Hola, sí, sé que ya es tarde y que habrá un grupo resentido que dirá "Oh, pero Zack, ¿qué tienes? Eres un desconsiderado, debías publicar por el Día de la Mujer". A ellos les digo que no es que sea desconsiderado, sino que como somos rebeldes desde el lunes con esta efeméride, quisimos pasarnos un poquito el día para sentirnos mejor. Así que hoy cerramos #SerMujer, y nada menos que con Aleksandra Kollontai, una revolucionaria y luchadora por los derechos de la mujer (porque de eso se trata para nosotros esta fecha). Agradezco a quien me insistió en escribir sobre Kollontai, porque en verdad es muy interesante de leer. Así que, aunque no sé si le hago honor realmente a su ídola revolucionaria, esta ficción va especialmente para ella :)


.+.+.+.+.+.+. Recordaba una niña.+.+.+.+.+.+.

Los recuerdos de la niñez han sido siempre un misterio. Se esconden tras los nuevos y se van desgastando con el tiempo. Para Aleksandra; sin embargo, esto era algo incomprensible e inimaginable, pues era aún una niña. Con sus ocho años, corría por las calles jugando a las escondidas. Ella contaba esta vez y nunca podía evitar mirar con disimulo pasados los cinco segundos. Para ella, era un tiempo prudente para echar una mirada de reojo.  Lo hizo a la cuenta de seis y se encontró con el rostro burlón de Iosiff, quien dijo "lo sabía" y corrió a esconderse mientras Aleksandra llegaba a diez alzando la voz para asustarlo. Pero cuando terminó de contar no pudo ir a la búsqueda de inmediato. No muy lejos de donde se encontraba, una mujer la observaba detenidamente y sonreía. Aleksandra no la había visto nunca por ahí, era una completa desconocida para ella, por lo que no supo cómo actuar. No obstante, encontraba algo en esa mujer de cotidiano. Quizá se trataba de una nueva vecina o de la familia de alguno de los que vivían por ahí, yendo, como cada año, de visita desde tan lejos, y probablemente ella la hubiera visto antes juguetear en sus anteriores llegadas, pero no sucedía al revés, porque Aleksandra solía ir demasiado concentrada en sus amigos o en llegar a casa. Era entonces este instante una casualidad. Nunca la vio llegar o irse, pero hoy sí (¿llegar o irse?).  La niña respondió a la sonrisa de la mujer con el mismo gesto y salió corriendo.

Mientras crecía, Aleksandra encontraba imposible olvidar esa casualidad al pasar por esa calle, pues nunca volvió a ver a esa mujer ni supo si aquella era su llegada o su ida, ni mucho menos si había continuado visitando el lugar y pasando desapercibida para ella. Sin embargo, poco a poco comenzó a convertirse tan solo en una anécdota de su niñez.

El espíritu de Aleksandra crecía también con ella. Su visión sobre la libertad la convirtió poco a poco en una revolucionaria, en una mujer consciente de las desigualdades del sistema al servicio de la clase dominante. No soportó verse en un niño muerto mientras inspeccionaba una fábrica, tampoco soportaría verse a sí misma en cada ciudadano explotado, en los hombres que llevaban gran carga y en las mujeres que debían vivir con el doble de opresión y quedarse calladas. No. Ella sabía que el camino era otro, que había que cortar las cadenas de la injusticia y de la desigualdad. No soportaba verse en ellos y no hacer nada. Así comenzó su revolución. Escribió todo lo que pudo y lucho aún más por los trabajadores. Desde el 3 de enero de 1905 tuvo que vivir con otra imagen terrible en la memoria: la de más de cien obreros muertos por el Zar, y así fue acumulando memorias y convicciones sobre su lucha y el por qué valía la pena. Ese espíritu mismo la llevó a la Revolución de Octubre y la convirtió en una importante bolchevique.

Sin embargo, la revolución se distanció luego de los ideales de Aleksandra. En este momento no pudo dejar de cuestionarse a sí misma. No sabía si ceder, si poner primero al Partido antes que a la sociedad, quizá de ese modo, soportando un tiempo, superaría todas las diferencias. Pero esto la asustaba también, porque significaría de algún modo perder de vista la razón de su lucha, y los tantos años que llevaba en ella terminarían siendo en vano. El Partido, que en algún momento fue un sueño para ella, ahora le resultaba hostil y le decía que era conveniente que cediera. Pero ella estaba segura de lo que quería y de lo que creía.

