Hace 98 años, durante la 1ra Guerra Mundial, en un descampado de Bélgica, se enfrentaban alemanes e ingleses. Sin embargo, el día de Navidad no se dio un solo disparo. Soldados ingleses y alemanes intercambiaron saludos y regalos en lo que sería recordado como la Tregua de Navidad.
Jo jo jo... La risa del viejito pascuero no alcanza para expresar mi carencia de extrema felicidad. Sin embargo, la que tengo es suficiente como para dejar una ficción y escribir cosas así de raras. Como sea... El blog ha estado un poco inactivo estos meses, mil disculpas por eso. Ya recuperaremos el ritmo, para eso sirven las fiestas, señores. Ahora sí, a lo que íbamos...

.+.+.+.+.+.+. Hay un espíritu en las trincheras.+.+.+.+.+.+.

Una ráfaga de viento terminó de enterrar en la nieve un casquillo de bala cuando el sol se ocultaba y en la trinchera inglesa un soldado se ataba bien las botas, otro se arreglaba el gorro felpudo y algunos más cargaban de municiones sus armas. Mientras tanto, un incorpóreo compañero ganaba fuerza con la llegada de la oscuridad. No sabríamos decir si el frío también lo hacía fuerte, pero después de aquella ráfaga el sol parecía ocultarse más rápido y, en consecuencia, su poder se hacía mayor. Nadie en la trinchera inglesa lo advirtió ni le tomó la mayor importancia a este hecho. A veces el sol parece ocultarse más rápido, dependiendo de lo que hagas. Podría también haber sido nada más que una sensación, nada comprobable, así que ninguno lo recordaría tampoco.

Del otro lado, en la trinchera alemana, la ráfaga de viento coincidió exactamente con el primer resoplido de uno de los soldados luego de encendido un cigarro. Guardó los restantes y sus cerillos en el saco y continuó fumando. En esta parte de "Tierra de nadie", el lugar en que se desarrolla este, por el momento, tranquilo enfrentamiento militar, el compañero incorpóreo parece haber caído por alguna casualidad. El cielo se ha oscurecido ya bastante como para que su poder pueda ser extendido fácilmente. Se desliza por entre los alemanes y le deja a cada uno un mensaje susurrado en el oído. Ríe después de esto, y su sonrisa parece maliciosa, oscura, pero se ilumina un poco cuando advierte la presencia de fogatas.


Para cuando el viento entierre otro casquillo la trinchera alemana estará en completo trance. Todos y cada uno de los soldados canta bajo la influencia del compañero incorpóreo. Los ingleses, sin embargo, continúan en silencio y luego de escuchar con atención los villancicos comienzan a sentirse solos. Uno de ellos observa con atención las fogatas. Se ordena el silencio y sus manos, como las de sus compañeros, se aferran a su rifle, listo para cualquier asalto. El compañero incorpóreo ríe y el soldado inglés recuerda la sonrisa de su novia, pero sabe que no debe ocupar su mente. Con los villancicos de fondo, escucha pasos sobre la nieve. En este momento requiere la máxima atención.

“Soldado inglés, feliz navidad. Feliz navidad”, el extraño mensaje del enemigo lo confunde. Y más aún cuando continúa insistentemente por algunos minutos. “Salgan, ingleses, vengan con nosotros”.

Sería una locura ir hacia ellos. Tanto trabajo atrincherarse, tanto sufrimiento al perder compañeros, tanto hastío cargar los rifles una y otra vez... ¿y tenían que ir con ellos? El compañero incorpóreo venía con los alemanes y se escabulló hasta la trinchera para dejar bajo su encantamiento a algunos ingleses, que comenzaron a gritar también, en respuesta, “Feliz navidad”, contagiando el espíritu a sus camaradas.

El poder del compañero incorpóreo sobrepasaba entonces el de cualquier armamento en ambas trincheras. Los saludos se convirtieron rápidamente en cánticos y a la mañana siguiente ambos bandos se encontraron en el centro para darse aún más saludos y entregarse regalos como botones, cigarros y chocolates. Estrecharon las manos y se volvieron amigos en medio de una guerra que cobraba vidas más allá de sus trincheras. Intercambiaron direcciones como si tuvieran la certeza de que al terminar la guerra continuarían vivos. Como si se vieran claramente en la mesa de su hogar, tomando tranquilamente un café y mirando hacia la puerta, pues en cualquier momento podría llegar el alemán o el inglés con quien estrechó manos en medio de la guerra.


Soldados ingleses y alemanes fraternizando en "tierra de nadie". Navidad, 1914.

Enterraron a sus caídos, jugaron un partido de fútbol y nadie nunca se percató de la presencia de un soldado desconocido. Vestía como inglés y era siempre uno de los primeros en cantar un villancico. Había intercambiado todos sus botones solo por botones alemanes y varios de éstos por una insignia inglesa. Los guardaba en los bolsillos como si fueran un tesoro y en todo momento mostraba una sonrisa. Era un tipo extraño, de los que pocos se ve.

Después de pasar un rato con todos y en medio de la algarabía, de las risas y las charlas, justo antes de que cayera el sol, el extraño soldado se metió las manos en los bolsillos y, cuidando que  nadie lo viera, caminó hacia el crepúsculo mientras entonaba un villancico alemán.

