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lunes, 25 de febrero de 2013

De Barba Azul y su Pacto

Esto es un experimento o es algo más. 


Es un relato del Barba Azul de Gambais, un día como hoy muere guillotinado por, se sospecha, cientos de asesinatos. Pero tal como él hubo otros(si contamos la ficción), y tal vez todos ellos son uno solo. Eso o he visto demasiadas tonterías, pero me gustó la idea. 



De Barba Azul y su Pacto 


Se cuentan historias de gentes que han superado a la muerte. Se cuentan, en la oscuridad, escondidos en un velo de desgracia-hundidos en la herejía-, historias profanas de las que nadie ha oído jamás. Historias que tienen de cierto mucho más que los chismes que se cuentan día a día. Historias que crecen y se hacen largas, de las que se podrían escribir tomos y tomos de libros y nunca se acabaría. Porque eso son.
Historias interminables.
Barba Azul es un apodo que ha pasado a la historia desde hace ya unos setecientos años. Es un apodo con historia, se podría decir. Tal vez no sería demasiado injusto decir que el portador de ese apodo es siempre el mismo. O tal vez sería aventurado decirlo. Un disparate.

***

La tenue luz de la vela no parecía algo más que una luciérnaga estática. Un tierno evento para tan grata oscuridad. La pluma escribía rauda, ligera, imperturbable para cualquier fenómeno. Escribía de horribles eventos y de horribles asesinatos.
Escribía sobre un hombre, caucásico, de origen francés.
Escribía sobre alguien que, según visiones de poderes más allá de los humanos, rompería el molde.
Y ella, de cabello gris, plateado a la luz de la noche; ella, que había vivido más de lo que algunos humanos podían contar, lo preveía y lo veía en su cara mientras lo preveía. Y él, mortal, astuto e insignificante, se sentía petrificado mientras veía su cara. La atmósfera a su alrededor la percibía atribulada y fiera. Veía en su cara, la de ella, de cabellos plateados ahora, con su piel tan pálida como la leche, algo que no podía describir. Veía en sus ojos, ojos místicos, propios de las artes que practicaba algo horrible que no podía comprender.
“Haz de conocer a éste. Y según sus pautas y sus ritos algo pasará, pero debes tener cuidado con lo que deseas, porque a veces esto no es más que una deformación de lo que realmente queremos.”
Él supo en ese momento que era posible. Porque ignoró todo lo que dijo, porque supo que le había dicho que solo tenía que conseguirlo a él para obtenerla a ella. Traerla de nuevo a esta vida. Así entonces se propuso a ocupar todos los métodos que tenía para encontrarlo y encontró muchas cosas, cosas que nunca quiso saber.

***

Miró con sus ojos el cuello degollado. La sangre se escurría entre sus manos y bajaba por el cuello de la muchacha. Le recordó una imagen demasiado vieja para una memoria demasiado gastada para la clase de vida que vivía.
“Con esto, con esto podré obtener todo lo que quiero. Podré vivir como solía vivir.” Se dijo esto negando cualquier moral que hubo alguna vez en su corazón. Se lo dijo también sabedor de que disfrutaba la parte en la que desgarraba el cuello y la sangre corría. De ver al cuerpo de la mujer perder su vida, alejarse de este mundo como un alma. Ver esos labios lívidos y sentir una corriente que le atribuía a lo fugaz del amor.
Pero él no la amaba a ella. Y tampoco amaba a ninguna de las mujeres con las que había estado y con la que estaba-al menos legalmente-. Solo amaba a una, a una que pertenecía a una historia demasiado lejana.
Fue este el asesinato que lo comenzó todo, una vez más.  
Fue este el asesinato que le recordó como había masacrado a miles de niños en busca de una sola cosa.
Fue el asesinato que le recordó que solía ser alguien más... Y que había sido muchos otros. Aunque esto ahora fuera solo otro extracto de su vida. Uno en el que suplantaba a un tal Henri Désiré Landru, ya muerto y sepultado bajo su mano.
Recordó todo esto con una mueca que solo conoce la perversidad, ya que ésta te da dones que algunos humanos son incapaces de entender, te abraza de un modo que quema todo lo que eres.
Poco a poco fue tomando una memoria universal de todas las épocas en las que había sido Barba Azul. Y rió, rió porque sucedería de nuevo. Porque el ciclo nunca acaba.
Recordó las palabras de una mujer. Eran palabras que ahora le sonaban a lo mismo, pero que le daban un golpe fuerte y catastrófico.
“...Pero debes tener cuidado con lo que deseas, porque a veces esto no es más que una deformación de lo que realmente queremos.”
Y entonces rió de nuevo de una manera que solo los aliados de Él conocen, y degolló otro cuello, porque ya no le importaba todo lo que había sucedido con su yo pasado.
Estaba viviendo lo que otros hombres vivían con soñar, siendo la pesadilla de miles. Hasta que el pacto termine.