En ese momento, Aleksandra se detuvo al notar que una niña la observaba. Había en ella algo de conocido, no sabía qué, o quizá sí, de hecho sí, le recordaba a ella jugando a las escondidas, pero también al niño muerto de la fábrica. Y recordó también que la opresión la había movido hasta donde estaba, y que lo que había logrado valía la pena, porque la niña frente a ella estaba viva. Entonces decidió no desistir.


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Publicado por Hao Sigismondi
 
«[María Emilia] Cornejo (1949 – 1972) fue alumna del taller de poesía de la Universidad de San Marcos y ahí leyó sus primeros poemas. Por su temprana desaparición, muchos la convirtieron  en una leyenda. Se habló entonces de su voz maldita, de niña terrible. Algunos consideraron que su suicidio era una respuesta romántica y resucitaron el mito del poeta bohemio y marginal. Pienso que su muerte significó un corte lamentable en la vida de una joven escritora. No hay mito ni leyenda que pueda compensar esta pérdida. […] en [la poesía de] Cornejo la mujer era la protagonista y destinataria. Su poesía, carente de retórica, me impresionó. Y una vez más constato que el estilo, como expresión, es el que impone la calidad, y no el tema, como se cree, el que alcanza la intensidad en un texto literario. Su estilo, a su vez, subyugaba gracias a sus contenidos contestatarios.»
Carmen Ollé.
Prólogo a la segunda edición de «En la mitad del camino recorrido», poemario póstumo de María Emilia Cornejo.


Como tú lo estableciste

Tenía que subir cinco pisos porque él solo tenía para alquilar el último. Un pequeño cuartucho que no era ni buhardilla ni nada: solo «nuestro nido de amor». Entonces venía el odio, el hastío, la pregunta del por qué debería seguir subiendo las sucias escaleras que la conducían a ningún lugar. Al menos estaba cerca de la Universidad, se repetía, cada tarde que llegaba a su casa. La escena era siempre la misma: lo veía tirado en la cama, leyendo cualquier libro, cualquiera, y ella entonces le recriminaría. Quiero ser madre, ¿sabes?, jamás le diría, quiero tener una familia, continuaría falsamente. Ah, sí, claro, diría él. ¡Ni si quiera me escuchas! Entonces él la miraría extrañado y no haría sino hacerle el amor. Minutos después, sí, ¡minutos!, continuaría la lectura y me diría que cocine algo, mi amor. Entonces haría puré, unos tallarines o carne con alverjas en esa cocinita gastada que trajo de la casa de su madre de Ica. Y se sentiría realizada. «Estoy embarazada», le dije. Casémonos entonces, fue su respuesta. Un mes después de la boda, perdería al niño. Cómo sabes que fue niño, preguntarías estúpidamente. Ana me lo dijo. Y cómo sabe ella, inquirirías torpemente. Porque nacimos juntas, porque sentimos juntas. Las frases hechas saldrían de tus labios como siempre, hasta que no me dejaste entrar. Garuaba en el centro y la llave no daba en la cerradura. El chico que vivía en el segundo piso salió y miró divertido. Ya no vive aquí, está cerrado desde adentro, me dijo. Recordé que era hijo de la que nos daba pensión y entonces lo supe. Una escena que solo se veía en las películas gringas o en la literatura barata. La cereza que coronaría el pastel fue que un loco me tiró un manazo en la cabeza y se llevó mi cartera, no me la arranchó, simplemente se la llevó. Yo misma se la di por el susto. Buscarte en la casa de tu madre, donde siempre huías hubiera sido lo ideal pero es tarde, hace frío y estoy sola.
Hola, hola, ¿cómo están? Como saben, hemos dedicado esta semana especialmente a escribir sobre mujeres geniales, o que nosotros creemos geniales, de la historia en general. Y, bueno, hoy, es grato para mí presentarles un relato inspirado en el arduo trabajo de investigación de María Reiche Neumann, una de las primeras, si no la primera, en estudiar a fondo las llamadas Líneas de Nasca, en Perú. La teoría que Reiche defendió y argumentó durante toda su vida, desde que comenzó su investigación, fue la de que esta vasta pampa llena de enormes figuras era un calendario astronómico de los hombres y mujeres de la antigüedad. Y, bueno, ya sin más preámbulos, los dejo con la ficción del día y la bonita ilustración de la figura del mono abrazando a Reiche ;)


.+.+.+.+.+.+. La Dama de la Pampa.+.+.+.+.+.+.