♫ Stille… Nacht… Heilige Nacht… ♫

Se alejaba el compañero incorpóreo con muchos botones, una insignia y una sonrisa inmutable en el rostro.


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Muy bien, eso ha sido todo. A los que quieran enterarse más sobre el tema, existe una película  alemana llamada Joyeux Noel (Feliz Navidad) sobre este acontecimiento. Asimismo, seguro que les encantará visitar esta página (contiene información sobre la Tregua y cartas de varios soldados que estuvieron presentes). Espero que les haya gustado ¡Saludos!
Mientras escribía la ficción de hoy, medité sobre el valor que tienen para algunos un objeto en particular. Eso se presenta en situaciones en las cuales dos bandos se enfrentan entre sí. Un día como hoy, tanto el ejército aliado (compuesto por peruanos y bolivianos) como ejército chileno se enfrentaron en Tarapacá. Muchos recuerdan esta fecha. Ahora les dejaré con el escrito.


Estandarte 

Agua. Por varias horas había tenido la esperanza de probar un poco de líquido vital, pero fue en vano. Y definitivamente, él no era el único con ese pensamiento. La guerra nunca había sido un lugar alegre, pero no tener provisiones afectaba directamente en el desempeño de los soldados. Sus pasos eran lentos, sus mentes perturbadas.  Sus superiores, al percatarse del estado de sus subordinados, elaboraron un plan de emergencia.  Y al enterarse de ello, los soldados extrajeron la poca fuerza que les quedaba.

Su nombre lo había dejado junto con su familia, en Santiago. Sólo le quedaba el apellido, Herrera, con el cual era llamado por sus superiores y compañeros de su regimiento. ¡Agua! ¡Agua! No le importaba morir a manos del enemigo. Lo que detestaba era morir sin ni siquiera haber luchando a plena capacidad. Sostuvo su rifle con firmeza, pero notó desesperanzado que sus manos temblaban levemente. Alejó los pensamientos negativos de su mente y se enfocó en el presente.  ¿Acaso se daría el lujo de mostrar débil ante sus contrincantes? ¡Jamás!

Su regimiento, el  2° de Línea junto con otros más, se dirigieron hacia el fondo de la quebrada, al mando del Coronel Ramírez. El deseo de beber un poco de agua tendría que esperar. Mientras tanto, bebería de su orgullo.

"El Estandarte" de Fernando Lavoz B.


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El pequeño caserío de Tarapacá se encontraba controlado por las fuerzas peruanas. Fernández tenía un poco de sed, así que decidió ir a buscar un poco de agua. El líquido rosaba sus labios y recorría su garganta. Luego de haber tomado un poco, sonrió y revisó su armamento. No había olvidado nada. Revisó sus reflejos apuntando hacia un lugar aleatorio, y luego de unos instantes, volvió a guardar el arma. Junto con él, muchos de sus compañeros se encontraban listos para pelear.
No todas las batallas se buscan. Hay momentos en los cuales se debe estar alerta ante cualquier ataque invasor. Y eran estos momentos de espera, uno de los más difíciles. Ninguno  de los presentes se atrevería a  mencionar sus dudas o temores. No por ser ridiculizado por el resto, sino por orgullo propio y por su país.
Un soldado ajeno a su grupo gritó desde afuera. Los chilenos habían sido divisados por las cercanías. Toda la tensión desapareció en un instante. Fernández y sus compañeros estuvieron listos desde siempre.
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El Regimiento 2° de Línea tenía el objetivo de ingresar a sangre o fuego al poblado. La batalla era reñida, el sonido de los cañones eran consecutivos. La desesperación y la sed volvieron a aparecer en la mente de Herrera. Apuntó con su carabina, mordió sus labios resecos y disparó.  Se golpeó en la cabeza.
Lentamente, lograban mejores posiciones, llegando al punto de ingresar a la ciudad. Quizás no obtendrían la victoria, pero un poco de agua les levantaría la moral.  Herrera había notado a uno de sus compañeros que portaba el estandarte de su mucho más agitado y cansado que él. Mientras continuaba su avance hacia el pueblo, un proyectil lo alcanzó, causándole la muerte.
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Muy cerca de allí, Fernández y sus compañeros respondían al fuego chileno. Llenarían el lugar de su sangre y cadáveres, antes de entregársela al enemigo y rendirse. Fernández contempló cómo uno de los soldados rivales que portaba el estandarte caía hacia el piso. Nuevamente su sonrisa se iluminó en el rostro. Como un ave de rapiña, no desperdiciaron la oportunidad y aumentaron el ataque. La oportunidad de obtener el valioso objeto se le había presentado.


Regimiento 2° de Línea Chileno, junto a su estandarte.


