viernes, 31 de marzo de 2017

Toro Rojo - Reto 02

Parece que no ha habido demasiada suerte con el tema de los retos, porque ha pasado mucho tiempo desde el último post. Por eso, este será quizá el último texto que se publique con esa etiqueta (o tal vez el último reto de textos, no sé). En este caso, las condiciones del reto eran: incluir un toro y un demonio al inicio de la historia, y que un personaje utilice una herramienta. A ver cómo va...


.+.+.+.+.+.+. Toro Rojo.+.+.+.+.+.+.

Los ancianos del pueblo se cuentan la historia de un toro rojo,  uno de sus ancestros que había convivido en paz con la gente. Era tres veces más grande que un toro normal y tenía una barba blanca que casi llegaba hasta el suelo. Su longevidad frente a los humanos se debía, según dicen, a que aún entonces, en lo profundo de las montañas, habitaba un demonio con la forma del agua, y que, cuando estaba enojado, se esparcía por todos lados provocando sequías y contaminando a las gentes y a los cultivos. Este demonio, pues, llevaba muchos siglos asediando este mundo y provocando desgracias. Por su parte, el toro rojo era dador de vida y  les devolvía la esperanza haciendo brotar una plantita de papa o de maíz en la tierra estéril.

Un día, un poblador llegó con la noticia de que habían encontrado al toro herido. ¡Un ancestro herido, sangrando negro, como el color del demonio! Todos tuvieron miedo. «Qué va a pasar ahora», se preguntaban. Entonces el toro habló y mandó a llamar al hombre más joven del pueblo. Le trajeron a uno que acababa de casarse y a otro que había hecho su primera caza hacía no mucho, pero el ancestro dijo «No», quería que le traigan al más joven de todos, al más pequeño, un niño de poco más de tres años. ¡Qué iba a hacer con el niño! Cuando lo vio por fin cerca, el toro se sacudió y comenzó a toser fuerte, luego abrió la boca y en su lengua había una piedra verde que brillaba. «Hagan de ella una punta de lanza», dijo, «solo un inocente puede enfrentarse al demonio, envíenlo cuando haya cumplido los cinco. Ese tiempo tardará el demonio en volver y solo él será capaz de ver su corazón y atravesarlo de una vez y para siempre».

Así, pasaron dos años tras la muerte del último ancestro. Estaba hecha la lanza y el pequeño se había entregado a su destino con tal compromiso que, según los antiguos, empezó a hablar como un hombre, pero era imposible encontrar en él alguno de sus vicios.

La tarde que se adentró en las montañas, la gente lloraba por temor a perder la última de sus esperanzas. Prendieron una fogata y le rezaron al espíritu del dios toro mientras lo veían alejarse. Según dicen, los rezos continuaron por varios días y varias noches. La única que abandonó la vigilia fue su madre, quien dejó el pueblo al día siguiente, sin avisarle a nadie.

Allá en lo profundo de las montañas, cerca de un pantano, el niño rezaba en silencio. Esperaba por días la llegada del demonio sin forma y capturar la imagen de su corazón en sus ojos, los únicos que serían capaces de verlo. Entonces sintió algo húmedo alrededor de su cuerpo. Su madre acababa de encontrarlo y había saltado hacia él, interrumpiendo su rezo. «No puede ser», murmuró muchas veces al iluminarla con la luz de su lanza. Los brazos de su madre daban signos de enfermedad, sus venas habían empezado a teñirse de un color oscuro.

El demonio debía estar cerca. Se soltó de su madre y comenzó a amenazar a ciegas con la lanza, pero todo fue silencio hasta que escuchó el grito de su madre. Lloraba aterrada ante su figura; no solo la había alcanzado la enfermedad, había condenado también a su hijo al abrazarlo. El niño sintió un dolor intenso en la espalda y pronto también en el pecho, estaba siendo debilitado por el demonio. Se acercó al pantano, esperando encontrarlo allí, escondido, pero solo vio su propio reflejo, enfermo, envejecido, y un vacío que crecía en su pecho, listo para adueñarse por completo de su cuerpo. Solo entonces comprendió la muerte del ancestro. Les había indicado cómo enfrentar al demonio, mas no mencionó nunca la forma que tendría esa batalla. Tan decidido como se había vuelto, utilizó todas sus fuerzas para atravesarse el pecho, pero su madre lo abrazó por la espalda en el último instante, quedando petrificados por la eternidad.

