Sí, cómo no, ¡festival Liàre! ¡Llévese tres relatos del ilustre escritor por cincuentamil dólares!
Bien, esto es una ficción sobre los hechos ocurridos en la masacre de columbine, no seguí textualmente el artículo de wikipedia, muy bueno, por cierto, (revisé el de inglés) porque me daba fastidio... 
Y quería hacerlo un poco a mí manera, no quería forzar los hechos, después de todo...
ES UNA FICCIÓN. Pude haber hecho un relato sobre un Gato en el Planeta Gato inspirado en esto, pero no se me ocurrió.

 Masacre de Columbine

Eric Harris miró su pistola bajo su escritorio, una sonrisa se abrió de oreja a oreja. Tenía poder. Era más poderoso que cualquiera en su instituto. Todos, todos los que habían osado meterse con él, gusanos inferiores, caerían bajo las balas de su arma. Sería famoso. ¿Qué más podía desear en este mundo?
Entonces, mientras se maravillaba con la escena en su cabeza, recordó sus caras y no hubo más que rabia, rabia que nacía desde lo más profundo de su corazón. ¿Qué se creían ellos? Molestándolo a él, no eran más que imbéciles. Estúpidos que no sabrían qué hacer con sus vidas sin alguien inteligente que les orientara. La vida no es justa, no es para nada justa, pensaba. ¿Por qué las chicas prefieren a esos monos, que lo único que hacen es ejercitarse, sobre él? Eran putas, tan putas como estúpidos eran los chimpancés esos. Es más, llamarlos chimpancés ya era un insulto para los chimpancés.
Lo llenaba tanto de rabia…
Se puso a escribir su diario, la rabia fluía por su lápiz podía decir lo que pensaba sin represalias… ¿Qué pensaría la gente a la que engañaba a diario si se enteraban de lo que pensaba realmente de ellos? Sin lugar a dudas se sentirían ofendidos.
Dylan en ese momento estaba viendo una película de ciencia ficción, eso siempre le relajaba. Ya que Eric le había dicho que estaría ocupado había hecho un maratón de películas independientes. Algunas no eran tan buenas, pero valían la pena. Lo que Dylan no sabía es que Harris estaba buscando material para su gran golpe, planeaba poner bombas en la cafetería a la hora con más tráfico.
Dylan no era muy diferente que Harris, si había una distinción principal es que el primero carecía de carácter, era débil. Su amigo, en cambio, tenía una personalidad más fuerte, era decidido, sin quererlo había marcado para siempre a Dylan, que tenía constantes pensamientos sobre el suicidio… ¿De qué vale vivir una vida de sufrimiento? ¿Dónde nadie reconoce tus méritos? Ni sus padres, ni sus amigos, nadie. Todos se burlaban de ellos.
Dylan dio un pequeño golpe en el sofá, se regocijó al tener en su mente el día de la matanza.
Se la pasarían de bomba.