Ni a Herrera ni a Fernández les  importaba la familia, el fuego cruzado, las necesidades básicas, el futuro. Era el estandarte lo único que anhelaban.  Ambos fueron presurosos a su encuentro. Ambos sabían lo que pretendía el rival. Ninguno retrocedería. No desenfundaron ninguna arma. Ambos presionaron sus puños, planeando golpear con ellos a su rival. No les interesaba  si vivía o moría. Necesitaban…
Ambos sintieron el tacto de la tela. ¿Por qué entonces, sentían que habían fallado? ¿Por qué sentían que lentamente, el objeto tan deseado les parecía tan lejano? ¿Por qué no podían moverse?  Sus fuerzas los abandonaban, no por la sed ni por la cobardía. Era la muerte. Pero ninguno de los dos soltó el estandarte.
24, 28 y 29 de octubre del año 1929 son recordados como los días más "negros" para la economía capitalista. El llamado crac del 29, o Gran Depresión, es decir la caída de la bolsa de EE.UU. en ese año terminó de un momento a otro con una plenitud a la que los angloamericanos se habían acostumbrado por casi toda una década. Sobre eso es la ficción de hoy.

.+.+.+.+.+.+. Plenitud Ilusoria.+.+.+.+.+.+.

“Una más”, dijo el empresario efusivamente mientras cerraba un ojo por el ardor que comenzaba a provocarle el humo de su puro en la cara, y reía como nunca al ver las extrañas muecas que hacía uno de sus subordinados en un evidente estado de ebriedad. “Soy actor”, les había dicho, y ninguno de ellos dudó en pedirle extravagancias, en convertirlo por una noche, o quizá otras más, en el bufón del grupo.

Es evidente, y si no al menos bastante probable, que el subordinado olvidará todas sus locuras al día siguiente. Y mucho más evidente es, en estos casos, que amanecerá su nuevo día hecho trizas. Lo único que quizá recuerde será el “una más” repetido tantas veces por sus colegas y jefe con la única razón de verlo imitar al Presidente o la forma de caminar de Charles Chaplin.


Y mientras camina como Chaplin, el empresario, su jefe, coquetea con una muchacha diez años menor que él. El subordinado se tropieza consigo mismo y cae al suelo. Todos ríen a carcajadas, menos él, que asegura estar bien y pronto se va adormeciendo, al mismo tiempo que se jacta de conocer a tal o cual estrella de cine. Lo dejan sentado por ahí, hablando solo, y regresan todos a la diversión. El jefe propone un brindis sin saber por qué, “por esta hermosa muchacha”, dice, y los demás silban y lanzan prolongados “¡Salud!”, truenan los vasos, ríen a carcajadas.

El empresario celebra la gran alza que ha tenido en los últimos meses su fábrica de botones. Y celebra sin reparos, porque  acaban de superar una pequeña caída de la bolsa de Estados Unidos, cosas típicas del mercado, nunca nada grave. De seguir las cosas a ese ritmo, tendrá suficiente dinero para vivir con todos los lujos que pueda imaginarse. Sabe que está viviendo una época de infinita prosperidad, y que el éxito de sus botones se extenderá más allá de toda América. El solo pensarlo lo hace reír a carcajadas. Será el dueño del mundo de los botones. Cada mañana que un hombre o mujer se vistiera para ir al trabajo, e incluso los desocupados; y cada noche que se despojaran de sus ropas presas del cansancio o de la ansiedad incontenible; cada vez que un sastre remendara alguna vieja prenda, él estaría presente en sus variados botones.  “¡Salud!”, le provoca decir de nuevo, y lo dice, “por este hermoso día, por esta hermosa noche”, y en su voz se nota un poco más el alcohol.
 
Para brindar giró un momento, y al volver ya no encontró a la chica, tan solo la botella de champaña. Aquella se había unido a otro grupo, y parecía divertirse más con ellos. Se dio cuenta de que el puro se le había consumido ya hace algún rato y encendió otro mientras los miraba y se asombraba de sí mismo, de su enorme nobleza para con los suyos, de su gran capacidad de desprendimiento, del trato tan cercano que tenía con sus trabajadores. Entonces se acerca a ellos para mostrarles su aprecio, a ofrecerles una ronda más de copas y de risas.

¡Salud!
¡Salud!
¡Salud!

De pronto, se halla en su habitación, casi desvestido, con la corbata floja, la camisa cubriéndole un solo brazo y los zapatos bien puestos. Él mismo había caído en ese estado de inconsciencia que tanto detestaba, había perdido una porción de memoria que explicaría fácilmente cómo fue que llegó allí. Sin embargo, tenía alguna idea: su subgerente sería un tipo cuerdo incluso si por sus venas corriera alcohol en vez de sangre. Él lo había llevado, o al menos le había ayudado a llegar a casa. Por ahora se conformaba con esa vaga teoría, pues sentía un sabor amargo que no se le iba de la boca y le provocaba asco. Caminó hacia el baño mientras movía la mandíbula intentando despegarse la amargura y se retiraba la corbata y la camisa. Los zapatos vendrían después, y a tomar una ducha.

Cuando estuvo listo, decidió que era hora de ir a la fábrica. Si bien sus subordinados más cercanos se habían emborrachado la noche anterior, los demás continuaban trabajando. Debía ir a cerciorarse de que todo iba bien.

En el camino compró un diario. Tres centavos.

WALL STREET QUIEBRA

El titular era demasiado escandaloso como para ser cierto. Apuro el paso y al llegar a la fábrica se topó con un trabajador muy humilde, el Sr. Hoover, quien lo saludó pronto. Sin embargo, este saludo no fue contestado. El empresario lo miró con cara de desconcierto, como si acabara de ver algo espantoso frente a sus ojos, y lo despidió de inmediato, sin dar ningún tipo de razón. Echó a todo el mundo en cuanto los demás se percataron de esto y comenzó un murmullo.


