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miércoles, 27 de enero de 2016

Vocación

Yet... digo, y otro "descanso" de Caín... La verdad es que me copié de Zack Z. porque no sabía que poner. Admiren mi sinceridad. Este es un pequeño relato... que tal vez forme parte de un universo propio, distinto del de Caín. Puede que solo sea un relato aleatorio que escribí solo por escribir y que no tiene lugar en ninguna parte, si no en una especie de planeta fantasma, donde la misma escena se repite ad infinitum.  Realmente no lo sé. ¿Cómo lo podría saber? No recuerdo como llegué aquí. Creo que fui secuestrado,  en fin. Diviértanse:




Vocación

Sentí su mirada escrudiñando cada milímetro. Era pesada y desoladora. Pude recrear los hechos que la habían hecho así. Era la mirada de un hombre que lo había perdido todo. Esa mirada que solo alguien que reconoce la perdición puede tener e incluso así había humanidad en ella. 

Conocí su nombre hacía treinta años. Treinta jodidos largos años. Conocía bien al hombre. Sabía que le gustaba el coñac y que cuando no bebía ron, bebía café negro. Le gustaba el sabor fuerte, sentirse despierto. Eran secuelas de la cocaína, me dijo alguna vez. Todavía se sentía inclinado a esa sensación.
“La primera vez que consumí cocaína, maté a un hombre.” Fueron las primeras palabras que oí de él. Estábamos en un grupo de rehabilitación. Era un sicario entrenado por el gobierno. Todos en este salón cometimos asesinatos de algún modo u otro. Determinados individuos creen que presionar un botón que hace detonar una bomba no te convierte en un asesino. Dicen, horrorizados, que solo los que cortan la carne o aprietan el gatillo fríamente son asesinos. Patrañas. Son las excusas que uno se crea. Él no tenía ninguna. Él reconocía que la cocaína solo le dio el impulso que necesitaba, yo comprendía con precisión a qué se refería. 

“El pobre hombre al que asesiné se iba a reunir con sus hijos y esposa al día siguiente. Era un hombre de familia y a la vez un cerdo idealista peligroso para el gobierno. Cuando miró mis pupilas, dilatadas, en esa noche oscura reconocí un miedo descomunal en sus ojos. Comprendió al instante que era una presa y como presa que era no hizo más que correr, tropezándose con los muebles de su casa. Lo agarré por el pescuezo, cual animal, apuñalé su espalda a la altura de los riñones cinco veces. Seguía vivo y gritando con una voz desgarradora. En ese momento me cansé de sus gritos. Pensé que era un cobarde por no plantar pelea, por huir, por llorar como un desgraciado mientras clamaba piedad y gritaba el nombre de sus hijos y su esposa, entonces corté su garganta. Murió al poco tiempo, me fui pirando. Esa fue la primera vez que consumí cocaína y la primera vez que maté a alguien.”

Todos lo miraron con genuino miedo. La gente de la rehabilitación se autocomplacía  con relatos llorosos y trágicos de cómo habían luchado contra las ganas de matar a alguien, de cómo habían intentado mantener la dignidad del asesinado incluso cuando se emborracharon o se drogaron para matarlos. Era pura mierda. Todos sabían lo que había pasado. Lo que contaban no era más que una versión lacrimógena para sentirse mejor con ellos mismos.

Sentí su mirada y supe en ese instante que me había descubierto. ¿Qué se dice cuando la presa descubre a su cazador y ambos se vuelven tanto cazadores como presa? No sé qué se dice. 

Esa era la situación actual. Él era un hombre riguroso, sucio y corrupto. Había embargado sus sentimientos para no sentir como el remordimiento se comía a su alma. Era un hombre que había llorado genuinas lágrimas luego de matar a ese político barato. Un hombre que había llorado solo, pues no tenía amigos. Ocho años desde que mató a la primera víctima hasta que estuvo en el grupo de ayuda. Ocho años en los que se hundió en el más profundo calabozo, y ése era solo el comienzo. 

Había sed de sangre en el aire, oí como la hoja de su navaja salía de la funda y rasguñaba el viento.
Diez años después del grupo de rehabilitación, estaba casado y tenía dos hijos. Un grupo terrorista que se enteró de su papel en los golpes políticos de hacía dieciocho años se interesó por sus servicios. Él estaba retirado. Su esposa y sus hijos sufrirían de un peligro mortal. Se asegurarían de que sufrieran. Le dijeron que cuidarían de ellos, que tomarían su seguridad y bienestar como parte del trato, mas era una banal mentira. 

Llegó a la veintena de asesinatos dos años después. Era frío, sigiloso, calculador. Sabía hablarle a los rateros, qué decirle a los yonquis, cómo tratar a una prostituta. Lo que eran los modales básicos de la podredumbre y la autodestrucción, los tenía perfeccionados. Vivía de motel en motel, consumía heroína de vez en cuando porque le recordaba a la sensación de paz que tuvo en los años con su esposa y sus hijos. No sabía nada de ellos. Cinco años después vuelve. 

Su mujer está prostituyéndose en una calle. Habían roto su promesa, no le pagaron más que miserias ni mantuvieron a su familia. Habían roto la sanidad de su esposa, la habían vuelto una vil puta de esquina. Sus hijos eran maltratados por sus clientes, pero ella solo quería cristal. 

La mató dos días después. Lloró desconsoladamente como no lo había hecho desde su primer asesinato. No había remedio, no había alas en un ángel caído, no había perdón para un pecador, no había un Dios que juzgara alguna cosa, solo hechos que llevaban a la desgracia y a la inmundicia.  Un albur ocioso que dictaba los grados de adversidad de la muchedumbre. 

