jueves, 22 de octubre de 2015

Caín: El Segundo Fruto Prohibido 4ta Parte

Comenzará el nuevo reinado de los ardillianos. Lo he visto en mi triángulo, bueno, en teoría, lo oí, pero a quién le importan esos detalles. Hay cosas más importantes, como la tranquilidad misteriosa antes de la tormenta. Es una tranquilidad rara, que viste un saco con capucha y lentes de sol. A veces le vende drogas a los niños, otras los seduce con dulces para volverlos peter pans o cofres del tesoro. Bleh.


 <<Anterior


Caín: El Segundo Fruto Prohibido 4ta Parte

 La mañana llegó hediendo a incertidumbre. Se sentía un desasosiego mudo, la gente temía hablar porque todo explotaría, porque ya nada sería igual. Incluso los más osados no querían decir nada, miraron a Jael, en el centro de todo. Ella se veía igual, capaz y su expresión era más severa. Todos queríamos pensar que todo había sido un mal sueño, uno colectivo, y habíamos despertado. Todos sabían muy bien que no era así.

Jael no fue la primera en hablar esa mañana. Tal vez el miedo había llegado finalmente a sus antiguos huesos y se encontraba con un nudo en la garganta, a punto de llorar, de quedarse frágil y desamparada, tratando de aceptar que los ángeles diurnos no eran lo que aparentaban ser. Tampoco fui yo el que dirigió la reunión espontánea, porque temía. No, sabía que mi verdad era tan solo una parte de toda una gigante conspiración. Mientras que lograba reconocer lo malo y lo bueno de una manera ruda y poco precisa, prefería esta revolución a estar inundado en una mentira  feliz… Creía en una felicidad sincera, en la que pudiéramos admitir nuestra funesta naturaleza y convertirlo en algo positivo si era posible.

El que habló, tartamudeando un poco al inicio, e hizo físico el pavor, lo volvió todo una realidad palpable, afincando como nunca la herida todavía abierta en nosotros. Dijo el dolor de la herida: no hay escapatoria, esto tiene que pasar. El que dio el paso al abismo fue un hombre simplón, al que apenas podía recordar; un hablador sin sentido, un humorista, un payaso. Un hombre. Uno que temía y temía por su familia y por sus hijos y por su esposa. Ya he olvidado hace muchísimo tiempo sus palabras, pero nos recordó que el temor era real.

Preguntó: ¿Hay más criaturas diabólicas? ¿Cómo nos protegeremos de ellas?, me miró a mí y vi que necesitaba un guía, que no confiaba en Jael, porque ella habría sugerido que la voluntad de los ángeles dictaría lo que tenía que suceder. Si debíamos morir a mano de las bestias que así fuera. Ella creía, me figuro, que los ángeles serían incapaces de dejarlos a la deriva, pero diría eso y hablaría de cómo sus planes eran imprevisibles. Nos recordaría lo bueno que habían sido con Adán y Eva.  Este hombre, el humorista, el padre que no había sido convencido por los fuegos fatuos ni por los ángeles, me miraba a mí que había derrotado a una cría del demonio y me pedía que lo guiara. No lo hacía a viva voz, porque había quienes me temían. Joder, yo mismo me tenía miedo, no comprendía nada de lo que pasaba. Solo sospechaba algunas cosas, solo tenía cierto ángulo de una situación que era difícil de explicar.

Ante mi silencio, otra persona me cuestionó:

“¿Y si él está de lado del demonio? ¿Qué pasa si terminamos siendo comida de bestias por seguirlo?  Quién sabe qué quiere este hombre… ¿Es este el Absalom que conocíamos?”

“¿Y cuál es la alternativa, esperar a que nos maten todas las bestias?”

De esto nació una acalorada discusión, algunos se agarraban violentamente, sacudían a otros tratando de hacerlos comprender. Yo no decía nada y Jael sonreía complacida del desorden que había nacido gracias a mí. Estoy seguro de que intentaría culparme de la discordia, diría que todo era plan de Satán y que yo claramente solo quería verlos a todos muertos.

“Tú puedes guiarnos, ¿cierto, Ab?” Me preguntó Anah y yo asentí distraídamente.

“¡Silencio!” Grité…

“Antes de que estuviéramos en esta sucia tierra, llena de peligros y oscuridad”, dijo Jael, interrumpiéndome.”Vivíamos en el Edén. Eso fue hace muchísimo tiempo y yo no había nacido aún.”
Todos se quedaron atónitos. El Edén era para nosotros una vieja historia sobre lo hermoso, lo ideal, lo que habíamos perdido a causa de nuestra curiosidad. El pecado original.

“Pero Eva fue tentada por la serpiente, por Satán mismo. ¿Quién imaginaría que sería un propio ángel el que provocaría que cayésemos en el pecado original? El más hermoso de los ángeles, uno de los ángeles más alabados incluso por sus iguales,   fue el que nos sacó del Edén. Incluso ellos sufren castigos. Tal como nosotros fuimos condenados a vagar por la tierra, llena de misterios y bestias, ellos fueron condenados a caer del cielo. No era solo Lucifer el ángel corrupto, él y todo un grupo de ángeles son los enemigos del cielo. Nuestros enemigos. Lucifer es Satán.  Absalom, por favor, deja que los ángeles te libren de este mal. Has sido mancillado como fue mancillado Caín.  No intentes envenenarnos, no seas ahora tú la serpiente.”

La gente ahora estaba más aterrorizada que nunca… yo junto a ellos. ¿Era falso todo lo que me había dicho Lucifer?   Todo encajaba, sin embargo, esa horrible verdad no corregía nada. Solo nos espantaba, los espantaba a ellos que apenas ahora podían observar un poco de la luz que yo ya había observado. Al estar en la oscuridad, se veían cegados. No podían escoger por ellos mismos. Anah me preguntó temerosa: “¿Es eso verdad?”

“Tal como tú, lo acabo de oír. No tenía ni idea. ¿Pero no has visto todo lo que nos promete? ¿No quieres ver la luz? ¿Qué nos han ofrecido los ángeles? Lucifer debe haber tenido sus razones… Mira, Anah, he sido marcado.” Y le enseñé mi mano.”¿Crees que estando así tengo otra opción que seguirle? Decidiendo no seguirle, podría seguir oyendo su voz. Quién sabe a qué cosas podría obligarme, cómo podría seducirme. ¿Qué opción me da Jael además de la muerte?

