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miércoles, 24 de diciembre de 2014

¡Frohe Weihnachten, dear in-imicus of mine!

Este año que se va (2014) se cumplen 100 años del inicio de la Primer Guerra Mundial (28 de julio de 1914). Y hoy, 24 de diciembre, conmemoramos algo que ya había sido ficcionado 2 años antes por el genial director de nuestro blog, Miki –zaz zaz– Salas: la tregua de Nochebuena que se dio, precisamente, en 1914 entre regimientos rivales de ingleses y alemanes ora porque era el primer año de guerra, ora porque, quizá, la Navidad es algo que está pensando para hermanarnos a todos… sea cual fuere nuestro bando.
Así, pues, comencemos con la ficción que, si bien con diferente batuta, intentará decirnos ¿qué pudo haber pasado entonces (en la mente de un soldado cualquiera)?



¡Frohe Weihnachten, dear in-imicus of mine!
(¡Feliz Navidad, querido en-emigo!)


¿Un salmo en inglés?  ¿Que nuestro cura lea un salmo inglés después que los tommies[1] entierren a sus muertos? En tiempos de guerra una cosa como esta no se debería permitir. El soldado austriaco recordó entonces a un viejo compañero suyo de la escuela estatal de su natal Linz que había visto enrolado, también,  para la causa. Lo recordó pensativo y escribiendo algo. Soldados como él, débiles, son los que no queremos… Pero, ¿cómo había degenerado todo esto? A las 19 horas, aproximadamente, un grupo de alemanes desafina estrofas de  Stille Nacht (Noche de paz) luego se escucha un tímido O come, All You Faithful (Adeste fideles o seguid, fieles) del otro lado de nuestras trincheras. Fue una respuesta inmediata. Había empezado el acabose. Como la mayoría de los nuestros trabajó en Inglaterra hasta su expulsión debido a la guerra sabían inglés… ¡respondieron cantando la misma canción pero en latín! Luego… un silencio impertérrito roto a la voz de ¡Frohe Weihnachten!, irrumpido por un ¡Merry Christmas! ¡No queremos disparar, es Navidad!, ya no importaba nada, ambos soldados de bandos rivales se estaba saludando. Al poco tiempo, intercambiaban anécdotas de guerra, cigarrillos, botones como muestra de su ¿aprecio?, ¿falso aprecio?, entre ambos, no sé… Fueron seguidos por más soldados que en Nochebuena hacían un pequeño alto al fuego. Impensable. De esto habrá de tomar represalias… levántese, soldado, me dijeron, lo necesitamos para armar el equipo. ¿Las nueve, las diez de la mañana? Estaban jugando fútbol… en medio de la nada, de la nieve… un tommy hacía las de barbero y cobraba cigarrillos… era el fin del mundo. Solo atiné a huir, a correr hacia un regimiento cercano a informar el hecho.

―¿A dónde irá ese fritz[2], Bairnsfather?

―Quizás se haya asustado… ―respondió Bruce Bairnsfather, segundo teniente. 1st Toyal Warwickshires―, intuye ―siguió mientras acariciaba lentamente el botón alemán que había intercambiado por dos de los suyos―, que mañana deberíamos matarlo, Frank.

―Deberíamos matarnos entre nosotros. ―concluyó Frank Richards, risueño.

 ―Ese es un austríaco bastante beligerante ―agregó un solado alemán a sabiendas que no sería entendido―. ¡Adolf! ―gritó inútilmente―, las tropas más cercanas están a millas de distancia!


.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.

Last but not least, un vid de Paul McCartney que podría contextualizarnos lo que pasó.






[1] Es así como se les decía a los soldados ingleses.
[2]  Es así como se les decía a los soldados alemanes.

martes, 25 de diciembre de 2012

Tregua de Navidad [¡Feliz Navidad!]

