¡Hola!, estoy aquí después de varias semanas y la promesa pendiente de nuevos vídeos para el blog. Tendrán que esperar un poco más, pero de hecho que los haremos. En fin, yendo a lo que nos importa, la ficción de hoy está relacionada con la publicación de "El Origen de las Especies" (24 de noviembre de 1859), de Charles Darwin, obra en la que expuso su teoría sobre la evolución y las leyes que la determinan, especialmente la llamada selección natural. Y, bueno, la historia de hoy no está precisamente relacionada con eso, sino más bien con un hombre que asegura haber conocido a un alienígena, y que éste lleva por nombre nada menos que Darwin. Si quieren saber más sobre este personaje y su extraño encuentro, pueden continuar leyendo...


.+.+.+.+.+.+. ¡Ya quiero visitar Sapien!.+.+.+.+.+.+.

Fotografía de Charles Darwin (1869) [Recortada]
Hoy he conocido a un alienígena. Me dijo que su nombre era Darwin. Es curioso, porque no tenía los ojos grandes ni la cabeza hinchada. Tampoco tenía la piel grisácea, y hablaba muy bien el español. Supe que era de otro planeta porque me lo dijo. Se acercó a mí con una sonrisa y me murmuró al oído su secreto. Quizá parezca increíble este suceso, pero es real. Se me escarapeló todo el cuerpo cuando le oí decir eso con la confianza que, creo yo, todo ser extraterrestre debe tener al presentarse. Uno está seguro al visitar otro planeta de que no se trata del suyo, lo mismo que cuando visitamos otro país. La única diferencia con él es que, al parecer, aprende sin mucha dificultad cualquier lengua. Decía, pues, que no tenía una apariencia monstruosa, sino más bien amigable. Cualquiera lo hubiera confundido con un terrícola. Yo lo hice, y no me avergüenzo, porque ya aprendí que el código interplanetario es ser humilde en conocimiento, y tengo muchas ganas de viajar como él y hacer amistades por todo el universo. Darwin decía que se llama, como el viejo barbón que aparece en algunos libros de ciencia. Recuerdo que hace mucho me explicaron su teoría evolucionaria. Me pregunto si se aplicará en el planeta de mi nuevo amigo. Quizá, si estuviera vivo, saludaría con un gran apretón de manos al otro Darwin, de un planeta lejano llamado Sapien. Algo de ese nombre se me hace conocido, pero no sé por qué. Quizá sea que mi destino es visitar ese rincón del universo. Ya lo sabré luego. Pero sí me sería muy difícil aprender su idioma. Siempre fui malo en inglés. Espero que durante mi visita Darwin me ayude como intérprete.

Darwin está en la Tierra buscando una yerba. Él dice que es importante para los sapientianos (así se llaman los de su planeta) porque les permite viajar por las estrellas sin necesidad de una nave. Yo no le creía, pero me miró tan seriamente que he terminado por aceptar su propuesta de convertirme en su guía y ayudante durante lo que dure su misión, que es secreta. Lo de la yerba es solo para viajar, por lo que le he entendido. Y como prometió llevarme con él de regreso, me he entusiasmado mucho. Mientras trabaja en su misión, desaparece de la casa y ni los doctores saben dónde encontrarlo. Él dice que no confía en ellos, porque tienen zapatos, y los zapatos son impuros. Yo creo que como todo es muy blanco y limpio aquí, ver zapatos negros lo aturde un poco. Por el momento, sé que la yerba que buscamos está en el patio de la derecha. Le he preguntado a Alberto, que sabe de vegetales, y me ha dicho que vaya con cuidado, porque la gente de ese lado del mundo es muy peligrosa. Claro que no le conté que Darwin es un alienígena, porque es un secreto. Habrá que trepar una gran pared, así que es probable que necesite ayuda. Si Darwin no aparece, tendré que revelarle el secreto a Alberto y ofrecerle el viaje interespacial a cambio de su ayuda. Me pregunto si estará bien. A Alberto siempre le han gustado las estrellas.

Cúmulo estelar NGC4755, también conocido como "El joyero"

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Bien, bien, eso ha sido todo por hoy sobre locos, yerba y Charles Darwin, unidos por extrañas intenciones. Gracias por leer. ¡Saludos!

La fecha de la ficción de hoy es la de ayer, 16 de noviembre, día en que por allá en los lejanos 1532, fue capturado en Cajamarca, Perú, el último Inca gobernante a manos de los españoles de los que tanto ya hemos escuchado hablar: los "conquistadores". Las versiones (literarias) de los hechos sobre este día son variadas, dependiendo de si el autor estaba del lado de quienes les gustaba invadir o si no lo estaba.

En todo caso, esta ficción podría ser otra versión más, una que nos muestra a un Felipillo diferente... uno un tanto más ranger.

El miedo de Felipillo

Bien sabía questos hombres harían mucho daño desde el comienzo. Ahí nomás cuando los vi, ya sabía que solo maldades iban a traer. Nada de bueno podía venir con esa rapidez, una serpiente enojada parecía ese bote enorme. Tuve miedo al principio, quise huir pero me atraparon por puro tonto que me había quedado viéndolos tan diferentes a todos nosotros.


Ahora dicen que el Inca está en camino, que le van a hablar, que le van a leer el mismo libro ese que me hicieron leer por allá cuando me atraparon. Seguro el mismo juramento y esa fiesta extraña. Pero yo no me fío nada, ya sospecho lo que va a pasar está todo bien clarito. Estos quieren hacerle daño al Tayta Inca con una trampa. Y quisiera advertirle, pero si me descubren me matan, y si no me matan estos, me matan los mismos hombres del tayta, porque cuando saltó su rebelión, mi pueblo estuvo siempre delado de nuestro Inca Huáscar. Pero ahora todo es diferente muerto ya éste, la guerra es otra y una fuerza que creo que me viene dela panza me dice que estoy delado equivocado.

Ay, mamita, dicen que el Inca ya está acá, que me prepare pa’ salir, me apuran siempre como si fuera un allco. Todo por chaposito y bien dispuesto que soy seguro.
Ahí está el Inca, brillando como el sol, ya las patas me tiemblan solas, como si quisiera correr. Debe ser que en mi vida miserable no pensé que llegaría a  conocer al Tayta, menos de tan cerquita. Pero creo que el miedo de verdad debería darle a ese Valverde de mirarlo desa manera al Tayta. Bien fijito a los ojos veo que le mira como si fuera su igual, pero jamás el demonio va a ser el igual de un Dios. Yo si no me atrevo, caso hago de mis antepasados que siempre decían “jamás has de mirar al hijo del Huiracocha de frente porque podrías quemarte y ¡achachay! Eso debe doler harto”. No miro y no miro aunque este Valverde me dice que hable por él mirándolo al Tayta, para que disque entienda mejor. No quiero morir, le respondo, allá tú que quieras quemarte. Insolente, me ha dicho, me amenaza con los ojos como una fiera, pero no puede moverse, porque todo este encuentro extraño parece que esconde algo en sus entrañas y está a punto de explotar.

