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jueves, 4 de julio de 2013

Sobre una Super Nova del pasado

Hace ya casi un milenio de que una Super Nova fue visible en el cielo. En realidad, no es un fenómeno tan extraño, pero dejémosnos de tonterías y vayamos al grano. Dicha Super Nova, SN1054 (que dio origen a la Nebulosa del Cangrejo), fue una Super Nova que más bien pasó desapercibida. En europa apenas se tienen registros, y los que hay se creen falsos; en China sí se registró; en América se han encontrado petroglifos; y en la vieja Arabia se tiene un solo registro que, aparentemente, coincidió con dos epidemias...
¡Y ahí, es donde entro yo! La ficción trata sobre las epidemias y su posible causa por una razón religiosa. La Gran Estrella que brilló día y noche por un año.

 Nota: La revista Zona Fantasma, de ficción y entretenimiento, nos acogió en su último número como grupo invitado y decidimos enviarles esta ficción. La publicación se distribuye online, así que pueden revisarla en el siguiente enlace: bit.ly/11kmSOn 


Una Estrella

“Se dice que en tiempos antiguos hubo un hombre que tuvo contacto con dioses, pero que fue tomado como un hereje. Dicen antiguos grupos de procedencia innominable que ese hombre se llamaba Saeed ibn Abd al-Aziz. Algunos sospechaban que era un brujo y que sin duda alguna contactaba con demonios que había desterrado Alá.  Fuentes más cercanas y de veracidad dudable aseguran que Saeed supo de una epidemia meses antes de que ocurriera, también dicen que sus ojos se tornaron rojos, que había un aura en él que lo vinculaba con los demonios que merodeaban por los mares de arena en los que nada bueno podía hacer un creyente.”



