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sábado, 25 de junio de 2011

Ariana: Capítulo 19

A ver, a ver, señores, ya lo dije, siempre es un problema lo que escribiré por aquí como saludo o introducción a la entrada, pero hay veces en que el fastidio se acentúa, y ésta es una de esas veces, lamentablemente. Así pues, no tengo tema, aparentemente, porque como podrán ver —y no se necesita pensar mucho para ello— mi tema es el fastidio por no tener un tema que no sea este. Mi tema es que no tengo tema. Pero esperen un momento, que eso es demasiado problemático... ¿Tengo tema o no? La primera parte de la oración me dice que sí, lo que sigue, que no. A esto se le llama dilema y es un problema del lenguaje. Así que no se asusten, que aunque tenga un tema que se niegue a sí mismo y un no-tema con tendencias suicidas, todo este tema se acabó. Sí, ya no más dilema, sean felices.

.+.+.+.+.+.+.Ariana. Capítulo décimo noveno.+.+.+.+.+.+.


La escuela era la de siempre: niños llorones y fastidiosos, y una maestra que parecía creerlos, si no sus mascotas, bastante estúpidos. Ariana no lo soportaba, por eso siempre andaba sola. Ni siquiera la profesora era capaz de hablarle. “Es una niña de pocas palabras”, le había dicho a su madre alguna vez. Ésta se sintió bien; al menos no le daba problemas fuera de casa. Ciertamente no comprendió la intención de la profesora. Quería una respuesta como “¿Mi hija? Oh, no es posible… ¿cree que deba llevarla con el psicólogo?”, respuesta de madre abnegada. Pero ella no lo era, al menos no como se lo figuraba. Y consideró tan despreocupada la actitud sonriente de “¿Le causa problemas? ¿No?, entonces está bien. Gracias”. La labor de una educadora no permitiría ese tipo de trato hacia los que eran su razón de ser. Su responsabilidad era superior a la de cualquier otro, ella formaba personas para adecuarse a lo social, a la convivencia. Un serio problema de ego, precisamente porque se negaba a aceptarlo como tal. En cambio, lo veía desde una perspectiva convenida, desde el rol de un mártir, solo para satisfacer su necesidad de parecer modesta y preocupada por los demás. Sin embargo, no era nada del otro mundo, conductas como esa son comunes y no suelen dañar a nadie, a menos que devengan en obsesión, y esta nunca lo hizo. Solo se acercó.
Así pues, llevó por su cuenta a la niña con el veterinario… perdón, con el psicólogo. Aquel día tocaba tratarlos como mascotas; estaba de buen humor, después de todo. ¿El resultado? Asperger. “No hay otra explicación, señorita, tiene que ser el Síndrome de Asperger”, decía autoelogiándose el descubrimiento, “solo téngale paciencia, seguro será muy talentosa”. La profesora sonreía ante la respuesta del psicólogo, esperaba una excusa para culpar a la madre, pero no la tenía… No siempre se gana, después de todo.
A partir de entonces, Ariana tuvo paz, mucha paz. La profesora empezó a tenerle cierta consideración, y el psicólogo, orgulloso de su descubrimiento, se paseaba casi todos los días por el salón para “observar su comportamiento natural” y mantener una breve charla con la profesora acerca del tema. Pero no todos piensan “psicológicamente”, y menos esta mujer, a la que parece agradarle cada vez más el observador. Según ella, era probable que la niña fuera una excusa para acercársele. El amor es capaz de cualquier locura, como es bien sabido. Lo que nunca consideró fue que estaba equivocada, pero eso poco nos importa.
Salir de clases era un alivio a pesar de los gritos eufóricos de sus compañeros. El portón de salida era el umbral hacia la libertad. La adiestradora de bestias profesional sabía que era imposible lidiar con los gritos, así que los ordenaba con divertidos cánticos y dinámicas. Todos reían cuando esto pasaba, incluso Ariana, y esto era muy raro en ella. Tal vez lo hacía por lo gracioso que era ver a un adulto fingir ser un niño; una interpretación fallida.
Los padres venían en tanto que cantaban y se iba yendo cada uno a casa tan feliz como si acabara de salir de un circo —aunque tal vez así era—. Ariana estaba entre los primeros, su madre era muy puntual y a veces eso la molestaba: nunca podía ver el espectáculo completo.
Ya en casa las cosas volvían a la normalidad. La niña volvía a ser niña, la madre volvía a ser niña, y juntas descubrían esa auténtica etapa: jugaban a las escondidas (¡Ariana!, ¿dónde te has metido?, ¡niña, no me hagas perder mi tiempo!), que era su juego favorito, y al  “Simón dice”, aunque lo extraño de este último era que Ariana nunca hacía de líder, tal vez porque tenía mala suerte… Sin embargo ambas parecían divertirse, eran juegos que nunca dejaban de practicar. Pero no olvidemos los juguetes. En esta época solían pelearse por una muñeca de trapo, ambas la querían… para la otra, y ninguna parecía ceder. Así, el juego de “quién se queda con la muñeca”, se volvió prácticamente una rutina.
Lamentablemente, las rutinas no hacen más que ir consumiendo gradualmente el valor de las cosas, y este juego terminó por ser aburrido. Ariana tuvo que quedarse con la muñeca. La otra niña tenía doble vida; al salir por la puerta, se convertía en adulta, así que era imposible que pudiera conservarla sin olvidarla, como las tantas cosas que se dejan de recordar por una cuestión de utilidad: su memoria de adulta olvidaba y la de niña no podía hacer nada al respecto. Era un juego menos.
De esa manera, la muñeca de trapo se convirtió en nostalgia de un juego, pero en una buena compañía cuando su madre volvía a ser adulta. Por suerte, los juguetes nunca se vuelven aburridos, siempre tienen algo nuevo que decir, que hacer, y Ariana lo sabía muy bien, es por eso que, cuando su madre se iba, cogía del brazo a la muñeca y jugaban, ya no a las escondidas ni al “Simón dice”, sino a tejer mundos.

