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viernes, 11 de septiembre de 2015

Caín: El Segundo Fruto Prohibido



El pasado, amiguillos, cuando la humanidad daba sus primeros pasos y los demonios rondaban libremente por la tierra. Los humanos eran humanos y tenían miedo a lo incomprensible, y los ángeles eran ángeles, caídos, y veian a los humanos y los tentaban y... Esto es Caín, sin Caín. 


El Segundo Fruto Prohibido


Hay oscuridades más profundas que otras, palabras que dichas bajo ciertas condiciones podrían sentenciar la naturaleza de un ser a horribles castigos. Hay miradas insondables que no significan nada y risas maliciosas que tan solo sugieren macabra diversión. Hay quienes dicen que los ojos de un ángel poseen bondad y misericordia; que verlos te ablandan el alma y despiertan en ti la ternura.
La realidad es que cuando ves los ojos de un ángel, accedes a la ventana de la eternidad; entiendes que en sus largas caras no hay gentileza, porque su vejez no se nota en sus rostros y va más allá de la comprensión humana. Accedes, cuando atraviesas la ventana, a una crueldad que los humanos no pueden concebir, a verdades que no tienen sentido y a sermones  repetidos tanto que ya no sugieren nada.  Con los ángeles caídos es igual, tal vez sus mentiras sean más elocuentes y sus verdades más creíbles. Al fin, solo son justificaciones inútiles y ellos lo saben.
 
Al principio, cuando todavía creíamos que veníamos del barro y que el aliento de Dios conformaba nuestros espíritus, cuando éramos pocos y nos acurrucábamos los unos con los otros sin importar las diferencias, por miedo a lo que se encontraba afuera, en la oscuridad… por lo que nos habían dicho los ángeles, según palabras del Antiguo Adán. En sus largas pláticas solía hacer referencia a lo terrible de los demonios, a como nos engatusaban con sus palabras… que tuviéramos cuidado cuando él ya no estuviera. Decía que los brazos de los ángeles caídos nos rodearían, sonreirían y te sentirías a gusto con ellos,  nos ofrecerían la manzana. Un mordisco nada más, solía hacer énfasis en eso, y caes a la perdición… ¿y qué podemos hacer de todas formas? Nada. 
 
Al principio, le temía a la oscuridad, como todos. Le temía al vacío al que entrabas cuando estabas ahí, hay seres a los que no entiendes hasta que no ves con sus ojos lo que ellos ven.  Entré a la oscuridad porque escuché su voz y su voz era hermosa y aludía a Dios y a sus ángeles, a la música de sus querubines y lo vi, en medio de la oscuridad, como resplandeciente y era verdad. Era hermoso. No me cuestioné por qué un ángel se hallaba en la oscuridad. Lo vi y él me vio a mí, y me ofreció su mano y me dijo: ¿No tienes miedo? ¿Acaso no sabes que en la oscuridad se esconden las terribles verdades que los humanos no deben encontrar? Estaba aterrorizado, todo mi cuerpo temblaba, me había orinado sin darme cuenta.

Toma mi mano, dijo, tómala y no tendrás miedo. Estaba aterrorizado, preguntándome, ¿qué hago en medio de la oscuridad? ¿Es él en verdad un ángel? La duda estaba ahí, plantada en lo profundo de mi consciencia,  pero su sonrisa era hermosa. Tomé su mano porque me proporcionaba una seguridad más fuerte que la del fuego y porque pude ver que en la oscuridad solo habitaban las tinieblas y en ellas encontrabas voces nada agradables. Sugerencias catastróficas… imágenes que te llevaban a la locura. El resplandor del ángel, la sensación de amor que emitía el estar junto a él…

Y una duda. Una duda que no podía sacarme de mi corazón. ¿Qué es una duda ante la grandiosidad de un ángel? No es nada, es un distractor… ¿era mi corazón pecador? No lo sabía, las tinieblas me daban miedo y él estaba junto a mí y pronto hubo más ángeles y todos hablaban sobre el paraíso y parecían tan felices. 