“Y aún así...” Esta vez hablé alto, entre el miedo que hacía que todos apretaran sus dientes en silencio.”¿Qué nos han ofrecido los ángeles? Nada. No es hasta ahora que sabemos que Lucifer era Satán. ¿Cómo podíamos defendernos de esto? No había forma, Lucifer, sin embargo, me ofreció el fuego que ustedes vieron. No es todo un día soleado. Reconozco que algunos fueron espantados, yo solo les doy la opción de creerme. Vieron como maté a esa criatura demoniaca, más de ellas se encuentran en los bosques, Lucifer me advirtió.” Mentí.”¿Acaso los ángeles nos han advertido de este mal? No… de otra forma, este mal solo se esparcirá. Es momento de decidir a quién hay que creerle.”

Toda la situación era un enredo lleno de espinas. Tuve la consciencia de que más de uno saldría herido. Habría muertos. Entre la acongojante tensión, alguien dijo que aunque discutir todo esto era menester, igual lo era comer y hacer los deberes diarios. La gente necesitaba todavía tiempo, normalidad. Un ancla que los mantuviera cuerdos, en cualquier momento el destino se nos tiraría encima y no tendríamos más remedio que continuar, fuera esto una masacre, una horrible discusión, el fin de la humanidad, era indiferente. Toda la aldea estaba paralizada por un solo pensamiento. ¿Qué decidir?

 Y en eso, Lucifer me dijo que llevara a Anah hacia el bosque, cuando la noche cayera. Me pregunté qué tanto ayudarían los ángeles a Jael, si siquiera la ayudarían como a mí me ofrecía ayuda Lucifer.

Siguiente>>

miércoles, 14 de octubre de 2015

Caín: El Segundo Fruto Prohibido 3ra Parte

Conflictos, teorías conspirativas y dinosaurios. ¡Todo eso y más! En... Ok, no.
Las verdades oscuras comienzan a salir a la luz. La tensión asciende, la cuerda está a punto de reventar.  Cae un elefante de la cuerda y luego el efecto dominó comienza, fichas del tamaño de elefantes comienzan a caer. El público se histeriza y el caos cunde mientras los payasos tiran cáscaras de banana y bolitas al piso.  O algo así.


<<Anterior

Caín: El Segundo Fruto Prohibido 3ra Parte

Observé oculto tras unos arbustos, la forma en la que la gente se horrorizaba. Sus expresiones daban miedo, algunos lloraban. Pedían a gritos que los ángeles vinieran a bendecirnos con su presencia, así el siniestro sino que nos cubría desaparecería. Las mujeres escondían a los más pequeños, inseguras de lo que sucedía como tal. Muy poca gente se atrevía a ver a la bestia. Salí y oí entre los comentarios de las personas, lo que decían haber visto.  

Un perro horrible, ¿dos cabezas? No. No tenía dos cabezas, pero bien pudo haberlas tenido… son puros huesos carbonizados, ¿qué se puede saber? ¿Es un peón de Satán? Seguramente…el primer demonio que veían… No. Las primeras pruebas de un demonio, se corregían e intercambiaban sus opiniones. Todos intentaban dar sus teorías sin parecer expertos. No querían que dudaran de ellos, que creyeran que eran ellos aliados del terrible Satán. Aquel que opone a los de alas argénteas. 


La gente me miraba… con sospecha. Se apartaban de mi camino. Preguntaban los más salidos: ¿esa fue la criatura que viste, eh, Ab?... yo asentía por momentos, pero estaba ido. Solo seguía moción tras moción, sin saber muy bien nada. ¿Qué creerían de mí? ¿Qué pasaría conmigo? 


Finalmente, llegué a donde estaban los huesos carbonizados que habían traído. Poco se podía concluir de esto. Lo que sugería era digno de una pesadilla. Sus zarpas ennegrecidas, su cráneo bestial, en pedazos, también ennegrecido. Los huesos de sus patas… no me quería imaginar lo que ellos creían, porque sin duda alguna era más terrible que la verdad. Si la verdad fuera expuesta en toda su envergadura, solo así ellos podrían comprender que la bestia era solo la mitad de fúnebre que la realidad.


“LOS ÁNGELES TE HAN BENDITO, ABSALOM, TE HAN PROTEGIDO DE SATÁN.” Dijo uno, pero otro le contrario. 


“¿Cómo podemos estar seguro de eso? Y si en cambio, es aliado de él y por eso… mira esas flamas… Flamas del infierno, solo flamas del infierno podrían haber rostizado así a un animal” 


“¡Absalom! ¡Dinos qué pasa aquí! ¿Qué pasó la noche anterior?”  preguntó Anah, en su cara se leía una preocupación profunda. Un pavor que no podía ser descrito con palabras. Quise besar sus labios, abrazarla. Ella era todo lo que me hubiera gustado tener de no ser que realidad fuera tan distante a la que habían pintado los ángeles. Si no fuera todo tan difuso… No podía mirarla a la cara y decirle lo que había pasado. Sentía mis piernas temblar y un vacío crecía en mi corazón; el no saber qué hacer. ¿Decirles y exponerles la verdad…? Jamás. Era increíble. 


Allí, atrás de la multitud, pude ver a la vieja. Sus ojos no pudieron ser más terroríficos. Sus sospechas ganaban nueva vida. 


Ante los murmullos de la multitud, de los gritos que se opacaban entre sí, no contesté nada. Miré la evidencia, absorto. No le presté mucha atención tampoco a cosa alguna. Rumiaba mentiras, verdades incompletas, discursos que eran solo un circunloquio. ¿Qué podía hacerles comprender?  La marca en mi palma izquierda ardió un poco y oí la voz… irreconocible, fantasmagórica. 
 

“¡Vamos Absalom! Diles lo que sucedió… Háblales de tu poder. Diles que los guiarás. Que la sombra que deja tu cuerpo al avanzar hacia la luz, es el camino que hay que seguir. Diles y enfatiza que hay que encontrar la verdadera Fe, el verdadero Amor, tras mirarse uno mismo profundamente en la oscuridad. Un espejo que te enseña todos los horrores. La verdad. No una fementida mentira que han contado los impostores diurnos. Absalom, ¿no quieres proteger a Anah?¿Acaso podrías haberlo hecho antes? ¿No quieres proteger a tus consanguíneos?” Miré allá en el cielo, su tono naranja y a un sol débil. Hallé a la luna asomándose y pensé en todo… Nada tenía sentido y la marca ardía, era un dolor molesto. Agudo. Agudísimo, de hecho. No encontraba explicación alguna a cómo lo soportaba.  

Lazos de color rojo salieron de mi palma y representaron un fuego. Hubo silencio. Se escuchó lo que decía la naturaleza y el fuego crecía lenta y dolorosamente en mi mano. Todos observaban anonadados. Fue esta la llama más hermosa que se pudo formar. Flameaba a veces en tonos rosáceos, proponía al lila y a veces parecía azul o blanca. Creció tanto, mucho más que la que consumió a la bestia. La de Lucifer palidecía ante esta… Su baile te sugería un cariño, una inocencia de alma, una magnificencia divina. El crepitar era uno elocuente y que recordaba a quien lo oía de la gentileza, el honor, la belleza de la vida. 
Yo sonreí y de esa corta sonrisa, nació una risa corta de incredulidad. Una doble faceta. Me sentía inconmensurablemente triste, pero ahí sonreía y reía de la manera más genuina posible. 


