la hermana de la paciente se hacían una idea.
— Tiene principios de alzheimer —la mujer quedó en shock. Un accidente de tránsito no provocaba tal enfermedad. Tampoco sabía de ningún familiar que la hubiera padecido—. Si no, es algo que no conocemos… —añadió con resignación.
— ¿Puedo llevarla a casa?
“No”. Porque aquello no era alzheimer, si bien había detectado alteraciones cerebrales y un grado considerable de ensimismamiento. Los exámenes daban siempre nuevas luces, pero ninguna respuesta. Tenía miedo de que aquella actividad cerebral que averió la cámara de resonancia provocara algún daño a alguien, y quería estudiarla. Por eso le negó el alta.
También sospechaba que ella lo odiaba, por lo cual prefería no entrar nunca a su habitación.
De la enfermera recibía informes parcos. Solía estar “bien”, como siempre, pero a veces notaba cambios extraños, aunque mínimos, en la habitación: cosas fuera de lugar o que parecían haber cambiado su color. Había que ser un buen observador para notarlo. El médico las cubría alegándose la autoría “porque la variedad estimula su memoria”. Extrañamente, ella nunca olvidó nada, solo tenía desórdenes de atención. Su hermana lo advertía, pero el doctor tenía siempre una salida (“es un caso extraño”, y mostraba algunos de los resultados).
Un día desapareció de pronto uno de los centros comerciales más concurridos de la ciudad, y que justo era visible desde la habitación de la joven, el médico pareció alarmarse. Insistió mucho en trasladarla, si no a una habitación sin ventana, a una que no diera a la calle, sino al pequeño parque interno del hospital. Que las flores cambiaran de color no sería nunca algo grave.
Solo recibió negativas.
Era inesperado pero no podía hacer nada. Una recomendación no era más que eso, y ya nadie más que él recordaba aquel centro, hecho que terminó por desanimarlo (nunca permitiría que lo consideraran un demente).
Los días que siguieron la encontraba más estable, aunque con una creciente manía por ver a cada instante hacia la calle. Esto lo hizo pensar que tal vez recordaba el centro, y que esa avenida ahora tan poco transitada fue hasta hacía unos días un punto de gran concentración. “Quizá el centro regrese pronto”, pensó, pero nunca pasó.
Un año después de aquello, ya su tercer año a cargo de la niña, la enfermera comenzaría una búsqueda por todo el edificio a causa de su desaparición.
La encontraría en el último piso, quemando algunas de sus prendas.
“Tuve la certeza de que había perdido la cordura”, le diría luego al doctor.
.o.o.o.
Titular de “El Día”:
JOVEN DESAPARECE MISTERIOSAMENTE
Rastros en su habitación sugieren un robo
— ¿Y qué le dice esto?
— Sensacionalismo puro. Tal vez el chico ni siquiera existió —contestó el abogado.



.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Bastante corto, ¿uh? Bueno, hasta aquí hemos llegado. Espero que les haya gustado, en serio. Gracias por leer. ¡Au revoir!
Lo prometido es deuda. ¿En serio? Sí, señor multipolar, lo prometido es deuda, y esto es Suéter rojo, segunda parte [ *-* ]


.+.+.+.+.+.+. Suéter rojo II: De un lado al otro de la ventana.+.+.+.+.+.+.