Hace 98 años, durante la 1ra Guerra Mundial, en un descampado de Bélgica, se enfrentaban alemanes e ingleses. Sin embargo, el día de Navidad no se dio un solo disparo. Soldados ingleses y alemanes intercambiaron saludos y regalos en lo que sería recordado como la Tregua de Navidad.
Jo jo jo... La risa del viejito pascuero no alcanza para expresar mi carencia de extrema felicidad. Sin embargo, la que tengo es suficiente como para dejar una ficción y escribir cosas así de raras. Como sea... El blog ha estado un poco inactivo estos meses, mil disculpas por eso. Ya recuperaremos el ritmo, para eso sirven las fiestas, señores. Ahora sí, a lo que íbamos...

.+.+.+.+.+.+. Hay un espíritu en las trincheras.+.+.+.+.+.+.

Una ráfaga de viento terminó de enterrar en la nieve un casquillo de bala cuando el sol se ocultaba y en la trinchera inglesa un soldado se ataba bien las botas, otro se arreglaba el gorro felpudo y algunos más cargaban de municiones sus armas. Mientras tanto, un incorpóreo compañero ganaba fuerza con la llegada de la oscuridad. No sabríamos decir si el frío también lo hacía fuerte, pero después de aquella ráfaga el sol parecía ocultarse más rápido y, en consecuencia, su poder se hacía mayor. Nadie en la trinchera inglesa lo advirtió ni le tomó la mayor importancia a este hecho. A veces el sol parece ocultarse más rápido, dependiendo de lo que hagas. Podría también haber sido nada más que una sensación, nada comprobable, así que ninguno lo recordaría tampoco.

Del otro lado, en la trinchera alemana, la ráfaga de viento coincidió exactamente con el primer resoplido de uno de los soldados luego de encendido un cigarro. Guardó los restantes y sus cerillos en el saco y continuó fumando. En esta parte de "Tierra de nadie", el lugar en que se desarrolla este, por el momento, tranquilo enfrentamiento militar, el compañero incorpóreo parece haber caído por alguna casualidad. El cielo se ha oscurecido ya bastante como para que su poder pueda ser extendido fácilmente. Se desliza por entre los alemanes y le deja a cada uno un mensaje susurrado en el oído. Ríe después de esto, y su sonrisa parece maliciosa, oscura, pero se ilumina un poco cuando advierte la presencia de fogatas.


Para cuando el viento entierre otro casquillo la trinchera alemana estará en completo trance. Todos y cada uno de los soldados canta bajo la influencia del compañero incorpóreo. Los ingleses, sin embargo, continúan en silencio y luego de escuchar con atención los villancicos comienzan a sentirse solos. Uno de ellos observa con atención las fogatas. Se ordena el silencio y sus manos, como las de sus compañeros, se aferran a su rifle, listo para cualquier asalto. El compañero incorpóreo ríe y el soldado inglés recuerda la sonrisa de su novia, pero sabe que no debe ocupar su mente. Con los villancicos de fondo, escucha pasos sobre la nieve. En este momento requiere la máxima atención.

“Soldado inglés, feliz navidad. Feliz navidad”, el extraño mensaje del enemigo lo confunde. Y más aún cuando continúa insistentemente por algunos minutos. “Salgan, ingleses, vengan con nosotros”.

Sería una locura ir hacia ellos. Tanto trabajo atrincherarse, tanto sufrimiento al perder compañeros, tanto hastío cargar los rifles una y otra vez... ¿y tenían que ir con ellos? El compañero incorpóreo venía con los alemanes y se escabulló hasta la trinchera para dejar bajo su encantamiento a algunos ingleses, que comenzaron a gritar también, en respuesta, “Feliz navidad”, contagiando el espíritu a sus camaradas.

