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miércoles, 15 de octubre de 2014

El caso Dreyfus desde una perspectiva alternativa


Hola, soy uno de los nuevos miembros de Errror de Imprenta y les presento mi primera ficción. Dreyfus no fue un héroe ni hizo nada importante, básicamente estuvo al otro lado del océano mientras el mundo sufría un par de revoluciones globales. Elegí esta fecha porque es un momento clave en la historia de la humanidad, de este pequeño error judicial se desencadenan series de acontecimientos cuya gravedad todavía nos afecta. 



Sefirot 9


Todavía extrañado por lo distinto que lucía el mundo a su regreso por palabras nuevas como “intelectuales” para definir a un grupo de hombres del arte y de las ciencias con influencia en las masas o instituciones creadas a partir de su periodo de cautiverio (la Liga Francesa para la defensa de los Derechos del Hombre y el Ciudadano o la Organización Sionista Mundial) encontró un libro especial en la Bibliothèque Impèriale. Allí reconoció a la mujer de sus sueños en un grabado con el título de “M'lle Lenormand”. Recordó también sus palabras y supo que el Estado de Israel se formaría, en parte, gracias a él y a Herzl, un compañero del mismo sistema del que era representante y que tendría que volver antes para presentar su informe: La misión, sin duda, había sido un éxito.


Era llevado bajo arresto el 15 de octubre de 1894. El Capitán Alfred Dreyfus fue detenido después de haber rechazado la oferta de suicidio que du Paty le propuso inmediatamente después de que rechazara también escribir una confesión. Ni el revólver ni la pluma.
 Dos días antes había sido informado de que debería acercarse, el general lo había convocado y esa misma noche tuvo un sueño increíble. Acostado, sentía que despojado de su cuerpo se elevaba mientras una voz de mujer, una voz conocida susurraba. “Tu corazón sufrirá un castigo. Un castigo que no me atrevo a pronunciar, pero del que sabrás salir purificado si es que lo superas. Sé que estás preparado. Supiste mantenerte firme durante momentos graves y es tiempo de que sepas hacerlo y mantener tu ecuanimidad durante largas y duras temporadas. No será sencillo. No estarás solo”. Pudo ver su cuerpo dormido para luego, atraído por una fuerza enorme, dejarlo atrás e ir hacia un puerto, después el océano interminable. Finalmente una isla, dos, tres islas y un nombre. “Diablo, diablo.”
No tardó en descubrir que la isla que había visitado en sueños era “La isla del Diablo”, ubicada más cerca de la Amazonía que de su ciudad natal. No sabía si había un complot en su contra o si un simple error judicial y la testarudez justificada en la Razón de Estado en un período difícil para su patria sería lo responsable de su confinamiento en una prisión infernal al otro lado del mundo, pero no había nada que temer: la voz del sueño no solo había sido clara y directa, también había sido reconfortante y segura. Sobreviviría para probar su inocencia.
Por eso no confesó ni aceptó el suicidio, viviría para restituir el honor de su nombre, de su trayectoria, de sus años sirviendo al Estado y afrontó juicio tras juicio, sabiendo que lo declararían culpable incluso sin pruebas, sereno y seguro. Fue arrojado a una isla en la que junto a sus guardias eran los únicos habitantes.
Una noche, atado a la cama por las muñecas y tobillos, a punto de rendirse casi a mitad de la condena que llevaría a cabo y luego de profundas crisis y depresiones volvió a escuchar la voz que creyó haber imaginado dos años antes.
—No desesperes, todavía no es tiempo de volver con tu familia, tu labor en este lugar es tan importante como la mía, medio siglo antes de que nacieras orquesté una revolución que en esta Tierra no se olvidará.
—Tengo miedo.
—Mi hijo, mi hermano, debes resistir. Tu nombre no será olvidado, ni tu entereza. Están trabajando arduamente para probar tu inocencia, te devolverán la libertad que te han quitado y aunque tal vez no restituyan lo que de ti degradaron tu caso será estudiado siglos después. Lo que contigo ocurre ahora será la causa de movimientos, ideologías, desastres y guerras. Muchas vidas serán determinadas e influidas por lo que aquí pasa contigo.
—Muchos pensamientos vienen a mí, veo cosas que no sé si son reales, mis guardias no comen ni beben y pueden pasar semanas sin dormir, se comunican en una lengua extraña, se alimentan de algo desconocido, de maneras que no entiendo, me siento perdido. Nunca volveré a casa, ya no puedo estar tranquilo, lloro y grito sin que eso me alivie. Mordí las cuerdas hasta saborear mi sangre. Quiero morir. Mi piel y mis huesos parecen unidos, materia seca y sucia, todo yo soy despreciable. Nada hay de valioso aquí. No recuerdo que se siente estar fuera de este espacio oscuro y mojado. Una vez soñé que elegía abandonar un planeta lejano para venir aquí, estabas conmigo.
—He visto lo que tú y me ofrecí como tu guía, ahora mismo se orquestan muchas acciones a favor y en contra de aquello que debe suceder para que el mundo sea el que tiene que ser. El que vinimos a transformar. Mantente alerta de cuanto ocurre en ti, es la única manera de dejar este lugar.

