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sábado, 16 de marzo de 2013

La masacre de My Lai

Hoy, o mañana, o ayer...
Emm... Quiero decir...
Hola. Sí, hola.
¿Cómo estáis? Ok, ya, ya.
Masacre de My Lai, ¿qué de ella? Una bonita, linda, cute ficción. Sí, en cursivas, porque así se ve más lindo. Bien, el hecho es que es una ficción sobre una masacre que sucedió en la Guerra de Vietnam un día como hoy, en 1968.
Disfrútenlo. O no.

La masacre

— ¡Q..qué jodida mierda!— Gritó un soldado en una voz que no era más que la voz de un niño, era una voz perdida entre muchas otras. Entre gritos que soñaban con vivir un día más, con haber podido jugar y tal vez dormir con sus abuelos o madres por las noches.
Un helicóptero sobrevolaba la escena, y su estridente sonido era uno más entre la metralla, las explosiones y los gritos. Los ojos de Smith, el piloto, veían con abominación lo que sucedía, un brazo cercenado...  
El Lugarteniente Josh daba órdenes de disparar sin discreción. Estaban en la guerra. Esto último lo dijo con un énfasis heroico, como mandado en una misión profética, entonces sintió que algo tomaba su pierna. Se molestó. Recordó le había cercenado la cabeza a un maldito soldado vietnamita segundos antes.
“Ratas”.
Entonces vio de nuevo al mismo soldado con la cabeza deformada por el disparo. Su corazón golpeó fuertemente y creyó que moriría del susto. Contestó con una patada en la quijada ya de por sí rota de aquel zombi y  le disparó a quemarropa.
Una mujer pedía auxilio, pero él no oía nada. Él lo que veía era a un animal pronunciando cosas sin sentido, a un mono, si se admitía la comparación. Le cortó la cara con la bayoneta de su rifle. Escupió en su cuerpo y siguió apuñalando su cara. 
"Así estas caras rajadas se ven más bonitas , con la cara llena de sangre." Se rió de su sentido del humor. Estos eran los momentos que valían la pena. 
Oyó que Smith le pedía auxilio por los vietnamitas heridos. Rió de nuevo, la situación era irrisoria. ¿Auxilio para estas ratas comunistas? 
"El único auxilio que les puedo dar es una granada." 
Smith veía lo que sucedía y no encontraba respuesta. Era una terrible sátira, una broma de muy mal gusto. Él no había venido a Vietnam a masacrar a civiles, esto no era lo que él quería. 
A lo lejos, puede que cien metros más allá en la villa, la masacre seguía su curso. Viejos, mujeres y niños caían, no había distinción. Porque los que caían eran quimeras de propiedades incréibles, soldados vietnamitas que seguían atacando en una cólera insólita. Eran monstruos, imparables que solo querían proteger su hogar, estaban ya muertos pero en sus almas podridas en la guerra todavía querían proteger su tierra y a sus familias. Se aferraban a sus tierras con sus uñas, con sus sus dientes, no cedían.
Y oían los gritos de sus hijos, de sus padres y sus esposas. Sentían ganas de llorar y tal vez lágrimas corrían por sus ojos, excepto que sus ojos eran dos cavidades negras y profundas, y tal vez sufrían daños, en sus cuerpos etéreos. La negrura de sus miembros desmembrados se volvían tan solo más guerreros, querían justicia y en sus almas oscurecidas por la rabia, volver como ghouls o zombis era la única venganza posible. 
Lo que sí era cierto era que los soldados estadounidenses oían sus voces, las oían desgarradoras, las oían por encima de la metralla, las oían por encima de las explosiones. Lo oían todo claramente y lo entendían, aún sin conocer nada de esa lengua de insectos comunistas. Sentían como sus cuerpos se debilitaban, como la atmósfera era tan oscura y siniestra que no parecía de día.
Fébriles, desfallecidos y fuera de sus cabales algunos soldados caían. No querían hacer esto, pero el mismo miedo los obligaba. 
El Lugarteniente Josh estaba encantado con la escena, reía a carcajadas y aunque oía los gritos desgarradores y sus voces pidiendo justicia, las ignoraba o acaso esa era la yesca que encendía su sed de sangre.
Smith contactó con los soldados en tierra, a cargo de la masacre, pero lo que escupían de sus bocas no tenía sentido. Era un odio perverso que solo daba a entender que lo que ellos realizaban era una limpieza del mundo.
***
Un pequeño le preguntó a su mamá por voces extrañas, que se perdían entre los aullidos del viento. A vece, entre esos aullidos, oía a su padre o a su abuelo. Son las dos de la madrugada y Kim-Ly, la madre del chico, no ha dormido nada desde hace días, porque sabía que sobre su villa se cernía la muerte. Su abuela se lo había dicho, al borde de la muerte, hacía ya una semana, que su esposo estaba muerto desde hace meses, mucho antes de que se lo comunicaran las tropas vietnamitas.
En la villa se hablaba de una influencia maligna que rodeaba a sus muertos, no estaban encontrando paz. Regresaban como sombras de lo que habían sido, como bestias llenas de rencor. No era solo su abuela la que lo sabía, porque había sido la espiritista del pueblo hasta su muerte.
Era una verdad entredicha por todos.
Ella decía que se lo habían dicho los muertos. Los muertos de los estadounidenses, arruinados y arrepentidos, que murieron en batalla. También los soldados vietnamitas se lo habían dicho, con sus ojos anegados de lágrimas, porque querían ver a sus sus esposas y sus familias..
Thian, hijo de Kim-Ly,  le dijo que vio a su padre de camino por acá, y parecía feliz en su sueño. Y ella, en la oscuridad, con mejillas que llaman a las lágrimas, respondió:
— Papá, está en el cielo, Thian, como tu abuela. Se fue porque quería protegernos.
— Ah... Pero yo quiero verlo.
— Yo también. Yo también, tal vez lo veremos pronto. Ahora duerme.
***
La bala traspasó su estómago y luego arrasó con el cráneo de su hijo.

