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domingo, 14 de agosto de 2011

¿Conoce a Isabela Duncan? 5-1

Me retrasé, es verdad. Ayer debió publicarse este capítulo pero me entretuve paseando por las calles y escribiendo un relato corto. La novedad es que este capítulo se me extendió mucho y por cuestión de espacio decidí partirlo en dos. Y... !Oh rayos!, la otra parte también se me está haciendo larga también... así que quizás terminen siendo tres xD. Otra cosa sería que el tipo de narrador va a cambiar a partir del sexto capítulo. Así fue planeado desde el principio. Y, finalmente, el melómano de este blog les recomienda para relajarse: I will possess your heart de Death Cab for Cutie.


¿Conoce a Isabela Duncan? Capítulo quinto (Parte I)


Una vez ido Santiago, Matías no pudo evitar sonreír y sentirse orgulloso de su ingenio. «Soy el más inteligente de este pueblo- se dijo-. De eso no cabe duda ». Lo había conseguido, y no solo eso, avizoraba poder solucionar un problema monetario que tenía con el dueño del único bar del pueblo de Velarde, el señor Galindo, un bonachón de cincuenta y seis años, una sonrisa que yacía oculta tras una espesa barba que suplía la falta de cabello, y unas espesas cejas eran lo que lo caracterizaba físicamente. Era una persona interesante y poco usual: si no podías terminar de completar la cuenta le podías contar una historia- pero una buena- y se daba por pagado. Era esto lo que Matías esperaba que se diera el próximo sábado, y cambiando de planes, no dudó ni un minuto en regresar al bar a relatar su buena nueva.
- ¡Qué tal señor Galindo!, ¿bonito día no?- gritó de repente Matías mientras entraba al bar y se acercaba a la barra donde se encontraba el señor Galindo limpiando un par de botellas.
- Tan temprano aquí. ¿Qué no tienes que trabajar? ¡Vaya a trabajar, zángano!- respondió el señor Galindo.
«En verdad parece molesto- pensó Matías al ver el rostro arrugado de Galindo-. Creo que será mejor que la sorpresa del sábado se mantenga como una sorpresa. Mejor le hablo de otra cosa y justifico mi visita».
- ¿Qué así se va a poner con uno que viene de tan buen ánimo? Yo que vengo con las más buenas intenciones para saludarlo y usted se pone así. Además es domingo.
- ¿Y?, en este lugar se trabaja todos los días, si no no se come, eres solo tú el que se quiere dar el gran descanso. Ya, ya, mucha palabrería, qué es lo quieres, no te conoceré, chiquillo.
- Bueno ya que se muestra de tan buen ánimo en ayudar a su prójimo como todo buen cristiano. Solo quiero hacer una llamada, solo una pequeña llamada.
- ¿Y por qué no llamas desde tu casa?- bromeó Galindo. Sabía perfectamente la carencia de este bien en la casa de Matías.
Matías sonrió.
- Ya veo que está de buen humor señor Galindo. Para que me serviría uno de esos aparatejos a mí, todos con los que puedo comunicarme no viven tan lejos. En su caso es distinto, si no tuviera uno quién le traería a Velarde esas bebidas que tanto calman la sed a sus concurrentes.