¡Ay Dios Huiracocha, por qué nos has mandado a estos demonios! Tantas maldades crees que hemos hecho. Esas cosas que revientan en los cuerpos han generado este infierno. Estos extranjeros me han protegido, pero yo la verdá que no quiero, quisiera morir allí con mis hermanos, las lágrimas no paran de salirse de mis ojos, me suelto y corro hasta casi donde esta el Tayta. No quiero mirarlo de frente, y ahora no es por el miedo de quemarme sino por otro miedo… uno más profundo. Su anda ha caído, unos extranjeros lo protegen de otros extranjeros, es todo confusión, gritos y sangre, y ahora ¡ya lo puedo ver!, tiene la mirada dura y fija en el horizonte, mientras lo agarran por los dos lados… entonces bien comprendo que nunca debí tener miedo de verlo con la cabeza gacha y pidiendo misericordia.
Tal vez Laika no fue solo una perra recordada por el maltrato animal. Tal vez, sin quererlo, su vida se extendió como una metáfora, un símil literario y metafísico. O tal vez solo hablo mierda por hablar.
Esto se trata sobre Laika y el Sputnik, aunque en realidad es más como Relatos de la Vida de algún adolescente inexistente. (¡Rima!)

Laika parecía feliz


Ella era algo dura. Algo difícil de encontrar; ella estaba donde nadie más estaba. Ella era, de alguna forma, como Laika en el Sputnik 2, varada en el espacio, mirando a la tierra o a la nada, pero nunca estando en algún lugar fijo. Era, a veces, un mito.

Estampilla postal del Sputnik 2

Cada vez que la recuerdo, recuerdo a un cielo gris. En realidad es un cielo oscuro, porque la asocio con la noche y con la música de alguna banda nueva en algún tocada
y de las mismas que iban golpe tras golpe en la búsqueda de la música como profesión. Hay olor a alcohol y a cigarros. Siempre estaba el ajetreo de la gente, todos esperando a escuchar a la misma banda una y otra vez. La misma banda que intentaba ser algo que posiblemente jamás lograrían. Tengo la sensación de que el guitarrista de esa banda me había hablado un par de veces, tal vez se llamaba Alejandro, aunque no podría estar seguro. Era moreno y tenía una especie de afro, quería parecerse a Slash y le tiraban mucha mierda por eso.
Es posible que fuera uno de los pocos que estaba ahí sin un interés tácito por la música. Lo mío iba más por el ambiente.
— Raro verte por aquí.
Lo mío, era más por la ligera tiniebla que se contrasta con las luces. El sonido que se envuelve en un silencio mientras el bajo suena potente, mientras la guitarra chilla y la batería estremece. Mientras alguien canta un poema o algo que le gustaría que fuera un poema.
—No seas pendejo. Estás aquí por ella, ¿tú crees que no se nota?
Lo mío, en una soledad solo quebrantada por algún empujón, un silencio quebrantado solo por alguna voz conocida, lo mío era amor por un lugar que no era como cualquier otro lugar. Una escena que se creaba en cierto momento y que perduraba segundos… minutos. Horas.
— Mira, yo conozco a alguien, bueno, conocí a este pana el otro día, que la conoce.
Estar entre la gente, como un conjunto, aunque cada uno es único, cada uno estando y disfrutando de ellos mismos por razones diferentes.
—¡Hey, despierta, fucker!
— ¿Qué coño quieres? Estoy aquí, relajado, ya va a empezar esto…
—Tú me tienes que creer pendejo. Hace un mes me decías “yo nunca vendré a un toque, eso es para gays, un montón de bandas amateurs” y ahora estás aquí, embelesado en la nada por una chica que no ha llegado.
—¿De qué mierda me hablas? Yo nunca te dije eso… — Y luego están los conocidos, que creen conocerte. Creen que un lago es solo el reflejo de Selene y sus nubes oscuras, que creen que un lago carece de la profundidad de un océano—. Como el monstruo del lago Ness.
—¿Hello? ¿Estás aquí? Mierda, tu siempre estás  como drogadísimo.  
— No, ahora deja de insinuar que vengo aquí a ligar o no sé a qué. Dude, te vas mucho por las ramas.
—¿Yo? Claro, man, lo que digas.— Un difamador profesional, es lo que es. Alguien que nació para distraerme de esta realidad virtual creada a través de melodías…
Pero estaba ella.
Ella y su cabello negro. Compondría poemas sino canciones, que hablarían sobre cómo simulan ríos de un agua negra de alguna ciudad estelar, donde la gente es esclava de robots… Aunque no llegaba aún. La esperaba, la esperaba en esta catarsis que había creado para limpiarme de mis demonios. Pero estos nunca se van, solo se esconden, murmullan. Generan dudas. Sobre su sonrisa, clásica. Una solitaria sonrisa que comprometía a un desconocido y a ella. Una sonrisa que creaba una amistad que trascendía lo humano en algún lugar, una sonrisa que me llevaba a otro lugar. Lejo de deidades malévolas, como Cthulhu. Lejos de la realidad cruel que deparó a Laika…
Ella que rondaba por lugares que nunca conoceré por no parecer un acosador. Luz, que traía a mi vida oscuridad y demencia. Luz, era lo que veía en los malditos antros a los que me atrajo. Fui a ella como una polilla, sin embargo, ella siempre ha estado ahí, impasible a mí, una polilla. Soy un Ícaro que solo espera a quemarse las alas y a descender en caída mortal.
Todo sería más cruel. Lo sabías. Todo tenía que desaparecer, tú… tenías que desaparecer del Sputnik 2.
Morir antes de chocar.
Porque las ilusiones, al fin y al cabo, con un garage rock, pop punk, alt. Rock, siempre terminan pasando y dejando un sabor agrio.
Mientras tu ataúd dio más vueltas de lo que tú pudiste contemplar, mientras que tu féretro cósmico chocaba y te incineraba al chocar con la tierra.
Te vi por última vez ese día,
Agitaste tu cola…
Parecías nerviosa.
André Jacques Garnerin. ¿Quién es y por qué saco su nombre? No sé. Simplemente salió de mi mano mágica. Ustedes también deberían tener una.  Miento. Es algún francés al que le enseñé a volar en globo alguna vez y hasta le di la idea para que hiciera un paracaídas. Miento. Fue el primer paracaidista y un volador de globos francés. Incluso le dedicaron un doodle interactivo. Esto porque logró el primer salto en paracaídas (el 22 de octubre de 1797), y porque lo hizo desde una altura de 350 metros.
So yep, eso es todo. (Spanglish, sorry) 


La caída 

Garnerin sintió que se moría. Sintió que la vida se le venía abajo. Sería su fin. Volar en globos era una cosa, pero tirarse de ellos y sobrevivir era otra. El viento lo tambaleaba de un lado para otro tan violentamente que no pasó un segundo en el cual no pensará:

“Este el fin, ahora sí voy a caer. Au revoir, monamour. Au revoir, Francia.”

Garnerin sintió también el peso del éxito, porque a medida de que descendía, se daba cuenta de que existía la posibilidad de que sobreviviera. Sabía que cuando saliera del paracaídas iba a tener que actuar como si tuviera nervios de acero.

