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viernes, 13 de febrero de 2015

El nacimiento de Charles Darwin

Esta es una historia a propósito del amor que siente una madre hacia sus hijos. ¿Logran adivinar de quién se trata? Además, quiero agradecer expresamente a mi amigo y colega Jaime Montoya por aceptar amablemente leer el manuscrito de este texto y hacerle unas correcciones imprescindibles que, si bien no las seguí del todo, Jaime, fueron muy valiosas y te lo agradezco en demasía. Así, los errores, si los hay, son de mi entera responsabilidá.

Hápax Eulalios

A Kathy, al porqué
(c) Stefany Moreno

Mary, nuestra partera, había pronosticado que daría a luz el 22. Cuando me lo dijo tuve la ligera sospecha que se adelantaría… como Erasmus. Él se había adelantado 6 días, y este niño, ¿en cuántos días lo hará? Child… Nuestro idioma no tiene el problema que tiene el latín o las otras romances… Si no sabemos el género de nuestros hijos (cómo saberlo, además) simplemente les denominamos así, child, y notamos si se trata de un niño o niña tan solo viéndolo. Ah, trivialidades de los nombres. Y todo esto por estar leyendo aquellos estudios del indoeuropeo de Sir William Jones. Oh, este pequeño ha pateado, «¡Mary, Mary, ha pateado!» Oh, «¿Mary?» Ya no está… Quizá se haya ido a preparar la cena… ¿Y si naces el 14 como nuestro mártir Valentine, querido? El 14 es un bonito día donde se va a misa y los esposos se prodigan amor en conjunto con sus familias, ah… Qué bello. Y, claro, también es el día de Cirilo y Metodio, partícipes de no solo el adoctrinamiento de los eslavos sino de la invención y perfeccionamiento de un alfabeto propio de esas tierras para esparcir la Palabra: el glagolítico. Escuché decir que significa literalmente ‘palabra’ y que además…. Ay, dolor, qué dolor, creo que, definitivamente, se adelantará al menos 2 semanas ¡o quizá más!, ¡Días te separan de tu madre, child of mine! Nacerá el 14, sí. El 12 y el 13 no tienen ninguna importancia, oh… Claro, salvo la patrona Santa Eulalia de Sarriá que, si bien nosotros no la veneramos, había escuchado que era alabada en Barcelona. ¡Crucificada como nuestro Mesías por difundir la Palabra! Uh, nada más importaba, ¡el dolor era insoportable!

¡Señora Susannah! ¡Dios mío!

No fueron los regaños de Robert los que me preocuparon sino que cualquiera de las niñas haya visto algo… Especialmente la menor, Susan. Según Mary, fue ella la que me encontró en el suelo, inconsciente. Las niñas, con Erasmus, estaban jugando en el cobertizo. Yo solo recuerdo que estaba deseando que mi pequeño nazca el día de San Valentine cuando, de repente, me encuentro en mi habitación, echada, con mi marido, Mary y mi suegro. Todos con cara de consternación o de velorio… como si me hubiera muerto o algo. «¿Las niñas?», pregunté instintivamente; «Duermen plácidamente, querida», me dijo Robert. Me toqué la barriga y noté que todo estaba bien. «Todo en su lugar», me dije. «¿Y bien?», me inquirió Robert. Mi marido era un tipo dominante para ser un médico rural. Gran lector de novelas y tratados, los más que yo también leía sin parar. ¿Qué me había enamorado de él? Sin duda, don Erasmus, su padre, poeta y gran conocedor de muchas especies de plantas. Todo un humanista. Además, lo conocía desde siempre porque era un amigo entrañable de mi padre. «Simplemente salí a dar un paseo y… me encontré acá», dije, como para romper la tensión. Todos me miraban reprobatoriamente. «¡Erasmus!», grité; «Está durmiendo, señora»; «Tráiganmelo inmediatamente». Traté de disimular una sonrisa y me quedé pensando mientras Robert me daba un sermón. Pensé que este niño sería el último… me sentía enferma… Algo no andaba bien en mi organismo como para seguir procreando; ellos, mis hijos, ninguno se privaría de nada si yo les faltara, pero… no quería faltarles. Minetras Robert hablaba, tratando se serenarse; era divertido verlo así, tan solemne, tan incólume, regañando a su mujer porque no guardó el reposo solicitado y a su padre, mudo pero mirando de soslayo todo este espectáculo que después recrearía en algún verso, alguna cuarteta… Él también escribía en latín… Se golpeó. Traté de no reírme pero no pude. ¡Un libro le había caído en la cabeza! Su padre se rió estentóreamente. Quise ver qué libro era pero mi marido lo cogió y, rápidamente, lo puso en el estante. Con la rapidez, o por lo mal puestos que estaban, se le cayeron más libros encima. La risa fue general ahora. Él mismo se reía mientras Mary trataba de acomodar todo este desorden. Cómo amo a The Mount, «cómo te amo Robert», le dije, antes de quedarme profundamente dormida.


