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viernes, 28 de octubre de 2011

Ariana: Capítulo 26-2

Aquí estoy. Por fin hemos llegado al final de Ariana. ¿Qué pasó? Varios meses, a decir verdad, unos... 10, casi un año. Buen tiempo en el que he tenido en la mente este proyecto, y durante el que he aprendido muchas cosas. Tiempo durante el que he construido y reconstruido la narración de Ariana, incluso cuando no escribía, sorteando entre miles de posibilidades una que nos convenciera a ambos. Ariana, Ariana... Un par de veces los planes tuvieron que cambiar, pero todo resultó bien. Nada demasiado grave, a mi juicio, he cometido escribiéndola. A ser que consideren grave el verla en todos lados... ¿cuántas Arianas me he inventado en este tiempo?, o mejor ¿qué tantas me creé durante mi vida? Dejo esto aquí, pues tiene mucho que ver con el significado que puede tener Ariana como concepto abstracto para mí. Paso a preguntar, entonces, ¿cuál de todas es la que ves?

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo vigésimo sexto.+.+.+.+.+.+.
(Segunda parte)


La historia al fin descubierta era muy bonita. Un escultor que se convierte en juguetero para cumplir su sueño. A Ariana le encantaba dicho personaje, y a la muñeca también. Ambas coincidían en que era un buen hombre. Pero tal vez les agradaba más porque conocerlo les había tomado bastante tiempo. Él ya era un conocido para ellas, formaba parte de su universo lúdico y a veces lo veían pasar por la calle con su ropa de faena, lo saludaban y él contestaba muy amablemente. Su madre no tenía ni idea, ella no lo conocía puesto que aún no se había permitido abrir el libro. Tal vez en alguna otra ocasión, si Ariana se atreve a prestárselo.
Pero ahora era ella la que descubría la historia. Perdón, ellas, que la muñeca estaba ahí siempre. Su madre aún no llegaba. Se le hacía tarde, o esa sensación le daba su ahora fluida lectura.
“Con el tiempo logró construir una gran casa de juguetes. Los había de todo tipo, y lo suficientemente carismáticos como para atrapar a cualquier niño. Su efecto era tal que empezaron a tejerse rumores acerca de que su juguetería estaba encantada.”
“Pronto envejeció, pero no así el efecto de sus obras. Tuvo discípulos, muchos, pero solo uno era constante. Solo uno de ellos tenía un amor especial hacia lo que hacía, y preferiría siempre ese trabajo a cualquier otro, aunque requiriera un gran tiempo. Solo él, además del anciano, comprendía lo mágico de la juguetería y era consciente de que nada de maligno podía haber en una, a menos que no fuera una juguetería, sino una tienda de rarezas. A él el anciano lo quería como a un hijo, y el hombre a éste como a un padre. Se habían apoyado en los momentos más difíciles: cuando el hijo del hombre murió antes de nacer y cuando la esposa del anciano no volvió a abrir los ojos.”
“El hombre recuerda su negativa a guardar luto porque ‘no hay que interrumpir la felicidad de los otros’. Era fuerte, siempre lo fue, y esta vez lo demostraba aún más.”
“La juguetería está encantada. El rumor comenzó a expandirse rápidamente luego de estos trágicos hechos. El culpable era el discípulo del anciano. ‘Los juguetes escogen a los niños, no al revés’. Decía cada vez que alguien venía a la tienda y era él quien se encargaba de atenderlo. ‘La juguetería está encantada o ese hombre está chiflado’, pensaban. El anciano estaba enfermo por aquellos días y le había dicho ‘hazte cargo. Tengo otros asuntos’. Algo demasiado extraño, pues nunca antes había dejado su trabajo. El hombre temió y comenzó a visitarlo más seguido. Uno de esos días, el juguetero se compadeció de él y le reveló su secreto: ‘No hay que alarmarse, es solo una muñeca’, le dijo en su improvisado taller personal, que cuando no era taller las hacía de habitación, ‘Es lo que hacía mi esposa. No llegó a terminarla’. Había algo de mágico en esas palabras. Era una muñeca de trapo,  muy hermosa. Su valor debía ser mínimo, pero constituía algo muy preciado para el anciano, o al menos eso era lo que sentía su discípulo, pues cada vez que llegaba a verlo estaba con la muñeca, como si fuera su hija. Temió aún más que estuviera enloqueciendo, por lo que se sorprendió cuando, con una gran convicción, el anciano se la entregó. ‘Ponla a la venta’, dijo, ‘yo ya estoy viejo, he sido lo suficientemente feliz’. Poco después, el anciano murió.”
