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sábado, 25 de junio de 2011

Ariana: Capítulo 19

A ver, a ver, señores, ya lo dije, siempre es un problema lo que escribiré por aquí como saludo o introducción a la entrada, pero hay veces en que el fastidio se acentúa, y ésta es una de esas veces, lamentablemente. Así pues, no tengo tema, aparentemente, porque como podrán ver —y no se necesita pensar mucho para ello— mi tema es el fastidio por no tener un tema que no sea este. Mi tema es que no tengo tema. Pero esperen un momento, que eso es demasiado problemático... ¿Tengo tema o no? La primera parte de la oración me dice que sí, lo que sigue, que no. A esto se le llama dilema y es un problema del lenguaje. Así que no se asusten, que aunque tenga un tema que se niegue a sí mismo y un no-tema con tendencias suicidas, todo este tema se acabó. Sí, ya no más dilema, sean felices.

.+.+.+.+.+.+.Ariana. Capítulo décimo noveno.+.+.+.+.+.+.


La escuela era la de siempre: niños llorones y fastidiosos, y una maestra que parecía creerlos, si no sus mascotas, bastante estúpidos. Ariana no lo soportaba, por eso siempre andaba sola. Ni siquiera la profesora era capaz de hablarle. “Es una niña de pocas palabras”, le había dicho a su madre alguna vez. Ésta se sintió bien; al menos no le daba problemas fuera de casa. Ciertamente no comprendió la intención de la profesora. Quería una respuesta como “¿Mi hija? Oh, no es posible… ¿cree que deba llevarla con el psicólogo?”, respuesta de madre abnegada. Pero ella no lo era, al menos no como se lo figuraba. Y consideró tan despreocupada la actitud sonriente de “¿Le causa problemas? ¿No?, entonces está bien. Gracias”. La labor de una educadora no permitiría ese tipo de trato hacia los que eran su razón de ser. Su responsabilidad era superior a la de cualquier otro, ella formaba personas para adecuarse a lo social, a la convivencia. Un serio problema de ego, precisamente porque se negaba a aceptarlo como tal. En cambio, lo veía desde una perspectiva convenida, desde el rol de un mártir, solo para satisfacer su necesidad de parecer modesta y preocupada por los demás. Sin embargo, no era nada del otro mundo, conductas como esa son comunes y no suelen dañar a nadie, a menos que devengan en obsesión, y esta nunca lo hizo. Solo se acercó.
Así pues, llevó por su cuenta a la niña con el veterinario… perdón, con el psicólogo. Aquel día tocaba tratarlos como mascotas; estaba de buen humor, después de todo. ¿El resultado? Asperger. “No hay otra explicación, señorita, tiene que ser el Síndrome de Asperger”, decía autoelogiándose el descubrimiento, “solo téngale paciencia, seguro será muy talentosa”. La profesora sonreía ante la respuesta del psicólogo, esperaba una excusa para culpar a la madre, pero no la tenía… No siempre se gana, después de todo.
A partir de entonces, Ariana tuvo paz, mucha paz. La profesora empezó a tenerle cierta consideración, y el psicólogo, orgulloso de su descubrimiento, se paseaba casi todos los días por el salón para “observar su comportamiento natural” y mantener una breve charla con la profesora acerca del tema. Pero no todos piensan “psicológicamente”, y menos esta mujer, a la que parece agradarle cada vez más el observador. Según ella, era probable que la niña fuera una excusa para acercársele. El amor es capaz de cualquier locura, como es bien sabido. Lo que nunca consideró fue que estaba equivocada, pero eso poco nos importa.
Salir de clases era un alivio a pesar de los gritos eufóricos de sus compañeros. El portón de salida era el umbral hacia la libertad. La adiestradora de bestias profesional sabía que era imposible lidiar con los gritos, así que los ordenaba con divertidos cánticos y dinámicas. Todos reían cuando esto pasaba, incluso Ariana, y esto era muy raro en ella. Tal vez lo hacía por lo gracioso que era ver a un adulto fingir ser un niño; una interpretación fallida.
Los padres venían en tanto que cantaban y se iba yendo cada uno a casa tan feliz como si acabara de salir de un circo —aunque tal vez así era—. Ariana estaba entre los primeros, su madre era muy puntual y a veces eso la molestaba: nunca podía ver el espectáculo completo.
Ya en casa las cosas volvían a la normalidad. La niña volvía a ser niña, la madre volvía a ser niña, y juntas descubrían esa auténtica etapa: jugaban a las escondidas (¡Ariana!, ¿dónde te has metido?, ¡niña, no me hagas perder mi tiempo!), que era su juego favorito, y al  “Simón dice”, aunque lo extraño de este último era que Ariana nunca hacía de líder, tal vez porque tenía mala suerte… Sin embargo ambas parecían divertirse, eran juegos que nunca dejaban de practicar. Pero no olvidemos los juguetes. En esta época solían pelearse por una muñeca de trapo, ambas la querían… para la otra, y ninguna parecía ceder. Así, el juego de “quién se queda con la muñeca”, se volvió prácticamente una rutina.
Lamentablemente, las rutinas no hacen más que ir consumiendo gradualmente el valor de las cosas, y este juego terminó por ser aburrido. Ariana tuvo que quedarse con la muñeca. La otra niña tenía doble vida; al salir por la puerta, se convertía en adulta, así que era imposible que pudiera conservarla sin olvidarla, como las tantas cosas que se dejan de recordar por una cuestión de utilidad: su memoria de adulta olvidaba y la de niña no podía hacer nada al respecto. Era un juego menos.
De esa manera, la muñeca de trapo se convirtió en nostalgia de un juego, pero en una buena compañía cuando su madre volvía a ser adulta. Por suerte, los juguetes nunca se vuelven aburridos, siempre tienen algo nuevo que decir, que hacer, y Ariana lo sabía muy bien, es por eso que, cuando su madre se iba, cogía del brazo a la muñeca y jugaban, ya no a las escondidas ni al “Simón dice”, sino a tejer mundos.

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Es cierto, olvidé algo muy importante que pudo haberme servido de tema. Hace unas semanas decidí que publicaría Ariana los días viernes, y esta es la segunda vez que voy con retraso. Trataré de que no sea así. Agradezco como siempre la lectura de este capítulo y me despido... ¡Au revoir! [ ;) ]

sábado, 18 de junio de 2011

Ariana: Capítulo 18

Al tacho, amigos míos. Ahí es a donde se han ido mis planes con Ariana. ¿Saben lo que es eso? No, qué van a saber, si no saben hacia dónde he señalado. Es imposible que me hayan visto mover el brazo y señalar mi cuaderno con notas... ¡Uy!, ya lo dije. Bueno, no importa. Los planes se disolvieron, pero no estoy en la nada, he vuelto a planearlo todo. Este capítulo ha sido problemático solo por eso, porque apareció de pronto la posibilidad de hacer algo distinto y ese 'algo distinto' me agradó tanto que renuncié a lo demás. Ariana estará algo confundida después de esto, estoy casi seguro. Solo espero que no sea grave [ )= ].

