domingo, 13 de noviembre de 2011

Amelie: una realidad fantástica



“…aventura es un acontecimiento que sale de lo ordinario sin ser forzosamente fantástico”. Jean-Paul Sartre.

Las cosas maravillosas se encuentran en los pequeños detalles que se pueden volver grandes placeres, todo depende del valor que le da un corazón a lo insignificante. Sumergir las manos en menestras, romper con una cuchara la cápita de azúcar de una Crème brûlée, hacerse preguntas sobre cosas insólitas como cuantas personas están teniendo orgasmos en un determinado momento, son las cosas que divierten a Amélie Poulein, una dulce chica de cabellos cortos de color negro, piel pálida, delgado rostro, mirada inquieta, y, su característica más importante, un corazón con deseos nobles de ayudar a las otras personas.
Es por medio de la voz en off que un narrador, con un claro talento literario al momento de describir, nos brinda un pequeño retrato de Amélie y los otros personajes por medio de sus trabajos y gustos o manías, en lo que todo de alguna manera está conectado: “Philomène, la azafata, Amelie cuida a Rodry su gato, a Philomène le gusta el ruido que hace el cuenco de su gato, a Rodry le encanta estar presente cuando relatan cuentos a los niños”.
Son de resaltar los créditos, que son parte de la trama de la película; ya que en ellos se puede observar las maravillosas simplezas que puede hacer una niña solitaria para entretenerse. El tiempo pasa y ya con veintidós años, la vida de Amélie da un giro cuando al ayudar a una persona a “recuperar su infancia” descubre lo feliz que esto la hace. Decide convertirse en una vengadora del bien(apelativo brindado por el narrador).
Es de esta manera que Amélie decide emprender una cruzada personal para ayudar a las personas cercanas a ella con su manera tan inusual de hacerlo, y por ello mismo especial. Siendo los afortunados de conocerla y de recibir su ayuda desinteresada, las personas cercanas a su hogar y con las que trabaja en el “Café les 2 Moulins”. Un literato sin editor, un hombre que pinta cuadros de Renoir, una mujer hipocondríaca, son algunas de las personas a las que decide ayudar: “Elle va changer ta vie...”
Mas la verdadera odisea de una persona es la búsqueda de la felicidad propia. Y será cuando Amélie vea a Nino, un soñador igual que ella, que sabrá que el que sus miradas se hayan cruzado no responde a un hecho fortuito. Ambos son dos luces reflejadas en un espejo que se andaban buscando. Todo hecho para ser maravilloso requiere de esfuerzo, Amélie lo sabe y lucha a su manera por alcanzar la felicidad propia. Teniendo para ello que vencer un gran obstáculo en el camino: su timidez.
La búsqueda de la felicidad es uno de los principales ejes de la película pero no es solo el único. La soledad también tiene su presencia y es pintada de forma maravillosa, un lugar donde la imaginación debe primar sobre la realidad para no ser abrumado por ella; pero que con el tiempo uno debe aspirar a salir de ella.
Es de resaltar la banda sonora realizada por el músico y compositor francés Yann Pierre Tiersen, quien brinda de un ambiente mágico y relajante, con canciones como “A Quai”, “La Valse d' Amelie”, “La Dispute”, “Comptine d'un autre été: l'après-midi”, a una ya de por sí mágica y emotiva película.
Comptine d'un autre été: l'après-midi:

sábado, 12 de noviembre de 2011

Huida de/a Berlín

La muerte de Peter Fechter (Contemporary Art Society)
El sudor, la tentación, el miedo y las ganas de pertenecer a un lugar en el que no te encuentras, todo eso se junta en mi cabeza, mi mente. Solo un movimiento rápido, solo una vacilación, solo un momento y solo la soledad para ir en busca de compañía. Solo una valla de distancia, solo un mundo por dejar, solo…

Nací … Antes de huir de la RDA solo pienso hacia dónde voy, pensar de dónde vengo y lo que dejo aquí solo hará que gire la cabeza cuando no sea necesario. Tengo miedo, Helmut también - se nota – pero no nos lo decimos. Solo oímos como los pasos suenan, cerca o tal vez lejos. La adrenalina juega con nuestros sentidos, siento como la respiración de mi amigo aumenta. La fábrica ya no quiere producir y nosotros queremos estar en el otro Berlín.