Ariana se sentía identificada. Aquella muñeca era como la suya. Pero también sentía mucha pena por el anciano. ¿Qué sería ahora de la juguetería? Aquél hombre quedaría a cargo, pero no era suficiente. Los tiempos habían cambiado para él en la historia. Ahora había grandes industrias jugueteras y nada más. Los niños siempre las preferían. Ya nadie veía el carisma en la juguetería del anciano y las ventas cayeron. La gran casa se redujo a una pequeña tienda artesanal. La muñeca aún no era vendida… y su madre no llegaba. Ya era tarde, o eso parecía. Era una sensación extraña para ella.
“Ahora la juguetería estaba realmente encantada por el espíritu de los esposos jugueteros, que se mantenía vivo gracias al trabajo del discípulo, aunque no hubiera podido mantenerla en lo alto. Él lo sabía, que con él se terminaría esa historia. Ya no había nadie que continuara el trabajo con las mismas ganas. Ya no.”
Ya es tarde y aún quedan páginas por leer. En su mente resuenan las palabras del anciano, como si las hubiera escuchado. “No hay que alarmarse, es solo una muñeca”.  Mira la suya y repite “solo una muñeca…” y se siente triste, no porque sea una muñeca, sino porque el anciano muriera. Deberían aprender a escribir cuentos, matar así a un personaje tan bueno era algo innecesario… las cosas comenzaban a perder sentido. El anciano tenía un sueño, un sueño. El joven discípulo lo compartía, pero se enfrentaba a malos tiempos. Y ahora estaba la muñeca, que debía vender, lo que podría tomar días, o meses, dependiendo de la cantidad de gente que atravesara esa mágica puerta de entrada. “Ponla a la venta”. Ariana quería comprar también esa muñeca. Estaba demasiado sola. Quería ingresar a la historia y hacerle compañía. Allí se acompañaba con el joven juguetero, pero no era el caso. Debía ser vendida. “Ponla a la venta”, el gran sacrificio del anciano, tal vez su renuncia a la vida, tal vez su renuncia a la muerte, reflejada en la figura de su esposa y una enorme nostalgia.
>> Su madre estaba con ella. Siempre lo estuvo. Y ahora más que nunca, no por los pendientes, sino porque había logrado comprenderlo.
“No hay que alarmarse…”, le decía el anciano, pues la sensación de que era tarde no se le había quitado, que ya fuera a dormir, que luego continuaría. Y les decía a ambas, a ella y a la muñeca, que era posible que aquella fuera su propia historia. Algo inconveniente si quería que fueran a dormir. Solo provocaba un interés mayor en la historia. Querían saber qué les esperaba, qué había detrás de la siguiente página, y la siguiente, y la siguiente, y la siguiente… El anciano ya no estaría presente, pero querían saber, no podrían abandonar el joven discípulo de esa manera, no se lo perdonarían. Él, pobre hombre, pasando por una situación tan difícil. Pero era tarde. ¿Viajarán? ¿Se sumergirán nuevamente en el mundo de la  juguetería encantada, que se mantenía viva aunque cada vez más ausente? ¿Viajarían? Mamá no llegaba. Pero habían viajado ya muchas veces, y a muchos lugares, con o sin el tren de almohadas, con o sin la fiesta de bienvenida del payaso. Lo único que no podía faltar nunca era el anciano cartero, que las hacía muy bien de conductor. Ahora que lo piensan, se parecen mucho. Tal vez sean el mismo, aquél cartero y el anciano juguetero. Tal vez el anciano siempre estuvo ahí, y eso era reconfortante. ¿Viajarían? Solo faltaba subirse al tren, esta vez no de almohadas sino de palabras, y todo comenzaría. Sí, solo necesitaban una ayuda, un pequeño empujoncito que las llevara a concluir “sí, viajaré”. Y esperaban y esperaban aquella señal tanto como a su madre. No irían a dormir. Viajarían, era un hecho, solo faltaba el elemento clave, tal vez las palabras mágicas de su madre diciendo “ya llegué”, si no era un desconcertante “ve a dormir”. O quizá no. Quizá era algo que iba más allá de su entendimiento. Solo tenían que volver la mirada al libro y continuar la lectura. Solo así viajarían. Y conocerían el final, y serían felices, o sentirían nostalgia por haberse acabado libro tan especial. Un empujoncito que cada vez parecía más lejano, pero que nunca lo estuvo.
Ariana creyó escuchar algo.

