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viernes, 13 de febrero de 2015

El amor de María Antonieta

Hola, seguimos con la semana de #SanValentín, esta vez con una ficción sobre María Antonieta, reina de Francia y de Navarra, y la Duquesa de Polignac, con quien mantuvo una relación muy cercana ;)


El amor de María Antonieta


Amo el amor de faz sangrienta con dos inmensas puertas al vacío
El amor como apareció en doscientas cincuenta entregas durante cinco
Años
El amor de economía quebrada
Como el país más expansionista
Sobre millares de seres desnudos tratados como bestias
César Moro

Ahora todo había cambiado, mis cabellos se habían vuelto transparentes y solo me quedaba esa gloria melancólica, la que queda tras haber probado la felicidad.  La de los héroes de las historias de Homero, la majestuosidad de la fatalidad de Aquiles residía sobre mi espalda. Las lágrimas de Werther, pues, esas ya se me habían acabado; en quien pensaba más era en Rousseau, claro, en él y en tus labios, esos…
 Desde mi calabozo puedo escuchar el barullo, los gritos que piden mi cabeza. Las voces gruesas que me llaman con nombres vulgares, que  me inventan más delitos de los que podría recordar. Pensaba que la maldad solo existía en las novelas o en la ópera, recuerdo que Fersen me dijo alguna vez que yo no había nacido para conocer la miseria; por ello, no debía husmear en los temas sociales del reino. Decían que era muy delicada, que mi inocencia no podía soportar todo ello, pero, ahora, la única que está en la mazmorra diciéndome palabras bellas son tus recuerdos y las ratas. No sabría decir a cuál de las dos le tengo más afecto. Ya casi no reconozco mis manos, las venas sobresalen a mi piel pálida y cuarteada. Creo que el final se acerca y no puedo más que intentar no romper en llanto.
Cuando llegué por primera vez a Francia tenía 15 años y pensaba que el amor podía crecer solo con la foto de un príncipe desconocido. En mi noche de bodas, tras el desánimo y la insatisfacción de algo que desconocía sospeché  que el amor no tenía que ver con lo físico, con las caricias; me dije, algo debe de andar mal contigo. Más tarde llegaron las fiestas de disfraces, llegaron las salidas nocturnas, mis primeros hijos, llegó Fersen y llegaron nuestras manos. Como diciéndome que todos mis razonamientos habían estado errados, me tomaste el rostro y entendí que tus labios eran los míos, por eso ya no dolía, por eso no anhelaba otras pieles. Tus manos conocían los senderos de los placeres más oscuros; cuando mis cabellos eran dorados, cuando Francia todavía era esplendorosa y nuestros orgasmos llenaban las madrugadas con gritos explosivos que hubieran podido despertar una guerra, pero nunca sospechamos que habíamos atraído una revolución.
La reina de Francia, la puta de los cortesanos. Dicen que hacían orgías en su casa en Trianón, que le decía a Luis XVI que necesitaba del campo para relajarse pero en realidad era la guarida de todos sus amantes. Son casi las 9, en unas horas tendremos que separarnos. La angustia no deja de apretarme el pecho y  Madame de Polignac me ponía nerviosa con su actitud apacible. Nos quería enviar pasteles para quitarnos el hambre, por qué no se le ocurrió ofrecernos sus joyas, perra infeliz. Pensaba que la vida se reducía a tomar champaña y follar como coneja. Entonces le rogué a la servidumbre que me quedaba que se fueran del cuarto. No dejaba de temblar, mi cabeza recordaba el rostro de mis hijos y las caras de esas personas, sus gritos. Me tomó de los hombros y mientras me besaba sus manos retiraban poco a poco lo que quedaba de mi bata gris. Cuando llegó a Francia todos sabíamos que solo vendrían desgracias. Despilfarrando el dinero del reino en póker y en calzones con bobos. Ay, la reina perdida, la pordiosera de amores que regalaba su sexo por algunas risas, por salir del aburrimiento, como pidiendo un circo que la arrastrara de su vida… ¿de sus joyas? Nuestras manos estaban arrugadas por el tiempo que habían estado bajo el agua. Querida, me dijiste, nos veremos en las afueras de Francia en algunos días, cuando todo haya pasado. Con la voz entrecortada le dije aquellas palabras mientras le soplaba burbujas en jabón en los cabellos. Sigue de frente, camina hasta el escalón más alto… Sus cabellos sobre mi espalda, sus dedos girando y aquellos rulos mojados rozando mi frente. Sabía que sería nuestro último baño, querida, lo sabía desde el comienzo. Estira el cuello, puedes decir algunas palabras, encomiéndate al señor. No, querida, no nos veremos más.


