Hace diez años, un grupo de amigos empezamos un blog llamado Errror de Imprenta. La idea era compartir nuestras ocurrencias narrativas en internet y, aprovechando que éramos cuatro personas, llenarlo pronto de contenidos sin mucha dificultad. Intentamos hacer muchas cosas en el blog, perdimos a un compañero, les dimos la bienvenida a otros más, y hubo varios momentos en que lo dejamos casi abandonado. Sin embargo, siempre estuvo la idea de que lo mejor era seguir con ello, pese a todo.

Así, hace dos años se nos ocurrió, a los que quedábamos, que podíamos convertir el blog de amigos en una editorial. La motivación para esto no era ya tan solo compartir nuestras propias creaciones, sino ser capaces de darle forma a proyectos en los que confiáramos, crear libros que nos sacaran el disgusto que teníamos al ver ediciones que, en algunos casos, solo nos generaban decepción.

Hoy, luego de pensarlo mucho y pese a la pandemia, creemos que es el momento para poner a prueba nuestras ideas. Hoy que se cumplen diez años de Errror, queremos también comenzar por fin como editorial, aunque nos equivoquemos o volvamos a tropezar.

Errror de Imprenta será una editorial dedicada especialmente a la ficción de género fantástico, de ciencia ficción y policial. Aunque es probable que incluyamos algunas cosas extra en el camino, son esos géneros, que tanto nos gustan, los que marcarán parte de nuestra identidad.

Por lo pronto, empezaremos con ediciones digitales con miras a prontas impresiones en 2021. Esperamos que nuestro trabajo les agrade.

Como era costumbre en años anteriores, esta vez hicimos un video animado por el aniversario, anunciando también nuestra nueva ruta.



Además, hemos publicado en Amazon Líneas sobre la arena, la antología que elaboramos en 2018 de textos del blog, que cuenta nueva portada y será gratis por lanzamiento, solo hasta el 7 de octubre.



Hola, estoy aquí de nuevo con una nueva entrega de Cube, el pequeño proyecto del que publiqué por aquí el primer texto. En esta ocasión el personaje tiene el claro objetivo de comprender su mundo, por lo que hay muchas cositas más que en la historia anterior. También esta vez me he esmerado un poco más con los dibujitos. Ahí les va...

.+.+.+.+.+.+. Cube: MAGE.+.+.+.+.+.+.

Las historias están siempre plagadas de invenciones. Esta, en particular, quedó en la memoria del guardián de turno por las curiosas hazañas de su protagonista y fue escrita y reescrita, detalles más, detalles menos, inversión de acontecimientos, falsas causalidades, interpretaciones erróneas y un largo etcétera. Ni siquiera el propio protagonista antes de desvanecerse habría podido contar, con extrema fidelidad, la verdad sobre su vida. Sin embargo, no son las verdades más exactas las que sobreviven al paso del tiempo, sino las invenciones más fantásticas, y la pericia de los guardianes para conservar su esencia tras innumerables modificaciones nos permite hoy conocer la historia de Gris.

Su hogar no era el único ubicado tan cerca del borde de la isla, pero sí, por extrañas razones, el que miraba más hacia la zona blanca, en dirección al cubo. Esta particularidad puede haber sido una de las razones por las que, desde muy niño, se sintió fascinado por el universo. Le intrigaba que hacia arriba y en cualquier dirección del horizonte, todo estuviera impregnado de blanco, si el cielo tenía algún tope, por qué y cómo se desvanecían las personas, quién fue el primer humano,  qué había debajo de la tierra, y qué hacía un cubo en medio de la nada.

En su primera conversación seria con el guardián, este le contó a Gris una de sus historias más antiguas. Una mujer de nombre Hito, con el don de la memoria, encontró en casa de un anciano de oficio desconocido unos cuadernos que no habían sido afectados por el desvanecimiento de su dueño. Intrigada, indagó entre los artesanos de la isla, pero nadie los reconoció como suyos, lo que provocó en Hito una obsesión por el origen de estos objetos. Y decidió esperar atenta a que toda una generación desapareciera para comprobarlo. Sin embargo, una tarea tan larga requería de una ocupación secundaria, por lo que empezó, casi instintivamente, a escribir sus memorias y las de sus ancestros en los cuadernos. En esta tarea, años más tarde, le acompañó otra persona de la que no se conoce el nombre, quien se encargaría eventualmente también de sobrescribir los volúmenes para que sobrevivieran a su maestra. Muchos años después, cuando la isla se renovó por completo y pudo confirmar la perpetuidad de los cuadernos, Hito se desvaneció. Solo sus últimas memorias, unas cincuenta páginas, desaparecieron con ella. Así nació el oficio de guardián.