“Están despedidos”, gritó, “¿qué?, ¿no escuchan? ¡Están despedidos!”

Pronto el mensaje les llegaría a todos y pronto todos sospecharían que por la cabeza de su jefe solo pasaba en ese momento que su ansiada fortuna se deshacía en sus propias manos y que tener a tanta gente empleada solo le ocasionaría problemas. Se convertiría pronto en un miserable.

Cuando llegaron sus subordinados, asombrados por la noticia, el jefe los miró con desprecio. Se había estado pellizcando la piel de los brazos para despertar de la pesadilla. Cambiaba por un tiempo a los puros por los pellizcos, por el deseo de que todo fuera completamente ilusorio, sin importarle nada si aquél era actor o si el otro era un genio, ni mucho menos si él mismo fue en algún momento un filántropo.

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Espero que les haya gustado. Gracias por leer.
Recuerdo vagamente este día. Hace un año, yo recibí la noticia un tanto sorprendido, en especial cuando mencionaron la parte en la cual intentó esconderse por las alcantarillas luego de ser herido. Hace un año, Muamar Gadafi fue capturado y asesinado por "rebeldes". Hoy, la ficción trata sobre sus últimos instantes. Así que disfruten la lectura.


Asesinato de un ideal retorcido


¿Es realmente cierto que todos los humanos valemos lo mismo? Si es así, las muertes de algunos llamados “héroes” o “villanos” no  hubiesen afectado el curso de la historia. Pero no es así... Algunos humanos  cargan entre sus hombros los ideales de muchos otros, convirtiéndolo en alguien muy valioso. Es por eso que se han planeado asesinatos y secuestros a personajes específicos. Su muerte debilita a sus seguidores, les arrebata las esperanzas, la energía.


Huyendo de sus perseguidores, los cuales les pisaban los talones, Gadafi sintió por algunos instantes el miedo  a  la muerte. Tan sólo duró algunos instantes, ya que su propia existencia, su lucha, desafiaba a las grandes esferas del poder del mundo. Esta idea era la única que le permitía aferrarse a la vida y a la vez, liberarse del temor a la muerte. 


Gadafi y sus hombres decidieron escapar hacia el lugar idóneo para resistir. El lugar en donde nació. El lugar que protegería los ideales que él representaba. Sirte. El líder esbozó una leve sonrisa mientras imaginaba las calles de Sirte. El olor que impregnaba. Su gente. Cerró los ojos y ya se sentía en ella.
La imaginación del hombre fue bruscamente interrumpida. El sonido de los disparos, esta vez tan cerca que pudo sentir algunos en su cuerpo, lo volvieron a la realidad. La bestia no la dejaría llegar a su última esperanza. La bestia arremetía con su gran poder. Mordiendo, arañando, destruyendo.

Gadafi conocía el poder de la bestia. Desafió indiscriminadamente a la bestia. Si no hubiera sido por la intervención de esta, los rebeldes poco o nada hubiesen hecho. Los rebeldes eran para Gadafi, un montón de idiotas que no comprendían su ideal. Para él, una piedra vale mucho más que todos esos necios juntos. La bestia era distinta. Su increíble poder era indiscutible. Su capacidad para arrasar todo lo que encontraba a su paso era una realidad. Y aún así lo hizo.

“Aún no me toca morir”, se dijo a si mismo, mientras escapaba con algunos de sus guardaespaldas.
La bestia lo había cercado, inclusive lo había herido. Pero eso no era suficiente. Su ideal le permitía soportar el dolor de las heridas por el tiempo que fuese necesario. Ideal que también lo preparaba para tomar las decisiones más peligrosas, soportar los olores más nauseabundos, la oscuridad más perturbadora.

Y lentamente el mundo se desvaneció frente a sus ojos.



Al volverlos a abrir, su libertad le había sido privada. Esos idiotas que no comprendían la verdadera razón, los que prefirieron ser devorados lentamente por la bestia, ellos lo habían capturado. Si el representaba los ideales de muchos, entonces las probabilidades de ser asesinado eran bastante altas. Aferrándose desesperadamente a la vida, suplicó que no se le dañase. De nada sirvió

¡Y aquí estoy! Eh, esperen, creo que no me esperaban. Da igual. Hoy es el día en el que murió Edgar Allan Poe, conocido por ser el "Padre" de los relatos policíacos y macabros. Un gran exponente creador de relatos y poemas que brilló por su oscuridad.


La ilusión del perverso


Siempre solía levantarme a las diez de la mañana con trece minutos. Era parte de mis rutinas programadas. Parte de ello formaba fingir el sueño por tres horas, hasta que el reloj despertador sonara exactamente tres veces. Solo entonces proseguía con mi vida. Era mi hábito más persistente, formaba parte de algo inequívoco en mí, algo ineluctable que resurgía casi con una furia férrea.
No había otro modo de que pudiera vivir los agotamientos de la vida, no había otra forma que complaciera mi sed de ficción, mis ansias de vivir otra vida. Y puede que sea producto de mi puerilidad, puede que simplemente fuera parte de un mecanismo formado por Él. No podía hacer nada para evitarlo, aunque el cinismo de mi vida fuera un abotarramiento de inconsciencia. Mi vida era una sed permanente que solo se saciaba con los desvaríos más insanos.