Reiche escucharía su nombre innumerables veces desde que comenzó a visitar la pampa. La primera vez fue como un susurro y pensó que el profesor Kosok le hablaba. "Dígame", respondió al llamado, y Kosok, sin sorprenderse, más bien aprovechando la oportunidad para hablar en ese momento, le dijo que sentía milenios bajo sus pies y que así como ahora ellos comenzarían a descubrir a los antiguos hombres de la pampa, probablemente estos hombres se intrigaban también por su propio pasado, "Es algo que compartimos todos los hombres en todos los tiempos. Quién sabe qué los haya movido a trazarlas". Era un misterio que compartirían desde ahora y que haría de María Reiche la servidora vitalicia del espíritu Nasca.

Con el tiempo, Reiche quedaría como la única persona en ese desierto, su vida se transformaría casi por inercia, como si su aplicación como profesora para los hijos del cónsul de Cusco, años atrás, sus primeros pasos en el puerto del Callao y su inesperado encuentro con el profesor Kosok, todo, hubiera sido parte de un destino trazado convenientemente para ella. Como si fuera parte desde siempre de este lugar al que había llegado y al que se sentía inexplicablemente ligada. ¿Cuántas líneas había recorrido en su propia vida para llegar hasta la pampa? Una vez pensó que si pudiera dibujarlas sobre el suelo, formarían quizá una figura indescriptible o alguna de las formas ya harto conocidas por ella. Sonreía ante ello, pues entendía que se trataba de algo completamente subjetivo y descabellado.

"María", escuchaba del viento, y era una voz conocida y muy lejana. Miraba siempre al horizonte y lo recorría de principio a fin con la mirada. Nada se comparó nunca a esa sensación de infinitud. La búsqueda y observación en avioneta era también especial, pero enteramente distinta. Desde la pampa era uno con la pampa y con las líneas y no necesitaba conocerlas todas para saber que estaban ahí y la acompañaban. Desde arriba era como la mirada del dios Kon, era más sencillo observar, pero sentía la necesidad urgente de volver a tierra, de pisar la pampa y escuchar su nombre, o imaginarlo al menos, mientras centraba su atención en la lectura o en el barrido de las líneas. O despertar escuchándolo, convenientemente, cerca del ocaso.

Y cuando volvía recordaba las palabras tan sencillas de Kosok y sabía con seguridad que no era tan solo el pasado lo que compartíamos los hombres y mujeres de todas las épocas. Se sentía efectivamente una mujer de la pampa, no solo de su tiempo, sino de todos los tiempos pasados y futuros, y sonreía una sonrisa fugazmente eterna.

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Y, bueno, eso ha sido todo por hoy. Muchas gracias por leer. Si quieren saber más sobre Reiche y su investigación, un buen punto de inicio es el documental "María Reiche y Las Líneas de Nazca", de Alejandro Guerrero, del cual les dejo un enlace AQUÍ. Gracias de nuevo, saludos.
Hipatia congregaba en el Agora discípulos de muchos lugares y de religiones distintas, tratándolos como hermanos. Esta vez y basándome en una anécdota popular que puede que no tenga mucha precisión histórica decidí otorgarle al personaje un pasado budista y crear un documento del tipo: "copia de discurso de discípulo de Hipatia, no identificado, que data del siglo V". Gracias por leer y compartir, hermanos y hermanas. Gracias por encontrarnos otra vez.


