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viernes, 6 de mayo de 2011

Ariana: Capítulo 15

En este momento las cosas caen como inmensas rocas por una pendiente. Miro a un lado y al otro como muy probablemente harían nuestros tan queridos amigos de la Warner Bros en un acto de supervivencia heroico, y esto último porque los demás reirán cuando la mole me aplaste. Sí, un mártir de la risa es en lo que estoy a punto de convertirme. Pero, como tal vez podrán suponer, no es porque yo lo quiera, pues es la gravedad la que arrastra esas inmensas rocas hacia mí. "¡Ay de mí!", gritaré. Y no habrá nadie que pueda ayudarme. Los miraré a ustedes con un gesto entre decepción y melancolía y todo terminará. Ya no más actos de Warner por Zack Zala. Ya no más. Entonces comprenderán lo mucho que han sufrido nuestros queridos amigos warnesbrosianos (porque son del universo WB). Entonces comprenderán el valor de su sacrificio... Pero eso no es tema de esta entrada. No lo es. Si las rocas caen, las esquivaré al estilo de Neo en Matrix, así que despreocúpense —o preocúpense...
El tema real es Ariana, nuestra tan querida Ariana. Ella ha pasado por mucho, pero yo creo que se ha divertido a pesar de lo extraño de las situaciones en las que suele estar. Así es. ¿Que cuál Ariana? Eso es cosa de ustedes [ =) ].

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo décimo quinto.+.+.+.+.+.+.


Los tres testigos de la voz oculta en el silbido de la locomotora estaban ahí, mirándose con desconfianza los unos a los otros, guardando un silencio propio del nerviosismo, del asombro. El viejo se sentía intimidado, el hombre de smoking, indignado, y Ariana más bien confundida. Era obvio quién sería el primero en intervenir.
— No le perdonaré ésta, viejo, pero necesitamos hacer andar esta cosa —dijo.
— Ya deja eso —le contestó refunfuñando—. ¿Entonces ustedes creen saber cómo hacer que se mueva? —el hombre de smoking calló.
— No sabemos… —musitó Ariana—, pero podríamos encontrar una forma juntos.
— ¡Patrañas! —exclamó el conductor— Yo sé de esto y no he podido. ¿Qué podrían hacer ustedes?
— Nada, si no nos deja —dijo de inmediato el hombre de smoking.
La expresión algo agria del anciano pasó a denotar resignación, cosa que sus acompañantes interpretaron como un permiso, como una oportunidad amistosa para trabajar juntos. Lo único en lo que habían fallado era en lo amistoso. El viejo les había permitido revisar o intentar mover el tren, pero siempre estaba ahí para decirles qué no hacer. “No toquen eso”, “no intentaré encender la locomotora” “No se metan a la cabina”. Molesto o no, tenía en parte razón. Él y su ayudante habían intentado por muchas horas hacer andar el tren mediante una revisión técnica y no habían tenido éxito. Ariana y el hombre de smoking nada sabían de trenes, así que no tenían mucho que hacer al respecto. Sin embargo, aún quedaba una opción: intentar conversar con la máquina. A lo que, por presión, fue obligado primero el conductor.
— ¡Hey!, queremos conversar contigo. Ya nos hemos cansado de esperar tanto por tus caprichos. Empieza a ser útil y di algo —entonces empezó el silbido. Un silbido tan intenso como los anteriores, a causa del cual muchos de los pasajeros despertaron.
Para su suerte, ese sonido se había vuelto algo común, y no era algo que esperarían como señal de que el tren volvería a estar en movimiento. Esperaban más el anuncio de alguno de los aventureros o precisamente el movimiento del tren. Sin eso, no había razones para salir a ver lo que sucedía. Al menos no para la gran mayoría.
— ¡Deja de llorar, pedazo de chatarra! —sacó una llave inglesa de uno de sus bolsillos y golpeó a la máquina.
Ariana no sabía qué decir. El anciano estaba siendo demasiado agresivo con la locomotora. “La violencia no puede ser nunca una solución” pensó.
— Déjenos a nosotros —interrumpió el hombre de smoking, haciendo a un lado al anciano conductor—. Jovencita, haga algo.
Esas palabras eran bastante extrañas para venir de un hombre de negocios como él. Tal parecía que había cambiado un poco, a menos que lo hubiera dicho porque no quería hacer el ridículo nuevamente. Esta situación hizo que Ariana se sintiese muy involucrada. Llegó a pensar por un momento que toda la responsabilidad estaba cayendo sobre ella, pero sabía que tenía que hacer algo, y ése era el momento adecuado para hacerlo. No podía dudar demasiado, pero lo hizo. No sabía qué decir. Las palabras se le habían borrado de la mente en el instante que escuchó las del hombre de smoking. Éste, al notar el grado de tensión, extrajo un cigarro del bolsillo de su saco.
— No estará mal volver a intentar —murmuró mientras lo sostenía entre los labios, sacó el encendedor del bolsillo derecho de su pantalón y, con una luz elegante, comenzó a fumar—. Yo me haré cargo—dijo dirigiéndose a Ariana.
Caminó hasta aproximadamente el mismo lugar desde el cual se dirigió por primera vez a la máquina. Revisó su reloj de bolsillo. Resopló. Respiró como para darse valor y comenzó su discurso.
— ¡Hey!, queremos conversar contigo —se oyó nuevamente el silbido—. Si sigues llorando no podremos conversar —suspiró—. Esto me parece una locura, pero creo que te debo unas disculpas por la forma en que te hablé por la mañana. No te lo tomes muy en serio —recuperó un poco su ego—. Tenemos problemas serios por estar varados tanto tiempo en este lugar —Ariana lo empezaba a mirar desafiante, como si pensara que estaba a punto de cometer un error. El hombre de smoking lo advirtió de inmediato—. Y, bueno… Yo… El problema es que somos los únicos que podemos escucharte realmente, y yo ya he hecho el ridículo por eso. No quiero que vuelva a pasar… Por eso creo que es una buena opción que conversemos. Aquí, los tres nos volveremos locos si seguimos escuchando cosas que los demás no oyen—su gesto se hizo un poco más serio—. No podremos soportarlo, la verdad… Por eso estamos aquí. ¿Nos dirás qué es lo que te pasa?
El hombre de smoking esperó sin éxito. El silencio era claro. Tal vez esa era la forma de protestar de la locomotora. Cogió el cigarrillo sin terminar, lo tiró al suelo y lo pisoteó, resignado. “De nada sirvió hacer el ridículo…” dijo algo melancólico. En ese momento, se escuchó un silbido. Era nuevamente un llanto, pero había algo distinto esta vez. Ahora decía algo más: “no llores”.