En mi vida he sufrido mucho, cuando apenas era consciente, cuando un lustro de mi vida paseaba jovial por mi vida llenándome de ilusiones y amor, mi querido perro, fiel compañero desde mi nacimiento, murió atropellado en frente de mí. Creí escuchar una risa mientras el camión se alejaba. Mi perro temblaba pobre y agonizante. Oí el graznido de un cuervo y tal vez empezó a llover en ese momento en el que sus ojos iban perdiendo la vida, en los que sus sentidos se perdían y su alma se esfumaba. Pero tardaba demasiado. En un acto de pura inocencia quise terminar su sufrimiento, busqué en mis alrededores algo con que acabarlo. Pronto conseguí algo con que terminar su vida, ahora hecha un llanto, un quejido permanente. ¿Qué pudo decir de su patética muerte? Si mi propia desgracia se veía seguramente en mi cara distorsionada por el sufrimiento, si las lágrimas saladas y la mucosidad volvía mi cara un circo para aquel desgraciado que creó a este monstruo. En sus momentos finales el cuervo rió, cuando golpee con fuerza la cabeza de mi perro. El cuervo estaba ahí, vigilante de mi conversión, cómplice de mi heroico acto, pronto a dictarme mis pasos hacia la maldad.


Mis próximos diez años de vida serían un simple monólogo de la muerte. Mataba a cuanto animal divisaba, con el cuervo acompañándome, alabando con su solemne graznido, con su inmutable postura, con su sempiterna levita negra. No puedo decir más que él me juzgaba, luego de incitarme, de decirme que lo debía hacer, que debía hacerle el tributo a mi gran perro con la muerte de estos animales, me juzgaba cruelmente, me tiraba a los abismos de la miseria. No eran mis pensamientos propios de los de un joven, no eran los métodos que usaba propios de un inocente que había tenido el sino de encontrarse con Él... ¿pero qué podía hacer? Privado de la felicidad, condenado a convivir con la muerte.

Nada, él me lo había dicho, nada. Nunca más podría hacer algo más que matar. Claramente me dijo que la muerte en su expresión más profunda no era nada más la exposición de esta. Su forma más básica solo se llevaba acabo cuando esta se realizaba. La muerte tenía un significado más allá del mundano, más allá de la perdida del alma, del hundimiento de la consciencia en la nada. La muerte era también el sufrimiento en vida. La humillación. El desespero, la agonía... La muerte solo era una sinfonía completa cuando todas sus fases se cumplían, decía el cuervo con sus graznidos, con sus aleteos, con su postura. Era algo inefable.

Los próximos años de mi vida me limitaría a leer las más horribles obras, a aprender de los anteriores maestros de la destrucción. La tiranía de nerón, las cruzadas, las cacerías brujas, el bombardeo atómico, el holocausto judío, Chernobyl, etc. Todas ellas me enseñaron lo hermoso de la crueldad humana. La inherente tendencia que nos guía hacia la perversidad. La muerte no es el morir, pero aquellos genocidios eran su manifestación más grande. Eran desesperación, eran sufrimiento, humillación, agonía. La sinfonía recitada por aquellos maestros.

Eso ya es pasado quemado y deshecho por el tiempo. Y ahora, cuando mi corazón tiembla al saber lo que he hecho, el frío simplemente empeora mi condición, torciendo mis huesos y hundiendo mi consciencia en un sopor insoportable. Ahora, que siendo más de las 10:13 de la mañana, sigo acostado, inmóvil y formando parte del horrible circo de payasos tétricos; que siento la lengua de la muerte relamerme y saborear mi inmundicia; saborearme como el malhechor que viola, que disfruta del placer del dominio y del libido; del asesino que, también esclavo del poder, sacia su sed de sangre, su inigualable frialdad cortando el blando cuello y disfrutando el sabor a óxido de la sangre.  Ahora sus dientes me atraviesan, incrementando el frío mortal y derramando mi perversidad. Y Él se ríe, porque dichoso y poseedor de la eternidad, sabe que ha ganado y yo, completamente inferior, le concedo la victoria a ese ser espectral, a ese ser horrible de incontables cuernos, cuellos y cuerpos.

Ahora, que mi corazón tiembla y se siente débil, me doy cuenta de mi fatal error al asesinarla a ella, proveedora de vida y humanidad. Ahora que la inmovilidad me petrifica y me siento como en un ataúd. ¿O estoy en uno? Siento mi vulnerabilidad, me siento poseso por toda clase de seres. Seres pequeños e imprudentes que destrozan mi piel, que me inyectan sus venenos y ceden su vida a Él.

Y el cuervo grazna, porque ríe. Y ríe, porque sabe que mi muerte esta cerca, sabe que mi muerte es una simple ilusión, un simple teatro que al fin se cumple. Sabe, y muy bien, que la tragedia que he estado viviendo finalmente comienza. Y que, nunca más, lo recalca bien en la ventana, con su sonrisa  a punto de ser totalmente humana y acabar conmigo, que nunca más podré ser humano. Porque estoy podrido y, ¡maldición!, si no lo estoy, soy una burla, un simple excremento siendo títere de este gran maestro que ha estado adiestrándome para solo reírse un poco más de esta tragedia.