No solo escuchaba, ahora también podía sentir una presencia refrescante en su insoportable infierno de fiebre y humedad. Una mujer delgada al lado de su cama examinaba unos naipes con dibujos que aunque nunca había visto y muchos días después de liberado trató de reproducir en su mente no recordaba con claridad, pero sentía que se relacionaban de algún modo con su conocida Cábala.

sábado, 11 de agosto de 2012

En un frasco

¡Ahora vengo con un relato!
Y esta intro suena rara.
Bueno... no hay mucho qué decir. Es un relato de... ¿terror? No sé. Tenía eso en mente cuando lo escribí pero no creo haber logrado mi objetivo, de todas formas, me gusta el relato y quise compartirlo porque puede que sea la precuela de algo más.

En fin, aquí está:


En un frasco


Había algo cierto en el tono de su celular. Era algo fantástico, pueril y tal vez supersticioso. Para cuando se dio cuenta, esa llamada entrante era algo natural. Todo parecía haber dado ya un cambio radical.
Danielle era una chica que en lo particular no creaba mucho entusiasmo. No era demasiado linda ni muy fea, bien podía verse bien o mal y no provocaría revuelo. Alguna vez podía parecer muy simpática, otras era simplemente chocante o indiferente. En fin, que poco se sabía de ella a simple vista e incluso adentrándose, lo que se descubría era muy poco; insustancial, sin importancia. Todos la veían igual, era una más entre muchos mases. Lo que pasó cierto día fue esencial para que su vida cambiara. El timbre del celular sonó algo diferente, pareció atravesar algo que contrarrestaba lo real. Era algo incomprensible, algo que la llenaba de un temor  vago.
Acercó el auricular del teléfono a su oído, anticipándose a la contesta y esperó. Esperó largo rato, a ver si decían algo.
“¿Alo? ¿Alo?” Nadie contestó. Al checar el número marcado no encontró número alguno, como si la llamada fuera obra de su imaginación. Ese día estaba en su casa viendo televisión. La respuesta lógica fue ignorar la llamada, tomarlo como un desliz de su mente, una jugarreta estúpida, un error. No había nada sospechoso. Ese día sucedieron pequeños cambios imperceptibles que pondrían a funcionar los engranajes de su horrible destino: la pequeña picada de un zancudo, el dolor agudo; una mirada extraña en la calle, espantosa en sí misma; una contesta malcriada a su padre, su boca escupiendo mierda; la voz lejana de una niña perdida, la poca importancia de lo intrascendental del día. Lo más importante tal vez ya había sucedido incluso antes de que naciera.
— ¡Danielle!
Oyó gritar, se estremeció. Había un frío terrible a pesar de estar abrigada.
— ¡Danielle, cuidado!
Empezó  a temblar. ¿De quién era esa voz? Un momento de duda, cerró los ojos con fuerza, apretó las manos.
Abrió los ojos.
— Te dije que no te acostaras hasta tarde… ¡cómo cuesta para levantarte entonces!
Todo estaba oscuro. Inmensamente oscuro. El esbozo de una sonrisa amarillenta y maquiavélica. Las luces de los otros cuartos prestaban un reflejo más bien inútil. La lluvia traqueteaba afuera. El frío infiltrábase tras su ligera sábana.
— Lo que digas… — La molestia usual de la mañana, la sonrisa maquiavélica dejada de lado, vuelta en la cotidiana cara de su madre.
Se levantó a su paso parsimonioso. Estirándose involuntariamente, tensando y destensando los músculos. Los ojos que no terminaban de determinar en qué realidad estaban. Un pequeño demonio se escabullía bajo sus pies.
— ¡CUCARACHA! ¡MAMAAAA! — Gritó, en el apuro estresante de la mañana, llena de miedo a lo pequeño, insulso.

