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domingo, 21 de mayo de 2017

Sangama o un viaje místico al corazón de la selva peruana

Después de estar algunos años escondida tímidamente entre mis libros y películas, un impulso desconocido me llevó a rescatar Sangama, una novela escrita por Arturo D. Hernández a la que mi abuelo ha hecho referencia toda vez que tiene oportunidad de comentar los años que trabajó en la selva peruana; según sus palabras, retrata bastante bien ese universo que siempre me pareció lejano. Pero una vez que tuve el libro en las manos me di cuenta de algo curioso: no tenía idea de qué trataba. Leí la contracara y nada. La mayor reseña que se hace de Sangama allí (y en Wikipedia) tiene que ver con su descripción de la selva y la acogida que tuvo el libro (en Perú y luego en Europa) desde su publicación en 1942 hasta aproximadamente los años 90. Pero sobre la historia que cuenta, nada. Así que, como eso es lo que le hace falta y muy poca gente parece conocer esta novela, decidí que merecía la pena dedicarle una reseña aquí en el blog. Ahí vamos.



Sangama empieza contándonos la llegada de Abel Barcas a Santa Inés con la visión de emprender una exploración comercial. Para esto, está decidido a servir al gobernador Portunduaga, quien ha impuesto su voluntad en la región a través del miedo. En su trayecto, acechado por el peligro, es salvado por Sangama, un chamán con fama de brujo en Santa Inés. Este encuentro, y la afinidad entre ambos personajes, involucrará a Abel en una expedición mística al corazón de la selva, en la búsqueda de un ídolo de oro oculto por los últimos Incas que guarda el secreto para el retorno del imperio.

A nivel general, puedo percibir tres momentos importantes en esta novela que podríamos entender como arcos narrativos. El primero, que abarca casi la tercera parte del libro, está relacionado con la caída del gobernador Portunduaga, que facilitará los planes para la expedición. El segundo momento, y el más extenso, es el del viaje propiamente dicho, con Sangama a la cabeza. La tercera parte tiene que ver con un pequeño incidente posterior al viaje, que enemista a Abel con los López, una importante familia del pueblo.

El personaje más memorable de la novela es, por supuesto, Sangama, un hombre que ha dedicado su vida a desentrañar los misterios de la selva guiado por la esperanza de sus ancestros. Su aura mística, sin embargo, no hace de él un tipo susceptible a las historias de fantasmas y apariciones que abundan en la selva, sino más bien alguien capaz de encontrarle explicación a lo inexplicable.

Además de este personaje, una de las partes que más me gustaron de la novela fue la historia de Tula, la mujer del gobernador. La resumo a continuación: luego de enamorarse del padre Gaspar y escapar con él por la furia de Portunduaga, sus caminos se separan y empieza a navegar por el Ucayali con unos aborígenes, buscando noticias del cura. En su búsqueda se topa con unos traficantes de esclavos que acababan de acometer un pueblo. Tula, impactada por la escena, decide negociar la libertad de algunos niños a cambio del costoso anillo que le obsequió alguna vez el gobernador. Tras un breve enfrentamiento con ellos, envía a sus acompañantes en busca de ayuda mientras ella espera con los niños. La historia dice que no la volvieron a ver: «Tula había sido tragada por la selva».

Creo que, en general, el tema principal de la novela es el de la búsqueda definitiva que hace Sangama hacia sí mismo, un viaje a lo profundo de su existencia por el camino de sus ancestros. Valdrá entonces para el chamán preguntarse: si esa razón que busca yace enterrada tan hondo en el pasado, ¿hace falta arriesgarlo todo, sumergirse en el pantano más oscuro y extirparla?, ¿se alzará gloriosa o fenecerá ahogada?

No puedo evitar recomendar esta novela porque ha sido una de las cosas más interesantes con las que me he topado en lo que va de este año. Y si les gustan las historias de aventuras, en Sangama tienen algo de eso, además de que conocerán un poco más sobre la Amazonía peruana. Les aseguro que no decepciona. Ahora, el problema es encontrar un ejemplar. Buena suerte.

Y para cerrar, un breve fragmento del primer capítulo:
El viajero que inició la conversación se aproximó cauteloso y me dijo:
—Oiga usted. Yo no sé dónde he nacido.
—¡Cómo! —repuse asombrado—. ¿Es posible lo que usted afirma?
—Es que tengo mis dudas. Verá usted. Yo nací hace veinticinco años, en la margen oriental de este río. Desde entonces, las aguas no cesan de “comer” por el lado opuesto, de modo que el lugar a que me refiero ha ido quedando atrás kilómetros y kilómetros.

domingo, 20 de noviembre de 2016

CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 4.2

Ya estamos de vuelta para cerrar el capítulo 4. Perdonen que tardara tanto en subirlo, me distraje un poco. Pero aquí está, y con esto, luego de algunos zorros, máscaras y demás, concluye este episodio del pasado de Julián Mallqui. A ver qué tal quedó...


.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqi - Cap. 4.2.+.+.+.+.+.+.

La señal la recibió de un zorro negro. Se le apareció una tarde sobre una piedra, un espíritu que se deja ver, ¿wamani? «Algo malo va a pasar, buen Diógenes», lo leía en los ojos del zorro, algo sobre Julián. Empezó a tomar San Pedro para vigilar su sueño: una sombra crecía desde su vientre alrededor de él, amenazaba con cubrirlo por completo, con llevárselo, pero no existía síntoma de enfermedad. Julián era un muchacho saludable a simple vista. Los métodos de curación comunes tampoco cambiaban nada. ¿Qué era esa sombra? Nunca había visto algo similar. Una posesión, quizá, un gentil fuerte que lo consumía desde adentro.

A los dieciséis años, Julián probó por primera vez el San Pedro. En ese momento, la sombra cubría su torso hasta la clavícula. Diógenes no le quitaba la atención de encima, era una preocupación continua. Había accedido por fin a iniciarlo como chamán y tras un año entero de rigurosa dieta y el mal creciéndole alrededor del cuerpo, era el momento de comenzar con la parte difícil, enfrentarlo a sus propias sombras y, si acaso podía verlas, terminar con ellas.