 ¡Hoy les traemos algo muy especial! Y tal vez venga de una nave espacial. Aunque bien podría formar parte de marte, o venir de un agujero de gusano-asesino-come cerebros. Bien, no importa de dónde venga ni por qué. Es una ficción sobre un escritor infantil, Dr. Seuss, conocido por ser el creador de "Como el Grinch se robó la Navidad" y otras obras. Cabe destacar que esto es solo una ficción en memoria a su muerte.


El final de este mundo

 

Un calor dulce lo despertó.
— ¿Dónde estoy...? — dijo su pequeña voz, estaba un poco ronco, pero debía ser por haber dormido a la intemperie. Un largo valle se extendía por todo lo que su vista alcanzaba. Había pequeños lagos a lo largo del valle. Corrió sintiendo la fresca brisa, sintiendo sus piernas ligeras, su cuerpo era como si no existiera, como si flotara en este mundo colorido y esponjoso. Tropezó con una raíz que se partió en su pie, era una raíz blanquiroja, al igual que el árbol....
— ¡Es dulce! Woah... — Se soprendió arrancando pedazos del árbol blanquirojo. Parecía bastante sólido e imponente, ¡pero pensar que eran dulces! ¡Qué extraño era todo!
Sintió aquel calor dulce de nuevo pasar y pudo discernir el sabor, era miel. Y aquella pequeña ráfaga era una luciérnaga del tamaño de un pájaro. A la vez que volaba soltaba una estela color mostaza con sabor a miel. Vio como revoloteaba con tanta libertad y luego se juntaba con otras luciérnagas en un vuelo sincronizado que despedía un festival de colores. Estaba anonadado, no solo había luciérnagas de miel, también las había de vainilla y de fresa, y de cosas que ni siquiera sabía distinguir. Verlas todas juntas de esa forma era algo espectacular, con aquella luna que parecía sonreír tan llena de placidez.
Al llegar a uno de los pequeños lagos, descubrió en ellos unos peces rarísimos, capaces de salir del agua y volar. Se dio cuenta de que cada pequeño lago era de un color diferente, así, había uno de color marrón, ¡sabor a chocolate! Otro de miel y otro de mantecado. No se lo podía creer. ¿Cómo había llegado a este mundo tan irreal?
Vio entonces a un gato con sombrero caminar entre varios lagos, escogía cuidadosamente los peces y los asía, para luego darles un mordisco. El chico intentó hacerlo, pero se encontró muy poco hábil para ello. No demasiado convencido con la facilidad del gato, fue hacia él, pues quería probarlos también.
— ¡Oye!
— ¡Eh! ¡¿Qué haces aquí?!
— Ehm... ehm...

— ¡Ajá! ¡Eres un ladrón!
— ¡No! Solo... aparecí aquí...
— No, no, no, no... ¡Eres un ladrón y el Gato bien que lo sabe!
— ¡Que no!
— ¡Que sí! ¡El gato no te dará sus peces!
— ¡Pero quiero probarlos!
— Haberlo dicho antes, ten uno— dijo, pasando de su estado de exaltación con una facilidad incomprensible, y sonriéndole como si lo conociera de siempre.
— Gracias...— dijo el chico, y le dio una mordida al pez que le había dado—. Woah, sabe muy bien...
— ¡Eh! ¡Ladrón, me engañaste!— Le recriminó el gato.
— ¡No! Si tú me lo diste...
— ¿Verdad que saben bien?
— Ah, sí, de veras... ¡Oye!, ¿no me estabas culpando hace un segundo?
— ¿Yo? ¡Claro que no! Este gato es muy serio.
— Bueno..., pero sí lo hacías... — murmuró por bajo.
— ¿Quieres venir al pueblo de los Quién?
— ¿De quién es ese pueblo?
— ¡Hay muchos más árboles, y bayas y ovejas, y más y más dulces!— Le dijo mientras señalaba por una de las colinas—. Bueno... es obvio que el pueblo de los Quién es de los Quién, ¿de quién más podría ser?
— Claro...— El chico no entendía nada y poco podía hacer más que seguirlo, era de noche y no tenía a donde dormir, el gato se veía bueno. Era algo raro y muy excéntrico pero simpático.
Caminaron largo rato por camino sinuosos, agarrando y probando dulces. Había caramelos y chocolates en los árboles, había chicles en las flores y por cualquier lugar que veía todo era vivaz y colorido.
— ¿Cuándo llegaremos?— dijo el chico mientras se comía un chocolate.
— Pronto, pronto, ¡al pasar esta colina!
En un rato de caminata empezó a nevar, era una nieve bastante rica y refrescante, parecía ser que todo en aquel lugar era comestible. Colina abajo, tras un corto camino, se veía un pueblo que decía en grande en su entrada:
“Villa Quién”
En aquel lugar se cantaban villancicos aunque no fuera exactamente navidad, todos compartían y eran felices, en el medio de toda la fiesta había un sujeto verde y peludo con traje de Santa Claus. “¡Grinch, Grinch!” Gritaban todos cuando le hablaban con sonrisas y dulces en sus bocas, y, en sus manos, regalos y regalos que se intercambiaban entre ellos.
Un tren daba un recorrido por el pueblo sin necesidad de rieles, se elevaba con bastante facilidad y daba vueltas soprendentes. Por otro lado se veían niños que hacían hombres de nieve y se los comían entre todos. La felicidad prosperaba y todo era sonrisas.
— ¡Señor gato! ¿Es Villa Quién siempre así de feliz?
A pesar de que el Gato estaba por constestar, el Grinch, que estaba frente a ellos ahora, le contestó:
— ¡Claro que sí! Pero cuenta la leyenda que una vez un ser gruñón y egoísta se robó la navidad...
— ¡Eso es horrible!
— De verdad que sí. Pero este se dio cuenta de su error, vio que la navidad era un momento hermoso de compartir y felicidad, y así fue capaz de enmendar su error y recibir perdón.
— ¿Pero cómo lo pudieron perdonar? Robar la navidad, eso es horrible...
— Las personas de Villa Quién son bastante buenas y quieren lo mejor para todos— dijo con una sincera sonrisa el Grinch.
Tras esto, un gran temblor sacudió el pueblo. El tren volador perdió equilibrio y cayó. Los trineos cayeron y todos los hombres de nieve se deshicieron. La nieve de los árboles blanquirojos cayó, así como sus dulces. Las casas se derrumban y el tiempo se hacía turbio y algo tempestoso.
El pequeño niño vio como crecía en tamaño y como por encima de su boca y en su barbilla salían bigote y barba respectivamente. Sintió como los años pesaban y todo se volvía gris. Lo vio todo tras libros escritos y se vio a él mismo en cama, tosiendo y tosiendo.
Ya no estaba el Gato con sombrero, ni el Grinch, ni Villa Quién, ni ninguna de esas historias que alguna vez imaginó. Aunque le habría gustado que le acompañasen. Se veía bastante deprimente así, moribundo, viejo. Pero la imaginación lo era todo, y este último sueño le dibujaba una sonrisa en su cara.
— Los adultos no son más que niños obsoletos. No hay nada mejor que la imaginación— pensó, con la sonrisa plácida de un viejo que había dado su último respiro en un mundo irreal y colorido. Un mundo de fantasía que hizo más ameno el mundo real.
Hoy se conmemora la muerte de las últimas personas acusadas de brujería en Salem. Hay que aclarar también que las sentencias fueron dictadas únicamente por las acusaciones de un grupo de supuestas poseídas. Esta ficción tratará del punto de vista de alguien ajeno a todo, inclusive ajeno a la histeria que poseyó al pueblo de Salem.