Ahí estaba él otra vez, pasando de un lado al otro de la ventana. Diminuto, como en realidad no era, arrastrado, quién sabe por qué a quién sabe dónde. Ciertamente un tipo nada especial, pero ahí estaba, y si “otra vez” porque alguien más sí lo consideraba especial. Lo miraba cada día desde la ventana, su único contacto directo con el mundo exterior. Ahí estaba ella, sola, al igual que él, y sin embargo con una soledad más solitaria, excesivamente distinta.
Sola, igual que siempre, en una cama de la que no podía salir nunca por indicación de su médico, lo suficientemente cerca de la ventana como para ver a través con simplemente sentarse, posición única desde la cual le era posible hacer lo que más disfrutaba: leer, dibujar y conversar con su hermana, que se aparecía un par de veces a la semana. Aparte, solo la visitaba, tres veces al día, una enfermera, a tomarle el pulso y preguntarle si estaba bien. Como si fuera bueno estar postrada en una cama tres años enteros y no saber por cuánto tiempo más, con el miedo inevitable a una muerte triste y solitaria, que se hacía aún más temible cuando se volvía una costumbre.
Ante tal angustia, mirar por la ventana esperando a esa misma persona asomar su figura por alguno de los márgenes y dirigirse hacia el otro, hacia su desaparición, detrás de una fría pared de concreto que nunca podría mirar desde afuera, y sentirse llena y feliz por unos instantes del día, imaginándose a su lado, acompañando su siempre desconocida caminata; todo esto y sus implicancias hacían fuerza común en una lucha que estaba resignada a perder.
Todos los días, mirando fríos gigantes de concreto, el asfalto oscuro y sus líneas blancas, un semáforo del que no alcanzaba a ver las luces... Su único paisaje disponible, tan monótono, tan sobrio, tan fácil de convertirse en un elemento de incontenible hastío.
— Y aún así… no quieres cambiar de habitación. Hay un bonito jardín del otro lado. ¿Por qué insistes en quedarte?
— ¿Por qué insistes en sacarme de aquí? —lo dijo sin pensarlo. Sacarla de ahí, no solo de la habitación, sino de ese lugar, de ese edificio, llevarla de nuevo al mundo, a reencontrarse con éste y disfrutar de la vida y de los días, de sus días de libertad, de no vivir atada a una cama, de ver más allá de su ventana y a alguien más que a la enfermera o a su hermana. Su deseo, o su deseo en apariencia, el más fuerte de todos los suyos. Incluso más que el de simplemente ver pasar a ese joven con el que se imaginaba los días y las calles en una ciudad de hierro y concreto, pero más allá del frío y de la soledad. Libertad. Como si fuera tan sencillo como pensarlo… ¿quién era ese médico?, ¿qué sabía él de la libertad, si la estaba confinando a una habitación y nunca se dignaba a aparecer?, ¡¿qué sabía?!, qué podía saber?! Nunca, probablemente nunca había reducido su vida a una ventana ni a una habitación, aunque sí tal vez, pero parcialmente, a un edificio de mal gusto, lleno de cuerpos extraños encerrados como bichos raros a los que sin embargo hay que alimentar. Y de eso se encargan las buenas hermanas, que se acercan incluso temerosas a ellos, cual si les resultaran repugnantes o peligrosos.
Ella no era un bicho raro, pero así se sentía, así solía sentirse. Al menos hasta que aquél aparecía en la ventana y lo seguía con la mirada. ¡Qué dicha!, no todo estaba perdido, o eso pensaba, pero “¿por qué insistes en sacarme de aquí?”. Él era su excusa para permanecer inerte, inmóvil, en una habitación con la peor de las vistas.
Casi siempre se imaginaba a su lado. Había veces en que prefería tan solo observar de lejos, mientras que otras en las que se proyectaba a sí misma allá abajo, tan cerca de él, prestándole atención a lo más mínimo, a lo aparentemente poco importante, pero que suele consolidar mejor que la hechicería o la pasión una idea de auténtico amor. ¿Lo era éste?, ¿lo era? Debía serlo, de otra forma nada tendría sentido, ni siquiera asomar la vista por la ventana.
Se imaginaba, sí, y sentía sus pies sobre el asfalto y al viento en su cabello, pero principalmente lo sentía a él, rozando su brazo con el suyo, y casi las manos, que se resistían tímidamente a tocarse, a sostenerse la una a la otra y jugar al columpio, pues un vaivén era también su sentir. Su corazón latía fuertemente de lo emocionada, de lo nerviosa. Nunca sabía qué decirle, aunque lo pensara mucho; su miedo a equivocarse, a romper de la manera más tonta con el ambiente de cálida ternura, en el que un gesto dice mucho y las palabras sobran, ese indescriptible miedo la mantenía en silencio. Pero ella creía que sí hacían falta, que era necesario, y que ambos podrían mantener agradables conversaciones por horas de horas, o el tiempo que tomara pasar de un lado al otro de su ventana.
Se veía a sí misma acompañando el camino solitario de aquél, con sus pasos, con el choque de brazos y el roce de manos; con sus ojos marrones y su cabello rojizo y su suéter del mismo color. Se veía, no se imaginaba. Se veía. Algo inconcebible, pues pertenecía a un mundo invariable, una pequeña habitación de hospital, no al mundo de afuera, más allá de la puerta que la confinaba o la ventana que la había terminado por convertir en una conformista con la vida. No debería ser posible, pero se veía clara y nítida, como si no fuera ella, o como si de alguna forma se hubiera desdoblado.
A menos que no fuera ella.
Inconcebible. Alguien más camina al lado de él.
Pensó que sería una ilusión, se frotó los ojos con las manos y se mantuvo atenta, por no perderse cada instante.
Alguien caminaba a su lado, y no era ella, no podría, aquella otra era libre. Libertad. Ese concepto aún no la convencía y tendría que terminar optando por odiarlo. Libertad, aquello que le hacía falta, pero que no era más importante que ver cada día pasar a un joven desconocido.
Observaba sus pasos, su cabello movido por el viento y el roce tímido de sus brazos, que poco a poco se acercaban para finalmente permitirles a sus manos tocarse y asirse en el espacio. Lo veía y no era ya capaz de sentir ni el asfalto en sus pies ni el viento en su cabello ni a él, sino una fuerte presión en el pecho y un poco de dificultad para respirar correctamente. Le faltaba el aire, y también él. Principalmente él. Y odiaba sin compasión a esa mujer de rojo, pero aún más a sí misma; se odiaba por lucir como ella.
La desesperación, pero principalmente la incertidumbre por lo que realmente sucedía allá abajo entre esos dos, estaba a punto de hacerla llorar.
Rojo. El color de su suéter.
Sintió asco y se lo quitó, pero sus pocas fuerzas en ese momento fueron absorbidas por las lágrimas.
La prenda cayó sobre la cama, un poco más allá de sus pies.
Rojo.
Estaba decidida a hacerlo desaparecer.