La mañana transcurría lenta, lenta, lenta… Hasta que el celular vibró en la mesa, a su lado estaban hileras de cuadernos, otras personas escuchando la voz cansada de alguien miserable. Sufriendo el  frío de un día lánguido, largo por definición: un lunes.
La vibración iba en crescendo, generando la incertidumbre de saber quién la llamaba.  El momento decisivo en el que contestó, en el que decidió que le daba igual que el profesor dijera lo que dijera, descubrió una llamada perdida. Otra llamada perdida, otro cambio había ocurrido.
— Briannezi — le tocó el hombro a sus espaldas—, hoy tuviste clases con el profesor más aburrido del mundo, ¿cierto? Te compadezco.
— Tú mismo lo has dicho…— Bostezó.
— Woah, estás hecha una zombi, ¿no quieres tomar nada?
Danielle volteó animosa, perdió ante una cortesía que era mortal por axioma.

Trasncurría un día solitario, miraba las multitudes pasar, con sus amigas, como si algo cambiara a su alrededor, además de la posición del sol sobre ellos, la cantidad de radiación que incidía. Otra vez su celular vibraba, ¿quién podía ser? Un desconocido. De nuevo, otro número que no conocía (o ningún número en absoluto)… que no había visto nunca, que no le importaba nada.
Vibraba, vibraba, vibraba. Harta. Estaba harta de la vibración, de ver como el número desaparecía o nunca aparecía tras una llamada reciente.

En sus ojos se perdía el azul del cielo. Sus ojos eran azul cielo, viendo el desastroso pasar de los días de una manera poco peculiar. En la cama. Una picada de zancudos, una infección, tres días de reposo.
No podía hacer nada, se sentía pésimo. El malestar general hacía que cada paso fuera no doloroso, pero sí un vaivén, como estar en un barco. El grácil roce de sus ropas era como una cortada, como una quemadura. Salir de la cama era estar en el frío ártico. Estar en la cama, bajo su edredón, era vivir en las llamas del infierno. No había término medio. No tenía hambre. Comer una galleta de soda llenaba su estómago y sentía que lo atiborraba de comida. Sentía nauseas. La fiebre no había bajado de los cuarenta grados, y su nariz estaba constipada.
Estoy en el infierno, ¿me están castigando, verdad? Sus pensamientos no podían dar cabida a más.
Y, en realidad, pensar era en sí mismo una pesadez. Tenía una cefalea que le molestaba al primer movimiento de cabeza que hiciera. Dormía demasiado, no podía evitarlo. Cerrar los ojos era entrar en el mundo de Morfeo y no salir hasta tres horas (o más) después. El periodo de consciencia era el peor, no reconocía el paso de las horas. Sentía que llevaba así hace semanas. Lo que no era de por sí alocado, llevaba una semana en cama.
La necesitaban llevar al médico, su abuelo insistía en que era innecesario, que una fiebre no mataba a nadie desde que él tenía memoria. La autoridad del abuelo era intocable. Era un dictador, pero un dictador afable, un dictador (como todos) elocuente, de gran carisma. Su hijo era su fiel discípulo, lo que decía su padre, había dicho ya más de una vez, ES ley. La madre de Danielle, débil de carácter, solo se preocupaba y hacía caso a su esposo.
Dannielle oía voces en las noches, cuando se despertaba, sola, desamparada. Presa del frío tétrico que se apoderaba de la casa. Sufría como si le golpearan la cabeza constantemente con un trabajado esfuerzo por no dar un golpe demasiado fuerte; manteniendo la consistencia, el tempo, el momentum del dolor que sufría de por sí. Estaba presa de lo que sucediera en derredor. Sudaba mucho y no mejoraba nada.
Sentía miradas. No eran miradas tétricas, tampoco eran miradas que traspasasen lo natural para volverse fantasmagóricas. Eran vanas miradas fijas. Eran ojos que la observaban, algunos la observaban con lástima, pensando que era un cachorro desamparado y tal vez eso era. Otros la miraban con desdén, ¿sabían qué era ella? Otros la miraban con simple indiferencia, otros con decepción. Eran ojos infinitos, eran demasiados ojos como para pertenecer a alguien. Estaban desordenados, era una heterocromía infinita de un ser con más de un millón de ojos. Era un ser espantoso que esperaba algo de ella y, peor aún, sabía que no lo cumpliría. Tenían un contrato tácito. Ambos sabían lo que ocurriría, ambos sabían cómo sucedería. Ella, estúpida, había apostado por su yo conociéndose perdedora. Y no podía hacer nada para cambiarlo.
No podía hacer nada.
No puedes hacer nada.
No podrás hacer nada.
— Estás en mis manos, lo sabes. Lo sabes MUY bien —. El énfasis en el “muy” cobraba vida propia, caminaba en los miles de engranajes que formaban a su cerebro, en las miles de conexiones que había en él. Era un engranaje al que le faltaba aceite, y este Muy, astuto, vivo, usaba argucias poco loables. Consumía el aceite que faltaba, y le recordaba, como un pequeño grillo al recitar su canto, lo que ella ya sabía y lo que ella no podía cambiar.
Cada vez que despertaba de aquel sueño sentía una presencia inhumana en el cuarto. Una presencia de orden superior y cuando miraba, y miraba a quién miraba, éste sonreía y ella, dolida, enferma, pálida, mórbida, le devolvía la sonrisa. No sabía, y esto sí  no lo sabía, que firmaba su pacto con el diablo. El de “ambos sabemos que ocurre, pero nadie debe decir nada.  No debes decir nada.”
Danielle no podía evitar ese juego, estaba implícito, marcado desde el nacimiento de su padre.
“El diablo”, por su parte, disfrutaba de verla a ella, tan niña, tan inocente de todo. Qué lástima era para él el espectáculo, qué verdadera lástima. Era algo que había estado esperando desde el nacimiento de su hijo, no había remedio.