El fuego provocó un incendio de un silencioso crepitar. La llama se extendía de una manera preternatural, rodeaba, abrazaba a quienes estaban a en rededor. Creaba fuegos fatuos del puro aire. Iluminaba la caída de la noche y hablaba en cientos de voces. Cada una de ellas les infería un hermoso paraíso… 


Se oyó un grito. Un grito de pánico, el pánico había cubierto la cara de aquel hombre y era su expresión la de alguien que ha visto a la muerte y tiene total seguridad de que el final está respirando sobre su hombro. Oí lo que le había murmurado la llama, porque lo que decían eran mis pensamientos y las visiones que vislumbraban eran mías.  Un centenar de voces que se habían escurrido de mi mente a los fuegos y habían sido descritas de las formas más bellas. También mis temores,  repulsivos y odiosos, habían sido exagerados de tal forma que sugerían las más funestas visiones. Comprendí el temor de todos los que temían, porque era mi temor vaciado en ellos. Comprendí sus risas, sus alegrías, sus esperanzas, porque eran igualmente mías.


 Más temprano que tarde se escucharon más gritos,  entre ellos se escuchaban carcajadas y canciones de camaradería y solidaridad. 


Sentí un brazo intangible rodear mi hombro y oí su voz. 


“Buen trabajo.” Seductora. La voz de Lucifer había adquirido un cariz femenino. 


Fui hacia Anah, atravesando un festival de luces, gritos y risas. La encontré risueña, hermosa como nunca. Saltó hacia mí, me besó, ese fue el primero de nuestros besos, tierno, el siguiente  fue más apasionado, sexual.  Deduje que mis pensamientos habían sido introducidos en ella y había encontrado mi amor laudable, había sido seducida. Encontré en la concupiscencia del beso mi amor y lo compartimos. 


Fui asaltado luego por todos los horrores y placeres y risas de la multitud en un solo momento. Una implosión que hizo que mi mente se cansara, pero todos se veían igual de amodorrados. La algarabía calló. 


Jael, la antigua, la viejísima, estaba de pie. Se le notaba más vieja que nunca o tal vez éramos nosotros más jóvenes que nunca, rejuvenecidos muchos por el placer y la convivencia humana. Ella no lucía cansada como nosotros, lucía furiosa, juntaba sus manos muy fuerte y oraba a los ángeles. Recitaba sus nombres, los adornaba con palabras y describía sus logros.  Sus ojos ardiendo con rabia, su boca sin dientes apretándose tanto que tal vez sus encías sangraban por la presión….


“¡Tú no eres Absalom!” Gritó, histérica, al fin callando sus murmullos. “Lo vi. Vi al demonio a tu lado… ¡No tentarás nuestras almas! ¿No es así, mis hijos?”  Su voz fue al final maternal, enternecedora. Nadie intentó contestar su pregunta, había mucho cansancio entre la gente. Algunos dormían. Se podía decir que éramos solo nosotros dos, Anah se sostenía de mi brazo apenas consciente, parecía una niña invadida por un profundo sueño.


“Eso lo tiene que decidir la gente, Jael. Si creer tus torcidas palabras, tus engaños… o si han de acudir hacia lo verdadero, terrible y hermoso como es. ¡Los ángeles de la noche nos ofrecen la verdad! ¡Conocimiento para combatir las sombras y a criaturas como el perruno secuaz de Satán!” 


“¿Qué dirán los ángeles de esto, ah, Absalom? ¿Te lo has preguntado?” 


“¡Mentiras! Solo dirán mentiras, porque es lo que han hecho desde nuestra creación. Nunca nos han protegido, han dejado que nos estrellemos sin advertirnos del peligro real. Solo haciendo vagas sugerencias. ¿Qué podemos saber nosotros si ellos solo nos dicen lo que no debemos hacer? ¿Eso nos hace más sabios? No… nos deja con la curiosidad, lo más humano de nosotros. ¿Cómo aprendimos a curarnos con plantas, si no fue por curiosidad, por ensayo y error? Los ángeles diurnos no quieren guiarnos. Se divierten al vernos estrellarnos entre nosotros, en nuestra ceguera colectiva.” Mentí, me sentí atrapado en una encrucijada, en lo que quería decir realmente y lo que Lucifer quería que dijera. Seguí al hermoso ángel, por supuesto. ¿Qué es una mentira por el bien mayor? Hay tantas mentiras entre la verdad, entre nuestra historia. Algunas nos han protegido, otras nos han sumergido más. Confiaba en plenitud en Lucifer.


La vieja no contestó nada, estaba desconcertada. 


“Los ángeles diurnos no se atreverán a venir aquí. Le temen a la noche más que nosotros mismos.” Pero veía una mano brillar tímida en su hombro... Justo como ella había vislumbrado a Lucifer. 


Las gentes se levantaron, sin saber nada,  sin entender cosa alguna, se avivó una enemistad con energías renovadas. Discutían entre ellos sobre los ángeles, sobre lo ocurrido, sobre los nuevos ángeles. La gente se acostó con el miedo de una discusión mayor en sus corazones. Con la certeza de una división irremediable. Familias separadas en vid de la verdad.  Anah entre mis brazos, feliz. Yo los guiaría,  pensaba, yo los guiaría… 


***

Siguiente>>

sábado, 3 de octubre de 2015

Cumplimos 5 años

A los 5 años aprendí a leer. Un gran logro para mí como niño. También a contar hasta 100 y a preguntarme qué tan grande podía ser un número. Escribía unos seguidos de muchísimos ceros en papeles y hasta en las paredes y preguntaba si esas cantidades tenían nombre. Nunca supe si lo tenían o no, pero supongo que tampoco importa.


Hoy cumple 5 años Errror de Imprenta, este blog y todo lo que nos trajo hasta aquí. Son 5 años de la conversación de amigos que dio origen a este proyecto que a pesar de las dificultades se ha mantenido activo. Pero Errror de Imprenta no es un niño, mucho menos una persona. Para andar y lograr objetivos comparables a lo que para un niño es leer o contar hasta cien, se requiere el esfuerzo de más de uno.