- Son excusas, si trabajaras más ya tendrías uno. Como Romualdo que ya tiene uno.
- Oh sí, claro, por eso justamente quiero ser yo quien sea su primera llamada.
El señor Galindo soltó una de esas sonoras carcajadas que tienen algunos viejos de voz gruesa.
- Está bien mocoso, llama- dijo Galindo mientras terminaba de reírse-. Tienes suerte de tener la capacidad de hacerme soltar una carcajada.
- Siempre tan amable.
Dicho esto, Matías, levantó la pequeña puerta de madera para pasar por detrás de la barra, esquivó al señor Galindo y cogió el teléfono, dio las vueltecitas que eran necesarias para marcar a Romualdo y esperó a que contestara. Nadie contestó. “Maldición”, pensó Matías. Volvió a llamar y esta vez tuvo suerte.
- ¿Aló?, ¿Aló?
- Sí, hola, soy Matías.
- Ah, hola, Romualdo. ¡Qué sorpresa!, pero para que llamas si puedes venir.
Este comentario totalmente espontáneo, libre de toda malicia, no sonó como tal del otro lado del auricular. No obstante, Matías lo dejo pasar, al menos en parte.
- Bueno, Romualdo- explicó con desgano- prefiero perderme el “placer” de discutir con tu esposa.
La esposa de Romualdo, sabiendo de la reputación de bebedor de Matías, no veía con buenos ojos esta amistad. Y no fueron pocas las discusiones que tuvo tanto con su esposo como con Matías.
- Bueno… ¿Y cuál es el motivo de tu llamada?
- Aquí, para recordarte que tienes que venir el sábado sin falta.
- Claro, cómo no hacerlo, si ya hemos quedado.
- Espera, déjame terminar. Eso no es todo. Recuerdas que querías escuchar la historia de la bella y la sombra. Quién mejor que nuestro amigo Romeo para contárnosla.
- ¿Qué quién y la qué?
- La historia de Santiago pues, tarado.
Se produjo un intercambio de risas por los auriculares del teléfono.
- Habla así pues, compadre. ¿Romeo?, ¿quieres decirme que se va a reunir con nosotros el viernes?
-Tal y como dices.
- ¿Así de fácil aceptó a contar su historia a unos desconocidos?, ¿no que no lo conocías?
- No lo conocía, pero hoy de casualidad hablamos un poco. Bueno, no es que venga específicamente para contarnos su historia. Va a venir a tomar unas aguas con nosotros; pero hablando e intercambiando anécdotas ya verás que terminaremos tocando el tema. Solo hay que saber encaminar la conversación para que no parezca algo brusca cuando hagamos la pregunta acerca de Rosario. Si supieras cómo se puso cuando la mencioné.
- Hombre celoso, hombre peligroso- bromeó Romualdo.
- Claro, usted sabe de eso- dijo Matías-. Así que ya sabe, una noche de anécdotas y copas es lo que nos espera el sábado. Lo más probable es que nos vamos a quedar de largo-. Pídele permiso a tu mujer no más- bromeó.
- Sí, mejor hacerlo de una vez- respondió Matías ignorando la broma-. Estaré allí sí o sí, eso no lo dudes.
-Bueno, hermano, sin nada más que decirte, te cuelgo. Ya sabes lo caro que es llamar en este pueblucho- susurró Matías mientras miraba al señor Galindo -. Hemos quedado a las seis pero vente al bar a las cinco para contarte los pormenores y plantear más o menos cómo vamos a llevar la conversación. Nos vemos el sábado.