Ilustración del descenso en paracaídas
“Como volar un globo, en efecto. No tiene mayor dificultad. Ya ve, uno le pierde el miedo, Monsieur. Como si uno fuera un ave, usted se acostumbra al viento. A verlo todo desde lo alto. Estamos dando pasos grandes los hombres. Esto es cualquier cosa ahora, hasta una mujer lo podría hacer. Sí, sí, como se lo digo, no conlleva mayor dificultad.”

Se sintió orgulloso. Sintió que lloraba. Sintió que caía, ligeramente, al piso. Y pensó que estaba muerto; era su fin, efectivamente. Salió de la canasta y creyó, por un momento, que era su alma la que salía.

“¡Está vivo!” Oyó que gritó algún espectador.

Y se dijo “Estoy vivo. Sin heridas. Sano y salvo”.


La gente lo vanaglorió. Y…

“Yo lo dije. Esto era un asunto trivial. Es un gran pas… Mejor dicho, un gran salto, primero ¡volamos en globo! Y ahora ¡caeremos en paracaídas!”

Pasó horas hablando sobre lo fácil y lo seguro que era.  ¡Jeanne!, pensaba, ¡cuánto deseo hablar contigo! ¡Cuánto deseo que puedas volar, seré el primero en hacerte volar!
“Jeanne, la preciosa Jeanne, alumna mía, serás la primera en volar y en usar un paracaídas, ¡de eso, monamour, me haré cargo yo!”

Y, oh, ¡la pequeña Elisa! Tan entusiasta, tan joven. Se aseguraría de que una vez creciera ella pudiera también volar. Se aseguraría de que ambas, la mujer de sus sueños, y su pequeña sobrina, experimentaran tal sensación que lo mantenía amando el vuelo.

Sentir la brisa y ver paisajes. Ver hacia abajo y ver aquellos grandes edificios ser minúsculos. ¿Qué somos, en realidad, si nos hemos perdido la belleza de volar la mayor parte de nuestras vidas?

¿Son los pájaros más felices por poder volar?
Hola, esto es un saludo improvisado. El 13 de octubre de 1972, un avión militar paraguayo que transportaba a más de 40 personas, incluidos jugadores del equipo de rugby Old Christians, se estrelló en la cordillera de los Andes, en territorio argentino. Después de más de 60 misiones de búsqueda, se les dio por muertos, pero, luego de 70 días, dos de los 16 supervivientes lograron conseguir ayuda para sus amigos. Sí, solo 16 personas de 40 sobrevivieron.
Este hecho se recuerda como El milagro de los andes, y hay muchos libros y películas al respecto, todas muy realistas. Sin embargo, aquí siempre suele surgir algo nuevo. Vean pues, la ficción de hoy...


.+.+.+.+.+.+. Purgatorio.+.+.+.+.+.+.

Cuando despertó, tenía una gruesa pantalla de hielo frente a él. Sabía que era de hielo, porque podía ver cómo se translucían figuras brillantes a través, y sabía que era gruesa porque resultaba imposible ver el otro lado. Todo era blanco y negro, una masa indefinida, un mundo informe a través de una pantalla que por un instante imaginó como un espejo de la realidad. Y qué tan cruel sería esa realidad de la que él estaba siendo separado por una pared de hielo, porque imaginó pronto también que había muerto y se encontraba en el infierno. Un infierno frío, como jamás nunca alguien habría imaginado, un infierno vacío, donde un murmullo propio puede provocar un susto. Sí, había hablado. Dijo tan solo "Ah...", ni siquiera una palabra, nada más que un simple sonido salido por accidente de su boca, pero esta simplicidad rebotó en todo el lugar, como si hablaran por él mil otras almas más. Pensó en el purgatorio como un lugar en el que todas las almas estaban destinadas a decir lo mismo y a repetirse eternamente, pero ninguna sería capaz nunca de ver a las demás, quedando en un ambiente de angustia y soledad apática eternamente. La sola idea lo desesperaba. Lo sabía ficción, boberías de paranoide, pero estaba seguro de que no era nada cuerdo estar en un lugar así después de haber salido despedido de un avión. Menos de un avión de la Fuerza Aérea, la Fuerza Aérea Uruguaya. El nombre no lo recordaba, pero sí que era jugador de rugby y que eso no lo ayudaba en nada para salir de allí. El Old boys, los argentinos... ¿acaso era el momento para pensar en eso? Salir de allí era prioridad, si no saber al menos en dónde se encontraba. Si se trataba del purgatorio o un infierno helado, lo sabría pronto. Así que, de pie, volvió a emitir el mismo sonido (Ah), y volvió a ser repetido por mil almas. Mil almas con una voz que se iba perdiendo de a pocos en la oscuridad. Ciertamente, la poca luz que llegaba del otro lado de la pantalla de hielo era insuficiente para ver más allá de 5 metros en la caverna. Habría que probar suerte golpeando, sí, pero los golpes no resultaron tras algunos intentos y quejidos. La pared de hielo, su espejo de realidad informe, lo negaba con una fuerza enorme. Ya no pertenecía allá afuera, o al menos no podría más salir por allí. Su voz, recordó, era repetida por todas esas almas. Debía haber un camino por allí, y quizá alguna salida. Arriesgar no era perder. Moriría igual si esperaba sin moverse un milímetro. Caminó hacia allá adentro, murmurando solo "ah" (nunca dijo nada más ni lo intentó, lo creyó tan solo innecesario), mientras el sonido era repetido indefinidamente por las mil o un millón de almas sonoras de ese purgatorio. Ah, decía, y su voz cambiaba cada vez más para parecerse a esa multitud, y la oscuridad llegaba también con la misma fuerza a la caverna, y de la caverna a la montaña, que remecía por los murmullos y desprendía nieve indiscriminadamente sobre otros hombres, por haber consumido un alma.


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Muy bien, eso fue todo. Espero que les haya gustado. A mí me costó un poco esta idea, pero me divirtió mucho al final. Saludos, pues. ¡Adiós!
Hace 3 años (y un día), cuando Errror de Imprenta inició, era nada más que un blog de un grupo de chicos que querían escribir y ser leídos. Estos chicos probablemente tenían un diferencial, pero en ese momento no lo sabían. Tuvieron que pasar por reformas, planteamientos y replanteamientos, además de muchísimas conversaciones (muchas de ellas bastante improvisadas), para conocerse mejor en grupo e individualmente y poder asumir una identidad diferencial. Esa identidad llegó un año después, con las ficciones basadas en hechos históricos, una forma lúdica de entender la realidad. Sin embargo, comenzábamos recién a entendernos. Era el principio de todo.

Muchas cosas han sucedido desde ese principio. Los miembros han cambiado (solo quedamos dos de los 3+1 de hace 3 años), hemos tenido pérdidas, problemas y demás cosas que, a pesar de todo, han contribuido para hacernos mejores y más fuertes.

Este año, planeamos y realizamos algo inusual (aún más que modificar la historia): un vídeo promocional (¿en un blog de ficción literaria?). ¿El concepto? El número 3 (3 años, 3 erres, 3 palabras, 3 de octubre, 3 amigos, etc). Esto constituye una forma de las quizá muchas que existen de extender la identidad lúdica de Errror de Imprenta. Es más, tenemos en mente la realización de un vídeo promocional más, así que pueden esperarlo desde ahora.