Dylan se sintió excitado el día marcado en su calendario como el 20 de abril. Sintió un gran alivio al saber que el día finalmente había llegado. Las armas las tenía Harris, habían practicado con unos amigos hace unos días. No fallarían ni un tiro… el dolor en las muñecas sería una cosa secundaria. Todos sufrirían, morirían, rellenarían sus pútridos cuerpos de balas y escupirían, se reirían y burlarían de ellos, de sus expresiones cobardes, de todo.
Por otro lado, Eric sentía que el día del pago por fin sería cumplido. Lo veía más como un trabajo, como un deber que debía realizar, debía limpiar el mundo. Si él no lo hacía, nadie más lo haría, tenía encarnada la idea un tanto ilusa de que hacía un favor al mundo. Lo tenía todo planeado, tenía incluso un pequeño mapa de la zona donde colocarían las bombas, el momento en el que las colocarían. Sería Dylan el que las pondría, por supuesto. Él no tenía porque ensuciar sus manos tan pronto.
Se encontraron en las afueras del instituto. Los dos sonrieron pícaramente.
— ¿Listo para el gran día? ¿¡Para verlos caer como en los juegos!? — El entusiasmo de Dylan era evidente, su gabardina negra cubriendo su cuerpo. Se sentía un héroe de una película.
— Bien dicho, hombre, caerán como mosquitos. — Chocaron sus manos en señal de su amistad… y el ambiente se tornó un poco serio, como si el ineludible destino les recordará que tenían que hacer algo—: Colocaremos las bombas minutos antes de la hora de mayor tráfico… Luego, simplemente esperaremos, miraremos desde lejos…  cada uno en su coche y ¡boom! La señal será la explosión…
— Todos intentarán escapar por la puerta principal, y ¡ahí será donde caerán!
— Exacto… exacto.
— Las armas están en la parte de atrás del carro, acompáñame.
Los dos, caminando con sus largas gabardinas negras, se veían como grandes idiotas, era otra razón para molestarlos. Para ellos dos era diferente, las gabardinas que los cubrían los hacían sentir como dignos de cometer una venganza. Les daban el componente psicológico que les “permitía” ser los héroes de la película que filmaban en sus mentes. No sería muy diferente a matar aliens o zombis, era exactamente lo mismo. Ellos sufrirían por lo que habían hecho sufrir a los débiles. Serían víctimas de quienes eran los más fuertes ahora.
“Quien ríe de último ríe mejor” Pensó Eric en el camino.
Sacaron las armas del carro, Harris usaría una carabina 9mm, Dylan una TEC-9, ambas armas mortales. Las escondieron bajo sus gabardinas, no sin antes revisar si estaban aseguradas.
Pronto todo pagarían. El sol de la mañana se sentía repentinamente encantador, era una mañana encantadora para salpicar un poco de sangre por las paredes.
—Espabílate, recuerda que colocaremos las bombas, las meteremos en la papelera, recuerda. — Las sacó de la maletera, y luego señaló — Están ambas en bolsos de gimnasio, bombas de propano.
Colocaron las bombas minutos antes de que todo se llenara, se sentían como pequeños niños haciendo una jugarreta. Una pequeña gran jugarreta.  Ambos tuvieron la suerte de que la cinta de seguridad fuera cambiada justamente en el momento en que entraron. Los dioses sonreían a su favor.
Cada uno se dirigió por separado a sus carros, verían todo en primera fila.
Los minutos pasaron, las ansias crecían. La maldita bomba no explotaba. No explotaba…
Listo. No había explotado. Las bombas no habían explotado. Eric se sintió impotente, el sentimiento subió desde el estómago y se esparció por su pecho. No había logrado armar una simple bomba de propano, bien, morirían a manos de sus armas… Simple.

Eric se bajó de su carro decidido, se dirigía por la entrada oeste. Dylan, al verlo, se apresuró en alcanzarlo. La matanza comenzaría pronto, su amigo quiso preguntarle qué había sucedido con las bombas, pero conocía esa mirada de Eric, y Eric no era alguien muy amigable cuando estaba molesto… Para nada.
— ¡Vamos, vamos! — Gritó Harris.
Sacaron sus armas, tremendas armas, nadie hubiera creído que eran reales… ¿Esos capullos? Para nada.
El sonido de la carabina semi-automática retumbó el lugar, cuatro disparos. Un muerto, Dylan también disparó, bajo el fuerte sonido, la simple presión ejercida por su índice parecía magia. ¿Tan frágiles eran los humanos?
Dylan rió como desquiciado. Se sintió lleno de un sentimiento insano que le hacía sonreír, era hacer lo prohibido y que nadie te pudiera detener. Era como la venganza, era como sentir un dulce en tu boca. La dulce venganza.
Dylan levantó su arma una vez vio gravemente herido a todos, como sorprendido por lo que había hecho, como lleno de arrepentimiento, cualquiera hubiera creído que se sentía realmente triste. Nah, en realidad, todos estaban aterrorizados, si no fue la detonación de la bomba de propano la que los había alarmado, era algo, presumiblemente, mucho peor. Dos muertos, dos desquiciados con dos armas, un gran número de disparos. Dylan vio a todos los estudiantes saltando, corriendo. Eran insectos, de verdad que eran insectos, hasta ahora no se lo había creído. Lo veía todo claro. Eran superiores.
Eric estaba más serio, le llenaba de júbilo matarlos pero tenía una lista de objetivos, no podía caer ante el entusiasmo. 