Dicen que allí donde murieron empezó a crecer un musgo muy verde que tiene la capacidad de curar cualquier mal. Por eso todos los años, en la época de cosechas, el pueblo enciende una fogata y va rezar a la montaña, agradeciendo los nuevos tiempos de abundancia.
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jueves, 16 de febrero de 2017

Runa - Reto 01

Continúo el primer reto descrito por Zack anteriormente. Con Uds. Runa.


Runa

Sin productividad no hay comida. Sin excedentes, se lo repetía Runa, no podríamos... Calló. Asentía. Miraba la tierra. Hiciera lo que hiciera esta era yerma, jamás pegarían como Runa le decía. Ni haciéndolo como su padre. ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? Se preguntaba inútilmente. Runa. No podía entender cómo la parcela de los demás sí pegaba y la de él no. ¿Estaba haciendo algo mal? No. Seguía los procedimientos cuidadosamente, metódicamente, pero nada. ¿Era el dios aquel que se yergue con los báculos el culpable? ¿Aquel ser felínico, horrososo y fantasmagórico el que se empeñaba en neutralizarlo? No, imposible. ¿Había visto el ritual? Sí, claro. Muchas veces. Había coreado, recitado, entonado cada verso, cada parábola, cada estrofa rítmicamente, simétricamente, cadentemente. Siguiendo a Runa. ¿Había sentido el poder? Eso era lo que más le preocupaba, pues, si bien había visto las escenas y había escuchado al dios felínico, su experiencia se resumía solo a eso. Nunca pudo sentirlo. Pero para él le estaba vetado. ¿Qué diría su madre? Fracaso... Luego venían otras prguntas, ¿por qué aquellos roles marcados? ¿Por qué Runa tenía que mandar? ¿Acaso él no podía escuchar lo mismo que su amigo? ¿No habían crecido juntos acaso? Los roles, los malditos roles, le repetía su madre.

¿Tendrá la culpa el movimiento? Dicen que un templo del felínico se destruyó sin piedad. Mató a todos los cultores que se encontraban dentro y a algunos iniciados. «No pudo ser prevenido porque en las visiones jamás lo mencionaron. Los dioses se están moviendo.» «Los productos no fueron los suficientes y el dios me ha hablado: él necesita más. Más.» ¿Desde entonces las predicciones de Runa ya no eran tan acertadas? Al menos a mí no me funcionaban…
La especialización era fundamental y como mis abuelos, yo había decidido trabajar la tierra. Lo mío eran plantas, sus semillas y cómo podía aprovecharlas al máximo. Runa, en cambio, decidió separarse de la tradición familiar. Él se hizo cultor del dios felínico, cuyos cabellos no crecían en nuestras tierras sino en la frondosa vegetación gobernada por los otros. Quizá fue ese el origen de todo. «Ayúdame a encontrar los cabellos del dios.» Conocía a Runa y hacerlo no me costaría mucho: obtener las plantas del monte, cambiarlas acá… Asentí. El viaje duraba todo un ciclo lunar. Quizá a mi regreso mi parcela mejoraría y tierra se renovaría. Runa además así me lo aseguraba.
El viaje no estuvo exento de problemas. Vi cómo una llama de una familia se volvió loca y perdió todo el cargamento. Incluso la mía… Algunos huarpas que no tenían fe en nuestro dios intentaron matarme. Tuve que escaparme y dejar atrás algunas ofrendas para los extranjeros del monte. Quizá no debí salir de las cercanías del templo, lejos de la protección de Él. ¿Tendré que cazar yo mismo los escurridizos cabellos de nuestro Señor? ¿Hacerles frente a aquellas bestias no era tarea fácil y no tenía ya ni las ganas ni herramientas?

Tan solo conseguí cuatro cabellos de nuestro dios. Los aislé en una pequeña vasija hermética que unos conocidos de mi padre que vivían alejados del templo pero que aun profesaban el amor a nuestro dios me habían dado. No conseguí nada para cambiar ni alimentarme. Runa no me abandonaría.