Por el momento, los invitamos a disfrutar del vídeo de aniversario.

 

Aparte... estamos realizando un concurso por unas pequeñas libretas con el nombre y logo de Errror de Imprenta. Para participar, deben seguir el siguiente enlace: http://on.fb.me/1dZG9Hn


¡Ah!, y, antes de irme, les anuncio de paso nuestra participación en el concurso Social Day 2013 (nuevo nombre del Blogday: 20 blogs peruanos), en la categoría Arte y Cultura. Si desean apoyarnos, lo único que deben hacer es seguir este enlace (http://socialday.pe/votar?id=173), introducir su correo electrónico y confirmar su voto en su bandeja de entrada. Les agradeceremos mucho su apoyo.


Sin más, me despido en nombre del blog. Que tengan un buen día. ¡Saludos!
So, here I am, amiguitos. Escribiendo en spanglish solo porque sí. Paremos. 
Pensemos en protestas, estados y futbol. ¿Qué tienen en común? Así es, las protestas tienen hijos con los estadios y así nace el futbol. Está bien, está bien, fue algo estúpido. Lo acepto. 
Lo que tienen en común es la protesta llevada a cabo en el Estadio 28 de Septiembre, tal día, en el 2009, en contra del presidente de respaldo que tenía por entonces ese país, un militar. 
Enjoy.
Disfruten. O no.

Auto-Gol 

Los Boinas rojas llegaron cuando nadie se lo esperaba. Hubo humo(bombas lacrimógenas), fuegos artificiales(ráfagas de sus fusiles) y diversión. ¿Diversión? Oh, claro que no. Los Boinas Rojas llegaron y ya nadie supo si se jugaba a cazar humanos. Si el Estadio 28 de Septiembre(que indicaba la fecha en la que se encontraban en el 2009) había decidido respaldar la caza de humanos como deporte, o más bien el Gobierno o la falta de él. La Guardia Presidencial hacía presencia y la fiesta en la que todos estaban reunidos estallaba. Eran repentinamente el alma de ella.
Habían traído todo lo que faltaba.
Algunas personas gritaron, otras se enfocaron en usar su energía en correr. No había de otra, la ignición de la pólvora provocó la exaltación del ánimo. Pésimo ánimo. 


Algunos, insensatos héroes, quisieron pelear por sus derechos. Otros, viejos insensatos, apelaron a su vejez, halaron sus barbas y los golpearon contra el piso. O les dispararon. Realmente no había diferencia cuando usaban todos sus recursos en acabar con los ciudadanos. La única diferencia apreciable era la distinción de sexo, porque esto garantiza, generalmente, satisfacción; y tal vez eso era todo lo que buscaban los Boinas Roja.
Una movimiento de batuta del presidente de respaldo, el Capitán Moussa Dadis Camara, había bastado para que iniciara el caos.
“Un héroe”, así se describía. Esa era la palabra que venía a la mente de Camara cada vez que veía sus cuadros en su oficina. “Soy un héroe”, le reafirmaba el cuadro. Mientras que todo el poder que tenía le sugería que sería estúpido dejarlo solo por seguir las leyes. “Derrotaste al dictador, tomaste al país. Lo llevas al camino correcto. ¿Quién más que tú, Camara, debería ser el nuevo presidente? Acaba del todo con lo que queda del régimen. Sé la imagen del país.”
Y Camara se creía esas palabras. Su mente le decía que la protesta era una minoría irritable que solo desestabilizaba el país. Un país que había perdido su balance desde hacía años.
Ese pequeño grupo no se metería en su camino, porque un grupo de hormigas no detienen el andar de un titán. Él tomaba el camino correcto usando al ejército para controlar al país. De todas formas, ¿quién más que él sabría cómo manejar un país en ese estado?

Moussa Dadis Camara
No había réplica. Estaba solo en su oficina, disfrutando de sus pensamientos. Nada podía ir mal. Protesta detenida, paso de página. Gente abusada, cuerpos a la basura.
Lo que se avistaba en el futuro era la Nueva Guinea. Dirigida por Camara, el brillante líder. El que había ordenado una masacre en el Estadio 28 de Septiembre. El que había abusado del poder del Ejército. El que incumplía su palabra al decir que se postularía para presidente. Pero nunca está demás el poder, ¿cierto?
Rebobinó la información: “Masacre en el Estadio 28 de Septiembre.” Eso significa problemas, evidentemente. Eso significa que está haciendo algo mal. Siendo precisos, significa que hay un grupo de “Elementos incontrolables del Ejército” habían hecho algo mal, y que, él, su dirigente, no podía hacer nada al respecto.
Excusa inmejorable. Un grupo de insurrectos comienzan una protesta y “elementos incontrolables” del Ejército responden con una masacre. Una gota de sudor por su sien. Algo iba indiscutiblemente mal.
La gente corría, tiraba las pancartas al piso. O eran confrontados por militares. Ellos no hacían distinción de nada. ¿Reportero francés? Equipo de grabación al piso, destruido, inutilizable. Golpeado con las culatas de sus fusiles, pateado. ¿Mujeres? Violadas.
Los Boinas Rojas ganan por goleada. El Capitán Moussa Dadis Camara anota un auto-gol. Su campaña presidencial parece sepultada. Los Boinas Rojas pierden la serie, expulsados por abuso de los derechos humanos. Guinea parece tener un futuro prometedor.
Muy bien, muy bien, hoy tenemos un hecho importante para recordar, y ¿qué mejor que con una ficción? El 16 de setiembre de 1976, en Argentina, un grupo de estudiantes secundarios fueron secuestrados por ser considerados como subversivos por la dictadura de la época. Estos casos solo tomaron importancia tras el testimonio de uno de los sobrevivientes, en 1984. En fin... A continuación la ficción del día, basada en la supuesta supervivencia de un estudiante anónimo.

.+.+.+.+.+.+. Fantasma.+.+.+.+.+.+.

Esa noche iríamos al centro. Me había prometido explicarme sin evasivas las razones por las que más temprano, durante el colegio, su actitud fue más bien de pasividad al enterarnos de la desaparición de algunos chicos la noche anterior. Insistió en que no asistiría más a las asambleas e intentó convencerme. Sin embargo, no lo logró. Mi preocupación por el incidente no me permitía quedarme callado, ni mucho menos hacerme el desentendido, como lo hacía él ahora, más que nunca. “Ven al centro esta noche”, me dijo, “como si te fueras de fiesta”. Era un momento inadecuado para fiestas, comprendía perfectamente que algo andaba mal.

De la gente de la UES supe quiénes eran los desaparecidos. Secuestrados durante la noche, interrumpieron la tranquilidad de su sueño, amedrentando a sus familias. ¿Volverían alguna vez a verlos? ¿Volveríamos a verlos nosotros? “Quizá, si nos capturan también”, pensé. Nuestro orgullo pretendía ser pisoteado desde la cancelación del boleto estudiantil. Es probable que él también hubiera comenzado a actuar extraño desde entonces. No recuerdo haberlo visto durante las pintas.

Fotografías de los jóvenes secuestrados durante la noche del 16 de setiembre.