viernes, 31 de agosto de 2012

Jack El Destripador

Un día como hoy, Jack El Destripador asesinaba a su presunta primera víctima. Jack ha pasado a la historia por ser un caso "enigmático" para la época. Hubo muchos misterios alrededor de sus asesinatos, varias cartas falsas y ningún sospechoso concluyente. Aquí dejamos una ficción sobre Jack y su primer asesinato, el de Mary Ann.

"Ella"



 Vi sus ojos ya carentes de vida, faltos de expresión. Una marea terrible y vertiginosa consumía mi interior cada vez que la veía. Me recordaba a ELLA. No lo soportaba. Era revivir el momento, mi infancia, mi vida. Era verla a ella con vida de nuevo. Y cuando pensaba en ella con vida todo era una tormenta feroz y cruel. Era un león esperando a su víctima en el acecho, a sabiendas de que tendrá su comida y la disfrutará. Pero no solo era eso, era también amor, era un amor sucio. ¡Y BIEN QUE LO SABÍA!
No lo podía concebir.
Ese amor sucio. Maltrecho.
Ese amor que me consumía y me incitaba a más.
Era demasiado para mí.
Demasiado.
Describir ese amor era formar la guerra en mi cabeza, era citar a una legión de demonios que me atormentaban por el pecado.
…Por otra parte, era amor... y lo disfrutaba. No podía dejar de disfrutarlo, no podía dejar de llenarme en el preciso momento en que la sangre, roja, espesa, salía. Desprendía amor, me recompensaban de alguna manera hermosa y metafórica por su muerte. Porque ellas sabían lo horribles que eran para mí y para todos. Ellas lo sabían.
Lo sabían desde el momento en que me miraban sonreír, de esa manera tan encantadora tan de confiar. Lo sabían cuando con mis modos amables las trataba con cariño. Y no lo soportaba, no lo soportaba para nada. Saber que ellas lo sabían y que provocaban mi sufrimiento deliberadamente. Era algo espantoso.
Soñaba con ellas, riéndose, hundiéndose bajo el placer, bajo su maquillaje, bajo sus peinados, bajo su suciedad. Cuando sucedía eso y los pensamientos venían a mí fugaces, destronadores de cualquier otra cosa, imperiosos a la hora de gobernarme, sufría. Sufría mucho. No podía dormir noches enteras, lo que me forzaba a verla, a tocarlas, a sentir sus miradas, a oler sus sonrisas y oír sus perfumes, baratos. Era insoportable. Era algo que me destruía completamente por dentro. Era un pecado peor que el que cometo ahora.
Desde el momento en que la vi, en la que vi sus ojos, tan parecidos a ellos, su color, su forma... Todo de ella era parecido, Mary Ann. Una sucia prostituta, pero te veo y la animadversión desaparece. Me siento sosegado, la tormenta ya no es tormenta, es un mar hermoso que refleja a la luna. Es un mar hermoso y oscuro, incapaz de perderse en una noche tan brillante.
Mi cuchillo perfora su carne demasiado blanda para mí. Es una sensación que ya he sentido antes. Pero no como ahora, no disfrutándolo tanto. Antes era un placer corto, que se extinguía en medio del apuro y el miedo. Se extinguía en medio de los pensamientos más horribles, de los castigos imposibles.
A ella la había observado el tiempo suficiente como para saber que estaría sola, siempre pasaba por acá. Este lugar sería mi pequeño santuario en esta ocasión, nadie vería nada, estaríamos solos en una intimidad pública...
Ella ES una intimidad pública. Su vida pende de eso.
Y ESO, es... es..
Atravesar su carne es una sensación que apacigua todo el odio, todo los recuerdos de ella. Es ahora como una virgen ella, con sus ojos ahora cerrados, que ya no me culpan de nada. Es algo casi hermoso.
Me hace recordar todos los momentos que he pasado con ella, antes tan sucia, tan fea. Sus sonrisas pícaras, ahora se me antojan de ridículas. Ahora sí es hermosa, ahora puedo enorgullecerme de esto.
Puedo pensar con más claridad, ver a esa mujer impúdica con la que pasé mi niñez y reírme en su cara.
Matarla, despreciarla, hacer realidad todo lo que no pude cuando era demasiado joven. Ahora ella está muerta, enterrada. Ahora son otras ella las que me atormentan, como si supieran quién soy, como juzgándome, como dejándome desnudo, como desmembrándome y haciéndome suya.
Qué risa, qué graciosa e insustancial es la vida. Pensar que cae por un corte, que se escandaliza por el derramamiento de sangre, que derrumba por su ausencia. Pensar que sus ojos pierden todo el poder cuando la vida se esfuma, que sus caras se vuelven repentinamente hermosas, como llenas de paz, al fin liberadas.
— Ya me tengo que ir, querida...