Mi hermana, maestra y bodhisattva

                —Me dijo que lo único que yo amaba era eso —lanzándome un paño con sangre de su vientre— y que eso  no era bello. No dijo mucho más, siguió caminando y citando a Platón para quienes se acercaban a escuchar.
Pero hizo más que eso. Ahora lo entiendo, había llegado seducido por su belleza, que no es suya. Dejándome arrastrar por la idea de que era bella y nada más, había creado una tulpa que drenaba mi energía y distraía mi pensamiento. No podía escuchar nada de lo que decía, no podía dejar de pensar en lo bella que era.
Como uno de los ciegos que coloca el rey frente al elefante fui convenciéndome de que el elefante es como un roble, un tambor, un abanico... Un punto de vista vale mucho menos que ninguno y ese pedacito que decidí percibir y exaltar no es lo que mi maestra es en realidad. Fui tan ciego como los siete del cuento indio.
Pero, oh, mi maestra me sacó de ese estado con un solo movimiento y sin perder la armonía que conduce sus actos. No solo hizo lo que hizo, no fue solo lo que hizo en el mundo de aquí, de la materia, se movió de un modo potente sin que nadie lo percibiera. Nadie además de mí lo sintió, pero… un enorme abrazo, casi alado, me cubrió y me hizo sentir pequeño y amado.
Y ese amor no era limitado y agudo como la fascinación por la aparente belleza atribuida a estándares heredados y luego confirmados para sentirme especial y sofisticado al decir: esta figura es hermosa, soy capaz de descubrirla y admirarla porque poseo gran sensibilidad y aprecio la belleza de la naturaleza. No. Era tan puro. Tan puro y directo como las palabras que solía usar cada vez que necesitaba decir algo importante y aguardaba en silencio un momento.
Cuatro años hacen ya desde que mi maestra no está en este mundo que ensucio con las plantas de mis pies cuando camino sin prestar atención a mis pasos, pero no dejo de sentir ese inmenso amor infinito ni de llevar en mi corazón los mensajes que del suyo brotaban cuando pronunciaba tranquila palabras sencillas que aparentan  ser profundas si es que no abriste tu corazón al verdadero mensaje.

Y yo que sigo caminando espero y sé que volveremos a encontrarnos aunque nunca nos he sentido separados desde ese día.
Continuamos con nuestra semana dedicada a las mujeres, y hoy tenemos la historia de Marianne Mozart (o Nannerl Mozart), hermana del famosísimo compositor austriaco, quien, por cierto, era también una prodigio de la música. De hecho, Amadeus creció admirándola en el piano. Sin embargo, el talento de Nannerl fue limitado por su época y tuvo que seguir el destino que su padre había trazado para ella y casarse. El siguiente relato es sobre la relación entre los hermanos Mozart mientras comenzaban a crecer, entre juegos...


.+.+.+.+.+.+. Nannerl, La Reina Escondida.+.+.+.+.+.+.

Para llegar al Reino Escondido había que cruzar esa puerta. La puerta del salón vacío al fondo del pasillo. Sin embargo, no era lo único que se necesitaba, hacía falta también una contraseña.

Nannerl se la enseñó a Amadeus la primera vez. "Hay que tocarla en el violín", le dijo, y su pequeño hermano escuchó con suma atención cada una de las siete notas. "Debes ser preciso", añadió ella con una sonrisa. "Ahora sí", era posible abrir la puerta y no encontrarse solamente con un salón vacío, o casi vacío, pues tenía amontonadas cosas antiguas en una esquina. El procedimiento debía ser siempre el mismo: tocar las siete notas en armonía, tanto para ir como para volver del Reino Escondido. Debían cuidar siempre de ello como un secreto, era su lugar para ser más felices, para sentirse libres y enfrentar aventuras inimaginables.

Cuando se hizo una costumbre ingresar a este mundo cada día después del almuerzo, Nannerl y Amadeus habían aprendido un nuevo idioma y conquistado cada rincón que encontraban a su paso con música. Había notas mágicas para crear prados, crecer árboles y para hacer llover a voluntad, y ambos aprendieron cada una de ellas con la promesa de componer algún día un mundo aún más perfecto. Así, el Reino Escondido se convirtió en su reino y ellos en monarcas.

Amadeus aprendió rápidamente el santo y seña de la puerta y comprendió con el tiempo que no era la única forma de entrar, que era posible tocar algo distinto y que mientras fuera tan hermoso como la pequeña composición de su hermana, la puerta le abriría el paso hacia su reino.

Nannerl, quien entendía y apreciaba la astucia de su hermano, tenía, sin embargo, un problema. Los tiempos en que fueron llevados de gira como los talentos más jóvenes de la música, y en los que Amadeus había demostrado que, así como ella, él también era capaz de lograr interpretaciones hermosas, esos tiempos fueron duros de enfrentar. Como hermana mayor no podía permitirse el comenzar a ver a Amadeus con cierta envidia, pero sus padres tenían desde ya un plan para ella, un plan del que Nannerl no sabía nada, pero que pudo comprender de las limitaciones que le impuso su padre al colocarla solo como acompañamiento de su hermano menor, o de lo que recordaba de otras muchachas cuando habían alcanzado su edad. Era injusto, pero su rebeldía al pensarlo no podía pasar de ello. Era su destino y comprendía estoicamente que todo estaba en su contra, excepto Amadeus, el pequeño hermano que veía crecer casi sin límites y con el que comenzó a añorar los tiempos en los que no eran más que chiquillos jugando a hacer música.