Es por eso que en este 5to aniversario nos sentimos tan emocionados como si fuésemos niños de cinco años y tuviéramos una gran torta de chocolate, con decoración de algún héroe infantil de la época en la mesa, esperando a soplar las 5 velitas (porque aún se pueden contar y es sencillo colocarlas) y pedir como deseo ser más grandes y mejores el próximo año...

lunes, 28 de septiembre de 2015

Caín: El Segundo Fruto Prohibido 2da Parte

La naturaleza humana, amiguitos, ¿qué es? ¿Un muffin disfrazado de dinosaurio intentando aterrorizarnos? Bien puede que lo sea. Bien puede que sea algo maleable como Majin Buu.  En fin, aquí está la segunda parte de este relato de no sé cuántas partes.


<<Anterior

Caín. El Segundo Fruto Prohibido 2da Parte

Este fuego que ves en mi mano, es tan solo una fracción de nuestro poder. Absalom.  Nosotros jamás les haríamos daños a nuestros amados humanos. Este fuego, es el fuego que los protegerá. Este fuego significa esperanza. ¿No ves como brilla en la oscuridad? ¿No te parece hermosa la forma en la que arde este fuego? Nosotros, Absalom, te podemos prestar parte de nuestro poder, porque así somos los ángeles de amables. Te ofrecemos un calor… humano, cándido ante la violencia del fuego natural. Confía en nosotros, oye nuestras palabras… Predicaremos la verdadera Fe de Dios. Y tú serás nuestro primer pastor. Sin preguntármelo dos veces, asentí y me acerqué a él, porque todo sugería que eso era lo que debía hacer. Mi mano se acercó al fuego y lo sentí crepitar y sentí mi mano arder. Me sentí engañado, pero el ardor,  la forma en la que quemaba… no era dolorosa. Lo fue en un primer instante, más pronto fue placentero.  Entonces el fuego estuvo en mis manos y en verdad vi que sus llamabas eran hermosas y bailaban de una forma extraña e hipnotizante.   Le di, entonces, mi mano derecha a Lucifer. Pero yo no le prestaba atención a mis acciones, solo al fuego. Se la di y sentí otro ardor, uno más preciso que parecía ir dibujando una forma, al final cuando dejó el tatuaje, la marca ardió mucho más de lo que había ardido al inicio e incluso más que el fuego. Perdí la concentración, caí al piso y grité, la oscuridad me absorbió y todos los ángeles desaparecieron tras el gruñir de la bestia y tuve miedo, me sentí desolado. Y la marca ardía tanto, la marca ardía tanto que no podía ni siquiera pensar en otra cosa que la marca.

¿Me sentía traicionado? Me hubiera gustado sentirme traicionado, pero tras el inexorable dolor vi unos ojos que brillaban en la oscuridad. Ojos de bestia. Oí el gruñido de nuevo. Me sentí rabioso, de alguna forma, sentí que el ardor que nacía en mi palma, ardor inhumano, emulaba la rabia de la bestia y le daba forma a mis pensamientos.

Sentí el fuego y me sentí sumamente cansado también. El gruñido se hizo inconsistente tras el avanzar de sus patas y el fuego entonces nació de mi mano. Este  no era un fuego dócil y cándido, este era avivado por ese dolor, por esa rabia, por la impotencia humana. Me sentí más humano que nunca, más débil que nunca ante lo horripilante de la bestia.  Y sin embargo allí estaba el fuego en mi palma, gigantesco, enorme e imposible y la bestia estaba frente a mí, ahora agazapada y temblando de miedo, su pelaje erizado. Mi humanidad no pudo contra el perdón que imploraba la bestia.  ¿Acaso se lo merecía? No. Claro que no. Era un ser que iba en contra del orden de las cosas.

Pensé, pero mi voz me ganó: Consúmete en el fuego,  imposible bestia.  Y el fuego se abalanzó hacia ella y la consumió y el fuego fue una vez más increíblemente cálido y hermoso de nuevo. Caí en un sueño profundo y soñé con el hermoso futuro que caería encima de nosotros los humanos.

---

Al  día siguiente, al llegar a la aldea. Todos me miraban como si caminara un milagro entre ellos.

“¡Te creímos muerto, Ab!” 

En la oscuridad yacen cosas horribles, es cierto. 

“Esto es un verdadero milagro. Comentó otro”.

Todos se acercaban a mí y besaban mis mejillas y las mujeres intentaban limpiar mi cara, llena de mugre.  Yo apretaba mi mano, escondiendo la marca, y temía… no sabía qué sacar de todo lo experimentado. Si eran ángeles… verdaderos ángeles, si había un verdadero Dios. Si todo esto era real, la amabilidad humana, la bondad. Yo había quemado a esa criatura horrible, es verdad. Sus ojos, sin embargo, habían dejado de ser los de una bestia.  Parecía incluso mansa.

Recordé al terrible Caín. ¿Cómo podíamos ser los humanos buenos tras un pasado tan oscuro? ¿Había sido Adam un verdadero líder? ¿O solo otro  hipócrita? ¿Había matado él mismo a Caín? La muerte de un hijo por celos del altísimo…  Adam lo debía haber matado y si él había matado a su hijo. El primero de los primeros, ¿qué quedaba para nosotros? ¿Eran los ángeles que aparecían rara vez entre nosotros verdaderos portadores del mensaje?… no lo sé.

Lloré, y todos pronto entendieron que me sentía perdido y que todavía tenía miedo. ¿Qué podían saber mis coterráneos? Estaban en una oscuridad más terrorífica que la mía.

“El verdadero milagro”, dije entre sollozos, “es que hayamos podido resistir el terrible porvenir hasta ahora.

“¿Podremos más tarde?” Me cuestioné, pero mi voz me traicionó y todos se sintieron extrañados y atemorizados. 

“¡Basta de drama! No nos alimentaremos de eso. Hay que trabajar, todavía es temprano en la mañana.” La anciana que hacía de matriarca exclamó mientras agitaba su gran bastón. “Absalom,” dijo, una vez no hubo nadie sino yo, arrodillado, y ella, gigantesca en su pequeñez, “me has decepcionado. Esperaba más de ti. Los altísimos me habían comentado sobre tus aptitudes de líder, me habían dicho que nos harías orgullosos. ¿Y qué has hecho, qué ejemplo le das a los más jóvenes? Que está bien andar por ahí, por la noche, y que puede llegar uno sano y salvo…”  Hizo una pausa, como pensando lo que justo había dicho y preparando sus próximas palabras. La mueca de consternación se hizo visible antes de que dijera algo más.