Hechizo de Bruja



-Mamá, por qué la señora Corey ha sido acusada de…
- ¡Porque es una bruja! ¡Mírala bien, es una bruja!

Una  pequeña e inocente niña miraba confundida a su madre. A sus cortos 5 años no conocía mucho sobre la vida. En su pequeño mundo, en el cual sólo existían las personas de su pueblo, destacaba la señora Martha Corey. El cariño  que había desarrollado hacia ella, era superado  únicamente por el de su madre. Y verla en una situación que no comprendía, le causaba tristeza.



-Mamá – la  menor volvió a hablar – . La señora Corey va a estar bien. ¿Verdad?
- ¡Bruja! ¡Bruja! – gritó su madre, con mirada severa y rostro desfigurado por la ira.

Durante sus cortos años de vida, escuchó que las brujas eran mujeres malvadas y malditas, que debían ser castigadas en el nombre de Dios. Dadas las descripciones, ella nunca imaginó que pudiesen ser personas tan normales. Y eso no le importaba.

-Mamá, las brujas son malas y la señora Corey no…
La niña no logró completar su reclamo, ya que su madre la silenció de un bofetón. Ella simplemente agachó la cabeza y comenzó a llorar.
-La señora Corey no es mala. La señora Corey  no es una bruja –continuó diciendo en su mente.

Su corta vida cambió radicalmente al escuchar a las multitudes airadas tildar de brujería a sus vecinos. La gente había cambiado. Sus rostros no sonreían. Eran distintos. ¿Acaso el cambio repentino de actitud era culpa de las brujas? ¿Acaso esas malvadas mujeres podían cambiar a todo un pueblo y llevarlo a la histeria? Ella no lo sabía.
Las brujas eran llevadas a un lugar en el cual se le había prohibido entrar, ni siquiera podía pensar en acercarse.  Cada vez que sus padres llegaban de casa después de ir allá, denotaban una actitud distinta a la usual. Tenía mucho miedo de ambos. “Las brujas le han hecho a mis padres algo”, pensaba. “Espero que las brujas se vayan”. “Espero que todo vuelva a ser como antes”.

A las brujas les esperaba su castigo. Luego de ser acusadas,  eran castigadas. Muerte. A ella eso le asustaba mucho más que las brujas. Y era comprensible, ya que ella crió por algunos meses a un polluelo, el cual murió en sus manos. Inmóvil, frío, silencioso. “¿Por qué existe la muerte?”, “No es justo”, gritaba al cielo mientras enterraba al ave fallecida.

La idea de ver a la señora Corey en el mismo estado, le causaba dolor y miedo. “No quiero que muera la señora Corey”, “Ella no es mala”, “Ella no es una bruja”.



