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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Honor saboteado (La Rendición de Japón)

Esta publicación debió haberse hecho dos días antes, ya que la fecha a la que se refiere es el 2 de setiembre de 1945, día en el cual se termina formalmente la Segunda Guerra Mundial con la firma de la rendición de Japón. Hagamos como si fuese lunes 2 y no miércoles 4 y seamos felices.
Hirohito fue el emperador que estuvo en el trono imperial de Japón durante la segunda guerra mundial. Su participación en ésta ha sido muchas veces controversial, ya que algunos le atribuyen mucha más responsabilidad militar de lo que la historia oficial nos relata.
El 15 de agosto, seis días después del bombardeo de Nagasaki, Hirohito le habló por primera vez a su pueblo a través de la radio, anunciando la rendición de Japón en la guerra con un discurso bastante conocido. Días después en la Bahía de Pekín se daría un tono formal y simbólico a esta rendición. Los japoneses, naturalmente, sintieron todos estos trámites como el inicio de una larga humillación, porque se estaba aceptando, entre otras cosas, la ocupación de Estados Unidos.

Como yo creo en conspiraciones y me gusta el te, he escrito este cuento.

El honor saboteado


Sabía que no sería rápido, pero lo prefería a tener que volarse los sesos con una pistola o hacer todo el ritual del Harakiri. Ahí a su costado estaba de pie Mei, su fiel sirviente, con una bandeja de plata sobre la cual estaba la decisiva taza de té; sus ojos estaban hinchados de tanto contener las lágrimas, pero se paraba erguido a pesar de sus 78 años y no poder mirar directamente a los ojos de su amo.

— Puedes dejar la bandeja y retirarte, si es tu deseo.

Mei dejó la bandeja en la pequeña mesa frente a la silla del emperador y retrocedió cinco pasos. Se quedó ahí.

El emperador Hirohito

Hirohito sabía que aquello sería decisivo en la historia de su patria. Todos sabrían con gran asombro que su emperador no era un Dios, sino un simple mortal que también sentía culpa y vergüenza por todas las humillaciones por las que estaba pasando Japón. Acabar con su vida era para él la única salida honorable luego de haber aceptado la rendición y aquel discurso por radio. No había vuelta atrás, además ya todo estaba preparado para que al día siguiente se firmara la rendición en la Bahía de Pekín. Su sello real ya estaba formalmente en camino a estamparse en el documento de la deshonra.

Había escrito cuidadosamente una carta en la cual explicaba todo lo que realmente quiso decir siempre a su pueblo durante todos aquellos años de guerra y que las presiones políticas impedían.
Estaba sentado  mirando fija y seriamente la taza de té, cuando tocaron la puerta. Era el menor de sus hijos varones con su sirviente. Mei dejó pasar al pequeño Hitachi, quien corrió hacia su padre, lo abrazó fuertemente y con la misma rapidez dio media vuelta y corrió hacia la puerta entreabierta, detrás de la cual Hirohito presentía la presencia de su esposa Nagako, vestida enteramente de blanco y el rostro más blanco aun, con una irreparable expresión de tristeza.

La puerta se cerró. Quedaron nuevamente los dos, solos. Esperó un par de minutos para parar la hora en su reloj pulsera, cogió tranquilamente la taza y se tomó el té a sorbos lentos. Esperaba sentir dolor inmediatamente, pero tuvieron que pasar varios minutos para sentir las primeras presiones en el estómago, que extrañamente se sucedieron por una presión en los músculos. Sentía que las fuerzas se le escurrían por completo. Se recostó con los ojos bien abiertos en el espaldar de la silla acolchada y esperó. La conciencia se le iba apagando de a pocos, cerró los ojos. Todo era negro.

Cuando abrió los ojos se sobresaltó tanto que se atoró con su propio grito ahogado. Frente a él estaban tres de sus ministros. No pudo comprender hasta que sus turbados ojos se posaron en la cabeza gacha de Mei. Era un dos de setiembre de 1945. Habían saboteado su propia muerte. La rendición ahora no podía ser más humillante.  
Mamoru Shigemitsu, Ministro de Relaciones Exteriores, a bordo del
USS Missouri, firma el Acta de Rendición en nombre
del Gobierno Japonés.

lunes, 6 de agosto de 2012

Esperanza - Sobre el bombardeo a Hiroshima y Nagasaki. Primera Parte

Bien, señores, ha llegado la hora de la verdad. Hoy es 06 de Agosto, y hace unos 67 años Estados Unidos dejó caer la bomba Little boy sobre territorio japonés, en Hiroshima. El hecho y las pérdidas humanas no bastaron para detener la Guerra y el cruel verdugo jaló una vez más la palanca y esta vez la desgracia cayó sobre Nagasaki, el 9 de Agosto de 1945. Solo tres días después. En fin. El relato de hoy se publicará en dos partes. La primera es esta. La segunda será publicada el día 9. Así pues, los invito a leer...