Noté rabia… sentía el ambiente del pueblo como de sueño, como si no fuera real. Nada de esto, esta aura de seguridad, inocencia, incluso, podía existir en comparación a esa oscuridad. A ese miedo. Sin embargo, daba por seguro que no era el primero en experimentar la discordancia entre lo que se solía vivir en esta aldea y lo que era el mundo en realidad. Claro, había enfermedades. Uno que otro hombre había muerto presa de un depredador, pero estando juntos nos protegíamos y eso había bastado hasta ahora… hasta ahora…

“¿Qué pasará si todos los niños empiezan a salir por las noches? Si todos los hombres se van y nos abandonan, buscando quién sabe qué… Aventura, satisfacer la inmunda curiosidad que nos ha traído tantos males. Ellos nos enseñaron  lo que debíamos saber, nos dijeron lo vital y aún así, después de traicionarlos, nos tratan con ternura. Sus rostros son impenetrables, es verdad. Pero hay sin duda amor en ellos, ¿no lo sientes, hijo mío?” Su mano llena de arrugas y cayos, áspera, rozó mi rostro y vi que en sus ojos no había compasión, no había cariño; había sospecha, desconfianza. Me sentí asqueado, pero mi rostro estaba sucio de mugre, lágrimas y moco seco. El dudar de ella, en cierta forma, el sentirme asqueado de ella, era rechazar a lo que los ángeles querían. Recordé los ojos de los ángeles diurnos y en sus ojos, en el trato hacia nosotros, no encontré más que una profunda decepción. Un cansancio eterno y… un amor igual de eterno. 

“¿No estás herido?” Preguntó.

“No…” contesté. Su sospecha se avivó como nunca. 

“Tal vez es mejor que descanses por hoy, quién sabe lo que de verdad te haya sucedido.” 

“No. Trabajaré, lleva mucha razón abuela Jael” le dije por cariño, no compartía yo la sangre de Adán, como ella sí, por parte del difunto Seth. “¿Qué ejemplo doy a la gente si estando sano y tras un tonto desvarío obtengo descanso?” Ella sonrió y yo sonreí de vuelta.

Así pasó un día de ardua labor, había comentarios, preguntas y respuestas vagas de mi parte. En el descanso del medio día, me alejé de todos y comí una ración pequeña, intenté revivir el fuego en vano. Oí un escándalo después, mientras todos comían… El perro muerto. Tenían que haber encontrado sus huesos carbonizados.

Siguiente>>

sábado, 12 de septiembre de 2015

Cursivas: Diario impopular.

¡Hola! ¡Paul está de regreso! Vuelvo a empezar el proyecto de "Cursivas" en Errror de Imprenta. Una historia ligera, juvenil. Eso es todo lo que diré por ahora.


Cursivas - Diario Impopular

Queridas Cursivas:

Hoy inicia un nuevo comienzo. He decidido dejarlo todo y a todos. No es que los odie ni mucho menos, pero este viaje es solitario y  nadie puede acompañarme en él. El mundo se distorsiona y las letras, los colores, los sabores, las emociones y las canciones son distintas. Los rostros  se han deformado, creando seres grotescos que no puedo reconocer. Escucho sus voces, su tono intenta ser amable, condescendiente, mas no les hago caso. Ya no puedo hacerlo, no hay vuelta atrás. He recreado el lugar en el cual vivía, lo he convertido en algo con lo  cual ya no tendré ningún cariño. ¡Ya no más!


Por cierto, si es que alguien está leyendo estas líneas (aunque lo dudo, ya que no dejaré que nadie lea este cuaderno, pero cualquier cosa puede pasar), “Cursivas” no es un diario. Es un cuaderno de pensamientos libres y sueltos. Se puede hacer y escribir cualquier cosa, en cualquier momento. Así que en vez de estar  husmeando en los objetos ajenos, ¡consíguete tu propia “cursivas”!

-

Durante varias semanas, Shaun había notado un cambio muy  particular entre sus compañeros de clase. Todo empezó cuando el profesor de Psicología, que también era su tutor, les invitó a que escribieran un diario.  El tema no surgió de la nada. Todo empezó cuando él hablaba acerca de la importancia de conocerse a sí mismo, de saber lo que uno siente y piensa, ya que la adolescencia es una etapa con cambios, con emociones cambiantes,  sensaciones nuevas y cambios físicos.

Los jóvenes estaban tan cansados de la típica charla que el aula se inundó de un sopor  evidente,  incluso el profesor empezó a bostezar.  El profesor detuvo su discurso para regañar a varios alumnos que empezaron a arrancar hojas de su cuaderno y convertirlas en bolas de papel. Cuando el maestro se disponía a reanudar su charla, una alumna levantó el brazo e hizo una pregunta que parecía fuera de lugar.

- ¿Qué es un diario? – preguntó con un poco de vergüenza.

Un par de alumnos empezaron a reírse, ya que sentían que la pregunta era demasiado ridícula y obvia. Sus risas se apagaron al percatarse que nadie más aparte de ellos lo estaba haciendo. Luego de unos segundos de silencio, el  maestro suspiró.  Tomó el plumón acrílico y escribió dos palabras: “Vida diaria”. Les explicó de manera breve que el diario era un cuaderno exclusivo para escribir los acontecimientos que ocurrían en su vida diaria, nada más. No importaba la cantidad de hojas escritas, la caligrafía y la ortografía, lo importante era escribir un poco de su día en ella. Inclusive se podía dejar algunos días sin escribir. Todo eso dependiendo del escritor. Al final, aprovechó para conectar el tema que había estado hablando al principio con el  de los diarios. La charla se convirtió en un debate que duró el resto de las horas que le correspondía al profesor. Incluso después de tocar  el timbre del recreo, la mayoría de alumnos aún discutían entre sí sobre los diarios.

Al día siguiente, varias alumnas empezaron a traer a la escuela cuadernos muy coloridos, con  imágenes de algún cantante pop actual. Ellas juntaban sus carpetas y compartían sus diarios en un acto de confianza. En algún momento, una de ellas soltaba una risita que era aplacada por la propietaria del cuaderno. Luego, otra de ella no pudo aguantar más y leyó algunas líneas del diario de una tercera. Esto hizo que el aula entera comenzara a tomar  un  interés más profundo hacia  los diarios, y no como la conversación interesante de un día.

No tardó mucho tiempo para que los diarios se pusieran de moda en el colegio. La moda fue tal, que los vendedores ambulantes que esperaban a sus jóvenes clientes a la salida, empezaran a vender cuadernos con tapas aún más llamativas, con una correa y un minúsculo candado que impedía la lectura no autorizada.  Ese nuevo modelo de diario captó la atención de la clientela femenina y los diarios tomaron tanta fuerza, que algunos chicos también se animaron por conseguir uno.