Mientras más atardecía, menos seguro estaba de saber algo. Pronto tendría que ir al centro para enfrentarme a sus palabras.

De pronto, allí estábamos. No recuerdo muy bien cuando llegué, nada más el instante en que comenzó a hablar.

«Es cuestión de tiempo que nos lleven también a nosotros». Al escucharlo quedé completamente fuera de mí. Lo que él intentaba que yo comprendiera era difícil de afrontar. Vivíamos nuestros días convencidos de nuestra lucha, porque nuestras demandas eran justas, pero solo en ese momento supe que la sola idea de sus consecuencias era demasiado grande para caber en nuestras mentes. Tenía miedo. Tal vez todos. Él más que cualquier otro.

Tampoco recuerdo muy bien qué más dijo. Algo sobre irnos lo más pronto posible fue lo único que pude retener tras el impacto de sus primeras palabras. Él llevaba una mochila con ropa. Entramos a algún restaurante a cambiarnos. Nos iríamos esa misma noche. Él estaba convencido, yo actuaba más bien por miedo.

El miedo, no obstante, parecía también haber nublado su proceder, porque no tenía idea de a dónde ir. Pero debíamos salir de Buenos Aires. Eso no era muy complicado. Recordé entonces a una tía del Chaco. Si no lo mencioné fue porque lo olvidé pronto.

Entonces me dijo que a partir de ahora me llamaría Javier Arana y que su nombre también cambiaría. Recuerdo Alberto, pero no el apellido. Quizá no importa mucho, a este punto. De todos modos, nunca llamaba a nadie por el apellido. Así me convertí en “Javi”, o “Javicho”.

Por sencillo que parezca tan solo un nombre, cuesta muchísimo acostumbrarse. Solo respondía si me llamaba dos veces. Luego, con el tiempo, incluso yo mismo dudaría de mi propia identidad.

Terminamos vagando por las calles. Cada vez nos alejábamos más de nuestras casas, cada vez más nos parecía todo menos conocido. Dormimos cerca a la estación de un bus que nos llevaría a Entre Ríos. Durante la vigilia, jugamos a decir sinsentidos con la única excusa de repasar nuestros nombres.

Al día siguiente ya podía recordar mi nombre completo («Javier Arana Díaz, Javier Arana Díaz, Javier Arana Díaz»). O al menos desperté con esa certeza. Sin embargo, él no estaba allí. Alberto se había ido cuando aún el día no era del todo claro.

Entonces recordé, recién, a mis padres, lo mucho que quizá se estaban preocupando, y me di cuenta de que los extrañaba a pesar del poco tiempo que había pasado. Con la certeza de que no volverás a casa incluso un minuto basta para que te entre la nostalgia.

No sabía si Alberto me había engañado o si se lo habían llevado por la fuerza, descubierto al fin. No sabía si vendrían por mí en seguida. No sabía lo que debía hacer a continuación. Estar allí afuera, de por sí, era ya muy peligroso, y el bus hacia Entre Ríos llegaría aún en media hora. Esa provincia se tornó entonces distancia insuficiente para mí. Me sentí completamente vulnerable. Incluso cruzar las fronteras era inseguro. Todos los regímenes cooperaban entre sí en esta tragedia.

Pero para viajar incluso a Entre Ríos se necesita dinero, y lo que tenía no me alcanzaría más que para volver a casa. Revisé en mis bolsillos como para confirmar mi desgracia: precisamente, esas míseras monedas, y un papel doblado. No recordaba haberlo puesto allí, así que lo abrí para verlo.

Allí había un billete, dinero suficiente para ir y volver de la provincia. De inmediato supe que era obra de Alberto, aunque el papel estuviera completamente en blanco. Pero, ¿dónde estaba él? Quizá resultaba más seguro irnos por separado, así que continué esperando.


Llegué a Entre Ríos esa misma tarde. Y vagué algunos días buscando a Alberto. Con la esperanza de encontrármelo probé suerte buscando un trabajo. Fingía tener un par de años más para tener más posibilidades y evitar que me preguntaran por la escuela. Si me preguntaban por mi familia, decía que estaba esperando a mi hermano mayor, pero esa media mentira terminaría por agotarse. Si no es que sospechaban de mí, pensarían que Alberto había sido capturado por el régimen.

Afiche de la película La noche de los lápices, de Héctor Olivera

Cuando lo vi conveniente, abandoné la idea de que llegaría a la provincia y decidí que era el momento de irme. Me inventé otra mentira, utilicé precisamente la posibilidad de su captura para irme de inmediato y sin que me hicieran muchas preguntas.

Volver a Buenos Aires después de varios meses, enterado por los noticiarios de que los compañeros de la UES habían desaparecido. Volver era una contradicción en sí misma. Yo también era un desaparecido, yo también era un dado por muerto. Mis padres también lloraron por mí, seguramente, durante las navidades. ¿Quién era yo, pues? Quien quiera que haya sido, estaba muerto para todos desde aquella noche, y convenía, por mi seguridad y la de muchos otros, que continuara como tal.

Quizá no me reconocerían al volver. Quizá no me verían y resultaba que era un fantasma. Acostumbrarse a un nombre, por más simple que parezca, siempre resulta complicado. El mío, por ejemplo, se ponía frente a mí, amenazándome de muerte.

Volver a Buenos Aires… quizá debí intentar con otra provincia, Javicho.

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Muy bien, señores. Eso ha sido todo. Espero que hayan disfrutado de la lectura... Aparte, les comento que hay una película basada en La noche de los lápices, que precisamente se llama así. Les dejo un link aquí. También pueden revisar este documento, pues contiene información interesante y contrastada sobre el acontecimiento. Ahora sí, hasta la próxima...
Esta publicación debió haberse hecho dos días antes, ya que la fecha a la que se refiere es el 2 de setiembre de 1945, día en el cual se termina formalmente la Segunda Guerra Mundial con la firma de la rendición de Japón. Hagamos como si fuese lunes 2 y no miércoles 4 y seamos felices.
Hirohito fue el emperador que estuvo en el trono imperial de Japón durante la segunda guerra mundial. Su participación en ésta ha sido muchas veces controversial, ya que algunos le atribuyen mucha más responsabilidad militar de lo que la historia oficial nos relata.
El 15 de agosto, seis días después del bombardeo de Nagasaki, Hirohito le habló por primera vez a su pueblo a través de la radio, anunciando la rendición de Japón en la guerra con un discurso bastante conocido. Días después en la Bahía de Pekín se daría un tono formal y simbólico a esta rendición. Los japoneses, naturalmente, sintieron todos estos trámites como el inicio de una larga humillación, porque se estaba aceptando, entre otras cosas, la ocupación de Estados Unidos.

Como yo creo en conspiraciones y me gusta el te, he escrito este cuento.

El honor saboteado


Sabía que no sería rápido, pero lo prefería a tener que volarse los sesos con una pistola o hacer todo el ritual del Harakiri. Ahí a su costado estaba de pie Mei, su fiel sirviente, con una bandeja de plata sobre la cual estaba la decisiva taza de té; sus ojos estaban hinchados de tanto contener las lágrimas, pero se paraba erguido a pesar de sus 78 años y no poder mirar directamente a los ojos de su amo.

