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sábado, 17 de septiembre de 2011

Carne 3. Primera noche en el centro.


Bien es cierto que llevo un tiempo alejadod e este lugar, pero no es porque no quiera, sino porque el tiempo se me hace dificil. ¿Cómo? Es algo dificil de explicar. Bueno, en realidad no. Lo que sucede es que hay algunas cosas y asuntos en los que me debo manejar, cosas de jóvenes mortales. En fin, solo lean parte de esta aventura y no se pregunten por el tipo que la escribe. Digamos que soy de perfil bajo, aunque muchas personas no se crean eso.
Carne
Primera noche en el centro.
La noche continuaba con luz artificial, aún no fallaba el sistema eléctrico de la ciudad. Conduje la motocicleta de Ricardo por la autopista del norte en dirección a la ciudad, para llegar a casa de mis padres debía atravesarla. Al ingresar a ella la encontré desolada, las zonas comerciales estaban desiertas, las puertas cerradas y los automóviles abandonados eran los únicos que me acompañaban esa noche, o al menos eso creía.
Reduje la velocidad de la motocicleta para no hacer demasiado ruido y para no precipitarme al tomar una curva, por las dimensiones de los edificios uno no sabía que esperar a la vuelta de la esquina; mantenerse alerta era la misión.
«Será una larga noche mientras no llegue a casa», susurré. Me detuve en medio de la avenida Crisol antes de llegar a la calle Escudo, ahí debía tomar el subterráneo hacia la carretera central, la que me lleva a casa en menor tiempo. La otra opción era tomar la avenida Márquez, pero eso implicaba conducir por una hora más. La lucha contra el tiempo y la desesperación por ver a los míos hicieron que apostara por lo rápido. Encendí la radio de mi reproductor mp3 para saber algo sobre el área de los ataques, si había crecido aún más o si ya todo estaba controlado, las calles desiertas no me daban la sensación de lo segundo. Levanté un poco el caso sobre mi cabeza para ponerme el audífono derecho.
Avancé lentamente con la motocicleta mientras oía la radio, quedarse un buen rato en un mismo lugar no parecía buena idea. “… no controlan los ataques. Repetimos: El área de los ataque sigue creciendo, la ciudad ya no es segura.” «Joder» “Si no ha logrado salir de la ciudad, ocúltese en casa y no salga de ella. No se oculte en zonas concurridas, aléjese de lugares ruidosos y oscuros…” Sigo moviéndome con lentitud, veo hacia delante. «Mierda, el túnel» “Las autoridades dicen que los atacantes son invulnerables a los ataques físicos, que son sumamente peligrosos cuando se encuentran en grupo. Recomendamos a los oyentes alejarse de los siguientes distritos: Madre de Dios, Fortuna, Camino de Dios y toda la zona cent…”
De entre los autos abandonados sale un bate de beisbol y … mi casco sale volando, golpea un auto y activa su alarma.
«¡Sube, huevón! ¡Sube!» «¡Ya! ¡Vamos!»
En el suelo, con el pecho adolorido y el bate al lado mío, veo dos sujetos alejarse rápidamente con mi motocicleta. Recupero el aire con dificultad mientras el ruido invade el lugar. Veo la luz trasera de mi vehículo girar hacia el túnel, cuando de pronto mis asaltantes se topan con un centenar de individuos. La motocicleta choca contra ellos, uno de los tipos que me derribaron cae al suelo malherido. Sus gritos comienzan y, poco a poco, se van ahogando mientras la horda empieza a rodearlos para comérselos. «Ayuda», fue lo último que trataron de decir.
Me arrastré hacia atrás, todavía no podía ponerme de pie y la escena sangrienta continuaba son mis ojos fijos en ella. El sonido de la alarma continúa y va centrando la atención de los carnívoros seres. Con ayuda del bate me coloqué sobre 2 piernas y me acerqué hacia un pasaje para esconderme.
«Ah, ah, ah, ah», solo oía mi respiración cansada y dificultosa. Detrás de un bloque de basura, recuperaba el aliento con la cabeza gacha, pero la alarma continuaba atrayendo a “la carne” así que consideré que ya era suficiente descanso. Se oían los gemidos y gruñidos de esos seres demasiado cerca, tenía que moverme con rapidez. Levanto la mirada y me veo en un callejón sin salida, ya es tarde como para regresar. Solo veo 2 puertas alrededor, una a cada lado de la calle, trato de abrirlas pero están aseguradas. Cojo el bate para romper el seguro de una de las puertas cuando de pronto una de esas cosas llega al callejón, me ve y corre hacia mí dando una especie de grito - gruñido. Me preparé, era mi turno al “bate”, y le di un fuerte y el ser ahí quedó.
Esperé a que se moviese, pero no lo hizo. Rápidamente le di un golpe a la puerta, entonces otra de esas cosas llegó al callejón y se abalanzó hacía mí.
«¡SON SOLO CARNE!», grité mientras esperaba por el choque. Le di tremendo golpe y rápidamente fui por la puerta para derribarla. Pero esa cosa empezó a hacer ruidos y se puso de pie. Seguí golpeándolo. Le di en la espalda y el pecho pero parecía no sentir los golpes, hasta que le di uno en la cabeza y no volvió a moverse.
«Ah, ah, ah, ah», volví a oír mi respiración.
Fui por la puerta, el sonido de la alarma continuaba, esos seres se oían cada vez más cerca y yo seguía con el pecho adolorido. La desesperación jugaba a mi favor pues la adrenalina dominaba mis actos y seguía moviéndome, pero sabía que esta no duraría para siempre.
Levanté el bate sobre mi cabeza, con un golpe certero en la cerradura abriría la puerta.
«¡ÁBRETE, MIERDA!» «¡NOOOOOOOO! – oí provenir del interior – ¡No la rompas!»
La puerta se abre. «¡Entra rápido!» El joven que me abre la puerta la cierra rápidamente.
«Ah, ah, ah, ah», recupero el aliento y empiezo a sentir cansancio y dolor. «¡Ahhh! », me quejo. «Guarda silencio – me dice el joven –. Esas cosas siguen cerca y no quiero que entren aquí». «Gracias» «Eres el que perdió la motocicleta, ¿verdad?» «Aún no la pierdo», dije antes de desmayarme.