A diferencia de las chicas, los hombres no escribían su vida diaria, sino que a veces escribían chistes o algunas cosas que escuchaban por allí. Otros colocaban trucos de algunos juegos o hacían toda clase de actividades no tan relacionadas con el asunto del diario. Aun así, el tema del diario influyó tanto en el alumnado, que no tener uno significaba el aislamiento social.  Es por ello que los más pobres, buscaban algún cuaderno de un curso del año pasado, les quitaban las hojas usadas, les quitaban el forrado y colocaban con lo que podían las palabras “Diario”. Uno de ellos se entusiasmó tanto, que escribió 8 hojas, contando las cosas que había hecho una semana antes, para así decir que ya había tenido un diario desde antes que le hubiesen preguntado pero por falta de memoria, lo había olvidado.

Shaun había visto esta moda con molestia, incluso con indignación. Para él, escribir era un don único del cual sólo los mejores, los más hábiles y dotados en el arte de la literatura podían plasmar sus ideas. El resto de personas que osara manchar el nombre de las letras escribiendo cualquier otra cosa, merecía ser colocado en el cepo, en la horca, en la silla eléctrica o en algún otro método de ejecución.

Al principio, Shaun se había salvado de las preguntas inquisitivas por parte de sus compañeros de salón –ya que el fenómeno “Diario” se había originado en su clase, 3ro “C”- , pero ya no pudo pasar desapercibido cuando la moda se esparció por todo el colegio. Sus amigos le decían que tener un diario era lo mejor, que por qué no te consigues uno, Juanito usó el cuaderno de arte del año pasado y nadie le ha dicho nada, tu familia trabaja en una imprenta, de seguro que tu viejo te puede hacer un diario bien chévere, por qué no le dices que nos haga uno a nosotros, ya pe’, dile a tu viejo que nos cobre barato, oye, para mañana no te olvides.


El tema del diario se volvió cada vez más frecuente, tanto que el propio Shaun se enojó y les dejó bien en claro que no se prestaba para esa clase de modas y que detestaba todo lo relacionado con los diarios. Sus amigos guardaron silencio y no le volvieron a tocar el tema. Está actitud causó que Shaun fuese aislado del grupo por todo aquel año. Nadie en el salón le volvió a hablar, incluso cuando la moda de los diarios desapareció. Incluso cuando las memorias quedaron olvidadas en un rincón, escondido entre otros libros, debajo de la almohada, detrás de la mesa de noche,  en la casa de algún primo, usados como bloc. No le hablaron cuando tuvieron que realizar un trabajo de grupo y les faltaba una persona, ni cuando se realizó una colecta para entregarle un regalo al tutor por su cumpleaños, ni cuando fueron de paseo a las afueras de la ciudad, ni cuando nadie hizo la tarea, ni cuando acabaron las clases, ni cuando se reunieron en vacaciones para saber cómo les había ido y tampoco cuando empezó el nuevo año escolar y la mayoría de ellos volvían a ser compañeros de salón. Shaun quedó marcado como el antisocial del grupo, pese a que él nunca volvió a tener una actitud negativa.

- -

¡Malditos diarios!

Shaun cambió de personalidad .Se volvió más huraño, más distante, más frívolo, más insensible, más silencioso, más solitario. Pasaba todo el día leyendo cualquiera de los libros que encontraba en casa. Desde libros de cocina, libros de informática, libros de matemática, libros de historia, revistas, folletos, periódicos e incluso leyó la Biblia, el Corán, el Libro del Mormón,  hasta unos cuantos libros que le regalaron unos Testigos de Jehová.  Cuando no leía, ayudaba a sus padres en algún quehacer o recado. Y cuando terminaba de hacerlo, retomaba sus lecturas diarias. Los días pasaban y el nuevo año escolar le pareció igual de tedioso que el anterior.

Agradecía a los diarios por haberlo alejado del resto.  Al final de cuentas,  estar solo le producía una sensación más satisfactoria, un nuevo ritmo a su alma, una libertad recuperada, como el animal que es soltado de su cautiverio y llevado a su lugar de origen, la selva, el aroma de lo natural, fresco, puro, único.  Y pese a todo, algo faltaba. No podía entender por qué a veces miraba con un poco de melancolía aquella prisión a la que llamaba “sociedad”. ¿Acaso los extrañaba? ¿No eran sus conversaciones de lo más superficiales? Cosas como: Ayer me comí un pollo a la brasa con mi familia, estuvo muy rico, vi a Juanito conversando con Pedrita en el parque, estaban tan juntitos, que ya parecían novios, hoy juegan la final, ¡la final!, hay que ir a la playa mañana,  habla, ¿te apuntas?.  Nadie le hablaba ni de libros ni de historias. A veces le hablaban de alguna película que por coincidencia, era la adaptación de una novela que Shaun había leído. La conversación tomaba un nuevo color,  hasta que llegaba alguien más y le preguntaba si había visto en las noticias al perro que interpretaba una canción de Michael Jackson con sus aullidos.

Dicen que los genes influyen en el comportamiento de las personas, los hijos en algún momento mostrarán comportamiento, actitudes e incluso puntos de vista similares a sus progenitores. Y, como si se tratara de un fino hilo que los unía, Shaun terminó convirtiéndose en la copia exacta de su padre a la misma edad, 14 años. La primera que notó este cambio  fue su madre.

Su madre le contaba con mucha alegría que conoció a Enrique en una librería. Al principio ella creía que él estaba dando una ojeada a un libro, pero al acercarse más, se percató que revisaba las hojas, las estiraba un poco, pasaba la hoja y repetía el proceso. Al finalizar, lo cerraba, miraba el empastado y lo dejaba en su sitio. Se enamoró  a primera vista.  A partir de allí, ella adquirió  una atracción, una sensualidad nueva hacia los libros. Todos los días iba al mismo sitio, a observarlo, pero la timidez la cegaba, haciéndole coger el libro más cercano y empezar a leerlo. Al no conversar con él, ni siquiera saludarse, ella empezó  a reflejar  todas esas  emociones que empezó a sentir por Enrique en los libros, creando una fascinación mayor por la literatura. El género no importaba, siempre Enrique era el protagonista, el bueno, el que salvaba la situación. A veces, las historias no eran tan felices y el personaje con el cual Enrique era relacionado, sufría alguna tragedia, lo que la exaltaba. No faltó mucho tiempo para que  Mónica, la madre de Shaun, se convirtiera en la silenciosa compañera de las tardes después del colegio.