Nebulosa del Cangrejo formada de la Super Nova SN1054
Todos lo vieron, como marcando un hito, la Gran Estrella... El calor abrasador desaparecía. Ya no era un castigo diario, pero había algo más, había algo que hacía que la gente se pusiera a la defensiva, hacía que la tensión se sublevara y que nadie estuviera realmente tranquilo. Saeed ibn Abd al-Azis era una prueba viviente de ello, aunque él siempre estuviera nervioso. Nadie recordaba un momento en que Saeed no hubiera estado moviendo ansiosamente su pierna o tamborileando con sus dedos, o un momento en el que sus ojos miraran fijos en el horizonte a algo. Siempre había algo que él parecía ver y que los demás no veían. Detrás de los ángulos de los umbrales y las ventanas, de las curvas de los portalones y sus arcos, en lo voluble de las nubes. Por eso, sus ojos se movían incesablemente, y algunos decían que era la razón de sus inmutables ojeras y su cadavérica forma.
Saeed está poseído por un ifrit, fue el rumor que se pasó de boca en boca. Nadie dijo eso en voz alta, porque oyeron que en las lejanas tierras del norte había una figura, un ser... Shaitán, el malévolo ifrit que tomaba formas imposibles y te emponzoñaba con su lengua maldita y ofidia. Y era también una verdad a puerta cerrada que todos habían empezado a oír, detrás de sus orejas, en sus sueños, en la soledad de sus pensamientos, murmullos. Era sin duda alguna un ifrit, porque los ifrits trabajaban así. Pervertían con sus sonidos enfermos, zaherían con sus palabras ininteligibles. Se metían en tu cuerpo. Luego, luego ya no eras el mismo...
“Pssst, psst... No, no hagas ni un ruido. No, no voltees. No abras la boca. No te muevas. Estoy aquí, a tu lado. Siempre he estado. Siempre estaré. Psst... ¿me oyes? No te gustaría acaso disfrutar del ardiente abrazo de la muerte. Sé que me has visto, en el cielo, cuando la noche todavía es joven y oscura. Sé que me has escuchado cuando te desperté antes del amanecer y solo Aglibol brillaba en el cielo.”  
Saeed siempre había querido ser fiel a la figura de Alá. Este era el Dios máximo, era quien los había formado de la arcilla con su aliento, y a éste debían su existencia. Toda su vida había oído esas voces, pero nunca había oído la del Supremo. Aglibol le había advertido:
“Hijo de su Vaho y de la arcilla, la maldición que te atormenta es terrible. No desvies nunca tu mirada hacia ellos, que se esconden entre las sombras y las palabras, entre el canto del gallo y el poderoso Malakbel, que brilla cuando yo me ausento, no la desvíes pues ellos son hijos de la inseguridad y del miedo, son hijos del genocidio y de la enfermedad. Ellos vienen y te roban tu alma, para que luego vagues como un ghoul por el desierto.”
Todos lo vieron. Era un... ¿ser? sin forma alguna. A veces humano, a veces ave... A veces ángel. Sobrevoló primero por Constantinopla y una peste fue consumiendo a cada humano. Sabían, en Fustat de Egipto, que la peste de los ifrit en el norte no tardaría en llegar si dudaban, pues sus cuerpos inmateriales y culpables vagaban hacia donde la maldad florecía. No hay registros claros. Algo es cierto y es que los que sobrevivieron a la peste nunca fueron los mismos. Vieron a sus familiares morir, los oyeron recitar cosas cada vez que aquella figura sin forma aparecía.
La verdad es que todos lo oían con esa voz estridente, inhumana y peligrosa que desafiaba todo lo vivo. Desafiaba la realidad, dirían los astrólogos e historiadores... ellos fueron los primeros en morir. Murieron sin poder anotar siquiera una palabra. Algunos dijeron que era porque pensaban en esa(¿esas?) criaturas con frecuencia inusitada, otros dijeron que había avistado la Estrella que brilla al lado del Sol demasiado tiempo(indudable, puesto que la estudiaron a toda hora desde que apareció). Esa estrella, esa estrella había soplado un viento miasmático sobre la tierra y ese viento había tomado la personificación de los bajos demonios. frutos de los ifrits. Sin duda alguna era el murmurador Iblís quien había mancillado al aire y quien personificaba a la maligna Estrella.
Pasaron meses antes de que la epidemia llegara Fustat. Cuando llegó todos lo vieron claramente. Incluso los que no lo querían ver porque eso era caer en la tentación, y de la tentación al pecado solo había un paso. O tal vez más de un paso, tal vez bastaba estar ahí, donde la tentación habitaba, en tu corazón, detrás de ti, en el eco de tu voz, en tus viles sueños y aviesas pesadillas. Bastaba estar ahí y el piso se desmoronaba. Así lo sintió Saeed. Sintió como la realidad colisionó y vio como la tierra se fragmentó. Claro que en realidad no ocurrió eso. Él lo vivió. Vio como del suelo salían malévolos ifrits de los que nadie nunca tuvo registro, y vio como la gran forma descendía del cielo, de la perversa y vanidosa Estrella. La forma podía ser humana o podía ser ghoul, eso no importaba. La estrella, el ifrit, Shaitán, Ibrís, el innominable, Lucifer, Samael, Beelzebub, Loki, el Crónida, la Sierpe, el más grande enemigo del Supremo estuvo ahí. Los vio con sus altivos ojos.  Saeed recordó las diáfanas palabras que profirió hacía casi un año atrás; las recordó como si estuvieran grabadas:
“Del cielo saldrá una enorme estrella, una estrella remota y lejana que con concupiscencia amará a la tierra de Él; y Él, que en su altar todo lo ve, verá como nos regocijamos desperdigando nuestro infecto querer hacia vosotros. De los ríos se sanaría la fiebre maldita, la imposible vida carcomida, si el brillo del grandioso sol no estuviera ahí, fulgurante incluso cuando la gigante estrella, Malakbel, renegada por ustedes, fogoneé en el cielo. Y de la tierra saldrá el vaho de la arcilla y los vientos del norte, en Constantinopla, llevarán la enfermedad y la injusticia a Fustat, donde perecerá todo lo vivo y hermoso a lo que el Supremo le ha dado vida.”
Saaed cayó de rodillas y despertó, el sol brillaba y abrazaba con el sudor en las calurosas primaveras. Fustat estaba desolada, habían pasado días e incluso meses. La gran mayoría de la gente había muerto y el olor lo delataba. Era un olor prófugo y enfermizo, los que caminaban eran casi ghouls, demacrados y consumidos por el paso de la epidemia.
Petroglifo norteamericano de SN1054
La estrella ya no brillaba en lontananza, solo estaba el sol. Saeed agradeció a Alá, la brisa refrescó su piel. No oyó ninguna palabra ni recordaba las voces de los seres que le hablaban desde su niñez. No vio la perturbación de los objetos y de la atmósfera que acostumbraba a ver. Su fiel primo, siempre buen amigo y compañero, le contó que la epidemia lo había infectado y que, de los que fueron contaminados, era el único que había sobrevivido el castigo de Dios, aunque la inconsciencia había sido su estado por una semana. Le dijo que la Gran Estrella había desaparecido hacía dos días.
Fustat parecía otra, sin embargo, solo una explosión estelar había acaecido en un remoto lugar.

sábado, 16 de marzo de 2013

La masacre de My Lai

Hoy, o mañana, o ayer...
Emm... Quiero decir...
Hola. Sí, hola.
¿Cómo estáis? Ok, ya, ya.
Masacre de My Lai, ¿qué de ella? Una bonita, linda, cute ficción. Sí, en cursivas, porque así se ve más lindo. Bien, el hecho es que es una ficción sobre una masacre que sucedió en la Guerra de Vietnam un día como hoy, en 1968.
Disfrútenlo. O no.

