El Amor de Pizarnik y Cortázar

Hola, hola, hoy abrimos la semana de San Valentín con una historia de amor de Alejandra Pizarnik y Julio Cortázar. Agárrense Cortázar-lovers...



Estás bailando dormida, Alejandra

Se quedó dormida fumando y se le prendió la camisa. “Laca misa, la ca misa, la ca misa”, repetiría luego sonriendo con las pupilas ligeramente dilatadas por efecto de alguna de las sustancias que guardaba en pequeñas cajas de madera y cuero, cajas húmedas como todo lo que habitaba su cuartucho parisino cuando llovía.

Alguna vez escribió algo sobre una camisa en llamas. Alguna vez deseó quemar toda su poesía y… se preguntó por qué había tardado tanto en notar que se le incendiaba el pecho, combinar fármacos con tabaco de madrugada podría generar situaciones en las que nada importaba. O era porque nada importaba que podía combinar fármacos con tabaco de madrugada.

Tres borradores de poemas después y algunas páginas de diario humedecidas por tinta, saliva de la punta de los dedos y lágrimas se quedó dormida con cenizas alrededor del diminuto sillón en el que se recostaba a fumar y escribir.

Su Julio no estaba en la silla del café que tenía frente a ella riendo y compartiendo un cruasán. No quería sentirse triste, no quería llorar, no quería no sentir nada. No quería gastar el dinero de su almuerzo en una carta para sus padres ni desperdiciar la mayor parte  de sus días en un trabajo que odiaba. Su Julio no estaba.

No quiso llorar, era tan inútil hacerlo. Por qué llorar cuándo no se puede desear desnudarse en medio del café, frente a Julio, que sería suyo solo cuando no estaba para escucharla y pedirle con la mirada que no, que no se desnudara. No quiso volver sola al cuartucho húmedo y duplicar la dosis de azar en la elección de frasquitos de vidrio, apretados en cajas, a los que sacudió el polvo de sus corchos antes de empezar a bailar suavecito deseando ser aire ligero disipándose cuando la silueta de alguien lo atravesara.

No quiso creer que Julio tocaba su puerta preguntando por qué no había ido ayer al café y… Ah, otra vez había dormido más de treinta horas seguidas luego de una noche de tabaco, drogas y poesía. No quiso escuchar que la regañaba llamándole “bichito” ni tener que evitar su mirada, pero disfrutó mucho cuando le preparó un baño caliente, la ayudó a desnudarse y la dejó sonriente y todavía atontada por unos sencillos besos en las manos, en los hombros, en la espalda.

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