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jueves, 26 de febrero de 2015

Vacas marinas, vacas gordas

Un líder militar que venció al enemigo aprendiendo sus tácticas, que unificó una nación y fue vencido al generar división entre los suyos por los duros castigos que aplicaba a quienes no compartían sus ideas. Un día, nadie sabe muy bien cual exactamente, de la última semana de febrero  se llevó a cabo la Batalla de Marihueño. En ella, Lautaro hizo uso de una estrategia española que lo llevó a la victoria. Eso es lo poco que recuerda un pastor alienígena cuando sus vacas marinas hacen silencio.




Leftraru, pastor de vacas marinas

               
                Ser un pastor de vacas marinas es aburrido. En las ciudades se escribe al respecto de un modo en el que se trata la soledad y el silencio, propios de esta actividad, como capaces de estimular ciertas glándulas que permiten elevar el estado de conciencia, pero en la vida real es aburrido.
                A veces las vacas se separan y, asustadas, huyen en todas direcciones cuando aparece un dragón solitario y tengo que sacudir la cabeza para no perderme entre recuerdos en los que por uno de los flancos ataco a mi viejo amo y su último escuadrón trata de escapar en desorden. “Felipe Lautaro”, así me llamaba, aunque… ese no era realmente mi nombre. No soy un dragón, mis vacas no son soldados de mi amo, soy un pastor y debo sostener mi cetro para que el dragón, al verme, desista de su rapiña y deje a mis vacas tranquilas.
                Una vez cuatro dragones solitarios de similar complexión vinieron hacia mis vacas, mis nobles gordas aletearon en formación de combate. Los dragones no tomaron en cuenta que la segunda luna estaba en fase roja y por esto las vacas marinas enloquecen un poco y se tornan agresivas. Los dragones suelen olvidarse de las lunas. Uno a uno los reptiles fueron rechazados y, heridos, desaparecieron en dirección a la superficie, tal vez en tierra tengan más suerte. No lo sé. Dicen que algunos dragones viajan hacia allá y no vuelven. Dicen también que hay civilizaciones capaces de sobrevivir respirando aire y alimentándose de frutos de la tierra.
                Observando a mis gordas recordé una vieja batalla en la que de un modo similar al de los dragones vencimos a unos españoles en la cima de una montaña. Cuatro escuadrones en vez de un grupo grande, cuatro fuertes y llenos de energía relevándose y atacando uno tras otro abatimos a un ejército más experimentado y con un mayor dominio en el manejo de armas. “Febrero”, no sé qué significa esa palabra, pero siento que se usaba para designar el estado del tiempo, como aquí la segunda luna sangrienta.
                El dos es un número que me favorece, suelo vencer con mis mapuches o mis vacas. Suelo vencer. Sí, cuando mi mejor amigo se alejó de mí y nuestras fuerzas se dividieron empezó mi descenso. Ahora que lo pienso estas visiones llegaron a mí desde que se murió mi esposa, antes también éramos dos y no sentía que fuera aburrido llevar a pastar a mis vaquitas.
                Mi mejor amigo se alejó de mí porque no soportaba los castigos que ordenaba hacia nuestros hermanos reacios a la guerra. Mi esposa se disolvió en luz luego de enfrentar a un enorme dragón dorado para salvarme a mí y a nuestras vacas. Cuando desperté pastaban tranquilas, nadie me creyó, nadie podría creer que alguien de nuestra raza podría lograr que un reptil del linaje antiguo se alejara de su presa desmayada para convertirse en luz y desaparecer como los héroes de nuestras leyendas. Eso solo ocurre en las historias que se escriben en la ciudad acerca de pastores que encuentran dragones dorados y se elevan.


jueves, 1 de mayo de 2014

Lautaro, el estratega indígena


Vengo flotando en una nube y no veo bien desde el cielo, discúlpenme. Las nubes me hablan en un idioma ajeno al que todos hablamos. Ah, ah, interferencia. Esto es un relato raro sobre Lautaro, que intenta plasmar una idea rara que surcó mi mente y que acepte a brazos abiertos. ¿Debí aceptarla? ¿Somos una tetera gigante que erra por el espacio? No lo sé. ¡Y tú tampoco deberías saberlo! 
¿Qué quién era Lautaro? Fue un joven indígena, que, indignado por el abuso español, y siendo instruído por los españoles como un yanacona aprendió de estrategia militar a una muy corta edad, ¡para luego escapar para dirigir a sus compañeros mapuche!


Leftaru, volando

“Yo soy Lautaro, que acabó con los españoles.” Sus ojos estaban fijados en la cara del español. La lanza atravesando su pecho, escapándosele en miriadas de gotas rojas. La sangre que saboreaba y emergía desde su garganta. “Yo soy Lautaro y muero bajo la lanza española.” La espada de Valdivia, valioso tesoro, se deslizaba de sus dedos que perdían fuerza. 
Pedro de Valdivia
Recordó los ojos de Valdivia y se preguntó si su mirada era similar, se preguntó sintiéndose sereno por la derrota, si era lo mismo que cualquier líder español.  Indígenas se peleaban entre ellos, aquellos eran picunches, aquellos otros mapuches, y aún había promaucaes. Entre ellos se mataban y recordó las torturas provocadas por el conquistador español para que les temieran, para evitar las insurrecciones. Lautaro recordó su cara ahora, había miedo, por supuesto, había rabia, el entrecejo fruncido, como el de él ahora. No le dijo nada, supo que se lamentó de haberlo tenido a su lado cuando era apenas un jovencito, de ojos vivaces, mientras avanzaba en sus campañas militares. ¿Quién lo habría dicho, que un indígena, un bestia, llevaría con tal destreza a sus iguales? Nadie, cuando supo que había escapado, hacía ya más de cuatro años, lo asumía muerto o un don nadie en alguna tribu. Esperaba que se muriera, porque un bestia domesticado no es ni bestia ni hombre, es un ser que no tiene a donde ir.