.+.+.+.+.+.+.Ariana. Capítulo décimo octavo.+.+.+.+.+.+.


Sacar la llave del bolsillo, cogerla como un arma —como dispuesta a amenazar a cualquiera—, extender un poco el brazo y jugar tiro al blanco sin que el pseudo-dardo se separe de las yemas de los dedos. Lo intenta una, dos, tres veces sin éxito. Pero la cuarta es la vencida, y es entonces que lo logra. Así, solo le hace falta un ligero movimiento de muñeca y empujar. Algo fácil para ella, tan acostumbrada a la rutina.
“¡Ariana!” dice en voz alta la mujer. “La policía no se ha manifes…” y un silencio. Esta vez no solo descansaría Serena, sino también los de las noticias y la policía. “¡Ariana!”, vuelve a llamar. Pero es una simple muñeca sin voz. Aunque lo quisiera con todas sus fuerzas, no sería escuchada. Y ella lo sabía muy bien, pero la emocionó demasiado volver a escuchar su nombre. Cada partícula fonológica la llenaba. Estaba salvada, al fin salvada, y podría regresar a su normal vida de humana como si nada hubiese pasado, como si todo esto fuera una conspiración de su inconsciente, una pesadilla de esas en las que la falta de movimiento te desespera hasta volverte loco; se habría acostumbrado tan rápido a esa inercia que regresar del sueño era ahora más difícil. Una buena teoría para haber sido formulada en cuestión de segundos, y por una muñeca de trapo. “¡Despierta!” escuchaba fuertemente. Alguien la llamaba desde la realidad, era su oportunidad de despertar. Era su oportunidad de poner a prueba su teoría y ganarse el respeto de los demás investigadores en su campo. Lástima que era la única que lo hacía y tenía que contentarse solamente con abrir sus verdaderos ojos y…
— ¿Mamá?
— ¡Llévate tus cosas de la sala y ve a dormir!, que para eso tienes el cuarto. De una vez, por favor. Vamos, vamos.
Ariana cogió sus muñecas y demás cosas y las llevó a su habitación. Allí, su madre la ayudó a ordenarlas mientras le preparaba la cama.
— Ya. Ahora sí, duerme —la niña se envolvió con su frazada y se tapó el rostro, señal de que le haría caso—. Buenas noches.
Le apagó la luz, salió de la habitación y se encontró con la muñeca. La levantó y la miró fijamente. “¿Por qué esta niña no entiende que no puedo comprarle cosas para que las tire?”, murmuró. Y fue como si la inmutable sonrisa de muñeca la intimidara, porque le hizo un gesto de fastidio. Y tal vez ese mismo miedo la incitó a dejarla una vez más sobre el escritorio de Ariana. Ahí no le haría nada, no había peligro. Además, era una muñeca, ¿qué le podía hacer?
>>Cuando el tren se detuvo, fue como si el día se hubiera terminado. Ariana empezó a creer que ya no tenía mucho caso estar ahí. El tiempo que había durado el viaje la había cansado, después de todo, a pesar de que tomó una pequeña siesta. Pero suele pasar.
>>Su padre hizo lo que pudo por animarla cuando lo advirtió. “Iremos a casa de tu tía… Allí puedes descansar, si te sientes mal”, “No, no. Estoy bien, papá”. Pero era impostergable la visita a la hermana de su padre, no la veía desde hace mucho, ni a ella ni a sus primos. Los recuerdos de sus travesuras junto a ellos empezaron a levantarle el ánimo. Después de todo, no sería tan malo pasar un rato con ellos, aunque fuera muy poco.
>>El camino era agradable. No tanto porque su padre le hablara sobre cuando era niño y lo mucho que le emocionaba volver a su pueblo, sino porque se respiraba tranquilidad, o como decía su padre, un aire fresco y puro.
>>”Cuando llegábamos de la escuela, tu abuela siempre nos preparaba algo rico, incluso cuando nosotros, los tres, no parábamos de meternos en problemas…” Ariana reía. Le hacía mucha gracia imaginar a su padre de pequeño. Aunque había visto fotos suyas de cuando era más joven, la imagen que más resaltaba era la actual, y eso contribuía a la creación de un individuo atemporal —cuerpo de niño, rostro de adulto—, que existía en ambos tiempos y en ninguno a la vez.  Su risa estaba justificada, y mucho.
>> Y a ese ritmo, llegaron pronto.
— Ya es hora de que vayas a la escuela… despierta, Ariana —dijo su madre sacudiéndole el hombro—. Vamos, niña, ponte de pie. ¡¿Cómo que no quieres ir?! Vamos, ya, despierta.
La tomó por el brazo y la obligó a levantarse. Una lucha, porque más que ducha fue eso, terminó por despertarla. Se alistaría sola a partir de ese punto. Vestirse, arreglarse el cabello, ponerse los zapatos y atarse los pasadores —sí, sabía atárselos. Era una buena niña, después de todo… Una buena niña que hacía huelga por un juguete.


.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.

Bien, bien, bien. Hasta aquí hemos llegado. Es impresionante decir "capítulo décimo octavo"... Cuando empecé esto no le veía más de quince capítulos. Pero no se crean que lo estoy extendiendo a propósito [ xD ], todo es por la voluntad de Ariana, de su propia historia. Así pues, ella dice que aún queda un poco más de historia. Confío en que será la cantidad será perfecta. Pero ya veremos qué sucede [ ;D ]. Gracias por leer. ¡Au revoir!