«Peter, ¿hacia dónde te dirigirás cuando lleguemos al otro lado?» «Todavía no lo he pensado, en mi cabeza solo tengo “Esconderme en el taller de carpintería, que se vayan los guardias, saltar al corredor entre los muros y correr, subir por el pequeño rápidamente y caer hacia el otro lado, luego seguir corriendo hasta ya no sentirme perseguido”, eso es lo único en lo que he pensado, desde mucho.» « ¿Lo lograremos?» «No es momento para preguntar…»

¡Camsh! ¡Camsh!

Nos callamos al oír aquellos pasos sobre la tierra mojada, aquella noche sonaba a angustia, a quietud taciturna, a … a… Sentía como las botas de los soldados se hundían en el barro y salían de él enojadas. El cielo era oscuro, el muro era demasiado sólido y nuestras voces silenciaban nuestros latidos, si eran muy fuertes alertarían a los vidrios de las ventanas del taller en el que estábamos. Afuera seguía el “Camsh, camsh”

«¡Scheiße! Meine Stiefel schmutzig Schlamm.» « Mund halten, wie es, wenn es regnet»

Esa noche no llovió, alguién dejó un grifo abierto y el agua solo corrió. Los pasos se fueron, los hombres sobre ellos los acompañaron. Se oyó al viento cochar contra el muro, nos llamaba. Salimos del escondite y comenzamos con nuestro movimiento.

¡Jamp, spum! ¡Jamp, spum!

Caímos sobre el canal[i], rodamos cuando llegamos a él para no hacernos daño. Caer bien siempre fue parte del trabajo y la vida misma, un deporte, una forma de vivir. Nos dirigimos rápidamente hacia el muro cercano de libertad.

La agitación, la respiración acelerada, el silencio ensordecedor de nuestras pisadas sobre el concreto y la luna sobre el cielo, allá lejos, mirándonos, mirando a dos hombre moverse de oriente a occidente mientras tras sus espaldas muchos duermen amargos y pocos ríen sinceros, mientras frente a ellos muchos duermen amargos y ríen porque la sonrisa se los permite. La luna observa un mundo que pocos entienden.

A pocos metros del muro una sonrisa se escapa por mi rostro, supongo que por el de Helmut también. Las sonrisas en zona de guerra son peligrosas, alertan al enemigo.

¡Prriiittt Prriiittt...!

Suenan silbatos a lo lejos, gritos también. «Hoch! Hoch es!» Suenan nuestros apresurados ritmos cardiacos y ... nos topamos fuertemente con el muro, ese fue un encuentro salvaje.

Uno, dos, tres. Saltamos, forcejamos hacia arriba, trepamos, vimos Berlín del este y “shut, shut, shut“: tres disparos secos oí. En ese momento descubrí que el sonido es más rápido que el dolor. Ya del otro lado sentí mi cintura adolorida, la vi enrojecida y el dolor dominaba lo que pensaba. Era gris, gris lo que veía, y rojas mis prendas manchadas. Helmut corría y yo miraba y lo seguía haciendo mientras todo el mundo federado hacía lo mismo conmigo, pese a que mis palabras eran directas. « HILF MIR, ICH WILL LEBEN»

Y... entonces... sobre el suelo... con mis sueños en la cabeza... mientras oía a mi amigo, Helmut Kulbeik correr y llorar en algún lugar que ya no veía... mientras todos miraban con miedo cobarde e impotencia injustificada, ahí... sobre el suelo, nuevamente y con un charco de sangre enorme, quedé yo, Peter Fechter, la primera víctima mortal de la opresión de un muro que separó una ciudad naturalmente ajena a divisiones políticas, un muro que caería 28 años después de su construcción, un 9 de noviembre de 1989, 27 años después de haberme muerto.


[i] Nota del editor: Lugar ahora conocido como El canal de la muerte.