Para Gris, las historias de los guardianes eran importantes, pero sabía que lo dicho en los volúmenes era insuficiente para comprender el universo. Servía conocer el pasado para aprender sobre lo que resultaba y lo que no e identificar las aficiones humanas, pero no decía mucho sobre el color del cielo o el origen de los arroyos.

A los siete años, Gris dibujó un mapa lleno de preguntas. Cada parte del mundo albergaba misterios que estaba dispuesto a resolver.

Una de las cosas que más le fascinaban eran los límites de la isla, disfrutaba jugar lanzando montones de tierra a la zona blanca para observar inmediatamente después su deslizamiento tranquilo; las partículas se abrían paso en el vacío y formaban figuras únicas que solo duraban segundos, tras lo cual volvían siempre a ser parte de la isla. Observando este comportamiento entendió que todas las cosas tendían naturalmente a lo mismo. Incluso las personas, en general, parecían desinteresadas por aventurarse en la zona blanca.

Tras mucho pensar en esta idea, llegó a dos hipótesis que le parecieron importantes. Primero, existía una fuerza que mantenía unida la isla. Y segundo, todo lo que existía, salvo el cubo, había sido arrastrado por dicha fuerza hasta su posición original. Aunque nunca había visto el objeto al que llamaban el centro del universo, Gris aceptaba su existencia e inamovilidad y creía que la fuerza provenía de allí. Imaginó que quizás, a lo largo de mucho tiempo, el cubo fue dando origen a todas las piezas que conformaban la isla, empujándolas hacia el mismo lugar; y que las primeras personas quizás vieron una porción de tierra menor a la que él podía contemplar. Si fuera ese el caso, se preguntaba, ¿seguiría creciendo hoy, a un ritmo imperceptible para sus ojos?

Una visita al guardián le daría nuevas pistas. El registro más antiguo que hiciera referencia a la población de la isla era de setenta generaciones atrás, tiempo más que suficiente para confirmar cambios. Sin embargo, las memorias de un tiempo tan remoto apenas mantenían detalles. Hablaban de decenas de personas alcanzando el regocijo en cadena y sobre la posible desaparición de la humanidad. El guardián le explicó a Gris que, si era posible hablar de decenas en ese momento, probablemente hubo varias, tal vez un número similar al promedio actual. Esta información no le satisfizo, pero tuvo que contentarse con ella, pues era lo más lejos que podía llegar en términos de contacto con el pasado. Pronto, no obstante, otra idea curiosa rondaría por su mente: quizá la materia no aumentaba, sino que era renovada.

Algo que le hacía creer con vehemencia en esto era el ciclo natural de la vida humana. En casa del guardián colgaba una pintura que siempre había llamado su atención: dos personas sostenían un jarrón del que caía un pequeño hombre hacia una estrella que se posaba, al mismo tiempo, sobre la frente de alguien con los ojos cerrados; debajo de este rostro, estrellas más pequeñas parecían dirigirse, finalmente, a un hexágono dividido por tres diagonales, símbolo que representaba al cubo. La vida comenzaba por el deseo enlazado de dos personas, y se convertía luego en un niño cuyo destino era desvanecerse, según interpretaba el guardián, para volver al cubo. Gris creía que si esto era cierto su hipótesis de la renovación de la materia podía también ser correcta. Y frente a esa verdad se hallaban dos problemas: los objetos perpetuos y la herencia.

Sobre los primeros, convino, en una conversación con el guardián, en que podría tratarse de elementos fundamentales, cosas que formaban el soporte sobre el que todo lo demás se sostenía. Su actualización material llevaría siempre a un mismo estado, es decir, a las condiciones básicas.

Sobre la herencia, el guardián creía que el comportamiento de las personas también actualizaba la materia, lo que permitía conservar objetos elaborados por personas ya desvanecidas. Gris, por su parte, pensaba que las alteraciones hechas por los nuevos propietarios se comportaban como una red que atrapaba de alguna forma al objeto, impidiéndole desvanecerse hasta que esas ataduras fueran rotas.