Diez años después uno de sus hijos era un ratero. El otro lo odiaba y era un estudiante ejemplar, era su orgullo. El ratero violó a una niña de ocho años, luego a un niño de diez. Mató a una prostituta que se negó a mamársela por una calada de su hierba. Su padre entró por la puerta de atrás de su departamento. Era una ciudad fría pero su hijo yacía semidesnudo, consumiendo heroína con su mirada perdida. 

“Despierta imbécil.” 

Estaba ido. No había palabras que lo despertaran ni acciones que cambiaran lo que había hecho. Le disparó dos veces en la cabeza, no lloró por él. Tres días después lo encontraron y lo echaron a la basura. La opinión general era que se lo tenía merecido, un pederasta no es más que escoria defecada por demonios. 

Se lanzó sobre mí con una violencia demencial. No era tan rápido como cuando estaba en su veintena. Sus reflejos habían decaído por milésimas de segundo. No era tan fuerte.  Su navaja desgarró mi chaqueta, medio segundo después mi codo se clavaba en sus costillas, el filo había traspasado el cuero y seguido de largo. Tenía tres costillas rotas. 

“Siempre lo supe. Desde que vi tus crueles ojos verdes. Supe lo que eras.” 

“Lo sé.” 

“Supe que eras un hijo de puta, que no hacías más que juzgarnos a nosotros. ¿Qué has hecho tú, además de mirar? ¿Has vivido nuestras desgracias? ¿Has asesinado a un hombre con tus propias manos?” 

“A miles de ellos.” 
 
“¿Has llorado alguna vez?” Una lágrima parecía asomarse por la esquina de su ojo. 

“No. Nunca.” 

“Lo sabes todo.”

“Lo ignoro, realmente.” 

“¡Cómo puedes...!” Estaba indignado. 

“Es inútil saberlo todo. Pero por ejemplo, me bastó sentir tu mirada para conocer tu nombre.” 

 Había algo más.

“Nunca te conocí. Nunca me viste hasta ahora.” 

“Hasta el momento en que te diste cuenta de quién era, no tenía la menor idea de tu existencia. Entonces conocí tu nombre y las tuercas hicieron que estuviera ahí cuando confesaste por primera vez todo. Lo demás lo supe por inercia.” 

Lloraba lágrimas de impotencia. 

“Es la tercera vez que lloras desde que eres un adulto. Tú vida está por irse.” 

Sus manos temblaban, no podía articular una palabra, comprendía lo que pensaba. Cavilaba sobre mi horrible naturaleza, sobre mí, lo pesado de mi severa mirada. 

“Incluso las miradas de los hombres pesan sobre las de nosotros, los privilegiados. Tal vez tú fuiste uno o tal vez serás uno.” 

Mi mano cerró sus ojos, hubo paz en su cuerpo. El tiempo se detuvo. La decadencia del lugar fue revocada por un hermoso palacio blanquecino.

domingo, 21 de junio de 2015

Okinawa

El 21 de junio de 1945 terminó uno de los episodios más terribles que el mundo civilizado haya vivido, una cantidad inmensa de nobles guerreros resistieron una invasión tanto como pudieron y muchos civiles fueron obligados a suicidarse. En un cielo no muy lejano dos seres observaban esta historia.
-Dadá por qué se hacen esto nuestros hermanitos? -Es parte de su crecimiento, Bushi, su planeta es aún muy joven y necesitan aprender mucho para desarrollarse. -Pero... duele, duele tanto. -La muerte? La muerte es parte natural... -No, no la muerte, eso -Oh, el asesinato disfrazado de ritual suicida. Sí, es aberrante, pero nada que no seas capaz de comprender, pequeño, Bushi. -No quiero ir a ese planeta Dadá, no quiero, duele mucho. -Entiendo, eso que te conmueve ahora es justo lo que llevarás contigo cuando decidas ir, justo lo que necesita de ti ese planeta. Lo comprenderás pronto, mi noble hijo. -Y si acabamos con esto ahora? Podemos hacerlo, verdad? -Sí, tenemos el poder para detener su crecimiento en un momento grave de crisis, pero me temo que eso solo retrasaría algo importante que deben vivir. Además, siento que un breve periodo de paz se acerca, luego de un crimen galáctico por el que uno de nuestros hermanos pagará muy caro, muy muy caro, un crimen atroz. Oh, hijito, te necesitan tanto. -No sé si pueda Dadá, tengo miedo. Sé que estaré protegido y que algunos me escucharán, pero temo perderme entre tanto sufrimiento y olvidar quien soy. -Oh, pues teme cuanto quieras, hijito, ese temor es pasajero y cuando el amor en tu corazón solar se desbordé serás capaz de nacer en la Tierra y sembrar un camino de paz como el que nos trajo hasta aquí a tu madre y a mí hace dos mil años, por cierto se hace tarde y no hemos recogido ninguna manzana gigante será mejor que nos demos prisa. Sabes que le gusta comer pie mirando el inmenso mar dorado esperando que lleguen más hermanitos. -No entiendo por qué comemos sí no lo necesitamos. -Es parte de nuestra preparación para la Tierra, allí tampoco lo necesitaremos, pero durante un tiempo será necesario. -Mira Dadá se acaba la guerra, se acaba la guerra. -Aún no pequeño hijo, aún no, todavía tienen que aprender mucho de sí mismos y de nosotros esos terrícolas. Te he hablado de la prisión del pensamiento?