El poder del compañero incorpóreo sobrepasaba entonces el de cualquier armamento en ambas trincheras. Los saludos se convirtieron rápidamente en cánticos y a la mañana siguiente ambos bandos se encontraron en el centro para darse aún más saludos y entregarse regalos como botones, cigarros y chocolates. Estrecharon las manos y se volvieron amigos en medio de una guerra que cobraba vidas más allá de sus trincheras. Intercambiaron direcciones como si tuvieran la certeza de que al terminar la guerra continuarían vivos. Como si se vieran claramente en la mesa de su hogar, tomando tranquilamente un café y mirando hacia la puerta, pues en cualquier momento podría llegar el alemán o el inglés con quien estrechó manos en medio de la guerra.


Soldados ingleses y alemanes fraternizando en "tierra de nadie". Navidad, 1914.

Enterraron a sus caídos, jugaron un partido de fútbol y nadie nunca se percató de la presencia de un soldado desconocido. Vestía como inglés y era siempre uno de los primeros en cantar un villancico. Había intercambiado todos sus botones solo por botones alemanes y varios de éstos por una insignia inglesa. Los guardaba en los bolsillos como si fueran un tesoro y en todo momento mostraba una sonrisa. Era un tipo extraño, de los que pocos se ve.

Después de pasar un rato con todos y en medio de la algarabía, de las risas y las charlas, justo antes de que cayera el sol, el extraño soldado se metió las manos en los bolsillos y, cuidando que  nadie lo viera, caminó hacia el crepúsculo mientras entonaba un villancico alemán.

♫ Stille… Nacht… Heilige Nacht… ♫

Se alejaba el compañero incorpóreo con muchos botones, una insignia y una sonrisa inmutable en el rostro.


.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Muy bien, eso ha sido todo. A los que quieran enterarse más sobre el tema, existe una película  alemana llamada Joyeux Noel (Feliz Navidad) sobre este acontecimiento. Asimismo, seguro que les encantará visitar esta página (contiene información sobre la Tregua y cartas de varios soldados que estuvieron presentes). Espero que les haya gustado ¡Saludos!

lunes, 24 de septiembre de 2012

El final de este mundo (Sobre Dr. Seuss)


 ¡Hoy les traemos algo muy especial! Y tal vez venga de una nave espacial. Aunque bien podría formar parte de marte, o venir de un agujero de gusano-asesino-come cerebros. Bien, no importa de dónde venga ni por qué. Es una ficción sobre un escritor infantil, Dr. Seuss, conocido por ser el creador de "Como el Grinch se robó la Navidad" y otras obras. Cabe destacar que esto es solo una ficción en memoria a su muerte.


El final de este mundo

 

Un calor dulce lo despertó.
— ¿Dónde estoy...? — dijo su pequeña voz, estaba un poco ronco, pero debía ser por haber dormido a la intemperie. Un largo valle se extendía por todo lo que su vista alcanzaba. Había pequeños lagos a lo largo del valle. Corrió sintiendo la fresca brisa, sintiendo sus piernas ligeras, su cuerpo era como si no existiera, como si flotara en este mundo colorido y esponjoso. Tropezó con una raíz que se partió en su pie, era una raíz blanquiroja, al igual que el árbol....
— ¡Es dulce! Woah... — Se soprendió arrancando pedazos del árbol blanquirojo. Parecía bastante sólido e imponente, ¡pero pensar que eran dulces! ¡Qué extraño era todo!
Sintió aquel calor dulce de nuevo pasar y pudo discernir el sabor, era miel. Y aquella pequeña ráfaga era una luciérnaga del tamaño de un pájaro. A la vez que volaba soltaba una estela color mostaza con sabor a miel. Vio como revoloteaba con tanta libertad y luego se juntaba con otras luciérnagas en un vuelo sincronizado que despedía un festival de colores. Estaba anonadado, no solo había luciérnagas de miel, también las había de vainilla y de fresa, y de cosas que ni siquiera sabía distinguir. Verlas todas juntas de esa forma era algo espectacular, con aquella luna que parecía sonreír tan llena de placidez.
Al llegar a uno de los pequeños lagos, descubrió en ellos unos peces rarísimos, capaces de salir del agua y volar. Se dio cuenta de que cada pequeño lago era de un color diferente, así, había uno de color marrón, ¡sabor a chocolate! Otro de miel y otro de mantecado. No se lo podía creer. ¿Cómo había llegado a este mundo tan irreal?
Vio entonces a un gato con sombrero caminar entre varios lagos, escogía cuidadosamente los peces y los asía, para luego darles un mordisco. El chico intentó hacerlo, pero se encontró muy poco hábil para ello. No demasiado convencido con la facilidad del gato, fue hacia él, pues quería probarlos también.
— ¡Oye!
— ¡Eh! ¡¿Qué haces aquí?!
— Ehm... ehm...