Cuando tuvo catorce años, Gris quedó embelesado por un par de volúmenes en los que se describían con dibujos y por escrito, las propiedades y características de las formas. Se trataba de un conocimiento desarrollado hacía mucho y que, según el guardián, tenía como única aplicación práctica construir objetos y herramientas. Sin embargo, para Gris esto no era suficiente. Se creía capaz de utilizarlo para medir el tamaño del universo.

Según las memorias y la propia experiencia, no era complicado inferir que el mundo estaba curvado. El horizonte se perdía a lo lejos y la luz que incidía por las mañanas sobre el suelo dibujaba sombras más extensas en los límites de la isla. Las historias contaban, además, que en los confines de la zona blanca podía observarse a lo lejos el lado opuesto del mundo. Distintas generaciones registraron historias similares que ayudaban a concluir que la forma del universo era esférica. Para llevar a cabo su plan, al principio, Gris pensó en construir, a lo largo de toda la isla, un gran listón de hierro que copiara la curvatura del suelo; sin embargo, esta tarea era demasiado grande y podría molestar a alguien si tropezaba con su casa. Además, no estaba del todo seguro de cuan sencillo sería medir la curva a pesar de la titánica construcción. Frente a estos problemas, llegó a una idea mucho más sencilla y rápida, y que no requería de construcciones.

En la isla hay día y hay noche. Durante el día, el cielo sobre ella se ilumina de manera homogénea y su brillo va descendiendo hasta hacerse tenue en lo que llamamos noche. La luz no se va nunca, pero durante las horas de penumbra es solo la zona blanca lo que resplandece. Pero sea la hora que sea, y por más similares que parezcan las casas, en la isla es posible orientarse mirando las sombras. Gris comprendía que el ángulo que formaba la luz con el corazón de la isla carecía de inclinación. Cogió una hoja de papel y dibujó el plan. Pondría una estaca en los límites de la isla, perpendicular al suelo, y mediría el ángulo generado por la sombra. Ese ángulo debía ser el mismo que aquel que formaba la proyección de la estaca hacia el interior del mundo con la línea imaginaria que penetraba el suelo en el centro de la isla. Con esto y la distancia entre ambos puntos era suficiente para alcanzar su objetivo.

En su rápida ejecución obtuvo un arco con una medida de 600 personas y un ángulo de tres grados. Gris pudo por fin concluir que la circunferencia del mundo tenía una distancia de 72 mil personas.


Le sorprendía que un experimento tan sencillo no constara hasta entonces en su historia. Y, mientras se aseguraba de que su nuevo logro fuera puesto por escrito en los volúmenes del guardián, Gris fue perturbado por una nueva idea: quizás esa curvatura existía tan solo para la isla. Allá en la zona blanca, donde parecía reinar el vacío, no existían sombras que pudiera medir. Algún día en el futuro, visitaría ese lugar para comprobarlo. Por lo pronto, le urgía desentrañar dos misterios más: los límites del cielo y de la tierra.

Lo primero era comprobar hasta dónde llegaba el volumen de tierra que conformaba la isla, y si se sostenía sobre algo.  Gris quería saber, además, si existían cosas jamás vistas a unos metros de distancia. Escogió una zona deshabitada y empezó con las excavaciones. Descendió una medida de dos personas y no encontró más que polvo y piedras. A una distancia de cinco, tan solo polvo y piedras. Pero ya cerca de siete las cosas fueron distintas. En los días que llevaba trabajando en la fosa, jamás había sentido un cansancio como el que le acometió ahora. Sus brazos eran incapaces de sostener la pala y su cuerpo estaba a punto de desplomarse. Asustado, Gris volvió a la superficie a paso lento, pero cuando estuvo a mitad de camino, sus fuerzas retornaron. Intentó bajar otra vez y la fatiga volvió. Al parecer, no podría descender él directamente, la tierra misma lo empujaba de regreso. Necesitaba otro plan.

Para resolver este problema, construyó, a una profundidad de cinco personas, una plataforma con una rueda que, al girar, movía algunos engranajes. Los engranajes, a su vez, empujarían hacia abajo una estaca con forma de espiral. En su primer intento, la estaca tocó el suelo. Entonces Gris aplicó más fuerza, decidido a horadar la tierra hasta su límite más profundo, pero la estaca rebotó abruptamente, quebrando los engranajes y sepultando a Gris bajo su máquina destruida. Y cuando pudo recuperarse del impacto, se descubrió a sí mismo sobre un suelo intacto.