— Mira como huyen, ¡oigan, gusanos! ¿Por qué no se acercan a nosotros  y pelean? ¡Ya no son tan valientes! ¡Ya no!
Una ráfaga de disparos salió de su arma automática. Era magia, verdaderamente era magia. Una pequeña presión en su dedo y… ¡los tambores de la muerte resonaban! El doble pedal de la muerte. Exquisito.
Una vez la diversión huyó de la cafetería, caminaron por los pasillos tranquilamente. Una profesora se acercó a ellos, a sus espaldas, vio que llevaban armas, les intentó preguntar algo pero…
El disparó en su hombro la sacó de sí, cayó al suelo, estuvo por un minuto en shock. Luego se encerraría en la sala de computación con algunos alumnos, llamando al 911.
El ayudante del sheriff se acercó tan rápido como pudo cuando vio el rebullicio que se estaba formando. Eran Eric y Dylan, apuntando a un estudiante ya herido, dio varios disparos para distraerlos. El estudiante corrió despavorido.
La mala suerte tiró los dados, las balas del ayudante de sheriff se acabaron.
— ¡Código 33! ¡Código 33! — Necesitaba refuerzos, también necesitaba salir como un cohete.
Para cuando se dio cuenta, los perpetradores ya no estaban allí, se sintió aliviado.
Pasaron por la cafetería de nuevo, tiraron bombas molotov. Dylan seguía riendo como imbécil, Eric buscaba a los que formaban parte de los equipos de deportes… Entró en la cocina de la cafetería, otra molotov más.
— ¿Dónde están hijos de puta? ¡Salgan de una vez!
Eric estaba lleno de cólera.
Los pasillos estaban vacíos, todo se veía desierto, oías murmullos. Jugaban a policías y ladrones, jugaban al escondite y eso excitaba un poco el ánimo.
Las ráfagas de disparos, las sorpresivas bombas molotov. Un hermoso espectáculo, eso, seguramente, le enseñaría al mundo lo superiores que eran, pero… las bombas de propano no habían explotado. Un pequeño error que seguía molestando la conciencia del irascible Eric.
Entraron en la biblioteca. Estudiantes, presas.
Ráfagas de disparos, insultos, gritos. Muerte…
Eric salió disparado de la biblioteca, siguió caminando por los pasillos, Dylan estaba excitado hacía constantes bromas sobre lo que sucedía, sobre lo deprimentes que eran.
— ¡¿Están escondidos en el baño, maricas?! — Gritó Harris—, no importa lo que hagan, de igual forma morirán, cobardes.
Pero pasaron de largo, el tiempo pasaba, cada vez era más difícil conseguir victimas.
Una insondable determinación había rodeado a ambos, como si el remordimiento hubiera tomado parte de ellos, como si la lógica les dijera que ya no había vuelta atrás. Estaban rodeados, ya había ocurrido un pequeño intercambio de disparos con un oficial.
Estaban atrapados, la lección estaba tomada. Eso pensó Harris.
Fueron a la biblioteca de nuevo, y, tal como todo estaba orquestado, Eric gritó:
— Uno, dos… ¡Tres!
Dos detonaciones, la carabina le voló la cabeza a Eric… La Tec-9 la sien a Dylan. Todo estaba hecho, el mensaje estaba dicho. La venganza cumplida, el terror seguía latente.



Hoy se cumplen 100 años desde que el gran RMS Titanic se golpeara con un iceberg, se partiera en dos y se hundiera. Actualmente el nombre recuerda a la tan conocida película, pero no es la única historia hecha sobre la tragedia. Ese barco era tantas cosas y tanta gente, tantas historias confluyen un solo lugar. Por eso es que fue una de las fechas escogidas para realizar una ficción. En fin, aquí les va...


.+.+.+.+.+.+. Hermanos por el Titanic.+.+.+.+.+.+.

Billy tiró la puerta al ingresar, llamando la atención de todos en el bar. Se le notaba cansado, como si acabara de salir de una persecución.
Déjenme jugar, necesito ese boleto —dijo. Al medio del bar, unos 7 hombres jugaban a las cartas.
¿Qué es lo que quieres? —dijo el más viejo— Calla, no digas nada, se nota que odias este lugar. Tú, tan muchacho —rió. Los demás hombres lo siguieron—, ¿tienes las agallas? Ni siquiera estás en edad, te atraparían.
Sí, muchacho —intervino otro más joven—, mejor regrésate a tu casa y… —el viejo lo cortó.
Cierra la boca. ¿Qué tienes?
Billy se acercó a la mesa y depositó un reloj de bolsillo de oro.
Ah… Eso está bien. Puedes jugar.
Un minuto —intervino nuevamente el hombre joven—, ¿va a dejar jugar a este chiquillo? ¡Qué desperdicio!
Si no quieres jugar, puedes irte. No se me ocurre que alguien más quiera apostar un boleto para ese barco.
Tch… —el hombre calló, pero pronto se vio caer en el ridículo— No hay manera de que ganes, muchacho, me llevaré ese boleto junto con tu reloj —dijo amenazante, como para salvar su orgullo.
El juego fue arduo. Billy lo conocía, pero nunca se había atrevido a apostar de verdad. Esta vez era distinto, no solo por la apuesta, sino porque estaba en juego su libertad. Pronto, muy pronto, su padrastro se daría cuenta de su pérdida, su amado reloj suizo de oro. “¡Chiquillo bastardo!”, y recibiría una buena zurra. Tenía miedo, pero no había otra forma.