A la segunda semana, Danielle sanó. Esa mañana sintió el ambiente frío demasiado real y no tan punzante como lo había sentido en sus días de enfermedad. En su casa había una falta de ruido que sobrepasaba lo natural. Estaba despierta, sentía todo real, pero se sentía en un sueño.  
— Hace demasiado frío...
Sentía a los carros pasar a fuera de su casa. Oía nada en su casa, nada. No un murmullo, no los disparates de la televisión, no a su gato maullar, oía nada.
Se levantó, dispuesta ya a ver si estaba sola, algo raro, su abuelo siempre estaba ahí. Salía principalmente por las tardes. La casa pasaba por un filtro que dejaba todo en un color medio azulado, medio onírico. Fue a la sala de estar, donde no había nadie sino su sombra. Luego a la cocina, donde si había alguien, y vaya que había alguien.
Su abuelo.
Y él la miró, lleno de ternura, y casi con compasión, le dijo:
— ¿Ves? Yo ya sabía que te curarías. Esos médicos no saben nada.
Danielle sonrió, su abuelo siempre era así. La verdad, ella tampoco habría querido ir al médico. Ella no podía darse cuenta de la situación en la que estaba, tampoco se percató de que su abuelo lucía extremadamente joven. Lo vio, y no se dio cuenta de que en sí el aire no era aire, era demasiado pesado, demasiado denso.
Él la seguía mirando, ya no con ternura, ya no como abuelo, la vio como su cobrador.
Pero ella no lo comprendía, para ella era una mirada paternal. En realidad, nada podía hacer. Él se acercó de manera furtiva, como si no caminara, como si flotara sobre el piso. Se acercó a ella como si la fuera a besar.
Sintió escalofríos, y luego vio otra mirada, que estaba sobre su espalda, llena de ternura (esta una ternura carnívora), que le dijo que estaba en peligro, luego ya no era solo una mirada, eran ojos, grandes ojos, tan grandes como ella.
Y su abuelo todavía se seguía acercando, ya demasiado joven como para ser su abuelo. La voz de sus antiguas pesadillas, ya demasiado distorsionada como para pertenecer a alguien dijo:
— ¿Estás lista para pagar la deuda? — Era su abuelo.
Daniellle no entendía nada. La criatura demasiado grande como para ser parte de este mundo ya se había materializado, con sus grandes ojos, de córnea blanca e iris azul,  con su gran nariz carnosa y visceral, su respiración demasiado forzada , resollante. Abrió su boca, que formaba parte de su pecho, y se acercó a su cuerpo, demasiado pequeño como para ser siquiera un bocadillo.
— Realmente es una lástima— dijo una voz, pero esta vez no era la misma voz de antes, y tampoco pertenecía a su abuelo, no podía pertenecer, si no al gran ser en frente de ella. Una voz armoniosa que reverberaba y se extendía.
Su abuelo la agarró por los hombros, con su ternura, que ahora podía ser crueldad. Danielle estaba inmóvil, sin poder hacer nada. Danielle ya no estaba viva, tampoco lo estaría para el momento en que su cuerpo fuera devorado.
Ni para cuando su abuelo, ya joven, irreconocible, se fuera de la casa, habiendo cumplido parte del contrato.
Y la llamada siguió sin ser contestada.
— ¿Alo? ¿Hija? ¿Qué pasa?¿Está bien?— Dijo su padre al devolverla al teléfono de casa. — Hace demasiado frío…— fueron las últimas palabras que escuchó de su hija, en el buzón de voz. Palabras plegadas en la sangre que dejó su cuerpo en las paredes, en las que no se veía más que su sangre. 