— ¡Ajá! ¡Eres un ladrón!
— ¡No! Solo... aparecí aquí...
— No, no, no, no... ¡Eres un ladrón y el Gato bien que lo sabe!
— ¡Que no!
— ¡Que sí! ¡El gato no te dará sus peces!
— ¡Pero quiero probarlos!
— Haberlo dicho antes, ten uno— dijo, pasando de su estado de exaltación con una facilidad incomprensible, y sonriéndole como si lo conociera de siempre.
— Gracias...— dijo el chico, y le dio una mordida al pez que le había dado—. Woah, sabe muy bien...
— ¡Eh! ¡Ladrón, me engañaste!— Le recriminó el gato.
— ¡No! Si tú me lo diste...
— ¿Verdad que saben bien?
— Ah, sí, de veras... ¡Oye!, ¿no me estabas culpando hace un segundo?
— ¿Yo? ¡Claro que no! Este gato es muy serio.
— Bueno..., pero sí lo hacías... — murmuró por bajo.
— ¿Quieres venir al pueblo de los Quién?
— ¿De quién es ese pueblo?
— ¡Hay muchos más árboles, y bayas y ovejas, y más y más dulces!— Le dijo mientras señalaba por una de las colinas—. Bueno... es obvio que el pueblo de los Quién es de los Quién, ¿de quién más podría ser?
— Claro...— El chico no entendía nada y poco podía hacer más que seguirlo, era de noche y no tenía a donde dormir, el gato se veía bueno. Era algo raro y muy excéntrico pero simpático.
Caminaron largo rato por camino sinuosos, agarrando y probando dulces. Había caramelos y chocolates en los árboles, había chicles en las flores y por cualquier lugar que veía todo era vivaz y colorido.
— ¿Cuándo llegaremos?— dijo el chico mientras se comía un chocolate.
— Pronto, pronto, ¡al pasar esta colina!
En un rato de caminata empezó a nevar, era una nieve bastante rica y refrescante, parecía ser que todo en aquel lugar era comestible. Colina abajo, tras un corto camino, se veía un pueblo que decía en grande en su entrada:
“Villa Quién”
En aquel lugar se cantaban villancicos aunque no fuera exactamente navidad, todos compartían y eran felices, en el medio de toda la fiesta había un sujeto verde y peludo con traje de Santa Claus. “¡Grinch, Grinch!” Gritaban todos cuando le hablaban con sonrisas y dulces en sus bocas, y, en sus manos, regalos y regalos que se intercambiaban entre ellos.
Un tren daba un recorrido por el pueblo sin necesidad de rieles, se elevaba con bastante facilidad y daba vueltas soprendentes. Por otro lado se veían niños que hacían hombres de nieve y se los comían entre todos. La felicidad prosperaba y todo era sonrisas.
— ¡Señor gato! ¿Es Villa Quién siempre así de feliz?
A pesar de que el Gato estaba por constestar, el Grinch, que estaba frente a ellos ahora, le contestó:
— ¡Claro que sí! Pero cuenta la leyenda que una vez un ser gruñón y egoísta se robó la navidad...
— ¡Eso es horrible!
— De verdad que sí. Pero este se dio cuenta de su error, vio que la navidad era un momento hermoso de compartir y felicidad, y así fue capaz de enmendar su error y recibir perdón.
— ¿Pero cómo lo pudieron perdonar? Robar la navidad, eso es horrible...
— Las personas de Villa Quién son bastante buenas y quieren lo mejor para todos— dijo con una sincera sonrisa el Grinch.
Tras esto, un gran temblor sacudió el pueblo. El tren volador perdió equilibrio y cayó. Los trineos cayeron y todos los hombres de nieve se deshicieron. La nieve de los árboles blanquirojos cayó, así como sus dulces. Las casas se derrumban y el tiempo se hacía turbio y algo tempestoso.
El pequeño niño vio como crecía en tamaño y como por encima de su boca y en su barbilla salían bigote y barba respectivamente. Sintió como los años pesaban y todo se volvía gris. Lo vio todo tras libros escritos y se vio a él mismo en cama, tosiendo y tosiendo.
Ya no estaba el Gato con sombrero, ni el Grinch, ni Villa Quién, ni ninguna de esas historias que alguna vez imaginó. Aunque le habría gustado que le acompañasen. Se veía bastante deprimente así, moribundo, viejo. Pero la imaginación lo era todo, y este último sueño le dibujaba una sonrisa en su cara.
— Los adultos no son más que niños obsoletos. No hay nada mejor que la imaginación— pensó, con la sonrisa plácida de un viejo que había dado su último respiro en un mundo irreal y colorido. Un mundo de fantasía que hizo más ameno el mundo real.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Minutos antes de Navidad

