¡Hola amiguitos! Aquí Liàre (¿y también Zack?). Hoy hablaremos sobre cosas lindas y amorosas que matan gente o que mataron gente o que manipularon gente para matar más gente. ¿No es lindo acaso? Hoy en un día tan adorable en el que todos se visten de fantasmas, zombis, personajes de películas y toda clase de cosas que pueden haber, ¡en su versión sexy! (sexy enfermera del ébola, ¡tú te llevas el premio!)
Sin más preámbulos y divagaciones:
09. Vlad Draculea, el Empalador (1431-1476): Conocido por ejecutar a sus enemigos, a los taidores y delincuentes mediante el empalamiento (imagine cuerpos humanos atravesados por un palo de 3.50 m). El sentido moral y patriótico de Vlad III era muy fuerte. No te gustaría tenerlo como enemigo.
08. Charles Manson (1934-): Pegarse a una canción nunca fue tan oscuro como lo que le pasó a Manson con Helter Skelter, de The Beatles. Él creía fervientemente que esta canción anunciaba una guerra de razas, y que estaba llamado a iniciarla con sus asesinatos, que en ocasiones llevó a cabo con ayuda de sus seguidores, a quienes llamaba La Familia.
07. Ed Gein (1906-1984): Robar cuerpos de mujeres recién fallecidas y utlizar su piel, huesos y órganos para hacer objetos de uso cotidiano era su hobbie. Confesó haber matado solo a dos mujeres.
06. El Zodíaco: Asesino serial cuya identidad aún se desconoce. Un tipo que mataba gente con, al parecer, el único objetivo de reírse de la prensa y la sociedad.El Zodiaco anunciaba sus crímenes mediante cartas a algunos diarios estadounidenses. Responsable de 37 asesinatos, según una de sus cartas, de los cuales solo cuatro fueron confirmados.
05. Jack el destripador: Con una identidad completamente desconocida, Jack fue el antecesor de Zodiac en lo burlón y en las cartas. Este personaje, sin embargo, tenía como víctimas especialmente a mujeres prostitutas. Las referencias a Jack en la cultura popular son numerosas.
04. Lady Bathory (1560-1614): Históricamente, la mujer con mayor cantidad de personas en su lista de asesinados. Se dice de ella que se bañaba en la sangre de jóvenes mujeres para no envejecer.
03. H.H. Holmes (1861-1896): ¿Te gustan las casas de terror? El Dr. Holmes ha diseñado una especialmente para ti. En el Castillo de Holmes usted se sentirá realmente (lo estará) encerrado en un laberinto lleno de trampas que atentan contra su vida. Ni qué decir que cuenta con cámaras de gas y toboganes que lo lleven directamente a ser disuelto en ácido.
02. Josef Mengele (1938-1945): Médico, antropólogo y oficial alemán nazi. Conocido por sus experimentos realizados con humanos en el campo de concentración de Auschwitz. Estos experimentos iban desde inyecciones de sustancias químicas, amputaciones, entre otras prácticas inhumanas. Todo esto, con el fin de probar la superioridad de la llamada raza aria.
01. Gilles de Rais (1405-1440): Un amigo de Juana de Arco (quizá el que más se creía sus visiones) durante la Guerra de los 100 años. Próximo a la ruina, este aristócrata se vuelve altamente supersticioso y acude al esoterismo, buscando recuperar su fortuna. Estas creencias lo llevaron luego a la magia negra, por la que comenzó a realizar sacrificios humanos, en especial niños. El número de niños desaparecidos supera los 1000.
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viernes, 31 de octubre de 2014
domingo, 10 de marzo de 2013
El Decrépito
Buenos días, personas, ancianos, asesinos seriales, gatitos voladores y cosas andantes... Lo que aquí se presenta es un relato. Un relato de "misterio" y "fantasía oscura", sí, probablemente es eso. Un intento fallido de terror, pero un intento fallido que me gusta.
And thats it.
Las imágenes utilizadas son:
http://innakayuta.deviantart.com/art/Old-Man-63585850
http://sebbri.deviantart.com/art/Dark-40174819
http://intao.deviantart.com/art/Dark-Night-in-Old-Town-117177268
El Decrépito
En su cuerpo había una lentitud permanente. La forma en la que andaba era exigirle demasiado a su cuerpo, pese a que su estatura y su peso eran bajos, como si se fuera a desmoronar en cualquier momento por el esfuerzo. Parecía que cargara los grilletes de un alma en pena.
— Lo cierto— repetía cada vez que podía—, lo cierto que es que todos morirán.— Vaticinaba con una voz que en esos momentos parecía tener un tono espectral. Dicho esto, escupía el humo de su cigarro y todos juraban que era su alma la que salía de su cuerpo. Luego bebía de su cerveza y se aclaraba la garganta; sumado a su fantasmal manera de hablar, había una languidez que comenzaba en sus ojos y terminaba en el eco de su voz, ronca y dolorosa. Una verdad era que todos lo escuchaban, algunos con expectación y algo de miedo, y otros, los menos, con severidad y demostrado fastidio. Tenía una capacidad tal que parecía consumir la atención de las personas. Infundir en ellos un temor insano e indescriptible, pero todo eso se veía opacado con lo que él representaba como tal.
De
él se contaban historias increíbles, las más inverosímiles que pudieran
existir. Se decía que su senectud era producto de un pacto con el
diablo; que su sombra devoraba a las personas que se acercaban a él; que
nunca había sido joven, pues era producto de un rito de orígenes
ignotos. Todos evitaban mirarlo a los ojos... tal era el poder de sus
ojos, vacíos de toda humanidad, que se decía que estabas un paso más
cerca de ir al infierno; que tu alma había sido expropiada. Claro estaba
que estos relatos eran relatos que no tenían sentido, que desaparecían
tan pronto como aparecían. Solo se podía llegar a una conclusión, y esa es que era un pobre viejo con la muerte tendiendo sobre su cuello.
Nadie sabía a ciencia cierta quién era ni si él estaba consciente de la opinión que generaba. Nadie se había preguntado de dónde había salido, porque se consideró natural que estuviera ahí. Nadie sabía nada de su pasado, pero ¿qué importaba? Seguramente era familiar de alguien...
— ¿Y su nombre?— Preguntaban siempre los más curiosos. Era una pregunta trampa sin serlo, porque nadie sabía su nombre, lo que no impedía que todos creyeran conocerlo.
— ¿No lo sabes? Es...— Y el vacío se apoderaba de sus palabras, entonces se daban cuenta de que no sabían cómo se llamaba. Sentían, por un segundo, un vahído. Sentían que sus sombras peligraban, que sus espaldas estaban descubiertas. Nadie sabía su nombre, empero, todos creían conocerlo. Estaban seguros de ello.
El decrépito era un objeto turístico, escondido entre la multitud e imposible de localizar. Lo que no impedía que todos quisieran conocerlo. Preguntarle quién era y de dónde venía era un deseo imposible, pues nunca lo reconocían, le atribuían una apariencia normal y su mirada les parecía enternecedora, casi un alivio por lo desgastado que estaba. Algunos habían dicho, luego de irse del pueblo y de contactar con sus familiares, que sentían una presencia extraña detrás de ellos, como si pisaran sus sombras, que sus sueños eran una neblina eterna y que de salida al pueblo se habían perdido por horas, sintiendo una ansiedad y una presencia inhumana sobre ellos. Un calor infernal rodeaba a sus cuerpos ateridos por el frío en los carromatos. Oían algo, pero eran incapaces de discernir qué era. El cochero les decía que no se preocuparan, que todos los caminos llevaban al mismo lugar. Lo que en sí era más terrorífico...
— Ya que su voz no parecía humana. Era casi un grito, ahogado y espantoso... Debiste oírlo. Su atuendo era un traje de luto. Te podría jurar que creí que nos mataría, que nos llevaría al infierno mismo. Mi madre se quedó pálida, creí que estaba muerta. Rezó tres rosarios mientras estuvimos perdidos. Y te juro que no se si fue ella la que me generó más miedo, con su murmullo incesante e inentendible y su apariencia como de ánima, o el hecho de que no tuviera idea de dónde estaba, perdido en ningún lugar. ¿Hay algún camino así por el pueblo?
Nadie había oído nunca de tal camino. De por sí era raro que hablaran de una vía alterna. El pueblo era un “lugar de nadie”, un pueblo perdido en su propio país, al que solo se le podía llegar por una senda.
Todos los jóvenes nacidos el año en que llegó el viejo -si es que llegó en algún momento-, rondaban entre veintitrés y veinticinco años, y había una agitación permanente en su estado. Eran una camada considerada extraña y singular para la naturaleza valiente y temeraria de la gente del pueblo. Eran pusilánimes, asustadizos como gatos. Los más raros vestían siempre de color negro, como preparándose para algo y se creía de ellos lo peor. También era cierto que eran los más cultos, que el más temido de todos, Alejandro Hans, era considerado un brujo erudito tan responsable de cualquier mal que ocurriera en el pueblo como el decrépito.
— Son claramente aliados. Uno lo ve por sus ojos, por lo que siente al pasar al lado de ellos. Se siente una peste, una sensación como de pantano. ¿No has oído lo que dijeron de él? Mató al pobre de Luis. Lo encontraron por un barranco, desmembrado y con una cara rara, llena de paz. ¿No te da miedo? No es tan siquiera lo más espeluznante. El grupo de búsqueda que lo encontró vio varios cadáveres de animales en los alrededores y se creyó ver al decrépito por ahí, con su tan conocido puro. Se le vio riendo y más vivo que nunca.
— ¡Pero cómo es eso! Si él estuvo todo el día en la taberna.. — Todos enmudecieron y consideraron una mala broma lo del grupo de búsqueda. El viejo podría ser raro, tal vez el demonio, pero no podía estar involucrado en los asesinatos recientes. Porque él no era capaz de matar una mosca. Sus brazos eran muy frágiles, sus piernas apenas y podían con lo que le quedaba de vida. Inculparlo a él quedaba de por sí refutado por su misma presencia.
Pero Eugenia Flores, Madre Superiora de la escuela más grande del pueblo, daba por cierto que aquel “viejo del demonio” era un socio de la “oveja descarriada”, que eran la piel y carne del mismo Satanás. Ordenó a la policía que se le interrogara a ambos, y por mucho que la gente intentó disuadirla de que aquel viejo era tan débil que casi era un fantasma, su decisión fue irrevocable. Quería que se le interrogara y se le tratara como el criminal, a los ojos de Dios, que era.