La amargura le recorrió la laringe. Siendo las seis de la tarde, Julián acababa de tomar su primer vaso y se recostaba en su catre. «Hay que ser pacientes», le decía Diógenes; los efectos tardarían en aparecer por lo menos una hora. «¿Qué crees que vea?», preguntaba. «No lo sé, nadie sabe. Lo que hay dentro de tu corazón y lo que tus ojos estén preparados para ver cuando llegue el momento».
Lo primero que vio fue un triángulo de luz azul que se plegó en dos, cuatro, ocho… empezaron a llenar la habitación y a ser intermitentes, cambiando de color y luego de forma, de tres a seis, a doce, a veinticuatro, a un círculo que palpita y genera otros más, que genera flores y música, un sabor dulce en el paladar, un verde ligeramente salado, un intenso estremecimiento en la médula. Julián reía y Diógenes supo que era momento del segundo vaso. «Tienes que ver más allá», le decía. Él también había empezado a tomar el San Pedro; la sombra seguía allí.

Entonces vio la máscara de auqui sobre la pared, le sonreía como cuando era un niño, parecía complacerle verlo así. Julián reía y la máscara empezaba a reír también, a carcajadas, las figuras luminosas se erizaron, se hicieron muy finas y lo llenaron todo. Ahora le llegaban a los pies y a los brazos y a la nuca, como espinas. La música se hizo cada vez más lenta, grave y difusa. «¿Qué es eso?», gritó. «No hagas caso, Julián, concéntrate», le respondía su padrino. «¿Quieres saber?», no era la voz de Diógenes, sino la suya propia, «¿Pin kanki? Sutiyqa Julian Mallqui. ¿Qampari imataj?», «Sutiyqa… Julian…». Había alguien en la habitación con su rostro. Se le entumeció el cuerpo por completo, no podía hablar, miraba fijo a esa copia de sí mismo, ¿o era él la copia? Sus ojos eran exactamente iguales y tenía en la mejilla una pequeña cicatriz de cuando se tropezó hace cinco años. También eran cinco las horas que llevaba desde que tomó el primer vaso de San Pedro, ahora pensaba los números con mayor claridad. También veía con claridad cómo el otro Julián adquiría una expresión de lástima. Pobrecillo, tirado sobre un catre, sin poder moverse, él también empezó a sentir lástima, a desear que todo eso terminara para Julián. ¿Julián? ¿No era él Julián Mallqui? Se observaba desde el otro lado de la habitación, donde inicialmente había visto a su otro yo, pero no estaba allí, sino en una esquina, en un rincón del techo, sin rostro, sin manos, sin sonrisa. ¿Y quién era Julián, al fin y al cabo, sino una sombra? Una sombra que cubre un cuerpo.

Diógenes vio cómo el cuerpo de Julián temblaba y se extendía la sombra hacia su rostro. Quizá no era buena idea convertirlo en chamán, ¿moriría súbitamente si llegaba a fallar? Comenzó a orar.
«El chamán se cura y de ahí que puede curar», pensaba para calmarse. Él se había convertido en uno para salvar a su esposa, pero la muerte era inminente; «una vez que pisa una tierra, ya no hay nada que hacer», su maestro se lo había enseñado y temía que Julián corriera la misma suerte.

Mientras tanto, el tiempo estaba disuelto para Julián. Podía ver tan solo en esta habitación todas las personas que había sido y sería Diógenes, así como las que pudo ser alguna vez, su presente sin él, sin «Julián». Y también veía en sí mismo todos estos seres —uno con máscara de auqui— y escuchaba muchos nombres ser pronunciados como si se tratara de uno solo. «Veo una marca en mi frente», murmuró. «Veo», «yo», ¿«Julián», acaso? «…en mi frente», «la única que tengo, las muchas que veo», la frente de cuero de la máscara en la pared, la luz dorada en los ojos del espíritu, la sombra de un hombre milenario con la misma marca en la frente y también él mismo o uno de sus descendientes.

Sutiyqa Julian Mallqui

Despertó antes del amanecer, olía a vómito. Sentía acidez en la boca y dolor en el vientre. Se llevó las manos a la frente, y corrió al pequeño espejo que tenía Diógenes sobre la cómoda, pero no vio nada extraño. Su padrino dormía, exhausto.

Ese día, más tarde, Diógenes le contó sobre la sombra y el zorro negro. «Solo nos falta una cosa», dijo con seriedad. Sacó un cuchillo y le hizo un pequeño corte en el dedo índice. Mezcló su sangre con carbón y vinagre. «Esto es un sello mágico», recitaba trazando una extraña figura sobre un pañuelo, «un pacto con los ancestros. Así protegerás y te protegerán de los males».

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sábado, 29 de octubre de 2016

CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 4.1

Llega el cuarto capítulo de CAÍN: La máscara de auqui, y en esta ocasión con un poco del pasado de Julián Mallqui y su transformación en chamán. Como no encontré una imagen que me gustara esta vez, hice un dibujito de la máscara. Este capítulo será dividido en dos partes, aquí va la primera :)


.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 4.1.+.+.+.+.+.+.

A la casa de Diógenes las mañanas llegaban atravesando una rendija sobre la puerta. Un haz de luz descendía por la pared de adobe hasta dar con su rostro y despertarlo. Desde la aparición de este haz, Julián contaba en voz baja, como le había enseñado su madre, y se limitaba a observar, no solo para no molestar, sino porque, en su camino, la luz parecía despertar a alguien más, un ser a quien quizá por miedo o por respeto había decidido no hablarle. Tras contar diez minutos, la luz alcanzaba el borde de una máscara de cuero. Diógenes, su padrino, le había contado sobre los auquis, espíritus del ande que bajaban a visitar los pueblos con aspecto de viejos hombres de cabellos largos. «Son los que vigilan, los que cuidan», le dijo aquella vez, entonces no podía evitar que su imaginación le diera vida a esa máscara. Cada mañana, el auqui lo observaba como si fuera capaz de leerle la mente. La luz se empozaba en sus ojos vacíos y adquiría una visión dorada, pasaba por su boca y le sonreía con mofa, y si algo no le gustaba arqueaba los labios a la inversa, siempre intimidándolo.