martes, 25 de diciembre de 2012

Tregua de Navidad [¡Feliz Navidad!]

Hace 98 años, durante la 1ra Guerra Mundial, en un descampado de Bélgica, se enfrentaban alemanes e ingleses. Sin embargo, el día de Navidad no se dio un solo disparo. Soldados ingleses y alemanes intercambiaron saludos y regalos en lo que sería recordado como la Tregua de Navidad.
Jo jo jo... La risa del viejito pascuero no alcanza para expresar mi carencia de extrema felicidad. Sin embargo, la que tengo es suficiente como para dejar una ficción y escribir cosas así de raras. Como sea... El blog ha estado un poco inactivo estos meses, mil disculpas por eso. Ya recuperaremos el ritmo, para eso sirven las fiestas, señores. Ahora sí, a lo que íbamos...

.+.+.+.+.+.+. Hay un espíritu en las trincheras.+.+.+.+.+.+.

Una ráfaga de viento terminó de enterrar en la nieve un casquillo de bala cuando el sol se ocultaba y en la trinchera inglesa un soldado se ataba bien las botas, otro se arreglaba el gorro felpudo y algunos más cargaban de municiones sus armas. Mientras tanto, un incorpóreo compañero ganaba fuerza con la llegada de la oscuridad. No sabríamos decir si el frío también lo hacía fuerte, pero después de aquella ráfaga el sol parecía ocultarse más rápido y, en consecuencia, su poder se hacía mayor. Nadie en la trinchera inglesa lo advirtió ni le tomó la mayor importancia a este hecho. A veces el sol parece ocultarse más rápido, dependiendo de lo que hagas. Podría también haber sido nada más que una sensación, nada comprobable, así que ninguno lo recordaría tampoco.

Del otro lado, en la trinchera alemana, la ráfaga de viento coincidió exactamente con el primer resoplido de uno de los soldados luego de encendido un cigarro. Guardó los restantes y sus cerillos en el saco y continuó fumando. En esta parte de "Tierra de nadie", el lugar en que se desarrolla este, por el momento, tranquilo enfrentamiento militar, el compañero incorpóreo parece haber caído por alguna casualidad. El cielo se ha oscurecido ya bastante como para que su poder pueda ser extendido fácilmente. Se desliza por entre los alemanes y le deja a cada uno un mensaje susurrado en el oído. Ríe después de esto, y su sonrisa parece maliciosa, oscura, pero se ilumina un poco cuando advierte la presencia de fogatas.