¿No quieres aprender a defenderte contra el mal? Dijo uno y asentí, y sonreí de manera amplia y les dije lo bien que me sentía al estar junto a ellos. Todos reían y yo reía con ellos. Las risas callaron y los miré nuevamente. Lo que vi fue… confuso, sus sonrisas antes plácidas no me daban confianza, sus ojos parecían en cierto sentido vacíos… ¿o era su expresión? ¿Qué había en sus ojos? La forma en la que fruncían sus ceños, quizá, cuando sus rostros no eran amigables. Es difícil saberlo, porque los ángeles son preciosos no importa qué y si hay algo malo en lo que ves. Debes ser tú el equivocado, el terrible, el cruel y no ellos.

¿Cuál es tu nombre, humano? La voz de este ángel estaba llena de hastío, sonaba… no sonaba como los demás, había sinceridad en su voz y ésta sugería mi inferioridad infinita ante él. Ante mí se postraba un Dios que no era, un Dios que no podía ser. Era lo que sugería ante los otros ángeles, su soberbia era  una soberbia admisible y comprensible. Una barrera entre nosotros dos (y tal vez también entre sus camaradas) que no podía ser levantada. Me di cuenta de que era rodeado por todos y él era la cabeza. El líder. A su lado, se acostaba un perro, o lo que parecía ser un perro, tan deforme, tan horrido. La inefabilidad del terror estaba sujeta en esa criatura. 

La duda comenzaba a elaborar una pregunta. ¿Qué hacía algo tan horrible junto al más hermoso ángel que había visto jamás?

Absalom… Contesté y tembló mi voz y mi miedo fue tan claro como la oscuridad que nos rodeaba. Ese es mi nombre. 

Y ellos rieron. 

La paz es mi padre. ¿Es tu padre Dios? ¿No quieres conocer a Dios, Absalom? Tenía miedo, su voz era a la vez tranquilizadora e inquietante. 

Todo se iluminó, fuego salió de su mano y lo que parecían ángeles normales, brillando por su propia cuenta, se reveló como una plétora de seres… irreconocibles. Jamás un humano había visto algo semejante, estoy seguro… no… no lo puedo estar.  ¿Qué secretos guardaba Adam? ¿Era esto parte de los secretos llevados a su tumba?  

Lo que vi, no eran ángeles en todo el sentido de la palabra. Por supuesto, el líder era un ángel. Su sonrisa sugería maldad o asco… pero era un ángel y era hermoso. Gabriel, Miguel… se asomaban a las tribus humanas… nos hablaban de la bondad y ellos eran lo más hermoso que habíamos visto hasta entonces, pero este ¿ángel? Era más hermoso que ellos, se notaba cierta decadencia, su piel no tenía ese brillo pero incluso así podías imaginar lo hermoso que había sido y me dejaba sin palabras. La autoridad que emitía…. Y los demás… esos no eran ángeles o algunos parecían haberlo sido hacía muchísimo tiempo. Sus ropas eran harapos o estaban sucias y algunos tenían colmillos animalescos y otros tenían grandes y majestuosos cuernos… pero eran ángeles. O habían sido ángeles. 

Lucifer. Dijo, un gusto, Absalom. Y su sonrisa no pudo ser más sardónica ante mi sorpresa .  

Lo que acompañaba a Lucifer, no era un perro. Era una bestia, una mezcla de bestias… escalofriante.
Entonces, ¿asumo que no quieres aprender a defenderte de la oscuridad? Pero lo que sugería su voz era una pregunta a la que solo podías contestar con… 

C… claro, ¿q..q..qué me quieren enseñar?  

Una ciencia que va más allá de lo que su triste raza jamás podrá llegar a comprender.