Se preguntó si no era lo mismo que Valdivia, un cruel líder, al revivir momentos en los que había torturado a sus aliados indígenas que no estaban de acuerdo con sus métodos. Se supo traicionero de los Mapuches porque a veces se confundía de Dios y creía que un Dios era el mismo que el otro, aunque reconocía a Antu cada vez que miraba al cielo y sabiendo que estaba siempre ahí el pillán, se sentía un mentiroso y le enrabiaba ver que había indígenas tan perdidos en su apática paz,  en su adiestramiento español, viendo cómo sus compañeros eran torturados. Y le hervía la sangre saber que uno se atreviera a dirigirle la palabra y a discutirle cuando no era más que un ignorante que no sabía nada de la guerra, de las batallas que había ganado, porque entonces reconocía la debilidad de ellos, cuando los observaba celebrar hasta la embriaguez.

Tenía frío y un ardor que parecía adormecer su cuerpo. Sus rodillas perdieron fuerza y miró a Kuyén que se perdía en la fusión del día y de la noche. Se veían las luces de algunas wangulén, estrellas como habrían dicho los españoles, y cavilando se dio cuenta de que tanto había asimilado la cultura española que ahora se llamaba a sí mismo Lautaro y esperaba recibir algún perdón por sus pecados.

“Era Leftaru. Yo Leftaru, que hoy muero, vencí a los españoles; los derroté por primera vez en Tucapel.” 

Y recordó sus rostros, tal exitosa trampa y rememoró a Marcos Veas que le enseñó a usar la espada. Y sintió de nuevo como si cayera de su mano, porque perdía fuerzas y ya no sabía lo que venía después de que uno fuera herido de muerte. Creyó ver en el futuro cómo enseñaba a sus compañeros, cómo les demostraba que el caballo era como uno más de ellos, un compañero que se une a la lucha, uno que es libre y que admite a la naturaleza como parte de  sí.
Se supo arrogante, como el propio Valdivia, cuando vio a Veas por última vez y este le insistió en que se rindiera. Admitió en su mente delirante que la idea era todavía insultante y que Veas no podía comprender un carrizo, porque era un español y no era hijo de la tierra por la que luchaba y poco sabía de los Pillán o de Ngenechén y supo que solo quería lo mejor para los suyos, porque él lo veía y sabía que en sus maneras había condescendencia y eso ahora le quemaba como una lanza.
“A los españoles, que nos veían con ese asco, con esa altivez, porque su piel es blanca y muy pálida y creen que su Dios es el Dios y no nuestro Dios, no Antu, ni Ngenechén ni Elchen ni Elmapun. Hablan de un Cristo y de un Padre que no es sino Dios y… Yo Lautaro. ¿Leftaru?” Oyó las voces de sus padres, ¡Leftaru, Leftaru!. “¿Chumngelu? ¿Por qué uno rechaza su yo perteneciente a la naturaleza, a los Ngen, en cuanto uno conoce el éxito? ¿Será mi legado el de un Pillán?”

Pequeños hilos que formaban su cuerpo se desprendían de él mientras veía como la realidad se volvía un difuso mapa. Tenía los ojos cerrados, el entrecejo fruncido, apretando los dientes. La ira no se disipaba. Se convertía en un pellú, y ahora comprendía mejor que la tierra era una con la tierra de los espíritus y veía a los Wekufe que revoloteaban como cuervos porque había tantas almas, tanta muerte en el Mapu que se llenaba de sangre  y tenía miedo, porque todo ahora era como una niebla de realidad tangible, de seres que estaban vivos y de seres que ahora luchaban para mantener alejados a los demonios. Se sintió tentado, por un momento y no supo si era Satanás o qué era pero tenía cadenas, y llevaba tras ella a varias personas que no sabía si conocía. La cara de uno se volvía algo irreconocible, entendió que cuando uno se moría no había diferencia entre los cadáveres. Leftaru o cualquier otro, para un brujo no había diferencia. Era un ánima y ya está.
Abrió los ojos, sintió su pecho contra el suelo, lleno de tierra. El claro español de un soldado diciendo.

“¡Aquí españoles que Lautaro es muerto!” Se volvía un cántico. Algunos indígenas corrían e injuriaban a los españoles, pero eso solo los hacía víctimas y más de ellos se volvían almas intentando llegar a Ngill chenmaywe. Había otra batalla en esa batalla, la batalla por no ser corrompidos por los wekufe.

Lautaro miró bien fijo a los ojos(¿acaso tenía ojos?) a uno de los demonios y este tembló y sintió que las ánimas de la naturaleza lo apoyaban de una forma u otra. Leftaru  vio a las Trempulcahue y quiso dirigir su última batalla hacia él Ngill chenmaywe, dejar detrás a los Wekufe. Trascender.

Lautaro
“Yo Leftaru, muerto bajo los conquistadores españoles, he dejado una huella en los Mapuche, acaso un camino a seguir, un último intento para recuperar nuestras tierras.”