Para Julián esta escena se repetiría hasta los nueve años, edad en que la máscara, ya por madurez, ya fuerza de costumbre, se convirtió para él en un signo de calidez. Sabía que estaba en casa porque amanecía y la veía en la pared, sonriente. Desde que llegó a la casa de Diógenes, a los siete años, Julián había ocupado el mismo rincón del cuarto para dormir. Era incómodo, pero no podía pedirle más al pobre de su padrino, se tomaba ya bastantes molestias al recibirlo en su casa y tratarlo como si fuera su propio hijo. Poco le importaban los reclamos malintencionados de su tía: que no tenía ni para él mismo y cómo así iba a mantener a un niño, que seguro lo haría trabajar para pagar sus vicios. Pero Diógenes no era nada de eso, era un hombre pausado y noble, un chamán que disfrutaba conversar con la gente que lo quería. Así, podía ser también un hombre descuidado, que llegaba tarde a casa rebosante de felicidad y de alcohol, pero nunca un mal hombre.

Su interés por el chamanismo llegó tiempo después. Aunque vivían en la misma casa, Diógenes siempre lo mantuvo al margen. Ser chamán no es cosa de niños, le decía y lo mandaba a leer o a jugar. Era inevitable que esta restricción generara en Julián una curiosidad difícil de aplacar. Diógenes era consciente de que el niño rebuscaba entre sus cosas. Sabía que aprovechaba las horas que no estaba para mirar en su alforja, en las cajas debajo de su cama y los cajones de la vieja cómoda. Sabía que incluso había retirado al auqui de su sitio para verificar que no ocultara nada. Él observaba los pequeños cambios en la casa y aparentaba no saber nada. «Doctor tienes que ser», le decía a veces, y lo mandaba a estudiar; le contaba maravillas sobre ese futuro, sobre su vida en Lima, lejos de la pobreza, y su regreso a Cajamarca por su padrino, para darle alguito —bromeaba— y curarle si tenía algún dolor.

A los catorce años, Julián había decidido que no sería un doctor ni un ingeniero, le gustaba la chacra y admiraba tanto a Diógenes que se tuvo que pelear con él para que aceptara por fin enseñarle algo. Ese día, aprendió a leer la coca, pero su iniciación como chamán se haría esperar. Diógenes conocía la rudeza de ese camino, lo muy saturado que estaba de sombras que perturban la mente y la arrastran tan cerca de la locura que resulta imposible discernir dónde comienza y dónde termina uno mismo, lo fácil que es para un novato perderse a sí mismo en ese vacío de sentido, los peligros de oscurecer el espíritu y dejar morir el cuerpo para convertirse en enfermedad, en daño. Lo había visto él mismo años atrás y quería demasiado a Julián como para permitirle sufrir tanto por tanto tiempo.

Así, le permitió ser testigo primero, ayudante suyo. Ya no lo mandaría fuera de la casa cuando llegara un paciente, ya no lo dejaría con la señora Concepción si necesitaba atender a alguien por la noche. Empezaba a darse cuenta de lo corto que parecía el largo tiempo que llevaba cuidando a Julián, quien se convertiría pronto en un hombre de mirada decidida y afable, como su padre.

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Bien, va avanzando la historia de Julián. La siguiente parte la publicaré en unos días.

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miércoles, 12 de octubre de 2016

Caín: La máscara de auqui - Cap. 3

Ha pasado ya poco más de una semana del 6to aniversario del blog y esta es mi primera publicación después de haber cambiado la plantilla y hecho el videito que ya es tradición por aquí. Y regreso con un nuevo capítulo de Caín, ya el tercero, que además llega con un pequeño anuncio de mi parte para los que hayan leído algo de esta historia: si antes hacía una supuesta línea troncal de Caín, eso ha cambiado. Desde ahora esto se llamará La máscara de auqui, para que quede un poco claro que será un solo arco y que al igual que El segundo fruto prohibido, se acumulará al universo de Caín entre muchas historias. Hago esto para no caer yo mismo en confusión al escribir pensando en cosas que quizá no puedan entrar en la historia de Mallqui (y de paso para avanzar más rápido). Así que ahí vamos...


.+.+.+.+.+.+. CAÍN: La máscara de auqui - Cap. 3 .+.+.+.+.+.+.

La última hoja cayó sobre el telar y Julián Mallqui no levantaba el rostro, parecía convertido en piedra, en una eterna huaca capaz de enlazar las vidas de los hombres a través de los tiempos, y por tanto capaz de verlo todo, desde las primeras rondas campesinas hasta las banderas rojas, el rostro del otro presidente y las rajaduras en los granos de cancha serrana puestos a la mesa por su nieto, veinte años más tarde, ante la presencia de un ser tan extraño como el auqui que lo observa ahora y que gira lentamente la cabeza hasta encontrarse con el pequeño Damián.