— Puedes dejar la bandeja y retirarte, si es tu deseo.

Mei dejó la bandeja en la pequeña mesa frente a la silla del emperador y retrocedió cinco pasos. Se quedó ahí.

El emperador Hirohito

Hirohito sabía que aquello sería decisivo en la historia de su patria. Todos sabrían con gran asombro que su emperador no era un Dios, sino un simple mortal que también sentía culpa y vergüenza por todas las humillaciones por las que estaba pasando Japón. Acabar con su vida era para él la única salida honorable luego de haber aceptado la rendición y aquel discurso por radio. No había vuelta atrás, además ya todo estaba preparado para que al día siguiente se firmara la rendición en la Bahía de Pekín. Su sello real ya estaba formalmente en camino a estamparse en el documento de la deshonra.

Había escrito cuidadosamente una carta en la cual explicaba todo lo que realmente quiso decir siempre a su pueblo durante todos aquellos años de guerra y que las presiones políticas impedían.
Estaba sentado  mirando fija y seriamente la taza de té, cuando tocaron la puerta. Era el menor de sus hijos varones con su sirviente. Mei dejó pasar al pequeño Hitachi, quien corrió hacia su padre, lo abrazó fuertemente y con la misma rapidez dio media vuelta y corrió hacia la puerta entreabierta, detrás de la cual Hirohito presentía la presencia de su esposa Nagako, vestida enteramente de blanco y el rostro más blanco aun, con una irreparable expresión de tristeza.

La puerta se cerró. Quedaron nuevamente los dos, solos. Esperó un par de minutos para parar la hora en su reloj pulsera, cogió tranquilamente la taza y se tomó el té a sorbos lentos. Esperaba sentir dolor inmediatamente, pero tuvieron que pasar varios minutos para sentir las primeras presiones en el estómago, que extrañamente se sucedieron por una presión en los músculos. Sentía que las fuerzas se le escurrían por completo. Se recostó con los ojos bien abiertos en el espaldar de la silla acolchada y esperó. La conciencia se le iba apagando de a pocos, cerró los ojos. Todo era negro.

Cuando abrió los ojos se sobresaltó tanto que se atoró con su propio grito ahogado. Frente a él estaban tres de sus ministros. No pudo comprender hasta que sus turbados ojos se posaron en la cabeza gacha de Mei. Era un dos de setiembre de 1945. Habían saboteado su propia muerte. La rendición ahora no podía ser más humillante.  
Mamoru Shigemitsu, Ministro de Relaciones Exteriores, a bordo del
USS Missouri, firma el Acta de Rendición en nombre
del Gobierno Japonés.

¡BUENAS TARDES, AMIGUITOS!
Hoy les contaré la historia... ¡de un conquistador!
Sí, sí... un malvado asesino, o un salvador de los débiles. O ambas. Genghis Khan o Temujin. El inicio de de su vida y de su muerte.
El Príncipe Universal, el Príncipe de los Océanos, porque la tierra era plana en ese entonces. Y él era poderoso, casi dueño del mundo. O del mundo oriental, si eso tiene algún sentido.
Pero como bien saben, toda historia hermosa donde conquistas casi toda Asia, o el mundo, o la galaxia, o el universo, tiene un comienzo trágico.


La historia de un Príncipe


Recuerdo a un niño.
A veces recuerdo un nombre... Príncipe de los Océanos.
A veces recuerdo la cara de una madre  triste, llena de lágrimas y a un niño creído, con la cara sucia y el ceño fruncido. Recuerdo sus duras palabras como si las hubiera pronunciado:
— Es mi deber ser Jefe Tribal. No hay nadie más apto por el linaje— sus palabras sonaban imponentes, pero era un niño con tan solo diez años. Vio a su padre con ojos orgullosos, con ojos que creían haber vivido mucho; estaba tieso, inerte, algo pálido. Quería enorgullecerlo. Quería que Yesugei lo mirara de nuevo, vivo.
Estaba furioso; que una tribu enemiga haya sido tan cobarde como para envenenarlo, y había funcionado. En el Khamag Mongol dominaba la discordia. Ninguna tribu estaba a favor de nadie. Había ocurrido una tragedia y la tragedia había transmutado en la desunión de las tribus.
—Nadie querría ser liderado por un jovenzuelo como tú.— Recuerdo esas palabras, tan injustas, tan duras cuando las oyó ese niño. Recuerdo la soledad, la furia, los ojos de desilusión de una madre, la desconfianza entre hermanos. El hambre, perforando estómagos. La interpérie. El voraz frío.

Ghengis Khan, de la dinastía Yuan, montado a caballo.

Una furiosa mente pueril buscando comida. Pensando, en las noches, cuando recordaba a su padre mientras miraba a Tengri, el Gran Cielo, que el honor no valía nada si luego de ser hijo del Jefe Tribal simplemente te dejaban. Que el miedo, por otra parte, era un poder gigantesco; que la ternura de su madre les había dado una falsa unión entre hermanos, pero que solo el que se proclamara el más fuerte entre ellos lograría restaurar su linaje.
Recuerdo muy bien el nombre de un desgraciado al que no me atrevo a llamar hermano, Behter. Recuerdo que su egoísmo y la injusticia iban de las manos. Siento un fuego arder, un fuego que no se podía extinguir.
— Todos necesitamos comer, Behter. Tienes que compartir lo que encuentres—. Sentir el crujir de tu estómago, el dolor.  Sentirte impotente y lanzar un golpe ciego, que se traduce en una pelea... No saber qué haces, porque el incendio ya se extendió. Un incendio de llamas negras. La sangre en las manos de un niño que acababa de matar a otro niño.
¿Han sentido alguna vez el temblor de las piernas, de las manos? Estar a punto de llorar a moco suelto. Mataste a alguien.
Pero lo maté porque era necesario. Porque quería a mi madre y a mis hermanos, a pesar de lo cruel que era el mundo. O tal vez, de lo cruel de los espíritus de Erlik.
Había esperanza, todavía estaba la futura esposa de ese niño. La alianza de dos tribus.
Ver como se destruyen las tribus entre sí no es nunca fácil. Te enseña cosas, como que hay que estar unido como familia para prever traiciones entre alianzas; como que de nada servía el enrevesado sistema que manejaban todas las tribus, si al final terminarían en guerra. Matándose unos a otros.
Un conocimiento persistía en la mente de ese niño que era ya todo un adulto. La única forma de acabar con esto, era conquistar todas las tribus. Era apoderarse de todo. El miedo, que no sirve entre familiares, es un poder gigantesco entre rivales y aliados. Si le tienes miedo a la gran tribu de un aliado, probablemente te lo pensarás dos veces antes de traicionarla, porque sabes que los beneficios son mayores si te quedas a su lado, conquistando todo a su paso.
Una verdadera lección es que en los malos tiempos no hay aliados. No vale el pasado. Yo, Temujin, que cuento esta historia porque el final se acerca, porque confío en que mis sucesores continuarán con la unión de esta Mongolia que he creado, sé que los aliados desaparecen cuando tienes hambre, sed y estás necesitado. Que te encierran como prisionero por rencillas del pasado, de tu padre, o de tu abuelo.
Genghis Khan y sus tres hijos
Y sé que las palabras tienen poder en la gente. Porque cuando fui encerrado por antiguos aliados de mi padre, por estar hambriento, mis palabras hicieron General a lo que era un mero guardia, cuando tenía quince años. Si me das la mano una vez, te daré poder.
Esa ha sido mi historia como Genghis Khan.
Buen día, señores. Hoy, estamos aquí reunidos por un acontecimiento importante: la muerte de Cleopatra. Esto sucedió en el año 30 a.C. luego de que fracasaran ella y su amante Marco Antonio enfrentándose a Octavio, que había puesto a toda Roma en su contra. Así pues, lo que leerán a continuación es precisamente sobre la decisión de Cleopatra de acabar con su vida, pero con una pequeña variación que luego verán. Vean, pues, ustedes mismos.