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Es cierto, olvidé algo muy importante que pudo haberme servido de tema. Hace unas semanas decidí que publicaría Ariana los días viernes, y esta es la segunda vez que voy con retraso. Trataré de que no sea así. Agradezco como siempre la lectura de este capítulo y me despido... ¡Au revoir! [ ;) ]

jueves, 17 de marzo de 2011

Ariana: Capítulo 9

Ha sido horrible, señores, lo lamento. Hasta hace un rato peleaba con el código Html del blog... Por suerte he ganado y estoy vivo. Si no, no podría mostrarles cómo continúa Ariana, esta historia inconclusa que empezamos un día con la intención de darle un final que todavía no encuentra. Ha sido brutal: scripts por aquí y por allá, luego los "<>" y los "/" y "\" y todas las cosas misteriosas que hacen fácil la vida de un programador web. Lamentablemente no soy un programador web y la vida no es fácil... Ja! ¿Pensaban que iba a pseudofilosofar con respecto a la vida y creerme lo peor del mundo? Pues no. Tienen mala suerte hoy [ >=) ] Todo está bien, incluso Ariana, si no, mírenla...

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo noveno.+.+.+.+.+.+.



El tiempo pasaba y ella guardaba en sí una gran desesperación que era imposible de demostrar. Pedir auxilio resultaba inútil, porque nadie la escucharía, y tampoco podía moverse. Inútil, inútil. Todo era perfecto. No tenía cómo escapar. Pensaba, por momentos, que desearía que el anciano reapareciera. De esa manera podría tomar venganza. ¿Pero qué venganza? Si ahora estaba imposibilitada de cualquier cosa. Luego temía y deseaba que nunca lo hiciera. Pero, ¿si resultaba todo aquello un malentendido o una lección de vida por parte del anciano?, ¿qué pasaría?, ¿la regresaría a la normalidad? Al final, concluía que solo podía esperar a esto último. Regresar a la normalidad.
Sonó una campanilla —podía escuchar, sí, y ver, además de pensar. Era lo único que podía hacer—. Era la de la puerta principal. Ella podía ver claramente hacia allá. Tantas veces había sonado desde que fue abandonada por el anciano, ninguna de ellas fue llevada. Ya empezaba a querer que la compraran, por muy raro que esto suene. Era producto de la soledad.
Aunque no estaba completamente sola. El hombre de la radio siempre salía a vigilar la tienda y, algunas veces por semana, como esta vez, un joven estudiante trabajaba como ayudante. Escuchaba las conversaciones entre ambos, sus soliloquios… Observaba a los clientes, también los escuchaba. Y así se le pasaban los días.
El hecho es que en ese momento sonó la campanilla y por la puerta entraron una mujer y su pequeña niña. La niña tenía los ojos llorosos y parecía haber empezado a calmarse al llegar a la juguetería. La madre era una mujer de muy buena presencia, pero con un porte un tanto arrogante.
—Muy buenas tardes —dijo el joven ayudante. Justo en ese momento salió el tipo de la radio, a supervisarlo todo, y por si era necesario, y se colocó detrás del mostrador—. Bienvenidas. ¿Busca algo en especial?
La mujer no contestó. Miró al joven de pies a cabeza y siguió su camino jalando del brazo a su hija, que se vio obligada a seguirla. Dieron vueltas por toda la tienda, como si estuvieran buscando algo que no estaba allí.
— ¿Te gusta algo? —preguntó a su hija sin siquiera verla—. Se hará tarde y no tengo tiempo para estar aquí. Más te vale escoger de una vez.
La niña señaló una de las muñecas más caras de la tienda. Era hermosa, pero no era Ariana. Ariana sintió una extraña sensación. Quería ayudar a la niña, salvarla de su madre, pero no podía, solo era un juguete.