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jueves, 4 de julio de 2013

Sobre una Super Nova del pasado

Hace ya casi un milenio de que una Super Nova fue visible en el cielo. En realidad, no es un fenómeno tan extraño, pero dejémosnos de tonterías y vayamos al grano. Dicha Super Nova, SN1054 (que dio origen a la Nebulosa del Cangrejo), fue una Super Nova que más bien pasó desapercibida. En europa apenas se tienen registros, y los que hay se creen falsos; en China sí se registró; en América se han encontrado petroglifos; y en la vieja Arabia se tiene un solo registro que, aparentemente, coincidió con dos epidemias...
¡Y ahí, es donde entro yo! La ficción trata sobre las epidemias y su posible causa por una razón religiosa. La Gran Estrella que brilló día y noche por un año.

 Nota: La revista Zona Fantasma, de ficción y entretenimiento, nos acogió en su último número como grupo invitado y decidimos enviarles esta ficción. La publicación se distribuye online, así que pueden revisarla en el siguiente enlace: bit.ly/11kmSOn 


Una Estrella

“Se dice que en tiempos antiguos hubo un hombre que tuvo contacto con dioses, pero que fue tomado como un hereje. Dicen antiguos grupos de procedencia innominable que ese hombre se llamaba Saeed ibn Abd al-Aziz. Algunos sospechaban que era un brujo y que sin duda alguna contactaba con demonios que había desterrado Alá.  Fuentes más cercanas y de veracidad dudable aseguran que Saeed supo de una epidemia meses antes de que ocurriera, también dicen que sus ojos se tornaron rojos, que había un aura en él que lo vinculaba con los demonios que merodeaban por los mares de arena en los que nada bueno podía hacer un creyente.”