viernes, 10 de junio de 2011

Ariana: Capítulo 17

¿Alguna vez han estado en medio de una guerra? —ya sé que hay muchas entradas que inician con "alguna vez...", pero no puedo evitarlo...—. Yo acabo de salir de una, de una guerra náutica. A lo lejos divisé un enemigo —que es lo mismo que decir cualquier barco, porque somos piratas—, utilicé mi telescopio favorito (marca ACME) y me dispuse a enarbolar la bandera, que bajo cuando no hay enemigos a los cuales poder alardear. Porque el diseño de mi bandera es muy genial... Así, listo para la batalla, con los cañones posicionados, llego a advertir algo desconcertante. Algo que si hubieran visto ustedes temblarían tanto que no podrían dormir. Es algo espantoso, que te acosa por las mañanas y por la noche te pone clips en los ojos, como para evitar que concilies el sueño. Sí, señores. En ese momento pensé que era una pesadilla, o que dios realmente existía y se estaba vengando de mí con un inmenso espejo. Mi bandera, queridos amigos, estaba siendo utilizada por otro... Quedé pasmado, tanto que esperé a que se acercara más para mandar el primer cañonazo. "Dirígelo a la bandera", le grité al inútil que dispara los cañones, pero no resultó... Las balas no le hacían daño, y el maldito capitán del barco, que era una copia barata de mí, reía. No podía hacer fuego, era claro; sin embargo, algo lo hacía inmune a mis ataques.
Me cansé... Gasté toda la artillería, incluso una espada láser, herencia de Dark Sith, y una pokebola. Pero el orgullo pirata es más fuerte que eso. Me hundiría con todo el barco si era necesario para desaparecer a mi copia barata. La ira me hizo quitarme el parche —que utilizo solo para parecer más pirata—, y tirarlo sobre los tablones. Lo pisé, y lo pisé, y lo pisé, y el capitán copiado me miraba ahora angustiado. Cuando lo advertí, volteé a verlo... Era realmente un idiota. En su afán por copiarme, se quitó también el parche, dejando al aire una oscura cavidad, un agujero de gusano de esos que se ven en las películas de ciencia ficción. Reí. "Yo tengo ojos", le grité, y una risa maquiavélica me invadió. Reí tanto... que nunca me di cuenta del momento en que su barco finalmente se hundió. Exactamente, señores aspirantes a piratas, hundí un barco por un ojo.

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo décimo séptimo.+.+.+.+.+.+.


Ariana despertó. “Pronto llegaremos”, dijo su padre, sonriente. El tren estaba en movimiento. Ya no había que preocuparse por los silbidos; ahora se limitaban a un “¡¡¡Fiiiiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu…!!!”, un sonido intenso, pero hueco, sin sentido. Eran nostálgicas las horas en que se preocupaba junto a un extraño por el significado de sus palabras. No volvería a pasar, era seguro. Cosas como esa solo pasan una vez en la vida.
 >>— ¡No te quites todavía el cinturón, niña! —regañaba la madre—. Ya. Ya es lo mismo, estamos cerca —estacionó el auto y sacó a la niña a jalonazos—. ¡Oye!, la muñeca. No te creas que voy a gastar dinero por tus caprichos. No, no, no. Tráela —la hija la miró desafiante. Le hizo recordar que fue ella misma quien la lanzó a los asientos traseros—. Está bien. Ve adentro, de una vez. Menuda niña… ¿qué se habrá creído?, ¿que tiene mi tiempo? —murmuraba.
>>La niña la observaba desde la puerta con un gesto de rebeldía. No podía entrar, la puerta estaba cerrada, y, como era de esperarse, nadie le da las llaves a un niño.
>>— Vamos, entra —dijo mientras abría la puerta.
>>La niña corrió a su habitación inmediatamente. Quedaba al final del pequeño pasadizo que seguía a la sala.
>>— Demonios, niña, me haces perder tiempo. ¿Dónde te metiste ahora? Ven a por la muñeca, por Dios. Ah, ahí estás. Ya debo irme, toma. Toma, he dicho, ¡no me mires así! Está bien, la dejaré aquí —la puso sobre un pequeño escritorio—. Me voy —y un “tap” proveniente de la sala anunció su desaparición. Al escucharlo, la niña corrió hacia la muñeca, la cogió y la lanzó fuera de su habitación. Cayó en un rincón oscuro del pasadizo, esta vez, por suerte (aunque tal vez sea impreciso llamarle suerte, pues le era imposible mover la cabeza), mirando hacia arriba.
>>La imagen homogénea e inmutable del techo era totalmente inútil para saber qué sucedía a su alrededor, así que tuvo que guiarse por los sonidos. ¿Que dónde estaban ubicados sus oídos? Se supone que uno a cada lado de la cabeza, pero no había nada más ahí que lana fingiendo ser cabello, así que no podemos afirmarlo. Sin embargo, ella escuchaba, tal vez por alguna razón metafísica, por alguna capacidad activada al cambiar de cuerpo.
>>Al principio, solo supo que la niña se había ido a la sala, escuchó sus pasos apurados, como si escapara de algo. Luego la escuchó regresar y hacer el mismo recorrido unas cinco veces. Entonces decía “Hola, ¿cómo estás?”, “bien, ¿podemos salir a jugar?”, “siiiiiii, vamos al parque”, y un tarareo seguido de risas. “!Qué bonita tu ropa!”, “Sí, la compré hoy con mi mamá”. Era fácil para ella, que había sido niña alguna vez, saber que aquella jugaba. Lo que no sabía era que, de rato en rato, estiraba el cuello para vigilar que su nueva y desagradable muñeca siguiera en el piso. Miedos de niño, dirían algunos, pero la verdad es que a nadie le agradaría ser víctima de su nueva adquisición.
>>Pronto se escucharon voces y música, y la voz de la niña. “Si yo estuviera en la Luna…”, cantaba. Y así, cantó una tras otra muchas pistas hasta que no se le escuchó más. Ariana tuvo que asumir que se quedó dormida. ¿Qué más podría pensar?
>>Las noticias de la radio le importaban poco a Ariana. La voz de la niña se hacía extrañar. “El diputado Carlo Serena...” Qué le importaba a ella el diputado en ese momento, si lo único que quería era volver a ser ella misma, es decir, no una muñeca. “Serena afirmó que el caso Diana Jiménez es un problema ético de difícil…” Ahí iba otra vez el señor diputado, y ella imposibilitada incluso de dormir, condenada a soportar el martirio de escuchar cada cinco minutos su nombre, como si fuera poco. “El diputado Serena…” era la estrella ese día. Sus declaraciones sobre ética y derechos humanos poco conmovían a la inerte muñeca, que empezaba a pensar que hablar o incluso pensar en Derechos Humanos era algo que no tenía sentido, dado que había dejado de serlo hace poco. Añoraba los momentos en los que podía parpadear, cubrirse los oídos, gritar,  escapar de una niña gigante… Ciertamente detestaba lo que era ahora: no humana. Pero, ¿en qué se había convertido? Es decir, aún conservaba su capacidad de raciocinio y era, aunque no completamente, sensible al medio. ¿Acaso los juguetes eran todos así? Si así era, tal vez el silencio de los que tuvo cuando era niña estaba justificado por esa imposibilidad de comunicación entre ellos mismos. Así, los juguetes serían entes potencialmente filosóficos y tendrían nombres como Locke, Kant, Sartre, Nietzsche, “y el diputado Carlo Serena”, pero era todo demasiado tonto para creerlo de esa manera. Su caso era especial… y tenía su raíz en el malvado —o no— anciano de la juguetería.
>>“Ser o no ser” humana, recapacitaba. ¿Qué significaba ser humana?, ¿qué sentido tenía serlo?, ¿de qué servía?, o, mejor aún, ¿qué significaba ser Ariana? Su calidad de muñeca de trapo era limitante, y el aburrimiento había venido a hostigarla poco a poco desde que la niña pareció quedar dormida. Pronto empezaría, según escuchó, “su tan esperada serie semanal…” El nombre no pudo retenerlo, tal vez porque poco le importaba. Lo único que tenía valor para ella en este momento era que el diputado Carlo Serena se tomaría un descanso.