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
¿Les pareció interesante? Espero que sí. Si no, igualmente seguiré intentando que lo sea. Gracias por leer. ¡Au revoir!

jueves, 17 de febrero de 2011

Ariana: Capítulo 5

¿Alguna vez han hecho volar su imaginación? —no entremos en temas de adicción, por favor...—, ¿alguna vez han visto algo que no existe?, ¿alguna vez han negado la existencia de algo obvio solo porque les dijeron que no existe?, ¿alguna vez se han creído algo tonto y han resistido neciamente a cualquier tipo de comprobación solo por miedo a verse ridiculizados? Pues bien, de eso no hablaremos hoy (risa malévola...). Así es, no hablaremos de eso, porque esta entrada está dedicada al Capítulo quinto de Ariana, y porque posiblemente este proyecto les diga algo con respecto a esos temas —ya saben que la imaginación es valiosa... Si no lo saben, están ciegos.
En fin, como cada semana, hoy les presento un nuevo capítulo de esta serie (¿?) llamada Ariana. Disfruten si les está permitido, y... solo eso. Aquí la tienen...

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo quinto.+.+.+.+.+.+.


Sí, estaba en una vitrina cercana. Aunque en realidad era la misma vitrina, solo que al extremo —las vitrinas eran largas, cubrían todas las paredes, como suele pasar en los museos—, y ella ahora dirigía su atención hacia otro lugar. Por eso ahora era “una vitrina cercana”.
La impresión fue enorme. Ariana dio un salto por el susto.
— ¿Qué sucede, hija?
— Ah… —se mostró avergonzada, y más porque cuando regresó la vista el ave ya no estaba—. Ehmmm… no es nada.
Su padre volvió a inquirirla, pero ella volvió a negarse.
— Bueno, entonces continuemos.
Su padre avanzaba más rápido que ella. Ariana tardaba un poco más debido a que se cercioraba de que el dodo no apareciera nuevamente en esa vitrina —porque aún podía verla— o de que, mágicamente, los esqueletos de los dinosaurios o esculturas empezaran a tomar vida en el Museo de Historia Natural. El solo imaginarlo la asustaba, así que no podía evitar mirar un poco más las muestras. Después de todo, nada perdía haciéndolo.
Entonces, cuando estaba por perder de vista la vitrina debido a que el pasillo doblaba hacia la izquierda, lo vio. Lo vio, pero esta vez no se le acercó, solo se sobó los ojos con las manos una y otra vez, pensando en que desaparecería. No funcionaba. Era real, o eso le parecía a ella en ese momento. Cuando se convenció, solo se quedó mirándolo, perdiéndole la atención a su padre, que parecía hablarle sobre algunos caracoles fosilizados —él también estaba emocionado, aunque no había visto al dodo. Ahora le hablaba al aire, claro, porque su hija lo había olvidado por un momento—. Entonces fue testigo del intento desesperado del dodo por salir por un extremo de la vitrina: golpeaba con su enorme pico y gritaba como solían hacer los dodos. La escena la conmovió tanto que, por un instante, deseó que el animal pudiera ser capaz de atravesar aquel vidrio que le obstaculizaba el paso. Luego se retractó, porque tuvo miedo, fue casi inmediato. A pesar de que los dodos no eran tan peligrosos… ella no sabía más que lo que su padre le había dicho.