Días con Ariana

Se ha vuelto sintomático. Esto no es una continuación de "Ariana" ni nada parecido, es solo "Días con Ariana", una especie de testimonio de vida, o de los días que una dure, si es que existe un número máximo o mínimo, aunque se represente en números ínfimos o exageradamente grandes. Pero una vida, sin entrar en discusión respecto de lo que es o no vida, y sin que se incluyan solapadamente cuestiones propias del aún misterioso inconsciente y su funcionamiento. En fin, sean bienvenidos.

.+.+.+.+.+.+. Días con Ariana (notas intermedias).+.+.+.+.+.+.

No existe nada más. Me encuentro tácito, inerme, cuando nace una pregunta. “¿Quién soy?”. Es Ariana, con una pregunta incisiva sobre la cicatriz de nacimiento común a todo ser humano. Da muestras de humanidad, pero ¿quién es? Ariana... Ariana me mira fijamente, me clava los ojos en la cabeza atormentando mi mediocre satisfacción con la vida. Me exige una respuesta que no tengo, o que no creo tener. Mi típico “no sé” se esconde detrás del suyo, de su respiración continua y al mismo tiempo calma. Extraño. ¿Quién es, quién soy?
Verla no soluciona nada. Tengo una irregular visión de sus ojos, de su rostro, de su historia. ¿Quién eres?, cuéntame. Su historia se teje sin sentido, o con un exceso de sentido, al punto de ser increíble. ¿Quién es? Ariana, ¿quién soy? “Cuéntame”, y mi historia se extiende sobre la suya, y se desdibuja para finalmente perderse en partículas diminutas. ¿Quién soy, Ariana?
Su historia, mi vida. El tiempo, el silencio y la incertidumbre a pesar de poseer cada vestigio se hacen con cada una de ellas.
Ariana se pasea por la habitación. Medita quién es, o quién será. Por momentos, renueva la pregunta o lanza una teoría. Entretanto, trazo burdamente una atrevida línea de tiempo.


.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Eso ha sido todo por ahora. Espero que les haya gustado. Gracias por leer. [ =) ]


miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cartas Azules: Demasiada presión

CUARTO CAPÍTULO

Kodolf es una ciudad con mucha más vida que el lugar que dejamos muerto. Los comerciantes venden toda clase de productos, entre telas, pieles, frutas y animales raros, todos en oferta. En fin, se puede decir que es un lugar con mucho movimiento de productos.


Caminamos cubiertos por una especie de sobretodos, prefiero decir que lo hacíamos encapuchados, bajo un sol infernal y todo por mantener el perfil bajo de forma excesiva. No entiendo el motivo de tanto misterio, y… En verdad nunca le encontré el sentido a ese tipo de cosas, digo a las “misteriosas”, de Alison nunca intenté entenderlas, se me hacía muy difícil, tan solo me contentaba con disfrutar de ellas. Debo admitir que extraño sus interminables preguntas repentinas y sus constantes respuestas a medias, todas acompañadas de unos ojos, una mirada, que me comprometían a acompañarla por un rato más, sin estar obligado.

Estrada me sacó de aquel mercado infernal, al menos eso me pareció, y me llevó a algo que en mis tiempos se le denominaba templo. “Me puedo quitar esta cosa”, pregunté porque ahora temo tomar decisiones propias, temo hacerle daño a alguien. “Todavía no, espera a que lleguemos al centro de esta plaza, por lo pronto límpiate, sécate el rostro”. Llevaba la frente húmeda por el sudor.

Mientras caminaba y hacía lo que Estrada pidió, observé que el lugar estaba colmado, infestado, de encapuchados como nosotros (para ser exactos podría decirse que estaban “ensobretodados” o encaperuzados), todos del mismo color tierra y con una misma encorvada forma de caminar.

Apresuré el paso para llegar rápido a donde dijo mi acompañante, al centro de la plaza de aquel palacio donde había una fuente de agua cristalina. Sin darme cuenta dejé algo retrasado a Estrada y lo perdí en un mar de encapuchados. “Listo”, dije al llegar a la fuente, me quité la capucha y… cuando estuve apunto de coger el agua para refrescarme el rostro… Noté que todo el mundo se detuvo a observarme. No puedo especificar el número de ojos fijos en mí, solo puedo decir que ellos se dividían entre sorprendidos, desconcertados e indignados. No me moví en lo absoluto y traté de mantener una expresión fría, pese a lo acalorada de la situación y el traje.