Nebulosa del Cangrejo formada de la Super Nova SN1054
Todos lo vieron, como marcando un hito, la Gran Estrella... El calor abrasador desaparecía. Ya no era un castigo diario, pero había algo más, había algo que hacía que la gente se pusiera a la defensiva, hacía que la tensión se sublevara y que nadie estuviera realmente tranquilo. Saeed ibn Abd al-Azis era una prueba viviente de ello, aunque él siempre estuviera nervioso. Nadie recordaba un momento en que Saeed no hubiera estado moviendo ansiosamente su pierna o tamborileando con sus dedos, o un momento en el que sus ojos miraran fijos en el horizonte a algo. Siempre había algo que él parecía ver y que los demás no veían. Detrás de los ángulos de los umbrales y las ventanas, de las curvas de los portalones y sus arcos, en lo voluble de las nubes. Por eso, sus ojos se movían incesablemente, y algunos decían que era la razón de sus inmutables ojeras y su cadavérica forma.
Saeed está poseído por un ifrit, fue el rumor que se pasó de boca en boca. Nadie dijo eso en voz alta, porque oyeron que en las lejanas tierras del norte había una figura, un ser... Shaitán, el malévolo ifrit que tomaba formas imposibles y te emponzoñaba con su lengua maldita y ofidia. Y era también una verdad a puerta cerrada que todos habían empezado a oír, detrás de sus orejas, en sus sueños, en la soledad de sus pensamientos, murmullos. Era sin duda alguna un ifrit, porque los ifrits trabajaban así. Pervertían con sus sonidos enfermos, zaherían con sus palabras ininteligibles. Se metían en tu cuerpo. Luego, luego ya no eras el mismo...
“Pssst, psst... No, no hagas ni un ruido. No, no voltees. No abras la boca. No te muevas. Estoy aquí, a tu lado. Siempre he estado. Siempre estaré. Psst... ¿me oyes? No te gustaría acaso disfrutar del ardiente abrazo de la muerte. Sé que me has visto, en el cielo, cuando la noche todavía es joven y oscura. Sé que me has escuchado cuando te desperté antes del amanecer y solo Aglibol brillaba en el cielo.”  
Saeed siempre había querido ser fiel a la figura de Alá. Este era el Dios máximo, era quien los había formado de la arcilla con su aliento, y a éste debían su existencia. Toda su vida había oído esas voces, pero nunca había oído la del Supremo. Aglibol le había advertido:
“Hijo de su Vaho y de la arcilla, la maldición que te atormenta es terrible. No desvies nunca tu mirada hacia ellos, que se esconden entre las sombras y las palabras, entre el canto del gallo y el poderoso Malakbel, que brilla cuando yo me ausento, no la desvíes pues ellos son hijos de la inseguridad y del miedo, son hijos del genocidio y de la enfermedad. Ellos vienen y te roban tu alma, para que luego vagues como un ghoul por el desierto.”
Todos lo vieron. Era un... ¿ser? sin forma alguna. A veces humano, a veces ave... A veces ángel. Sobrevoló primero por Constantinopla y una peste fue consumiendo a cada humano. Sabían, en Fustat de Egipto, que la peste de los ifrit en el norte no tardaría en llegar si dudaban, pues sus cuerpos inmateriales y culpables vagaban hacia donde la maldad florecía. No hay registros claros. Algo es cierto y es que los que sobrevivieron a la peste nunca fueron los mismos. Vieron a sus familiares morir, los oyeron recitar cosas cada vez que aquella figura sin forma aparecía.
La verdad es que todos lo oían con esa voz estridente, inhumana y peligrosa que desafiaba todo lo vivo. Desafiaba la realidad, dirían los astrólogos e historiadores... ellos fueron los primeros en morir. Murieron sin poder anotar siquiera una palabra. Algunos dijeron que era porque pensaban en esa(¿esas?) criaturas con frecuencia inusitada, otros dijeron que había avistado la Estrella que brilla al lado del Sol demasiado tiempo(indudable, puesto que la estudiaron a toda hora desde que apareció). Esa estrella, esa estrella había soplado un viento miasmático sobre la tierra y ese viento había tomado la personificación de los bajos demonios. frutos de los ifrits. Sin duda alguna era el murmurador Iblís quien había mancillado al aire y quien personificaba a la maligna Estrella.
Pasaron meses antes de que la epidemia llegara Fustat. Cuando llegó todos lo vieron claramente. Incluso los que no lo querían ver porque eso era caer en la tentación, y de la tentación al pecado solo había un paso. O tal vez más de un paso, tal vez bastaba estar ahí, donde la tentación habitaba, en tu corazón, detrás de ti, en el eco de tu voz, en tus viles sueños y aviesas pesadillas. Bastaba estar ahí y el piso se desmoronaba. Así lo sintió Saeed. Sintió como la realidad colisionó y vio como la tierra se fragmentó. Claro que en realidad no ocurrió eso. Él lo vivió. Vio como del suelo salían malévolos ifrits de los que nadie nunca tuvo registro, y vio como la gran forma descendía del cielo, de la perversa y vanidosa Estrella. La forma podía ser humana o podía ser ghoul, eso no importaba. La estrella, el ifrit, Shaitán, Ibrís, el innominable, Lucifer, Samael, Beelzebub, Loki, el Crónida, la Sierpe, el más grande enemigo del Supremo estuvo ahí. Los vio con sus altivos ojos.  Saeed recordó las diáfanas palabras que profirió hacía casi un año atrás; las recordó como si estuvieran grabadas:
“Del cielo saldrá una enorme estrella, una estrella remota y lejana que con concupiscencia amará a la tierra de Él; y Él, que en su altar todo lo ve, verá como nos regocijamos desperdigando nuestro infecto querer hacia vosotros. De los ríos se sanaría la fiebre maldita, la imposible vida carcomida, si el brillo del grandioso sol no estuviera ahí, fulgurante incluso cuando la gigante estrella, Malakbel, renegada por ustedes, fogoneé en el cielo. Y de la tierra saldrá el vaho de la arcilla y los vientos del norte, en Constantinopla, llevarán la enfermedad y la injusticia a Fustat, donde perecerá todo lo vivo y hermoso a lo que el Supremo le ha dado vida.”
Saaed cayó de rodillas y despertó, el sol brillaba y abrazaba con el sudor en las calurosas primaveras. Fustat estaba desolada, habían pasado días e incluso meses. La gran mayoría de la gente había muerto y el olor lo delataba. Era un olor prófugo y enfermizo, los que caminaban eran casi ghouls, demacrados y consumidos por el paso de la epidemia.
Petroglifo norteamericano de SN1054
La estrella ya no brillaba en lontananza, solo estaba el sol. Saeed agradeció a Alá, la brisa refrescó su piel. No oyó ninguna palabra ni recordaba las voces de los seres que le hablaban desde su niñez. No vio la perturbación de los objetos y de la atmósfera que acostumbraba a ver. Su fiel primo, siempre buen amigo y compañero, le contó que la epidemia lo había infectado y que, de los que fueron contaminados, era el único que había sobrevivido el castigo de Dios, aunque la inconsciencia había sido su estado por una semana. Le dijo que la Gran Estrella había desaparecido hacía dos días.
Fustat parecía otra, sin embargo, solo una explosión estelar había acaecido en un remoto lugar.