Todos esos tipos eran buenos jugadores. Lo miraban como si fuera su presa, prontos a sacarlo del juego y hacerse con el boleto. Pero la suerte estuvo de su lado. Salió uno, y luego otros dos, y uno más…
Haz tenido suerte, pero no por mucho —era nuevamente el hombre joven y odioso. La situación se puso difícil. Uno último se fue, no quería perder más. “Eres un chico con suerte”, le dijo antes de abandonar. Solo quedaban 3: Billy, el viejo y el joven odioso.
Creo que me retiro —El anciano hablaba en serio. No porque no tuviera posibilidades de ganar, pues sí las tenía, según sus predicciones. Sino por Billy. Al dejarlo solo en el juego con el otro las cosas se le harían más sencillas. Solo debía derribarlo con las cartas que el anciano sabía en las manos de Billy. Lo único que lo intrigaba era si el chico sabía lo que tenía.
Dejó pasar un par de minutos y luego, al ver el rostro de condenación del muchacho, lo empujó hacia adelante, provocando que mostrara sus cartas. ¡Voilá! Flor imperial.
Parece que alguien ha ganado… —rió.
¿Imperial…? Tiene que ser una broma, chiquillo. ¡Has hecho trampa! Calla, maldito viejo, tú lo has ayudado, yo lo sé. Se van a arrepentir… —entonces se fue.
Billy no tenía idea de lo que acababa de suceder. Ni siquiera sabía lo que era un Imperial. El viejo se lo explicó y le entregó el boleto. “Es tuyo, ahora vete, rápido”. También le dijo que tenía un par más, que los jugaría más tarde. “Estas cosas son siempre divertidas de ver”.
Ya tenía el boleto. El problema ahora era entrar. No podía si no estaba con alguien más, los niños no viajan solos. Revisó el boleto: “Tercera clase”. Le daba igual, lo único que quería era irse. Su padrastro lo buscaría pronto.
El plan era el siguiente: encontrar a una familia de apariencia concordante a la tercera clase y confundirse entre ellos. Al primer intento “¿Es su hijo, señora?”, “No. Anda con tu madre, niño”. Al segundo intento fue rechazado una vez más. Los guardias lo reconocieron fácilmente “¿dónde están tus padres?”, “adentro…”, “pues tendrán que salir a buscarte. ¿Cómo se llaman?”. Estaba en problemas. “¡Hey!, John, te estaba buscando. ¿Entramos?”, un desconocido lo tomó del brazo. “Es mi hermano, discúlpelo. Nuestros padres están adentro”. Los guardias les permitieron el paso.
Ya en el interior, el desconocido no lo soltó hasta que llegaron a la borda. “¿Qué haces por acá solo?”. Billy no contestó. “¿Cuál es tu nombre? ¿No le dirás nada a quien te acaba de salvar la vida?”, echó a reír.
William… Grace.
¿William? ¡Bah! “Billy” está bien. ¿Te dicen Billy, verdad? —Billy asintió—. Yo soy Thomas Rand… No, “Tom” está bien. Parece que no quieres hablar conmigo. Eres libre, muchacho, ve por ahí. Si necesitas ayuda, estaré por acá.
Le parecía extraño que un desconocido le hablara con tanta confianza. Pero no parecía ser malo. Aún así, Billy necesitaba correr solo por ahí, conocer el lugar que sería su universo por varios días hasta su llegada a Nueva York, donde lo esperaba una nueva vida, lejos de su padrastro. El barco en el que se encontraba era uno de los más grandes hasta el momento, Billy se sentía emocionado al imaginarse parte de un hecho importante en la historia actual. Quedó fascinado con su enormismo. Desde fuera era gigante, pero no le había prestado mucha atención debido a su “caza de familias”.
El barco partió y Billy regresó a la cubierta, buscando a Tom como si no quisiera hacerlo, pero esperanzado de encontrarlo para tener al menos a alguien con quien aburrirse. Fue extraño que lo encontrara carcajeándose con un par de hombres, que le invitaron de inmediato una cerveza. Billy pasó cerca de ellos y fue llamado por Tom.
¡Hey!, hermano, ven acá —Billy se acercó—. Él es mi hermano —dijo mientras le daba golpecitos en la espalda—, su nombre es Billy. Billy, ellos son el señor Martins y el señor Roberto. Sí, a Martins no le gusta su nombre, por eso se presenta con su apellido —Roberto rió burlonamente—, te lo diré —se agachó y le susurró algo al oído. A Billy se le dibujó una sonrisa.
¡Ah! —gritó Roberto, de voz gruesa y rasposa— Hasta al chico le pareces un payaso. Oye, Billy, ya que estás acá, ¿no querrás un trago? —todos rieron, menos Billy.
No, odio la cerveza —dicho esto, salió del grupo y se apartó, sentado en algún rincón.
Su padrastro era alcohólico, por eso detestaba la cerveza. No podía imaginarse que Tom gustara de algo tan desagradable. Ahora todo le parecía una tontería. No debió haberlo buscado. ¿Cómo estaría en ese momento? Seguro arrancándose los cabellos por la frustración. Fastidiado hasta el tuétano por haber perdido su reloj. Billy revisó en su chaqueta, ahí estaba. El reloj que le había salvado la vida.
Pronto se le acercaría Tom para disculparse. Billy tardaría solo un par de días en comprender que tener amigos en la borda era conveniente. Bien podían invitarte un trago, o bien comida si es que no tenías nada. Solo te pedían que los escucharas y te rieras un rato con ellos. Empezó a parecerle divertido. Hasta olvidó a su padrastro..
Una noche, mientras cenaba con sus amigos, se escuchó un sonido extraño. Solo Billy y el señor Martins lo reconocieron, especialmente Billy. Todos estaban entretenidos bailando. Celebraban que estaban ya bastante cerca de su destino. Billy disfrutaba el espectáculo, pero no pudo evitar sentir aquel sonido.
¿Qué fue eso?
¿Qué cosa?
Algo sonó… como si hubiéramos chocado.
No es nada, Billy, despreocúpate y baila, vamos. Este barco es el Titanic, un golpe no le hará nada —Tom sonaba demasiado confiado. Así lo sintió Billy, como si su palabra hubiera terminado por convertirse en algo distinto… tal vez por la cerveza, tal vez por el ambiente, tal vez porque Billy era en sí un niño muy desconfiado.
¿Cuántos años tienes, Billy? —Roberto se acercaba para escucharlo decir “trece”— ¡Oh!, trece años menos. Vaya tiempo que te va a tomar vivir. Nosotros ya estamos viejos, cualquier momento caemos y adiós señor Martins —soltó una carcajada, lo tomó de ambas manos y lo hizo bailar.
Billy comenzaba a sentir sueño, y se lo dijo a Tom. “Ve a tomar algo de aire, voy contigo. Esto de los hermanos debe funcionar hasta el final”. Y salieron de la sala común hacia afuera. En el camino, Billy reconoció en Tom la voz un poco distorsionada. Era consecuencia del trago. Adentro no lo notó mucho por la bulla, pero ahora sí. Entonces recordó una vez más a su padre, metió la mano en el bolsillo y sacó el reloj. “¿Qué haces?”, “Veo la hora, ya son casi las 12”, “Vaya reloj, ¡caray!, déjame verlo…”. Pero no pudo. Inmediamente apareció un oficial de la tripulación bastante alarmado.