.+.+.+.+.+.+.  El regalo de Isis.+.+.+.+.+.+.

Todo se había perdido en Actium. Para Cleopatra eso era una verdad indiscutible. Estos últimos enfrentamientos ya no tenían sentido. Definitivamente perderían, y, quizá, todo había sido culpa suya. Probablemente no era el momento, pero comenzaba a juzgarse a sí misma. Su sola imagen provocaba en Roma una total hostilidad. A partir de su unión con César, había sido acusada de todo, incluso brujería. Ahora, con Marco Antonio, las cosas no fueron distintas, sino aún más insoportables. De nada valían los esfuerzos de él por unir ambos imperios. Desde la muerte de César, todo estaba en su contra, especialmente Octavio.

"La muerte de Cleopatra", por Reginald Arthur

Siglos de historia comenzaban a desmoronarse ante sus propios ojos. Si seguía así, que era lo más probable, pronto su dinastía dejaría de existir para convertirse en nada más que una leyenda. Estaba herida por ello, pero también por arrastrar a un hombre en su desgracia. Era probable que él no confiara en ella, pero podía notar un afecto irreverente en sus ojos. Era suficiente para saber que la amaba, y que la protegería, y también así a su reino mientras existieran. Sin embargo, cada vez había menos que proteger, cada día las esperanzas se hacían más pequeñas, como piedras lavadas por el tiempo. Quizá había llegado realmente el momento del fin.

Estaba decidida. Nada había más claro para ella, la última reina de Egipto, como ya había comenzado a asimilarse. Solo su vida podría cambiar el rumbo de las cosas. Si desaparecía, Antonio debería rendirse y tener mayores posibilidades de sobrevivir y regresar al mundo al que pertenecía. Estaba realmente segura.

Al ver el áspid, supo que no había marcha atrás. Mandó a sus criadas a irse y encargó dar la noticia de su muerte a Antonio. La víbora se enredó en la mano de la última reina de Egipto, ahorcando sus venas, e incrustó sus colmillos en su pecho. El grito de Cleopatra fue escuchado por sus criadas, quienes, al verse desamparadas, se quitaron también la vida, inmediatamente.

"Antonio y Cleopatra", por Lawrence Alma-Tadema

La muerte de Cleopatra fue lenta y apacible. Pero, en medio de la nada, cuando se suponía en el mundo de los muertos, inactiva, sin cuerpo, alma ni pensamiento alguno posible, una voz le devolvió el habla.

Despierta, Cleopatra. Tú, que has muerto por amor… tu objetivo fue imposible y ciego tu obrar. Él también ha muerto. Prefirió el suicidio al saberte muerta. Mira, mira con tus propios ojos el destino que has elegido. Yo, Isis, te concedo esta visión…

Y del vacío apareció Alejandría, y pudo ver de cerca la lucha de su amado. Fue testigo de la forma en que estaban siendo vencidos y de las pocas fuerzas que le quedaban ya a Marco Antonio. Presenció la noticia de su propia muerte llegar a sus oídos y las más sinceras palabras que jamás le escuchó decir.

“Solo con la muerte me ha convencido tu lealtad”

Supo, en ese momento, que todo había sido en vano, y sufrió también las penas de Marco Antonio debido a sus dudas. Ya no había forma de solucionarlo. No podría decirle lo que no le había dicho. La muerte se lo impedía.

— Qué cruel es la muerte, oh, Isis…

Sin embargo, ahora que has visto, tú, que has muerto por amor, debes saber que es inútil intentar cambiarlo. El destino, el tuyo y el de Antonio es esa muerte, sin ninguna duda. El reino acabará después de ti, y no habrá forma de reconstruirlo.

— ¿Por qué me muestras, entonces, tanta crueldad? Debí quedarme a oscuras, sin emociones.

Porque puedes volver, Cleopatra, y él morirá en tus brazos. No dejes que muera solo. Espéralo.


***

Al ver el áspid, supo que no había marcha atrás. “Él vendrá”, pensó, “y moriremos juntos esta vez”. Dejó el recipiente con el áspid a un lado y esperó.

Cuando su amado estuvo allí, la invadió el miedo. Sangraba de una herida en el vientre que parecía imposible de cerrar, justo el mismo lugar en que lo había visto clavarse en su visión.

— Esto no es de ninguna forma una victoria. ¿Te rendirás? —Antonio buscaba también cambiar el destino, salvando la vida de Cleopatra.

— Prefiero la muerte.

"Cleopatra abraza el cuerpo de Marco Antonio...", por Bartolomeo Pinelli

De este modo moría Antonio en sus brazos, víctima de la misma herida. De la misma manera, ella comenzaba a asimilar su nuevo destino, que era prácticamente el mismo. Resultaba igual de difícil acabar con su vida una segunda vez.

Probablemente no era el momento, pero comenzaba a juzgarse a sí misma…

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.

¿Qué tal? ¿Les gustó este juego mítico temporal? A mí sí. Seguro habrá opiniones sobre la personalidad de Cleopatra, pues hay quienes la consideran una mujer más bien fría y ambiciosa. No creo que sea tanto así. Gracias por leer. Adiós.
Hoy, hace un año, una pequeña noticia llegaba a nosotros como una gran pérdida. Esto se supone que sea un texto en memoria de Anónimo Conocido, amigo y miembro de este blog de ficciones, fallecido en agosto de 2012. Uno de los iniciadores, quizá hasta le debemos el nombre... Como decía, este desordenado texto se supone un llamado a la nostalgia, pero no es nuestro estilo aquí ser tan nostálgicos ni ceremoniosos. No vamos a obligarlos a conocerlo, ni vamos a obligarnos a recordarlo tampoco. Es aún más simple y extraño: no necesitamos forzar la memoria, porque se encuentra vívido en ellas. Y tenemos un aprecio grande por su participación aquí y las cosas que aprendimos juntos el tiempo que pudimos conocerlo. Esto no es un texto para él, porque no está aquí y no hay forma de que pueda leerlo. Es simplemente una muestra de que es importante. Una muestra para ustedes y también para nosotros, para darnos cuenta de que lo recordamos, de que estamos vivos y podemos seguir nuestro camino, y de que formó parte de nuestras vidas, por más mínimo que pueda llegar a resultar. Esto es una muestra de que Errror de Imprenta se construyó junto con él. Esto es una muestra de humildad y, quizá sea difícil decirlo, pero... tal vez, sin que nos diéramos cuenta, la nostalgia se haya escurrido por aquí.