lunes, 8 de agosto de 2011

Carne: Segunda parte

He regresado a este lugar para no volver a irme, tal vez haya dicho eso antes, no lo sé, pero esta vez pienso cumplir con esta promesa y no fallar, como ya lo hice con algún Corazón Pensante, pero bueno... ya hablé con él de eso. Ahora quiero dedicarme a mí y las historias que estoy creando. Sin más que decir... Lean y pasen un buen rato, esta vez no hay amenazas.
Carne
Aquella noche

Aquella noche pensé que era de mucha suerte contar con la motocicleta de Ricardo ya que tenía que presentar un artículo impreso a la compañía EdI, en ese entonces era buena idea pertenecer a ese grupo, aún me seduce la idea. Espero que sus miembros sigan con vida o que, de haber muerto, estén en paz eterna.
Tener su moto sigue siendo de mucha ayuda.
Viajé a Camino de Dios para dejar la motocicleta donde la abuela de Ricardo, su único familiar, una vieja dulce y atenta. Al parecer le caía bien – no entiendo por qué –. Tras dejar la motocicleta en el estacionamiento del edificio en el que vivía, fui al departamento para dejar las llaves.
Estuve a punto de tocar la puerta cuando oí un grito desde el interior. Ingresé intempestivamente y me dirigí a la sala. Ahí encontré a la señora, arrodillada sobre el suelo llorando y temblando en estado de shock. «Mi angelito… mi angelito… mi angelito está muerto…». La recuerdo.
Me acerqué, puse mi mano sobre su hombro, no la sintió; seguía con la mirada perdida y repitiendo esa frase “Mi angelito, mi angelito, mi angelito está muerto”. Me arrodillo y cojo sus manos. «Señora, ¿sucede algo?»
Me suelta, lleva su dedo hacia el televisor y me muestra. Vi lo que sucedía, pero no me lo creía. La policía disparaba a diestra y siniestra, las víctimas de sus disparos no se detenían y seguían caminando, se abalanzaban sobre cualquier persona que encontrasen y las mordían, arañaban, tiraban de ellas brutalmente tratando de obtener algo, prácticamente (me es difícil olvidar eso)… se las comían vivas, mientras gritaban y luchaban inútilmente contra una muchedumbre enloquecida. La pantalla se tornó roja por la sangre alrededor. Ni bomberos, paramédicos o policías podían tomar control sobre el asunto, algunos formaban parte de la masacre.
La mujer seguía llorando. «La situación en el aeropuerto es insostenible, necesitamos que las autoridades hagan algo al respecto… ¡Oh, Dios! Uno de nuestros compañeros de prensa a caído», se oyó desde la televisión. La imagen… de aquel tipo: nariz aguileña, chaleco falso de un medio de comunicación y una cámara de video simple. “¡Mierda!, Ricardo”, pensé en ese momento. No quería ver más, pero tenía que hacerlo, no por motivos mórbidos sino porque necesitaba saber la magnitud de aquel hecho. ¿Podría ser eso más real de lo que se ve en televisión? Hace tiempo que dejé de creer en ella, pero eso cambió totalmente mi paradigma.
La policía era inservible, los asesinatos continuaban y al cortarse el informe noticioso por “inconvenientes técnicos” solo se oyó a los conductores dando la recomendación de conservar la calma y no salir de casa, a menos que sea de vital importancia, hasta que la situación en el aeropuerto se controle, pues se temía que se expanda el área de los ataques.