miércoles, 15 de octubre de 2014

El caso Dreyfus desde una perspectiva alternativa


Hola, soy uno de los nuevos miembros de Errror de Imprenta y les presento mi primera ficción. Dreyfus no fue un héroe ni hizo nada importante, básicamente estuvo al otro lado del océano mientras el mundo sufría un par de revoluciones globales. Elegí esta fecha porque es un momento clave en la historia de la humanidad, de este pequeño error judicial se desencadenan series de acontecimientos cuya gravedad todavía nos afecta. 



Sefirot 9


Todavía extrañado por lo distinto que lucía el mundo a su regreso por palabras nuevas como “intelectuales” para definir a un grupo de hombres del arte y de las ciencias con influencia en las masas o instituciones creadas a partir de su periodo de cautiverio (la Liga Francesa para la defensa de los Derechos del Hombre y el Ciudadano o la Organización Sionista Mundial) encontró un libro especial en la Bibliothèque Impèriale. Allí reconoció a la mujer de sus sueños en un grabado con el título de “M'lle Lenormand”. Recordó también sus palabras y supo que el Estado de Israel se formaría, en parte, gracias a él y a Herzl, un compañero del mismo sistema del que era representante y que tendría que volver antes para presentar su informe: La misión, sin duda, había sido un éxito.


Era llevado bajo arresto el 15 de octubre de 1894. El Capitán Alfred Dreyfus fue detenido después de haber rechazado la oferta de suicidio que du Paty le propuso inmediatamente después de que rechazara también escribir una confesión. Ni el revólver ni la pluma.
 Dos días antes había sido informado de que debería acercarse, el general lo había convocado y esa misma noche tuvo un sueño increíble. Acostado, sentía que despojado de su cuerpo se elevaba mientras una voz de mujer, una voz conocida susurraba. “Tu corazón sufrirá un castigo. Un castigo que no me atrevo a pronunciar, pero del que sabrás salir purificado si es que lo superas. Sé que estás preparado. Supiste mantenerte firme durante momentos graves y es tiempo de que sepas hacerlo y mantener tu ecuanimidad durante largas y duras temporadas. No será sencillo. No estarás solo”. Pudo ver su cuerpo dormido para luego, atraído por una fuerza enorme, dejarlo atrás e ir hacia un puerto, después el océano interminable. Finalmente una isla, dos, tres islas y un nombre. “Diablo, diablo.”
No tardó en descubrir que la isla que había visitado en sueños era “La isla del Diablo”, ubicada más cerca de la Amazonía que de su ciudad natal. No sabía si había un complot en su contra o si un simple error judicial y la testarudez justificada en la Razón de Estado en un período difícil para su patria sería lo responsable de su confinamiento en una prisión infernal al otro lado del mundo, pero no había nada que temer: la voz del sueño no solo había sido clara y directa, también había sido reconfortante y segura. Sobreviviría para probar su inocencia.
Por eso no confesó ni aceptó el suicidio, viviría para restituir el honor de su nombre, de su trayectoria, de sus años sirviendo al Estado y afrontó juicio tras juicio, sabiendo que lo declararían culpable incluso sin pruebas, sereno y seguro. Fue arrojado a una isla en la que junto a sus guardias eran los únicos habitantes.
Una noche, atado a la cama por las muñecas y tobillos, a punto de rendirse casi a mitad de la condena que llevaría a cabo y luego de profundas crisis y depresiones volvió a escuchar la voz que creyó haber imaginado dos años antes.
—No desesperes, todavía no es tiempo de volver con tu familia, tu labor en este lugar es tan importante como la mía, medio siglo antes de que nacieras orquesté una revolución que en esta Tierra no se olvidará.
—Tengo miedo.
—Mi hijo, mi hermano, debes resistir. Tu nombre no será olvidado, ni tu entereza. Están trabajando arduamente para probar tu inocencia, te devolverán la libertad que te han quitado y aunque tal vez no restituyan lo que de ti degradaron tu caso será estudiado siglos después. Lo que contigo ocurre ahora será la causa de movimientos, ideologías, desastres y guerras. Muchas vidas serán determinadas e influidas por lo que aquí pasa contigo.
—Muchos pensamientos vienen a mí, veo cosas que no sé si son reales, mis guardias no comen ni beben y pueden pasar semanas sin dormir, se comunican en una lengua extraña, se alimentan de algo desconocido, de maneras que no entiendo, me siento perdido. Nunca volveré a casa, ya no puedo estar tranquilo, lloro y grito sin que eso me alivie. Mordí las cuerdas hasta saborear mi sangre. Quiero morir. Mi piel y mis huesos parecen unidos, materia seca y sucia, todo yo soy despreciable. Nada hay de valioso aquí. No recuerdo que se siente estar fuera de este espacio oscuro y mojado. Una vez soñé que elegía abandonar un planeta lejano para venir aquí, estabas conmigo.
—He visto lo que tú y me ofrecí como tu guía, ahora mismo se orquestan muchas acciones a favor y en contra de aquello que debe suceder para que el mundo sea el que tiene que ser. El que vinimos a transformar. Mantente alerta de cuanto ocurre en ti, es la única manera de dejar este lugar.