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Bueno, tal vez algunos se hayan sorprendido de que no saludara al principio y que, en su lugar, hiciera una especie de cuento raro... Pero esa historia es cierta. Copiaron mi bandera, esta serie que tanto aprecio, y gané por tener ojos. Ha sido épico... En fin. Otra razón por la cual no publiqué Ariana desde hace tiempo ha sido el artículo de mayo, que terminó estando a mi cargo y tuve que apurarme. El resultado de ese trabajo no es tan bueno, pero ustedes juzgarán, al igual que este nuevo capítulo de Ariana. Gracias por haber leído, los espero en el próximo [ ;D ]

viernes, 13 de mayo de 2011

Ariana: Capítulo 16

Estoy perdido. Por aquí no hay nada que me brinde la confianza suficiente como para moverme. Tal vez debería pedir ayuda, pero dudo de mover los labios. ¿Los muevo? Seguro pensarás que estoy loco. Sí, seguramente. Y seguro que te preguntarás "¿y cómo demonios escribes?, ¡inútil!". No te culpo. Seguro no sabes que la tecnología más moderna permite escribir mentalmente una entrada en Blogger. Pero, ¿qué sabes tú? Es más que claro que ahora mismo deliro, para ti. No te culpo. Sin embargo, he recordado que yo, aquí, en este lugar desconocido, aún tengo un referente de confianza. Sí, y no estoy loco. He descubierto, aunque parezca extraño, que estoy aquí. Así pues, me moveré... Y ésta es mi primera movida...

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo décimo sexto.+.+.+.+.+.+.


Era complicado entender a qué se refería con ese “no llores”.  “No lloro. Quien llora eres tú. Vamos, dinos qué te pasa”, le había dicho el hombre de smoking, pero obtenía la misma respuesta. Él no lloraba, al menos no en ese momento. Estuvo a punto de hacerlo hace un rato, cuando supo que no estaba solo; sin embargo, no fue entonces que el tren se detuvo. Él no lloraba, de eso estaba seguro. Tal vez se refería al viejo, si no a la jovencita. Pero no.
— Ninguno aquí anda lloriqueando —dijo el conductor mirando bien a Ariana—. ¿Qué tal si se refiere a otro? De todas formas, no es buena idea ir revisando a todo el mundo —refunfuñó.
~No llores… No llores… No llores…~
Y el único llanto audible era el de la locomotora. Ya ninguno pensaba en una forma de reparar el tren, ni mucho menos en calmar al tren con palabras de aliento. Empezaban a creer que se comunicaba con un código distinto al cotidiano. Eso los mantuvo callados, y eso mismo calló también los silbidos.
— Tal vez no se refiera a que alguien llora, sino a que alguien está triste —dijo Ariana, provocando un gesto de consternación en sus compañeros.
— Maldita máquina… —volvió a irritarse el anciano—. Yo me voy a dormir. Un viejo como yo ya no está para estas cosas… ¡Habrase visto!, una máquina rebelándose contra un viejo… Seguro es un sueño. Seguro. No puede ser cierta tremenda estupidez — y subió a la locomotora, abrió la puerta que daba al otro ambiente y la cerró sin la más mínima intención de salir hasta el día siguiente.
—Probablemente le fastidia tener que pensar —dijo el hombre del smoking intentando hacer menos tensa la situación. Ariana no sonrió, como supuso. El sentimiento de inutilidad empezaba a invadirlo nuevamente, así que prefirió no verla por un momento, esperando calmar su angustia.
>> Su posición con respecto al asiento trasero era bastante incómoda; cayó apoyada al respaldar con el cuello doblado a noventa grados y las piernas colgadas. Por suerte, no sentía nada de eso, así que no tenía problemas. Además, a pesar de tener las piernas en su campo visual, podía ver algunas de las actitudes de aquella madre y su caprichosa hija. “Tal vez, si me hubiera ido con él… no habría pasado nada de esto”, se le ocurrió a Ariana en el transcurso del viaje.
>>Pero era imposible tanto ahora como entonces, aquella noche en que su amor quedó disociado por la inminencia de un viaje. Nada podía hacer ahora. Por un momento tuvo ganas de llorar, pero no pudo. Apenas sintió nostalgia. Sin embargo, su memoria aún guardaba sensaciones. Es así que su nostalgia era profunda, indescriptible.
— Alguien debe estar triste desde esta mañana… —musitó Ariana.
— Muchos… La gente se emociona, despide y llora en las estaciones de tren, es lo más común —dijo el hombre del smoking—. Sentirse triste por una partida… —suspiró.
— Pero su tristeza debe ser muy profunda, señor… Quizá sea eso…
— ¿La mía? —contestó extrañado—. No es nada, preferí despedirme el día anterior —Ariana quiso decirle que había entendido mal, no obstante, prefirió callar al ver el estado de nostalgia del hombre. “¿Realmente lloraba por lo que pasó con la locomotora esta mañana?”, se preguntaba. Ella creía que existía otra razón… que había buscado inconscientemente una oportunidad para llorar. Pero esas ideas eran fugaces, no le duraban mucho porque no tenía forma de sustentarlas. El silencio reinó una vez más.
— ¡Hija! — escuchó de pronto. Era el padre de Ariana. Había despertado debido a los silbidos y, al no hallarla cerca, su preocupación aumentó al punto de desesperarlo. Se le acercó bruscamente y le dio un fuerte abrazo.
Ella no sabía qué decir. “Papá…” murmuró simplemente. Él le explicó su preocupación y cuestionó su salida. Luego llevó la mirada al hombre de smoking. “¿Quién es usted?” le dijo desafiante. No obtuvo respuesta. Éste solo lo observó fijamente y apartó la vista al horizonte.
— No importa, hija. Vámonos, ya es tarde. Mañana el tren partirá —dijo con seguridad. Ariana no pudo hacer nada, no podía levantar sospechas. Sabía que sería peor.
Así, lo dejaron solo. Encendió un cigarrillo y se sentó apoyado en la locomotora. “No llores”, volvió a escuchar. Sonrió.
— La llamaré cuando haya llegado.
Y, a pesar del frío de la noche, permaneció allí hasta el día siguiente.