— ¿A dónde la llevo, señorita? —dijo el anciano luego de una leve risa— ¿viajará o no? —insistió sonriendo.
No pudo evitar ser presa de la duda. El teléfono sonó. Era “él”. Una sonrisa se dibujó en su rostro.
— ¿Viajará, señorita?
— A la Plaza. Vamos para allá —dijo mientras presionaba el botón de contestar.

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Bueno, eso es lo que tenemos Ariana y yo para ustedes. Espero que les haya gustado la serie, o al menos el capítulo. Gracias por leer [ =) ]

viernes, 21 de octubre de 2011

Ariana: Capítulo 26-1

No sé qué decir. Estar tan cerca del final de Ariana me hace sentir extraño. ¿Qué haré de ahora en adelante? ¿En quién pensaré para pasar el tiempo? En la entrada anterior aclaré que ambos teníamos libertad. Y sí, somos libres...~♫~ y pueden seguir cantando, si desean. El problema es la costumbre. Me he acostumbrado a trabajar en ese proyecto, y cómo no, habiendo pasado tanto tiempo, es normal. Ariana, Ariana, yo no tengo palabras hoy.
Bien, les presento la penúltima publicación de esta historia:

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo vigésimo sexto.+.+.+.+.+.+.
(Primera parte)



Recuperar la muñeca fue un alivio para ambas. Para Ariana porque sus ánimos volvieron y podría jugar nuevamente con ella. Para su madre porque ya no tendría que lidiar con el desgano y la apatía de su hija. Así, los días transcurrieron como antes, pero no igual , pues ningún día se parece a otro.
Los juegos de Ariana continuaron casi inmediatamente después de haber recuperado a Ariana (la muñeca, obviamente). Ese día, al irse los novios, estuvo jugando con ella y sus otros juguetes. Al parecer había preparado una fiesta de bienvenida. “¡Sorpresa!” gritaban todos ellos, como si aquél fuera su cumpleaños y la bienvenida fuera más una fiesta sorpresa. Faltaban los globos, las serpentinas y los gorros de cumpleaños, pero no hacían mucha falta. Tenían una invitada esta vez, la otra niña que vivía por momentos con Ariana: su madre, quien miraba pasivamente el juego con una sonrisa. “Creo que hace falta limonada”, diría en algún momento, lo cual le valdría la ovación de todos los presentes, aunque la verdad es que tenía sueño y pensó que dicha bebida la ayudaría a estar despierta un rato más, pues ella también se divertía observando la fiesta.
Pronto llegó, sin embargo, la hora en que su yo adulta salió a relucir. “Bueno, niña, ya es tarde, ve a dormir”. El sueño parece ser, en este caso, un despertador del orgullo adulto y un adormecedor del júbilo infantil. Ariana se rehusó. “Es tarde, ¿no entiendes?, ve a acostarte, mañana te levantas temprano”. Solo entonces accedió, cuando recordó lo fastidioso que le resultaba salir de la cama, aunque su disgusto no se esfumó, simplemente cambió de dirección: ya no estaba dirigido a la madre, sino a la escuela.
Un día, de vuelta de la escuela, Ariana estaba muy contenta. Su madre le había entregado un regalo, pero no cualquier regalo, un libro ilustrado. Tenía una pasta gruesa muy bonita, de color marrón claro. Llevaba grabado en la portada, muy grande y con letras bastante elegantes el título “La juguetería encantada”. Sin embargo, todo esto se hacía mínimo frente a la idea de que era un regalo de parte de su padre. A eso se debía su felicidad, más que a otra cosa. Desconocía que el mensaje implícito del regalo era “ya es hora de que aprendas a leer”, claro que se refería al hábito más que a la habilidad, pues ésta ya la estaba adquiriendo en la escuela, poco a poco. Lo que quiso, en cambio, fue enseñarle a la muñeca, ella sí que necesitaba aprender a leer.
Cada tarde, después de que su madre la dejara en casa, almorzaran —si lo hacían juntas, claro, pues solía darse la ocasión de que Ariana almorzaba sola; la madre le dejaba algo preparado y se iba de inmediato. Por la noche casi no comían, solo algunas galletas y agua, y cada una por su cuenta— y partiera al trabajo, después de jugar un rato con el tren de almohadas, de viajar por dimensiones o tener aventuras, se sentaban ambas Arianas en el sillón y abrían el libro. “L…a Ju…gu…e…te…ria… ¡ay! Nooo, se dice ‘juguetería’”, le corregía a la muñeca, como si fuera ella la del error.  Y nuevamente, “No, no, no, no, mejor de nuevo…”, un par de veces, hasta que memorizara el título y fuera capaz de leerlo de corrido.
Su lenta velocidad de lectura le valía el no poder terminar nunca el libro antes de que llegara su madre y anunciara que ya era tarde. A veces encontraba palabras que no conocía y se lo comunicaba. Ésta le respondía de inmediato. Era de gran ayuda.