domingo, 13 de marzo de 2011

Concerten el concurrido concurso del diablo.

*Ship* No sé, los tiempos se hacen lejanos y parece una eternidad desde la última vez que publiqué. Las pruebas internas para la Universidad pueden ser una molestia, hay que estudiar y eso... Hay que revisar temas olvidados, hay que comer chocolate... Te tienes que bañar. Saben... cuando dejan caer agua en su cuerpo y eso... Es horrible. Me dan miedo.
En fin, de esto nació un relato, no podemos decir que es su hijo ya que lo dio en adopción y ahora es mi hijo. No me siento muy orgulloso de él, es feo... sí, feo.

--------Prueba del infierno (Pacto de admisión)---------

Veinte pasos lo separan de su travesía, pero esta no es cualquier travesía, es la que decidirá quién será él en el futuro. Sus piernas tiemblan un poco, y ve nerviosamente a sus alrededores; otro, más tranquilo, observa a todos como si los monitoreara y se recuesta en la pared.

“Él no sabe lo que le sobreviene”, piensa el primero y se concentra en agarrar su lápiz número dos nerviosamente.

El segundo tiene puestos los auriculares, conectados a su celular, en sus oídos. No escucha nada ya que el celular permanece apagado, pero se ve bien, y les hace pensar a los demás que no puede escuchar lo que dicen.

El portal se hace gigante a la vista de algunos, con un diseño aterrador que te hace pensar en alas de murciélago, un aura morada, y un humo negro. Se oyen risas burlonas, risas de gente que llora, sollozos y una orquestra angelical tocando nerviosamente al otro lado de la puerta. Han perdido sus alas, sus halos, sus alas… preciadas alas.

El violín de uno de los ángeles desprende humo, su túnica se desgarra lentamente. Un demonio enano le lame el cuello, susurra cosas y ríe. Ríe triunfante. Las manos sangrantes del chelista se van descomponiendo, vive el proceso de descomposición, y el primer humano en la lista entra al salón se pregunta si podrá vivir con eso. Luego recuerda que hay algo más importante, sentarse en la primera silla de la última columna. Sí, eso viene primero.

El espaldar le parece frío y suda por el calor. Pone su lápiz entonces encima del pequeño escritorio y siente un cosquilleo extraño en sus pies, a lo que ve abajo y se asusta. Se asusta primero que nada porque se ve así mismo, luego intenta ver mejor y es él, es él… pero su mano está en los huesos, y un líquido espeso y negro sustituye al piso. Eso está mejor, piensa el de abajo, sonríe a la cara de horror de su contraparte y le levanta el dedo en signo de suerte, pero el pulgar se cae.

Ya han pasado diez personas desde entonces y el terror se va difuminando, ahora parece más pánico y la guillotina bonitamente colocada al frente del pizarrón se hace más vistosa, y en ella aparece un humano bípedo con piernas de conejo, tras él están dos sujetos encapuchados. Sus trajes negros, sus manos grises y rugosas. “¿Están muertos ellos?” Se pregunta uno, pero la cara de susto del hombre-conejo le aterra, y dirige su mirada abajo, donde brea caliente consume sus pies. Lo soportará, eso cree. Pero lo debe soportar.