Vayan afuera, pónganse los salvavidas —y continuó su camino hacia el salón de primera clase. Billy y Tom lo siguieron y escucharon muy pronto una serie de murmullos. El hombre decía “Es una emergencia, necesitamos su cooperación…”.
Regresaron entonces a la fiesta a alarmarlos a todos. Detrás de ellos vino otro oficial con la noticia. “Nos dejan a nosotros para el final”, dijo Tom entre dientes. “Vámonos, no tenemos nada que hacer aquí, debemos buscar un bote, rápido”.
Buscar un bote. Billy se encontraba en medio de una desgracia, sentía que el mundo estaba a punto de terminarse y aún así parecía preferir morir congelado que ser apaleado por su padrastro. En cierto modo, le parecía un final más feliz. Sin embargo, sentía al mismo tiempo una enajenación terrible, como si lo que sucedía en ese momento fuera parte de una película; se dejaba arrastrar por Tom, él seguro sabría a dónde ir.
Pronto pasaría entre una multitud, entre gritos y conmoción. Siempre de la mano de Tom. “Mujeres y niños”, decía uno de los oficiales encargados de los botes. Fue entonces empujado por Billy muy bruscamente y acogido por una mujer. “¿Estás con tu madre?”, “Yo soy su madre”. Una mujer a la que ni siquiera conocía, con un bebé en brazos. Por su vestimenta parecía ser de segunda clase. Nunca pensó que ellos también serían así de amables.
"Tom"
"Thomas Rand"
"¿Dónde está Tom?"
Billy sobrevivió a la catástrofe, pero nunca supo lo que sucedió con Tom, su querido hermano del Titanic. Su reloj tampoco estaba en su bolsillo.
Líneas aparte, Nueva York era solo otra ciudad, al dejar el bote, Billy se sintió nuevamente enajenado. Tampoco conocía a nadie allí.
.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Sí, lo de las cartas es una referencia a la película. Pero fue un accidente... lo juro [ D: ]
Un pequeño monólogo sobre la fama, la soledad, los compromisos. Tratando de ponerme en el pellejo del otro, en este caso, Kurt Cobain, encontrado sin vida un ocho de abril de 1994.