Así se hizo. Fueron hacia la taberna y con cierto misticismo se le acercaron al viejo, que los miró por el rabillo del ojo, momento en el que se creyeron petrificados por su mirada. Fueron más cautelosos de lo que quisieron. Antes de que siquiera pudieran decir algo él comenzó hablando:
— Cierto es que los consume el miedo tal como la vida los consume. No tienen final certero, pues el final de todos ustedes, borregos, será el mismo. Son una masa uniforme que morirá inevitablemente bajo su mano. Me apiado de ustedes, porque cierto es que la muerte les consume como el miedo que les apodera.— La voz tomó propiedades inimaginables, el eco era el de una iglesia y su voz la de Dios vaticinando lo inevitable.
El ambiente era tal que el miedo se respiraba. El perro del tabernero, habitual acompañante, chilló y salió corriendo. Las sombras tomaron un tono demasiado negruzco para la hora del día y la iluminación.
— ¿Q-qué estaba haciendo el miércoles por la n-noche?
Su pregunta no tuvo contesta mas que la mirada impávida del viejo. Era tal su presencia que las palabras parecían tropezar las unas con las otras cuando salían de sus bocas. Era tal el ambiente que todos los que miraron sus ojos, todos los que estaban ahí sin saber realmente nada, se sintieron condenados. Exiliados para siempre de todo perdón. Vieron como la guillotina colgaba sobre ellos. Era una imagen horrible, tal vez un valle desolado, tal vez lo que alguna vez había existido antes del pueblo y todos, cada uno de los que estaba en la taberna, estaba inmovilizado, a la espera de la hoja de la guillotina.
— ¿C-conocía u-usted al joven a-asesinado?
Tampoco respondió. Cada pregunta hacia él no tuvo respuesta, cada pregunta era burla hacia ellos mismos. El viejo era como un radio, luego de decir sus presagios de heraldo de la muerte nada más abría su boca. Eso se recordaba de él. Aunque todos tenían en mente haber mantenido al menos una vez, una conversación con él. El asunto se consideró perdido, cuando salieron, creyeron que habían tenido una conversación perfectamente normal y que sus respuestas habían sido comprensivas y enternecedoras. En lo más profundo de sus mentes habían quedado marcados, condenados a algo que muchos de los sabios considerarían peor que el infierno.
A Alejandro Hans se le trató con mucha más aspereza. Inhumanamente, se diría, pero él no era humano. Cuando tumbaron la puerta de su casa, modesta y pequeña, lo encontraron a él esperándolos sentado, bebiendo una sustancia de un rojo profundo y oscuro, sonriendo de esa manera sardónica que solo se puede asociar con la perversidad.
—La suerte de los infieles es siempre la misma. Él lo dijo y se cumplirán sus palabras, porque Él ve lo que nosotros no vemos, ve las cosas que están más allá de nuestro horizonte... — Y quiso decir más, pero una bofetada cerró su boca.
— ¡Hijo de puta!, tus días están contados— el alguacil lo agarró por el cuello de su camisa y le dedicó su mirada más intimidante y el asesino, en parte impotente, en parte con el orgullo herido, soltó una risotada en su cara e intentó soltarse, pero Hugo Calderón no era exactamente un peso pluma o alguien que se dejara someter por nadie más que la religión. Le escupió en la cara, le dedicó una paliza que tenía el nombre de justicia impregnado en él.
Alejandro Hans simplemente lloriqueaba una plegaria a quién sabe qué, mientras ensangrentado y adolorido recibía escupitajos y patadas de todo quien pasó por ahí en las dos horas que siguieron antes de que fuera llevado a una celda.
Al día siguiente, se encontró a Hans murmurando por horas y horas palabras ininteligibles. Se le creyó rezando por su inocencia. No sabían ellos lo equivocados que estaban ni que en su estado deplorable era una amenaza que se cernía como el pequeño cuervo mensajero de una gran oscuridad. La noche anterior la Madre Eugenia había caído bajo una fiebre de propiedades diabólicas, y estaba segura de que era el mismo decrépito el que la había embrujado. Toda la noche había delirado y creía ver sombras moverse a su alrededor. Sombras poderosas y gigantes que poseían conocimientos arcaicos que ya nadie debía conocer.
— ¡Esas sombras son horribles! ¡Horribles! Se apoderan de uno, de todo cuanto uno tiene. Lo rodean y observan. Revisan todo cuanto uno tiene y lo ven, con aquellos ojos... ¡SI TUVIERAN OJOS! ¡PERO NO LOS TIENEN! Se apoderan del sexo de una, de toda conciencia de Dios. Esas sombras son el demonio, son algo que no puede ser humano... ¡¿Cómo es que no las ven, llamándose a ustedes mismos creyentes?! ¡Son todos hijos del demonio! ¡Pecadores sin suerte alguna en este mundo! ¡Por eso morirán! ¡Por eso su sangre les consumirá como el fuego y sus sombras los poseerán! No dejando más que... — Entonces su voz se apagó, fue cuanto pudieron oír las monjas bajo su cuidado. Sus signos vitales, estaban muy débiles y el médico más sabio del pueblo, Eloy Urbina, daba por sentada su muerte.
— Una verdadera pérdida para el estado de miedo y ansiedad del pueblo— declaró antes de irse. Nunca llegó a su casa, su cuerpo fue hallado en un estado de inconsciencia horas después con una nota escrita en su mano. “Las sombras... las sombras son más reales que uno. Estamos condenados... ¡Y todo es culpa de Él!”.
La posible muerte de Eugenia era solo una más entre las que sucedieron esa noche. Se habían registrado las desapariciones de quince niños y ocho muertes por causas desconocidas. Todas habían destinado a las inmediaciones del asesinato de Luis Rojas antes de morir y ahí parecían haber sido degollados después de muertos. Una vez se adentraron más al bosque, encontraron tres cadáveres más, de personas consideradas desaparecidas desde hace meses. ¿Era ése el comienzo de esta epidemia?
Se le increpó a Alejandro Hans las vicisitudes del pueblo, le preguntaron por sus socios y ya su, dado por hecho, culto satanista.
— Bajo este cielo solo hay uno que lo puede todo. Y Él le sonríe a los que están con Él. Bajo este cielo solo hay uno que lo puede todo. Y Él estará con nosotros mientras le devolvamos la sonrisa. Bajo este cielo solo hay uno que lo puede todo. Y Él siempre nos guiará por el buen camino. Bajo este cielo solo hay uno que lo puede todo...
—¡CÁLLATE, CARAJO!— Pero el bucle en el que había caído Alejandro parecía otra prueba de que todo lo que ocurría era algo inevitable y de poderes más grandes de los que cualquiera pudo haber imaginado. Se le golpeó hasta lo inhumano para cerrar su boca, pero su voz nunca se apagó. Sus ojos siguieron como perdidos en la pared gris. Su cuerpo siguió como de trapo, solo reaccionando a los golpes que recibía por la inercia.
— Ya lo había dicho yo, que las muertes se cernirían sobre ustedes y nada podrían hacer— Era la voz del viejo, tan clara como potente. Pero él no estaba ahí. Estaba en la taberna, como siempre. Estaba en la plaza del pueblo, como siempre. Estaba en la esquina, como siempre. Estaba en todos lados.
La memoria de todos era una trampa mortal. La conciencia que tenían de su alrededor era tan vana y ligera que en realidad podían estar en otro mundo. Un mundo gris y perdido en quién sabe dónde, pero que estaba en el pueblo. Era un mundo de colores raros y desconocidos. Donde todo parecía ahora vacío y derruido. Claramente su desgaste venía de tiempos anteriores, mas las desgracias ocurridas solo hacían de éste otro hecho más como para creer que eran víctima de los juegos macabros de un ser superior. El pueblo en el que estaban había hecho metamorfosis y solo faltaba el golpe de gracia de Él.
Se llamaron, mientras las líneas telefónicas estuvieron estables, a incontables curanderos del alma, a brujos que velaban por el bien y a sacerdotes que decían tener la solución.
Nunca llegaron.
El mismo cochero de luto que perdía a los turistas por largas horas hasta llevarlos a su destino perdió a aquellos parlatanes. Y ellos también conocieron el miedo, porque la sombra del hombre de luto estaba tan viva como él y sus sombras también estaban muy vivas. El frío congelaba sus extremidades, que parecían luego amarradas al carromato. Un calor fuerte se adentraba en ellos, un calor que los quemaba por dentro. Los parajes que veían eran de características imposibles y el grito de los pájaros consumía sus energías. Dijeron luego que esos gritos infernales te carcomían el alma. Que los árboles eran más grandes que edificios y que el cochero solo tenía boca, otro rasgo distintivo además de su atuendo no existía. Y su voz.
— Oh, su voz... Su voz era tan profunda y grave que no parecía ser en realidad la voz de nadie, sino otra presencia que te rodeaba, que te abrazaba con una fuerza enorme y extinguía toda esperanza. Lo que decía, ¿preguntas? De veras no lo quieres saber. Ven... lo tengo todo escrito, viví días de alucinación en los que no podía hacer más que recordar sus palabras.
>>“Dicen venir de allende a corregir algo, como si lo corrupto tuviera salvación. Dicen venir de allende, pero vienen de adentro, son parte del averno, son solo almas de Aqueronte y yo solo un pobre hombre en su canoa, tratando de salvarlos de su porvenir. Dicen que representan la verdad, pero solo Él es la verdad. Ustedes ya lo saben, ustedes están bajo su encanto. Todo lo que sucede aquí es solo una consecuencia inevitable.” Al decir esto, volteaba y mostraba su... ¿rostro? y sonreía.”La verdad es que estamos consumidos, ¿no es así?”
Atestiguaron, además, que las voces que los llamaron eran voces claramente en posesión de un ente superior, de un agente cósmico o espiritual, que estaba desgastando y rasgando toda realidad posible.
“Estuvieron condenados desde siempre”. Sin embargo, esos mismos testimonios que dieron, carecían de veracidad y humanidad. Sus pupilas se convertían en un garabato en el momento en que se adentraban en lo que creían que había pasado en el pueblo.
Eso es lo que se tiene de registro de ese fatídico día, los demás terminaron en el manicomio, incapaces de contar a ciencia cierta lo que experimentaron. Gritando por las sombras que vendrán por todos, que todo lo demás era solo una mentira. Las paredes blancas, la ciudad, son todos espejismos ineluctables de un intelecto superior y maligno. De un decrépito que solo puede querer para nosotros lo peor, ya que las sombras nos consumen continuamente. Eso decían poseídos por sus mentes desgastadas.