La masacre

— ¡Q..qué jodida mierda!— Gritó un soldado en una voz que no era más que la voz de un niño, era una voz perdida entre muchas otras. Entre gritos que soñaban con vivir un día más, con haber podido jugar y tal vez dormir con sus abuelos o madres por las noches.
Un helicóptero sobrevolaba la escena, y su estridente sonido era uno más entre la metralla, las explosiones y los gritos. Los ojos de Smith, el piloto, veían con abominación lo que sucedía, un brazo cercenado...  
El Lugarteniente Josh daba órdenes de disparar sin discreción. Estaban en la guerra. Esto último lo dijo con un énfasis heroico, como mandado en una misión profética, entonces sintió que algo tomaba su pierna. Se molestó. Recordó le había cercenado la cabeza a un maldito soldado vietnamita segundos antes.
“Ratas”.
Entonces vio de nuevo al mismo soldado con la cabeza deformada por el disparo. Su corazón golpeó fuertemente y creyó que moriría del susto. Contestó con una patada en la quijada ya de por sí rota de aquel zombi y  le disparó a quemarropa.
Una mujer pedía auxilio, pero él no oía nada. Él lo que veía era a un animal pronunciando cosas sin sentido, a un mono, si se admitía la comparación. Le cortó la cara con la bayoneta de su rifle. Escupió en su cuerpo y siguió apuñalando su cara. 
"Así estas caras rajadas se ven más bonitas , con la cara llena de sangre." Se rió de su sentido del humor. Estos eran los momentos que valían la pena. 
Oyó que Smith le pedía auxilio por los vietnamitas heridos. Rió de nuevo, la situación era irrisoria. ¿Auxilio para estas ratas comunistas? 
"El único auxilio que les puedo dar es una granada." 
Smith veía lo que sucedía y no encontraba respuesta. Era una terrible sátira, una broma de muy mal gusto. Él no había venido a Vietnam a masacrar a civiles, esto no era lo que él quería. 
A lo lejos, puede que cien metros más allá en la villa, la masacre seguía su curso. Viejos, mujeres y niños caían, no había distinción. Porque los que caían eran quimeras de propiedades incréibles, soldados vietnamitas que seguían atacando en una cólera insólita. Eran monstruos, imparables que solo querían proteger su hogar, estaban ya muertos pero en sus almas podridas en la guerra todavía querían proteger su tierra y a sus familias. Se aferraban a sus tierras con sus uñas, con sus sus dientes, no cedían.
Y oían los gritos de sus hijos, de sus padres y sus esposas. Sentían ganas de llorar y tal vez lágrimas corrían por sus ojos, excepto que sus ojos eran dos cavidades negras y profundas, y tal vez sufrían daños, en sus cuerpos etéreos. La negrura de sus miembros desmembrados se volvían tan solo más guerreros, querían justicia y en sus almas oscurecidas por la rabia, volver como ghouls o zombis era la única venganza posible. 
Lo que sí era cierto era que los soldados estadounidenses oían sus voces, las oían desgarradoras, las oían por encima de la metralla, las oían por encima de las explosiones. Lo oían todo claramente y lo entendían, aún sin conocer nada de esa lengua de insectos comunistas. Sentían como sus cuerpos se debilitaban, como la atmósfera era tan oscura y siniestra que no parecía de día.
Fébriles, desfallecidos y fuera de sus cabales algunos soldados caían. No querían hacer esto, pero el mismo miedo los obligaba. 
El Lugarteniente Josh estaba encantado con la escena, reía a carcajadas y aunque oía los gritos desgarradores y sus voces pidiendo justicia, las ignoraba o acaso esa era la yesca que encendía su sed de sangre.
Smith contactó con los soldados en tierra, a cargo de la masacre, pero lo que escupían de sus bocas no tenía sentido. Era un odio perverso que solo daba a entender que lo que ellos realizaban era una limpieza del mundo.
***
Un pequeño le preguntó a su mamá por voces extrañas, que se perdían entre los aullidos del viento. A vece, entre esos aullidos, oía a su padre o a su abuelo. Son las dos de la madrugada y Kim-Ly, la madre del chico, no ha dormido nada desde hace días, porque sabía que sobre su villa se cernía la muerte. Su abuela se lo había dicho, al borde de la muerte, hacía ya una semana, que su esposo estaba muerto desde hace meses, mucho antes de que se lo comunicaran las tropas vietnamitas.
En la villa se hablaba de una influencia maligna que rodeaba a sus muertos, no estaban encontrando paz. Regresaban como sombras de lo que habían sido, como bestias llenas de rencor. No era solo su abuela la que lo sabía, porque había sido la espiritista del pueblo hasta su muerte.
Era una verdad entredicha por todos.
Ella decía que se lo habían dicho los muertos. Los muertos de los estadounidenses, arruinados y arrepentidos, que murieron en batalla. También los soldados vietnamitas se lo habían dicho, con sus ojos anegados de lágrimas, porque querían ver a sus sus esposas y sus familias..
Thian, hijo de Kim-Ly,  le dijo que vio a su padre de camino por acá, y parecía feliz en su sueño. Y ella, en la oscuridad, con mejillas que llaman a las lágrimas, respondió:
— Papá, está en el cielo, Thian, como tu abuela. Se fue porque quería protegernos.
— Ah... Pero yo quiero verlo.
— Yo también. Yo también, tal vez lo veremos pronto. Ahora duerme.
***
La bala traspasó su estómago y luego arrasó con el cráneo de su hijo.