~♫~Jingle bells, jingle bells, jingle all the way~♫~
Champaña, compras compulsivas y luces de colores everywhere. Navidad es una de las temporadas (porque empieza en Noviembre y se va intensificando hasta el 25 de diciembre, día central) en que la gente puede llegar a impacientarse excesivamente al punto de caer en estrés... Pero en fin, también es una buena oportunidad para compartir en familia y ser feliz por un rato. Y para que se entretengan, les escribí un cuentecillo —rima con duendecillo (-navideño).

.+.+.+.+.+.+. Será una Feliz Navidad.+.+.+.+.+.+.

“Será una feliz Navidad”, decía el anciano a mediados de julio. “Sí, papá, así será”, sus hijos, cualquiera de ellos, muy tolerantes y serviciales, mientras le ayudaban a comer. “Hay que hacer las compras entonces”, se exaltaba. “Ya las hizo mamá, no te preocupes, y también las luces las acomodamos ya. La cena está casi lista, como si fuera para mañana”. “Pero si es mañana, hijo. Qué gusto…”. Ya se habían acostumbrado a ello, a la vida de eternas efemérides de su padre. Todos los días se celebraba algo, especialmente Navidad, que estaba siempre cerca, muchas veces bastante como ahora. Su madre tampoco podía hacer compras, eso era seguro, había fallecido tres años atrás y todos lloraron mucho por ella. Era una familia muy unida, ciertamente.
Solo por si la situación llegaba a un límite, tenían preparados gorros de fiesta y serpentinas. Improvisar con galletitas y limonada se había vuelto una costumbre también.
“Papá está enfermo”, recuerda el hijo menor las palabras que le dijera su hermano cuando, llegado a la puerta, se atrevió a desmentir todo lo dicho por teléfono y a pedir sinceras disculpas. “Pensé que nunca vendrías”, dicho entre sollozos, como si fuera un niño. Recuerda también su primera impresión de su padre después de no haberlo visto por casi medio año debido a su cambio de domicilio. El viejo sentado a la mesa, como si estuviera perfectamente, y con la preocupación característica de un padre de familia con hijos de los que hacerse cargo, tomándose un té, su preferido, y destilando el tiempo revisando su ajetreada agenda de jefe de familia. “No entraba en cuenta de que sus hijos ya están bastante grandes”.
“¿Has visto a tu madre?”, inquirió al verlo llegar, en vez de saludarlo. “Tu madre”, amigo, sabes bien dónde está, ¿por qué no le dijiste y terminaste por fin con todo? “Ojalá pudiera ser tan sencillo”. Ya lo había visto sufrir su pérdida una vez. Repetirlo una o más veces, porque el viejo nunca recordaba nada, estaba como regresado a una época de su vida de la cual parecía no querer moverse; sería cruel, demasiado… “se querían tanto…”. Por eso mintió, “mamá está donde la tía, regresa mañana”, y esa mentira lo consagró como un gran mitómano, capaz de construir cualquier tipo de historia creíble para su padre y que éste fuera incapaz de refutar. Nunca se imaginó mintiéndole tanto, y mucho menos que fuera su obligación moral hacerlo, a fin de que viviera más tiempo.