Cuando se creó un grupo de búsqueda al comprobar la verdad de las miles de desapariciones y la falta de contacto con el pueblo. Se dirigieron a éste por su único camino, pero era imposible por desastres naturales. Tuvieron que adentrarse por los caminos enrevesados, caminos que nadie conocía pero que solo podían llevar a un solo lugar. Se comenta de ese viaje de expedición que perecieron un tercio de sus integrantes, que en el bosque había un olor permanente a muerte. Encontraron cientos de cadáveres a la redonda, cadáveres que se encontraban en posiciones imposibles y que tenían características que por sí solas, solo incrementaban el misterio sobre lo acaecido en el pueblo. Al arribar al pueblo, descubrieron algo totalmente imprevisto. El paisaje era como si hubiera caído una bomba y se lo hubiera llevado todo.
Salía humo de las ruinas de las casas. Había una niebla roja y brillosa a lo largo del pueblo.
Solo se encontraron unos veinte sobrevivientes. La gran mayoría estaba en un estado de shock tal que poco se pudo sacar de sus testimonios, solo balbuceaban frases cortas referidas a las sombras y a lo horrible de este mundo. El menos afectado parecía ser un joven que se hizo llamar Luis Rojas. El muchacho estaba en un estado tal que era irreconocible. Macerado y raquítico. Era irreconocible en comparación a su documento de identidad. Además de Luis, un señor de cabellos blancos pero de apariencia fuerte, les dijo con una voz llena de sapiencia:
— Lo cierto de lo sucedido en este pueblo es que nada pasó. Ya que todo lo que ocurre bajo su mano, es producto de la nada y debemos aceptarlo, ¿no?
Realmente no se sabe si dijo esto o si fue algo que creyeron escuchar, ya que sus ojos poseían un amor hacia lo vivo que poco tenía para corresponder con sus palabras. Y las gentes estaban tan perturbadas por la situación que sentían un algo inenarrable que se cernía sobre ellos. Pronto apuraron el paso para salir de aquel lugar, mientras oían la voz pacífica y sanadora del señor.
And thats it.
Las imágenes utilizadas son:
http://innakayuta.deviantart.com/art/Old-Man-63585850
http://sebbri.deviantart.com/art/Dark-40174819
http://intao.deviantart.com/art/Dark-Night-in-Old-Town-117177268
El Decrépito
En su cuerpo había una lentitud permanente. La forma en la que andaba era exigirle demasiado a su cuerpo, pese a que su estatura y su peso eran bajos, como si se fuera a desmoronar en cualquier momento por el esfuerzo. Parecía que cargara los grilletes de un alma en pena.
— Lo cierto— repetía cada vez que podía—, lo cierto que es que todos morirán.— Vaticinaba con una voz que en esos momentos parecía tener un tono espectral. Dicho esto, escupía el humo de su cigarro y todos juraban que era su alma la que salía de su cuerpo. Luego bebía de su cerveza y se aclaraba la garganta; sumado a su fantasmal manera de hablar, había una languidez que comenzaba en sus ojos y terminaba en el eco de su voz, ronca y dolorosa. Una verdad era que todos lo escuchaban, algunos con expectación y algo de miedo, y otros, los menos, con severidad y demostrado fastidio. Tenía una capacidad tal que parecía consumir la atención de las personas. Infundir en ellos un temor insano e indescriptible, pero todo eso se veía opacado con lo que él representaba como tal.
De
él se contaban historias increíbles, las más inverosímiles que pudieran
existir. Se decía que su senectud era producto de un pacto con el
diablo; que su sombra devoraba a las personas que se acercaban a él; que
nunca había sido joven, pues era producto de un rito de orígenes
ignotos. Todos evitaban mirarlo a los ojos... tal era el poder de sus
ojos, vacíos de toda humanidad, que se decía que estabas un paso más
cerca de ir al infierno; que tu alma había sido expropiada. Claro estaba
que estos relatos eran relatos que no tenían sentido, que desaparecían
tan pronto como aparecían. Solo se podía llegar a una conclusión, y esa es que era un pobre viejo con la muerte tendiendo sobre su cuello.Nadie sabía a ciencia cierta quién era ni si él estaba consciente de la opinión que generaba. Nadie se había preguntado de dónde había salido, porque se consideró natural que estuviera ahí. Nadie sabía nada de su pasado, pero ¿qué importaba? Seguramente era familiar de alguien...
— ¿Y su nombre?— Preguntaban siempre los más curiosos. Era una pregunta trampa sin serlo, porque nadie sabía su nombre, lo que no impedía que todos creyeran conocerlo.
— ¿No lo sabes? Es...— Y el vacío se apoderaba de sus palabras, entonces se daban cuenta de que no sabían cómo se llamaba. Sentían, por un segundo, un vahído. Sentían que sus sombras peligraban, que sus espaldas estaban descubiertas. Nadie sabía su nombre, empero, todos creían conocerlo. Estaban seguros de ello.
El decrépito era un objeto turístico, escondido entre la multitud e imposible de localizar. Lo que no impedía que todos quisieran conocerlo. Preguntarle quién era y de dónde venía era un deseo imposible, pues nunca lo reconocían, le atribuían una apariencia normal y su mirada les parecía enternecedora, casi un alivio por lo desgastado que estaba. Algunos habían dicho, luego de irse del pueblo y de contactar con sus familiares, que sentían una presencia extraña detrás de ellos, como si pisaran sus sombras, que sus sueños eran una neblina eterna y que de salida al pueblo se habían perdido por horas, sintiendo una ansiedad y una presencia inhumana sobre ellos. Un calor infernal rodeaba a sus cuerpos ateridos por el frío en los carromatos. Oían algo, pero eran incapaces de discernir qué era. El cochero les decía que no se preocuparan, que todos los caminos llevaban al mismo lugar. Lo que en sí era más terrorífico...
— Ya que su voz no parecía humana. Era casi un grito, ahogado y espantoso... Debiste oírlo. Su atuendo era un traje de luto. Te podría jurar que creí que nos mataría, que nos llevaría al infierno mismo. Mi madre se quedó pálida, creí que estaba muerta. Rezó tres rosarios mientras estuvimos perdidos. Y te juro que no se si fue ella la que me generó más miedo, con su murmullo incesante e inentendible y su apariencia como de ánima, o el hecho de que no tuviera idea de dónde estaba, perdido en ningún lugar. ¿Hay algún camino así por el pueblo?
Nadie había oído nunca de tal camino. De por sí era raro que hablaran de una vía alterna. El pueblo era un “lugar de nadie”, un pueblo perdido en su propio país, al que solo se le podía llegar por una senda.
Todos los jóvenes nacidos el año en que llegó el viejo -si es que llegó en algún momento-, rondaban entre veintitrés y veinticinco años, y había una agitación permanente en su estado. Eran una camada considerada extraña y singular para la naturaleza valiente y temeraria de la gente del pueblo. Eran pusilánimes, asustadizos como gatos. Los más raros vestían siempre de color negro, como preparándose para algo y se creía de ellos lo peor. También era cierto que eran los más cultos, que el más temido de todos, Alejandro Hans, era considerado un brujo erudito tan responsable de cualquier mal que ocurriera en el pueblo como el decrépito.
— Son claramente aliados. Uno lo ve por sus ojos, por lo que siente al pasar al lado de ellos. Se siente una peste, una sensación como de pantano. ¿No has oído lo que dijeron de él? Mató al pobre de Luis. Lo encontraron por un barranco, desmembrado y con una cara rara, llena de paz. ¿No te da miedo? No es tan siquiera lo más espeluznante. El grupo de búsqueda que lo encontró vio varios cadáveres de animales en los alrededores y se creyó ver al decrépito por ahí, con su tan conocido puro. Se le vio riendo y más vivo que nunca.
— ¡Pero cómo es eso! Si él estuvo todo el día en la taberna.. — Todos enmudecieron y consideraron una mala broma lo del grupo de búsqueda. El viejo podría ser raro, tal vez el demonio, pero no podía estar involucrado en los asesinatos recientes. Porque él no era capaz de matar una mosca. Sus brazos eran muy frágiles, sus piernas apenas y podían con lo que le quedaba de vida. Inculparlo a él quedaba de por sí refutado por su misma presencia.
Pero Eugenia Flores, Madre Superiora de la escuela más grande del pueblo, daba por cierto que aquel “viejo del demonio” era un socio de la “oveja descarriada”, que eran la piel y carne del mismo Satanás. Ordenó a la policía que se le interrogara a ambos, y por mucho que la gente intentó disuadirla de que aquel viejo era tan débil que casi era un fantasma, su decisión fue irrevocable. Quería que se le interrogara y se le tratara como el criminal, a los ojos de Dios, que era.
Así se hizo. Fueron hacia la taberna y con cierto misticismo se le acercaron al viejo, que los miró por el rabillo del ojo, momento en el que se creyeron petrificados por su mirada. Fueron más cautelosos de lo que quisieron. Antes de que siquiera pudieran decir algo él comenzó hablando:
— Cierto es que los consume el miedo tal como la vida los consume. No tienen final certero, pues el final de todos ustedes, borregos, será el mismo. Son una masa uniforme que morirá inevitablemente bajo su mano. Me apiado de ustedes, porque cierto es que la muerte les consume como el miedo que les apodera.— La voz tomó propiedades inimaginables, el eco era el de una iglesia y su voz la de Dios vaticinando lo inevitable.
El ambiente era tal que el miedo se respiraba. El perro del tabernero, habitual acompañante, chilló y salió corriendo. Las sombras tomaron un tono demasiado negruzco para la hora del día y la iluminación.
— ¿Q-qué estaba haciendo el miércoles por la n-noche?
Su pregunta no tuvo contesta mas que la mirada impávida del viejo. Era tal su presencia que las palabras parecían tropezar las unas con las otras cuando salían de sus bocas. Era tal el ambiente que todos los que miraron sus ojos, todos los que estaban ahí sin saber realmente nada, se sintieron condenados. Exiliados para siempre de todo perdón. Vieron como la guillotina colgaba sobre ellos. Era una imagen horrible, tal vez un valle desolado, tal vez lo que alguna vez había existido antes del pueblo y todos, cada uno de los que estaba en la taberna, estaba inmovilizado, a la espera de la hoja de la guillotina.
— ¿C-conocía u-usted al joven a-asesinado?
Tampoco respondió. Cada pregunta hacia él no tuvo respuesta, cada pregunta era burla hacia ellos mismos. El viejo era como un radio, luego de decir sus presagios de heraldo de la muerte nada más abría su boca. Eso se recordaba de él. Aunque todos tenían en mente haber mantenido al menos una vez, una conversación con él. El asunto se consideró perdido, cuando salieron, creyeron que habían tenido una conversación perfectamente normal y que sus respuestas habían sido comprensivas y enternecedoras. En lo más profundo de sus mentes habían quedado marcados, condenados a algo que muchos de los sabios considerarían peor que el infierno.