viernes, 27 de julio de 2012

La Guillotina (Charlotte Corday)

Charlotte Corday nace el 27 de Julio de 1768 y es una de esos grupos de "asesinos" solitarios. Asesinos que lograron cambiar la historia "sin ser respaldados por nadie", bajo su propio propósito.
En el caso de Charlotte, su acción individual tuvo el efecto contrario de lo que quería. Buscaba "frenar" la revolución francesa matando a uno de sus voceros más importantes, Jean-Paul Marat, pero lo único que hizo fue encender la mella.
Esta ficción está bajo "su percepción", no todo está escrito bajo el guion.

La Guillotina


Charlotte Corday
Lo observó por un rato, con una mirada severa, como la de una madre. Él estaba inerte, muerto por el futuro de Francia.
La bañera se había teñido de un rojo profundo. Y ahí estaba él, como si todavía viviera, en esa posición trágica; ahí estaba él con sus ojos bastante abiertos, totalmente absortos. Estaba tomando un baño de sangre, como lo había hecho Elizabeth Bathory.
Su expresión de sorpresa seguía ahí, en su cara repugnante, llena de crímenes. El autor de Las Masacres de Septiembre, muerto como el perro que era. Eso pensaba Charlotte, con el eco de su muerte en su consciencia. ¿A él le molestarían las ejecuciones que había provocado? Probablemente nunca lo sabría, tampoco necesitaba saberlo. En sus últimas horas se sentía orgullosa de sí misma.
Se recordó dictando nombres, a él, en su bañera, en ese momento vivo. Nombres de “Enemigos de la gente”. Gente que se oponía a una revolución absurda, una revolución que costaría demasiadas vidas.
Ahora su vocero estaba muerto, uno de los principales personajes Jacobinos..
“Es una muerte que vale miles. Es una acción que evita una catástrofe.” Dijo, en su tribunal, recordando la muerte injusta del Rey Luis XIV.
Su cara casi formó la expresión más horrible cuando vio con sus propios ojos como anotaba a los “Enemigos de la gente”, como asentía y sonreía. Era un desgraciado. Entonces, entonces el cuchillo que traía consigo tomó un valor especial. Su determinación esbozó una puñalada que mataría a Jean-Paul Marat, con su expresión de sorpresa. Seguramente nunca pensó que terminaría así.
Recordó las palabras que dijo al terminar de dictar los nombres. Satisfecho, orgulloso de lo que hacía, pronto a acometer contra ellos. A darle fuerza a su justicia.
Recordó sus últimas palabras e hicieron eco en su consciencia.
“¡A mí, mi querida amiga!”
Culpándola de su muerte, como si nunca se lo hubiese esperado.
Ella había sido su verdugo.
Había mancillado su alma en ese golpe definitivo, sacando fuerzas que no conocía. Ayudada por la mano de Dios para acabar con un ser tan indeseable. Era justicia. No se podía repetir otra cosa. Eso sí era justicia.
La revolución tomaría fuerza de manos girondinas. Ya no sería la revuelta que preveía, había salvado el futuro de Francia. 