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Extraño... el incompetente de Zack Zala ríe y recuerda que no suele usar ropa roja. Presiente que la suerte lo acompaña y nadie lo hará desaparecer desde una habitación de hospital o la CIA.... Gracias por leer.
Hoy, señores, hoy, es un día que será recordado por todos como el "Día Suéter rojo", se impondrá en la cultura popular y todos lo celebrarán por los siglos de los siglos, hasta que su sentido inicial se oculte y todos celebren con ropa roja y caramelos por el simple gusto de celebrar, olvidándose de aquel tipo que alguna vez dijo "Hoy, señores, hoy es un día que será recordado por todos como...". Así pasará, como con todo. Pero aún no es el futuro, ni muchos siglos después. Así pues, esta vez estoy por acá con un relato en 3 partes llamado "Suéter rojo". Ahí va la primera...

.+.+.+.+.+.+. Suéter rojo I.+.+.+.+.+.+.

Suéter rojo. Esa era la única pista, entre miles. ¿Por qué tenía que verse en medio de un problema como ése?, más aún, ¿por qué buscaba a alguien que no conocía solo porque le aseguraban que era imposible no conocerla? “Sí, estuviste con ella más de una vez”, “¿Y qué hacía?”, “No lo sé, se fueron. Los perdí doblando esa esquina. Quise llamarte, pero parece que estabas demasiado entretenido como para siquiera escucharme”. Ese tipo de conversaciones se había hecho común, pero incluso un mes después de que comenzaron a él le seguían resultando un completo fastidio.
Un suéter rojo. La única pista. Nadie había sido capaz de ver más allá. Nadie había podido reconocerla “pero estoy seguro de que eras tú. Y si no, debes tener un doble andando libre por ahí” haciendo de las suyas sin importarle que tu nombre e imagen resulten afectadas al punto de generarte problemas con tus amigos, tus padres y ni qué decir de tu novia. Deberá estar furiosa. “Lo estaría si fuera mi novia”, piensa. Sin embargo, esta pequeña excepción no le quita gravedad al asunto.
Con esa idea caminaba por la calle, sospechando de cada mujer de suéter rojo, de cada inmundicia que pasaba por su mente cada vez que la imaginaba y era inmediatamente censurado por la figura simplona, a simple vista nada espectacular, de su no-novia. “Le quedaría bien” el rojo, o tal vez no. Pero lo sabía indeseable. Ese color se había convertido en un calvario desde hace un mes. Lástima. En un principio se buscaba a sí mismo, pero comprendió pronto que dicha empresa era irrealizable incluso para un “genio maligno”. De alguna manera la chica del suéter rojo ocupaba ahora ese espacio. Se había convertido en una especie de meta, si no una misteriosa bruja que parecía conocerlo más que él mismo.
La ciudad era un desastre. Gran cantidad de personas en movimiento, como en una procesión, guiados tal vez por una fe llamada trabajo, si no tiempo o dinero. Una procesión que no llevaba a ningún lugar y al mismo tiempo a todos. Y él era parte de ello. Su fe era la de un loco, sin saber a dónde iba ni por qué. A eso llegan las metrópolis en algún momento. A generar individuos sin nada mejor que hacer que sentirse asediados y salir en busca de una chica de suéter rojo que les solucione la vida, personaje que nunca aparecía. “Si me ve, seguro querrá llamarme”, lógico. O tal vez no tanto. A veces las chicas de suéter rojo no actúan como uno espera.
“No hay nada, me iré a casa. Tal vez todo fue un mal sueño”, se imaginaba protagonizando una serie de televisión. Y pronto aparecería un ejército de vampiros comandado por una bella de suéter rojo. “Como su cabello”. En realidad no sabía el color de su cabello, pero así quiso pensarlo cuando vio a una lindísima chica pelirroja con un suéter del mismo color y se quedó mirándola.
Nada hubiera pasado si a ésta no se le ocurría voltear a verlo, darse cuenta de que estaba siendo observada. Observada. Puso ojos de curiosa y le sonrió, como si lo conociera de toda la vida. Era una mirada dulce, como de bienvenida, o de “todo está bien”, no hay que preocuparse. Pero sí que había que hacerlo. Una extraña tomaba de pronto el protagonismo de su vida. Una extraña para él, pero tal vez ella no pensara lo mismo. ¿Un extraño para ella? Si así fuera nunca le hubiera sonreído, nunca la hubiera reconocido con tan solo verla. ¿Una extraña? Tal vez nunca lo fue.