A Alejandro Hans se le trató con mucha más aspereza. Inhumanamente, se diría, pero él no era humano. Cuando tumbaron la puerta de su casa, modesta y pequeña, lo encontraron a él esperándolos sentado, bebiendo una sustancia de un rojo profundo y oscuro, sonriendo de esa manera sardónica que solo se puede asociar con la perversidad.
—La suerte de los infieles es siempre la misma. Él lo dijo y se cumplirán sus palabras, porque Él ve lo que nosotros no vemos, ve las cosas que están más allá de nuestro horizonte... — Y quiso decir más, pero una bofetada cerró su boca.
— ¡Hijo de puta!, tus días están contados— el alguacil lo agarró por el cuello de su camisa y le dedicó su mirada más intimidante y el asesino, en parte impotente, en parte con el orgullo herido, soltó una risotada en su cara e intentó soltarse, pero Hugo Calderón no era exactamente un peso pluma o alguien que se dejara someter por nadie más que la religión. Le escupió en la cara, le dedicó una paliza que tenía el nombre de justicia impregnado en él.
Alejandro Hans simplemente lloriqueaba una plegaria a quién sabe qué, mientras ensangrentado y adolorido recibía escupitajos y patadas de todo quien pasó por ahí en las dos horas que siguieron antes de que fuera llevado a una celda.
Al día siguiente, se encontró a Hans murmurando por horas y horas palabras ininteligibles. Se le creyó rezando por su inocencia. No sabían ellos lo equivocados que estaban ni que en su estado deplorable era una amenaza que se cernía como el pequeño cuervo mensajero de una gran oscuridad. La noche anterior la Madre Eugenia había caído bajo una fiebre de propiedades diabólicas, y estaba segura de que era el mismo decrépito el que la había embrujado. Toda la noche había delirado y creía ver sombras moverse a su alrededor. Sombras poderosas y gigantes que poseían conocimientos arcaicos que ya nadie debía conocer.
— ¡Esas sombras son horribles! ¡Horribles! Se apoderan de uno, de todo cuanto uno tiene. Lo rodean y observan. Revisan todo cuanto uno tiene y lo ven, con aquellos ojos... ¡SI TUVIERAN OJOS! ¡PERO NO LOS TIENEN! Se apoderan del sexo de una, de toda conciencia de Dios. Esas sombras son el demonio, son algo que no puede ser humano... ¡¿Cómo es que no las ven, llamándose a ustedes mismos creyentes?! ¡Son todos hijos del demonio! ¡Pecadores sin suerte alguna en este mundo! ¡Por eso morirán! ¡Por eso su sangre les consumirá como el fuego y sus sombras los poseerán! No dejando más que... — Entonces su voz se apagó, fue cuanto pudieron oír las monjas bajo su cuidado. Sus signos vitales, estaban muy débiles y el médico más sabio del pueblo, Eloy Urbina, daba por sentada su muerte.
— Una verdadera pérdida para el estado de miedo y ansiedad del pueblo— declaró antes de irse. Nunca llegó a su casa, su cuerpo fue hallado en un estado de inconsciencia horas después con una nota escrita en su mano. “Las sombras... las sombras son más reales que uno. Estamos condenados... ¡Y todo es culpa de Él!”.
La posible muerte de Eugenia era solo una más entre las que sucedieron esa noche. Se habían registrado las desapariciones de quince niños y ocho muertes por causas desconocidas. Todas habían destinado a las inmediaciones del asesinato de Luis Rojas antes de morir y ahí parecían haber sido degollados después de muertos. Una vez se adentraron más al bosque, encontraron tres cadáveres más, de personas consideradas desaparecidas desde hace meses. ¿Era ése el comienzo de esta epidemia?
Se le increpó a Alejandro Hans las vicisitudes del pueblo, le preguntaron por sus socios y ya su, dado por hecho, culto satanista.
— Bajo este cielo solo hay uno que lo puede todo. Y Él le sonríe a los que están con Él. Bajo este cielo solo hay uno que lo puede todo. Y Él estará con nosotros mientras le devolvamos la sonrisa. Bajo este cielo solo hay uno que lo puede todo. Y Él siempre nos guiará por el buen camino. Bajo este cielo solo hay uno que lo puede todo...
—¡CÁLLATE, CARAJO!— Pero el bucle en el que había caído Alejandro parecía otra prueba de que todo lo que ocurría era algo inevitable y de poderes más grandes de los que cualquiera pudo haber imaginado. Se le golpeó hasta lo inhumano para cerrar su boca, pero su voz nunca se apagó. Sus ojos siguieron como perdidos en la pared gris. Su cuerpo siguió como de trapo, solo reaccionando a los golpes que recibía por la inercia.
— Ya lo había dicho yo, que las muertes se cernirían sobre ustedes y nada podrían hacer— Era la voz del viejo, tan clara como potente. Pero él no estaba ahí. Estaba en la taberna, como siempre. Estaba en la plaza del pueblo, como siempre. Estaba en la esquina, como siempre. Estaba en todos lados.
La memoria de todos era una trampa mortal. La conciencia que tenían de su alrededor era tan vana y ligera que en realidad podían estar en otro mundo. Un mundo gris y perdido en quién sabe dónde, pero que estaba en el pueblo. Era un mundo de colores raros y desconocidos. Donde todo parecía ahora vacío y derruido. Claramente su desgaste venía de tiempos anteriores, mas las desgracias ocurridas solo hacían de éste otro hecho más como para creer que eran víctima de los juegos macabros de un ser superior. El pueblo en el que estaban había hecho metamorfosis y solo faltaba el golpe de gracia de Él.
Se llamaron, mientras las líneas telefónicas estuvieron estables, a incontables curanderos del alma, a brujos que velaban por el bien y a sacerdotes que decían tener la solución.
Nunca llegaron.
El mismo cochero de luto que perdía a los turistas por largas horas hasta llevarlos a su destino perdió a aquellos parlatanes. Y ellos también conocieron el miedo, porque la sombra del hombre de luto estaba tan viva como él y sus sombras también estaban muy vivas. El frío congelaba sus extremidades, que parecían luego amarradas al carromato. Un calor fuerte se adentraba en ellos, un calor que los quemaba por dentro. Los parajes que veían eran de características imposibles y el grito de los pájaros consumía sus energías. Dijeron luego que esos gritos infernales te carcomían el alma. Que los árboles eran más grandes que edificios y que el cochero solo tenía boca, otro rasgo distintivo además de su atuendo no existía. Y su voz.
— Oh, su voz... Su voz era tan profunda y grave que no parecía ser en realidad la voz de nadie, sino otra presencia que te rodeaba, que te abrazaba con una fuerza enorme y extinguía toda esperanza. Lo que decía, ¿preguntas? De veras no lo quieres saber. Ven... lo tengo todo escrito, viví días de alucinación en los que no podía hacer más que recordar sus palabras.
>>“Dicen venir de allende a corregir algo, como si lo corrupto tuviera salvación. Dicen venir de allende, pero vienen de adentro, son parte del averno, son solo almas de Aqueronte y yo solo un pobre hombre en su canoa, tratando de salvarlos de su porvenir. Dicen que representan la verdad, pero solo Él es la verdad. Ustedes ya lo saben, ustedes están bajo su encanto. Todo lo que sucede aquí es solo una consecuencia inevitable.” Al decir esto, volteaba y mostraba su... ¿rostro? y sonreía.”La verdad es que estamos consumidos, ¿no es así?”
Atestiguaron, además, que las voces que los llamaron eran voces claramente en posesión de un ente superior, de un agente cósmico o espiritual, que estaba desgastando y rasgando toda realidad posible.
“Estuvieron condenados desde siempre”. Sin embargo, esos mismos testimonios que dieron, carecían de veracidad y humanidad. Sus pupilas se convertían en un garabato en el momento en que se adentraban en lo que creían que había pasado en el pueblo.
Eso es lo que se tiene de registro de ese fatídico día, los demás terminaron en el manicomio, incapaces de contar a ciencia cierta lo que experimentaron. Gritando por las sombras que vendrán por todos, que todo lo demás era solo una mentira. Las paredes blancas, la ciudad, son todos espejismos ineluctables de un intelecto superior y maligno. De un decrépito que solo puede querer para nosotros lo peor, ya que las sombras nos consumen continuamente. Eso decían poseídos por sus mentes desgastadas.
Cuando se creó un grupo de búsqueda al comprobar la verdad de las miles de desapariciones y la falta de contacto con el pueblo. Se dirigieron a éste por su único camino, pero era imposible por desastres naturales. Tuvieron que adentrarse por los caminos enrevesados, caminos que nadie conocía pero que solo podían llevar a un solo lugar. Se comenta de ese viaje de expedición que perecieron un tercio de sus integrantes, que en el bosque había un olor permanente a muerte. Encontraron cientos de cadáveres a la redonda, cadáveres que se encontraban en posiciones imposibles y que tenían características que por sí solas, solo incrementaban el misterio sobre lo acaecido en el pueblo. Al arribar al pueblo, descubrieron algo totalmente imprevisto. El paisaje era como si hubiera caído una bomba y se lo hubiera llevado todo.
Salía humo de las ruinas de las casas. Había una niebla roja y brillosa a lo largo del pueblo.
Solo se encontraron unos veinte sobrevivientes. La gran mayoría estaba en un estado de shock tal que poco se pudo sacar de sus testimonios, solo balbuceaban frases cortas referidas a las sombras y a lo horrible de este mundo. El menos afectado parecía ser un joven que se hizo llamar Luis Rojas. El muchacho estaba en un estado tal que era irreconocible. Macerado y raquítico. Era irreconocible en comparación a su documento de identidad. Además de Luis, un señor de cabellos blancos pero de apariencia fuerte, les dijo con una voz llena de sapiencia:
— Lo cierto de lo sucedido en este pueblo es que nada pasó. Ya que todo lo que ocurre bajo su mano, es producto de la nada y debemos aceptarlo, ¿no?
Realmente no se sabe si dijo esto o si fue algo que creyeron escuchar, ya que sus ojos poseían un amor hacia lo vivo que poco tenía para corresponder con sus palabras. Y las gentes estaban tan perturbadas por la situación que sentían un algo inenarrable que se cernía sobre ellos. Pronto apuraron el paso para salir de aquel lugar, mientras oían la voz pacífica y sanadora del señor.
sábado, 11 de agosto de 2012
En un frasco
¡Ahora vengo con un relato!
Y esta intro suena rara.