Aquella noche, la noche en que tanto niña como muñeca eran capaces de leer casi todo el libro de corrido, la noche en que les hacía falta solo un par de páginas fue que por fin disfrutaron realmente de la historia.
“Hace mucho tiempo llegó a la ciudad un joven escultor. Era uno de los mejores de donde venía, pero abandonó su pueblo en compañía de su esposa para dejar atrás esa vida tan onerosa, en la que su obra servía solo a los más ricos mientras que a los demás no les quedaba más que mirar. Él quería hacer algo por la gente más humilde, pero en su lugar de origen no había caso. Todos lo reconocían como Escultor, además de que lo que hacía difícilmente trascendería fronteras. La ciudad era su respuesta. Debía llegar allá, donde no era conocido, y forjarse una nueva vida…”
>> Ariana al fin pudo salir a jugar. Llevaba puestos los pendientes de su madre, lo cual llamó la atención de sus primos, pero no era momento de mirar pendientes. “¿Qué jugamos?”, intervino el hermano mayor. “¡Escondidas!, ¡escondidas!”, dijo animada la pequeña. “Ya, ¿juegas?”,  preguntó aquél a Ariana. Ésta asintió con un ligero movimiento de pendientes, también de cabeza, pero lo que resaltaba aquí eran los lindos pendientes que tenía: brillaban con el sol y adornaban la expresión de Ariana, que lucía ciertamente “muy bonita”, tal y como lo había dicho su tía.
>> “¡Yo cuento!”, dijo de pronto el niño. “No importa dónde se escondan, igual las voy a encontrar. Siempre encuentro a todos”, se enorgullecía de su habilidad para el juego. Se conocía cada rincón del lugar, y nunca había tenido que rendirse. De la misma forma cuando se escondía, si no se rendían, tardaban mucho en encontrarlo, tiempo en el que él tal vez se pasara de lugar en lugar sin ser visto. Como un camaleón.
>> “¡Ya!”. El juego comenzó. Ariana siguió a la pequeña… quería asegurarse de que estuviera bien. Cuando estuvieron bien escondidas, detrás de unos arbustos frente a una gran roca, la niña le dijo lo inconveniente de su acto. “Nos encontrará más rápido si estamos juntas”. Ella solo sonrió. “9, ¡10! ¡Allá voy!”. No era recomendable hablar en ese momento, cualquier ruido sería fatal.
“Allá en la ciudad encontraría una nueva oportunidad, ya no como escultor, sino como juguetero. Quería hacer felices a los niños. Sin embargo, las cosas no fueron tan sencillas. Tuvo que comenzar en un taller muy pequeño que a la vez le servía de habitación única. Exhibía sus trabajos por las mañanas, afuera de la casa, en una repisa que él mismo hizo. Se sentaba en una silla y comenzaba a silbar, que era su afición…”
>> Aquel silencio era agradable. El juego era agradable, le permitía no simplemente pensar en el juego, sino ocupar su mente en otras cosas. A ella no le importaba mucho ganar o perder, después de todo. Pensaba en su madre, en los pocos recuerdos que tenía de ella y en los pendientes que tenía puestos. En la expresión de su padre, llena de amor y nostalgia, el gesto noble de su tía, y nuevamente en su padre. Su expresión la había asombrado mucho. Nunca antes lo vio así hasta ahora: tan callado y sumiso y a la vez tan feliz, tal vez por ver en Ariana un fiel reflejo de su madre, tal vez por algún otro recuerdo con ella. Tenía amor en los ojos, pero ninguna lágrima.
>> ¿Cómo habría sido su madre cuando tenía su edad? ¿Tan igual a ella como acababa de decir su tía? Por raro que parezca, imaginarlo así se le hacía sumamente difícil, y es que es casi imposible verse uno mismo duplicado fielmente en otro, pues éste dejaría de ser otro, ¿cómo podría serlo si es prácticamente el mismo? No es como verse al espejo, en el que la realidad se invierte, de ahí lo difícil. Ella… ¿su madre?, ¿ella misma? Ariana reía, pues le hacía gracia que pudiera haber existido alguien exactamente igual a ella. Exageraba en su pensamiento, obviamente, pero se sentía bien. Aunque nunca podría definirla por completo, parecerse a ella la hacía sentir que estaban juntas todo el tiempo, que nunca la había perdido.
“No necesitó mucho tiempo para hacerse conocido. No había niño que no se detuviera a mirar sus juguetes, y menos aquél que no le contara a sus padres lo bonitos que eran. Claro que no todos ellos tenían la oportunidad de comprar uno. Algunos parecían contentarse solo con mirarlos. No tenían dinero para darse esos gustos. Cosa que advirtió muy pronto el joven artesano. A los pocos días, estaba regalando pequeños juguetes a los niños más pobres. Este gesto aumentó su popularidad y le hizo mucho bien a su trabajo.”