En ese momento le pedí a la abuela de Ricardo que me acompañase a casa, que ahí estaríamos con mi familia. No quiso moverse, seguía en shock, y yo… no pude dejarla sola. Encendí el ordenador y mandé un correo electrónico a mi hermana diciéndole que no llegaría a casa, que me quedaría cuidando a la señora, que se cuidaran y no salieran de casa. Tenía que hacerlo, en ese momento solo pensaba en que acabase la noche para poder encontrar el cuerpo de Ricardo – o lo que quedaba de él –.
La señora estuvo despierta toda la noche, ya no hablaba, y yo me mantenía igual. No había mucho que decir. Ya luego la acompañé a su habitación, la dejé en cama. Ella no podía dormir, pero lugar más cómodo no había. Estuve frente al televisor, con el volumen bajo para no molestar. “La situación es insostenible. Los ataques proliferan y el área restringida para contener la ola de asesinatos masivos ha crecido”, la televisión dando malas noticias. Me conecté a internet para saber un poco más, solo había especulaciones, hasta ahora no pasan de eso. “Las autoridades han decidido que al cabo de unas horas la ciudad entera entrará en cuarentena, por ello se han implementado equipos de evacuación. En la parte inferior de sus pantallas aparecerán los lugares a los que deben acudir para que los equipos militares los ayuden a movilizarse”. “Iglesia San Nicolás en Camino de Dios”, leí en la televisión. Eso estaba a unas cuadras. Empaqué todo lo que le podía servir. Envié un mensaje a mi hermana diciéndole que empacara lo necesario (comida, medicamentos, ropa abrigadora, linternas y baterías) y fuera rápidamente al lugar establecido para la evacuación, que nos veríamos luego en casa de la tía Felia, que fueran allá ni bien salgan de la capital, ahí estarían a salvo.
Soy el hermano mayor, mi padre está fuera de la capital (Buena Esperanza) y en casa solo tengo a mi hermana y mi madre – nuevamente, quiero pensar que están bien –.
Luego, fui con la anciana a Iglesia San Nicolás, no quiero recordar lo difícil que fue llevarla ahí. Me acerqué a los militares, estaba subiendo al camión transportador con la anciana. «Solo mujeres, ancianos y niños», me detuvo un soldado. «La señora no tiene a nadie más.» «Tenemos problemas mayores.» Los militares no entienden razones. «Estos hombres cuidarán de usted, cuando salga de la capital llame a este número. Mi familia la estará esperando – le dije a la anciana – .Esta bien, me iré», le dije al militar. «No, quédate. El general a cargo les dará algunas instrucciones».
El general nos necesitaba como soldados, el número de efectivos con los que contaba no eran los suficientes para controlar eso a lo que él llamaba la carne en movimiento, o simplemente carne. Empecé a alejarme. «¿A dónde vas?, soldado» «¿Soldado, yo?» «Eso serás de ahora en adelante» «Yo soy estudiante y no militar» «¡¿A dónde carajos crees que vas?!» Eso no me llevaba a nada, así que le dije que a ningún lado, me quedé con ellos pensando qué hacer. Metí mis manos a los bolsillos – así pienso mejor – y encontré las llaves de la motocicleta de Ricardo, en la conmoción nunca las devolví. Sabía lo que tenía que hacer. Caminé por el perímetro establecido por los militares, empujé a uno y… me eché a correr, no me detuvieron ni dispararon, tenían otras preocupaciones.
Cogí la motocicleta y me fui. ¿A dónde? No lo sabía, solo sabía que tenía que ver a mi familia, para eso debía atravesar la ciudad. Lo último que vi en la televisión fue que área de los ataques había crecido, no sabía cuanto, pero ahí iba yo.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Algo de Carne...