Bueno... no hay mucho qué decir. Es un relato de... ¿terror? No sé. Tenía eso en mente cuando lo escribí pero no creo haber logrado mi objetivo, de todas formas, me gusta el relato y quise compartirlo porque puede que sea la precuela de algo más.
En fin, aquí está:
En un frasco
Había algo cierto en el tono de su celular. Era algo fantástico, pueril y tal vez supersticioso. Para cuando se dio cuenta, esa llamada entrante era algo natural. Todo parecía haber dado ya un cambio radical.
Danielle era una chica que en lo particular no creaba mucho entusiasmo. No era demasiado linda ni muy fea, bien podía verse bien o mal y no provocaría revuelo. Alguna vez podía parecer muy simpática, otras era simplemente chocante o indiferente. En fin, que poco se sabía de ella a simple vista e incluso adentrándose, lo que se descubría era muy poco; insustancial, sin importancia. Todos la veían igual, era una más entre muchos mases. Lo que pasó cierto día fue esencial para que su vida cambiara. El timbre del celular sonó algo diferente, pareció atravesar algo que contrarrestaba lo real. Era algo incomprensible, algo que la llenaba de un temor vago.
Acercó el auricular del teléfono a su oído, anticipándose a la contesta y esperó. Esperó largo rato, a ver si decían algo.
“¿Alo? ¿Alo?” Nadie contestó. Al checar el número marcado no encontró número alguno, como si la llamada fuera obra de su imaginación. Ese día estaba en su casa viendo televisión. La respuesta lógica fue ignorar la llamada, tomarlo como un desliz de su mente, una jugarreta estúpida, un error. No había nada sospechoso. Ese día sucedieron pequeños cambios imperceptibles que pondrían a funcionar los engranajes de su horrible destino: la pequeña picada de un zancudo, el dolor agudo; una mirada extraña en la calle, espantosa en sí misma; una contesta malcriada a su padre, su boca escupiendo mierda; la voz lejana de una niña perdida, la poca importancia de lo intrascendental del día. Lo más importante tal vez ya había sucedido incluso antes de que naciera.
— ¡Danielle!
Oyó gritar, se estremeció. Había un frío terrible a pesar de estar abrigada.
— ¡Danielle, cuidado!
Empezó a temblar. ¿De quién era esa voz? Un momento de duda, cerró los ojos con fuerza, apretó las manos.
Abrió los ojos.
— Te dije que no te acostaras hasta tarde… ¡cómo cuesta para levantarte entonces!
Todo estaba oscuro. Inmensamente oscuro. El esbozo de una sonrisa amarillenta y maquiavélica. Las luces de los otros cuartos prestaban un reflejo más bien inútil. La lluvia traqueteaba afuera. El frío infiltrábase tras su ligera sábana.
— Lo que digas… — La molestia usual de la mañana, la sonrisa maquiavélica dejada de lado, vuelta en la cotidiana cara de su madre.
Se levantó a su paso parsimonioso. Estirándose involuntariamente, tensando y destensando los músculos. Los ojos que no terminaban de determinar en qué realidad estaban. Un pequeño demonio se escabullía bajo sus pies.
— ¡CUCARACHA! ¡MAMAAAA! — Gritó, en el apuro estresante de la mañana, llena de miedo a lo pequeño, insulso.
La mañana transcurría lenta, lenta, lenta… Hasta que el celular vibró en la mesa, a su lado estaban hileras de cuadernos, otras personas escuchando la voz cansada de alguien miserable. Sufriendo el frío de un día lánguido, largo por definición: un lunes.
La vibración iba en crescendo, generando la incertidumbre de saber quién la llamaba. El momento decisivo en el que contestó, en el que decidió que le daba igual que el profesor dijera lo que dijera, descubrió una llamada perdida. Otra llamada perdida, otro cambio había ocurrido.
— Briannezi — le tocó el hombro a sus espaldas—, hoy tuviste clases con el profesor más aburrido del mundo, ¿cierto? Te compadezco.
— Tú mismo lo has dicho…— Bostezó.
— Woah, estás hecha una zombi, ¿no quieres tomar nada?
Danielle volteó animosa, perdió ante una cortesía que era mortal por axioma.
Trasncurría un día solitario, miraba las multitudes pasar, con sus amigas, como si algo cambiara a su alrededor, además de la posición del sol sobre ellos, la cantidad de radiación que incidía. Otra vez su celular vibraba, ¿quién podía ser? Un desconocido. De nuevo, otro número que no conocía (o ningún número en absoluto)… que no había visto nunca, que no le importaba nada.
Vibraba, vibraba, vibraba. Harta. Estaba harta de la vibración, de ver como el número desaparecía o nunca aparecía tras una llamada reciente.
En sus ojos se perdía el azul del cielo. Sus ojos eran azul cielo, viendo el desastroso pasar de los días de una manera poco peculiar. En la cama. Una picada de zancudos, una infección, tres días de reposo.
No podía hacer nada, se sentía pésimo. El malestar general hacía que cada paso fuera no doloroso, pero sí un vaivén, como estar en un barco. El grácil roce de sus ropas era como una cortada, como una quemadura. Salir de la cama era estar en el frío ártico. Estar en la cama, bajo su edredón, era vivir en las llamas del infierno. No había término medio. No tenía hambre. Comer una galleta de soda llenaba su estómago y sentía que lo atiborraba de comida. Sentía nauseas. La fiebre no había bajado de los cuarenta grados, y su nariz estaba constipada.
Estoy en el infierno, ¿me están castigando, verdad? Sus pensamientos no podían dar cabida a más.
Y, en realidad, pensar era en sí mismo una pesadez. Tenía una cefalea que le molestaba al primer movimiento de cabeza que hiciera. Dormía demasiado, no podía evitarlo. Cerrar los ojos era entrar en el mundo de Morfeo y no salir hasta tres horas (o más) después. El periodo de consciencia era el peor, no reconocía el paso de las horas. Sentía que llevaba así hace semanas. Lo que no era de por sí alocado, llevaba una semana en cama.
La necesitaban llevar al médico, su abuelo insistía en que era innecesario, que una fiebre no mataba a nadie desde que él tenía memoria. La autoridad del abuelo era intocable. Era un dictador, pero un dictador afable, un dictador (como todos) elocuente, de gran carisma. Su hijo era su fiel discípulo, lo que decía su padre, había dicho ya más de una vez, ES ley. La madre de Danielle, débil de carácter, solo se preocupaba y hacía caso a su esposo.
Dannielle oía voces en las noches, cuando se despertaba, sola, desamparada. Presa del frío tétrico que se apoderaba de la casa. Sufría como si le golpearan la cabeza constantemente con un trabajado esfuerzo por no dar un golpe demasiado fuerte; manteniendo la consistencia, el tempo, el momentum del dolor que sufría de por sí. Estaba presa de lo que sucediera en derredor. Sudaba mucho y no mejoraba nada.
Sentía miradas. No eran miradas tétricas, tampoco eran miradas que traspasasen lo natural para volverse fantasmagóricas. Eran vanas miradas fijas. Eran ojos que la observaban, algunos la observaban con lástima, pensando que era un cachorro desamparado y tal vez eso era. Otros la miraban con desdén, ¿sabían qué era ella? Otros la miraban con simple indiferencia, otros con decepción. Eran ojos infinitos, eran demasiados ojos como para pertenecer a alguien. Estaban desordenados, era una heterocromía infinita de un ser con más de un millón de ojos. Era un ser espantoso que esperaba algo de ella y, peor aún, sabía que no lo cumpliría. Tenían un contrato tácito. Ambos sabían lo que ocurriría, ambos sabían cómo sucedería. Ella, estúpida, había apostado por su yo conociéndose perdedora. Y no podía hacer nada para cambiarlo.
No podía hacer nada.
No puedes hacer nada.
No podrás hacer nada.
— Estás en mis manos, lo sabes. Lo sabes MUY bien —. El énfasis en el “muy” cobraba vida propia, caminaba en los miles de engranajes que formaban a su cerebro, en las miles de conexiones que había en él. Era un engranaje al que le faltaba aceite, y este Muy, astuto, vivo, usaba argucias poco loables. Consumía el aceite que faltaba, y le recordaba, como un pequeño grillo al recitar su canto, lo que ella ya sabía y lo que ella no podía cambiar.
Cada vez que despertaba de aquel sueño sentía una presencia inhumana en el cuarto. Una presencia de orden superior y cuando miraba, y miraba a quién miraba, éste sonreía y ella, dolida, enferma, pálida, mórbida, le devolvía la sonrisa. No sabía, y esto sí no lo sabía, que firmaba su pacto con el diablo. El de “ambos sabemos que ocurre, pero nadie debe decir nada. No debes decir nada.”
Danielle no podía evitar ese juego, estaba implícito, marcado desde el nacimiento de su padre.
“El diablo”, por su parte, disfrutaba de verla a ella, tan niña, tan inocente de todo. Qué lástima era para él el espectáculo, qué verdadera lástima. Era algo que había estado esperando desde el nacimiento de su hijo, no había remedio.
A la segunda semana, Danielle sanó. Esa mañana sintió el ambiente frío demasiado real y no tan punzante como lo había sentido en sus días de enfermedad. En su casa había una falta de ruido que sobrepasaba lo natural. Estaba despierta, sentía todo real, pero se sentía en un sueño.
— Hace demasiado frío...
Sentía a los carros pasar a fuera de su casa. Oía nada en su casa, nada. No un murmullo, no los disparates de la televisión, no a su gato maullar, oía nada.
Se levantó, dispuesta ya a ver si estaba sola, algo raro, su abuelo siempre estaba ahí. Salía principalmente por las tardes. La casa pasaba por un filtro que dejaba todo en un color medio azulado, medio onírico. Fue a la sala de estar, donde no había nadie sino su sombra. Luego a la cocina, donde si había alguien, y vaya que había alguien.
Su abuelo.
Y él la miró, lleno de ternura, y casi con compasión, le dijo:
— ¿Ves? Yo ya sabía que te curarías. Esos médicos no saben nada.
Danielle sonrió, su abuelo siempre era así. La verdad, ella tampoco habría querido ir al médico. Ella no podía darse cuenta de la situación en la que estaba, tampoco se percató de que su abuelo lucía extremadamente joven. Lo vio, y no se dio cuenta de que en sí el aire no era aire, era demasiado pesado, demasiado denso.
Él la seguía mirando, ya no con ternura, ya no como abuelo, la vio como su cobrador.
Pero ella no lo comprendía, para ella era una mirada paternal. En realidad, nada podía hacer. Él se acercó de manera furtiva, como si no caminara, como si flotara sobre el piso. Se acercó a ella como si la fuera a besar.