Shaun escuchaba eso sin emoción, ya que su padre ahora era distinto. Todas las mañanas se despierta  temprano y en silencio inicia con sus labores. Besa a su esposa aún dormida, se asea, toma las llaves de la mesa de noche y  se dirige al último piso a alimentar a Carmelo. Es un  gallo que compró desde muy pequeño y que cuida todos los días como su luchador estrella, a pesar que  jamás ha pisado una arena de pelea, usado navajas o picoteado a otro gallo. Mientras le va colocando el alimento en el dispensador, le canta una canción o le recita un poema, a lo cual el gallo le contesta batiendo sus alas o soltando su cantar matutino.  Al terminar con el ave, Enrique desciende hacia la segunda planta, donde se encuentran  algunos materiales que usan para la imprenta. Revisaba el lugar y verificaba que los roedores y las polillas no estuviesen husmeando, no se confiaba con las medidas preventivas que siempre tomaba.  Al ver que todo estaba listo, cierra el almacén con llave  y cerrojo, esta vez sube  al tercer piso, en el cual vive la familia, toma un libro cualquiera y  lo lee  hasta que su esposa llamara a la familia para tomar desayuno. Y todo esto lo hace sin soltar suspiros o molestarse, a veces incluso silbando.

Shaun siempre creyó que su padre era un adicto al trabajo, un esclavo del capitalismo que trata de ocultar su opresión con una sonrisa falsa, para así hacer más llevadera  su tortura.  Ahora, recordando la historia de madre y otras situaciones más que ella le había contado, lo miraba diferente: ¿Acaso era el rostro de una persona que trabajaba en lo que le gustaba? ¿Cómo logró encontrarlo? No quería preguntárselo a su padre, deseaba resolver esto solo.  Y mientras pensaba en ello, empezó a buscar coincidencias, pistas, razones, recuerdos y sazones que lo guiaran en la búsqueda de la verdad, de su verdad.  Continuó avanzando por la rutina de su padre: Luego de ir a desayunar, iría a cambiarse y buscar su ropa de trabajo. Descendería al primer piso, no sin antes llevar el libro que se encontraba leyendo en la mañana y se despedía con otro beso para su esposa y un golpecito  en el hombro para su hijo.  Ya en el primer piso, encendía todas las máquinas que se encargarían de la labor y  dirigía su vista hacia el reloj,  muy probable serían las 8 de la mañana,   lo que indicaba algunos minutos más  para que sus ayudantes  llegaran.  En vez de arruinar  tan temprano su  día, decidía empezar con las labores él solo e iniciaba con la impresión de los folletos y revistas que habían quedado por terminar  el día anterior.  Ya a las 8 más treinta, empezaba a llegar Pedro, un hombre bajo, algo panzón y con la mirada  hundida. A diferencia de su padre, Pedro no es muy entusiasta para el trabajo, pero le agrada tener a un jefe tan comprensivo y es por eso que puede llevar todo con calma. Al rato llegaban los hermanos Jimenez, brazos fuertes del grupo. Ellos se encargaban de la labor más pesada del trabajo, cosa que no les causaba ninguna dificultad. Levantaban paquetes enormes de papel con sus propias manos y llevaban los encargos a los clientes grandes. Una vez, Shaun tuvo que reemplazar a uno de los Jimenez porque había surgido una emergencia y al día siguiente terminó tan cansando, que se quedó en cama hasta el mediodía.  Más tarde, casi a las nueve, llegaba Andrea, recepcionista y  diseñadora gráfica suplente.  Una chica con muchísimo atractivo físico  que ella “desaprovechaba” al vestirse con ropa sobria y poco llamativa.

El diseñador oficial era un cargo que estaba bajo constante reemplazo. La mayoría de los jóvenes no ven con buenos ojos a la humilde imprenta del señor Enrique y emplean el lugar como un trampolín para adquirir experiencia y conseguir trabajos mejor remunerados.

Las labores en la imprenta se inician de manera oficial a las 9 a.m. A esa hora se abren las puertas y se inicia la atención al público. El área de recepción ocupa una cuarta parte de  todo el primer piso.  Sillas de plástico colocadas alrededor de las paredes y en el centro, una mesa con muchos de los trabajos elaborados por la empresa se encuentran perfectamente colocados, uno al lado de otro. Las paredes también tienen  afiches o gigantografías de muestra para guiar al cliente sobre lo que deseaba escoger. La sala de recepción termina con una pared hecha de drywall color azul, hecha especialmente para que el cliente pueda ver los trabajos de la empresa sin tener que entrar al área de los diseñadores.  También tenía una pequeña puerta al lado derecho, en caso Andrea tuviera que salir. Y al lado derecho hay otra puerta, que se encuentra  cerrada, pero se puede entender  que allí se encuentra  el equipo del trabajo.

Shaun reflexionaba que una de las ventajas su hogar era que se ubicaba en una esquina, así que el primer piso tiene tres entradas distintas: La de la recepción que da a la avenida, una segunda puerta, enrejada, en el cual podían observarse las máquinas y a las personas trabajando, y la tercera que llevaba directamente al resto de pisos. También se acordó de la escalera que hay en el primer piso y que conecta estos dos, y fue allí donde se dio cuenta que había divagado y había perdido el rumbo de lo que quería hacer. Tomando el desayuno con prisa y aprovechando que hoy era sábado,  ayudaría a su padre en el trabajo.

Buscó a su padre en el primer piso, saludó al resto de trabajadores que respondieron mientras continuaban con lo suyo y al no encontrarlo, salió con rumbo a la recepción. “Ha salido, pero te ha dejado un recado con Andrea”, le dijo uno de los hermanos Jimenez mientras cargaba un paquete de afiches y los colocaba en una mesa cercana. Al escuchar eso, el joven salió hacia la recepción y pudo notar que Andrea atendía a un cliente.

- Disculpe un momentito – se excusó la joven mujer- ¡Shaun! ¡Shaun! Tu padre me dijo que fueras a la librería de tu abuelo y le llevaras un paquete, pequeño nomás. Anda, porfa, yo no puedo ir. Disculpa.

Andrea pidió permiso a su cliente, entró su área de trabajo y le entregó un paquete forrado. Por la forma que tenían, de seguro que eran algunos cuadernos o diarios que el abuelo le pidió hacer a su padre. Daba igual, recibió el encargo y luego tomó dirección rumbo la casa de sus abuelos, la cual no quedaba muy lejos.

“A dónde habrá ido. De seguro que a ver a un cliente o algo así. Él no es de salir mucho”.  Shaun aún seguía sin encontrar la respuesta a su duda, no la hallaba en ninguna de las actitudes actuales de su padre. Todo dirigía hacia una dirección: el matrimonio. ¿Tendría que encontrar una chica como él, o al menos una que le interesen los cuentos o las historias para poder llenar el espacio faltante en su corazón? La idea sonaba bastante romántica y él romanticismo no era tanto su tipo de literatura predilecta.  La descartó, pensando que había algo que estaba obviando, algo que inclusive su madre no sabía. “Sí, de seguro que es algo relacionado con otra cosa”, concluyó al percatarse que ya se encontraba al frente de la librería.