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Espero que les haya agradado. Trataré de hacer algo mejor para los próximos capítulos. Gracias por leer. Au revoir!

viernes, 6 de mayo de 2011

Ariana: Capítulo 15

En este momento las cosas caen como inmensas rocas por una pendiente. Miro a un lado y al otro como muy probablemente harían nuestros tan queridos amigos de la Warner Bros en un acto de supervivencia heroico, y esto último porque los demás reirán cuando la mole me aplaste. Sí, un mártir de la risa es en lo que estoy a punto de convertirme. Pero, como tal vez podrán suponer, no es porque yo lo quiera, pues es la gravedad la que arrastra esas inmensas rocas hacia mí. "¡Ay de mí!", gritaré. Y no habrá nadie que pueda ayudarme. Los miraré a ustedes con un gesto entre decepción y melancolía y todo terminará. Ya no más actos de Warner por Zack Zala. Ya no más. Entonces comprenderán lo mucho que han sufrido nuestros queridos amigos warnesbrosianos (porque son del universo WB). Entonces comprenderán el valor de su sacrificio... Pero eso no es tema de esta entrada. No lo es. Si las rocas caen, las esquivaré al estilo de Neo en Matrix, así que despreocúpense —o preocúpense...
El tema real es Ariana, nuestra tan querida Ariana. Ella ha pasado por mucho, pero yo creo que se ha divertido a pesar de lo extraño de las situaciones en las que suele estar. Así es. ¿Que cuál Ariana? Eso es cosa de ustedes [ =) ].

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo décimo quinto.+.+.+.+.+.+.


Los tres testigos de la voz oculta en el silbido de la locomotora estaban ahí, mirándose con desconfianza los unos a los otros, guardando un silencio propio del nerviosismo, del asombro. El viejo se sentía intimidado, el hombre de smoking, indignado, y Ariana más bien confundida. Era obvio quién sería el primero en intervenir.
— No le perdonaré ésta, viejo, pero necesitamos hacer andar esta cosa —dijo.
— Ya deja eso —le contestó refunfuñando—. ¿Entonces ustedes creen saber cómo hacer que se mueva? —el hombre de smoking calló.
— No sabemos… —musitó Ariana—, pero podríamos encontrar una forma juntos.
— ¡Patrañas! —exclamó el conductor— Yo sé de esto y no he podido. ¿Qué podrían hacer ustedes?
— Nada, si no nos deja —dijo de inmediato el hombre de smoking.
La expresión algo agria del anciano pasó a denotar resignación, cosa que sus acompañantes interpretaron como un permiso, como una oportunidad amistosa para trabajar juntos. Lo único en lo que habían fallado era en lo amistoso. El viejo les había permitido revisar o intentar mover el tren, pero siempre estaba ahí para decirles qué no hacer. “No toquen eso”, “no intentaré encender la locomotora” “No se metan a la cabina”. Molesto o no, tenía en parte razón. Él y su ayudante habían intentado por muchas horas hacer andar el tren mediante una revisión técnica y no habían tenido éxito. Ariana y el hombre de smoking nada sabían de trenes, así que no tenían mucho que hacer al respecto. Sin embargo, aún quedaba una opción: intentar conversar con la máquina. A lo que, por presión, fue obligado primero el conductor.
— ¡Hey!, queremos conversar contigo. Ya nos hemos cansado de esperar tanto por tus caprichos. Empieza a ser útil y di algo —entonces empezó el silbido. Un silbido tan intenso como los anteriores, a causa del cual muchos de los pasajeros despertaron.
Para su suerte, ese sonido se había vuelto algo común, y no era algo que esperarían como señal de que el tren volvería a estar en movimiento. Esperaban más el anuncio de alguno de los aventureros o precisamente el movimiento del tren. Sin eso, no había razones para salir a ver lo que sucedía. Al menos no para la gran mayoría.
— ¡Deja de llorar, pedazo de chatarra! —sacó una llave inglesa de uno de sus bolsillos y golpeó a la máquina.
Ariana no sabía qué decir. El anciano estaba siendo demasiado agresivo con la locomotora. “La violencia no puede ser nunca una solución” pensó.
— Déjenos a nosotros —interrumpió el hombre de smoking, haciendo a un lado al anciano conductor—. Jovencita, haga algo.
Esas palabras eran bastante extrañas para venir de un hombre de negocios como él. Tal parecía que había cambiado un poco, a menos que lo hubiera dicho porque no quería hacer el ridículo nuevamente. Esta situación hizo que Ariana se sintiese muy involucrada. Llegó a pensar por un momento que toda la responsabilidad estaba cayendo sobre ella, pero sabía que tenía que hacer algo, y ése era el momento adecuado para hacerlo. No podía dudar demasiado, pero lo hizo. No sabía qué decir. Las palabras se le habían borrado de la mente en el instante que escuchó las del hombre de smoking. Éste, al notar el grado de tensión, extrajo un cigarro del bolsillo de su saco.
— No estará mal volver a intentar —murmuró mientras lo sostenía entre los labios, sacó el encendedor del bolsillo derecho de su pantalón y, con una luz elegante, comenzó a fumar—. Yo me haré cargo—dijo dirigiéndose a Ariana.
Caminó hasta aproximadamente el mismo lugar desde el cual se dirigió por primera vez a la máquina. Revisó su reloj de bolsillo. Resopló. Respiró como para darse valor y comenzó su discurso.
— ¡Hey!, queremos conversar contigo —se oyó nuevamente el silbido—. Si sigues llorando no podremos conversar —suspiró—. Esto me parece una locura, pero creo que te debo unas disculpas por la forma en que te hablé por la mañana. No te lo tomes muy en serio —recuperó un poco su ego—. Tenemos problemas serios por estar varados tanto tiempo en este lugar —Ariana lo empezaba a mirar desafiante, como si pensara que estaba a punto de cometer un error. El hombre de smoking lo advirtió de inmediato—. Y, bueno… Yo… El problema es que somos los únicos que podemos escucharte realmente, y yo ya he hecho el ridículo por eso. No quiero que vuelva a pasar… Por eso creo que es una buena opción que conversemos. Aquí, los tres nos volveremos locos si seguimos escuchando cosas que los demás no oyen—su gesto se hizo un poco más serio—. No podremos soportarlo, la verdad… Por eso estamos aquí. ¿Nos dirás qué es lo que te pasa?
El hombre de smoking esperó sin éxito. El silencio era claro. Tal vez esa era la forma de protestar de la locomotora. Cogió el cigarrillo sin terminar, lo tiró al suelo y lo pisoteó, resignado. “De nada sirvió hacer el ridículo…” dijo algo melancólico. En ese momento, se escuchó un silbido. Era nuevamente un llanto, pero había algo distinto esta vez. Ahora decía algo más: “no llores”.