¡Atoj! La máscara le cubría por completo el rostro, a excepción de los ojos. Alcanzaba a verlos entre las sombras, azules, increíblemente redondos y de pupilas alargadas. ¡Atoj! Juraría que lo escuchaba reír, golpear con su hocico puntiagudo la máscara de cuero como un auténtico zorro blanco parlante. ¿Qué es lo que ve Mallqui en las hojas? ¿Qué clase de futuro lo espera? Quizá el que haya entrado a su casa una tarde años después de su partida. Quizá su encuentro con el zorro. Quizá, incluso, a sí mismo intentando escrutar el destino sin la misma certeza. Cuánta falta le hace el auqui, no volverá aunque lo invoque, aunque rece mucho o lo dibuje con torpeza, no hará ninguna diferencia su imagen en el altarcito de su cuarto. Todos preguntarán quién es, qué santito, qué espíritu del ande y él responderá que lo protege desde hace mucho. Y su familia, la poca que le queda, pensará pobrecillo, es la edad, son epifanías, ya está viendo el otro lado, se nos va papá Julián, es la nostalgia que lo sobrecoge, quiere volver a su tierra. No lo entenderá nadie excepto su nieto, Josecito ven, le dirá, ¿lo has visto cerca? Y Josecito le contará que lo vio hace dos días, que le da miedo que se lo lleve. Pero no viene por el niño, sino por él, viene a contemplar su muerte, a tomar su alma, ¿verdad? No viene por el niño... como tampoco vino por él cuando su maestro moría en Cajamarca, sino años después. ¿Vio su maestro al auqui antes de morir? Solo le quedaba un dibujo en una hoja antigua, un dibujo complicado, hecho con tinta que contiene sangre de chamán. Carbón, vinagre y una gota de sangre, un sello mágico que cura, que protege del mal, y que conecta con su propia vida, un sello que consume al chamán en nombre del bien. Muchas almas inocentes dependen de este pequeño pacto, dice el auqui —¡atoj!—, se lo dice a Julián Mallqui, al pequeño José y también a Damián. Mallqui arderá al final, morirá vaciado de toda vida y con una fiebre insoportable —¡cuarenta y cinco grados!, ¡cuarenta y siete!—, sacudiéndose y bramando palabras inexistentes. Se enfriará de inmediato y toda huella de sanación conectada con su sangre perecerá con él. Hay que firmar con sangre, heredar la responsabilidad. Es la única forma de salvarlo.

Mallqui no está. Frente al niño, las hojas de coca permanecen intactas, respira agitado y el calor de la respiración le rebota en la cara, lleva puestos la máscara y el sombrero, se encuentra del otro lado de la laguna. Detrás, las ropas del auqui, de ellas salen dos pequeños zorros, uno blanco y uno negro, corren con prisa y los pierde de vista. Está a punto de oscurecer.

-

En sus ojos me veía como un zorro, como dos zorros, como un zorro blanco y su sombra. Ojos azules, patas pequeñas, delgadas. Un zorro que sonríe, que mira fijo a los ojos, pero no tiene intención de convencerlo.

Nunca me interesó más que observarlo, convertirlo en el portador de una historia. Me daba igual si aceptaba. No lo asusté para alejarlo, sino para que ganara cordura, para deleitarme unos días antes de la aburrida y ridícula muerte de Julián Mallqui. Si este era el final, estaba bien. Dos niños estaban siendo llamados, les había inoculado la idea de la muerte fatal, del sacrificio. Ninguno perdió la cabeza y dijo que sí. Tal es el peso de la conciencia incluso en un niño.

Ambos pensaron, ambos tenían alguien cercano a punto de morir, pero solo uno estaba seguro de esa muerte. Solo uno la veía venir.

El pequeño José corrió hacia mí cuando Mallqui empeoraba. Él me veía como un auqui, el mismo que había dibujado su abuelo en el altar de su cuarto, el mismo al que le rezaba. Cerramos el pacto muy de madrugada, con un imperdible y un cuaderno viejo. Julián Mallqui jadeaba en su habitación, sofocado por la fiebre. Dio signos de mejora al poco tiempo, pero murió esa misma noche. Su nieto escondió el sello para siempre.

Un día después escuché los gritos del niño en el pueblo. El viejo Juan había muerto en la madrugada, ahogado con su propia saliva.

Los zorros no volvieron más a ese pueblo que como una memoria, como una más de las historias que se cuentan entre los hombres.

Después de todo, morir no es algo que se pueda arreglar.

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Bien, eso fue todo el capítulo, en el siguiente veremos un poco del pasado de Mallqui, estén atentos ;)

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miércoles, 29 de junio de 2016

Cristiano Amor III

Cristiano Amor

III

Mira, tú simplemente vas a su casa de su mamá y te haces pasar por predicador, la vieja es católica y te hará pasar. Una vez dentro un par de ajos y ya, qué Dios ni la concha del gato, sacas el fierro y disparas. Sin munición ni nada. Solo disparas, *clack*, ese sonidito aturdirá a la vieja. Ojalá no le dé infarto ahí nomás. La cosa es asustarla. Solo eso. Cristiano Amor había tratado, de verdad que sí, huevón, pero la vieja se puso cojuda preguntándome por la Trinidad y si estaba con la virgencita. ¿Qué virgencita, huevón, si hay varias? No supe qué responderle y comenzó el chongo, huevón, porque la vieja no estaba sola sino con una sobrina suya, no sé, joven, delgada, bien simpática. Salió ¿me reconoció? Pero, ¿de dónde, ah? La cosa es que se asustó. Se asustó la chica, digo. Puso cara de espanto y, zas, gritó. Parecía que recién se levantaba porque estaba con un top rosado que le traslucía la barriga toda plana y su ombligo más bien pequeño. ¿Recién se levantaba, huevón? Ah... era como que... 4 de la tarde ponte... Sí, siesta, fácil. Estaba bien, para qué: todo el cabello ondulado, ondeante, de rico olor. Era feriado, creo que el día del pescador, seguro que era universitaria, esos no estudian feriado, como colegio, pues. Ah. Debió pensar: ese es choro o quizá se dio cuenta que no sabía ni culo de la religión esa. Eso fue lo que me descuadró. Luego vinieron los gritos. ¿Saqué el arma? No me acuerdo. Pero que la apunté al final como dice el parte policial, sí. No pude entrar a su casa y me quemé solito, conchasumadre. La sombra del padre es ineludible en todos sus actos, pensé de inmediato. Fue así como incursioné en la acción y ya no en las palabras. Yo era «papapá» y ya. Sin hablar. Solo ejecutaba. Pero jamás maté a nadie, huevón. Solo había antecedentes de Christian desde que tenía 20 años. Aquel episodio que me contó solo existía en su memoria... ¿Ni si quiera eras mayor de edad, no? Le pregunté. Pero, ¿cómo? ¿Acaso entre mafiosos no se decían qué y cómo se borraban sus historiales? Cuéntame más, Cristiano. Me miró risueño, huevón, solo mis víctimas me dicen así. O me decían. Reí de buena gana.