viernes, 23 de mayo de 2014

Bonnie y Clyde, pareja de ladrones

Publicado por Zai Nightfall 


Zai, un ángel oscuro(Escritora)
En el silencio de la noche y bajo la ausencia de la luz lunar, por el bobo de Zack y secuaz, he sido invocada. ¿Motivo? No estoy segura, porque tener alas negras naciendo de tu espalda no te da el conocimiento absoluto, aunque sí la experiencia necesaria, en especial al recoger almas.
Hoy, hace un tiempo atrás vi algo inusual. Algo tan propio como impropio de la calidad humana.
¿Es el egoísmo un motor más fuerte que la misantropía?
Admitan que todos aquellos que han grabado su nombre en la historia se han ido con una sola idea en la mente (Lo sé, me lo han confesado cuando he ido a recoger lo que creen suyo, pero que no es más que un mero préstamo de los caprichosas esferas del cielo) Esa idea es su pasión, por la que queman su vida. Así lo hizo Einstein quien no quiso ser relojero y en cambio…
Asimismo, esta joven y aventurera pareja que me regalaron una sonrisa como ninguna cuando fui a verles…


Redención.
Bonnie y Clyde

¿Estás ahí?- preguntó ella.
Sí.- respondió él con su vernacular acento imposible de despegar de sus palabras.
¿Tienes miedo?
No.-pausó un momento.- estoy decepcionado.
Yo.- le interrumpió.- nunca te dije la verdad.
Él dudó un momento. -No. Es decir...a ver, señorita Bonnie, no empiece a buscar en su cabecita palabras muy complicadas.
Ella sonrió doliéndole la sonrisa un poco; una muestra de ironía de parte de Dios.
Me acuerdo de ese día.- continuó ella.- ¿te acuerdas tú?
Las imágenes danzaban en sus frentes: el día del desafío con su "Si eres un criminal ¿por qué no robas esa tienda? O el día que la primera muerte tiñó de sangre su reputación...
No elegimos donde nacemos. Eso no es para nada nuestra culpa. ¿Y en qué medida es culpa nuestra que las cosas se queden así?
Para ellos, el cambio no era un privilegio; era su necesidad más pura y honesta. Llegaron a un mundo lleno de reglas impuestas por gente que no pensaron más que en sí mismos. Era hora de imponer, de la misma manera violenta e intempestiva, las reglas de la nueva era. Las reglas de los que tenían espíritu inquebrantablemente indómito.
Ese bastardo, si me disculpa la expresión, mi señorita, va a pudrirse en el infierno, se lo aseguro.- Enfatizó.
¿Y nosotros qué?-Las firmes palabras de Bonnie hicieron eco en la fría sala donde sus cuerpos descansaban bajo la oscuridad de la ignorante medicina forense de la época.- ¿Existirá algo tan dulce como la piedad?
A veces las acciones no son respaldadas por la ética o la moral. ¿Importaba eso?
Importaba que sus acciones no quebraran sus espíritus. Después de todo, aquella moralidad era la fachada que extinguía las voces y esclavizaba las almas.
Bonnie soltó una carcajada. Clyde no comprendió. Aunque el hecho de no comprender se sentía bien al lado de Bonnie. Ella era su guía.
Bonnie Parker
La gente nos amaba más a nosotros que a sus tontas reglas.
¿Me lo dice a mí, señorita? Se robaron parte mi meñique. Una suerte haber estado muerto cuando pasó.
Todo miedo que Bonnie sintiera desapareció. No lo entendía, pero se sentía bien al lado de Clyde. Él era su protector.
Estoy lista.- por fin dijo ella. Entregándose a la lluvia de plumas negras que caían desde el cielo. Los ángeles oscuros habían venido a buscarlos.

domingo, 2 de marzo de 2014

Emperador rojo, parte 2

Hoy, amigos, amiguitos y pequeñines de los agujeros hobbit, son los Oscar y me enteré hace un minuto. Ódienme, porque me importa un bledo, más importante es que hoy publico la hermosa segunda parte de este relato ficcionario histórico mítico, así que, disfruten, camaradas del Imperio.


"Emperador Rojo"


Cuando hablé por primera vez con su padre, un hombre todavía joven, me di cuenta de que había en él algo de envidia hacia su hijo.

“Es un holgazán. Un holgazán con una boca muy grande, pero es mi hijo y sé que es un líder natural”, me lo dijo sin rodeos. Apenas había llegado yo a comprender la estupidez de los campesinos, humillado una y otra vez por la envidia voraz de Liu Bang, este hombre deshonraba mi presencia con su palabrería.

“Te contaré una historia que tal vez te ayude a comprender el éxito y la suerte de mi hijo.  Cuando había vivido suficientes inviernos como para tener cierto grado de consciencia, tuve mi primer hijo. Un hombre de campo, respetuoso, que reconoce su lugar. Era todo lo que yo fui en mi infancia, trabajaba duro y hacía lo que tenía que hacer, tomando en cuenta la posición que le correspondía, no ser recordado por su vagabundería ni por su larga lengua, no hacer falsas promesas ni apostar a negocios poco confiables. Un sujeto mesurado, más inteligente que su viejo, estaba orgulloso de él y tan solo tenía nueve años. Ese mismo año, cuando sospechábamos que nuestro segundo hijo nacería, nos sentimos felices, queríamos que fuera una niña que hiciera orgullosa a su madre. Admito que fue un deseo egoísta, tener a dos hijos que rememoraran a sus padres, pero el destino quizá fue más egoísta. Era una época lluviosa y mi esposa había ido a Pei a comprar lo básico, el trabajo del campo se iba a la borda por las constantes lluvias. Ese día, sin embargo, todo estaba oscuro como la noche misma, una noche sin luna, un segundo techo de puras nubes negras. Caían truenos que parecían lanzas y que iluminaba y encandilaban nuestros ojos. Corrí como un desgraciado, resbalándome en el pantano,  sin poder ver a más de cinco metros de mis narices. Algo me dijo, fue un canto o la forma en la que murmuraban las grandes gotas que caían del cielo, que mi esposa estaba debajo de un puente, asustada, mejor dicho, aterrorizada, buscando refugio. Tenía miedo, porque un trueno había matado a una de sus hermanas hacía un mes. Yo tenía miedo, porque no quería perder a la madre de nuestros hijos y tal vez porque soy un campesino que ha olvidado cuál es su lugar.