Era inevitable. Nada podría hace ella. Martha Corey ya había sido sentenciada a morir en la horca. “De seguro que las brujas hicieron eso”, se convencía a sí misma. “Ella no es mala. Esas brujas de seguro usaron un hechizo y engañaron a todo el pueblo para que crean que ella si lo es. Y así deshacerse de una buena persona y salirse con la suya”.

-Esas brujas, las odio. Las odio de verdad.

Ya no podía llorar más. Su tristeza se tornó en ira. Se quedó inmóvil, mirando la puerta cerrada de su casa.

5 de setiembre de 1972. Munich. Durante los Juegos Olímpicos, el grupo palestino Septiembre Negro toma por rehenes a 11 atletas israelíes en un edificio de la Villa Olímpica, demandando la liberación de 200 presos políticos palestinos en cárceles de Israel y Alemania. Las negociaciones se realizan vía Issa (Luttif Aif), líder del grupo. Todo intento de rescate fracasa, provocando la muerte, tanto de los rehenes como de los terroristas. La ficción de hoy está centrada en el primer intento de rescate, pero desde el interior del departamento 31, que era el lugar en donde se encontraban.


.+.+.+.+.+.+. Habitación.+.+.+.+.+.+.


"La paz de los que han sido llamados los Olímpicos Serenos se rompió hoy justo antes del amanecer, alrededor de las 5 de la mañana, cuando terroristas árabes armados con metralletas y rostros ennegrecidos, saltaron la valla, se dirigieron al pabellón del equipo israelí e inmediatamente mataron a un hombre. Ellos tienen 14 rehenes desde entonces y el último reporte es que uno más ha sido asesinado" -  Cobertura de los Juegos Olímpicos. ABC. 5 de Septiembre de 1972.


La habitación olía a sudor y sangre. Era de esperarse, después de todo, eran más de diez personas en un solo lugar. Ocho a la expectativa, mirando a cada momento el televisor, escuchando cada palabra que se decía sobre lo “trágico” que resultaba un evento de esa naturaleza, atentos a la transmisión, no sabían cómo —y tal vez ni les importaba—, del exterior del edificio en el que se encontraban. Por momentos alguno explotaba en ira, pero Issa, el líder, era quien debía negociar el rescate. Su sombrero blanco era ya reconocido por todos en el mundo a escasas horas de iniciada la operación. Debían considerar que estaban teniendo éxito, al menos por ahora. Alzaban sus voces y eran escuchados. Bien, pues, era un momento decisivo, debían lograr también que aceptaran sus demandas.
Ocho a la expectativa, sudaban por el miedo a fracasar repentinamente, se levantaban, daban vueltas, corrían un poco la cortina para mirar afuera sin ser vistos, agarraban sus armas con fuerza y se estresaban cuando el sudor se los impedía. Se estresaban cuando chocaban torpemente con el cadáver a menos de dos metros de donde se juntaban a ver la televisión, o cuando se daban cuenta del molesto silencio que guardaban sus rehenes, quienes también sudaban, temerosos por sus vidas, pero que no podían evitar, de vez en cuando, mirarlos profundamente a los ojos, recordándoles que, antes que israelíes, eran seres humanos. Soportaban, al mismo tiempo que el miedo, o tal vez a causa de éste, la pena por la muerte de dos compañeros suyos. Romano era el cadáver tirado más allá, bañado en sangre. El entrenador Weinberg había corrido la misma suerte.


Los Juegos Olímpicos habían sido suspendidos. Nadie movería un dedo hasta recuperar a los atletas. En televisión, vieron cómo un grupo se acercaba al edificio para ejecutar un plan de rescate. Tenían posiciones estratégicas y cada uno portaba también un arma. Los rodearían y podrían salvarlos a todos. Esa era la expectativa, nunca se permitirían negociar 9 vidas con la libertad de más de 200 presos palestinos. La hazaña podría haber iluminado los rostros de los rehenes, pero los hizo temer aún más. Tanto ellos como sus captores podían ver lo que sucedía allá afuera, era absurdo que pudieran tener éxito. Era absurdo que tuvieran tanto cuidado con ser vistos, cuando una cámara transmitía sus acciones directamente al enemigo.
Todos supieron de qué se trataba, supieron que postergar la muerte de los rehenes había sido en vano, que los habían engañado al decirles que Israel accedía a su pedido. Habían esperado demasiado de una nación a la que despreciaban. Issa debería levantarse una vez más, salir de la habitación sin tropezar con el cadáver de Romano y mostrar su sombrero blanco al mundo, decir que lo habían visto todo, y que ya no querían más negociaciones. Debían irse pronto.

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Después de esto, piden un avión para volar a Egipto con los rehenes. Se planea un nuevo rescate en un aeropuerto, pero todos resultan muertos. Al día siguiente, los Juegos se reanudan. Si no lo incluí es porque quería centrar el relato solo en el momento en que deciden irse. Si les interesa el tema, pueden ver "Munich", de Steven Spielberg, sobre las consecuencias de este evento (Operación encubierta Ira de Dios). Y los documentales "One day on September" de Kevin MacDonald, y "Segundos Catastróficos: Crisis de los rehenes de Munich" de la NatGeo. También hay un documental por History Channel, estrenado hace poco, con los sobrevivientes, pero no lo vi completo. 
Es todo. Gracias por leer, y disculpen la demora.