La muerte de Marat

Recordó la turba tras la muerte de Marat. Se sintió furiosa, en sus adentros luchaba por controlarse a sí misma. ¿Por qué reclamaban por la vida de ese bastardo? No lo podía comprender, no podía comprender la sed de sangre de la gente. Una lágrima recorrió su cara, parte de su furia contenida.  
La guillotina atravesó su cuello. Estaba muerta. Segundos antes de su final, sus ojos lagrimeaban de nuevo, en su lucha contra el miedo. No podía sentir miedo, no se lo podía permitir, su muerte estaba justificada.
Las miles de miradas expectantes por su muerte satisfechas. Era algo que le costaba aceptar, que la gente de Francia estuviera tan deseosa de sangre.
Era una jugada inteligente la que había hecho. Probablemente nadie lo pudo haber hecho mejor, entrar a la casa de Marat y matarlo. Nada sutil, pura eficiencia. Las dos cartas que había enviado habían tenido el efecto deseado, aunque no como ella quería. Había logrado captar la atención de ese bastardo. Había comprobado la verdad de su naturaleza horrible. Lo había matado.
Y como consecuencia aceptaba felizmente su propia muerte, por Francia.




viernes, 20 de abril de 2012

Masacre de Columbine

Sí, cómo no, ¡festival Liàre! ¡Llévese tres relatos del ilustre escritor por cincuentamil dólares!
Bien, esto es una ficción sobre los hechos ocurridos en la masacre de columbine, no seguí textualmente el artículo de wikipedia, muy bueno, por cierto, (revisé el de inglés) porque me daba fastidio... 
Y quería hacerlo un poco a mí manera, no quería forzar los hechos, después de todo...
ES UNA FICCIÓN. Pude haber hecho un relato sobre un Gato en el Planeta Gato inspirado en esto, pero no se me ocurrió.

 Masacre de Columbine

Eric Harris miró su pistola bajo su escritorio, una sonrisa se abrió de oreja a oreja. Tenía poder. Era más poderoso que cualquiera en su instituto. Todos, todos los que habían osado meterse con él, gusanos inferiores, caerían bajo las balas de su arma. Sería famoso. ¿Qué más podía desear en este mundo?
Entonces, mientras se maravillaba con la escena en su cabeza, recordó sus caras y no hubo más que rabia, rabia que nacía desde lo más profundo de su corazón. ¿Qué se creían ellos? Molestándolo a él, no eran más que imbéciles. Estúpidos que no sabrían qué hacer con sus vidas sin alguien inteligente que les orientara. La vida no es justa, no es para nada justa, pensaba. ¿Por qué las chicas prefieren a esos monos, que lo único que hacen es ejercitarse, sobre él? Eran putas, tan putas como estúpidos eran los chimpancés esos. Es más, llamarlos chimpancés ya era un insulto para los chimpancés.
Lo llenaba tanto de rabia…
Se puso a escribir su diario, la rabia fluía por su lápiz podía decir lo que pensaba sin represalias… ¿Qué pensaría la gente a la que engañaba a diario si se enteraban de lo que pensaba realmente de ellos? Sin lugar a dudas se sentirían ofendidos.
Dylan en ese momento estaba viendo una película de ciencia ficción, eso siempre le relajaba. Ya que Eric le había dicho que estaría ocupado había hecho un maratón de películas independientes. Algunas no eran tan buenas, pero valían la pena. Lo que Dylan no sabía es que Harris estaba buscando material para su gran golpe, planeaba poner bombas en la cafetería a la hora con más tráfico.
Dylan no era muy diferente que Harris, si había una distinción principal es que el primero carecía de carácter, era débil. Su amigo, en cambio, tenía una personalidad más fuerte, era decidido, sin quererlo había marcado para siempre a Dylan, que tenía constantes pensamientos sobre el suicidio… ¿De qué vale vivir una vida de sufrimiento? ¿Dónde nadie reconoce tus méritos? Ni sus padres, ni sus amigos, nadie. Todos se burlaban de ellos.
Dylan dio un pequeño golpe en el sofá, se regocijó al tener en su mente el día de la matanza.
Se la pasarían de bomba.