¡Taaak! ¡Slash! ¡Shurrmmmm! Y el dodo estaba fuera. Había atravesado el vidrio, pero no lo había quebrado… tampoco lo había desplazado… Ariana supo en seguido lo que pasó, porque el ave corrió hasta la vitrina siguiente, golpeó el vidrio con el pico, y estuvo dentro. Supo que era mágico; el dodo atravesaba los vidrios como si de arbustos se tratara… Ahora no tenía complicaciones.
El dodo corrió a través de las vitrinas, pasando en medio de muchas muestras históricas, algunas veces evitando hábilmente —y era algo que podríamos loarle, dada su contextura—, otras chocando torpemente y tumbando las muestras, desordenándolas. Tal desorden debía causar algún tipo de problema en el museo, y más el advertir que una de sus muestras había cobrado vida. Ariana solo sabía que quería salir de ahí, aunque se tratara de una alucinación suya, aunque fuera un sueño el que estuviera allí con su padre… En serio temía.
Cuando el ave estuvo cerca, ella ya había avanzado algo más. El dodo saltó de una de las vitrinas hacia el exterior —lo mismo de siempre, un picotazo y ¡slash!, ¡shurrmmmm!, atravesaba la pantalla de vidrio—, se acercó rápidamente. Ella corrió hacia su padre; no quería ser atacada, y no lo fue. El ave pasó a la siguiente vitrina, y, desde ahí, luego de haber causado un extraño desorden en las muestras, se mantuvo observándola.
>>Ariana no podía hablar. No porque el anciano juguetero fuera un hechicero y la hubiera encantado, sino porque no podía creer lo que veía: un mundo vacío, lleno de blanco, lleno de negro, lleno de… lleno de… lleno de algún tipo de transparencia, aunque nada se veía a través. Sin embargo, sabía que no era un mundo opaco, sabía que estaba purificado, que no había nada más, que era lo único que existía… Y creyó eso por unos tres segundos, lo único que duró.
De pronto se preguntó “¿Si acaba de salir del cascarón… por qué ahora tiene ese tamaño?”
>>El espacio entonces se tornó más opaco, más cálido. Frente a ellos podía ver una ventana, que estaba demasiado cerca, por cierto, de modo que era como si alguien los hubiera hecho a un lado o como si unos niños hubiesen empujado el asiento hasta ese lugar con el fin de ver a través de la ventana, muy alta para ellos. Ariana sintió claustrofobia, a pesar del color melón de la pared, por lo que volteó inmediatamente. El anciano se levantó de su asiento y se ubicó al lado, siempre manteniendo las manos pegadas al éste —en realidad a los brazos de éste. Se sabe que las bancas de parque tienen ese tipo de cosas.
>>—No te retires de la banca. No lo hagas, o tendremos problemas —advirtió el anciano al ver que Ariana intentaba levantarse. Ella asintió y decidió arrodillarse sobre la banca, sosteniéndose del respaldar, como los niños que juegan en las bancas de los parques.
— Papá… —hay un dodo vivo, quiso decir, pero calló al ver que no pretendía hacerle daño.
El dodo tenía un tamaño anormal para haber nacido hace poco. Lo sabía, y la idea la acosaba. La acosó los treinta y tres segundos que estuvo en ese punto y la siguió acosando cuando empezó a moverse para seguir a su padre, mientras que el ave andaba a su paso y la seguía con la mirada, siempre detrás del vidrio.

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Entonces el dodo... No, no les iba a continuar la historia... No empezaría el sexto así... [ =/ ]. Pero ya saben... Ojalá les haya gustado, y nos vemos en el próximo capítulo —recuerden mis cámaras [ ;) ]—. Gracias. Au revoir!!