Para cuando el viento entierre otro casquillo la trinchera alemana estará en completo trance. Todos y cada uno de los soldados canta bajo la influencia del compañero incorpóreo. Los ingleses, sin embargo, continúan en silencio y luego de escuchar con atención los villancicos comienzan a sentirse solos. Uno de ellos observa con atención las fogatas. Se ordena el silencio y sus manos, como las de sus compañeros, se aferran a su rifle, listo para cualquier asalto. El compañero incorpóreo ríe y el soldado inglés recuerda la sonrisa de su novia, pero sabe que no debe ocupar su mente. Con los villancicos de fondo, escucha pasos sobre la nieve. En este momento requiere la máxima atención.

“Soldado inglés, feliz navidad. Feliz navidad”, el extraño mensaje del enemigo lo confunde. Y más aún cuando continúa insistentemente por algunos minutos. “Salgan, ingleses, vengan con nosotros”.

Sería una locura ir hacia ellos. Tanto trabajo atrincherarse, tanto sufrimiento al perder compañeros, tanto hastío cargar los rifles una y otra vez... ¿y tenían que ir con ellos? El compañero incorpóreo venía con los alemanes y se escabulló hasta la trinchera para dejar bajo su encantamiento a algunos ingleses, que comenzaron a gritar también, en respuesta, “Feliz navidad”, contagiando el espíritu a sus camaradas.

El poder del compañero incorpóreo sobrepasaba entonces el de cualquier armamento en ambas trincheras. Los saludos se convirtieron rápidamente en cánticos y a la mañana siguiente ambos bandos se encontraron en el centro para darse aún más saludos y entregarse regalos como botones, cigarros y chocolates. Estrecharon las manos y se volvieron amigos en medio de una guerra que cobraba vidas más allá de sus trincheras. Intercambiaron direcciones como si tuvieran la certeza de que al terminar la guerra continuarían vivos. Como si se vieran claramente en la mesa de su hogar, tomando tranquilamente un café y mirando hacia la puerta, pues en cualquier momento podría llegar el alemán o el inglés con quien estrechó manos en medio de la guerra.


Soldados ingleses y alemanes fraternizando en "tierra de nadie". Navidad, 1914.

Enterraron a sus caídos, jugaron un partido de fútbol y nadie nunca se percató de la presencia de un soldado desconocido. Vestía como inglés y era siempre uno de los primeros en cantar un villancico. Había intercambiado todos sus botones solo por botones alemanes y varios de éstos por una insignia inglesa. Los guardaba en los bolsillos como si fueran un tesoro y en todo momento mostraba una sonrisa. Era un tipo extraño, de los que pocos se ve.

Después de pasar un rato con todos y en medio de la algarabía, de las risas y las charlas, justo antes de que cayera el sol, el extraño soldado se metió las manos en los bolsillos y, cuidando que  nadie lo viera, caminó hacia el crepúsculo mientras entonaba un villancico alemán.

♫ Stille… Nacht… Heilige Nacht… ♫

Se alejaba el compañero incorpóreo con muchos botones, una insignia y una sonrisa inmutable en el rostro.


.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Muy bien, eso ha sido todo. A los que quieran enterarse más sobre el tema, existe una película  alemana llamada Joyeux Noel (Feliz Navidad) sobre este acontecimiento. Asimismo, seguro que les encantará visitar esta página (contiene información sobre la Tregua y cartas de varios soldados que estuvieron presentes). Espero que les haya gustado ¡Saludos!

martes, 27 de noviembre de 2012

Batalla de Tarapacá

Mientras escribía la ficción de hoy, medité sobre el valor que tienen para algunos un objeto en particular. Eso se presenta en situaciones en las cuales dos bandos se enfrentan entre sí. Un día como hoy, tanto el ejército aliado (compuesto por peruanos y bolivianos) como ejército chileno se enfrentaron en Tarapacá. Muchos recuerdan esta fecha. Ahora les dejaré con el escrito.


Estandarte 

Agua. Por varias horas había tenido la esperanza de probar un poco de líquido vital, pero fue en vano. Y definitivamente, él no era el único con ese pensamiento. La guerra nunca había sido un lugar alegre, pero no tener provisiones afectaba directamente en el desempeño de los soldados. Sus pasos eran lentos, sus mentes perturbadas.  Sus superiores, al percatarse del estado de sus subordinados, elaboraron un plan de emergencia.  Y al enterarse de ello, los soldados extrajeron la poca fuerza que les quedaba.