“Siempre busca a mamá”, le dijo entonces su hermano, como anunciándole el menester de volverse menos susceptible a la nostalgia, de aceptar por fin su presente y la vida misma. Debió ser antes, ya eran lo suficientemente adultos, pero los hombres del mundo suelen guardarse el sufrimiento como una reserva a la cual acudir cada cierto tiempo. Y mamá, a partir de ahora, siempre estaría fuera, donde la tía, si no simplemente en casa, en alguna habitación, cuando fuera seguro que papá no saldría a cerciorarse.
Sus recuerdos de los últimos diez años se habían bloqueado, era un joven en cuerpo de viejo, y cada vez que despertaba, preguntaba por su mujer, y pronto por la festividad próxima o la del día, Navidad, ambas cosas conectadas, pues el cumpleaños de ella era el mismo 25 de diciembre. Había siempre que convencerlo de que era al día siguiente. Mamá no podía no estar para su día, sería una lástima, y algo andaría mal, muy mal. Algunas veces lo sospechaba, otras era más bien fácil mantenerlo tranquilo. “Ojalá todos los días pudiera creernos”, deseos de mitómano, pero nada más cierto para ellos, que sufrían seguramente al verlo, a menos que se hubieran acostumbrado ya a su estado y no quisieran aceptarlo.
Sus navidades fueron siempre felices, por eso las recuerda, pero más que eso a su esposa, tan linda como cuando la conoció, aquella que lo había soportado casi cuarenta años, los dos últimos no cuentan por su ausencia, pero “se querían tanto…”. Eso era lo único que importaba.
“Será una Navidad Feliz” con una gran cena, champaña y mucho amor familiar. Los dos hermanos, por momentos, parecían figurarse ese ideal imposible. El amor familiar se les estaba reduciendo cada vez más. En los últimos meses papá se había vuelto más débil y tuvieron que mantenerlo en cama a la fuerza, conseguir argumentos de donde fuera, incluso de cajones viejos o debajo de la cama, cualquier cosa les era útil en momentos tan desesperantes como una casi pelea con su padre gritándoles que necesita ir a casa de la tía a recoger a mamá. A veces casi lloraban, papá se daba cuenta y dejaba de insistir. Por suerte, pero más por desgracia, pronto sería incapaz de salir solo de la cama. “Será una Navidad Feliz, muy linda. Ya mañana estaré bien, solo quiero dormir”, preguntaba por mamá y volvía a su sueño. Dormitaba mucho ahora, pero agravaba. La preocupación de los hijos era cada vez mayor, les costaba aceptar que pronto dejarían de ver a su padre, que su vida se acortaba poco a poco, como el tiempo que los separaba de la Navidad y el aniversario de nacimiento número sesenta y cuatro de su madre.
Papá moriría la noche del veintitrés, la única vez en que no tuvieron que mentirle sobre la fecha, ni tampoco sobre mamá (“ya verás a mamá, antes descansa”). Y el día tan esperado, la Navidad Feliz, no hubo una gran cena ni champaña, pero sí mucho amor familiar.

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Es todo por hoy. Que tengan un buen día navideño [ =) ]