Mi querido hijo sería un varón y nacería el sábado 12 de febrero, al promediar las 2 de la mañana, de 1809. Las contracciones las sentiría a la media noche del mismo día, como si él hubiera calculado con rigurosa exactitud cuándo nacer. Fue un parto de lo más tranquilo. Un robusto bebé se uniría al calor de mi numerosa familia, The Mount. Pensé en ponerle como su padre pero él se negó así que al final quedó como Charles Robert. Todo un regalo de Dios.



lunes, 9 de febrero de 2015

El Amor de Pizarnik y Cortázar

Hola, hola, hoy abrimos la semana de San Valentín con una historia de amor de Alejandra Pizarnik y Julio Cortázar. Agárrense Cortázar-lovers...



Estás bailando dormida, Alejandra

Se quedó dormida fumando y se le prendió la camisa. “Laca misa, la ca misa, la ca misa”, repetiría luego sonriendo con las pupilas ligeramente dilatadas por efecto de alguna de las sustancias que guardaba en pequeñas cajas de madera y cuero, cajas húmedas como todo lo que habitaba su cuartucho parisino cuando llovía.

Alguna vez escribió algo sobre una camisa en llamas. Alguna vez deseó quemar toda su poesía y… se preguntó por qué había tardado tanto en notar que se le incendiaba el pecho, combinar fármacos con tabaco de madrugada podría generar situaciones en las que nada importaba. O era porque nada importaba que podía combinar fármacos con tabaco de madrugada.

Tres borradores de poemas después y algunas páginas de diario humedecidas por tinta, saliva de la punta de los dedos y lágrimas se quedó dormida con cenizas alrededor del diminuto sillón en el que se recostaba a fumar y escribir.

Su Julio no estaba en la silla del café que tenía frente a ella riendo y compartiendo un cruasán. No quería sentirse triste, no quería llorar, no quería no sentir nada. No quería gastar el dinero de su almuerzo en una carta para sus padres ni desperdiciar la mayor parte  de sus días en un trabajo que odiaba. Su Julio no estaba.

No quiso llorar, era tan inútil hacerlo. Por qué llorar cuándo no se puede desear desnudarse en medio del café, frente a Julio, que sería suyo solo cuando no estaba para escucharla y pedirle con la mirada que no, que no se desnudara. No quiso volver sola al cuartucho húmedo y duplicar la dosis de azar en la elección de frasquitos de vidrio, apretados en cajas, a los que sacudió el polvo de sus corchos antes de empezar a bailar suavecito deseando ser aire ligero disipándose cuando la silueta de alguien lo atravesara.

No quiso creer que Julio tocaba su puerta preguntando por qué no había ido ayer al café y… Ah, otra vez había dormido más de treinta horas seguidas luego de una noche de tabaco, drogas y poesía. No quiso escuchar que la regañaba llamándole “bichito” ni tener que evitar su mirada, pero disfrutó mucho cuando le preparó un baño caliente, la ayudó a desnudarse y la dejó sonriente y todavía atontada por unos sencillos besos en las manos, en los hombros, en la espalda.

martes, 14 de febrero de 2012

La Masacre del Día de San Valentín

Hoy, 14 de febrero, día de San Valentín, todos deben estar convencidos del amor o del inmenso poder del mercado para crear necesidades inexistentes y mover a las personas como simples consumidores. Sea como sea, algo muy interesante pasó hace 83 años en la ciudad de Chicago. 7 hombres, pertenecientes a la banda de Bugs Moran, rival del mismísimo Al "Caracortada" Capone, fueron asesinados a quemarropa en un taller que actualmente no existe, por cuatro hombres, dos de los cuales vestían como policías. ¿Las razones? No se sabe a ciencia cierta. Algunos sospechan que Al Capone lo orquestó todo, otros prefieren creer que la corrupta policía de Chicago estaba involucrada, y que por eso las cosas nunca quedaron muy claras. Fuera como fuere, la ficción de hoy tiene dicho evento como tema.


.+.+.+.+.+.+. Masacre de San Valentín.+.+.+.+.+.+.