No podía moverse. Un sentimiento de miedo recorría sus venas e intentaba convencerlo de abortar la misión. Lo convencía, y su poder de persuasión era tal que logró motivar en él la inercia, que probablemente luego condenaría, pero que simplemente no podía evitar.
La chica se perdió entre la multitud. Ya no hay rojos ni suéteres ni chica de suéter rojo. Se sentía aliviado, pero con una gran impotencia al mismo tiempo. Su indecisión lo había hecho perder la oportunidad de resolver el misterio, y ahora solo le queda pensar que nunca más la volverá a ver, que los malentendidos provocados se convertirán en anécdotas ajenas o que se vería obligado a aislarse por presión social, la presión de ser creído un mentiroso. Aquella chica que nunca vestía de rojo empeoraba la situación; su no-novia, ahora su nunca-novia. Y él comenzaría a bordear la locura de continuar viviendo una doble vida de la cual solo conocía una mitad.
“A esa hora estábamos juntos, ¿verdad?”, tal vez sí, tal vez no. La memoria lo traicionaba, pero alguien recordaba por él. “A esa hora…” almorzaba junto a un amigo. ¿Y la chica de rojo?, “Una ilusión”, argüía éste intentando alentarlo. Aunque la verdad es que ni siquiera sabía bien a qué se refería con “a esa hora”. Era como si algo conspirara en su contra, haciendo nulos o difusos los recuerdos que bien podrían aclarar su situación. “A esa hora…” nadie tomó registro de nada, solo del suéter rojo de una desconocida.
No tenía caso preguntarse si estaba o no. Comenzaba a creer que conocía realmente a la chica del suéter rojo, que se habían reunido más de una vez y que había mantenido con ella charlas muy agradables. Comenzaba a dudar de su no-novia. Tal vez en realidad no la quería, nunca la quiso, y se auto-engañó para minimizar el impacto de reconocer por fin al amor como un relativismo mal presentado, maquillado excesivamente, y el universo se nos derrumba. Era un derrumbe innecesario, es decir, podría haberlo sido. Una decepción dolorosa y poco conveniente. Tonterías, hombre, tonterías.
La tensión lo obligaba a regresar a casa en busca de un descanso.
A casa; su apartamento, su habitación, su cama. Quería tirarse allí y olvidarse de todo al menos por lo que le durara un sueño.
Una puerta abierta le dio una cálida bienvenida. ¿Quién lo había hecho? Su problemática mente lo hizo pensar en lo peor. Le habían robado. Pero eso era ilógico, pronto se daría cuenta, cuando revisara la cerradura y ésta estuviera intacta. Y no solo eso, sino con una llave insertada en la ranura, la misma llave con que ingresaba a casa todos los días. Ese mismo artilugio milagroso se encontraba allí. No en sus bolsillos, que revisó de inmediato. Entonces dudó de sí mismo. Comenzó a buscar de manera violenta y desesperada al intruso.
¿Quién era?, ¿dónde estaba? “¡¿Dónde estás?!” Nadie contestaba.
Tiró los libros de la biblioteca al piso, al igual que las revistas de la mesa. Abrió las cortinas. La ausencia se hacía cada vez más evidente.
“La habitación”
Dejó todo en caos e ingresó a su cuarto. El caos se reproducía. Las cortinas y ventanas abiertas, los cajones del escritorio y el clóset de igual manera. Papeles y ropa por todos lados.
Y un suéter rojo sobre la cama.
.o.o.o.
Subió a la azotea temiendo que algo se estuviera incendiando. El olor a quemado había invadido los pisos inferiores.
Allí la encontró a ella, un poco ida, observando atentamente una fogata.
  ¡¿Qué estás haciendo?! —gritó consternada
— Es el rojo… —contestó ella, mientras cogía un listón rojo de una caja llena de ropa del mismo color y lo arrojaba al fuego—, ha dejado de gustarme.
.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Bien, eso ha sido todo por hoy. Mañana publicaré la segunda parte. Gracias por leer.
Las ocho horas laborales resultaron de una gran lucha. Que la ley Ingersoll, promulgada por el entonces Presidente de EE.UU., no fuera acatada provocó un gran disgusto en mucha gente. En ese contexto, resaltan las figuras de 8 hombres, víctimas de una represión injusta que les quitó la libertad y la vida. De esos mártires trata la ficción de hoy, pero especialmente de los hechos ocurridos el 4 de mayo, durante la reunión conocida luego, por conveniencia de esa justicia, como Monday's Night Conspiracy (La Conspiración del Lunes por la noche).