No solo escuchaba, ahora también podía sentir una presencia refrescante en su insoportable infierno de fiebre y humedad. Una mujer delgada al lado de su cama examinaba unos naipes con dibujos que aunque nunca había visto y muchos días después de liberado trató de reproducir en su mente no recordaba con claridad, pero sentía que se relacionaban de algún modo con su conocida Cábala.

lunes, 21 de enero de 2013

Ejecución de Luis XVI

¡Hola! ¿A que no adivinan quien soy? Pues sí, ¡soy yo! Liare... ¿Y saben qué signfiica eso verdad? DIVERSIÓN. 
Ok, no. Veamos, esto es una pequeña ficción que tal veeez se apega demasiado a la realidad. Pero, hey, no siempre tu esclavizada mente trabaja como quieres, así que ahí tienen esta pequeña pieza que trata sobre la ejecución de Luis XVI (1973), Rey de Francia.

Rey decapitado

El escenario estaba preparado, minuciosamente, casi como si se siguiera un guión. La gente, toda la gente estaba en las calles, comentando el gran evento que se venía. Algunos lo hacían con un gesto de asco; a otros, el odio era el sentimiento que les encendía por dentro, y tal vez estos eran los que llevaban pistolas. Tal vez el simple impulso de verlos prendería la pólvora en ellos e irían a por él. Eso les gustaba pensar, además del grupo con armas de fuego, estaban también los que llevaban picas, y tal vez estos eran los que esperaban un verdadero espectáculo. Un fin sucio y sangriento para alguien que no merecía el respeto de la población.

A pesar de mostrarse fieros, de tener sus almas encendidas con un fuego profundo y oscuro, de estar expectantes para lo mucho que cambiaría este evento la República Francesa, lo que más sentían era miedo. Porque tal vez en sus corazones dubitativos, la idea de decapitar a un Rey era demasiado fantástica, era algo que iba más allá de lo que un plebeyo podía concebir. ¿Era este el paso más grande que darían en la revolución?


Muerte de Luis XIV. Rey de FRANCIA que fue decapitado
el 21 de Enero de 1793

No lo sabían. Sus piernas temblaban, sus espaldas sentían a un fantasma cernirse sobre todos ellos. Era la muerte, que se hacía inmensa, decían algunos, para la muerte de un Rey; que aclimataba todo, congelaba la brisa que pasaba y mojaba la tierra.

Por otro lado, Luis XVI mantenía su solemnidad, no dejaba a su orgullo torcerse. Más parecía preparado para ejecutar a alguien. Se sentía una seguridad insana en su presencia. Se refugiaba en Dios, en su clamada inocencia. Se aferraba a ella como un niño que se aferra a su madre ante las miradas culpables y eso le daba un calor que muchos de ellos no comprendía. Los gendarmes lo veían con una sorpresa que no era lo que se llamaría común. Nadie habría sido tan valiente horas antes de su muerte. Se mostraba sumamente tranquilo, ansioso por el breviario del sacerdote, por rezar sus palmos. Todo esto lo había hecho como quien se prepara para algo común, el tiempo lo llevaba suavemente ante la garganta de la muerte, hacia la oscuridad, hacia el vacío eterno... el infierno, por sus crímenes cometidos. Pero Luis mostraba claramente en sus facciones que se hallaba exento de culpa.