Novela post mordem reanimada escrita en soledad...
Ahí voy, otra vez, con algo de novedad "enyucada". Es así, alguna vez tuve una idea, quise participar en un concurso de cuentos, pero me ganó el tiempo... y no logré presentar mi idea a tiempo (soy lento a la hora de digitar mis textos, siempre hay algo que me distrae). Ahora, me gustó la forma de todo esta "cosa" y decidí compartirla, y como sigo siendo lento demoré más de lo debido en digitar, es por eso que está aquí, debajó del título que estoy por escribir. Sentí que era una obligación porque este muchacho mío quiere ver la luz ya, ¡ya!, ¡YA!
Pd: Disfrútenlo y si no lo hacen "háganse follar por un pesca'o"


Carne
Todo fue fugaz
(primer pilóto)


Una buena fotografía depende de la visión del fotógrafo...
Ciudad de Buena esperanza, 15 de julio de un año que prefiero olvidar. Día 65 luego del brote, enfermedad, infección, epidemia o ,como algunos medios empezaron a denominar este fenómeno, fin del mundo.

Fue cuestión de unas cuantas horas para que el caos se apoderara de los tranquilos corazones de la ciudad. Los servicios de telecomunicaciones colapsaron, las líneas telefónicas se saturaron, las autopistas repletas no dejaban que se produzca una fluida evacuación, los gobiernos no tenían control y reinó un holocausto que nadie pudo prever (detener).
No volví a oír la voz de mis padres. Al menos sé que están bien, al menos eso quiero pensar. ¡En fin! No sé cómo estén las cosas fuera de la capital - es difícil tener información sin salir de mi actual refugio, sin ver personas vivas, sin ver televisión, radio y otros. De todas maneras dudo de lo eficiente de sus informaciones - pero, me conforta saber que están lejos del foco infeccioso o, ésta, su sucursal o colonia - como dirían algunos extremistas de la época-. Hoy vivimos un infierno ajeno, pues nunca tuvimos culpa, que se inició la noche que llegó aquí.

«Muy bien, chicos – dijo el profesor De Soto en el que vendría a ser el día 1 –, ¿Cuáles son las noticias más importantes del día de hoy? No pueden decirme que no tiene ninguna, que no están al tanto de los sucesos que determinan la historia de nuestra nación, ya que eso sería imperdonable en futuros periodistas como ustedes. Ustedes tienen que estar detrás de las noticias ¡Por Dios!» Luego en el salón perduró un sepulcral silencio hasta que Ricardo levantó la mano para pedir la palabra, el supuesto permiso para poder hablar. (¡Vaya porquería!)

«A ver usted, Ricardo ¿Qué nos puede decir?» «Gracias, profesor. Esta tarde, la policía nacional ha capturado al más importante narcotraficante del país mientras carga siete toneladas de pasta básica de cocaína en un barco para su posterior envío a … – dijo el nombre de una ciudad que ahora no recuerdo, digamos … – “Un lugar lejos de aquí”.» Sonrío al imaginar eso. «Junto al cargamento de cocaína también se incautó una gran cantidad de armas de fuego, las cuales fueron llevadas a la central policial para su próxima incineración. El comandante a cargo …»

¡¡¡¡ZZZZZZZZIIIIIIIIIIIHHHHHHHHHHHHHHUUUUUHHHHMMMMM!!!!