Una figura encapuchada se me acercó, subió a la pileta y se despojó de su cubierta marrón, era Estrada. Llevaba el traje blanco con bordes dorados, parecido al azul que llevaba bajo el abrigo, además de algunas joyas doradas, de oro (supongo). Todos los demás tipos ahí presentes, al verlo, se arrodillaron, le brindaron una interminable reverencia.

«Olvidé decirte que aquí tú y yo somos dioses» «Pequeño detalle», le dije y me quité el disfraz misterioso. Mi traje azul cielo brillaba bajo las luces del sol, aún más por los hilos dorados de mi cuello, hombros, cintura y muñecas. Subí a la pileta y me arrojé al agua, di vueltas como loco sobre ella y llevé mi puño al cielo, tras lo que se oyó un grito ensordecedor. Estrada dijo que fue una loa, y yo sin saber lo que eso significaba.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Día de los muertos

¿Qué tal?, aún es día de los muertos, ¿verdad? ¿No es curioso que las cosas se sigan de esa manera? Es decir, con esta fecha se cierra la trilogía halloween-día de todos los santos-día de los muertos. Claro, no son lo mismo, pero cada una tiene un toque de misticismo relacionado en parte con la muerte, especialmente el de los muertos. Morí. No. No morí, pero preparé un cuento para esta ocasión. Muy a lo mío. Ahí va...


.+.+.+.+.+.+. Una visita al cementerio.+.+.+.+.+.+.


Esa sería su primera vez en el cementerio. No es un lugar al que se suela ir muy a menudo, hay que decir, a menos que fuera por trabajo, e incluso así los trabajadores preferirían pasarse el día entero viendo la tv. Tanto muerto puede llegar a contagiar, como diría algún anciano un poco en broma. Pero hoy no es así. Un mar de gente se aventura a recorrer los amplios pasajes de la necrópolis; es trabajo seguro, al menos una vez al año. La tv tendrá que esperar.
Ha ido con sus padres, obviamente. Nadie se pasearía solo por un cementerio como ése la primera vez. Y no es porque fuera peligroso sino que ese cementerio, debido a la disposición de sus pabellones, puede resultar laberíntico a quien lo visita. La apariencia homogénea de los pabellones cumple una función muy importante respecto a provocar confusiones. Una aventura salir de ahí, como si hubiera sido construido con ese mismo propósito. Pero está con sus padres… ¿qué puede salir mal? Respuesta inmediata: una mirada aquí, mucha gente alrededor, unos pasos más allá, desorientación y búsqueda de los padres… y bien, así de mal resultó.
Pobre niño. En medio de tanta gente y sin poder llorar simplemente porque le dijeron que los niños no lloran, y él es un niño, y los niños son obedientes… al menos cuando los están viendo. Sin llorar, pero le es imposible esconder su expresión perdida, buscando desesperadamente con la mirada y con los pasos dudosos que se convierten inmediatamente en impulsivos cuando una mujer preocupada le pregunta “¿te pasa algo, niño?”. No le interesó lo que ella pensara, solo quería a sus padres. “No hables con desconocidos”, y ella era una desconocida, todos a su alrededor lo eran.