Kurt

He estado pensando acerca de la fama, eso por lo que muchos luchan y para muchos es inalcanzable, y para otros tantos, una vez llegan allí, olvidan el camino recorrido, largo o corto, poco importa, el punto es recordarlo. Hace poco escuché a un tipo decir: ¡hey mira!, soy famoso, todos me siguen y fotografían, es estupendo hombre, es lo que he querido toda mi vida, ¿puedes creer que hasta hace poco barría el piso de una escuela?
Y es gracioso, divertido, sonríes y posas para la cámara, obedeces a las indicaciones del fotógrafo que te dice que te pongas de tal lado o del otro hasta que logre capturar tu mejor ángulo, esa parte de ti que no capta tu esencia y que muchos admirarán. Eres el rostro del éxito, todos los días debes estar alegre, de buen humor, en cualquier lugar, todos los días. Las buenas relaciones con los medios son indispensables, debes llegar a las masas, vender discos, ganar premios, ser alguien. Me he convertido en un modelo, creo tendencias a pesar de mi desagrado hacia ellas, parecen no entender que si visto de tal forma es porque así me he vestido toda mi vida, porque así me siento cómodo. La gente joven me imita, es gracioso, ni siquiera hubieran pensado en vestir de esa forma de no haberlo hecho alguien primero, de haber sido un extraño se hubieran burlado, bastó que alguien diga que es cool para que cambiaran de parecer, es moda saben, en ocasiones siento que lo que yo haga determina lo que ellos harán. Son tan inauténticos y yo no puedo evitar sentirme responsable en parte. Me he convertido en un producto, una imagen de cómo ser; para eso me pagan, la música es tan solo un añadido, un día vendrá el productor y me dirá: ten, canta esto. Cada vez, día a día, lo prefabricado triunfa. En ocasiones me pregunto… ¿escuchan las letras, se detienen un instante a escuchar las cosas que canto?