“Cuando la vi, a veinte metros de mí,  bajo del puente,  con una cara llena de serenidad, cada centímetro de su sonrisa era cándida. Vi un aura roja o sentí un calor  que no tenía sentido alguno o sentí el aliento de un dragón y vi a uno, rodeando a mi esposa. Socorría cada uno de sus cabellos negros y vi a través de sus ojos sabios que mi esposa había muerto con un niño que crecería bajo el nombre de Liu Bang en su vientre, un niño que tenía en él la esencia del Emperador Rojo, lo que sea que fuera eso. Pero ante mi visión, ante mis ojos, a un brazo de mí, ahora, estaba mi esposa, sana y salva, y el dragón dijo algo que no entendí junto a su oreja, se oyó un tronar y todo se llenó de blanco, mi esposa vino hacia mí, me abrazó y yo la abracé a ella, conocedor de su falsa muerte. Esperamos una hora, hasta que la lluvia menguó. Por eso, Xiang Yu, fui permisivo con mi hijo que creció siendo un holgazán, un holgazán astuto y un mentiroso, un estratega con suerte que tal vez es la mejor de las virtudes.”

Lo que vi en sus pupilas tan negras como la noche, fue un resplandor rojizo. Vi rabia y un poco de sabiduría.

“Los mitos de los paisanos son sin duda sorprendentes, una bola, una maraña de mentiras. Te haré hervir vivo, así tu hijo comprenderá por qué fui yo el que se quedó con Guanzhong, porque yo fui el que dividió las tierras, ¡e incluso fui tan generoso de otorgarle su debido premio!, cuando lo ideal habría sido matarlo. No fue sino por un compatriota, engañado por las mentiras de Liu Bang que le perdoné la vida. Y él, él me paga con esto. Porque sabe que era el merecedor de Guanzhong. Al final , lo que dijo el Rey Huai II no fue más que una promesa fuera de lugar, razón por la que lo exilié.”

La respuesta de Liu Bang llegó rápido. No podía matar a su padre, porque éramos hermanos de juramento y entonces cometería parricidio. Liu no conocía límites para su insurrección. Por el honor, por la desgracia ante su caída y su valentía al atacarme. Honraría el juramento, pero tendría él que prometerme un armisticio.

¿Uno no puede matar simplemente a un hermano, no es así?

***

Xian Yu se encontraba en la boca de un Dragón. Atacado por los flancos por antiguos compañeros ante la rebelión de Qin, escaso de recursos por el manejo enemigo de las rutas. Había algo de falso en la idea de Xian Yu de ganar con este armisticio, en su mente le concedía el favor a Liu Bang en una situación adversa, en realidad y él lo sabía, sus tropas poseían una moral baja, por la falta de alimentos, estaban diezmadas en comparación con el inicio de la guerra.



Xian Yu, reconocido luchador y estratega, comprendía que el armisticio era un paso para un ataque próximo y reconocía ese mismo punto de soporte como el punto en el cual Liu Bang se pararía para tomar las riendas de una nueva acometida. Había algo que Xian Yu ignoraba y eso era la determinación de un Dragón ante la batalla, lo engañoso de la serpiente, escondiéndose por un segundo para atacar al otro. En su retirada, fue emboscado incontables veces, haciendo que sus tropas cayeran más al fondo de la moral, ya no hablaban de ganar ni de destruir o cortar la cabeza de Liu Bang y sus asquerosos aliados. Hablaban de lo próximo de la muerte, de las mariposas que se posaban ante cualquiera de ellos antes de morir.

Eso lo hizo tomar una resolución, acabar rápida y cruelmente con Liu Bang, quien había irrespetado el armisticio, al poco tiempo se dio cuenta de lo equivocado que estaba en cuanto a lo que consideraba el potencial de sus tropas, no sería un exterminio de su parte, sería una victoria pírrica, en la que acabaría prisionero de sus aliados.

La retirada era la opción a tomar y las emboscadas siguieron disminuyendo el número de sus tropas. Tuvo una visión clara del Cañón de Gaixia, oyó viejas canciones sobre los hermosos valles y la hermandad que tenían las personas en su país. Se imaginó a su esposa, que había decidido acompañarlo, teniendo a uno de sus hijos. Xian Yu tuvo la certeza de que debían evitar Gaixia, porque ese sería su final. Besó los labios Yu Ji, prometió con ese beso que llegarían a sus tierras sanos y salvos, con ansias de venganza.

Sin embargo, en medio de las emboscadas intermitentes, un día secuestraron a su esposa y no fue sino el Hado el que le dijo que ella se encontraba en Gaixia, secuestrada por las tropas aliadas de Liu Bang.

Su decisión fue simple e implacable, volver a su país sin Yu Ji era caer derrotado. Mandó a sus tropas principales a la capital mientras él con unos miles de soldados rescataban a su esposa, con la esperanza de poder salir a tiempo de la emboscada final.

***                                                                                                

Admito que mi sueño fue engañoso porque la vi por un instante feliz en medio de esta sucia guerra y eso me hacía feliz. No noté, sin embargo, el semblante triste de mis tropas y la tierra mojada por las lágrimas de Yu Ji. Ahora mis tropas estaban reducidas a centenas, menos de mil hombres. Las canciones de nuestras tierras habían provocado que varios de mis soldados escaparan, con el triste anhelo de volver a nuestras tierras de una u otra forma.

Admito que cuando  vi que Yu Ji llena de sangre pensé que había sido presa de una magia maldita y oscura que había consumido su mente.