En un pequeño frasco en el bolsillo de su padre estaba su hija, ahora para siempre esclava del tiempo, fuera de toda consciencia, formando parte de los miles de pagos a Él.

domingo, 13 de marzo de 2011

Concerten el concurrido concurso del diablo.

*Ship* No sé, los tiempos se hacen lejanos y parece una eternidad desde la última vez que publiqué. Las pruebas internas para la Universidad pueden ser una molestia, hay que estudiar y eso... Hay que revisar temas olvidados, hay que comer chocolate... Te tienes que bañar. Saben... cuando dejan caer agua en su cuerpo y eso... Es horrible. Me dan miedo.
En fin, de esto nació un relato, no podemos decir que es su hijo ya que lo dio en adopción y ahora es mi hijo. No me siento muy orgulloso de él, es feo... sí, feo.

--------Prueba del infierno (Pacto de admisión)---------

Veinte pasos lo separan de su travesía, pero esta no es cualquier travesía, es la que decidirá quién será él en el futuro. Sus piernas tiemblan un poco, y ve nerviosamente a sus alrededores; otro, más tranquilo, observa a todos como si los monitoreara y se recuesta en la pared.

“Él no sabe lo que le sobreviene”, piensa el primero y se concentra en agarrar su lápiz número dos nerviosamente.

El segundo tiene puestos los auriculares, conectados a su celular, en sus oídos. No escucha nada ya que el celular permanece apagado, pero se ve bien, y les hace pensar a los demás que no puede escuchar lo que dicen.

El portal se hace gigante a la vista de algunos, con un diseño aterrador que te hace pensar en alas de murciélago, un aura morada, y un humo negro. Se oyen risas burlonas, risas de gente que llora, sollozos y una orquestra angelical tocando nerviosamente al otro lado de la puerta. Han perdido sus alas, sus halos, sus alas… preciadas alas.

El violín de uno de los ángeles desprende humo, su túnica se desgarra lentamente. Un demonio enano le lame el cuello, susurra cosas y ríe. Ríe triunfante. Las manos sangrantes del chelista se van descomponiendo, vive el proceso de descomposición, y el primer humano en la lista entra al salón se pregunta si podrá vivir con eso. Luego recuerda que hay algo más importante, sentarse en la primera silla de la última columna. Sí, eso viene primero.

El espaldar le parece frío y suda por el calor. Pone su lápiz entonces encima del pequeño escritorio y siente un cosquilleo extraño en sus pies, a lo que ve abajo y se asusta. Se asusta primero que nada porque se ve así mismo, luego intenta ver mejor y es él, es él… pero su mano está en los huesos, y un líquido espeso y negro sustituye al piso. Eso está mejor, piensa el de abajo, sonríe a la cara de horror de su contraparte y le levanta el dedo en signo de suerte, pero el pulgar se cae.