Dylan se sintió excitado el día marcado en su calendario como el 20 de abril. Sintió un gran alivio al saber que el día finalmente había llegado. Las armas las tenía Harris, habían practicado con unos amigos hace unos días. No fallarían ni un tiro… el dolor en las muñecas sería una cosa secundaria. Todos sufrirían, morirían, rellenarían sus pútridos cuerpos de balas y escupirían, se reirían y burlarían de ellos, de sus expresiones cobardes, de todo.
Por otro lado, Eric sentía que el día del pago por fin sería cumplido. Lo veía más como un trabajo, como un deber que debía realizar, debía limpiar el mundo. Si él no lo hacía, nadie más lo haría, tenía encarnada la idea un tanto ilusa de que hacía un favor al mundo. Lo tenía todo planeado, tenía incluso un pequeño mapa de la zona donde colocarían las bombas, el momento en el que las colocarían. Sería Dylan el que las pondría, por supuesto. Él no tenía porque ensuciar sus manos tan pronto.
Se encontraron en las afueras del instituto. Los dos sonrieron pícaramente.
— ¿Listo para el gran día? ¿¡Para verlos caer como en los juegos!? — El entusiasmo de Dylan era evidente, su gabardina negra cubriendo su cuerpo. Se sentía un héroe de una película.
— Bien dicho, hombre, caerán como mosquitos. — Chocaron sus manos en señal de su amistad… y el ambiente se tornó un poco serio, como si el ineludible destino les recordará que tenían que hacer algo—: Colocaremos las bombas minutos antes de la hora de mayor tráfico… Luego, simplemente esperaremos, miraremos desde lejos…  cada uno en su coche y ¡boom! La señal será la explosión…
— Todos intentarán escapar por la puerta principal, y ¡ahí será donde caerán!
— Exacto… exacto.
— Las armas están en la parte de atrás del carro, acompáñame.
Los dos, caminando con sus largas gabardinas negras, se veían como grandes idiotas, era otra razón para molestarlos. Para ellos dos era diferente, las gabardinas que los cubrían los hacían sentir como dignos de cometer una venganza. Les daban el componente psicológico que les “permitía” ser los héroes de la película que filmaban en sus mentes. No sería muy diferente a matar aliens o zombis, era exactamente lo mismo. Ellos sufrirían por lo que habían hecho sufrir a los débiles. Serían víctimas de quienes eran los más fuertes ahora.
“Quien ríe de último ríe mejor” Pensó Eric en el camino.
Sacaron las armas del carro, Harris usaría una carabina 9mm, Dylan una TEC-9, ambas armas mortales. Las escondieron bajo sus gabardinas, no sin antes revisar si estaban aseguradas.
Pronto todo pagarían. El sol de la mañana se sentía repentinamente encantador, era una mañana encantadora para salpicar un poco de sangre por las paredes.
—Espabílate, recuerda que colocaremos las bombas, las meteremos en la papelera, recuerda. — Las sacó de la maletera, y luego señaló — Están ambas en bolsos de gimnasio, bombas de propano.
Colocaron las bombas minutos antes de que todo se llenara, se sentían como pequeños niños haciendo una jugarreta. Una pequeña gran jugarreta.  Ambos tuvieron la suerte de que la cinta de seguridad fuera cambiada justamente en el momento en que entraron. Los dioses sonreían a su favor.
Cada uno se dirigió por separado a sus carros, verían todo en primera fila.
Los minutos pasaron, las ansias crecían. La maldita bomba no explotaba. No explotaba…
Listo. No había explotado. Las bombas no habían explotado. Eric se sintió impotente, el sentimiento subió desde el estómago y se esparció por su pecho. No había logrado armar una simple bomba de propano, bien, morirían a manos de sus armas… Simple.

Eric se bajó de su carro decidido, se dirigía por la entrada oeste. Dylan, al verlo, se apresuró en alcanzarlo. La matanza comenzaría pronto, su amigo quiso preguntarle qué había sucedido con las bombas, pero conocía esa mirada de Eric, y Eric no era alguien muy amigable cuando estaba molesto… Para nada.
— ¡Vamos, vamos! — Gritó Harris.
Sacaron sus armas, tremendas armas, nadie hubiera creído que eran reales… ¿Esos capullos? Para nada.
El sonido de la carabina semi-automática retumbó el lugar, cuatro disparos. Un muerto, Dylan también disparó, bajo el fuerte sonido, la simple presión ejercida por su índice parecía magia. ¿Tan frágiles eran los humanos?
Dylan rió como desquiciado. Se sintió lleno de un sentimiento insano que le hacía sonreír, era hacer lo prohibido y que nadie te pudiera detener. Era como la venganza, era como sentir un dulce en tu boca. La dulce venganza.
Dylan levantó su arma una vez vio gravemente herido a todos, como sorprendido por lo que había hecho, como lleno de arrepentimiento, cualquiera hubiera creído que se sentía realmente triste. Nah, en realidad, todos estaban aterrorizados, si no fue la detonación de la bomba de propano la que los había alarmado, era algo, presumiblemente, mucho peor. Dos muertos, dos desquiciados con dos armas, un gran número de disparos. Dylan vio a todos los estudiantes saltando, corriendo. Eran insectos, de verdad que eran insectos, hasta ahora no se lo había creído. Lo veía todo claro. Eran superiores.
Eric estaba más serio, le llenaba de júbilo matarlos pero tenía una lista de objetivos, no podía caer ante el entusiasmo. 

— Mira como huyen, ¡oigan, gusanos! ¿Por qué no se acercan a nosotros  y pelean? ¡Ya no son tan valientes! ¡Ya no!
Una ráfaga de disparos salió de su arma automática. Era magia, verdaderamente era magia. Una pequeña presión en su dedo y… ¡los tambores de la muerte resonaban! El doble pedal de la muerte. Exquisito.
Una vez la diversión huyó de la cafetería, caminaron por los pasillos tranquilamente. Una profesora se acercó a ellos, a sus espaldas, vio que llevaban armas, les intentó preguntar algo pero…
El disparó en su hombro la sacó de sí, cayó al suelo, estuvo por un minuto en shock. Luego se encerraría en la sala de computación con algunos alumnos, llamando al 911.
El ayudante del sheriff se acercó tan rápido como pudo cuando vio el rebullicio que se estaba formando. Eran Eric y Dylan, apuntando a un estudiante ya herido, dio varios disparos para distraerlos. El estudiante corrió despavorido.
La mala suerte tiró los dados, las balas del ayudante de sheriff se acabaron.
— ¡Código 33! ¡Código 33! — Necesitaba refuerzos, también necesitaba salir como un cohete.
Para cuando se dio cuenta, los perpetradores ya no estaban allí, se sintió aliviado.
Pasaron por la cafetería de nuevo, tiraron bombas molotov. Dylan seguía riendo como imbécil, Eric buscaba a los que formaban parte de los equipos de deportes… Entró en la cocina de la cafetería, otra molotov más.
— ¿Dónde están hijos de puta? ¡Salgan de una vez!
Eric estaba lleno de cólera.
Los pasillos estaban vacíos, todo se veía desierto, oías murmullos. Jugaban a policías y ladrones, jugaban al escondite y eso excitaba un poco el ánimo.
Las ráfagas de disparos, las sorpresivas bombas molotov. Un hermoso espectáculo, eso, seguramente, le enseñaría al mundo lo superiores que eran, pero… las bombas de propano no habían explotado. Un pequeño error que seguía molestando la conciencia del irascible Eric.
Entraron en la biblioteca. Estudiantes, presas.
Ráfagas de disparos, insultos, gritos. Muerte…
Eric salió disparado de la biblioteca, siguió caminando por los pasillos, Dylan estaba excitado hacía constantes bromas sobre lo que sucedía, sobre lo deprimentes que eran.
— ¡¿Están escondidos en el baño, maricas?! — Gritó Harris—, no importa lo que hagan, de igual forma morirán, cobardes.
Pero pasaron de largo, el tiempo pasaba, cada vez era más difícil conseguir victimas.
Una insondable determinación había rodeado a ambos, como si el remordimiento hubiera tomado parte de ellos, como si la lógica les dijera que ya no había vuelta atrás. Estaban rodeados, ya había ocurrido un pequeño intercambio de disparos con un oficial.
Estaban atrapados, la lección estaba tomada. Eso pensó Harris.
Fueron a la biblioteca de nuevo, y, tal como todo estaba orquestado, Eric gritó:
— Uno, dos… ¡Tres!
Dos detonaciones, la carabina le voló la cabeza a Eric… La Tec-9 la sien a Dylan. Todo estaba hecho, el mensaje estaba dicho. La venganza cumplida, el terror seguía latente.