“Amado mío, mi existencia es prueba de que perdiste, porque fui tu debilidad, fui el punto débil de tu armada, vivir sabiéndolo era vivir sabiendo que había provocado tu final y no podía vivir así.”

¿Por qué cuando la sangre de un ser querido, del ser al que más amas, se derrama en el suelo y mancilla sus cuellos o sus caras, en ese tono rojo tan abrasivo, te das cuenta de que todas tus victorias fueron una farsa? Sufrí mi derrota cuando me doblegué ante el armisticio que propuse, fue víctima de mi orgullo. El final de esta batalla será antecedido por mi muerte.



“Trataremos de escapar, somos menos esta vez, un número en exceso inferior, pero la suerte no puede correr por siempre del lado enemigo. Apostaremos por una retirada rápida.”

Y mis palabras tuvieron un grado de certeza, pudimos maniobrar con bajas mínimas a los miles de soldados enemigos. Separándonos y volviendo a juntarnos, hasta que nos perdimos en las tierras de nadie.

Fui engañado por provincianos que me llevaron al filo enemigo.

***

Xian Yu llegó a un sitio conocido, al río de Wu, donde gente a favor de su reinado le dio botes para escapar, pero su vida sería marcada por su inexorable orgullo. No podía dejar que lo vieran llegar derrotado y humillado. Pelear hasta que la última gota de sudor, hasta que la última gota de sangre cayera de cualquier lado fue su último deseo.

No murió bajo la espada enemiga aunque estos lo descuartizaron al encontrar su cadáver, por el botín. Cortó su cuello cuando sus brazos, que habían derribado a cientos de guerreros enemigos en una batalla agónica, quedaron exhaustos, diezmados de toda fuerza. Fue su último espectáculo, el último ardid de su habilidad con la espada, de su incomparable voluntad para la lucha. Porque sus ojos ofidios veían la debilidad de un  gran guerrero, porque sus modos precisos y sencillos eran la razón por la que inspiraba confianza entre gente más instruida que él. Porque ante la implacable certeza de la muerte, él se tiraba ante ella y ella a sabiendas de que trataba con el hijo bastardo de un Dragón, lo evitaba otorgándole el triunfo o lo dejaba escapar, solo riéndose de su suerte.

***

Xiang Yu me recordaba en cierta forma a la serpiente, pero no tenía su estilo. En la forma en la que manejaba su espada, había cierta rebeldía, como si todavía no hubiera superado su juventud. Él, que no soportaba la ofensa de un ignorante, caería ante las palabras de la gente, ante lo prematuro de su amada. En sus ojos se encontraba la impotencia de un líder sin respuestas.

Gané más que todo, porque trato a los que me son inferiores como mis iguales,  porque en la moral de la batalla, acabar con la bella simpleza de los poblados era acabar con mis inicios. Beber con un campesino, es como se bebe mejor; bromear con un prisionero es reírse en la cara de la guerra, aceptar la vida de uno como la del otro. Tal vez, simplemente era demasiado bello como para morir.

Primera Parte

Emperador rojo, parte 1

El 28 de febrero hace más de dos milenios, el emperador Gaozu de la dinastía Han en China se habría proclamado emperador. Esto es, como, ummm, ya saben, esas cositas que maullan y lanzan rayos láser... No, no me refiero a eso, digo... es una ficción, sí. Eso es. Una ficción sobre su vida o sobre el proceso  o los hechos más resaltantes de su vida hasta que llegó a ser emperador, mezclado un poco con los mitos y mentiras que me inventé por que soy malo. ):
Sin más preámbulos les dejo la primera parte de esta larga larga ficción. Chaitos.

 "Emperador Rojo"

Sus ojos tenían algo de ofidio, lo supe a pesar de que en rango me era inferior. Sus modales, inferiores, precisos y respetuosos. No eran ambas cosas particularmente sorprendentes. Su locuacidad no era nada impresionante. Su manejo con las armas, ineficaz. La manera en que trataba a los soldados de pie, incluso a la caballería, imponía cierto respeto; oí a mis sirvientes referirse a él como un dragón, sus bigote y barba, sus ojos agudos, les causaban esa impresión. Era carismático aunque barbárico, una cualidad que era extravagante entre la gente culta e intimidatoria entre los pueblerinos.