Es todo. Hasta el próximo post.

Pd.: Para aquellos que quieran leer algo suyo, aquí uno de sus mejores textos en el blog.
Por razones extrañas, el joven Zackarías estuvo siempre impresionado por Freud... Hola, sí, soy yo, divagando un poco. No han leído mal, dije Freud. ¿Qué hay con él? Pues, para quienes no lo conozcan, se trata de un neurólogo austriaco, padre del psicoanálisis. En 1895, Sigmund Freud desarrollaba su teoría sobre los sueños para lo que sería "Interpretación de los sueños", varios años después. La noche entre el 23 y el 24 de julio de ese año tuvo un sueño que le llamó mucho la atención y lo transcribió sin pensarlo mucho para posteriormente analizarlo. Este sueño sería conocido como "El sueño de la inyección de Irma", y numerosamente citado en el futuro, hasta hoy. Ese es el tema de la ficción de hoy. Me he tomado la libertad de reescribir el sueño. Así, esta es mi versión del sueño más conocido del Dr. Freud:

.+.+.+.+.+.+. El Abismo de Irma.+.+.+.+.+.+.

Es Bellevue.

Una gran fiesta.

El Doctor Freud recibe a sus últimos invitados. Es exactamente la hora, y a la hora han llegado. Abrimos las puertas para dejarlos pasar como a una gran ola. Allí están todos sus conocidos, una multitud considerable ha sido llamada a asistir y al parecer todos se han tomado la molestia. Habrá que tratarlos bien, por supuesto. Allí va su buen amigo, el Dr. Otto, a quien saluda rápidamente. Y también, más allá, está Irma. La carta que recibió hace poco de ella era casi un reproche. El Dr. Freud va directamente hacia allá, a aclarar las cosas.

Castillo de Bellevue (1895)

— Disculpe usted, pero si no ha optado por la “solución” no hay manera de que mejore.

El Doctor habla muy plácidamente. Nadie diría que su “solución” le hizo perder una paciente. Sin embargo, aún está seguro de su método.

La voz de Irma lo hace mirarla detenidamente. Está más pálida, dice tener dolores por todo el cuerpo. Su voz, por momentos, le parece conocida, mas no suya. Si no es Irma, ¿quién podrá ser? Responde al nombre de Irma, pero su voz fluctúa entre dos timbres. Esto, quizá, para el doctor no sea importante. La “solución” debe ponerse en práctica. El estado de la paciente no ha sido responsabilidad suya.

Cerca a la ventana, apartados del mar de gente, Freud revisa a la paciente. Ella se resiste y sus ojos dejan de ser suyos por un instante. Una vez más, al doctor no le interesa. La garganta. Revisar la garganta de Irma, ¿para qué? En su garganta estará la respuesta, el por qué de su palidez, o se tragará al mundo al abrir la boca, o le morderá la mano al doctor.

Irma abre la boca. Ante el doctor, un precipicio. También el inicio del universo. Allá abajo, en el vacío, ¿quién sabe a dónde lleva?, distingue los sexos de tres mujeres. Algo enigmático sucede, quizá son solo formaciones rugosas, pero han llamado la atención del Dr. M., aún más pálido que Irma y sin barba, un hecho extraño. Nunca lo creyó capaz de afeitarse tanto. A lo mejor fue un accidente, ya pronto lo dirá, si no, tendrá que ver con su extrema palidez.

“Es una infección”, dice el Dr. M. También ha notado las manchas blancas en el abismo de Irma, que no ha cerrado la boca hasta ahora. Las manchas que ven tienen la apariencia de escaras. Un sonido muy fuerte inunda la sala. Freud lo reconoce: una aspiración nasal violenta. Para los demás ha sido nada más que el viento. Es común en lugares tan altos.

Dr. Sigmund Freud
El Dr. Otto llegó con curiosidad a revisar los sexos y las escaras blancas en la garganta de Irma. “No hay duda, es una infección”, asegura M. tras realizar una percusión en la espalda de la paciente.

Un mal curará otro mal. “Una disentería eliminará el veneno”. Se irá con la misma enfermedad. Disentería, por los tubos de desagüe. Risas. Nadie ríe, en realidad. La opinión parece ser seria. Disentería Distería Disteria Difteria, ¿qué tiene realmente Irma?

Ver repetidamente por el abismo excita las mentes de los doctores. ¿Dónde está Irma? Está el abismo, los tres sexos, las escaras blancas…

¿Y la razón de la infección? ¡Quién sabe! No hay forma de saberlo. Ahí, en el vacío en el que los tres doctores miran los tres sexos, en el origen y el final del universo…

Les pasan unas copas. Hay que conversar sobre el caso, analizarlo bien. Esos síntomas son extraños, ese abismo por sí mismo es extraño.

Huele a aguardiente barato. Freud se resiste, tiene miedo de envenenarse. Hablará con quien lo haya servido. No podría permitir tremenda falta.

— ¿Te gusta, Sigmund? De ananás. Yo mismo lo traje, como un regalo.

“Está bastante bueno”. Los rostros de aprobación a su alrededor hacen que se quede callado. 

Amilo, Propilo, Metilo…

— Debe ser esa inyección… —murmura el Doctor Freud.

Todos asienten. ¿De dónde vino la respuesta?

Amilo, Propilo, Metilo…

Simplemente lo saben. Otto le aplicó una inyección hace poco, eso debe haberla infectado. El descuidado de Otto, entrometiéndose, convenciendo a Irma de que “la solución” de Freud no es la adecuada. Es culpa de Otto, entonces, y de su jeringa sin limpiar. Tiene todas estas imágenes claras, como si él mismo hubiese aplicado esa inyección.

Amilo, Metilo…

“TRIMETILAMINA”

Un invitado pasa lentamente por en medio de ellos, alzando su pañuelo justo frente a los ojos de Freud. El pañuelo tiene escrito TRIMETILAMINA. La tinta está un poco corrida. “Esas inyecciones no se ponen con tanta ligereza”.


Irma… ¿dónde está Irma?

Irma no está. Solo queda el abismo.

Sigmund y su amigo Otto observan hacia el vacío, intrigados aún por los tres sexos y las escaras color blanco. El Dr. M. se ha apartado. Su forma de andar también es curiosa: nunca se le había visto cojear. También la intriga parece abrumarlo. Quizá piensa en el abismo, o en la ausencia de Irma.

Irma no está. M. la busca.

El mar de gente se ha ido.

Es Bellevue.

Una gran fiesta.

Freud y su amigo Otto disertan sobre un abismo de tres sexos.


.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.

Muy bien. Esa fue mi versión del mencionado sueño. Si quieren saber más sobre la teoría de interpretación de los sueños de Freud, pueden revisar la Wikipedia o su propio libro "La interpretación de los sueños" (el de la inyección de Irma se encuentra en el Capítulo II). Y... bueno, como dato adicional, Irma no es el nombre real de la paciente de Freud, sino Emma Eckstein, cambiado para proteger su identidad. Ahora sí, eso es todo por ahora. Gracias por leer.