La serenidad que su Majestad mantenía fue algo que no se rompió siquiera cuando llegaron. Luego de pasar por las calles repletas de ciudadanos, todos murmurando y expectantes con el estruendo de los tambores que pretendían acallar cualquier murmullo que se lanzara en favor del Rey. Una vez hubieron llegado, Luis XVI preguntó al sacerdote:

— Hemos arribado. Si no me equivoco.— Su voz se entonaba con una dulzura y dignidad que superaban la ansiedad de los gendarmes. El sacerdote no contestó, siendo fiel al voto de que no se le debía hablar mientras no hubieran testigos. El silencio era respuesta suficiente.

La policía francesa intentó ir a por el Rey en sus ansias, pero éste no respondía al apresuramiento. Los detuvo, y bajó a su paso. También intentaron disponer de sus ropas, pero su contestación fue la misma. Él mismo dispuso de ellas y esperó a que siguieran las órdenes.

— ¿Qué intentan?— preguntó indignado, sin embargo, cuando los gendarmes procedían a amarrarlo.
— Amarrarte— fue su contesta lacónica.
— ¡Amarrarme!— Dijo sarcástico, pero con el tono tan propio de la Majestad.— ¡No!, nunca podría consentir eso: hagan lo que les ha sido ordenado. Pero nunca osen amarrarme.

Acaecido lo anterior, los gendarmes de alguna manera aceptaron la voluntad del Rey, y le ordenaron que se apoyara en el sacerdote. Seguido de esto subieron a la pasarela, era una subida difícil, se temió que la voluntad del Rey se resquebrajara en el último momento. Su orgullo no lo permitiría, y de hecho, le daría la fuerza como para terminar de subir solo, sin apoyarse del sacerdote.

Llegado ese momento era imposible que se dejara al Rey sin ataduras. El momento de su ejecución se aproximaba tan fiero como el velo de oscuridad que cernía a Francia. Se le intentó amarrar de nuevo. “¡Nunca, nunca!”, gritó este, con indignación.

— Con un pañuelo entonces, Señor— dijo uno de los preparadores con una voz tan respetuosa como le fue posible. Solo entonces el Rey se mostró comprensivo.
— ¡Que sea así, entonces, por Dios!

Poco después, proclamó en voz tan alta que todo parecía estar en completo silencio:

— Muero inocente de todos los crímenes puestos sobre mi persona; perdono a aquellos que ocasionaron mi muerte; y rezo a Dios para que la sangre que están derramando nunca más caiga en Francia.

Se ordenó a los tambores que sonaran. Luis XVI fue puesto en la guillotina y todo terminó con un corte limpio. Su cabeza cayó y uno de los jóvenes guardias asió su cabeza en el aire. Mientras la multitud gritaba “¡Viva la república!”.

Y la muerte se llevaba comprensiva y conocedora de que Luis XVI había nacido en el momento equivocado a su lado, mientras, ubicua, se llevaba las miles de vidas que se perdían.

domingo, 13 de noviembre de 2011

La Paz de Compiègne

Pido disculpas a nombre de todo el grupo. Las publicaciones del 9 y 11 de noviembre están siendo hechas, cada una, dos días después de la fecha. Pero no hay que alarmarse. Esto se debe a una re-estructuración del trabajo en el blog, razón por la cual ya no verán artículos conmemorativos mensuales, sino textos más específicos. Una forma de acercarnos más a la vida, de sentirnos uno con la historia, de ver pasar el pasado en código binario muy rápido por nuestros ojos sin que exista ningún tipo de descanso, y en color verde brillante, con fondo negro, emulando a la Matrix. Solo que no será por Matrix, sino porque nuestras PC se sincerarán con nosotros, se mostrarán como son realmente, y ¡ay! del que las entienda... podrá elegir entre las pastillas roja y azul. Pero eso es algo que no nos compete ahora.
El texto de hoy está referido al fin de la Primera Guerra Mundial, pero no al Tratado de Versalles, sino al Armisticio de Compiègne (1918), que tiene una historia muy particular. En fin, si quieren enterarse un poco, léanlo [ =) ]


.+.+.+.+.+.+. La paz de Compiègne.+.+.+.+.+.+. 
(11/11/ 11:00 a.m.)