La librería del abuelo lleva funcionando por más de 30 años, cosa que puede notarse al apenas llegar allí por la edificación, los muebles e incluso afiches muy antiguos. El lugar es pequeño y acogedor: los productos colocados estratégicamente al lado de las paredes,  una estantería al fondo y donde también se encontraba la mesa donde se atienden los pedidos y se realizan los pagos y justo en el centro,  la atracción principal, los libros usados. Estos libros poseían una característica especial, el empastado.  Al entrar, la gente cree que son libros nuevos, y se dan cuenta de su error al ver el letrero que dice claramente “Libros usados a precios cómodos, preguntar por el precio”.  Los clientes tenían la libertad de tomar un libro e incluso leerlo por un rato, bajo la mirada vigilante del propietario que suele permanecer en su sillón, inmutable. Y es la calidad del empastado y de la conservación de los textos,  lo cual lo convierte en lugar de concurrencia para lectores ávidos, exigentes y economizadores.

Shaun tomó un libro y recordó la historia de su madre y su padre. Por un segundo buscó a alguna chica que lo estuviese mirando, y al ver que no había nadie, soltó una carcajada, y empezó con la revisión.  Empezó a mirar las hojas,  las letras, deslizó sus hojas con rapidez, tocó el empastado con mucha familiaridad y dejó el libro en su sitio.

- Juan, tu padre tardó siete años en percatarse del amor que sentía tu madre hacia él – una voz ronca que provenía del fondo pudo oírse.

Shaun sabía quién era y porqué le había dicho aquello.

- Soy Shaun, Abuelo, Shaun.  Y buenos días. – respondió a su abuelo mientras se acercaba a él.

- ¡Qué más da! Tú eres Juan para mí, y se cierra el asunto. – el abuelo miró a su nieto que ya se había aproximado lo suficiente para saludarlo. Shaun le estrechó la mano, pero el abuelo le golpeó el hombro con toda la fuerza que su edad le permitía.

- Abuelo, yo… - el chico guardó silencio por un rato-… yo le traigo un encargo por parte de mi padre.

- ¿Ah? ¡Ah, el encargo!  - el abuelo  se tocó la sien con sus dedos - Claro, claro, el encargo. Sí, sí, dámelo hijo, por favor. Y no te vayas, quiero que veas qué es.

Shaun entregó el paquete a su abuelo. El anciano tomó el paquete, revisó las envolturas y luego lo abrió por uno de los pliegos y mostró su contenido: dos cuadernos con un empastado muy grueso, letras doradas brillantes. El abuelo tomó el cuaderno que se encontraba encima, revisó el empastado, pasó las hojas con suavidad, lo cerró y repitió el proceso con el segundo cuaderno.  Al finalizar, le entregó uno de ellos, el de color azul eléctrico y le indicó que lo revisara.

Shaun no entendía nada al respecto. Su abuelo ya había hecho un excelente trabajo al revisarlo y creía que volverlo a hacer sería una pérdida de tiempo. Alejó ese pensamiento, ya que el anciano tiene muy poca paciencia y si le estaba pidiendo algo, por algún motivo será. Repitió el mismo proceso de revisión con ambos cuadernos y se los entregó.

El hombre se puso de pie, dejó el cuaderno rosado a un lado y golpeó el empaste del libro azul.

- Ya no hacen los cuadernos como antes, ¿verdad Juan?

- Sí, es verdad. – Habló Shaun-. Es para abaratar costos, para que la gente pueda tener una mayor accesibilidad a los libros. Sin embargo, el empastado simple maltrata las hojas e incluso éstas se doblan, dejándolo como un mamarracho, todo feo y nada estético. Bueno, aún hay librerías y otros lugares que fabrican libros con empastados gruesos, más que nada para demostrar ser de una calidad mejor, pero cuestan bastante. En el caso de los cuadernos, el cuaderno de cosido tradicional, usado en los 80 ha sido reemplazado por engrampado. De todas formas, hay empresas que venden cuadernos cosidos, para así evitar que las hojas puedan ser arrancadas fácilmente. Su precio también es distinto. Uf, abuelo, hay bastante de hablar sobre el tema, pero…

Shaun volvió a guardar silencio al oír la estrepitosa risa de su abuelo.

- ¡Empezaste a hablar de libros! ¡Y yo te hablé de cuadernos! – dijo con sorna

Shaun se percató del error y sonrió avergonzado.

- No te preocupes, hijo. Tu padre era igual. Siempre hablando de libros y más libros. Yo le dije una vez que escribiera un libro con tanta cosa que hablaba, pero me dijo que necesitaba nivel, que tendría que ir a una universidad para estudiar literatura y así mejorar su estilo, viajar a Francia, pasearse por las calles y compartir con las penurias del artista parisino, luego escribir sus obras en soledad, en enfermedad, luego volver a su tierra hecho un hombre de letras, publicar su libro, ganar concursos y eso. ¡No sabes lo que me reí aquel día!  Y fue una de las pocas veces que lo vi enojado.

- ¡Yo también reaccionaría igual! -  Shaun se sintió irritado.

- Calma, hijo –volvió a hablar el abuelo- , que el cuento sigue.  Aquel día, tu padre no me dirigió la palabra. Ni siquiera fue a cenar. Así que abrí la puerta de su cuarto y le dije: ¡Escribes un libro o te agarro a golpes, que no voy a aguantar una falta de respeto hacia tu familia!

- ¿Y qué pasó después?

- Ah, eso pregúntale a tu padre. – respondió el abuelo, finalmente. Y llévate este cuaderno, es para ti. Ya verás para qué lo usas.

El abuelo entregó el cuaderno empastado en las manos extendidas de Shaun, que no salía del asombro. “¿Mi padre escribió un libro? ¿Sobre qué? Nunca le he oído hablar de literatura, ni de nada parecido”.  Sin embargo, la pregunta más grande que tenía en mente era la siguiente: “¿Por qué el cuaderno tenía en la portada, con letras doradas la palabra “Cursivas”?

- Ya te dije, pregúntale a tu padre. Fue suya la idea. – como si le hubiera leído la mente, el abuelo le volvió a hablar. – Y apresúrate, que tienes algo que hacer en casa.

Shaun, aún desconcertado por el regalo, continuó con su camino, mirando de rato en rato el cuaderno que tenía en manos.

- - -

Tuve que preguntarle a mi padre sobre por qué me había mandado a hacer ese encargo. Él respondió que quería ayudarme a despejar un rato y que escribir cualquier cosa sería buen ejercicio. Le pregunté sobre el nombre del cuaderno, Cursivas. El soltó un suspiro y luego me golpeó el hombro, como suele hacer y me dijo que el significado de Cursivas debía buscarlo yo mismo.

Así que, queridas cursivas, a partir de ahora nos veremos más a menudo. Espero que me acompañes.

Dulces sueños, Cursivas