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martes, 2 de agosto de 2011

¿Conoce a Isabela Duncan? 3 (Dear God please help me)

¿Por qué pongo ese título? No, no soy religioso ni estoy desesperado. El único motivo que me impulsó a hacerlo fue que al mismo tiempo que escribía esta pequeña entrada escuchaba una canción de Morrissey, que lleva el mismo título que pueden observar. Y al escucharla hice un pequeño collage mental- esas cosas con las que a veces uno se identifica- de lo que se decía en ella: Dear God, did this kind of thing happen to you? Dear God, please help me. Dear God, if I could I would help you. Es algo sencillo y simple, es verdad; pero Morrissey pone mucho sentimiento al cantarla y en eso radica lo cautivante de esa canción. Sin más preambulos doy inicio a este tercer capítulo... P.D: El sabado publicaré otro más...

¿Conoce a Isabela Duncan? Capítulo tercero.


Eran las siete de la mañana y los primeros rayos de sol empezaban a calentar las cabezas de los viejos perros callejeros que solían dormir en la plazuela del pueblo. La plazuela era el lugar preferido de los niños para jugar y en cada uno de sus extremos había pequeñas bancas donde solían sentarse los viejos a solo sentarse y ver algún recuerdo pasar. De no haber niños se podía decir que el pueblo estaba muerto. Contaba también con una pequeña pileta llena de hojas secas y envolturas que se habían acumulado hasta llenarla completamente, desde hace años ni una gota de agua había emanado de ella; pero para los niños siempre estuvo llena y se sumergían entre las hojas de la pileta, para disgusto de sus madres, que luego tenían que vérselas con los trapos.
Uno de los perros- el más pequeño de todos- , que andaba olfateando un peculiar olor, quizás sintiendo un poco de curiosidad, se acercó a una de las bancas para ver quién era el extraño individuo que invadía su territorio, toqueteó con su nariz húmeda la cara del hombre que se encontraba con la boca abierta y los brazos colgando de los extremos de la banca; al ver que no reaccionaba, comenzó a lamer la cara del sujeto, que sonreía producto de la realidad que se le proyectaba en el sueño. Se veía o solo sentía que estaba en su lecho- pues estaba con los ojos cerrados- besando a su esposa, un beso apasionado que se acabó al escuchar un ladrido.
Se levantó exaltado mientras esperaba unos breves segundos a que su vista se aclimatara al día. Frente a él podía ver una pequeña silueta negra con un punto rosado. Al aclarase su vista pudo ver a un pequeño perro negro que se encontraba jadeando mientras una larga y espesa baba salía de su boca hasta tocar el suelo. Se tocó la barbilla casi por instinto y pudo sentir que la misma espesa baba que estaba viendo se encontraba embadurnando todo su rostro.
- ¡Maldita sea, largo de aquí!, ¡vete!- gritó colérico, Matías.
El pequeño perro lejos de hacerlo se puso a gruñir y ladrar al sujeto por el cual antes había mostrado simpatía.
- ¡Así que bravito te crees eh!- dijo en tono de broma al escuchar los débiles ladridos del perro, que lejos de intimidarlo le causaban gracia-. Ya, anda, vete- volvió a repetirle en un tono más leve mientras aplaudía hacia el lugar donde estaban los otros perros.
El perro dejó de ladrar repentinamente y se quedó observándolo fijamente con una mirada curiosa por un momento, ladeo la cabeza levemente, miró hacia donde estaban los otros perros y empezó a correr hacia su encuentro.