Cuando fui a verlo en lo más profundo de nuestro templo, él estaba en trance pero esta vez era diferente. Él estaba botando cabellos de nuestro Dios, me escondí entre las intersecciones. Se ha pasado, se ha pasado, oí a los otros sacerdotes. El viaje, todo, había sido en vano.  

viernes, 10 de febrero de 2017

El honor - Reto 01

Hola, ¿qué tal?, esta sería oficialmente la primera entrada del año (shame on me), y venimos con algo un poco lúdico. Sucede que hace muy poco comenzamos a jugar entre nosotros con unos retos generados en Seventh Sanctum y nos animó bastante. El primero tenía las siguientes premisas:

- Un personaje está deprimido durante casi toda la trama. Además, un personaje tomará una decisión que le cambiará la vida.
- Un personaje se lamenta durante la historia. En la trama, un personaje estará envuelto en un accidente vehicular. La historia termina en una torre o edificio alto. La historia está ambientada en medio del invierno. Durante la historia, se hace una entrega.
- La trama está ambientada mil años en el pasado.

A partir de eso surgieron dos relatos. El mío va a continuación.

.+.+.+.+.+.+. El honor.+.+.+.+.+.+.

Sujeté bien el látigo, su fricción contra la piel de mis manos me hacía pensar que si pasaba un minuto más agitando terminaría desgarrado, quedarían mis huesos desnudos y vería flotar mi carne en dirección contraria, dejándome unas líneas de sangre muy finas en el rostro; mis huesos se desmantelarían y perdería el control del carro, cayendo mi cuerpo hacia un lado, presto para el último bocado de tierra de mi vida.

Ellos no se preocuparían por matarme tan pronto, podía morir desangrado o al golpearme con una piedra en el cráneo, eso no importa. Lo que les interesaba era lo que les había robado, eso era lo único importante y estaba dentro del carro, silenciosa a pesar de su miedo. Y silenciosa incluso después de que los míos se hicieran realidad: en vez de desgarrarme las manos, el carro tropezó y se dio vuelta. Salí disparado, pero me aferré al látigo, mala decisión, pues el caballo me cayó encima cuando estrellé boca abajo, muy cerca de una piedra que podría haberme matado. El carro se soltó y resbaló por el despeñadero, viniéndose abajo junto con mis esperanzas de verla con vida al final de tan tortuoso viaje.

Había fallado, y en la misión más importante de mi vida. No cabía duda que estaba muerta y que me condenarían a morir por mi fracaso. Del otro lado, nuestros perseguidores se iban victoriosos. Tal vez no se habían salido con la suya, pero en esta guerra nunca ha importado lo mucho que se gane, sino lo tanto que haya perdido el enemigo, y nosotros acabábamos de perder una pieza clave.
Algunas horas después de que se fueran, y con el caballo muerto sobre la espalda, decidí levantarme. Tendría rotas un par de costillas y, si no tenía cuidado al caminar, un dolor me hincaba los nervios hasta los pies. Lo primero que tenía que hacer era cerciorarme de su muerte, ver su cuerpo maltrecho allá abajo, pero nada se veía desde arriba aparte neblina. Debía bajar, costara lo que me costara, incluso si moría en el intento.

Me llevó dos días llegar abajo, los huesos me tronaban cada vez más debido al frío y mis manos desnudas parecían a punto de reventar de tanto sobarlas. El carro estaba allí, hecho pedazos al igual que el cuerpo de la princesa, cuyo rostro, no obstante, se había salvado del desastre y el profundo blanco que lo adornaba me hacía pensar, con culpa, que quizá nunca la había visto tan hermosa.
En efecto, estaba muerta. Pensé en llevarme el cuerpo, en cargarlo sobre mi espalda, pero al primer intento sentí que una de las costillas perforaba mi carne. Cayó, además, de sus prendas, una joya que nunca se había quitado, ahora la muerte la desprendía de su cuello y yo la transustanciaba en la princesa, en su cuerpo muerto y hermoso.

Le hice una tumba y emprendí el viaje, atesorando la joya y lo que me quedaba de vida. Uno nunca piensa realmente hasta que presiente el final, ninguna emoción es verdadera hasta ese momento. Me traicionaba el cuerpo, mi rostro tocó el frío suelo infinidad de veces, interrumpiendo mi camino, pero mi mente nunca se detuvo.