domingo, 19 de junio de 2016

Cristiano Amor II

Cristiano Amor


II

Cristiano aún no se había olvidado de aquel episodio de su niñez y desde muy joven comenzó con los fierros. El primero lo obtuvo en el trabajo de su padre. Él, su padre, se desempeñaba como agente encubierto de la policía sin serlo precisamente. Era hábil con las palabras y eso bastaba para la policía. Podía engañar a sus eventuales informantes y hacerse amigo con facilidad de ellos. Caía bien, tenía sex appeal, ángel, carisma, no sé, compadre. Pudo hacer caer a capazos del narcotráfico y de la trata de personas con una facilidad increíble. ¿Recuerdas a ese gringo que le decían la Bestia? Ese... el que violaba niñas, incluso violó a la hija de su colaborador. Mi padre lo capturó gracias a que se hizo pasar por cliente, uno muy ficho y exigente ¿que cómo? Pues la verdad no sé... Él era un hombre de pocas palabras. Jamás hablaba con nosotros, mucho menos de su trabajo... Cristiano lo admiraba. Una vez lo acompañó a hacer un reconocimiento. Como civil encubierto participaba en muchos reconocimientos para facilitar la labor de la policía. Su tarea era básicamente incriminar acusados, fungir de testigo, mentir rampantemente sin si quiera haber visto a su víctima en su vida gracias a aquella capacidad única de hilar mentiras creíbles, creérselas él mismo y argumentar. Claro, ahora lo niegas, cachafaz, cuando te dije expresamente que le dejaras de vender esa porquería a mi hija, miente, ladrón, miente que algo quedará, se ufanaba su padre mitómano. Habían capturado a un extorsionador de colegio de un distrito populoso de la capital y era él, Morr, al que necesitaban. Cristiano vio el arsenal de armas que le habían incautado al acusado: granadas, rifles y sobre todo pistolas. Infinidad de ellas. Cuando hubo terminado la presentación le preguntó a un joven policía que qué harían con ellas. Las botaremos o quemaremos, dijo risueño el oficial. Un brillo malsano provenía del rabillo del ojo. ¿Cuánto dinero tenía? ¿Le alcanzaría? El robo siempre es un opción pero con tantos policías y como no había traído mochila lo descartó de inmediato. Tengo 100 soles acá pero te puedo dar más. Dámelos ahora y el arma estará en el basurero de la puerta tres. Sé puntual porque hay mucha gente. Y si no me das 500 más en dos semanas diré que la robaste. Sé quién eres, sentenció el oficial e hizo un además como para que se fuera. Fue así como se hizo con su primera arma. Su historial delictivo empezaría a las pocas semanas. ¿Cuándo fue que mataste por primera vez? Cristiano me miró dubitativo. Maté a mi primer hijo a punta de puñetes. Nada más, me dijo serio. Jamás, escúchame, y me lo dijo mirándome fijamente a los, jamás, repitió, he matado a alguien. ¿Mientes, Cristiano? ¿Mientes igual que tu padre? ¿Qué es traición a la patria entonces? ¿De qué te acusan sino de matar a un miembro importante de la cúpula del ex presidente justo un día antes de su juicio oral? Un mero criminal, un sucio pero inteligente criminal que asesinaba gatitos por diversión antes de pasar a la secundaria, porque hay que hacerlo con garbo, pues. Y que luego lo confesaría en una libreta. Tu primer juicio, ¿no? Ah, sería la respuesta. ¿Ah?, qué, imbécil, se trata de vidas. Ya, pero siguiendo qué lógica. Imagínate esto: por qué a los polleros o carniceros nadie les dice nada. Doble negación en castellano hace sino reforzar la negación con la que niega, es otro plano. Otro. Ellos meten al pollo vivo al agua caliente para sacarle las plumas luego le cortan el pescuezo. Sufrimiento a rabiar, entiende. A rabiar. Eso que ni hablar de los carniceros. Ahora, yo por pegarle a un gatito, por disfrutar de su sufrimiento, me granjeé un juicio con una vieja loca y estéril. Porque esa mujer no ha tenido hijos en su vida, huevón, y zas, a pagar. ¿Aún no estaba normada la ley de protección animal, no? No, pues. Hubiera sido su primera cana, pensé. Ya era un problema desde pequeño. ¿Por qué me encontraba acá, inmerso en un caso que sabía que no tenía buen puerto? Prendí un pucho. No sabes aspirar, huevón. Me molestaba que me diga así. ¿Cómo fue todo? Lo vi mientras lo trasladan a una celda unitaria del Palacio de Justicia. Christian Morr ¿un reo? El mismo que tenía fama de mujeriego y pingaloca en el cole. ¿Que estuvo con Betsy, la de 5to cuando estábamos en 3ero? Huevón, me la caché. Sabía que alguna vez pagaría por tanto pero ¿preso? El VIH hubiera sido un final más digno para él. Preso y ¡encima con cargos políticos!, era un fin poético, mucho, para alguien como él. No se lo merecía, no.