Bosque de Compiègne[1]. Matthias Erzberger tenía en sus manos la misma convicción desde hace un año. La guerra ya no tenía sentido, tal vez nunca lo tuvo, pero necesitó un estancamiento  militar para darse cuenta y salir a dar un discurso pacificador en el Reichstag el pasado 06 de julio. Necesitó enterarse de que sus compatriotas luchaban a fuerza de perder, con un orgullo insolente, considerado instintivo en los militares; si las cosas continuaban de esa manera, Alemania caería por completo; ¡el gran imperio alemán colapsaría! Pero ahora no importaba el imperio, es más, era así como tenía que suceder para que al fin pudiera instaurarse una verdadera República. Así lo pensaba, especialmente después de que su Resolución por la paz fuera ignorada.
     ¿Paralizada? Señor Canciller, con todo respeto, la resolución fue aprobada por votación, incluso Erich Ludendorff…
     La resolución es inaplicable, muy ambigua, señor Erzberger. Se aplicará, como ya lo he dicho, según mi interpretación. De otra manera, tendremos que paralizarla.
     Pero señor Canciller…
     Ya he hablado. Lo siento por Ludendorff, y también por usted.
Pero ahora estaba ahí, dispuesto a negociar, y gracias al príncipe Maximilian von Baden, el nuevo Canciller, y un hombre de mayor confianza, dado su espíritu liberal; y Woodrow Wilson, Presidente de EE.UU., artífice de los 14 puntos que asegurarían la paz. Lo acompañaban el Conde Alfred von Obersdorff, representando al Ministerio de Relaciones Exteriores, el Capitán Ernst Vanselow, de la Marina de Guerra, y el Mayor General Detlev von Winterfeldt. Ninguno de ellos dispuesto a perder demasiado. Tal vez por eso el viaje en tren hacia Compiègne no resultaba tan emocionante, porque sabían que, de cualquier forma, terminarían perdiendo, y que era lo mejor negociar la paz.
“El Mariscal Foch los recibirá a las nueve”, les informó un soldado. El Mariscal Ferdinand Foch, Comandante en jefe, representante de Francia y de los Aliados durante lo que dure la toma de decisiones, un hombre del que había oído hablar mucho pero que nunca había visto, un hombre visto como enemigo por Alemania, y sin embargo, una conversación con él podría hacer más que una Resolución de paz hace un año.

Llegada la hora, Erzberger y sus acompañantes se dirigieron al vagón de Foch, donde fueron recibidos por el mismo soldado. “Los están esperando”, dijo. Y ahí estaban, el Mariscal y otros tres militares de alto rango, sentados a un escritorio con un mapa, periódicos de hace unos días y documentos. Al verlos entrar, Foch se puso de pie. Parecía más viejo de lo que era, pero los rasgos de su rostro denotaban una profunda disciplina. Los alemanes se presentaron, seguidos por su contraparte. Luego se hizo un pequeño silencio. Erzberger parecía querer hablar, pero sentía a cada instante que Foch diría algo. Al fin se decidió; sin embargo, el Mariscal se le adelantó.
     ¿A qué han venido? —cuestionó. La pregunta consternó a toda la misión, que esperaban que Foch tuviera clara la razón de su visita.
     A escuchar las propuestas de Francia para la realización de un armisticio.
     No tenemos propuestas —fue tajante. Su tono de voz parecía querer negarlo todo en ese momento. Era claro que estaba preparado para la ocasión.
La información fue solicitada una vez más. La negativa persistía.
Finalmente, Erzberger mencionó a Woodrow Wilson. La última de sus notas diplomáticas con Alemania. De acuerdo a ella, Ferdinand Foch estaba a cargo de exponer las condiciones. No obstante, Foch se rehusó a decir nada si el armisticio no era confirmado. Estaba obligándolos a tomar una decisión, a convertir sus condiciones en ley, pues sería imposible siquiera pensar en echarse para atrás. Erzberger lo sabía, pero Alemania necesitaba la paz. Desconfiaba de Foch, pero no había otra salida.
“Alemania pide un armisticio”, dijo entonces, y el hombre a la izquierda del Mariscal comenzó a recitar las condiciones. Erzberger se sintió excesivamente responsable.
     Debo enviar un informe al gobierno —dijo. Foch lo miró rudamente, como si no hubiera sido entendido —, ¿cesará el fuego hasta entonces?
     No habrá cese de fuego, señor Erzberger. Necesitamos una respuesta para el lunes a las 11 horas.
Tres días. Ese era el plazo. De inmediato se envió a uno de los acompañantes de la misión a la ciudad de Spa, donde se encontraba la base de operaciones. Solo quedaba esperar.
Entretanto, esa tarde el Mayor General Winterfeltd mantuvo una conversación con el General Weygand, el que leyó las condiciones del armisticio, intentando sembrar la duda en los aliados sobre paralizar al ejército alemán. “El bolchevismo[2] podría hacerse con el país”, dijo algo preocupado, pero no por el supuesto, sino por si su táctica daría resultado. Lamentablemente para él no fue así. 
Erzberger solo lo observaba. Sus días en el bosque se hicieron largos. Se pasaba el tiempo dentro del vagón, esperando respuesta, escribiendo cartas que nunca enviaría, recordando su discurso en el Reichstag.