Siempre supe que era una mala idea servir de esta forma, que solo los hombres más tontos desperdician su vida por el progreso de una nación, que había algo más importante que había perdido de vista, pero no estaba seguro de qué. Si se trataba de amor, la única mujer que tuvo mi corazón fue la princesa, y ahí vamos de nuevo, un militar enamorado de su princesa, una historia conocida que siempre termina en tragedia. Un secuestro, una oportunidad para robar información, un meticuloso plan de rescate, y ambos terminan muertos para el pesar de la nación que los aguarda. Eso fue lo último que pensé con el rostro pegado a la tierra, sin saber si llegaría alguna vez a mi destino.
Cuando desperté, me encontraba en la torre. El emperador me miraba malhumorado desde su silla mientras unos soldados me sostenían dubitativos de ambos brazos, que para mi asombro no se quebraron a pesar del frío. Me soltaron en el instante en que levanté la cabeza, caí como un saco de tierra.

Todos allí suponían de mi fracaso, pero esperaban escucharme. Descubrí la joya de la princesa y el rostro del emperador se nubló. «No hay nada ya para mí más que esto, la prueba de que esta hermosa mujer existió y murió estando en mis manos», con gusto hubiera recibido a la muerte si me permitiera amarla en mi próxima vida. O quizás no, quizás estaba escrito en mi destino actuar de otro modo, traicionar al amor para luchar por el poder, entregar la información que había recogido en bien de la nación que nos esperaba con los brazos abiertos, y convertirme en héroe en honor a su memoria. Es un bien despreciable ese honor que todo lo trastoca, que reprime el flujo natural de la vida, que obliga a vivir o a morir en nombre de algo que nunca hemos visto. En «honor» a su memoria, nunca pensé en morir a su lado, sino en sobrevivirla para construir el mundo que me tocaba construir como soldado.

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Pronto el siguiente relato, que viene de parte de Hao Sigismondi. Saludos.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La estulticia

Un relato corto... poema en prosa... o algo. Qué importa lo que sea... ¿o importa lo que sea? Tal vez te esté engañando para que no creas que importa pero importa. Todo para que ignores el elefante rosa que está en tu cuarto, a punto de matarte. (risa malévola)

La estulticia


Una mirada al cielo o una mirada desde el cielo, blanquecino, brillante, que lo abarca todo y que te oprime. El peso inexistente de su atmósfera, el jalón gravitacional que impide el vuelo y te limita a la tierra.  Observar al cielo era en cierto sentido aceptar a la nada y caer, como una gota de lluvia, a la tierra. Atravesarlo todo y chocar…

El silencio es reconfortante, pero escucho su voz…

Y mis ojos, cerrados, empiezan a captar el olor a lluvia, no la lluvia que nos azota… una fragancia que no terminaba de inundar al olfato. El sol, ególatra estrella, osada, no se escondía tras las nubes de la lluvia, acariciaba nuestras espaldas candorosamente…  y al suelo y a nuestros brazos, a nosotros que buscábamos el escape de la frialdad que nos invadía hasta el tuétano. La canora voz soltaba su melodía, invadía mis oídos pero nadie más parecía oírle.
Espectral, hermosa voz, que tomaba formas y engañábame pretendiendo ser no etérea y yo, esquivando, evitando lo tangible, la buscaba… ella que estaba tan solo por encima de nuestras espaldas desnudas, sudorosas, brillantes, rojas.

Animado por la voz, un escorpión volador planeaba distraídamente, esquivando, evitando, las torres de carne que lo arrinconaban a limitados espacios aéreos. Único, solo, el escorpión era ignorado, volador como era, desafiando al mundo ignorado, que lloraba, que azotaba con sol calcinante. Bailaba el escorpión al son de la melodía a la que yo perseguía y superponíase sobre el escorpión volador. Temible, aguijón que recordaba al dolor.