miércoles, 15 de junio de 2016

Cristiano Amor I

Cristiano Amor


I

Christian Morr, Cristiano Amor, nació en la calurosa Iquitos pero a los 3 años se trasladó a Lima. De la selva no recuerda nada salvo los mosquitos. Hubo muchísimos cuando vinieron por su padre. ¿4 o 5 policías? ya no recuerda. Tú no vas decir nada de nosotros, nada. Si no te mueres. ¿Lo estaban apuntando con un arma a él también? Fue su primer contacto con las armas. No se asustó, no. Sintió más bien curiosidad. Cristiano, no, gritó su madre, a él no, tómame a mí, viólame a mí, gritaba su madre y él tuvo un impulso sobrehumano de acercarse al arma para sentir aquella frialdad del fierro. Mátame de una vez, hubiera dicho, ¿no? me confesaría entre risas. ¿Qué había pasado? Mi padre estaba involucrado en la falsificación de firmas del ex presidente japonés y como había caído gracias a los videos de su asesor narcisista toda la gente que lo ayudó de alguna manera en su re-relección peligraba. ¿Fue ahí donde se dio aquella amnistía masiva a los militares?, me preguntó mientras apagaba el pucho en el suelo de su celda. Me encogí de hombros. Huevón, me tienes que sacar. Con el cambio de gobierno antes de lo esperado por la repentina muerte del Presidente anciano, la hija de aquel ex presidente que originó su desgracia, el sino de su vida, había salido elegida para sorpresa de todos. ¿Cómo? Hasta ahora las cosas no estaban claras. Decían que el Presidente había muerto envenenado por manos de ella. O de sus secuaces. O que simplemente el poder acabó con su vida. ¿La vejez? Las circunstancias no estaban claras. En el ínterin su vicepresidente convocó elecciones a la semana y fue ella, la hija del reo ex presidente, la única que se presentó. Si bien hicieron elecciones y hubo más del 30% de votos viciados, ella ganó. Ganó por defecto. Y, curiosamente, lo primero que hizo fue perseguir a todos los que habían ayudado directa e indirectamente a su padre. Y a ella. ¿Otra vez, Andrés? Pensaba deshacerse de toda evidencia que la incriminara seguramente. Ahí cayó Cristian. Pensaba, seguro, no cometer los mismos errores que su padre. El ex asesor murió en menos de un mes de la asunción de su nuevo cargo de mandataria. ¡Por fin lo había logrado, tras tanto intentos, padre! Ella lo sería en el bicentenario de la patria y por cómo iban las cosas Cristiano ¿pasaría preso todo ese periodo? ¿Cómo se libera a alguien acusado de traición a la patria? ¿Qué se argumenta ante leyes con nombre y apellido? ¿Qué se hace en el caos campante? Quizá era su merecido por todo su abultado prontuario. El juez siempre me pregunta si no quiero confesar, Christian. Que me reducirían la pena, habla nomás, oye, pero sé que si lo hago será para que atrapen a los demás y ahí sí estaré en problemas: dos bandos querrán matarme. Ya no solo me cuidaré de ella. ¿Tan importante es un mero criminal?, pensé, que su vida tiene que ser custodiada incluso en prisión. La dama de los tósigos acabaría con su vida ni bien terminase de hablar: ya no sería útil. Un mero estorbo. Había que ganar tiempo.

domingo, 5 de abril de 2015

Repensando el ¿(Auto)golpe?

El 5 de abril de 1992, hace 23 años, domingo, como hoy,  Alberto Fujimori, entonces Presidente del Perú, salió en todas la televisoras de señal abierta por la noche. ¿La razón? Indicaba el cierre de las dos cámaras del Congreso, el Poder Judicial y el Ministerio Público, amén de toda institución pública de poder del país. Nuestro editor general, Zack Zala,  ya ficcionó esto años atrás. Ahora me pasó la batuta (otra vez).

 

Repensando el ¿(auto)golpe? 

Era el último día del año y quería pasarla bien informado. Cómo se había visto su primer año y medio de Gobierno nacional e internacionalmente. La posibilidad de una nueva normativa que le permitiera reelegirse ya era un hecho consumado en su cabeza y en la de su asesor. Presidente del Perú por los próximos diez años… o más. Entretenido como estaba y con la mirada fija al monitor no vio entrar, de improviso, a un edecán. Alberto no despegó el rostro de la máquina y solo se escuchó un click y cómo el militar tragaba saliva. «Aquí… el informe…», atinó a decirle. Alberto hizo un movimiento rápido pero solemne, como practicado, con una mano y el hombre dejó el machote en el escritorio, encima de la ruma de periódicos. Apenas se fue aquel, Alberto comenzó a hojear los papeles de título pomposo “Plan de guerra contra el terrorismo”. Ya sabía su contenido íntegro y todas sus modificaciones. Esta era una formalidad más que él disfrutaba. Descolgó un teléfono. «Ya llegó, doctor, feliz año.» Esperó que su interlocutor conteste y colgó. Es una buena manera de empezar el año, pensó. Ya todos se habían ido de vacaciones por Navidad y Año Nuevo, incluso su asesor. Menos él. Él tenía que seguir trabajando y repensando en qué iba decir. Una fecha tentadora era marzo o comienzos de abril. Él plantearía algunas medidas más agresivas en cuanto a las reformas públicas o políticas antiterroristas, el Congreso no las aprobaría y sería el detonante. Entonces lo cerraría, al igual que al Poder Judicial, al Ministerio Público, gobiernos y parlamentos regionales y otros organismos gubernamentales. Reinaría la anomia y el poder lo tendría solo él. Luego llenaría cada institución con sus vasallos y gente de confianza. Él tendría plena libertad entonces. La palabra «autogolpe» rondó su cabeza entonces, claro, era toda una novedad para el país. Nunca nadie lo había hecho antes. ¿Que un presidente se haga un autogolpe? ¿Cerrar todo? ¿Disolver, pulverizar, aniquilar? Disolver. Recordó cuando su madre le había dicho en japonés «tú eres el elegido» y él lo sintió como una premonición… una donde él salvaría a su pueblo, a su raza y, sobretodo, a su familia… luego vendría la Universidad… Sonó el teléfono. Contestó de mala manera. Colgó rápido. ¿Que el nombre es simbólico, exuberante? ¿Lo había dicho entre bromas su asesor? No le importaba. Los primeros días de enero grabaría el spot piloto, usualmente los primeros son los que mejor salen, pensaba. Descolgó otra vez el teléfono y ahora sí habló largo rato.

jueves, 5 de marzo de 2015

María Reiche: La dama de las Líneas de Nazca

Hola, hola, ¿cómo están? Como saben, hemos dedicado esta semana especialmente a escribir sobre mujeres geniales, o que nosotros creemos geniales, de la historia en general. Y, bueno, hoy, es grato para mí presentarles un relato inspirado en el arduo trabajo de investigación de María Reiche Neumann, una de las primeras, si no la primera, en estudiar a fondo las llamadas Líneas de Nasca, en Perú. La teoría que Reiche defendió y argumentó durante toda su vida, desde que comenzó su investigación, fue la de que esta vasta pampa llena de enormes figuras era un calendario astronómico de los hombres y mujeres de la antigüedad. Y, bueno, ya sin más preámbulos, los dejo con la ficción del día y la bonita ilustración de la figura del mono abrazando a Reiche ;)


.+.+.+.+.+.+. La Dama de la Pampa.+.+.+.+.+.+.