- Menudo animal- dijo sonriendo- parece que entendiera. Quizás a veces solo quieren un buen trato al igual que todos.
Se levantó de la banca, estiró un poco el cuerpo y cuando iba a empezar el camino a casa pudo ver cómo un par de señoras se reían. Estaban a una distancia considerable, pero juraba que podía escuchar su cuchicheo, aunque solo eran las palabras que en su mente se imaginaba que estaban diciendo. «Deben haber estado viendo el beso que apasionado que me daba mi “adorable esposa”, en realidad sí que se parecen», bromeó.
Luego de que se fuera Romualdo se había quedado bebiendo con otros de los concurrentes al bar. Los mismos que antes habían volteado para ver a Romualdo gritar exaltado y burlarse del hecho, se habían convertido en sus nuevos compañeros de carcajadas; al menos mientras durara la cerveza. Había comprobado su vieja teoría de que todos los desconocidos se vuelven los mejores amigos en torno a una botella. A mediados de las cuatro de la mañana- cuando ya todos habían caído uno a uno y su mano tocó vacío en su bolsillo- fue que decidió que ya era hora de irse a casa. Hasta el encargado del bar se encontraba dormido en la barra, cosa que aprovechó para salir lentamente del bar y dirigirse al lado de su bella esposa, que lejos de estar preocupada había estado furiosa esperando que viniera su esposo para armarle un pleito. Esperó hasta las doce, y acabada su paciencia, cerró la puerta con candado y clavo, y se echó a dormir con la firme resolución de no abrir por más que Matías se pasara tocando la puerta toda la noche.
No era nada nuevo que Matías se pasara de copas. Su padre había sido un asiduo bebedor y desde los doce años se llevaba a su hijo a los bares luego de trabajar. “Para que seas más hombre más rápido”, le decía, “tienes que aprender a tomar de una vez para que después no estés dando pena”. Matías recordaba siempre con una sonrisa llena de ironía las palabras de su padre: tal y como le dijo, no hubo una noche en la que fuera necesario que lo cargaran en hombros a su casa ni que luego se enterara por palabras de otros alguna tontería que hubiera realizado; siempre se levantaba totalmente sobrio de la mesa- si es que se puede llamar así a una persona que pese a haber bebido toda la noche no presentaba ningún signo evidente de embriaguez- y emprendía el camino a casa con la única intención de echarse a dormir. Al contrario de su padre, su maestro en la bebida, que más de una vez hizo el ridículo producto de haber tomado solo unos cuantos vasitos. Por suerte siempre tuvo a Matías a su lado para que lo llevara en hombros y escuchara en el camino toda la sarta de incoherencias que tenía que decir. ¡Nunca se callaba! Siempre tenía algo que decir y exigía que se escucharan todas sus incoherencias. Pobre su madre, ella tan buena y tan santa, tenía que desvelarse por tener que soplarse todo el discurso.
Debido a estos pensamientos en los cuales Matías se encontraba sumido no pudo advertir que una persona venía en su dirección contraria. Solo notó su presencia cuando estuvo demasiado cerca y sus hombros se chocaron.
- ¡Ten más cuidado!- gritó Matías mientras volteaba para ver al hombre con el que había chocado bruscamente.
- Ten más cuidado tú- escuchó de respuesta.
Al voltear pudo ver a un hombre vestido de camisa a cuadros, pantalones desgastados y un sombrero de paja que no dejaba apreciar bien su rostro. Las ropas parecían colgar de su cuerpo de lo flaco que estaba, dando la impresión de estar viendo a un espantapájaros. Era Santiago sin sombra…