.+.+.+.+.+.+. Haymarket, 8 horas.+.+.+.+.+.+.

La tarde del 3 de mayo de 1886.

Estas manifestaciones resultan absurdas. Totalmente. Hablar de clases y de igualdad, lo único que harán es despotricar el Estado de manera negligente. Esos hombres están locos, se guían por el inútil deseo del placer. El trabajo dignifica, el placer no sirve… Anarquismo le dicen, sarta de haraganes…
Aquellas voces lo hartaban. Ya tenía suficiente de todo eso, de lo muy insensibles que podían resultar esas gentes que se reunían en los cafés a disertar sobre el día a día tratando siempre de quedar bien con los de arriba, y con el dinero. ¿Qué importaba más que el dinero? En realidad importaba también su reputación, pero para él, Albert Richard Parsons, había valores aún más altos. Nada le importaba haber sido tachado como subversivo y despedido. ¡Un desocupado más!, sí, pero al mismo tiempo le alegraba poder unirse a los suyos. Comentarios como ese no importaban, él era uno de los Caballeros del Trabajo —a veces le sonaba gracioso—. Ahora se dirigía a la protesta, frente al Haymarket Square.
Al llegar, una vez más, una multitud gritaba a todas voces y alzaba en alto pancartas. El escenario lo emocionaba. Pudo ver gentes de toda clase se unía por una sola causa: las 8 horas laborales.
Las masas se enardecían: la policía había comenzado a avanzar. Los gritos se hacían cada vez más altos y Albert quiso acudir, evitar cualquier tipo de violencia hacia los suyos, pues de eso eran capaces.
De pronto, comenzaron los disparos. Albert continuó hacia el centro. La gente se regresaba, asustada por la explosión y por los prontos disparos de la policía, haciéndole la tarea difícil a Albert, que, al no poder hacer nada contra la gran masa, cayó al suelo. Los disparos seguían y desde el suelo sentía que tropezaban con él, patadas en el abdomen, en la cabeza, que cubría con sus manos. Se esforzó por arrastrarse y salir de allí.