Sintió escalofríos, y luego vio otra mirada, que estaba sobre su espalda, llena de ternura (esta una ternura carnívora), que le dijo que estaba en peligro, luego ya no era solo una mirada, eran ojos, grandes ojos, tan grandes como ella.
Y su abuelo todavía se seguía acercando, ya demasiado joven como para ser su abuelo. La voz de sus antiguas pesadillas, ya demasiado distorsionada como para pertenecer a alguien dijo:
— ¿Estás lista para pagar la deuda? — Era su abuelo.
Daniellle no entendía nada. La criatura demasiado grande como para ser parte de este mundo ya se había materializado, con sus grandes ojos, de córnea blanca e iris azul, con su gran nariz carnosa y visceral, su respiración demasiado forzada , resollante. Abrió su boca, que formaba parte de su pecho, y se acercó a su cuerpo, demasiado pequeño como para ser siquiera un bocadillo.
— Realmente es una lástima— dijo una voz, pero esta vez no era la misma voz de antes, y tampoco pertenecía a su abuelo, no podía pertenecer, si no al gran ser en frente de ella. Una voz armoniosa que reverberaba y se extendía.
Su abuelo la agarró por los hombros, con su ternura, que ahora podía ser crueldad. Danielle estaba inmóvil, sin poder hacer nada. Danielle ya no estaba viva, tampoco lo estaría para el momento en que su cuerpo fuera devorado.
Ni para cuando su abuelo, ya joven, irreconocible, se fuera de la casa, habiendo cumplido parte del contrato.
Y la llamada siguió sin ser contestada.
— ¿Alo? ¿Hija? ¿Qué pasa?¿Está bien?— Dijo su padre al devolverla al teléfono de casa. — Hace demasiado frío…— fueron las últimas palabras que escuchó de su hija, en el buzón de voz. Palabras plegadas en la sangre que dejó su cuerpo en las paredes, en las que no se veía más que su sangre.
En un pequeño frasco en el bolsillo de su padre estaba su hija, ahora para siempre esclava del tiempo, fuera de toda consciencia, formando parte de los miles de pagos a Él.
Y esta intro suena rara.
Bueno... no hay mucho qué decir. Es un relato de... ¿terror? No sé. Tenía eso en mente cuando lo escribí pero no creo haber logrado mi objetivo, de todas formas, me gusta el relato y quise compartirlo porque puede que sea la precuela de algo más.
En fin, aquí está:
En un frasco
Había algo cierto en el tono de su celular. Era algo fantástico, pueril y tal vez supersticioso. Para cuando se dio cuenta, esa llamada entrante era algo natural. Todo parecía haber dado ya un cambio radical.
Danielle era una chica que en lo particular no creaba mucho entusiasmo. No era demasiado linda ni muy fea, bien podía verse bien o mal y no provocaría revuelo. Alguna vez podía parecer muy simpática, otras era simplemente chocante o indiferente. En fin, que poco se sabía de ella a simple vista e incluso adentrándose, lo que se descubría era muy poco; insustancial, sin importancia. Todos la veían igual, era una más entre muchos mases. Lo que pasó cierto día fue esencial para que su vida cambiara. El timbre del celular sonó algo diferente, pareció atravesar algo que contrarrestaba lo real. Era algo incomprensible, algo que la llenaba de un temor vago.
Acercó el auricular del teléfono a su oído, anticipándose a la contesta y esperó. Esperó largo rato, a ver si decían algo.
“¿Alo? ¿Alo?” Nadie contestó. Al checar el número marcado no encontró número alguno, como si la llamada fuera obra de su imaginación. Ese día estaba en su casa viendo televisión. La respuesta lógica fue ignorar la llamada, tomarlo como un desliz de su mente, una jugarreta estúpida, un error. No había nada sospechoso. Ese día sucedieron pequeños cambios imperceptibles que pondrían a funcionar los engranajes de su horrible destino: la pequeña picada de un zancudo, el dolor agudo; una mirada extraña en la calle, espantosa en sí misma; una contesta malcriada a su padre, su boca escupiendo mierda; la voz lejana de una niña perdida, la poca importancia de lo intrascendental del día. Lo más importante tal vez ya había sucedido incluso antes de que naciera.
— ¡Danielle!
Oyó gritar, se estremeció. Había un frío terrible a pesar de estar abrigada.
— ¡Danielle, cuidado!
Empezó a temblar. ¿De quién era esa voz? Un momento de duda, cerró los ojos con fuerza, apretó las manos.
Abrió los ojos.
— Te dije que no te acostaras hasta tarde… ¡cómo cuesta para levantarte entonces!
Todo estaba oscuro. Inmensamente oscuro. El esbozo de una sonrisa amarillenta y maquiavélica. Las luces de los otros cuartos prestaban un reflejo más bien inútil. La lluvia traqueteaba afuera. El frío infiltrábase tras su ligera sábana.
— Lo que digas… — La molestia usual de la mañana, la sonrisa maquiavélica dejada de lado, vuelta en la cotidiana cara de su madre.
Se levantó a su paso parsimonioso. Estirándose involuntariamente, tensando y destensando los músculos. Los ojos que no terminaban de determinar en qué realidad estaban. Un pequeño demonio se escabullía bajo sus pies.
— ¡CUCARACHA! ¡MAMAAAA! — Gritó, en el apuro estresante de la mañana, llena de miedo a lo pequeño, insulso.
La mañana transcurría lenta, lenta, lenta… Hasta que el celular vibró en la mesa, a su lado estaban hileras de cuadernos, otras personas escuchando la voz cansada de alguien miserable. Sufriendo el frío de un día lánguido, largo por definición: un lunes.
La vibración iba en crescendo, generando la incertidumbre de saber quién la llamaba. El momento decisivo en el que contestó, en el que decidió que le daba igual que el profesor dijera lo que dijera, descubrió una llamada perdida. Otra llamada perdida, otro cambio había ocurrido.
— Briannezi — le tocó el hombro a sus espaldas—, hoy tuviste clases con el profesor más aburrido del mundo, ¿cierto? Te compadezco.
— Tú mismo lo has dicho…— Bostezó.
— Woah, estás hecha una zombi, ¿no quieres tomar nada?
Danielle volteó animosa, perdió ante una cortesía que era mortal por axioma.
Trasncurría un día solitario, miraba las multitudes pasar, con sus amigas, como si algo cambiara a su alrededor, además de la posición del sol sobre ellos, la cantidad de radiación que incidía. Otra vez su celular vibraba, ¿quién podía ser? Un desconocido. De nuevo, otro número que no conocía (o ningún número en absoluto)… que no había visto nunca, que no le importaba nada.
Vibraba, vibraba, vibraba. Harta. Estaba harta de la vibración, de ver como el número desaparecía o nunca aparecía tras una llamada reciente.
En sus ojos se perdía el azul del cielo. Sus ojos eran azul cielo, viendo el desastroso pasar de los días de una manera poco peculiar. En la cama. Una picada de zancudos, una infección, tres días de reposo.
No podía hacer nada, se sentía pésimo. El malestar general hacía que cada paso fuera no doloroso, pero sí un vaivén, como estar en un barco. El grácil roce de sus ropas era como una cortada, como una quemadura. Salir de la cama era estar en el frío ártico. Estar en la cama, bajo su edredón, era vivir en las llamas del infierno. No había término medio. No tenía hambre. Comer una galleta de soda llenaba su estómago y sentía que lo atiborraba de comida. Sentía nauseas. La fiebre no había bajado de los cuarenta grados, y su nariz estaba constipada.
Estoy en el infierno, ¿me están castigando, verdad? Sus pensamientos no podían dar cabida a más.
Y, en realidad, pensar era en sí mismo una pesadez. Tenía una cefalea que le molestaba al primer movimiento de cabeza que hiciera. Dormía demasiado, no podía evitarlo. Cerrar los ojos era entrar en el mundo de Morfeo y no salir hasta tres horas (o más) después. El periodo de consciencia era el peor, no reconocía el paso de las horas. Sentía que llevaba así hace semanas. Lo que no era de por sí alocado, llevaba una semana en cama.
La necesitaban llevar al médico, su abuelo insistía en que era innecesario, que una fiebre no mataba a nadie desde que él tenía memoria. La autoridad del abuelo era intocable. Era un dictador, pero un dictador afable, un dictador (como todos) elocuente, de gran carisma. Su hijo era su fiel discípulo, lo que decía su padre, había dicho ya más de una vez, ES ley. La madre de Danielle, débil de carácter, solo se preocupaba y hacía caso a su esposo.
Dannielle oía voces en las noches, cuando se despertaba, sola, desamparada. Presa del frío tétrico que se apoderaba de la casa. Sufría como si le golpearan la cabeza constantemente con un trabajado esfuerzo por no dar un golpe demasiado fuerte; manteniendo la consistencia, el tempo, el momentum del dolor que sufría de por sí. Estaba presa de lo que sucediera en derredor. Sudaba mucho y no mejoraba nada.
Sentía miradas. No eran miradas tétricas, tampoco eran miradas que traspasasen lo natural para volverse fantasmagóricas. Eran vanas miradas fijas. Eran ojos que la observaban, algunos la observaban con lástima, pensando que era un cachorro desamparado y tal vez eso era. Otros la miraban con desdén, ¿sabían qué era ella? Otros la miraban con simple indiferencia, otros con decepción. Eran ojos infinitos, eran demasiados ojos como para pertenecer a alguien. Estaban desordenados, era una heterocromía infinita de un ser con más de un millón de ojos. Era un ser espantoso que esperaba algo de ella y, peor aún, sabía que no lo cumpliría. Tenían un contrato tácito. Ambos sabían lo que ocurriría, ambos sabían cómo sucedería. Ella, estúpida, había apostado por su yo conociéndose perdedora. Y no podía hacer nada para cambiarlo.
No podía hacer nada.
No puedes hacer nada.
No podrás hacer nada.
— Estás en mis manos, lo sabes. Lo sabes MUY bien —. El énfasis en el “muy” cobraba vida propia, caminaba en los miles de engranajes que formaban a su cerebro, en las miles de conexiones que había en él. Era un engranaje al que le faltaba aceite, y este Muy, astuto, vivo, usaba argucias poco loables. Consumía el aceite que faltaba, y le recordaba, como un pequeño grillo al recitar su canto, lo que ella ya sabía y lo que ella no podía cambiar.
Cada vez que despertaba de aquel sueño sentía una presencia inhumana en el cuarto. Una presencia de orden superior y cuando miraba, y miraba a quién miraba, éste sonreía y ella, dolida, enferma, pálida, mórbida, le devolvía la sonrisa. No sabía, y esto sí no lo sabía, que firmaba su pacto con el diablo. El de “ambos sabemos que ocurre, pero nadie debe decir nada. No debes decir nada.”