miércoles, 13 de julio de 2011

¿Conoce a Isabela Duncan? 2

Bueno aquí de vuelta luego de una ausencia de tres semanas, es decir lo normal. Las tareas me agobian y no he podido continuar con este pequeño proyecto, que me decidí emprender, con una mayor continuidad. Solo una semana más para empezar con fuerza. He tenido algunos cuestionamientos en mi historia, el primero fue el nombre de la chica mencionada pero todavía no aparecida: Isabela Duncan. Al principio me gustó el nombre y no me importó el que aludiera a una bailarina; sin embargo ahora sí, pero lo hecho, hecho está. Continuando donde me quedé, Romualdo y Matías se encuentran conversando mientras toman algunos tragos y es mencionado el nombre de un tal Santiago y...

¿Conoce a Isabela Duncan? Capítulo Segundo.

- ¿Y por qué le dicen sin sombra al tal Santiago?- preguntó Romualdo. Tenía la idea del porqué, solo quería confirmarla.
- Porque es flaco, enjuto de carnes, pellejo sobre hueso- respondió Matías mientras se estiraba la piel de su mano para darle una idea.
- ¡Ah y con justa razón! Ese hombre sí que es flaco. Ya me lo imaginaba. Pero ¿y cómo así una chica como ella terminó con un tipo como él?
-Ese es el verdadero misterio. Mejor dicho, uno de los dos misterios; el otro es que nadie sabe de dónde es la chica; de aquí no es, nadie la conoce. De Santiago tampoco sé mucho, lo único que sé de él es que nació aquí y que a la edad de diecisiete se largó a quién sabe dónde.
- ¿Y sus padres no saben nada?- preguntó Romualdo, ya muy interesado por la historia.
- Don Rigoberto, su padre- si es que se le puede llamar así-, fue un pobre diablo que abandonó a su mujer cuando el pobre Santiago apenas contaba con siete años; y su madre, María Corrales tuvo que cuidar sola de su hijo hasta que éste se fue. Lamentablemente murió al poco tiempo que su hijo partiera. Era una mujer frágil y de buen corazón, quizás no soportó la canallada que le hizo su hijo al largarse sin dar ninguna explicación. Es un malagradecido.
- Bueno compadre todavía no puede decir eso, no conoce sus motivos- opinó Romualdo tratando de ser imparcial.
- No me importan sus motivos, es un desgraciado. Nada en el mundo puede justificar el dolor causado a una madre.
Romualdo calló por unos segundos. Eran palabras muy ciertas y no tenían replica.
- De modo que no podemos saber nada más, excepto que es muy afortunado- se lamentó Romualdo- ; algo de bueno debe de haber hecho para qué Dios lo haya recompensado poniéndole una mujer tan bella a su lado.
Matías miró hacia un lado con un gesto de ironía. No era muy creyente, a lo sumo aceptaba la existencia de algún dios sin importarle el nombre que le pusieran. Podía ser Alá, Jéhova, Buda, poco le importaba el rostro que utilizara. Si algo no toleraba era la idea que tenían las personas creyentes de adjudicar todo lo bueno o lo malo que acaecía en su vida o en la de otras personas, como obra y gracia de su Dios.
- Sabe que no soy muy creyente, pero si hay un Dios, esta vez sí que lo fue. Yo al menos me volvería un fiel devoto por tener a alguien como Rosario a mi lado. Y si Él está escuchando, que lo sepa de una vez- comentó Matías en tono de burla. Sabía que ese comentario incomodaría a Romualdo.
- No se juegue con esas cosas compadre. Además usted está casado al igual que yo- le reprochó Romualdo-, felizmente casado, al menos espero.
“¡Religiosos!, no tienen sentido del humor”, pensó Matías, ya empezando a mostrar cierta molestia por los comentarios de su amigo.
- ¡Bah!, era un decir, al menos déjeme jugar con la idea. ¡Aguafiestas!
- Así está bien- respondió Romualdo, asintiendo con la cabeza. Se tomaba muy en serio el asunto de ser fiel a una mujer como todo devoto de la Iglesia.
Matías se limitó a mirar con cierto desprecio a su “querido” amigo creyente. El que sea religioso en extremo solo le hacía pensar que su amigo era más tonto de lo que pensaba. Tenía que hacer que la conversación girara en torno a otro tema o terminarían discutiendo como en ocasiones anteriores.
- Bueno compadre, no se ponga serio, mejor cambiemos de tema.
- ¿Tiene hora compadre?- preguntó, casi por intuición, Romualdo. Tenía un compromiso, pero no podía recordar exactamente con quién o de qué trataba. El alcohol había cumplido bien su función de anestesia.
- Son las siete en punto.
De repente recordó que había quedado en cenar con su esposa y sabía que si le hacía enfadar, ella era capaz de trancar la puerta y no dejarle entrar hasta que amaneciera.
- ¿Le sucede algo compadre?, de repente empalideció- preguntó Matías un poco preocupado por su amigo. “El alcohol ya le debe haber chocado, ojala que el cambio en su expresión no tenga nada que ver con nauseas”, pensó mientras observaba el rostro de Romualdo con cierta preocupación.
- Mi mujer me va a matar; debo irme, había quedado en verme con ella a las siete- respondió Romualdo mientras se ponía el saco.
- ¡Corra! Si a mí mujer le hiciera eso, ni pensar en regresar a mi casa.
- Adiós compadre, pero no crea que me he olvidado del misterio de la tal Isabela. La otra semana aquí mismo a las cinco, ¿le parece?, para que me cuente más de qué va todo esto.
- Claro, claro, así quedamos.

miércoles, 22 de junio de 2011

¿Conoce a Isabela Duncan? 1

Escribí una línea divagando y tratando de dar forma a una idea, esta trajo con ella otras más y aún sigue trayéndolas. Un relato que ha tenido muchas formas antes de llegar a lo que es y aún no es. Un relato que no concluye aquí.