Reiche escucharía su nombre innumerables veces desde que comenzó a visitar la pampa. La primera vez fue como un susurro y pensó que el profesor Kosok le hablaba. "Dígame", respondió al llamado, y Kosok, sin sorprenderse, más bien aprovechando la oportunidad para hablar en ese momento, le dijo que sentía milenios bajo sus pies y que así como ahora ellos comenzarían a descubrir a los antiguos hombres de la pampa, probablemente estos hombres se intrigaban también por su propio pasado, "Es algo que compartimos todos los hombres en todos los tiempos. Quién sabe qué los haya movido a trazarlas". Era un misterio que compartirían desde ahora y que haría de María Reiche la servidora vitalicia del espíritu Nasca.

Con el tiempo, Reiche quedaría como la única persona en ese desierto, su vida se transformaría casi por inercia, como si su aplicación como profesora para los hijos del cónsul de Cusco, años atrás, sus primeros pasos en el puerto del Callao y su inesperado encuentro con el profesor Kosok, todo, hubiera sido parte de un destino trazado convenientemente para ella. Como si fuera parte desde siempre de este lugar al que había llegado y al que se sentía inexplicablemente ligada. ¿Cuántas líneas había recorrido en su propia vida para llegar hasta la pampa? Una vez pensó que si pudiera dibujarlas sobre el suelo, formarían quizá una figura indescriptible o alguna de las formas ya harto conocidas por ella. Sonreía ante ello, pues entendía que se trataba de algo completamente subjetivo y descabellado.

"María", escuchaba del viento, y era una voz conocida y muy lejana. Miraba siempre al horizonte y lo recorría de principio a fin con la mirada. Nada se comparó nunca a esa sensación de infinitud. La búsqueda y observación en avioneta era también especial, pero enteramente distinta. Desde la pampa era uno con la pampa y con las líneas y no necesitaba conocerlas todas para saber que estaban ahí y la acompañaban. Desde arriba era como la mirada del dios Kon, era más sencillo observar, pero sentía la necesidad urgente de volver a tierra, de pisar la pampa y escuchar su nombre, o imaginarlo al menos, mientras centraba su atención en la lectura o en el barrido de las líneas. O despertar escuchándolo, convenientemente, cerca del ocaso.

Y cuando volvía recordaba las palabras tan sencillas de Kosok y sabía con seguridad que no era tan solo el pasado lo que compartíamos los hombres y mujeres de todas las épocas. Se sentía efectivamente una mujer de la pampa, no solo de su tiempo, sino de todos los tiempos pasados y futuros, y sonreía una sonrisa fugazmente eterna.

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Y, bueno, eso ha sido todo por hoy. Muchas gracias por leer. Si quieren saber más sobre Reiche y su investigación, un buen punto de inicio es el documental "María Reiche y Las Líneas de Nazca", de Alejandro Guerrero, del cual les dejo un enlace AQUÍ. Gracias de nuevo, saludos.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Atahualpa a través de la mirada de Felipillo


La fecha de la ficción de hoy es la de ayer, 16 de noviembre, día en que por allá en los lejanos 1532, fue capturado en Cajamarca, Perú, el último Inca gobernante a manos de los españoles de los que tanto ya hemos escuchado hablar: los "conquistadores". Las versiones (literarias) de los hechos sobre este día son variadas, dependiendo de si el autor estaba del lado de quienes les gustaba invadir o si no lo estaba.

En todo caso, esta ficción podría ser otra versión más, una que nos muestra a un Felipillo diferente... uno un tanto más ranger.

El miedo de Felipillo

Bien sabía questos hombres harían mucho daño desde el comienzo. Ahí nomás cuando los vi, ya sabía que solo maldades iban a traer. Nada de bueno podía venir con esa rapidez, una serpiente enojada parecía ese bote enorme. Tuve miedo al principio, quise huir pero me atraparon por puro tonto que me había quedado viéndolos tan diferentes a todos nosotros.


Ahora dicen que el Inca está en camino, que le van a hablar, que le van a leer el mismo libro ese que me hicieron leer por allá cuando me atraparon. Seguro el mismo juramento y esa fiesta extraña. Pero yo no me fío nada, ya sospecho lo que va a pasar está todo bien clarito. Estos quieren hacerle daño al Tayta Inca con una trampa. Y quisiera advertirle, pero si me descubren me matan, y si no me matan estos, me matan los mismos hombres del tayta, porque cuando saltó su rebelión, mi pueblo estuvo siempre delado de nuestro Inca Huáscar. Pero ahora todo es diferente muerto ya éste, la guerra es otra y una fuerza que creo que me viene dela panza me dice que estoy delado equivocado.

Ay, mamita, dicen que el Inca ya está acá, que me prepare pa’ salir, me apuran siempre como si fuera un allco. Todo por chaposito y bien dispuesto que soy seguro.
Ahí está el Inca, brillando como el sol, ya las patas me tiemblan solas, como si quisiera correr. Debe ser que en mi vida miserable no pensé que llegaría a  conocer al Tayta, menos de tan cerquita. Pero creo que el miedo de verdad debería darle a ese Valverde de mirarlo desa manera al Tayta. Bien fijito a los ojos veo que le mira como si fuera su igual, pero jamás el demonio va a ser el igual de un Dios. Yo si no me atrevo, caso hago de mis antepasados que siempre decían “jamás has de mirar al hijo del Huiracocha de frente porque podrías quemarte y ¡achachay! Eso debe doler harto”. No miro y no miro aunque este Valverde me dice que hable por él mirándolo al Tayta, para que disque entienda mejor. No quiero morir, le respondo, allá tú que quieras quemarte. Insolente, me ha dicho, me amenaza con los ojos como una fiera, pero no puede moverse, porque todo este encuentro extraño parece que esconde algo en sus entrañas y está a punto de explotar.