Danielle no podía evitar ese juego, estaba implícito, marcado desde el nacimiento de su padre.
“El diablo”, por su parte, disfrutaba de verla a ella, tan niña, tan inocente de todo. Qué lástima era para él el espectáculo, qué verdadera lástima. Era algo que había estado esperando desde el nacimiento de su hijo, no había remedio.
A la segunda semana, Danielle sanó. Esa mañana sintió el ambiente frío demasiado real y no tan punzante como lo había sentido en sus días de enfermedad. En su casa había una falta de ruido que sobrepasaba lo natural. Estaba despierta, sentía todo real, pero se sentía en un sueño.
— Hace demasiado frío...
Sentía a los carros pasar a fuera de su casa. Oía nada en su casa, nada. No un murmullo, no los disparates de la televisión, no a su gato maullar, oía nada.
Se levantó, dispuesta ya a ver si estaba sola, algo raro, su abuelo siempre estaba ahí. Salía principalmente por las tardes. La casa pasaba por un filtro que dejaba todo en un color medio azulado, medio onírico. Fue a la sala de estar, donde no había nadie sino su sombra. Luego a la cocina, donde si había alguien, y vaya que había alguien.
Su abuelo.
Y él la miró, lleno de ternura, y casi con compasión, le dijo:
— ¿Ves? Yo ya sabía que te curarías. Esos médicos no saben nada.
Danielle sonrió, su abuelo siempre era así. La verdad, ella tampoco habría querido ir al médico. Ella no podía darse cuenta de la situación en la que estaba, tampoco se percató de que su abuelo lucía extremadamente joven. Lo vio, y no se dio cuenta de que en sí el aire no era aire, era demasiado pesado, demasiado denso.
Él la seguía mirando, ya no con ternura, ya no como abuelo, la vio como su cobrador.
Pero ella no lo comprendía, para ella era una mirada paternal. En realidad, nada podía hacer. Él se acercó de manera furtiva, como si no caminara, como si flotara sobre el piso. Se acercó a ella como si la fuera a besar.
Sintió escalofríos, y luego vio otra mirada, que estaba sobre su espalda, llena de ternura (esta una ternura carnívora), que le dijo que estaba en peligro, luego ya no era solo una mirada, eran ojos, grandes ojos, tan grandes como ella.
Y su abuelo todavía se seguía acercando, ya demasiado joven como para ser su abuelo. La voz de sus antiguas pesadillas, ya demasiado distorsionada como para pertenecer a alguien dijo:
— ¿Estás lista para pagar la deuda? — Era su abuelo.
Daniellle no entendía nada. La criatura demasiado grande como para ser parte de este mundo ya se había materializado, con sus grandes ojos, de córnea blanca e iris azul, con su gran nariz carnosa y visceral, su respiración demasiado forzada , resollante. Abrió su boca, que formaba parte de su pecho, y se acercó a su cuerpo, demasiado pequeño como para ser siquiera un bocadillo.
— Realmente es una lástima— dijo una voz, pero esta vez no era la misma voz de antes, y tampoco pertenecía a su abuelo, no podía pertenecer, si no al gran ser en frente de ella. Una voz armoniosa que reverberaba y se extendía.
Su abuelo la agarró por los hombros, con su ternura, que ahora podía ser crueldad. Danielle estaba inmóvil, sin poder hacer nada. Danielle ya no estaba viva, tampoco lo estaría para el momento en que su cuerpo fuera devorado.
Ni para cuando su abuelo, ya joven, irreconocible, se fuera de la casa, habiendo cumplido parte del contrato.
Y la llamada siguió sin ser contestada.
— ¿Alo? ¿Hija? ¿Qué pasa?¿Está bien?— Dijo su padre al devolverla al teléfono de casa. — Hace demasiado frío…— fueron las últimas palabras que escuchó de su hija, en el buzón de voz. Palabras plegadas en la sangre que dejó su cuerpo en las paredes, en las que no se veía más que su sangre.
En un pequeño frasco en el bolsillo de su padre estaba su hija, ahora para siempre esclava del tiempo, fuera de toda consciencia, formando parte de los miles de pagos a Él.
sábado, 3 de marzo de 2012
Hinamatsuri
El Hinamatsuri (en español Festival de las muñecas), es un festival anual celebrado en Japón en esta fecha. Sus raíces son chinas, pero de un modo u otro llegó a Japón (Tal como los ideogramas nipones), adoptando así este festival que tenía como propósito "Absorber" los malos espíritus para que a los niños (Si la wikipedia me sopla bien) no sufrieran de enfermedades y cosas así.
De esta manera les traigo un relatillo de terror porque soy malo:
Hinamatsuri
De esta manera les traigo un relatillo de terror porque soy malo:
Hinamatsuri
Recibía los rayos de sol de un marzo encantador. Su preciada hija. ¿Qué había pasado? Después de tanto tiempo, todo parecía tan gris. Tan inservible, ahora todo era diferente. Tal vez, tal vez si solo no hubiera ido ese día, con su hija. Si lo hubiera ignorado todo, llevarla a un parque de diversiones, tal vez todo habría sido diferente.
Matsuo Shiki había perdido a su hija el día de Hinamatsuri (Festival de las Muñecas). Él, en su no tan sano juicio, habría ignorado totalmente este festival, como todos los que evitaba. Poseía un carácter muy supersticioso y paranoico en cuanto a las creencias de su país de origen. Creía, y tenía claro, que mientras más evitara relacionarse con los espíritus, menor sería su relación, más lejos estarían los espíritus, tanto benignos como malignos, de él. Lo tenía muy claro, para él era un hecho.
Los caprichos de su hija, sin embargo, no eran algo que podía simplemente dejar de lado. Desde que su madre había muerto luego de irrespetar a un Yokai, según la versión de su padre, su hija había estado muy triste, demasiado. Cierto era que la costumbre del Hinamatsuri se la había creado su madre, también que su relación con su hija se volvía cada vez más inestable por lo acaecido. Entonces, tomó la resolución de que llevaría a su hija al festival, alejándose por un mero momento, tal vez fatal, de su superstición. Arguyendo que era paranoia, que era un adulto y debía comportarse como tal.
El Hinamatsuri es un festival que ocurre cada año los 3 de Marzo, tiene raíces chinas y su objetivo es alejar a los malos espíritus de los hijos. Pero Matsuo siempre había creído que la acumulación de esos espíritus era algo más bien negativo, que podía tener efectos terribles en la vida de los simples humanos terrenales. ¿Qué tal si tales espíritus atacaban a alguien? ¿Qué ocurriría entonces? Pero estaba seguro de que eso era solo su imaginación. De que podría llevar a su hija sin que sucediese nada.
Todo parecía ocurrir con todo el orden que pueden tener las conglomeraciones. Hicieron una fila, tomaron su bendición del Dios del templo, esperaron a que se llevaran a las muñecas al mar para liberarlas. Y, en su camino, pisó algo, que ignoró simplemente. Vieron a los monjes alejarse en un bote blanco con las muñecas, una despedida a los malos espíritus que poseían y de los que protegían a los niños pequeños. Un atardecer hermoso. Entonces, dos horas después, la tragedia comenzaba.
Volvía a su casa con su hija. En un paseo tranquilo por el vecindario. Habían comido helados, se sentía confiado, unido con su hija. Sentía que todo iba a comenzar, que todo empezaba a tomar rumbo a su bonita familia de dos. Le encantaba ver a su hija sonreír, verla disfrutar con él, como hacía tiempo que no la veía.
En su camino, un extraño señor se acercó. Traía consigo un elegante yukata*, un sombrero de paja japonés y una cándida sonrisa.
—Debe cuidar a su hija. Los tiempos no son buenos. — Su voz era grave, con la misma elegancia que le confería su presencia.
Matsuo solo respondió austeramente con un “Gracias”. Dejando de lado toda clase de formalismo, su paranoia empezaba a trabajar. Quiso hacer el paseo lo más rápido posible.
— Vámonos rápido, querida, se hace tarde — le dijo cariñosamente, tan cariñosamente como su miedo se lo permitía.
Sintió sus latidos del corazón, los de su hija, la acaricia mutua que se proporcionan los árboles; luego un miedo letal, paralizador, al darse cuenta de que no estaba al lado de su hija. Corrió sobre sus pasos, sintió pequeñas risas. Vio al señor. Inmutable. Elegante. Viejo, sumamente viejo.
— ¿Dónde...? ¿Dónde está mi hija, buen señor?
— Oh, disculpe, ¿qué ha dicho? No le he escuchado.
— ¡¿Dónde?! ¿Dónde está mi hija?, ¿no la ha visto? — gritó, lleno de miedo, muerto en ansias.
— ¿Se ha perdido? ¡Si estaba a su lado! Lamento mi frialdad, pero se lo he advertido, señor. — Dijo, tras una sonrisa que le impedía ver más allá de sus dientes, sus afilados dientes. Su increíblemente grande figura, sus fauces deformes, con un pedazo de tela desgarrado en sus dientes.
— ¿Qué... eres…?
— Un simple buen señor. — La risa estruendosa de su voz entre aguda y grave que se sucedía en miles de ecos, a la vez que se alejaba en su enormidad.
El crack que oyó al pisar algo en el festival. Ahora lo entendía todo, el grito que había oído: “¡Una muñeca rota, una muñeca rota!” En la aguda y tierna voz de una niña.
Fin
***
Nota: Esto no sigue fielmente las creencias japonesas porque... no sé suficiente de ello. De todas formas, esto se debe tomar nada más como una ficción, si quieren, un arrebato de un pobre monstruo de la naturaleza corrompida.
Definiciones útiles:
viernes, 16 de diciembre de 2011
Esto...
Es una historia que ocurrió hace un tiempo. Una historia aterradora en esencia, algo que me gustaría olvidar, inclusive considerándolo una perla en mi vida.
Fue horrible.
Fue horrible.
Entrevista a Miroslav Suárez.
Siempre he disfrutado jugar con
las mentes de las personas. Es un pasatiempo aterrador, lo sé. A veces consume mi
tiempo de sueño… lo que solía tener malas consecuencias en los días siguientes,
pero no es mucho peor que aquel que deja a su familia sin dinero por irse de
juerga. No es mucho peor que aquel que apuesta todo lo que tiene... Aunque se
podría decir que me parezco a este tipo, ya que se me podría llamar ludópata.
¿Qué qué hago? Eso puede variar,
mi estimado. Puede variar tanto como la persona a la que atormento en cuestión.