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
¿Les pareció interesante? Espero que sí. Si no, igualmente seguiré intentando que lo sea. Gracias por leer. ¡Au revoir!

viernes, 29 de abril de 2011

Ariana: Capítulo 14

Hasta hace un momento me preguntaba por qué me sentía tan cansado pero no tenía ganas de irme a dormir. Por suerte recordé a tiempo que había cambiado el día de publicación de Ariana a los viernes. Eso es lo que me ha traído hasta aquí a esta hora —además de otras situaciones extrabloggeras—. Pero el hecho principal es que aún es viernes y les presentaré el capítulo siguiente de Ariana. El décimo cuarto. Así pues, los dejo a solas con él.

Por cierto, Ariana les manda saludos [ ;D ]

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo décimo cuarto.+.+.+.+.+.+.


— ¿Escuchas? —dijo con la voz entrecortada—, ¿escuchaste lo que dijo?
— Siempre… —contestó Ariana.
— Ja… —se acercó a ella y tomó sus manos—. Entonces, no estoy loco… —murmuró, y soltó una leve carcajada—, no estoy loco…
Ariana se sintió algo intimidada. No tenía idea de qué decir en ese momento. Después de todo, nunca había visto ese tipo de emoción en una persona. Estaba paralizada, no podía pensar claramente. Lo único que dijo fue “No estás loco”.
El hombre de negocios permaneció en silencio por unos minutos. Parecía consolarse a sí mismo. Reconstruía su quebrantado orgullo, sacaba ánimos de esas tres palabras tan estremecedoras y tan simples que eran “no estás loco”. Alguien más se lo había dicho. Ahora no cabía duda. No era más él quien se lo decía, no había ya que sospechar que no fuera consciente de su propia cordura. Alguien más estaba ahí reforzándola. Pero… ¿era real? Fijó su mirada en los ojos de Ariana.
— ¿Cómo sé que no eres parte de mi locura? —dijo algo más decidido.
— Yo… —Ariana temió. No tenía forma de demostrarlo— no lo sé, pero puedo irme si gustas. No quiero molestar —el hombre no dijo nada. Ella se dispuso a irse. Él no la detuvo.
La siguió con la mirada hasta detrás de un asiento. Luego fue hacia allá, con intención de comprobar su presencia. Y ahí estaba. Esa jovencita, que cogió el saco de su padre para cubrirlo, preocupada por su sueño.
— Esto es suficiente —musitó el hombre de smoking—, te creo que existes.
Ariana lo tomó del brazo y lo llevó fuera del vagón.
— ¿Qué haremos? —preguntó el hombre, interesado.
— Hablaremos con él.
— Pero ahora está inactivo, los silbidos han cesado. Podríamos despertar a todos.
— ¿Duermen los trenes? —dijo extrañada.
— No tengo idea… mejor vamos.
Y se dirigieron a la locomotora, esperando tener suerte. No obstante, se detuvieron un vagón antes de llegar. El conductor y su ayudante seguían revisándolo todo en busca de una avería incierta.
—Si siguen ahí no vamos a poder hacer nada —murmuró el hombre de negocios.
De pronto escucharon algo. “Déjalo por ahora, chico”, decía el conductor, “yo me haré cargo. Ve a dormir, que serás útil después”. El ayudante entonces se dirigió al primer vagón. Pasó a unos pocos metros de los dos observadores, pero no los vio aunque llevaba con él una lámpara de queroseno. Solo faltaba que el conductor se fuera. Ariana no quería ser reprendida, y el hombre de smoking menos quería toparse con el conductor debido a la última conversación que tuvieron. Pero el anciano parecía no querer irse, así que ambos decidieron regresar.
“Menudos problemas me causas…” escucharon entonces, “y éste es el peor lío en el que me he metido. Te volvería chatarra si no fuera porque no tengo derechos por sobre ti…”. Su regreso fue cancelado de inmediato y procuraron acercarse más a la locomotora.
—… Y lo peor es que no dices ni una palabra que sirva —concluyó bastante frustrado—. Supongo que no hay remedio.
El hombre de negocios, tanto como Ariana, pudo advertir que eso no era un reclamo común de hombre a máquina, sino que se trataba de un reclamo verdadero… Descubrirlo lo llenó de ira. Aquél viejo lo había hecho sentir tan miserable varias horas atrás y ahora resultaba siendo un hipócrita… Era imperdonable.
— ¿No me negó usted esto? ¿No dijo que esta locomotora era completamente inanimada? —dijo el hombre de smoking saliendo de las sombras.
— ¡Señor! —exclamó el viejo asustado—. No, señor, usted está alucinando. Nada pasa aquí. El tren partirá mañana, se lo aseguro. No hay nada de extraordinario.
— Usted también lo escucha, ¿verdad? —interrumpió Ariana.
El viejo se vio sin escapatoria. Había sido descubierto por dos personas, y el miedo lo llevaba a pensar que así como ambos habían salido de las sombras, todos los pasajeros del tren saldrían a reclamárselo. Para su suerte, eso no sucedió. Pero se vio obligado a admitirlo.
— Lo siento… —dijo—, no podía permitirme ser visto como un loco o la gente se asustaría —suspiró—. Y esta máquina ya no me hace caso.


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Hasta aquí por esta semana. Espero que continúen leyendo la historia. Gracias por su lectura. Au revoir!

viernes, 22 de abril de 2011

Ariana: Capítulo 13

Señores, he vuelto. Sí, soy yo, Zack. He vuelto después de unas tres semanas... Soy un mesías, señores, he resucitado. Y la más clara prueba son estas fechas. ¿No me creen? Está bien... no me crean. Algún día se arrepentirán. Muy probablemente cuando el mundo llegue a su fin.
Dejando eso a un lado, ¿esperaban que Ariana presentara este capítulo? [ XD ] Mala suerte si así era. Ariana se encargó de eso solo porque yo no podía estar los jueves. Ahora cambiaré el día a los viernes. Leyeron bien, Ariana se publicará a partir de ahora, los viernes, como hoy. Así no tendré problemas. Pero no se preocupen, Ariana está bien. Más bien, teman, porque no me han reconocido como Mesías... En fin. Mientras esperan el juicio, los dejo con el capítulo de hoy.