Quiero caer, pero no caigo, la fortitud de sus rodillas inspira a las mías,  y mis ojos solo ven, tras el cansancio, la desorientación, el hastío, sus espaldas, variadas, flageladas, sangrantes, límpidas… ¿quiénes son, seres sin cara?  Cuyos rostros no me atrevo a descubrir, yerro, yerro…

Desde el silencio que a veces se muestra, a los miles de escorpiones voladores, esquivos, que nos rodean, a los que intento alcanzar, asir, (¿qué no es etéreo? ¿lo es el dolor?) pero que se escapan de mis manos, como yo escapo del toque de mis iguales. Vuelan, estáticas, sustituyendo al silencio melodioso, a la voz canora que bailaba junto conmigo, que acompañaba también al silenció de ritmo perfecto y veleidosamente callado.
Melodía encontrada por el aguijón.

Melodía que lo sobrepasa y tranquiliza el vuelo. Yacen los escorpiones en el fango, transformándose en el barro que pisamos, atacando con sus aguijones, que nos hacen caer. Yo no caigo. Nos hacen car de rodillas. Me levanto  en donde todos se arrodillan, mas fallo y solo caigo, encima de sus espaldas , algunas sudorosas, algunas sangrantes, algunas imposiblemente secas…  y veo sus caras, con miradas perdidas desde hace largo tiempo que presuponen tiempos mejores y peores, civilizaciones implacables. Eterna rigidez consume sus expresiones, rigidez que asaltó siempre mi cara  y que ahora siento, incapaz de imitar la vivacidad de mis ojos. Estoy mudo, ¿desde hace cuanto la mudez me domina?

Gateo, sobreponiéndome al dolor, contradiciendo la rigidez. La lluvia quema las espaldas, donde el sol mismo las acaricia. El frio rige mis movimientos. Mis dedos ennegrecidos por el fango, mis manos hundidas por lo mismo, y ahora choco y tropiezo. Los escorpiones atacan,  los rígidos cuerpos impasibles, inamovibles se tropiezan con el mío… y, acusadoras son, sus miradas, largamente perdidas, largamente acusadoras.

Padezco y caigo, como la gente, que ya ni de rodillas se mantiene, y yo me arrastro, bajo la cadencia que impone la lluvia, que incrementa el tempo de sus gotas… no hay melodía que resista o si resiste se enmudece ante el fuerte retumbar. 

¿Quién quebró la estulticia que nos sostenía?

¿Quién dijo la palabra primera?

domingo, 20 de noviembre de 2016

CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 4.2

Ya estamos de vuelta para cerrar el capítulo 4. Perdonen que tardara tanto en subirlo, me distraje un poco. Pero aquí está, y con esto, luego de algunos zorros, máscaras y demás, concluye este episodio del pasado de Julián Mallqui. A ver qué tal quedó...


.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqi - Cap. 4.2.+.+.+.+.+.+.

La señal la recibió de un zorro negro. Se le apareció una tarde sobre una piedra, un espíritu que se deja ver, ¿wamani? «Algo malo va a pasar, buen Diógenes», lo leía en los ojos del zorro, algo sobre Julián. Empezó a tomar San Pedro para vigilar su sueño: una sombra crecía desde su vientre alrededor de él, amenazaba con cubrirlo por completo, con llevárselo, pero no existía síntoma de enfermedad. Julián era un muchacho saludable a simple vista. Los métodos de curación comunes tampoco cambiaban nada. ¿Qué era esa sombra? Nunca había visto algo similar. Una posesión, quizá, un gentil fuerte que lo consumía desde adentro.

A los dieciséis años, Julián probó por primera vez el San Pedro. En ese momento, la sombra cubría su torso hasta la clavícula. Diógenes no le quitaba la atención de encima, era una preocupación continua. Había accedido por fin a iniciarlo como chamán y tras un año entero de rigurosa dieta y el mal creciéndole alrededor del cuerpo, era el momento de comenzar con la parte difícil, enfrentarlo a sus propias sombras y, si acaso podía verlas, terminar con ellas.