Su nombre lo había dejado junto con su familia, en Santiago. Sólo le quedaba el apellido, Herrera, con el cual era llamado por sus superiores y compañeros de su regimiento. ¡Agua! ¡Agua! No le importaba morir a manos del enemigo. Lo que detestaba era morir sin ni siquiera haber luchando a plena capacidad. Sostuvo su rifle con firmeza, pero notó desesperanzado que sus manos temblaban levemente. Alejó los pensamientos negativos de su mente y se enfocó en el presente.  ¿Acaso se daría el lujo de mostrar débil ante sus contrincantes? ¡Jamás!

Su regimiento, el  2° de Línea junto con otros más, se dirigieron hacia el fondo de la quebrada, al mando del Coronel Ramírez. El deseo de beber un poco de agua tendría que esperar. Mientras tanto, bebería de su orgullo.

"El Estandarte" de Fernando Lavoz B.


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El pequeño caserío de Tarapacá se encontraba controlado por las fuerzas peruanas. Fernández tenía un poco de sed, así que decidió ir a buscar un poco de agua. El líquido rosaba sus labios y recorría su garganta. Luego de haber tomado un poco, sonrió y revisó su armamento. No había olvidado nada. Revisó sus reflejos apuntando hacia un lugar aleatorio, y luego de unos instantes, volvió a guardar el arma. Junto con él, muchos de sus compañeros se encontraban listos para pelear.
No todas las batallas se buscan. Hay momentos en los cuales se debe estar alerta ante cualquier ataque invasor. Y eran estos momentos de espera, uno de los más difíciles. Ninguno  de los presentes se atrevería a  mencionar sus dudas o temores. No por ser ridiculizado por el resto, sino por orgullo propio y por su país.
Un soldado ajeno a su grupo gritó desde afuera. Los chilenos habían sido divisados por las cercanías. Toda la tensión desapareció en un instante. Fernández y sus compañeros estuvieron listos desde siempre.
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El Regimiento 2° de Línea tenía el objetivo de ingresar a sangre o fuego al poblado. La batalla era reñida, el sonido de los cañones eran consecutivos. La desesperación y la sed volvieron a aparecer en la mente de Herrera. Apuntó con su carabina, mordió sus labios resecos y disparó.  Se golpeó en la cabeza.
Lentamente, lograban mejores posiciones, llegando al punto de ingresar a la ciudad. Quizás no obtendrían la victoria, pero un poco de agua les levantaría la moral.  Herrera había notado a uno de sus compañeros que portaba el estandarte de su mucho más agitado y cansado que él. Mientras continuaba su avance hacia el pueblo, un proyectil lo alcanzó, causándole la muerte.
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Muy cerca de allí, Fernández y sus compañeros respondían al fuego chileno. Llenarían el lugar de su sangre y cadáveres, antes de entregársela al enemigo y rendirse. Fernández contempló cómo uno de los soldados rivales que portaba el estandarte caía hacia el piso. Nuevamente su sonrisa se iluminó en el rostro. Como un ave de rapiña, no desperdiciaron la oportunidad y aumentaron el ataque. La oportunidad de obtener el valioso objeto se le había presentado.


Regimiento 2° de Línea Chileno, junto a su estandarte.


Ni a Herrera ni a Fernández les  importaba la familia, el fuego cruzado, las necesidades básicas, el futuro. Era el estandarte lo único que anhelaban.  Ambos fueron presurosos a su encuentro. Ambos sabían lo que pretendía el rival. Ninguno retrocedería. No desenfundaron ninguna arma. Ambos presionaron sus puños, planeando golpear con ellos a su rival. No les interesaba  si vivía o moría. Necesitaban…
Ambos sintieron el tacto de la tela. ¿Por qué entonces, sentían que habían fallado? ¿Por qué sentían que lentamente, el objeto tan deseado les parecía tan lejano? ¿Por qué no podían moverse?  Sus fuerzas los abandonaban, no por la sed ni por la cobardía. Era la muerte. Pero ninguno de los dos soltó el estandarte.