La noche del 4 de mayo de 1886.

“A las armas los llamo, a las armas”. Las palabras de Spies se habían quedado suspendidas en la mente de Fischer. “Ha sido un buen discurso, Spies, muy pronto lo lograremos”.
¿Está bien, Fischer?, lo noto algo ido.
No. Para nada. Tal vez solo necesite un trago. Sí, eso debe ser. Iré por uno y regreso.
Te perderás el final del discurso de Fielden, ¿no hay problema?
Son las cosas de siempre, jefe. Estoy de acuerdo con usted y con Samuel Fielden, eso no lo dude. Pero como duda de que esté bien, iré a por un trago.
Spies rió. Fischer no era más que 3 años menor que él, pero seguía pareciendo un chiquillo.
“¡Una cerveza!”, le dijo al de la barra. “¿Qué tal la revuelta, Sr. Fischer?”, “Todo perfecto, Zepf, pero necesito un trago”, “Ahora se lo preparo. Me pregunto si lo de las ocho horas funcionará también conmigo, soy el dueño y trabajador estrella de este lugar, je”. Fischer rió. “Ningún borracho podrá obligarlo”, y el salón entero carcajeó al unísono, a pesar de que lo había dicho un poco en serio.
Fischer miraba la copa, la botella de cerveza, la bebida cayendo en la copa… y a la hija de Zepf en el reflejo dorado, que ayudaba a su padre incluso cuando éste se lo reprochaba por no ser el trabajo para una dama. “Ella tampoco”, musitó. “¡Ah!, pues no. Lo suyo es amor a la familia, igual a mí. Por algo soy su padre. Aquí tienes”, le entregó la copa. 
Oiga, Zepf, esos policías que deberían protegernos nos resultan contrarios. No le resulta paradójico…
Por algo pelean ustedes, ¿no es verdad?
Sí… nosotros…
El sonido de una explosión lo devolvió a la realidad. “¿Qué ha sido eso?”. Tomó su trago de un tiro y salió del bar. Camino al Haymarket, pudo ver que a una multitud corriendo en dirección contraria. Entre ellos uno de sus compañeros.
¿Qué sucede, de qué huyen?
Alguien explotó una bomba y la policía nos ha arremetido nuevamente.
¿Y Spies, dónde está?
Todos están regresando a sus casas, es poco seguro reunirse ahora. Será mejor que te vayas.
Fischer, contrario a lo que acababa de escuchar, fue hacia el Haymarket. Allí, una gran cantidad de gente había muerto. Sintió impotencia, si hacía algo ahora, también lo matarían. Debía regresar a casa aunque le pareciera cobarde.
Pudo dormir a duras penas. Por la mañana, se resistía a salir, escuchaba pasos apresurados allá afuera. Posiblemente lo estaban buscando. ¿Huir? ¿Hacia dónde? “Cualquier lugar”, pensó. No, esta vez dejaría de ser un cobarde. Esperaría a esos hombres, caricaturas de justicia y los enfrentaría, de ser necesario. Se vistió, cogió su arma y ellos ya estaban allí. “Queda usted arrestado por el delito de conspiración”.



… Declaro culpable al señor Adolf Fischer por su participación en la Conspiración de los incidentes de la noche del 4 de abril.
Su condena: la horca.

“...salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro... Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: "la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable...” – José Martí

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Todo, amigos, esto es. Gracias por leer.