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Eso ha sido todo por esta vez. Espero que les haya agradado. Con respecto a lo que sigue, será publicado la semana siguiente, en viernes. ¡Adiós!

Ir al capítulo anterior                    Segunda parte

viernes, 13 de mayo de 2011

Ariana: Capítulo 16

Estoy perdido. Por aquí no hay nada que me brinde la confianza suficiente como para moverme. Tal vez debería pedir ayuda, pero dudo de mover los labios. ¿Los muevo? Seguro pensarás que estoy loco. Sí, seguramente. Y seguro que te preguntarás "¿y cómo demonios escribes?, ¡inútil!". No te culpo. Seguro no sabes que la tecnología más moderna permite escribir mentalmente una entrada en Blogger. Pero, ¿qué sabes tú? Es más que claro que ahora mismo deliro, para ti. No te culpo. Sin embargo, he recordado que yo, aquí, en este lugar desconocido, aún tengo un referente de confianza. Sí, y no estoy loco. He descubierto, aunque parezca extraño, que estoy aquí. Así pues, me moveré... Y ésta es mi primera movida...

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo décimo sexto.+.+.+.+.+.+.


Era complicado entender a qué se refería con ese “no llores”.  “No lloro. Quien llora eres tú. Vamos, dinos qué te pasa”, le había dicho el hombre de smoking, pero obtenía la misma respuesta. Él no lloraba, al menos no en ese momento. Estuvo a punto de hacerlo hace un rato, cuando supo que no estaba solo; sin embargo, no fue entonces que el tren se detuvo. Él no lloraba, de eso estaba seguro. Tal vez se refería al viejo, si no a la jovencita. Pero no.
— Ninguno aquí anda lloriqueando —dijo el conductor mirando bien a Ariana—. ¿Qué tal si se refiere a otro? De todas formas, no es buena idea ir revisando a todo el mundo —refunfuñó.
~No llores… No llores… No llores…~
Y el único llanto audible era el de la locomotora. Ya ninguno pensaba en una forma de reparar el tren, ni mucho menos en calmar al tren con palabras de aliento. Empezaban a creer que se comunicaba con un código distinto al cotidiano. Eso los mantuvo callados, y eso mismo calló también los silbidos.
— Tal vez no se refiera a que alguien llora, sino a que alguien está triste —dijo Ariana, provocando un gesto de consternación en sus compañeros.
— Maldita máquina… —volvió a irritarse el anciano—. Yo me voy a dormir. Un viejo como yo ya no está para estas cosas… ¡Habrase visto!, una máquina rebelándose contra un viejo… Seguro es un sueño. Seguro. No puede ser cierta tremenda estupidez — y subió a la locomotora, abrió la puerta que daba al otro ambiente y la cerró sin la más mínima intención de salir hasta el día siguiente.
—Probablemente le fastidia tener que pensar —dijo el hombre del smoking intentando hacer menos tensa la situación. Ariana no sonrió, como supuso. El sentimiento de inutilidad empezaba a invadirlo nuevamente, así que prefirió no verla por un momento, esperando calmar su angustia.
>> Su posición con respecto al asiento trasero era bastante incómoda; cayó apoyada al respaldar con el cuello doblado a noventa grados y las piernas colgadas. Por suerte, no sentía nada de eso, así que no tenía problemas. