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sábado, 28 de septiembre de 2013

Protesta de Guinea 2009

So, here I am, amiguitos. Escribiendo en spanglish solo porque sí. Paremos. 
Pensemos en protestas, estados y futbol. ¿Qué tienen en común? Así es, las protestas tienen hijos con los estadios y así nace el futbol. Está bien, está bien, fue algo estúpido. Lo acepto. 
Lo que tienen en común es la protesta llevada a cabo en el Estadio 28 de Septiembre, tal día, en el 2009, en contra del presidente de respaldo que tenía por entonces ese país, un militar. 
Enjoy.
Disfruten. O no.

Auto-Gol 

Los Boinas rojas llegaron cuando nadie se lo esperaba. Hubo humo(bombas lacrimógenas), fuegos artificiales(ráfagas de sus fusiles) y diversión. ¿Diversión? Oh, claro que no. Los Boinas Rojas llegaron y ya nadie supo si se jugaba a cazar humanos. Si el Estadio 28 de Septiembre(que indicaba la fecha en la que se encontraban en el 2009) había decidido respaldar la caza de humanos como deporte, o más bien el Gobierno o la falta de él. La Guardia Presidencial hacía presencia y la fiesta en la que todos estaban reunidos estallaba. Eran repentinamente el alma de ella.
Habían traído todo lo que faltaba.
Algunas personas gritaron, otras se enfocaron en usar su energía en correr. No había de otra, la ignición de la pólvora provocó la exaltación del ánimo. Pésimo ánimo. 


Algunos, insensatos héroes, quisieron pelear por sus derechos. Otros, viejos insensatos, apelaron a su vejez, halaron sus barbas y los golpearon contra el piso. O les dispararon. Realmente no había diferencia cuando usaban todos sus recursos en acabar con los ciudadanos. La única diferencia apreciable era la distinción de sexo, porque esto garantiza, generalmente, satisfacción; y tal vez eso era todo lo que buscaban los Boinas Roja.
Una movimiento de batuta del presidente de respaldo, el Capitán Moussa Dadis Camara, había bastado para que iniciara el caos.
“Un héroe”, así se describía. Esa era la palabra que venía a la mente de Camara cada vez que veía sus cuadros en su oficina. “Soy un héroe”, le reafirmaba el cuadro. Mientras que todo el poder que tenía le sugería que sería estúpido dejarlo solo por seguir las leyes. “Derrotaste al dictador, tomaste al país. Lo llevas al camino correcto. ¿Quién más que tú, Camara, debería ser el nuevo presidente? Acaba del todo con lo que queda del régimen. Sé la imagen del país.”
Y Camara se creía esas palabras. Su mente le decía que la protesta era una minoría irritable que solo desestabilizaba el país. Un país que había perdido su balance desde hacía años.
Ese pequeño grupo no se metería en su camino, porque un grupo de hormigas no detienen el andar de un titán. Él tomaba el camino correcto usando al ejército para controlar al país. De todas formas, ¿quién más que él sabría cómo manejar un país en ese estado?

Moussa Dadis Camara
No había réplica. Estaba solo en su oficina, disfrutando de sus pensamientos. Nada podía ir mal. Protesta detenida, paso de página. Gente abusada, cuerpos a la basura.
Lo que se avistaba en el futuro era la Nueva Guinea. Dirigida por Camara, el brillante líder. El que había ordenado una masacre en el Estadio 28 de Septiembre. El que había abusado del poder del Ejército. El que incumplía su palabra al decir que se postularía para presidente. Pero nunca está demás el poder, ¿cierto?
Rebobinó la información: “Masacre en el Estadio 28 de Septiembre.” Eso significa problemas, evidentemente. Eso significa que está haciendo algo mal. Siendo precisos, significa que hay un grupo de “Elementos incontrolables del Ejército” habían hecho algo mal, y que, él, su dirigente, no podía hacer nada al respecto.
Excusa inmejorable. Un grupo de insurrectos comienzan una protesta y “elementos incontrolables” del Ejército responden con una masacre. Una gota de sudor por su sien. Algo iba indiscutiblemente mal.
La gente corría, tiraba las pancartas al piso. O eran confrontados por militares. Ellos no hacían distinción de nada. ¿Reportero francés? Equipo de grabación al piso, destruido, inutilizable. Golpeado con las culatas de sus fusiles, pateado. ¿Mujeres? Violadas.
Los Boinas Rojas ganan por goleada. El Capitán Moussa Dadis Camara anota un auto-gol. Su campaña presidencial parece sepultada. Los Boinas Rojas pierden la serie, expulsados por abuso de los derechos humanos. Guinea parece tener un futuro prometedor.

lunes, 24 de septiembre de 2012

El final de este mundo (Sobre Dr. Seuss)


 ¡Hoy les traemos algo muy especial! Y tal vez venga de una nave espacial. Aunque bien podría formar parte de marte, o venir de un agujero de gusano-asesino-come cerebros. Bien, no importa de dónde venga ni por qué. Es una ficción sobre un escritor infantil, Dr. Seuss, conocido por ser el creador de "Como el Grinch se robó la Navidad" y otras obras. Cabe destacar que esto es solo una ficción en memoria a su muerte.


El final de este mundo

 

Un calor dulce lo despertó.
— ¿Dónde estoy...? — dijo su pequeña voz, estaba un poco ronco, pero debía ser por haber dormido a la intemperie. Un largo valle se extendía por todo lo que su vista alcanzaba. Había pequeños lagos a lo largo del valle. Corrió sintiendo la fresca brisa, sintiendo sus piernas ligeras, su cuerpo era como si no existiera, como si flotara en este mundo colorido y esponjoso. Tropezó con una raíz que se partió en su pie, era una raíz blanquiroja, al igual que el árbol....
— ¡Es dulce! Woah... — Se soprendió arrancando pedazos del árbol blanquirojo. Parecía bastante sólido e imponente, ¡pero pensar que eran dulces! ¡Qué extraño era todo!
Sintió aquel calor dulce de nuevo pasar y pudo discernir el sabor, era miel. Y aquella pequeña ráfaga era una luciérnaga del tamaño de un pájaro. A la vez que volaba soltaba una estela color mostaza con sabor a miel. Vio como revoloteaba con tanta libertad y luego se juntaba con otras luciérnagas en un vuelo sincronizado que despedía un festival de colores. Estaba anonadado, no solo había luciérnagas de miel, también las había de vainilla y de fresa, y de cosas que ni siquiera sabía distinguir. Verlas todas juntas de esa forma era algo espectacular, con aquella luna que parecía sonreír tan llena de placidez.
Al llegar a uno de los pequeños lagos, descubrió en ellos unos peces rarísimos, capaces de salir del agua y volar. Se dio cuenta de que cada pequeño lago era de un color diferente, así, había uno de color marrón, ¡sabor a chocolate! Otro de miel y otro de mantecado. No se lo podía creer. ¿Cómo había llegado a este mundo tan irreal?
Vio entonces a un gato con sombrero caminar entre varios lagos, escogía cuidadosamente los peces y los asía, para luego darles un mordisco. El chico intentó hacerlo, pero se encontró muy poco hábil para ello. No demasiado convencido con la facilidad del gato, fue hacia él, pues quería probarlos también.
— ¡Oye!
— ¡Eh! ¡¿Qué haces aquí?!
— Ehm... ehm...

— ¡Ajá! ¡Eres un ladrón!
— ¡No! Solo... aparecí aquí...
— No, no, no, no... ¡Eres un ladrón y el Gato bien que lo sabe!
— ¡Que no!
— ¡Que sí! ¡El gato no te dará sus peces!
— ¡Pero quiero probarlos!
— Haberlo dicho antes, ten uno— dijo, pasando de su estado de exaltación con una facilidad incomprensible, y sonriéndole como si lo conociera de siempre.
— Gracias...— dijo el chico, y le dio una mordida al pez que le había dado—. Woah, sabe muy bien...
— ¡Eh! ¡Ladrón, me engañaste!— Le recriminó el gato.
— ¡No! Si tú me lo diste...
— ¿Verdad que saben bien?
— Ah, sí, de veras... ¡Oye!, ¿no me estabas culpando hace un segundo?
— ¿Yo? ¡Claro que no! Este gato es muy serio.
— Bueno..., pero sí lo hacías... — murmuró por bajo.
— ¿Quieres venir al pueblo de los Quién?
— ¿De quién es ese pueblo?
— ¡Hay muchos más árboles, y bayas y ovejas, y más y más dulces!— Le dijo mientras señalaba por una de las colinas—. Bueno... es obvio que el pueblo de los Quién es de los Quién, ¿de quién más podría ser?
— Claro...— El chico no entendía nada y poco podía hacer más que seguirlo, era de noche y no tenía a donde dormir, el gato se veía bueno. Era algo raro y muy excéntrico pero simpático.
Caminaron largo rato por camino sinuosos, agarrando y probando dulces. Había caramelos y chocolates en los árboles, había chicles en las flores y por cualquier lugar que veía todo era vivaz y colorido.
— ¿Cuándo llegaremos?— dijo el chico mientras se comía un chocolate.
— Pronto, pronto, ¡al pasar esta colina!
En un rato de caminata empezó a nevar, era una nieve bastante rica y refrescante, parecía ser que todo en aquel lugar era comestible. Colina abajo, tras un corto camino, se veía un pueblo que decía en grande en su entrada:
“Villa Quién”
En aquel lugar se cantaban villancicos aunque no fuera exactamente navidad, todos compartían y eran felices, en el medio de toda la fiesta había un sujeto verde y peludo con traje de Santa Claus. “¡Grinch, Grinch!” Gritaban todos cuando le hablaban con sonrisas y dulces en sus bocas, y, en sus manos, regalos y regalos que se intercambiaban entre ellos.
Un tren daba un recorrido por el pueblo sin necesidad de rieles, se elevaba con bastante facilidad y daba vueltas soprendentes. Por otro lado se veían niños que hacían hombres de nieve y se los comían entre todos. La felicidad prosperaba y todo era sonrisas.
— ¡Señor gato! ¿Es Villa Quién siempre así de feliz?
A pesar de que el Gato estaba por constestar, el Grinch, que estaba frente a ellos ahora, le contestó:
— ¡Claro que sí! Pero cuenta la leyenda que una vez un ser gruñón y egoísta se robó la navidad...
— ¡Eso es horrible!
— De verdad que sí. Pero este se dio cuenta de su error, vio que la navidad era un momento hermoso de compartir y felicidad, y así fue capaz de enmendar su error y recibir perdón.
— ¿Pero cómo lo pudieron perdonar? Robar la navidad, eso es horrible...
— Las personas de Villa Quién son bastante buenas y quieren lo mejor para todos— dijo con una sincera sonrisa el Grinch.
Tras esto, un gran temblor sacudió el pueblo. El tren volador perdió equilibrio y cayó. Los trineos cayeron y todos los hombres de nieve se deshicieron. La nieve de los árboles blanquirojos cayó, así como sus dulces. Las casas se derrumban y el tiempo se hacía turbio y algo tempestoso.
El pequeño niño vio como crecía en tamaño y como por encima de su boca y en su barbilla salían bigote y barba respectivamente. Sintió como los años pesaban y todo se volvía gris. Lo vio todo tras libros escritos y se vio a él mismo en cama, tosiendo y tosiendo.
Ya no estaba el Gato con sombrero, ni el Grinch, ni Villa Quién, ni ninguna de esas historias que alguna vez imaginó. Aunque le habría gustado que le acompañasen. Se veía bastante deprimente así, moribundo, viejo. Pero la imaginación lo era todo, y este último sueño le dibujaba una sonrisa en su cara.
— Los adultos no son más que niños obsoletos. No hay nada mejor que la imaginación— pensó, con la sonrisa plácida de un viejo que había dado su último respiro en un mundo irreal y colorido. Un mundo de fantasía que hizo más ameno el mundo real.

viernes, 27 de julio de 2012

La Guillotina (Charlotte Corday)

Charlotte Corday nace el 27 de Julio de 1768 y es una de esos grupos de "asesinos" solitarios. Asesinos que lograron cambiar la historia "sin ser respaldados por nadie", bajo su propio propósito.
En el caso de Charlotte, su acción individual tuvo el efecto contrario de lo que quería. Buscaba "frenar" la revolución francesa matando a uno de sus voceros más importantes, Jean-Paul Marat, pero lo único que hizo fue encender la mella.
Esta ficción está bajo "su percepción", no todo está escrito bajo el guion.

La Guillotina


Charlotte Corday
Lo observó por un rato, con una mirada severa, como la de una madre. Él estaba inerte, muerto por el futuro de Francia.
La bañera se había teñido de un rojo profundo. Y ahí estaba él, como si todavía viviera, en esa posición trágica; ahí estaba él con sus ojos bastante abiertos, totalmente absortos. Estaba tomando un baño de sangre, como lo había hecho Elizabeth Bathory.
Su expresión de sorpresa seguía ahí, en su cara repugnante, llena de crímenes. El autor de Las Masacres de Septiembre, muerto como el perro que era. Eso pensaba Charlotte, con el eco de su muerte en su consciencia. ¿A él le molestarían las ejecuciones que había provocado? Probablemente nunca lo sabría, tampoco necesitaba saberlo. En sus últimas horas se sentía orgullosa de sí misma.
Se recordó dictando nombres, a él, en su bañera, en ese momento vivo. Nombres de “Enemigos de la gente”. Gente que se oponía a una revolución absurda, una revolución que costaría demasiadas vidas.
Ahora su vocero estaba muerto, uno de los principales personajes Jacobinos..
“Es una muerte que vale miles. Es una acción que evita una catástrofe.” Dijo, en su tribunal, recordando la muerte injusta del Rey Luis XIV.
Su cara casi formó la expresión más horrible cuando vio con sus propios ojos como anotaba a los “Enemigos de la gente”, como asentía y sonreía. Era un desgraciado. Entonces, entonces el cuchillo que traía consigo tomó un valor especial. Su determinación esbozó una puñalada que mataría a Jean-Paul Marat, con su expresión de sorpresa. Seguramente nunca pensó que terminaría así.
Recordó las palabras que dijo al terminar de dictar los nombres. Satisfecho, orgulloso de lo que hacía, pronto a acometer contra ellos. A darle fuerza a su justicia.
Recordó sus últimas palabras e hicieron eco en su consciencia.
“¡A mí, mi querida amiga!”
Culpándola de su muerte, como si nunca se lo hubiese esperado.
Ella había sido su verdugo.
Había mancillado su alma en ese golpe definitivo, sacando fuerzas que no conocía. Ayudada por la mano de Dios para acabar con un ser tan indeseable. Era justicia. No se podía repetir otra cosa. Eso sí era justicia.
La revolución tomaría fuerza de manos girondinas. Ya no sería la revuelta que preveía, había salvado el futuro de Francia. 

La muerte de Marat

Recordó la turba tras la muerte de Marat. Se sintió furiosa, en sus adentros luchaba por controlarse a sí misma. ¿Por qué reclamaban por la vida de ese bastardo? No lo podía comprender, no podía comprender la sed de sangre de la gente. Una lágrima recorrió su cara, parte de su furia contenida.  
La guillotina atravesó su cuello. Estaba muerta. Segundos antes de su final, sus ojos lagrimeaban de nuevo, en su lucha contra el miedo. No podía sentir miedo, no se lo podía permitir, su muerte estaba justificada.
Las miles de miradas expectantes por su muerte satisfechas. Era algo que le costaba aceptar, que la gente de Francia estuviera tan deseosa de sangre.
Era una jugada inteligente la que había hecho. Probablemente nadie lo pudo haber hecho mejor, entrar a la casa de Marat y matarlo. Nada sutil, pura eficiencia. Las dos cartas que había enviado habían tenido el efecto deseado, aunque no como ella quería. Había logrado captar la atención de ese bastardo. Había comprobado la verdad de su naturaleza horrible. Lo había matado.
Y como consecuencia aceptaba felizmente su propia muerte, por Francia.