De pronto escuchó el sonido de un auto alejándose. “Ese maldito”, se dijo a sí mismo. Acababa de recuperar la conciencia, y se encontraba tirado en medio de la calle. Probablemente el impacto con el asfalto lo hizo volver en sí. Le dolía el rostro y también los brazos, y un ardor intenso lo acusaba en el vientre.  Ya no volvería al bar C&O, si era para encontrarse con los jodidos perros de Moran, nunca lo haría. Tenía suficiente con ese único disparo, o eso pensaba. O tal vez volviera a tomar venganza, a coger al hijodeputa por el cuello y hacerlo pedir perdón. Matarlo no era una opción, luego se le vendrían encima todos los demás perros, y todo se volvería un escándalo. “Tch… calla, Bill”, antes que nada debes subir a la acera y pedir ayuda.
Se arrastró con dificultad hasta la acera y se preguntó qué hacer. ¿Gritar?, demasiado tarde, a esta hora ya no hay nadie en esa calle. Una cabina telefónica a unos cien metros le dio la respuesta. “Fuerza, Bill, vamos para allá”, e increíblemente se puso de pie. Caminó torpemente, dejando un largo rastro de sangre, y llamó a la estación de bomberos.  Colgó el teléfono con violencia y cayó al suelo.

14 de febrero de 1929. Ya era hora. William Tres Dedos sentía una profunda convicción. “Ya casi estás vengado, Bill”, decía mirando hacia la calle por la ventana del auto. Su mano incompleta era una minucia en comparación con el vacío que le había dejado la muerte de su primo, Billy Devern. “La familia es la familia”, se repetía, y aumentaba su ira ansiedad recordando sus palabras antes de morir. “Moran, esos hijosdeputa…”. Sí, pero ya casi se terminaba, el plan era espléndido. Dos de ellos los confundirían con sus trajes de policía y luego ingresarían los otros dos —él estaba en este grupo— para todos en conjunto acabarlos por completo. Los trajes los habían conseguido por la misma policía de Chicago, pues el padre de Bill aún ejercía su cargo. Además, estaba el mismísimo Moran ahí dentro. Era una oportunidad única.
Llegaron e hicieron todo según lo planeado. Cuando William entró todos los de la banda estaban de espaldas y desarmados. Se habían tragado fácil el cuento de la policía. Pero había un problema. Ninguno de ellos parecía ser George Bugs Moran.
Con señas, quiso quejarse con uno de sus compañeros por la ausencia de Moran. Éste le sonrió burlonamente y le señaló con la cabeza hacia donde se encontraban los miembros de la banda, de espaldas. “Déjate de idioteces”, parecía decir “ahí los tienes a ellos”.
Los disparos de William Tres Dedos fueron desalmados.

Caracortada Capone, el gánster más poderoso de Chicago, necesitaba apoderarse del comercio ilegal de licor, y Bugs Moran era un obstáculo, o al menos eso pretendía. Para Capone nada era un obstáculo, si quería eliminarlo, podía simplemente hacerlo, tenía el dinero.
Esa mañana se encontraba en Miami, y esperaba que “Los chicos estadounidenses” hicieran bien su trabajo.

Byron Bolton había esperado por días. Siempre vigilaba por su ventana el taller escondite de la banda de Bugs Moran. Debía hacer el llamado cuando el jefe apareciera. Entonces terminarían por fin con el maldito y no tendrían ningún tipo de competencia. Al Capone confiaba en ellos, y él no podía defraudarlo.
Esa mañana, en una de sus varias visitas a la ventana para correr ligeramente la cortina y dar un vistazo, ahí estaban, como ya muchas veces los había visto, los miembros de la banda de Moran, dispuestos para ingresar al taller. “¿No es ese Bugs Moran?”, se dijo a sí mismo. Siete hombres, y entre ellos, Bugs Moran. ¡Lotería!, es hora de ejecutar el plan. Y llamó sin pensarlo dos veces.

La ambulancia corrió luego de la llamada del sargento Loftus. “Hay siete víctimas de disparos a quemarropa, uno aún está vivo…”, la sobriedad de sus palabras no ilustraba su impresión. Estaba horrorizado frente al escenario.  Frank Gusenberg, así se llamaba el sobreviviente, y las únicas palabras que reveló a Loftus lo dejaron aún más intrigado. “Fueron los policías”.
Más tarde, ese mismo día, Gusenberg fue interrogado. Estaba frente a la policía, y de alguna forma comprendía lo que eso significaba. “Me disparó la policía”, decía para sí, pero ellos también lo eran. “Caracortada”, pensó de inmediato. La policía estaba en su contra. Cualquier confesión sería inútil. “La policía…” no era la policía, sino un bloque más en su contra, otro enemigo, y si tenía alguna oportunidad de vivir, sería inmediatamente silenciado. Por eso prefería no hablar.
— ¿Quiénes les dispararon? —insistió el oficial.
El silencio de Gusenberg permanecía, pero de pronto, tal vez como una forma de burlarse de su propio estado, o como retando a la propia policía, ahora sus enemigos, solo se dignó a decir tres palabras.
“Nadie me disparó”.
Catorce disparos estaban siendo negados, y el dolor, y la sangre perdida, y la respiración dificultosa… Tal vez era una broma de mal gusto para su propio orgullo.
Horas después, Gusenberg murió.
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