Ya han pasado diez personas desde entonces y el terror se va difuminando, ahora parece más pánico y la guillotina bonitamente colocada al frente del pizarrón se hace más vistosa, y en ella aparece un humano bípedo con piernas de conejo, tras él están dos sujetos encapuchados. Sus trajes negros, sus manos grises y rugosas. “¿Están muertos ellos?” Se pregunta uno, pero la cara de susto del hombre-conejo le aterra, y dirige su mirada abajo, donde brea caliente consume sus pies. Lo soportará, eso cree. Pero lo debe soportar.

Las patas del conejo tiemblan como la de muchos de los sentados. Él sí tiene valor, él sí. Bajo los escritorios y sillas ven una multitud enfurecida. La cabeza del hombre-conejo es puesta en el lugar correspondiente de la guillotina. El “clack” de la madera contra la madera, entonces recuerdan que tienen que esposar sus manos también, pero al más robusto de los encapuchados le parece mejor cortarle las manos simplemente. Un grillo le detiene, es mejor atarlo, le murmura.

El más nervioso de todos entra a la sala, acaba de firmar un pacto con el diablo. Buena remuneración la que obtendrá se dice, solo se compadece. Y la cabeza del hombre-conejo va ensangrentada hacia donde él se dirige, a su asiento y las orejas se mueven graciosamente. El demonio firmando los pactos se ríe y el hombre-conejo se queja de su sueldo, le sonríe al muchacho y le pide que lo lleve hacia donde está su cuerpo.

Las multitudes saltan furiosas buscando la cabeza del hombre-conejo, él no mira hacia abajo. Está acostumbrado a este acto, sabe que si mira hacia abajo perderá la calma, después de todo, no verá su cuerpo, verá el tumulto clamando su muerte, su cabeza, literalmente.

El muchacho empieza a llorar, la cabeza le intenta consolar, pero comprende que el muchacho es un llorica y que no tiene sentido hablarle. Le pide ayuda al muchacho de los auriculares, pero él no le ve. Él solo ve un cuarto austero y fastidioso, si no, estaría un tanto excitado y quizá el miedo le provocaría un estremecimiento. Ese muchacho, el de los auriculares, no se conoce lo suficiente.

El diablo ríe ante el alboroto de algunos muchachos, le pide a la orquestra que aceleren la cadencia. Es una orgía para los ángeles de sexo femenino, una cámara de torturas para los ángeles hombres. Mancillan horriblemente el honor de los cielos, no hay decoro en el mundo de los demonios. El alcohol etílico, quita el calor y el sudor del sexo es el regulador de temperatura natural allá abajo, en el infierno. La imagen es perturbadora a la vista, pero el morbo de algunos es mayor. Pervertidos.

Una vez el diablo dice eso (lo de la cadencia), entra a la sala y cierra la puerta. Ve claramente que no todos están nerviosos como algunos, y que otros ven con seriedad la situación. Algo grave y triste a su parecer. Dice algunas palabras a fin de enervar a algunos, calmar a otros, violar oídos y satisfacer preguntas. Otra orgía, un tanto más perturbadora, para él.

Al cabo de unos quince minutos llega su compañero con un maletín. La multitud se emociona. Sus contratos, sí. Se emociona, siente miedo, desesperación. Se conmueven sus almas y se perturban sus mentes, y el recién llegado puede percibir esto y ríe, pero intenta inhibir su risa.

Proceden a repartir los contratos, 17 hojas llenas de letras y letras. Quieren confundirlos. El plectro en el bolsillo del de los auriculares estorba en la búsqueda de su borra, acude al lápiz, a su gallarda borra.

El nerviosismo se transforma en determinación para algunos, las paredes se van tornando blancas y el dolor ya no existe. El diablo toma forma humana y el piso ya no es una multitud. La cabeza de conejo perturba a quien tiene que perturbar. La guillotina engulle el cuerpo del hombre-conejo, y los encapuchados señalan y ríen, porque acaban de ganar.

El infierno vuelve a su lugar habitual, y el canto de un pájaro distrae en ocasiones a una que otra mente abstraída. La melodía apresurada se vuelve un silencio prolongado como muchísimas redondas a lo largo de las partituras. Los ángeles ya no son torturados, porque ya ni existen para aquellos que han vuelto al mundo. Para aquellos… aquellos que ya vendieron su alma.