Otra vez me canso de todo eso, es así de sencillo; entonces, es allí cuando trato de recordar y no puedo, mis recuerdos se limitan a decir: antes estabas en una pequeña bandita tocando en el segundo piso de una peluquería y ahora eres parte de la gran movida musical de Seatle; Pearl Jam, Alice in chains, Soundgarden; el grunge, como somos llamados gracias al término despectivo que usó Mark Arm hacia su antigua banda. Los detalles se han ido desvaneciendo, he perdido tanto de lo que solía ser, ¿me hice a mí mismo o me hicieron? Es tan difícil responder esta pregunta. A medida que he ido avanzado, he ido destruyendo mi pasado, ya no hay lugar al cual regresar.
Me gustaría dejar todo, así sin más, olvidar todo… pero allí están los muchachos, Dave, Krist; allí está Courtney, “mi linda Yoko”; Frances, mi pequeñito frijol. Ya no soy tan solo yo, ahora somos nosotros. Me encuentro atado a los múltiples compromisos que he hecho, uno no elimina al otro, se acumulan. Maldición, Michael me ha propuesto que grabemos un disco, debería estar emocionado, sería excelente que alguna persona me dijera: ¡despierta!, ¡es Michael Stype el jodido líder de R.E.M!, tu amigo, el que cree en ti y representa lo que no pudiste lograr.
Pero… ¿por qué ahora?, cuando me hallo en uno de los peores momentos de mi vida, cuando los viejos dolores físicos regresan, sin explicaciones por parte de los doctores, usando heroína para hacerlo más soportable, una solución que derivó en problema, ya no podía cantar y mi aspecto era lamentable, permití que se me encerrara, al poco tiempo decidí huir, era eso o enloquecería.
Desde entonces he estado pensando, por primera vez nadie sabe donde se encuentra Kurt Cobain, el jodido líder de la Generación X. Alguien en algún lugar del mundo debe estar escuchando Smell like teen spirit, y cuando la acabe de escuchar la volverá a escuchar, una y otra vez, luego se comprará una playera con el rostro de un bebito persiguiendo un billete, comprará las revistas de música esperando encontrar una nota sobre la banda, estará sediento de saber todo acerca de mí, un día se dará cuenta que los diarios no sacan nada nuevo, se preguntará ¿dónde está Cobain?, se lo preguntará a otra persona y esta a otra, los medios, la discográfica me buscará, se me encerrará hasta que diga que todo está bien, y otra vez listo para continuar el espectáculo. Ni muerto podré descansar del todo, he estado cerca de estarlo, sé de lo que hablo, el suicidio solo es un acto infame, una disociación entre el actor y el decorado, el aceptar que las circunstancias nos han superado, la música ha dejado de ser eso que me protegía de todas las miserias, la he desfigurado, espero no ser recordado, las personas que han muerto deberían dejar de sufrir, ya lo han hecho demasiado en vida.
Quién sabe, al menos yo ya no sabré que seguirá, quizás todo acabe un cinco de abril, quizás podré descansar un buen tiempo; deseo que no se me encuentre y no ser parte de algo macabro; pero, sucederá, mientras pienso alguien me busca; hasta entonces seguiré cantando, viviendo por la música de forma literal, cantando, tan solo cantando, qué hermosa canción, ojalá me pudiera curar, when your day is long and the night, the night is yours alone. When you're sure you've had enough of this life, well hang on. Don't let yourself go. Everybody cries and everybody hurts sometimes...

Perú: 5 de Abril de 1992, fecha en que el entonces Presidente, Alberto Fujimori, llevó a cabo una de sus jugadas más recordadas en la historia reciente del Perú: El Autogolpe. El desbaratamiento de los poderes del Estado para reconstruirlos a su modo, a fin de tener mayoría y "tomar las decisiones más rápido". Para algunos, un hecho inevitable debido al avance terrorista, para otros, un gran error, un evento en la historia que sería mejor que nunca hubiera sucedido.

.+.+.+.+.+.+. Autogolpe.+.+.+.+.+.+.

¡Al suelo, carajo!, ¡al suelo, he dicho! —la escopeta casi tocaba su sien. Podía sentir el nerviosismo del enmascarado que atentaba contra su vida viajar a través del acero, dubitativo y cobarde, pero al mismo tiempo, y con mayor intensidad, un ímpetu enorme por transformar la realidad, y la resignación estúpida que se presentaba como una revelación: que no hay otro camino más que la violencia—. No podemos permitir que esos políticos corruptos se alimenten de nosotros, ¡levántense, compañeros!, levantémonos en armas contra esos mierdas y recuperemos nuestra dignidad. ¡No te muevas, conchetumare! ¿Quién quiere seguir viviendo en miseria? ¡Tú!, te jodes acá por esos hijosdeputa que no hacen nada por ti. ¿Es justo? —nadie contestó, solo se escuchaba el llanto reprimido del hombre tirado al suelo— ¡¿Es justo, carajo?! —la gente, que rodeaba la escena, respondió con un poco convencido “sí”—. Entonces ¿qué mierda van hacer?, ¿quieren morir como este cojudo, por hablar demás? —le disparó en una pierna. El tipo se retorcía en gritos. Entre la gente se escucharon pequeños gritos de susto. El enmascarado notó la ineficiencia de su discurso. No había causado el suficiente miedo. Tenía que matarlo.

5 de Abril de 1992.
“El Perú no puede continuar debilitándose por obra del terrorismo, el narcotráfico, la corrupción… Como Presidente de la República he constatado directamente todas estas anomalías y me he sentido en la responsabilidad de asumir una actitud de excepción para procurar acelerar el proceso de esta reconstrucción nacional. Primero: Disolver… DISOLVER temporalmente el Congreso de la República... Segundo: Reorganizar TOTALMENTE el Poder Judicial…”