Decepcionado por su fracaso, edificó, sobre el techo de su casa, una torre que llegaba a la altura de seis personas. Y sobre esta torre reconstruyó la plataforma perforadora. Esta vez volvió a sentir, mientras colocaba su artefacto, el mismo cansancio de antes. Giró la rueda y se sorprendió al ver que la estaca no rebotaba. En cambio, parecía abrirse camino al cielo. Continuó girando entusiasmado hasta que percibió algo extraño, eran sus manos las que seguían el ritmo del movimiento de la rueda, y no a la inversa. La fuerza que empleaba para hacerla funcionar era nula. Consternado, soltó la rueda y, al mirar con atención la estaca que giraba atravesando el cielo, comprobó que no había subido en lo más mínimo. Lo que ascendía al cielo más allá de sus límites, era el corte en forma de espiral.

Su segundo fracaso era agridulce. Si bien no había tocado el techo del mundo, Gris no dejaba su estado de asombro ante lo que le acababa de suceder. ¿Cómo era posible que lo único que recibiera el cielo fuese una modificación en la materia, y más aún que esta se volviera de alguna forma infinita? Gris concluyó que la existencia física tenía límites más acotados que los conceptos.

Una nueva conversación con el guardián lo convencería de que su próximo destino era la zona blanca.

El día que partió, aún giraba sobre su casa la rueda con la estaca infinita. Se despidió de los que pudo y caminó, según consta en los registros del guardián, para desvanecerse días después. La nota final sobre la vida de Gris dice que debió entender algo al encontrarse con el cubo, que tal vez lo que buscaba lo obtuvo allí tan claro que alcanzó el regocijo. Nosotros, que leemos su historia por primera vez y no queremos caer en la mística del cubo, preferimos creer que aquella nota es una interpretación gratuita. Que lo que encontrara Gris al final de su camino no fueron respuestas, sino una nueva pared, aún más portentosa, gritándole que se hallaba en una jaula. Y que pudo aceptar esa realidad y desvanecerse. De otro modo, tal vez encontrara por fin una salida y su desaparición de este mundo no fue más que un nuevo viaje en busca de respuestas.

Hace casi dos meses, luego de pasar días frustrado por mi aparentemente improductiva cuarentena, se me ocurrió iniciar un proyecto "pequeño", y lo pongo entre comillas porque, aunque se supone que me tomaría pocas semanas, ocurrieron cosas por las que no pude avanzar más allá del primer texto. Hoy no tengo el proyecto terminado, pero sí la convicción de que necesito empezar a publicarlo por aquí, que fue el plan desde el principio, para hacerme mejor la idea de que avanzo y terminarlo antes de que se pierda entre las mil cosas incompletas de mi carpeta de textos.

El nombre de este proyecto es "Cube", porque un cubo es la imagen de la que arranqué y la que debería darle forma a todo lo demás. En las cuatro partes que deberían componerlo, intentaré construir algo que espero termine siendo coherente. Y nada más. Este es mi "gran" plan para "reactivar" el blog de a poquitos. Les dejo el texto. Hasta después.

.+.+.+.+.+.+. Cube: CYgote.+.+.+.+.+.+.


El personaje perdió a sus padres. Cumplía cinco años. Ambos se desvanecieron frente a sus ojos cuando terminaba el antiguo rito de decir su nombre tantas veces como su edad. Con ellos se fueron el muñeco que le armó su padre con trozos de madera como regalo y el cuaderno que su madre le confeccionó con cariño para que registrara sus descubrimientos. Se fueron también la chimenea, algunas ventanas, el arreglo alfombrado del piso y el color rosado de sus mejillas. Todo ello se esfumó en un parpadeo. También su propia voz, por un instante, pareció perderse. Lo siguiente que llegó a decir fue: «sigo aquí».