Corrió y corrió, sin que su mirada dejara de buscar desesperadamente. Corrió sin perder en ningún momento la imagen de sus padres del pensamiento, hasta que se vio en problemas. Hasta que se dio cuenta de que sus pasos no tenían sentido, que no sabía a dónde estaba yendo… Entre más caminaba, menos sabía dónde estaba, y mucho menos cómo salir. Entonces tuvo ganas de llorar, y sus pasos lo dirigieron estoicamente hacia donde no hubiera quien lo mire.
Llorar. Sí, llorar era todo lo que podía hacer. Lamentarse, no de haber dado los pasos equivocados o de haber perdido de vista a sus padres, sino de que ellos no estuvieran ahí con él. Lamentarse, pues, por la soledad. Sentarse apoyado en la pared de un pabellón, con las rodillas flexionadas, los brazos encima y la cabeza escondida si no por vergüenza, por miedo. Llorar… pero los niños no lloran. Vaya mentira, él podía llorar aunque no quisiera. Sin embargo, pronto lo invadió un gran temor por que sus padres también se hubieran perdido, y por culpa suya. Lamentable. Pero tenía que hacer algo, no podía dejarlos solos, ellos tampoco lo dejarían solo, independientemente de que se haya perdido. No se atreverían.
Duda, pero tiene que intentarlo. Un paso, dos, tres, y esta vez muy lento, con mucho tino en lo que hace, intentando recordar los extraños nombres de cada pabellón. “¡Hey!”, escucha de pronto. Voltea la mirada y se encuentra con un hombre casi anciano, “¿qué haces tú por acá?”. El niño no sabe qué decir. Si dijera “Me perdí” tal vez el viejo se burlaría de él. Solo le aparta la mirada, es otro desconocido, poco confiable. “Oye, ¿sabes a dónde vas?, ¿dónde están tus padres?”. Shock. Pero no contestará.
El anciano sospecha pronto que el niño anda perdido, pero entiende al mismo tiempo que será inútil obligarlo a hacerle caso. “Bueno, si sabes a dónde vas, me iré. Hacia donde voy hay una salida, para allá, a donde vas, está la fosa común, pero seguro lo sabes, ¿tienes algún asunto en ese lugar desde tan niño?, que tengas suerte, hijo”. Sabe que lo seguirá si es listo, que no se irá a la fosa común, pues no es un lugar muy bonito. Lo sabe y tiene razón. El niño lo sigue.
Por un tiempo, lo hará intentando no ser visto, sin embargo, pronto se dará cuenta de que el anciano nunca voltea y caminará con mayor seguridad, sin que le importe ya si es descubierto o no… al fin y al cabo lo que él quiere es salir de ahí y encontrarse con sus padres. Lo seguirá hasta que no pueda seguirlo. Cuando el hombre se detenga frente a un enorme pabellón y le dirija una vez más la palabra. “Aquí es, hijo. La salida”. No lo entiende, piensa que está loco, y debe de estarlo… ¿cómo va a haber una salida en una pared tan enorme y seguramente muy gruesa?
El niño corre, se aparta lo suficiente como para mostrar desconfianza y sentirse seguro, pero al mismo tiempo como para asegurarse de que no hubiera algún compartimiento secreto en aquél lugar. “Si sabes a dónde vas, me iré. Esta es la salida. Pensé que me seguías por esto. ¿Vienes?”. El anciano golpeó una lápida como una persona común llamaría a una puerta. En serio debe estar loco.
Pero no lo está. No está loco. Su cordura va más allá de lo imaginable, y el niño lo sabe, porque en un abrir y cerrar de ojos aquella muralla dejó de serlo. Lo que ahora veía era un gran edificio departamental muy antiguo. El anciano volvió a tocar, esta vez una puerta que se abrió sola inmediatamente.
Todo era muy misterioso, “como de cuento de terror”, pensaba el niño. No obstante, se decidió a entrar. Un paso, dos pasos… Iría con sus padres.