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo décimo tercero.+.+.+.+.+.+.


La gente empezó a aburrirse dentro de los vagones. Algunos se quedaron dormidos. Otros conversaban, y otros más no podían mantenerse quietos: iban de aquí para allá, salían de sus vagones, daban un paseo, regresaban y así infinitamente… o al menos hasta cansarse. Porque pronto esa ansiedad se transformó en aburrimiento y finalmente en inactividad. Y no era algo para asombrarse; ya era muy tarde y no había respuestas, ni del conductor y su ayudante, ni del hombre de negocios. “Un par de horas” ya era algo increíble. Llevaban esperando al menos cinco. Si contamos desde la “avería del tren”, unas ocho.
A Ariana comenzaba a preocuparle el regreso del grupo aventurero. “Ya es tarde, Ariana”, le decía su padre, “tal vez se extraviaron y aún no llegan a ese pueblo; tal vez está más lejos de lo que creía el conductor”. Que debía de haber sacado su cuenta a partir del recorrido en tren era la razón más comentada. “Ahí está el error” decían las voces esperanzadas. Pero nada era seguro.
Esperaron mucho. El sopor empezó a apoderarse de la mayoría, muy temprano incluso para su agitada rutina de ciudad. Esa misma rutina tan voraz los tenía ahora ansiosos. Gracias a ésta sus tiempos estaban medidos, sus vidas prácticamente controladas, pero ya no podían dar nada por seguro. Si no tuvieran esa tan pequeña esperanza de los tiempos de Pandora hubieran caído en una desesperación que podría haber sido su más cruel verdugo. La incertidumbre, pues, es uno de los enemigos más letales del ser humano. No obstante, la esperanza les alcanzó lo suficiente como para escuchar la llegada del hombre del smoking y compañía.
Cada uno de los aventureros fue a un vagón. Y, como era de esperarse, el hombre de negocios quiso ir primero al suyo. Se escuchó el golpe en la puerta y alguien le abrió.
— No hemos encontrado nada —decía, como queriendo quitarle el sueño a los demás—, por eso regresamos. No podíamos quedarnos por ahí…
Y el silbido, que se había vuelto cada vez más común, se hizo más fuerte, haciendo casi imperceptible la voz del hombre de smoking, que inmediatamente gritó:
— ¡Maldito tren, ya lo sé!, ¡déjame tranquilo!
Impresionantemente el silbido cesó de inmediato, pero pocos le prestaron atención a ello. Más bien, les volvió a la memoria la anterior escena, que ese hombre de smoking había intentado hablar con la locomotora, que posiblemente era el hombre más loco de la multitud de pasajeros del tren.
— Él lo sabe… —murmuró Ariana, pensando bastante contrariamente a los demás. No podía ser solo una coincidencia que sus palabras contestaran perfectamente a lo que ella escuchó en el silbido. Necesitaba hablar con aquel hombre, pues parecía ser el único capaz de escuchar más que un simple silbido. Tal vez podrían hacer algo para solucionar las cosas. Tal vez. Si no, era seguro que ambos estaban dementes.
La atención le fue quitada al hombre de negocios. Si un hombre como él estaba a la cabeza del grupo de aventureros, era más que claro que nunca llegarían a ningún lugar. Él mismo lo sabía. Había empezado a dudar de su propia cordura y su orgullo había sido herido una vez más. Se fue así no a su asiento original, sino a uno más solitario, a pensar mejor en su desgracia.
>> El temor tanto a la madre como a la hija fue disminuyendo en el camino, pero no porque Ariana viera en ellas una actitud más agradable, sino porque callaron, y el silencio le permitió hacer conjeturas al respecto. “Ojalá tengan más corazón que esto” era lo que se repetía. Y mantenía la esperanza en ello, porque no era posible que existiera una persona en todo el mundo que no respondiera al menos un poco a los sentimientos. Eso era lo que ella creía.
Pero haría falta esperar un poco, a que todos durmieran, para conversar con aquel hombre. Si se acercaba ahora mismo, podrían pensar que ella también estaba loca, o tal vez su padre, temiendo eso, la apartaría. Debía evitar esa situación, así que esperó a que su padre estuviera dormido. Y, cuando lo estuvo, caminó en medio de la oscuridad. El hombre de smoking estaba despierto. Taciturno, miraba a través de la ventana la noche, apoyando la cabeza en su puño. Estaba tan desinteresado ya, que poco le importó que Ariana se le acercara. Posiblemente se esperaba lo peor, que era una burla personal. Pero ella no estaba ahí para fastidiarlo, ni mucho menos para burlarse de él.
— Hola —empezó Ariana, sin éxito, pues el hombre no contestó. Ni tan siquiera volteó a verla. Se hizo un silencio—. Hola… —repitió más tímida— ¿en serio lo escuchas? —a esto, el hombre la miró de reojo—. Yo… creo que yo también.
El hombre de smoking dejó su postura pensativa y dirigió su mirada completamente hacia ella. “¿Puedes repetir eso?”, le susurró. Ella lo hizo. El hombre pareció aliviado, como si estuviera a punto de llorar de felicidad.

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Eso fue todo por hoy. Gracias por leer. Y disculpen el retraso. Los veo la próxima [ >=D ]

jueves, 24 de marzo de 2011

Ariana: Capítulo 10

¿ Alguna vez han sido acosados? ¿No han sentido esa sensación extraña y desesperante de que los siguen muy de cerca sin que ustedes se den cuenta? ¡Es horrible!, ¡horrible! Deben haber pasado por ello alguna vez, ¿verdad que sí? Vamos... digan que sí [ D= ] Digan que... que... [ O.O ] ¡Malditos! ¡Ya los descubrí! ¿Qué tanto siguen mis letras? ¡Acosadores! Son unos acosadores... Tengo miedo...[ T_T ] Pero ya verán, ya verán... me vengaré algún día.
Por mientras, iré con Ariana... ella seguro no me acosa [ u.u ]

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo décimo.+.+.+.+.+.+.