.+.+.+.+.+.+. ゆうき (Esperanza).+.+.+.+.+.+.
La pequeña Yuuki entreabrió los ojos al escuchar el sonido de una sirena. Su madre dormía cerca, descubierta quizá por la larga noche de vigilia.  Yuuki se frotó los ojos con las manos, para ver mejor. La sirena aún continuaba, pero su intensidad disminuía con el tiempo. Yuuki no entendía muy bien el significado de aquel sonido aunque su madre se lo explicara tantas veces. Simplemente tenía miedo. Así que se sentó, cuidando siempre cubrir sus piernas y llamó a su madre.

- おかあさん? おかあさん! おかあさん!

Despertó de inmediato al llamado de su hija, preguntó por lo que sucedía. “No es nada, Yuuki”, y le explicó una vez más que aquel sonido era señal de seguridad. Los cielos de Hiroshima están despejados. Una mujer como Kanna era algo común entonces: felizmente casada hasta que llegaba a su puerta la desgraciada invitación para que su marido participara en la Guerra. No se podía negar, era su deber como japonés, y había que servir al Emperador incluso si era necesario dejar a la familia. Solo que él no lo pensaba así. Él regresaría, así se lo prometió a Kanna y también a Yuuki. Su padre iba a defenderlas, así que sería como si siempre estuviera a su lado. Por ese motivo, Kanna nunca se atrevería a decirle a la pequeña Yuuki nada sobre la carta que recibió hace un par de meses. Ese pedazo de papel aciago y al mismo tiempo confidente de sus lágrimas. Pero más aciago, razón por la cual se deshizo de él muy pronto colocándolo entre el carbón ardiente de su cocina.

Ya volverá tu padre, Yuuki.

- B-さん,  おかあさん…
- いいえー

El “Señor B” ya no ronda por los cielos de Hiroshima, Yuuki. Ha sonado la sirena de despeje, puedes continuar durmiendo. Pero Kanna no podrá. Recordar a su marido la ha despertado por completo. Siempre pasa, cuando abre los ojos, es como si él la estuviera advirtiendo. Abre los ojos, Kanna, despierta, cuida de la pequeña Yuuki mientras duerme. Y, en efecto, es como si siempre estuviera ahí. Pero no está, Kanna sabe que es inútil engañarse, al igual que leerle a una niña una carta que no la hará sonreír.

El "Señor B" parecía alertar su llegada desde hacía varias semanas. Hiroshima parecía un blanco inminente. Y “B-さん” no era un nombre ganado por respeto, sino tal vez una forma de disminuir el miedo que provocaba entre la gente, en especial los niños, los significados de “bomba”, “destrucción” y “muerte”.

- B-さん,  おかあさん…

Yuuki insistía a su madre, quien la abrazó de inmediato, un poco asustada por la sensación de soledad. Yuuki pregunta por papá y Kanna no sabe qué responder. Un destello de luz ingresa a la casa, cegando a madre e hija. Ningún sonido, sino un aterrador silencio, un breve silencio que las lanzó por los aires logrando separarlas. La pequeña Yuuki perdió su sábana y pasó a ser cubierta por algunos escombros. Rompió en llanto.



Sus bracitos estaban lastimados y en uno de ellos tenía un corte medianamente profundo, que sangraba sin parar.

- いたい, おかあさん… おかあさん! お! かあ! さん!

Mamá no estaba. Yuuki se dio cuenta de que nadie le respondía. Un tablón le impedía moverse para buscar a su madre ¿Dónde está mamá, Yuuki? Empujó el tablón con los brazos, lastimándose aún más. Gritó. Para su suerte, pudo retirarlo. No era tan pesado, después de todo, pero la sangre continuaba saliendo de aquel corte.

Y mamá que no contestaba.

- おとうさん…

Murmuró “papá” mientras se limpiaba las lágrimas con el brazo herido. Lo miró desafiante, pero ya no tenía fuerzas para enfrentarse a una herida, ni mucho menos para llorar a gritos.


Cuando Yuuki despertó, se encontraba en la espalda de un hombre.

- おとうさん?

El hombre volteó al escuchar su voz. No era su padre. La niña estaba muy maltratada, corría peligro sola y con el brazo herido, y debía llevarla a que la atendieran. Le dijo que no le tuviera miedo, que la llevaría con un médico, que tal vez ahí estarían sus padres. Se llamaba Jin, le dijo, y Yuuki también compartió su nombre. Sin embargo, no bastaba que la ayudaran para calmar su tristeza. Las lágrimas de Yuuki parecían no cesar.

Jin sintió pronto la espalda húmeda y decidió contarle a la pequeña lo bien que se encontraba la gente en el hospital, que se recuperaban rápido, y que muchas mujeres estaban buscando a sus hijos y que esperaban encontrarlos allá. Naturalmente, lo hacía para calmarla. Y logró hacerlo.

Pronto, la pequeña volvió a quedarse dormida.

Jin tenía la intención de dejarla con los médicos, pero al llegar supo que no se atrevería. El lugar estaba repleto de cuerpos heridos, gente que muy probablemente moriría en unos días, algunos en horas, pero que eran gentilmente atendidos por un solo hombre y algunos familiares cuyas heridas no eran del todo graves.



.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Muy bien. Eso ha sido todo por ahora. Espero que les haya gustado. Esperen la segunda parte. Gracias por leer [ =) ]