Estatua de Emperador de Gaozu de Han
Liu Bang, era, sin duda alguna, un ser engreído, pero capaz. Según las historias que traía consigo, era un ser astuto, mentiroso y  gran estratega.
Cuando mi tío murió, se supo de inmediato que yo sería el único capaz de tomar Guanzhong. El Rey Huai II proclamó que el primero que invadiera el corazón de las tierras de Qin,  sería proclamado el Rey de Guanzhong. Vi en sus palabras un optimismo desmesurado, una victoria asegurada, supe de inmediato que habíamos ganado. Liu Bang vio también la victoria; yo estaba destinado a ser emperador y él un simple campesino con ínfulas de poder.
***
Los tiempos eran difíciles. Se hablaba de rebeliones por parte de familias reales, de que la caída de la Dinastía Qin llegaría a su fin. El sol y la humedad dificultaban el traslado de los prisioneros. Tuve sueños en los que me vi muerto, ejecutado por pena capital. Una semana y un día después de los sueños, un pequeño grupo de prisioneros se escapó. Se oyeron rumores sobre mi inminente muerte; el rumor de un dragón rojo surcando los cielos por las noches, circuló también. Patrañas.
La tercera noche después del escape de los primeros prisioneros me paré ante la fogata y vi a cada uno de ellos.
“¿Tienen familias, no es así?”
“Sí.” Fue la respuesta unísona. Sabía que muchos mentían, sabía que muchos eran simples rufianes.
“Yo también, pero más que todo y como muchos de ustedes temo a la muerte, o mejor dicho no quiero morir. Con los rumores de una rebelión creciendo, siento que podríamos ser parte de esto, probar nuestra ya marchita suerte.” Me escucharon con sus oídos vivaces, con sus ojos desconfiados y sus voces burlonas.
Yo, un mentiroso reconocido, sabía que ninguno de ellos me había creído, pero sabía también que ninguno de ellos conocía la zona y que no tenían a dónde ir. Los desaté, ellos depositaron en mí una confianza vacía y yo deposité en ellos una apuesta al aire.
La mayoría escapó justo como predije. La mañana siguiente solo una docena me acompañaba. Uno de los que se había escapado volvió al medio día, estaba herido y sus palabras eran desarticuladas, deliraba y hablaba de una gigante serpiente blanca. Murió poco después.
 Horas más tardes, cuando el día menguaba y la oscuridad extendía las sombras, volviéndolas parte de su reino, vi una serpiente blanca.
“¡Un dragón!”, gritó uno que murió por su ponzoñoso aliento al siguiente día.
Vi en su lengua bífida, un poema hacia a la muerte, hacia el caos. Comprendía sus silentes oraciones, sus gritos de guerra; comprendía sus movimientos a través del baile de su extenso cuerpo y de su lengua belicosa. Sus ojos poseían la frialdad de un glacial, un dragón, sí… estaría dispuesto a llamarlo un dragón.
La hoja de mi espada cortó su cuerpo, fue un acto reflejo; un acto de fe. Otros vieron que un dragón rojo la había matado, otros me acusaron de brujería porque pensaron que yo era tal dragón. En los alrededores, la gentuza que había escapado se unió a la gloria de la muerte de la bestia.
Soñé con la grandeza de la victoria, con escamas rojas que caían de un cielo naranja.
Nos despertó el sollozo de una mujer vieja, decrépita; me despertó el desertar de mi consciencia. En sus ropas hechas harapos y con ojos blancos, consumidos por la ceguera, caminaba jorobada la anciana.
 “¡Mi hijo!, el primogénito del Emperador Blanco ha caído… ¡asesinado bajo el acero del hijo del Emperador Rojo!” Sus palabras, entre la niebla de la mañana, entre el agua del rocío, entre un canto y un poema, parecían venir por encima de nuestras cabezas; parecía engendrar una profecía que no lograba comprender. Más que nada, eran las palabras de una vieja señora que desapareció entre la niebla, eran palabras adoptadas por sus incontables años, sinsentidos de una moribunda.
Pasaron días y semanas en los que nos escondimos en una montaña cercana, mientras mantuve correspondencia con buenos amigos. La gentuza se impacientaba, la muerte del dragón me otorgó solo cierto grado de autoridad. Días más tarde, me llegó la noticia de que el magistrado tomaría parte en la rebelión, el viento empezaba a soplar a mi favor, pero el viento es un viejo caprichoso y su decisión no fue más que un engaño, el magistrado cambió de parecer como el viento, mandando a ejecutar a mis amigos, negándome entrada al Distrito de Pei.
En las frías noches de las montañas, tuve una visión, el hambre aporreaba a mi estómago, al que justifiqué, vi al magistrado ejecutando a mis viejos amigos, la sonrisa sucia de un traidor. Al amanecer, al primer cantar del gallo, salimos hacia Pei, donde, en medio del camino, encontré a mis amigos exhaustos…

Xiang Yu
“El magistrado ha decidido de la nada apoyar a la Dinastía Qin. Ese infeliz…”
“Tenemos un plan. La gente está insatisfecha, Liu, quieren a un líder… si disparamos flechas con mensajes que apoyen nuestra causa, se nos unirán.”
“Eso o nos perseguirán y acusarán de traición hacia la Dinastía. Hagámoslo.”
***
Entre la tensión de Pei, llegó la primera flecha que cayó con nuestros mensajes, una flecha que voló como un dragón rojo, en llamas. La gente del pueblo dudaba, la noche anterior, todos habían soñado con la llegada de Liu Bang transformado en un imponente Dragón, los mensajes de las cartas certificaban los sueños, Liu Bang, ahora Duque de Pei, lideraría la rebelión. El pueblo reclamó y tomó la cabeza del magistrado y le dieron una bienvenida al Dragón que entró con su pequeño grupo al municipio. La gente luego se dio cuenta de que Liu Bang era tan solo un hombre y que era su presencia la que les imponía la presión del Dragón. Para ese entonces, ya se había ido a apoyar a Xian Liang, tío de Xiang Yu, en el estado de Chu. No fue larga su estadía, pues pronto Xian Liang moriría en manos de los enemigos, un presagio a una campaña de mayores expectativas. 

Segunda Parte

sábado, 22 de febrero de 2014

Otra historia sobre Malcolm X

Hola, estamos de regreso, esta vez con uno de los líderes en la lucha por los derechos civiles en los años 60, Malcolm X. Si bien ya hace un tiempo Liàre hizo una ficción por la muerte de Medgar Evers (clic aquí), también activista negro por los derechos civiles, esta vez está el intento de algo diferente. No solo porque se trate de otro personaje, sino porque me he tomado mayores libertades, ya verán. En fin, para quienes no conozcan mucho a Malcolm X, un resumen breve: activista afroamericano por la defensa de los derechos civiles, estuvo en prisión por involucrarse con el narcotráfico, crimen organizado, entre otros; dentro, conoció a la organización político-religiosa llamada Nación del Islam (NOI), en la que creció como líder hasta su separación en 1964, debido al racismo que se profesaba en la NOI. Visitó la Meca. Murió el 21 de febrero de 1965, por un disparo, antes de un discurso, en Nueva York.

.+.+.+.+.+.+. 1963: Extremos.+.+.+.+.+.+.