— ¡¿Qué?! —dijo la mujer de pronto—. No tengo tanto dinero como para eso—bajó la voz—. Anda, escoge otra cosa.
La niña se encogió en sí misma y comenzó a llorar con fuerza. El hombre de la radio fue a su rescate.
— ¿Sucede algo, señora? —cuestionó.
— A esta niña le gustan las rabietas. Debe aprender a comportarse —y luego se dirigió a la niña—. ¡Mira qué vergüenza! No puedes hacerme mañas aquí. ¡No, señor! Ya te dije que tengo poco tiempo. Cálmate de una vez.
El hombre de la radio comprendía la situación, así que calmó a la niña con unos dulces que sacó de su bolsillo. “Eran para la tarde, pero creo que a ti te hacen falta” le dijo. Luego la alzó en brazos con el permiso de su madre y empezó a divagar con ella:
— Entonces necesitas a una amiga, ¿verdad? —la niña dejó el llanto— Lamentablemente la muñeca que quieres es demasiado cara. Pero, ¿sabes? Hay muchos otros juguetes. No todos son iguales, pero cada uno es especial en sí mismo. Todos ellos harán su mejor esfuerzo por hacerte compañía. Puedes escoger el que quieras, no habrá problema. Sea lo que sea, tienes asegurado un buen amigo.
— Vaya técnica de mercadeo… —murmuró la mujer. El hombre de la radio le sonrió, como si asintiera, o como si se burlara de su comentario. Es obvio que la mujer entendió lo primero. Le convenía pensarlo así, aunque no fuera cierto. ¡Ah!, claro, el joven ayudante. Él se había quedado observando todo como embelesado hasta que la mujer hizo su inminente comentario. Entonces se fue a otro rincón de la tienda a verificar el orden de los juguetes—. Entonces será lo mismo con cualquiera, ¿no? —paseó su mirada por todos los rincones—. Entonces que sea ésta —y cogió a Ariana, que era una de las de mediano precio.
La niña no parecía muy contenta, pero al menos estaba tranquila. El hombre de la radio concretó la transacción y ambas salieron de la juguetería. Ariana era sujetada del brazo y colgaba como… como… un colgante. Se sentía, aunque aquello no le causara vértigo o fatiga alguna, bastante fastidiada al mismo tiempo que desdichada. Había sido comprada por una mujer odiosa y su hija malcriada. Era lo peor. Estaría lejos de la juguetería y esperar al anciano ya era algo imposible. Él nunca sabría a dónde fue, y tal vez ni siquiera le importara buscarla.
Sin embargo, Ariana no permaneció todo el tiempo colgando de la mano de la niña. La mujer tenía un auto y se irían en él. Hizo que la niña subiera y se aseguró de que la muñeca estuviera con ella, luego dio la vuelta y también subió. Le colocó el cinturón de seguridad contra su voluntad.
— ¡No quiero! —decía.
— ¡Tienes que ponértelo! O te quitaré la muñeca —pero parecía no importarle mucho la muñeca, porque se la tiró en la cara. La mujer ardía en cólera. Forcejeó con su hija para ponerle el cinturón. Lo logró. Acto seguido, encendió el auto. Aún tenía la muñeca en la mano—. Será mejor que no la veas hasta llegar a casa.
>>Se ubicaron uno frente al otro, porque a ambos les agradaba mirar el paisaje por la ventana —sí, ambos al lado de la ventana—. Y, cuando menos lo esperaban, el tren partió.
Y tiró a Ariana a los asientos traseros, lejos de ambas, pero tan cerca de ellas que llegaba a asustarla.

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¿Creen que estoy demente? Me parece haber preguntado esto antes. Supongo que el tema me pone demasiado ansioso. Pero ya. Ariana está aquí y allá. ¿Qué creen que suceda ahora? En fin. Contéstense a ustedes mismos. Gracias por su lectura. ¡Adiós!