Atormentar es una palabra fuerte, sí, quizá haga pensar en trauma… en daños
severos, mas no se debe ser tan negativo; ninguna experiencia en esta vida es
mala.
En cuanto dijo esto, sonrió tétricamente. Era una ocasión única en mi
vida, pero no paraba de temer.
—Por favor, siga— dije, intentando esconder mi temor.
¿Por dónde comenzar? Mi modus
operandi… ¡Me hace pensar que soy un horrible asesino!—rió sardónico— es complicado de explicar… ¿pero qué no lo es cuando
tu elocuencia es tan… corta, como la mía? Bueno… Siempre he sido muy
observador. Era el alumno preferido de mi profesor de biología en su tiempo. A
él le gustaba que observásemos las cosas que nos llamaban la atención de la
naturaleza… De cualquier cosa que encontráramos rara, de esta manera, todas
nuestras clases comenzaban con alguna que otra observación hecha por alguien
(generalmente yo) en nuestro fin de semana. Cabe destacar, aunque es
intrascendente, que mi clase era muy participativa en ese sentido… Solo era el
más atento, el más suspicaz.
El observar tantas cosas
desarrolló en mí incluso más esa cualidad. Cuando ya era un adolescente me
interesé más por los humanos, sus comportamientos, las formas en las que
reaccionaban… Sus miedos, sus pasatiempos, el cómo se relacionaban sus
pasatiempos y sus miedos… A qué le tenían más terror, sus más profundos
pensamientos. ¡Tanta vastedad en, nosotros, pequeños humanos! Quizá somos
incluso más vastos que el océano… ¡Ah, quién sabe…!
Pese a que siempre fui huraño,
demasiado, dirían algunos y me solían reprochar mis amistades esto, nunca
dejaba de lado la oportunidad de conocer más a una persona. Podía ser una conversación
estúpida, que no llevaba a ninguna parte; algo tan variado como las personas
misma; pero ese era el error más tonto… Mis conversaciones siempre tenían un
objetivo y tenía una tasa de veracidad
muy alta… ¡Muy pocas veces fallaba! Tenía que ser muy cerrado el sujeto,
extremadamente cauteloso, para que no sacara algo yo de él.
Su cara era un amasijo tremendo de variadas expresiones. Ponía la
expresión que causaba más impacto con relación a su discurso. Su nariz parecía
un ponqué, su cara tenía alguna que otra marca de su juventud, granos explotados,
etc. Su cabello era rulo y corto. Sus
ojos marrones. Era una persona que resaltaba a tu vista por lo feo y encantaba
por su forma de expresarse.
—Esto puede sonar raro, descuidado de mi parte.— puse mi mano
derecha en mi nuca—, pero ¿por qué decidió que se diera a conocer su historia?
¿Por qué quiere darse a conocer si disfruta explorar a los demás?
Pensé que jamás haría esa
pregunta… ¡Ja! Qué tonto fui, es fácil, no quería ocultarlo… tampoco le di
demasiada importancia. Hasta ahora, todavía no sé por qué satisfago este
impulso…¿Qué me lleva a hacer esto? He pensado por semanas, lo he cavilado
tanto que no he dudado de mi asertividad al venir hacia usted. Procuraba que la
respuesta al por qué contar mi historia se contara en el transcurso de la
entrevista, todavía no sé qué me guió a hacerlo. Argh… y sobre por qué lo elegí
usted, simple: es un escritor de una revista de parapsicología y este tema será
de particular interés para ustedes, por mis métodos usados… Demás está decir que he leído varios de sus
artículos, bastante precisos en la mayoría de los casos… No podía despedirme de
esta oportunidad. Era el momento adecuado, solo necesitaba encontrarle.
Temí que notara el entusiasmo en mi cara, pocas veces se reciben este
tipo de elogios. Él sonrió irónico. Su cara era imposible de descifrar, podía
decir con certeza que era un hipócrita, aunque no era nada del otro mundo
saberlo.
Muy bien… Creo que no respondí
con certeza cómo escogía a mis víctimas. Sigo cierta pauta, es muy meticulosa,
se me acusará de tiquismiquis… Lo acepto. Lo soy. Particularmente en estos
casos. Suelo observar a las personas por periodos largos de tiempo, descubro su
naturaleza, sus miedos… No me extenderé
más de ahí, ya se lo conté, sé como sonsacar lo que quiero. Ahora… permítame
contarle algunas de mis historias más particulares.
La primera ocasión es siempre
particular, es el momento en el que descubres algo, no sabes cómo actuar si es
desconocido para ti, no sabes qué hacer… Se podría decir que estoy comenzando a
narrar la historia desde su piedra angular, todo lo que he contado hasta ahora
no son más que antecedentes, detalles que podrían justificar algún que otro
inconveniente posterior, si no se me olvidó alguna cosa.
A los dieciocho años de edad ya
es estaba en mi primer año de universidad, estudiando psicología. Para esos
días era alguien tan raro como encantador, tenía muchas amistades pero pocos
verdaderos amigos. Ellos no lo sabían, ellos confiaban más en mí que yo en
ellos. Una vez, de regreso a mi casa, noté cierta pesadez en mis ojos. La noche
se había apropiado de todo en menos del tiempo estipulado que dura el
crepúsculo. Fue raro. Supe de inmediato que había viajado por el tiempo y el
espacio. No estaba donde debía estar pero sabía dónde estaba y me había tardado
lo que me solía tardar en llegar a ese lugar. El puente de la calle Victoria.
Miré al río y vi la oscuridad más profunda que he conocido. No había reflejo en el agua. El agua parecía
una solida y uniforme pared oscura.
Empezaron a aparecer algunos
puntos rojos sobre ellas que me hipnotizaron— o eso supongo—… Mi mente se
volvió un vaivén indescriptible. No sabía quién era, dónde estaba ni qué
pasaba. Todo era confuso, volteaba hacia un lado y me mareaba. Todo era
extremadamente raro. Me encontré mirando a una gran piedra en los minutos
siguientes. Tardé en darme cuenta de lo que pasaba, tardé en responder ante lo
que veía. Desprendía un aura aterradora, un aura que yo no podía entender. No lo captaba, estaba más
allá de mis capacidades.
Tal vez haya oído hablar de ella,
se les llama Rocas del Karma… Poseen distintas características, como supongo
que sabrá, y pueden expulsar diferentes características dependiendo de la
persona en cuestión… A mí me otorgó el don más hermoso que me han podido
regalar los dioses. A otros les parecería horroroso, les parecería inhumano;
para algunos es un castigo, para otros un gran regalo, a otros simplemente les
da igual. Depende de la persona.
Se preguntará, intuyo, cuál poder
me regalo… qué clase de demonio soy ahora. Soy un espectro, señor. Estoy
muerto. Espiritualmente, estoy muerto. Soy un alma maldita que puede vagar por
donde desee cuando quiera, mi cuerpo parecerá inerte; un simple desmayo. Sucede
que todas las noches mi mente no divaga en sueños, siempre estoy consciente…
Siempre.
Le parecerá que eso me hará
volverme loco, pero no. No me volveré loco, se lo puedo asegurar. La
explicación científica, y la única certera, es que mi cuerpo no siente el
cansancio porque mi cuerpo descansa, por eso mismo mi mente no se ve afectada
por lo que le sucede a mi cuerpo. Sin embargo, tengo que admitir que a veces es
molesto estar despierto todo el tiempo. Siento que no he sido lo
suficientemente claro. Me cuesta muchísimo abstraerme, no es que no pueda.
Para
este momento, ya parecían puras chorradas lo que contaba. Sus ojos me miraban
como si me revelara una gran verdad, esperando sorpresa, miedo. Mi cara no le
concedió el regalo que pretendía poseer. No podía permitirme perder esta
batalla sicológica, habría sido mostrar debilidad… Mi orgullo estaba muy
inflado como para permitirlo.
—Entiendo, es algo muy extravagante. ¿Cómo se siente al contar esto?
Su cara me miró perpleja.
¿Qué cómo me siento? Dice. Me
siento estupendamente, no tendría por qué no. Es lo que quería, ya lo he dicho.
Su sonrisa se ensanchó. Estaba
desconcentrado… perdiendo.
Seguiré con mi relato, con este
fantasmagórico cuento que es mi vida.
Al principio, no me di cuenta de
esto. Pensaba que sufría de insomnio y torturaba a mi cuerpo con mi conciencia.
Me veía decaído, no comprendía que pasaba. Ni siquiera me había dado cuenta de
que cada vez que me levantaba, mi cuerpo seguía acostado. ¿Cómo habría de
darme cuenta? No tenía nada qué comprobar. Cuando empecé a perder la paciencia,
vagaba por toda la casa todas las noches. Mis pensamientos cruzaban fronteras
infranqueables, fronteras que el ser humano no debe pasar nunca si no está
preparado. Era una tortura peor que la física y más allá de la espiritual.
Podía ver mi cuerpo recostado,
mas lógicamente lo atribuía a un arranque de mi lucidez por gastarme una broma.
Me consideré loco. Casi llegué al extremo de ir a un psicólogo. Me contuve.
Medité por largas noches, tratando de recobrar mi compostura… Y me di cuenta de
algo que será el punto de inflexión de mi poder. Mi mente ya estaba serena esa
noche.
Solo se oían a los grillos y a un
viento fuerte que le daba por cantar su canción de marinero. Me dirigí a mi
cuarto, un tanto abatido, debo admitir. Contemplándolo con suma serenidad.
Observé todos los detalles, pues mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y esa
noche la luna era nueva. Y me vi a mí. Acostado. Durmiendo. Sentí deseos de
matarme y si hay que decir que cometí un acto impulsivo esa noche, no fue otro
que el intentar ahogarme y sentí algo en mis manos, mi presencia inerte, mi yo
durmiente. Mi proyección espiritual se deformaba un poco cuando me acercaba a
mi cuerpo, como reaccionando… Pude percibirlo muy objetivamente. Me permití ver
más allá de lo que había estado viendo, más allá de lo mundano; filosofé sobre
metafísica, se podría decir. Llegué a la conclusión de que era lo que llaman
los parapsicólogos “un proyección astral”.
Fue un descubrimiento
maravilloso, déjeme decirle. Me sentí libre, dudé un poco, no lo niego. Pensé
que era una excusa para engañar a mi subconsciente, pronto me di cuenta de que
podía atravesar cosas físicas si me placía. Si te mantienes creyendo que sigues
estando en el plano físico, tu proyección actuará como tal. Puedes no estar
apoyado sobre la pared, pero como no hay nada que nos até, como la gravedad,
por ejemplo, podemos controlar nuestro cuerpo como queremos. Podemos incluso
transformarnos… ¡lo más placentero!
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