Nadie reaccionó sino hasta la tercera muerte. Sin embargo, la prensa ya había comenzado su trabajo. La mayor parte de la población norteamericana creía, gracias a una mágica coincidencia en los titulares, que un asesino serial andaba suelto. Tres muertes y una atrevida constante: gente blanca. Pero no era solo eso, esta gente blanca era abiertamente racista. Se trataba de un común oficinista, un empresario y George Wallace, gobernador de Alabama, en ese orden. Éste último confirmaba para muchos la teoría de un asesino de racistas. Días antes, había expresado, sin decirlo, el que sería su epitafio en la historia, y que lo convertiría por poco tiempo en un héroe, y por mucho más en una figura antagónica. «Habrá segregación hoy, y segregación para siempre». Se ganaba el menosprecio de los líderes del Movimiento por los derechos civiles y de muchos energúmenos, entre ellos, sus verdugos.

George G. Wallace, durante el discurso en que pronunció su
famosa frase «Habrá segregación hoy y para siempre» (1963)

Su muerte lanzó a Evers, Luther King, Parks y al polémico Malcolm X, a un estatus de violentistas y conspiradores. Después de todo, la gente negra era vista como un grupo completamente homogéneo por algunos, a pesar de los esfuerzos del Presidente y algunos activistas. Sí, los negros eran los culpables, se vengaban irracionalmente y de la forma más despreciable. El hecho desestabilizó al Movimiento, generando una mayor segregación entre la población estadounidense, una mayor hostilidad, como si las palabras de Wallace hubiesen sido más bien una maldición o estuviesen llenas de una extraordinaria clarividencia.

El Presidente Kennedy se manifestó sobre la muerte del gobernador. Tenía en el rostro el cansancio de toda una vida, como si lo agobiara la sola idea de que los diarios tuvieran razón y se encontraran en el umbral de una masacre. «Encontraremos a los culpables», dijo «el odio no sanará al mundo».

Los culpables no aparecieron, pero sí tres cuerpos muertos de hombres negros, atados, en la ciudad de Chicago. Llevaban un cartel con las letras "KKK" (Ku Klux Klan).
Comenzaba la pesadilla de Kennedy y el Movimiento por los derechos civiles. Una muerte siguió a otra, y muchas muertes a atentados terroristas en plazas y pequeños edificios. Era una guerra civil de líderes invisibles, porque los visibles se hacían vulnerables y el miedo los obligaba a protegerse demás, pese a su llamado por la paz.

El mismo miedo hizo que la gente saliera a protestar por seguridad. El gobierno y el Movimiento estuvieron ahí. Todos los líderes negros estuvieron ahí cuando Evers cayó al suelo y la histeria se apoderó de los manifestantes, convenciéndolos de que la paz no llegaría. Fue así que llegaron los militares.

Los grupos radicales se culpaban unos a otros por lo que sucedía y buscaban justificar este ciclo de odio interminable en la naturaleza inferior del negro o del blanco. Y en el mundo, las cosas tampoco iban bien. Los negros ya no sabían bien por qué luchaban, y los blancos ya no estaban seguros de qué quejarse. No faltaban las manifestaciones pacíficas de apoyo al gobierno estadounidense. Quizá fue esto lo que levantó la moral de norteamérica, además de encontrar al supuesto culpable por la muerte de Evers, un hombre blanco llamado John Travis, que confesó sin dudarlo que se trataba de una guerra por la supremacía de una raza, y que tampoco ellos conocían a sus "enemigos", pero se referían a ellos como Black Series, por la sospecha de la prensa de asesinatos en serie.

Malcolm X, 1963

Malcolm X era el que mejor comprendía a los radicales entre los líderes del Movimiento, debido a su antigua pertenencia a la NOI (Nación del Islam), que proclamaba la superioridad de la raza negra. No hacía mucho que se había retirado de este grupo. Para él, no había una solución a la vista más que la captura completa de los responsables de uno de los dos bandos. Sabía que ninguno cedería a pesar de las marchas y la presión internacional. Y sabía también que la gente que había comenzado a pelear en las calles, y que era constantemente capturada e interrogada, lo hacía por un impulso desesperado más que por convicción. Necesitaban hacer algo para calmar su miedo, pelear era la forma de enfrentarlo, más aún si se sentía una inclinación casi radical. Pero sabía principalmente que, si Evers había caído, ellos no estaban fuera de la lista.

Ese día habló con Luther King sobre la situación del país y decidieron continuar fuertes con su llamado a la paz, porque si no lo hacían ellos, no lo haría nadie. Era una decisión simplista, que no solucionaba nada. Ni siquiera la captura de John Travis había sido útil, porque desde la muerte de los tres negros en Chicago era obvio quiénes estaban detrás. Para lo único que sirvieron sus declaraciones fue para darles un nombre a los radicales del otro lado: Black Series, cosa que aprovechó la prensa al máximo. Aún así, el gobierno confiaba en que podrían usar a Travis para llegar al KKK y terminar con todo. Lo cierto es que el hombre no cedió tan fácilmente. Y cuando lo hizo fue que Luther King conversó con Malcolm X. El lugar era un edificio seguro, según el primero, y, efectivamente, nada les pasó mientras estuvieron los dos ahí dentro. «Los negros no matan negros», había bromeado Luther King, al referirse al amigo que le prestó el lugar.

Martin Luther King y Malcolm X (1964)

Cuando su conversación terminó y Malcolm estuvo algo lejos del edificio, escuchó un estruendo. El piso en que había estado con su compañero había explotado. Corrió de regreso esperándose lo peor, pero lo peor no fue lo que encontró, sino algo más doloroso. El líder estaba ahí, aún con vida, pero la explosión le había dejado unas heridas incurables. «Los negros no matan negros», le dijo antes de morir, y le señaló el cuerpo irreconocible de su amigo.