Por los próximos años, no se preguntó por qué debió quedar huérfano tan pronto ni por qué su madre tomaría la decisión de obsequiarle un cuaderno hecho por ella misma y desaparecería inmediatamente después. Quizás atesoraba la posibilidad de que estuvieran juntos lo suficiente como para heredárselo. Pero estos temas, repito, no aquejaban al personaje. Escuchaba, en cambio, las historias de Petra, guardiana de la memoria y sucesora de una línea infinita de oficiantes. Si se esforzaba, él podría ser el siguiente. No obstante, su oído atento se intercalaba con incursiones que iban desde observar a detalle a los cien habitantes de la isla hasta la construcción antojadiza de objetos de madera, arcilla o piedra, todos inútiles salvo para saciar parcialmente su itinerante curiosidad. Y tras cada intento o invento u observación que podía llevarle horas o días o semanas, se acercaba a escuchar de Petra las vicisitudes de un pasado cercano o extrañamente remoto.

No era él la primera persona así en el universo, según la guardiana. Recordaba la vida de otros seres aquejados por su incapacidad de encontrar su ocupación última. Tardaban años en fijar su atención para andar el camino hacia el regocijo. Si no hallaban nada, iban siempre hacia el cubo en busca de respuestas. El personaje había visitado ese lugar antes, recordaba la perturbación que generaba en su mente poner un pie fuera de la isla, sobre el terreno blanco como el cielo que se extendía hasta los límites del mundo. Había vislumbrado desde lejos la geometría oscura, misteriosa, que giraba suspendida sobre el suelo. Según Petra, aquello era el centro del universo. Pero él era incapaz de comprobarlo todavía. La perturbación crecía y lo obligaba siempre a regresar.

Mientras tanto, continuaba su exploración dispersa. Y aunque pasaba mucho tiempo escuchando a Petra, le gustaba también frecuentar a Ruth, el pintor de flores, quien había identificado centenares de especies de las que aparecían aleatoriamente en los campos de la isla. El personaje hurgaba en el estudio del pintor maravillándose siempre por la cantidad de cuadros y más todavía cuando se le mostraba una variedad jamás vista. Pero Ruth no solo pintaba, estudiaba matemáticamente las apariciones de flores. Todas las semillas eran iguales y una sola podía tener muchos brotes; sin embargo, ¿acaso sus colores seguían algún patrón, serían infinitas sus formas? Siempre le quedaba la duda, pero abrazaba una ecuación según la cual, si transcurrían cinco años sin que viera nada nuevo, aquello sería el fin de su camino.

Una tarde, Ruth se encontraba en su estudio sosteniendo una flor que no aparecía en ninguno de sus cuadros. «Qué bien que viniste», dijo el pintor con la voz quebrada, y añadió: «es limitado, el número es limitado». En sus manos, llevaba un cuaderno antiguo con dibujos de flores que había hecho de niño. «Pensé que jamás la volvería a ver». El personaje extendió su mano para recibirlo, pero nada tocaron sus dedos. Ruth se desvanecía con sus cuadros y sus flores. Y el hogar en el que habitó durante cuatro décadas se depuró en un instante de las huellas de toda una vida.

Así les sucedía a todos al encontrar el regocijo. Nadie era la excepción, Petra estaba segura; y cuando el personaje cumplió quince años le propuso finalmente heredar la memoria.

—No. —La respuesta fue tajante. Tras la desaparición de Ruth, el personaje había descubierto los límites de su frustración. Pasaba días sin realizar ningún tipo de actividad. Meses atrás había desistido en sus visitas. Nada parecía provocarle la ansiada obsesión que invadía a todos desde muy temprana edad.

—No tengo a quién más heredarla —insistió Petra—. Tú has escuchado las historias y visto de cerca a muchas personas.

El personaje cavilaba.

—Quiero ir —respondió—. Al centro del universo. Alcanzar los límites espejeados del mundo que mencionan las historias. En alguno de esos destinos encontraré una pista.

Petra sabía que el personaje diría eso tarde o temprano, pero no tenía opciones.

—He pasado cuarenta años descifrando y reescribiendo las memorias de esta biblioteca. Decidiendo la mejor manera de condensar lo pasado para que pueda subsistir generaciones. Y estoy casi al final de mi camino, tan solo necesito un heredero. Lo único que te pido es que calques algunas de mis grafías y que permanezcas en este mundo por lo menos diez años más. Con esa promesa, podrás irte.

El personaje entendía la importancia de la memoria. Si Petra desaparecía sin encontrar un heredero, nadie jamás podría conocer las historias que él había escuchado.

—¿Quién hizo estos libros que jamás se deshacen? —preguntó de pronto, extrayendo un grueso volumen de la biblioteca.