¡Ay Dios Huiracocha, por qué nos has mandado a estos demonios! Tantas maldades crees que hemos hecho. Esas cosas que revientan en los cuerpos han generado este infierno. Estos extranjeros me han protegido, pero yo la verdá que no quiero, quisiera morir allí con mis hermanos, las lágrimas no paran de salirse de mis ojos, me suelto y corro hasta casi donde esta el Tayta. No quiero mirarlo de frente, y ahora no es por el miedo de quemarme sino por otro miedo… uno más profundo. Su anda ha caído, unos extranjeros lo protegen de otros extranjeros, es todo confusión, gritos y sangre, y ahora ¡ya lo puedo ver!, tiene la mirada dura y fija en el horizonte, mientras lo agarran por los dos lados… entonces bien comprendo que nunca debí tener miedo de verlo con la cabeza gacha y pidiendo misericordia.

martes, 27 de noviembre de 2012

Batalla de Tarapacá

Mientras escribía la ficción de hoy, medité sobre el valor que tienen para algunos un objeto en particular. Eso se presenta en situaciones en las cuales dos bandos se enfrentan entre sí. Un día como hoy, tanto el ejército aliado (compuesto por peruanos y bolivianos) como ejército chileno se enfrentaron en Tarapacá. Muchos recuerdan esta fecha. Ahora les dejaré con el escrito.


Estandarte 

Agua. Por varias horas había tenido la esperanza de probar un poco de líquido vital, pero fue en vano. Y definitivamente, él no era el único con ese pensamiento. La guerra nunca había sido un lugar alegre, pero no tener provisiones afectaba directamente en el desempeño de los soldados. Sus pasos eran lentos, sus mentes perturbadas.  Sus superiores, al percatarse del estado de sus subordinados, elaboraron un plan de emergencia.  Y al enterarse de ello, los soldados extrajeron la poca fuerza que les quedaba.

Su nombre lo había dejado junto con su familia, en Santiago. Sólo le quedaba el apellido, Herrera, con el cual era llamado por sus superiores y compañeros de su regimiento. ¡Agua! ¡Agua! No le importaba morir a manos del enemigo. Lo que detestaba era morir sin ni siquiera haber luchando a plena capacidad. Sostuvo su rifle con firmeza, pero notó desesperanzado que sus manos temblaban levemente. Alejó los pensamientos negativos de su mente y se enfocó en el presente.  ¿Acaso se daría el lujo de mostrar débil ante sus contrincantes? ¡Jamás!

Su regimiento, el  2° de Línea junto con otros más, se dirigieron hacia el fondo de la quebrada, al mando del Coronel Ramírez. El deseo de beber un poco de agua tendría que esperar. Mientras tanto, bebería de su orgullo.

"El Estandarte" de Fernando Lavoz B.


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El pequeño caserío de Tarapacá se encontraba controlado por las fuerzas peruanas. Fernández tenía un poco de sed, así que decidió ir a buscar un poco de agua. El líquido rosaba sus labios y recorría su garganta. Luego de haber tomado un poco, sonrió y revisó su armamento. No había olvidado nada. Revisó sus reflejos apuntando hacia un lugar aleatorio, y luego de unos instantes, volvió a guardar el arma. Junto con él, muchos de sus compañeros se encontraban listos para pelear.
No todas las batallas se buscan. Hay momentos en los cuales se debe estar alerta ante cualquier ataque invasor. Y eran estos momentos de espera, uno de los más difíciles. Ninguno  de los presentes se atrevería a  mencionar sus dudas o temores. No por ser ridiculizado por el resto, sino por orgullo propio y por su país.
Un soldado ajeno a su grupo gritó desde afuera. Los chilenos habían sido divisados por las cercanías. Toda la tensión desapareció en un instante. Fernández y sus compañeros estuvieron listos desde siempre.
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El Regimiento 2° de Línea tenía el objetivo de ingresar a sangre o fuego al poblado. La batalla era reñida, el sonido de los cañones eran consecutivos. La desesperación y la sed volvieron a aparecer en la mente de Herrera. Apuntó con su carabina, mordió sus labios resecos y disparó.  Se golpeó en la cabeza.
Lentamente, lograban mejores posiciones, llegando al punto de ingresar a la ciudad. Quizás no obtendrían la victoria, pero un poco de agua les levantaría la moral.  Herrera había notado a uno de sus compañeros que portaba el estandarte de su mucho más agitado y cansado que él. Mientras continuaba su avance hacia el pueblo, un proyectil lo alcanzó, causándole la muerte.
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Muy cerca de allí, Fernández y sus compañeros respondían al fuego chileno. Llenarían el lugar de su sangre y cadáveres, antes de entregársela al enemigo y rendirse. Fernández contempló cómo uno de los soldados rivales que portaba el estandarte caía hacia el piso. Nuevamente su sonrisa se iluminó en el rostro. Como un ave de rapiña, no desperdiciaron la oportunidad y aumentaron el ataque. La oportunidad de obtener el valioso objeto se le había presentado.


Regimiento 2° de Línea Chileno, junto a su estandarte.


Ni a Herrera ni a Fernández les  importaba la familia, el fuego cruzado, las necesidades básicas, el futuro. Era el estandarte lo único que anhelaban.  Ambos fueron presurosos a su encuentro. Ambos sabían lo que pretendía el rival. Ninguno retrocedería. No desenfundaron ninguna arma. Ambos presionaron sus puños, planeando golpear con ellos a su rival. No les interesaba  si vivía o moría. Necesitaban…
Ambos sintieron el tacto de la tela. ¿Por qué entonces, sentían que habían fallado? ¿Por qué sentían que lentamente, el objeto tan deseado les parecía tan lejano? ¿Por qué no podían moverse?  Sus fuerzas los abandonaban, no por la sed ni por la cobardía. Era la muerte. Pero ninguno de los dos soltó el estandarte.