Para olvidarse de todo, Nannerl visitaba frecuentemente el Reino Escondido, incluso más a menudo que de costumbre, llegando por la mañana y quedándose ahí hasta que tuviera hambre y no tuviera otra opción que volver y ser reprendida por haber desaparecido tantas horas sin dar respuesta. O aun por la noche. Pasar la noche en el único lugar en el que parecía ser libre, y donde la belleza parecía no tener fin. Y encontrarse con Amadeus, a quien a veces esperaba ver llegar, para jugar juntos y olvidarlo todo.
Una pareja irrealista, sin sentido. Asumamos, compañeros, que Virginia Woolf y Emily Dickinson viven en la actualidad y son lesbianas o bien bisexuales. Y se aman, y Woolf es retenida, encerrada,  por sus constantes desvaríos y alejada de su amor, Emily Dickinson, una introvertida y amante de la soledad, de pocos amigos, más que nada poeta. Y ya está, no sé, flagélenme, si les parece necesario, ¡hoy maté a un colibrí!  Ah,  y esperen más ficciones de mujeres por esta semana, amiguitos.


 Delirios

Su habitación estaba desordenada. En su mente rondaba una idea vaga.  Llevaba dos días encerrada en su habitación, sin comer, sin trasladar a su yo actual al mundo tangible. Ella no existía, lo que existía era el medio en el que los personajes dentro de su cabeza se movían. Ensayo y error.
Su vida se perdía en un sinsentido, en una ilógica realidad que no le concernía para nada. Y leía cada línea de una carta, cuando desvariaba y pensaba en lo existente, en lo  material. Una carta, ¿de nadie? De alguien, de alguien. Pensaba, por momentos, en su cuello, desnudo y se enrojecía y encontraba sus labios.
Virginia Woolf
“¡Ah! Querida Ginny, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Por qué los días se empeñan en alejarnos?" Rezaba la carta. "Hoy, mientras visitas me incordiaban, he decorado las horas en las que nada pasaba con tu presencia, te he imaginado, aquí, con tu fragancia llenando la habitación y…”
Una mariposa entró en su cuarto, “¿eres tú, Emily?”, es un pensamiento que se asoma, “¿eres tú quien toma esta forma, Monarca de los Nadies?  ¡Qué augusta visita! Ah, ¿dónde has estado? ¿Dónde he estado yo, dices? He vagado”, por incontables y conscientes mundos que aguardaban su visita, “y no te he visto. Creí ver a los nadies, de quienes me has hablado.”, y el miedo abordaba, pues estaba sola y no entendía nada. ¿Era ella Virginia? ¿O era su nombre otro, estaba ahora en una historia?  Virginia Woolf, ¿era ese otro personaje de sus historias? “Estoy tan sola a veces, Em. No veo a nadie, y sabes que me desespera la falta de conversación. Sabes que amo London, New York, el revoloteo de las calles.” Emily era una mariposa monarca y su reino se extendía en todo lugar donde hubiera nadies.
“… He encontrado en el cielo un confiable consejero; he salido a pasear con ‘Edward’ y hemos hablado. Nos hemos confiado fantasías aparatosas, y tú, Vivi, has estado permanentemente a mi lado, así lo he querido.  En esa conversación pueril de la que he formado parte bajo la luna, en una noche de Otoño[…]” La mariposa, resplandecía, se iba, “[…] y, tímidamente, te he robado un beso,…” esperando que no le importe.
Emily Dickinson
El sentido se quebraba, ¿y dónde estaba Emmie? Mejor era preguntarse dónde estaba ella, Virginia, y si algún día ambas estarían juntas por siempre y si alguna vez saldrían por las calles de un gran ciudad, cogidas por los brazos, sonrientes, felices y verían a todos y tal vez Em entendería que no es nadie o ella entendería que ambos son nadie, y que la imponente sociedad es ruido en una realidad que se quiebra.
Silencio, en una mente que enmudecía. Ella no era un personaje y Emily seguramente tampoco. Precisamente, estaba en el campo. Escuchó una campana, la de la iglesia, y escuchó la voz de su madre. Lo veía todo claro y odió la desolación. Dickinson suspiraba un lejano beso, ¿lo ensayaba?, y Woolf lo sentía, apenas, en sus labios. Tenía que volver a la normalidad, no estar “loca” y estar con Em. Su madre tocaba la puerta con fuerza. El sinsentido se callaba. Tenía que fingir cordura.