“Buen día a todos", dijo el viejo al cerrar la puerta. El lugar era muy extraño. Espacioso, casi sin cosas, a excepción de algunos cachivaches en una gran repisa, al fondo del salón. Fotos, juguetes, tarjetas de cumpleaños, globos desinflados y muchas flores. Había pisos superiores, lo podía ver desde la entrada, pero no columnas ni escaleras que los sostuvieran o permitieran el acceso a ellos. Más extraño aún. “Ven por aquí”, le dijo, y ambos se dirigieron a la gran repisa del fondo, sobre la cual recién pudo distinguir que un hombre muy bien vestido estaba sentado. “¿Qué hay de nuevo?, ¿algún recado?”, “Lo de siempre…”, “Bah… sarta de malagradecidos. Bueno, no importa. ¿Qué noticias tienes? ¡Hey!, no mires así al chico que lo asustas. Está perdido, lo llevaré con sus padres”, “Ve con el obrero del pabellón. Ya sabes, él está siempre afuera, más que tú”, “Entonces, ¿ahora no está?”, “Tal vez no”, “Vaya que eres útil, ¡señor!, me envías al vacío. Ya me iré, me iré”. Cogió al niño del brazo y se lo llevó nuevamente a la puerta. “¿Nos vamos?”, preguntó el niño un poco impresionado. “Allá arriba”.
Giró la perilla una vez y el piso comenzó a moverse hacia arriba. Pasaron por el segundo piso, en el que había una anciana dormida y unos cuantos jóvenes discutiendo temas de actualidad. En el piso de arriba, unos niños jugando a la pelota y un hombre con apariencia de granjero. En el siguiente, una mujer bordando, un gato enredado en lana, una enfermera leyendo, un policía jugando a las cartas con un obrero con ropa de faena… Sí, un obrero. “Aquí”, musitó el anciano y dejaron de subir.
El obrero miró al niño y dijo “Si es por él, el hombre que buscas no está acá. Aún no regresa”. “Entonces vamos allá”, giró nuevamente la perilla y comenzaron a bajar. “¿A dónde vamos?”, “A los pisos inferiores”.
Pisos inferiores. ¡Quién se imaginaría que hubiera pisos inferiores!, pues los había. Y ahí encontraron a un escribidor en una máquina de escribir. “A los pisos inferiores”, dijo el hombre. Era bastante joven, usaba lentes y fumaba un cigarrillo. A su lado, un vaso de agua.
“¿Qué escribes ahora, poeta?”,  preguntó el anciano un poco en burla. “No me llame así, ya le dije. ¿Quién es el niño?”, “visita. Busca a sus padres”, “Ah, y tú al obrero, ¿no?”, “¿cómo lo sabes?”, el hombre se sorprendió un poco. “El mundo está hecho de palabras, querido Jack, y aunque no quieras usar tu nombre, ni ninguno aquí, seguirás siendo Jack y yo Dante”, “pero Dante no es tu nombre real, chico”, “así me conocen, viejo. Soy Dante, nada de poeta”.
El niño habló entonces. “¿Sabes dónde están mis padres?”, “No, pero sé dónde está el obrero. Vayan al siguiente sótano. Ahí lo encontrarán. Ya, viejo, de una vez, gira”. El anciano giró la perilla una vez más y ordenó ir al siguiente sótano. Bajaron de a poco, entretanto escuchaban el tecleo de Dante.
Abajo estaba oscuro. Ninguno de los dos se movió. “¿Qué diantre?”, dijo el anciano, y las luces se encendieron.
Otro salón, más amplio aun que el de la primera planta de la casa de visitas, todo de color blanco y muy iluminado, aunque no habría forma de saber de dónde provenía la luz. En el medio, el obrero vestido de doctor. “¡Voilá!”, exclamó. “¿Qué te pasa, obrero?”, dijo Jack. “Esto será divertido, viejo, solo mírate. Tú, el chiquillo y sus padres. ¿Por qué lo has traído hasta acá?”, “Sus padres…”, “exacto, sus padres. Viejo, tú nunca recibes nada, pero ya es hora. Ha sido todo idea del poeta. Tu familia perdida, hombre, luego de décadas”, “Deja la palabrería, obrero. El niño quiere a sus padres y se terminó el asunto”, “¿Dónde están mis papás?”, preguntó el niño con un gesto amargo. Sospechaba algo, tal vez estaban en peligro. Corrió.  “!Hey!, ¿a dónde vas?, ¿conoces el camino?”. Se detuvo una vez más, y mintió “Sí, conozco el camino”. Corrió a través del blanco que parecía nunca terminar, y que nunca terminó. El anciano lo alcanzó. “Vamos con tus padres”, le dijo. “No”, contestó, “me voy”, “Está bien, ve… tus padres te esperan, esta vez estás por buen camino”. Corrió una vez más… muy rápido, y se dijo “sé su nombre… y me ayudó, ya no es un extraño”. “Adiós”, gritó, “gracias”. Y una nueva puerta se dibujó en el vacío. Era ahora o nunca… allá vamos, pequeño.
Abrió la puerta y pasó.
Sus padres se alegraron de que despertara bien. Cuando lo encontraron parecía tener mucha fiebre. Había estado perdido solo un par de horas, pero la soledad parecía haberlo afectado.

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Bien. Gracias por leer, los veo en el próximo texto [ =D ] ¡Adiós!