“Nos esforzaremos por lograr una paz de entendimiento y una reconciliación duradera entre los pueblos. Anexiones forzadas y violación política, económica o financiera son incompatibles con esta paz… El agradecimiento eterno de toda la nación les está garantizado”


El agradecimiento de toda la nación… ni siquiera eso había convencido al Canciller Michaelis. ¡Qué hombre falto de sensibilidad!, por suerte ahora estaba el príncipe Maximilian. Pensar en otra cosa era fatal. La paz, la guerra contraproducente, la pronta llegada de un mensaje. No había otra cosa que le llamara la atención. La naturaleza alrededor era como la naturaleza en cualquier parte, no podía pensar en ella si no ardiendo en fuego por un bombardeo. Entonces prefería evitarlo.
La noche del 10 de noviembre terminaría su espera. Escuchó ansioso el sonido del telégrafo mientras el encargado comenzaba a decodificar los mensajes. Recibieron tres. Los dos primeros aceptaban las condiciones de Foch y autorizaban a Erzberger para firmar. Era Friedrich Ebert, un socialista, como Canciller. Maximilian había dimitido a su cargo. El tercero provenía de Paul von Hindenburg, jefe del Estado Mayor. Resaltaba la importancia del armisticio y del fin de la Guerra. Esa noche durmió más tranquilo.
Ya era 11 de noviembre, el día pactado, y Erzberger tenía una respuesta. Así, la misión completa se acercó al vagón del Mariscal Foch. Éste los esperaba con los papeles en la mesa.
—¿A qué ha venido? —preguntó.
—A firmar el armisticio. El Gobierno ha accedido a sus condiciones —Foch sonrió ligeramente. Era la primera vez que lo veía sonreír.
Ambos procedieron a dibujar sus firmas. A Erzberger, a pesar de todo, aún lo molestaban muchas de las condiciones.
—No hay otro camino. Son nuestras condiciones, señor Erzberger. Limítese a firmar —y así lo hizo, y no por seguir su palabra, sino porque ya no habría otra ocasión como esa.
—Una nación de setenta millones puede sufrir, pero no morir —musitó lo suficientemente alto como para ser escuchado por Foch. El Mariscal no dijo nada.
Acto seguido, despidió a la misión alemana de su vagón. Todos salieron sin ningún cuidado, excepto Erzberger, que se detuvo a la puerta para, en señal de cortesía, estrechar la mano de Ferdinand Foch. Éste vio la mano del alemán y lo miró a la cara. “Très bien” fue lo único que le dijo, a modo de despedida. Ninguna expresión más que “Très bien”. Erzberger dio la vuelta y se dirigió a su vagón. El armisticio entraría en vigor a las 11 horas. Era momento de volver a casa.

The New York Times:  ARMISTICIO FIRMADO, ¡FIN DE LA GUERRA!
BERLÍN TOMADA POR REVOLUCIONARIOS;
NUEVO CANCILLER RUEGA ORDEN;
DERROTADO KAISER HUYE A HOLANDA
Nottingham Evening Post: ÚLTIMO DISPARO A LAS 11 a.m. DE HOY
ALEMANIA FIRMÓ EL ARMISTICIO SEIS HORAS
ANTES DE QUE SE VENCIERA EL LÍMITE


[1] Bosque público de la región de Picardía, cercano a la ciudad de Compiègne. Al norte de Francia.
[2] Movimiento socialista originado en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, y dirigido por Lenin. Durante la guerra, quisieron convertirla en una revolución.

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Eso ha sido todo por ahora. Gracias por leer. ¡Adiós!