¿Conoce a Isabela Duncan?
-¿Conoce a Isabela Duncan, mi amigo?- preguntó Romualdo mientras se servía otro vaso de cerveza. La pregunta había surgido en un intento de que la conversación girara en torno a ella para resolver una duda que consideraba tonta, pero que de igual manera, al igual que todas las dudas existentes, le aquejaba el no darle respuesta.
- Claro, cómo no conocer a tan distinguida y bella dama italiana- respondió Matías-. ¿Por qué la repentina pregunta?
- Por nada, compadre¬- respondió Romualdo, bajando levemente la voz. Se arrepintió de haber preguntado; por temor a que lo próximo que dijera fuera tomado como una tontería.
- Ande, debe haber un motivo por el cual preguntó por la cantante- insistió Matías.
-Bueno… ya que insiste… Pensará que es una tontería, sinceramente, pero créame que la vi la otra vez caminar de la mano con un hombre nada agraciado. Sé que es imposible; pero no miento, ella era idéntica. Como dos gotas de agua. Si de verdad existen nuestros dobles en algún lugar del mundo; ella es la prueba- respondió Romualdo, totalmente exaltado, poniéndose de pie. Un movimiento involuntario producto del éxtasis.
Las demás personas del bar voltearon para ver quién era el loco que estaba gritando. Algunos escucharon fragmentos, otros el comentario entero; en ambos casos lo dicho por Romualdo les pareció una tontería, propia de alguien que no tiene nada mejor que decir. Romualdo, al ver que era el centro de atención de miradas extrañas, se sentó lentamente, con un rojo intenso que denotaba lo avergonzado que se sentía.
- Oh, conque de eso iba todo- se apresuró a decir Matías tratando de ignorar las burlas de las otras personas.
- No le miento, compadre no tengo por qué ponerme en ridículo sin motivo-comentó Romualdo tratando de justificarse-, no soy ningún loco.
- Descuide, le creo. Yo también la he visto. A que son idénticas. Uno diría que son la misma persona y que Isabela Duncan se escapó de su país natal para venir a vivir aquí plácidamente, alejada de toda fama.
Las palabras que dijo provocaron que la cara de Romualdo cambiara a la típica expresión de sorpresa: abrió los ojos como un par de platos y su boca se abrió discretamente para proferir palabras que se quedaban atascadas en su garganta. “¿No puede haber creído lo que dije o sí?”, pensó Matías, “es una tontería”
- Compadre, en verdad, no sé cómo no se me ocurrió eso antes- arguyó Romualdo ante la sorpresa de Matías, que luchaba por no soltar una carcajada -. Pero qué raro que la prensa no haya notado esto. Debe ser porque vivimos en un pueblito que apenas y figurará en los mapas más especializados-agregó, luego de pensar unos escasos segundos.
Matías ya no pudo contener la risa que se encontraba suspendida, estalló en carcajadas. Las personas del bar volvieron a voltear, esta vez ya un poco molestos: “Vaya par de locos”, fueron algunos de los comentarios.
- ¡Es una broma, compadre! ¿No ve que le estoy tomando el pelo?- gritó Matías entre carcajadas, a la vez que palmoteaba el hombro de Romualdo.
- No se juegue así. Yo estaba hablando en serio. ¡Ya ve!, por eso no quería contarle nada- respondió Romualdo algo resentido.
Matías se limitó a mirar a Romualdo con una mirada un poco lastimera. “¡Cómo soy amigo de este huevón!”, pensó.
- Isabela Duncan ya murió hace dos años compadre. Por un momento pensé que usted ya lo sabía y simplemente se hacía el loco para divertirse un poco.
-Yo no sabía que ya había muerto. Sabía que se había retirado, pero no que había muerto.
- Pero dígame, de casualidad, cuántos años le pondría a la Isabela que viste.
- Es una jovencita, a lo sumo tendrá veinte años- respondió Romualdo un poco desconcertado.
-Exacto, si Isabela Duncan estuviera viva, ella ya sería una mujer de edad madura. La que usted vio parece salida de una de sus fotos de joven o ¿me equívoco? Tenga en cuenta que el tiempo cronológico de un recuerdo, en especial si es bello, parece inalterable. La memoria parece, en ocasiones, solo recordar lo bello.
Romualdo se quedó en silencio, las palabras de Matías habían generado un eco en él. En verdad, la recordaba joven y bella y se le hacía difícil cambiar esa imagen. Miraba al techo como buscando ayuda divina; no para sacar las cuentas acerca de su edad sino para terminar de aceptar la realidad.
- Tiene razón compadre, Isabela ya debe estar por los cuarenta y algo, hasta me atrevería a decir que un poco más… Entonces quién es esa jovencita que yo vi. Está claro que sabes quién es, para qué seguir manteniendo el misterio.
Matías se acarició la barbilla, tomó un sorbo de su helada cerveza y prosiguió.
- La chica se llama Rosario y el hombre, sin duda afortunado, con el que usted la vio es conocido como Sin sombra. Santiago sin sombra.