William Randolph Hearst

Hoy hace 51 años falleció William Randolph Hearst, uno de los hombres más poderosos de la primera mitad del siglo XX. Conocido generalmente por su sensacionalismo o "periodismo amarillo" (nombre que tomara en el conciente popular a partir de una viñeta llamada "El callejón de Alley"), su trabajo provocó una prensa distinta a la que había hasta entonces. Curiosidades: En alguna ocasión quiso ser alcalde, sin éxito. Ciudadano Kane, de Orson Welles, es una película basada en su vida. [Notas escritas por Zack Z.]

La última palabra
Doce de la noche. Nadie recorre las habitaciones de la gran mansión de Beverly Hills. Todo se halla en silencio, el ambiente ideal para dormir o pensar; sin embargo William Hearst no puede conciliar el sueño, solo se halla despierto, algo en su consciencia se lo impide. Se encuentra recostado en su cama, envuelto en cálidas sábanas de seda color blanco, su cabeza reposa sobre un almohadón de plumas. La temperatura era la ideal, la calidez se encontraba distribuida de la punta de los pies a la cabeza. Había cenado como un rey. Como en otras tantas ocasiones vino para beber. Las comodidades se encontraban a su entera disposición, solo hacía falta que hiciera sonar la pequeña campanilla y uno de sus empleados acudiría presuroso a satisfacer sus demandas. Es consciente de ello; pero su verdadero problema radicaba en saber qué es lo que deseaba. Necesitaba encontrar descanso ya llevaba varios días sin poder dormir. La llegada del amanecer traía consigo fracaso. “La música me aliviara”, pensó. Una dulce melodía de piano. Sensibilidad en cada nota, empezó a sonar. Cerró los ojos sin conseguir lo deseado, su corazón se encontraba demasiado acelerado. Antes todo parecía ser más sencillo. Dormía temprano y se levantaba temprano. Aprovechar el tiempo al máximo, esa era su filosofía de vida. Nació en una cuna privilegiada, todo lo que quiso lo obtuvo, su padre George Hearst se ocupó de que así fuera. Un niño consentido y mimado, acostumbrado a romper un par de reglas sin el mayor remordimiento, soportado por todos los empleados, amaestrados para emitir una sonrisa y desear un buen día cuando el señorito pasaba con sus trajes elegantes, hechos a medida, vestido como todo un caballerito, viva imagen de su padre en miniatura.
Ya de joven, pese a ser expulsado de Harvard no se preocupó, sabía que tenía el futuro asegurado, lo único que no se le permitía ser era un vividor, dedicarse a las fiestas y al alcohol. Era astuto sabía los límites que no debía traspasar. Cuando tu porvenir depende de una firma en un papel, lo mejor es ser amable con la mano que ha de firmar. En su hogar y en sus círculos sociales todo lo que decía era aceptado como cierto, nadie se atrevía a contrariarlo, le gustaba influir en las personas, tener la razón, fue así que supo que era en lo que deseaba desempeñarse. Solo necesitó hacérselo saber a su padre. Un par de conversaciones, un estrechar de manos y un gracias fue todo lo que necesitó. Un Hearst no podía ser dejado a su suerte, el apellido no admitía fracasos, los éxitos obtenidos por los antecesores se distribuían como parte de la herencia. Sabía lo que quería y no necesitaba empezar de cero, hacerse paso con su trabajo; los ojos del joven Hearst se posaron en el San Francisco Examiner y al poco tiempo este se halló bajo su dirección. De gran intuición y olfato, fue adquiriendo cada vez más y más diarios como si de un coleccionista de mariposas se tratara; uno a uno, todos caían en su red. El siguiente paso era adecuarlos a un pensamiento: “Si no pasa nada, tendremos que hacer algo para remediarlo: inventar la realidad". Con un fajo de dinero los que antes podían ser considerados su competencia pasaban a ser sus más fieles seguidores. Los mercenarios mediáticos se dedicaban a ampliar sus opiniones. La ficción entró a formar parte del día a día. Pulitzer su más fiero contrincante no pudo vencerlo en el que ahora era su terreno por excelencia: la prensa amarilla. El azuzar una guerra fue un juego de niños. En la Guerra de Estados Unidos contra Cuba, Hearst fue el dueño de la opinión. España fue señalada como un nuevo enemigo en sus diarios. Su país obtuvo el ansiado Canal de Panamá y él, gran cantidad de ventas. Deseoso de no solo propiciar el movimiento de los sucesos sino ser el causante directo de ellos decidió dar sus primeros pasos en la política. Como todo caballero que se respetara, Hearst necesitaba de una esposa, Millicent Wilson fue la escogida. El verdadero interés por ella se hizo evidente cuando empezó a salir con Marion Davies sin romper su compromiso. Su mujer soportaría la afrenta lo más que pudo hasta al final abandonar a su marido. El nuevo objeto de los afectos de Hearst era actriz y si lo era necesitaba ser la mejor así ella lo quisiera o no. Debía satisfacer las expectativas de su amante. Las películas necesitaban financiación y él tenía lo que se requería. Marion consiguió un protagónico; su imagen se vio perjudicada, fracasó en la política. La Gran Depresión fue un duro golpe a su imperio. Se vio reducido a ser un empleado más, sin poder soportarlo se recluyó en su mansión. Una vez allí continúo con su fama de comprador compulsivo. Una gran cantidad de obras de arte, estatuas y cuadros fueron compradas para ser cubiertas por bolsas o mantos. Su dueño nunca les dedicó un minuto de su tiempo. Estaban allí por el placer del dueño de saber que estaba allí. Podía conseguir mujeres, un auto nuevo, organizar grandes fiestas. Todo con dinero. Pero para el hombre que lo tuvo todo ya nada era suficiente. Aquel 14 de agosto su corazón falló, su última palabra, la que resumiría su vida, su única verdad, la que nadie escuchó fue Lie.

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