La amargura le recorrió la laringe. Siendo las seis de la tarde, Julián acababa de tomar su primer vaso y se recostaba en su catre. «Hay que ser pacientes», le decía Diógenes; los efectos tardarían en aparecer por lo menos una hora. «¿Qué crees que vea?», preguntaba. «No lo sé, nadie sabe. Lo que hay dentro de tu corazón y lo que tus ojos estén preparados para ver cuando llegue el momento».
Lo primero que vio fue un triángulo de luz azul que se plegó en dos, cuatro, ocho… empezaron a llenar la habitación y a ser intermitentes, cambiando de color y luego de forma, de tres a seis, a doce, a veinticuatro, a un círculo que palpita y genera otros más, que genera flores y música, un sabor dulce en el paladar, un verde ligeramente salado, un intenso estremecimiento en la médula. Julián reía y Diógenes supo que era momento del segundo vaso. «Tienes que ver más allá», le decía. Él también había empezado a tomar el San Pedro; la sombra seguía allí.

Entonces vio la máscara de auqui sobre la pared, le sonreía como cuando era un niño, parecía complacerle verlo así. Julián reía y la máscara empezaba a reír también, a carcajadas, las figuras luminosas se erizaron, se hicieron muy finas y lo llenaron todo. Ahora le llegaban a los pies y a los brazos y a la nuca, como espinas. La música se hizo cada vez más lenta, grave y difusa. «¿Qué es eso?», gritó. «No hagas caso, Julián, concéntrate», le respondía su padrino. «¿Quieres saber?», no era la voz de Diógenes, sino la suya propia, «¿Pin kanki? Sutiyqa Julian Mallqui. ¿Qampari imataj?», «Sutiyqa… Julian…». Había alguien en la habitación con su rostro. Se le entumeció el cuerpo por completo, no podía hablar, miraba fijo a esa copia de sí mismo, ¿o era él la copia? Sus ojos eran exactamente iguales y tenía en la mejilla una pequeña cicatriz de cuando se tropezó hace cinco años. También eran cinco las horas que llevaba desde que tomó el primer vaso de San Pedro, ahora pensaba los números con mayor claridad. También veía con claridad cómo el otro Julián adquiría una expresión de lástima. Pobrecillo, tirado sobre un catre, sin poder moverse, él también empezó a sentir lástima, a desear que todo eso terminara para Julián. ¿Julián? ¿No era él Julián Mallqui? Se observaba desde el otro lado de la habitación, donde inicialmente había visto a su otro yo, pero no estaba allí, sino en una esquina, en un rincón del techo, sin rostro, sin manos, sin sonrisa. ¿Y quién era Julián, al fin y al cabo, sino una sombra? Una sombra que cubre un cuerpo.

Diógenes vio cómo el cuerpo de Julián temblaba y se extendía la sombra hacia su rostro. Quizá no era buena idea convertirlo en chamán, ¿moriría súbitamente si llegaba a fallar? Comenzó a orar.
«El chamán se cura y de ahí que puede curar», pensaba para calmarse. Él se había convertido en uno para salvar a su esposa, pero la muerte era inminente; «una vez que pisa una tierra, ya no hay nada que hacer», su maestro se lo había enseñado y temía que Julián corriera la misma suerte.

Mientras tanto, el tiempo estaba disuelto para Julián. Podía ver tan solo en esta habitación todas las personas que había sido y sería Diógenes, así como las que pudo ser alguna vez, su presente sin él, sin «Julián». Y también veía en sí mismo todos estos seres —uno con máscara de auqui— y escuchaba muchos nombres ser pronunciados como si se tratara de uno solo. «Veo una marca en mi frente», murmuró. «Veo», «yo», ¿«Julián», acaso? «…en mi frente», «la única que tengo, las muchas que veo», la frente de cuero de la máscara en la pared, la luz dorada en los ojos del espíritu, la sombra de un hombre milenario con la misma marca en la frente y también él mismo o uno de sus descendientes.

Sutiyqa Julian Mallqui

Despertó antes del amanecer, olía a vómito. Sentía acidez en la boca y dolor en el vientre. Se llevó las manos a la frente, y corrió al pequeño espejo que tenía Diógenes sobre la cómoda, pero no vio nada extraño. Su padrino dormía, exhausto.

Ese día, más tarde, Diógenes le contó sobre la sombra y el zorro negro. «Solo nos falta una cosa», dijo con seriedad. Sacó un cuchillo y le hizo un pequeño corte en el dedo índice. Mezcló su sangre con carbón y vinagre. «Esto es un sello mágico», recitaba trazando una extraña figura sobre un pañuelo, «un pacto con los ancestros. Así protegerás y te protegerán de los males».

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