Las patas del conejo tiemblan como la de muchos de los sentados. Él sí tiene valor, él sí. Bajo los escritorios y sillas ven una multitud enfurecida. La cabeza del hombre-conejo es puesta en el lugar correspondiente de la guillotina. El “clack” de la madera contra la madera, entonces recuerdan que tienen que esposar sus manos también, pero al más robusto de los encapuchados le parece mejor cortarle las manos simplemente. Un grillo le detiene, es mejor atarlo, le murmura.

El más nervioso de todos entra a la sala, acaba de firmar un pacto con el diablo. Buena remuneración la que obtendrá se dice, solo se compadece. Y la cabeza del hombre-conejo va ensangrentada hacia donde él se dirige, a su asiento y las orejas se mueven graciosamente. El demonio firmando los pactos se ríe y el hombre-conejo se queja de su sueldo, le sonríe al muchacho y le pide que lo lleve hacia donde está su cuerpo.

Las multitudes saltan furiosas buscando la cabeza del hombre-conejo, él no mira hacia abajo. Está acostumbrado a este acto, sabe que si mira hacia abajo perderá la calma, después de todo, no verá su cuerpo, verá el tumulto clamando su muerte, su cabeza, literalmente.

El muchacho empieza a llorar, la cabeza le intenta consolar, pero comprende que el muchacho es un llorica y que no tiene sentido hablarle. Le pide ayuda al muchacho de los auriculares, pero él no le ve. Él solo ve un cuarto austero y fastidioso, si no, estaría un tanto excitado y quizá el miedo le provocaría un estremecimiento. Ese muchacho, el de los auriculares, no se conoce lo suficiente.

El diablo ríe ante el alboroto de algunos muchachos, le pide a la orquestra que aceleren la cadencia. Es una orgía para los ángeles de sexo femenino, una cámara de torturas para los ángeles hombres. Mancillan horriblemente el honor de los cielos, no hay decoro en el mundo de los demonios. El alcohol etílico, quita el calor y el sudor del sexo es el regulador de temperatura natural allá abajo, en el infierno. La imagen es perturbadora a la vista, pero el morbo de algunos es mayor. Pervertidos.

Una vez el diablo dice eso (lo de la cadencia), entra a la sala y cierra la puerta. Ve claramente que no todos están nerviosos como algunos, y que otros ven con seriedad la situación. Algo grave y triste a su parecer. Dice algunas palabras a fin de enervar a algunos, calmar a otros, violar oídos y satisfacer preguntas. Otra orgía, un tanto más perturbadora, para él.

Al cabo de unos quince minutos llega su compañero con un maletín. La multitud se emociona. Sus contratos, sí. Se emociona, siente miedo, desesperación. Se conmueven sus almas y se perturban sus mentes, y el recién llegado puede percibir esto y ríe, pero intenta inhibir su risa.

Proceden a repartir los contratos, 17 hojas llenas de letras y letras. Quieren confundirlos. El plectro en el bolsillo del de los auriculares estorba en la búsqueda de su borra, acude al lápiz, a su gallarda borra.

El nerviosismo se transforma en determinación para algunos, las paredes se van tornando blancas y el dolor ya no existe. El diablo toma forma humana y el piso ya no es una multitud. La cabeza de conejo perturba a quien tiene que perturbar. La guillotina engulle el cuerpo del hombre-conejo, y los encapuchados señalan y ríen, porque acaban de ganar.

El infierno vuelve a su lugar habitual, y el canto de un pájaro distrae en ocasiones a una que otra mente abstraída. La melodía apresurada se vuelve un silencio prolongado como muchísimas redondas a lo largo de las partituras. Los ángeles ya no son torturados, porque ya ni existen para aquellos que han vuelto al mundo. Para aquellos… aquellos que ya vendieron su alma.