No pasó mucho tiempo para el incidente de Kennedy, el limpio disparo que lo silenció un par de semanas después de haberles entregado las calles a los militares.

Para suerte de Malcolm X, se había equivocado en cuanto a Travis. Pronto encontraron a los responsables de la masacre de negros y decidió conversar con  Johnson, el nuevo Presidente, para la pacificación del país y para combatir tanto a Black Series como a los grupos extremistas.


Con la mitad de los responsables capturados, no hubo asesinatos por varias semanas. Respecto a los que continuaban libres, Malcolm X dijo que para que los pollos regresen a dormir, debes apagarles las luces, «crecí en una granja, los pollos se vuelven locos si no duermen». Fue asesinado meses después, por un negro extremista.

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Muy bien, amigos, esto fue la ficción de hoy, una historia alterna a la conocida, con una guerra civil y demás cosas. A veces se puede transgredir así la Historia, por curiosidad o por diversión. Ojalá les haya gustado. Gracias por leer. ¡Adiós!

sábado, 28 de septiembre de 2013

Protesta de Guinea 2009

So, here I am, amiguitos. Escribiendo en spanglish solo porque sí. Paremos. 
Pensemos en protestas, estados y futbol. ¿Qué tienen en común? Así es, las protestas tienen hijos con los estadios y así nace el futbol. Está bien, está bien, fue algo estúpido. Lo acepto. 
Lo que tienen en común es la protesta llevada a cabo en el Estadio 28 de Septiembre, tal día, en el 2009, en contra del presidente de respaldo que tenía por entonces ese país, un militar. 
Enjoy.
Disfruten. O no.

Auto-Gol 

Los Boinas rojas llegaron cuando nadie se lo esperaba. Hubo humo(bombas lacrimógenas), fuegos artificiales(ráfagas de sus fusiles) y diversión. ¿Diversión? Oh, claro que no. Los Boinas Rojas llegaron y ya nadie supo si se jugaba a cazar humanos. Si el Estadio 28 de Septiembre(que indicaba la fecha en la que se encontraban en el 2009) había decidido respaldar la caza de humanos como deporte, o más bien el Gobierno o la falta de él. La Guardia Presidencial hacía presencia y la fiesta en la que todos estaban reunidos estallaba. Eran repentinamente el alma de ella.
Habían traído todo lo que faltaba.
Algunas personas gritaron, otras se enfocaron en usar su energía en correr. No había de otra, la ignición de la pólvora provocó la exaltación del ánimo. Pésimo ánimo. 


Algunos, insensatos héroes, quisieron pelear por sus derechos. Otros, viejos insensatos, apelaron a su vejez, halaron sus barbas y los golpearon contra el piso. O les dispararon. Realmente no había diferencia cuando usaban todos sus recursos en acabar con los ciudadanos. La única diferencia apreciable era la distinción de sexo, porque esto garantiza, generalmente, satisfacción; y tal vez eso era todo lo que buscaban los Boinas Roja.
Una movimiento de batuta del presidente de respaldo, el Capitán Moussa Dadis Camara, había bastado para que iniciara el caos.
“Un héroe”, así se describía. Esa era la palabra que venía a la mente de Camara cada vez que veía sus cuadros en su oficina. “Soy un héroe”, le reafirmaba el cuadro. Mientras que todo el poder que tenía le sugería que sería estúpido dejarlo solo por seguir las leyes. “Derrotaste al dictador, tomaste al país. Lo llevas al camino correcto. ¿Quién más que tú, Camara, debería ser el nuevo presidente? Acaba del todo con lo que queda del régimen. Sé la imagen del país.”
Y Camara se creía esas palabras. Su mente le decía que la protesta era una minoría irritable que solo desestabilizaba el país. Un país que había perdido su balance desde hacía años.
Ese pequeño grupo no se metería en su camino, porque un grupo de hormigas no detienen el andar de un titán. Él tomaba el camino correcto usando al ejército para controlar al país. De todas formas, ¿quién más que él sabría cómo manejar un país en ese estado?

Moussa Dadis Camara
No había réplica. Estaba solo en su oficina, disfrutando de sus pensamientos. Nada podía ir mal. Protesta detenida, paso de página. Gente abusada, cuerpos a la basura.
Lo que se avistaba en el futuro era la Nueva Guinea. Dirigida por Camara, el brillante líder. El que había ordenado una masacre en el Estadio 28 de Septiembre. El que había abusado del poder del Ejército. El que incumplía su palabra al decir que se postularía para presidente. Pero nunca está demás el poder, ¿cierto?
Rebobinó la información: “Masacre en el Estadio 28 de Septiembre.” Eso significa problemas, evidentemente. Eso significa que está haciendo algo mal. Siendo precisos, significa que hay un grupo de “Elementos incontrolables del Ejército” habían hecho algo mal, y que, él, su dirigente, no podía hacer nada al respecto.
Excusa inmejorable. Un grupo de insurrectos comienzan una protesta y “elementos incontrolables” del Ejército responden con una masacre. Una gota de sudor por su sien. Algo iba indiscutiblemente mal.
La gente corría, tiraba las pancartas al piso. O eran confrontados por militares. Ellos no hacían distinción de nada. ¿Reportero francés? Equipo de grabación al piso, destruido, inutilizable. Golpeado con las culatas de sus fusiles, pateado. ¿Mujeres? Violadas.
Los Boinas Rojas ganan por goleada. El Capitán Moussa Dadis Camara anota un auto-gol. Su campaña presidencial parece sepultada. Los Boinas Rojas pierden la serie, expulsados por abuso de los derechos humanos. Guinea parece tener un futuro prometedor.