—Siempre han estado aquí. Igual que la isla y sus casas vacías. Todo lo que escribí desaparecerá conmigo, pero tus trazos permanecerán en este papel perpetuo aunque estés lejos en los límites del universo. Y en algún momento, muy pronto, mi verdadero sucesor tendrá el tiempo suficiente para retomar el legado.

Así, decidió acompañarla, esperaría lo necesario hasta la llegada del nuevo guardián. No obstante, este llegó mucho después de que terminara de calcar los textos de Petra y ella se desvaneciera una mañana después de decirle:

—Hoy es un buen día para liberarte. Vuela.

Mas, preso de su promesa, el personaje se quedó allí e instruyó al próximo guardián antes de partir. Veinte años después de que decidiera quedarse.

***
No era su primera incursión a la zona blanca, lo intentaba todos los años, preparándose para el gran día. Sin embargo, sintió temor con el primer paso y, aunque la perturbación ya no le afectaba lo mismo que siendo un niño, se estremeció su cuerpo como la primera vez y perdió el sentido de la orientación. Era natural fuera de la isla ese tipo de reacciones; daba la impresión de que el vacío luminoso del universo estrechaba el cerebro, de que la conciencia se nublaba, de que uno podía ahogarse y desaparecer.

Un paso tras otro, fue olvidando cómo lucía un horizonte. Era inaudita la diferencia nula que existía en la zona blanca: arriba y abajo parecían no tener sentido. El suelo, o lo que podía llamar suelo, no era liso ni accidentado y acogía cada pisada sin generar sonido. Era imposible dejar huellas por más sucio que se tuviera el calzado, como si aquel "vacío" fuera totalmente impermeable. El personaje se preguntaba si realmente existía la superficie sobre la que se desplazaba o solo era la forma que tomaba el espacio alrededor de él, acogiendo su necesidad de restricciones. Pensando en ello, intentó convencerse de que podría también desplazarse hacia arriba o más rápido hacia adelante, pero no tuvo éxito. Lo único que daba un sentido de dirección a su camino era la encogida imagen del cubo.

Cerca, empezó a escuchar los legendarios cantos, parecidos, antes que a música, a una mezcla inconexa y desordenada de sonidos. Petra le había contado de melodías e incluso palabras incomprensibles que provenían del cubo. Alguna historia hablaba también de imágenes.

Con una magnitud aproximada de tres personas de lado, la oscura figura giraba con lentitud frente a él. Parecía lisa, más fue incapaz de comprobarlo. A una distancia de siete personas, la perturbación era tal que inmovilizaba el cuerpo. Era físicamente imposible acercarse. Flotaba, o parecía flotar por su movimiento. El personaje colocó una de sus ropas del lado opuesto del que observaba y se agachó lo suficiente para comprobarlo: su posición era, al menos, algunos dedos más alta que la suya.

—No he venido aquí por ti —se sentó cerca—, sino por tus respuestas.

El cubo giraba incólume recitando el sonido repetido de agua que cae.

—Estoy aquí por mi motivo.

El agua golpeaba unas piedras, se asomaba entre la tierra hacia la vegetación. Alguien reía. Una historia era contada en otra lengua. La voz se volvía seria y se perdía. Una flauta soplaba de manera irregular.

El personaje frente a la figura intentaba descubrir una señal entre tanto ruido.

Una sombra cruzó por su lado. «No hay nada aquí», le dijo, y cambió de rostro unas diez veces mientras se desvanecía lento en capas muy finas, desde la cabeza hasta los pies. Finalmente sus pies dijeron: «he encontrado oro en este lugar».

Vio cientos de apariciones distintas e hizo muchas preguntas que no fueron respondidas durante siete días. No podía entender cómo era posible aprender sobre su propia vida en ese lugar. Tal vez, pensó, era hora de dirigirse más allá, a los límites del universo. Y caminó durante siete días más hasta encontrarse con una pared acuosa a través de la cual vio, a lo lejos, la isla que había abandonado.

Comprendiendo menos aún que cuando partió, el personaje retornó resignado al cubo. No pretendía volver a ningún lugar, pero observaría la figura todo el tiempo que fuera capaz; y, si albergaba una salida para él, quizás un día, materializada cerca del cubo, a una distancia menor que siete personas, lo invitaría a pasar o a desvanecerse con ella en algún tipo de regocijo.

Eso sería el final para él.