El sonido de las ruedas avanzando, la sensación de estarse moviendo sin moverse. Un silbido chimeneesco. El pasar lento y mínimo de nubes de vapor por las ventanas, y las nubes desaparecen mientras la sensación de moverse es mayor y se hace cada vez más normal, más inmóvil. Gritos, ovaciones, llantos: despedidas. Era imposible evitar todo eso al viajar en tren. Formaba parte del viaje. Y Ariana imaginaba que si algún día faltaban las despedidas, algún hombre cuerdo saldría a reclamarlas. Eran parte del viaje. Por algo se pagaba. Y ella lo veía hermoso. Un genial cuadro de un excelente pintor. La nobleza humana en una de sus expresiones más nobles, por redundante que esto suene.
El tren pronto se alejó lo suficiente de la estación, cortando de una vez todas las despedidas —posiblemente le fastidiaba que los humanos se despidieran todo el tiempo con las mismas lágrimas, los mismos gemidos, las mismas palabras, o tal vez él mismo no podía soportar el sentimentalismo humano, que estaba por contagiársele y hacerlo llorar. ¿Y quién ha visto un tren llorón? Tal vez podría venirnos a la mente el silbido antes de la partida. Tal vez podríamos preguntarnos “¿será que llora?” Pero el hecho es que el tren ya había partido y las despedidas quedaban atrás.
Encontró divertidas las conversaciones con su padre. Él estaba muy entusiasmado —bastante. Hasta hacía muecas con las manos mientras le contaba sus días en el trabajo o sus aventuras juveniles cuando iba al campo con sus amigos—. Ariana reía y le hacía preguntas. Todo era tan normal como debía serlo siempre. Pero no lo fue por mucho. Es decir, no es que un llavero de dodo saliendo del bolsillo del pantalón de un hombre sea algo raro, lo raro era que se movía y paseaba por el asiento y regresaba a él. ¡Y no cargaba baterías! Ariana pensó que causaría un alboroto si el llavero se escapaba y era visto por otros, sin embargo, solo seguía la ruta hace poco comentada, y a veces parecía escuchar la conversación. Así que no le prestó atención, pero empezó a perderse entre las palabras de su padre.
Ciertamente, llega un momento en una conversación en el que todo pierde el sentido y empiezas a querer silencio. Eso le pasaba a Ariana, aunque no lo quisiera, pero ya estaba algo hastiada de las historias de su padre. Eso la hacía sentirse mal con él, pero era inevitable.
Entonces fue que pasó. El silbido —o llanto— del tren, la sensación de ir en reversa, las nubes nuevamente visibles… y el tren ya no se movía. Y comenzaron los murmullos, que pronto se convirtieron en conversaciones altisonantes y, por momentos, en gritos —estos últimos por parte de gente bastante apurada—. “¡Ay, Dios mío!, ¿qué habrá pasado?”, decía una anciana, “Ojalá no se haya averiado”, un joven con sombrero de scout, “No creo que sea tan grave, seguro en un momento vuelve a andar”, un hombre de negocios, que parecía querer calmar a los que estaban cerca de él. Pero no volvía a andar, en serio. Todo el mundo dentro del tren se preocupaba por la situación allá afuera, pero nadie sabía nada. Solo escuchaban, por momentos, el silbido del tren. “Debe haberse vuelto loco el conductor, ¿qué hace tocando eso a cada momento?, ¡me crispa los nervios!”, la misma anciana, “Señora, no se preocupe, ya verá que partiremos pronto”, nuevamente el hombre de negocios, que se había levantado y dirigido hacia donde la anciana. Al parecer, temía que provocara histeria colectiva, y no era algo justificable porque, según él, el tren se movería pronto.
Ariana, como muchos, observaba por su ventana, esperando ver algo que le ayudara a comprender la situación, pero no había nada de eso, solo a veces lograba ver la sombra de un hombre haciendo una serie de gestos con las manos, muy probablemente el conductor.
La incertidumbre llevó a las personas a bajar de sus vagones. Los del vagón de Ariana bajaron luego de que vieron a más gente afuera. Todos se habían ido a hablar con el conductor, a pedirle una explicación lógica para el incidente. La multitud, como vería Ariana al bajar del vagón, estaba siendo controlada por un joven que decía ser el asistente del conductor. Este sujeto les impedía a los demás pasar muy hacia adelante, como si quisiera ocultar algo.
— No es necesario que vayan hasta la locomotora. No hace falta, en serio… —se le veía algo nervioso—. El conductor se está haciendo cargo… no hace falta que vayan… —pero las personas se mostraban cada vez más enojadas, le gritaban o intentaban empujarlo para pasar más allá.
— No habrán atropellado a alguien, ¿no? —dijo una mujer— ¡Santo Dios! Por eso no nos deja pasar —el ayudante cayó en un total nerviosismo, la voz se le cortaba ahora.
— ¡N-no! —dijo reclamando— ¡Cálmense!, p-porfav-vor. No ha pasado… nada de eso… —luego se resignó. Se dio cuenta de que no podía con ellos— vayan y vean… si es lo que quieren.
Así fue que se movilizaron hacia el frente, a la locomotora, donde se suponía que estaba el conductor. Caminaron entre murmullos, algunos quejándose de la incompetencia del asistente, otros compadeciéndolo y dándole la razón, y otros más renegando de que el conductor utilizara a alguien más para “hacer de las suyas”, aunque no entendieran muy bien a qué se referían con eso. El asistente los siguió en silencio.
Cuando llegaron, no mucho después, escucharon algo insólito, además de los constantes silbidos, al parecer automáticos, de la locomotora —porque al pasar, comprobaron que nadie estaba en la cabina—. Las personas empezaban a lanzar gritos de asombro. La multitud detrás de los primeros era también curiosa y quería experimentar la misma sorpresa, por lo que empezaron a empujarse por un rato. Interesante forma aleatoria de ver alguna atracción, interesante forma de recibir golpes indirectos también, pero eso no importaba, la curiosidad está primero. Ariana, debido a este sistema de turnos, no pudo ver nada por un rato, sólo escuchaba los silbidos y la voz de un hombre, aparentemente la del conductor, que hablaba con alguien. “Vamos, no podemos quedarnos aquí. Debemos irnos. ¿No puedes dejarnos viajar como siempre?” decía, y luego un silbido. Y escuchó cosas como esa y más silbidos por un buen rato. Luego los comentarios de que el conductor estaba demente o que la locomotora estaba maldita.
Una vez el poco seguro sistema de turnos le permitió ver lo que sucedía, se sorprendió. Aquél, el hombre, el conductor, estaba conversando con la locomotora. Y ésta le contestaba con un silbido. De pronto, pudo ver también cómo los faroles se encendían y apagaban, como si fueran ojos que se abren y se cierran. Y, luego de escuchar tanto los silbidos, comenzó a comprender que no eran simples silbidos. El hombre no estaba loco, de verdad hablaba con su locomotora.

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¡Ya! ¡Ya! Basta... no me sigan [ u.u ]
Bueno, dejando a un lado el tema del acoso... Gracias por leer. Adiós [ >=) ]