¿Qué mierda vamos a hacer?
Golpe de Estado, pues, huevón. ¿No escuchaste al General? Pero, por la puta madre, tengo miedo. Esos terrucos seguro se nos aparecen pronto y…
No jodas, la noche será muy larga como para empezar a asustarnos.
Quispe y Ramírez, dos militares conversan sobre lo que sucederá a partir de entonces. La decisión tomada por la cabeza del Estado… era una especie de anuncio apocalíptico, un anuncio de una guerra sucia y sangrienta en la que ellos no serían más que soldaditos de plomo.
—Oye, Ramírez… —su compañero voltea a verlo— Vamos a matar gente inocente, ¿no?
—Vámonos, ya casi es hora. Ojalá salgamos vivos de esto, quisiera tener una novia.
Horas después, los militares tomaron las calles e instituciones públicas. Quispe y Ramírez han tomado un canal de televisión. Ambos están al frente, de pie, separados por unos dos metros.
Ramírez…
¿Qué quieres, huevón?, estamos de guardia, no hay que distraerse.
Pronto llegará gente aquí, esto es como violar sus vidas. ¿Por qué debemos tomar este canal? ¿Sabe la gente lo que pasa? ¿No hay otra forma…?
Carajo, cállate. Haces muchas preguntas. Más bien échale un ojo al hijodeputa de García, ya sabes cómo es. Ve a alguien y va a querer matarlo. Si te preocupa esa gente, no lo pierdas.
Tenía que tocarnos con García…
García era un negro enorme. Le gustaba burlarse de todos, a veces incluso abusaba, buscaba problemas en todos lados, todo el tiempo. Nadie quería toparse con él, y menos aún Quispe. Una vez casi lo mata por defender a un perro. Quispe no creía en los bautizos, siempre le pareció una injusticia. Por eso odiaba al negro García.
Tenemos suerte de no estar al interior del país, de otra forma ya estaríamos muertos… Allá todos tienen cara de terrucos…
Quispe escuchaba hablar a su compañero, pero su mente se había pegado en el negro García. Él estaba más allá, en una esquina. No quería imaginarse lo que sería capaz de hacer. Lo peor era que ahora el Estado lo amparaba, y cualquier tipo de exceso que se le ocurriera. Vaya mierda... El Estado podía creerse él mismo haber tomado la decisión correcta, pero, Quispe lo sabía, matar inocentes no era para nada correcto. Debía haber otra forma… Golpe de Estado, el solo pensarlo causaba miedo. No necesariamente tendría que matar a alguien, pero estaba seguro de que García sí.
¿Tienen cigarros? —El negro se había acercado a ellos, sin que ninguno se diera cuenta—. Oye, ¿tienes cigarros, huevón? —Quispe quedó inmóvil, sintió como todo su odio se le escapaba por los poros y lo abandonaba con miedo. Miedo en la sangre. Cigarros. ¿Tenía cigarros?— ¿Tú? —se acercó a Ramírez. Éste le alcanzó uno, junto a un encendedor—. No, no. Enciéndelo tú. Anda —Ramírez obedeció.
El negro se paseó cerca de ellos por un rato.
¡Esto es una mierda!, ¿qué carajos fumas? Bueno, ya no importa. Un cigarro es un cigarro. Todo esto es igual, una mierda, pero una guerra es una guerra. Ahora todos están bajo nuestro poder —resopló riendo—. Déjense de huevadas y piénsenlo así. Nunca más les darán tanta libertad a sus armas. Los esperamos a todos, y el primero que se resista, a ese lo matamos. Todo el que se resiste es terruco.


Por la mañana, cerca de las 5, apareció un periodista. “No. Nadie puede pasar”. “Señor, discúlpeme pero debemos hacer nuestro trabajo. Ustedes no pueden simplemente sacarnos de nuestro canal…”. Quispe insistió “Nadie puede pasar”, pero fue hecho a un lado. El débil Quispe, no podía contra sí mismo.
¿Qué mierda haces?, ¡carajo! Nadie pasa —gritó el negro García desde su puesto, en donde les cerraba el paso a un grupo de trabajadores asustados—. Saca a ese huevón de ahí. ¡Sácalo!
Ramírez presintió algo malo y fue a detener al hombre, que ya estaba dentro del edificio. Lo acompañó otro compañero suyo. De regreso, el hombre gritaba que lo dejaran hacer su trabajo, que le valía mierda lo que dijera el Presidente, que era una exageración y una total falta de respeto. Ya fuera. El hombre de prensa se alejó gritando, amenazando con regresar.
“Ese imbécil… tiene cara de que va a volver…”. El negro García presionó el gatillo.

“Antes que me destituyeran, y antes que el terrorismo tome el control del poder y destruya la democracia, yo doy el paso” (Alberto Fujimori, 2005)
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