Otra vez las turbinas de un avión próximo interrumpen el desarrollo de las clases. Siempre pensé que era una maldición que la universidad quede tan cerca del aeropuerto de la ciudad (hoy más que nunca me doy la razón). El ensordecedor silbido, soportable sólo por costumbre se hizo estruendo, explosivo, fugaz…

¡¡¡¡BBBBBOOOOOOOOOOMMMM!!!! ¡¡¡SSLLLLAAATTTTTTT!!! ¡¡¡¡CRRRAASSSSHHHH!!!!
Se oyó a lo lejos.

«¡¿Qué sucedió?!», exclamó el profesor De Soto. Todo mundo quedó atónito, silenciado. Todos se veían buscando respuesta, al no encontrar alguna las miradas de dirigieron al profesor, supuestamente él la tendría (¡Vaya estupidez!).

“La clase se suspenderá”, pensé. Cogí mis cosas, me puse los audífonos de mi reproductor mp3 y le di "Play". Nunca fui de impresionarme ni preocuparme por cosas que no eran de mi interés. En ese momento solo quise alejarme de De Soto, ya había soportado su palabreo por un buen rato.
«Profesor, Santiago está sintonizando Radio Noticia Nacional para saber qué es lo que está pasando», dijo Ricardo. «Muy bien, alumno. Gran iniciativa de su compañero Santiago» En ese momento no me quedó de otra y tuve que hacerla de vocero noticioso “gracias” a Ricardo.

«Ehhhmm… Noticia de último minuto: Al parecer, el avión procedente de Los ángeles y con destino a Buenos Aires se estrelló en el Aeropuerto General mientras realizaba una escala de emergencia. Las unidades médicas, bomberos y policía están en camino al lugar del desastre. Por lo pronto no se conoce el número exacto de muertos y heridos, pero por la magnitud del impacto se estima que se trate de la mayoría de los tripulantes. Mayor información a las once... Ehhhmm... En síntesis eso es lo que se sabe.»
«Muy bien – dijo De Soto tras mi narración forzada –. Eso es lo que me gusta: personas al tanto de la noticia con sentido de la inmediatez e interés general. Tengan en cuenta que éste es el curso de Cultura de Actualidad, es por eso que deben estar al tanto de lo último, en una constante actualización. ¿O me van a decir que eso no es importante? ¿Ah? ¿Ah? ¿Ah?”»

En ese entonces, como ahora, me sentía asqueado de aquel fanatismo insulso. No soy hipócrita como para darle la razón al profesor en cada cosa que diga, cosa en la que no crea.

«El único trabajo que les dejaré es el siguiente: Recaben toda la información que puedan sobre el accidente de esta noche; para ello pueden utilizar todo tipo de medio, televisión, radio o internet. Aunque lo mejor sería ir a la mismísima fuente, el lugar de los hechos. Ustedes son prácticamente periodistas por el simple hecho de escribir, juzgar, investigar y dar a conocer sus puntos de vista sin temor a nada», dijo De Soto.

Al oír esta arenga todo mundo empezó a organizarse para ir en grupos al aeropuerto. Por mi parte siempre discrepé con el profesor; para mí, los motivos periodísticos que dio el profesor son erróneos.

«Santiago, voy al aeropuerto con Lucía y Javier, ¿vas?», dijo Ricardo. «No, no me interesa darle el gusto al profesor – dije y el quedó en silencio. Pienso que fui muy rudo con él –; además tengo pensado dejar el curso», concluí. «Entonces… ¿podrías llevarte mi motocicleta? Me estorbará a la hora de buscar información en el aeropuerto. A parte, iremos en el auto de Javier.» «La dejaré en tu casa. Está tu abuela ahí, ¿no?»

Asintió con la cabeza y nos despedimos. Esa fue la última vez que cruce palabras con él, pero no la última que lo vi.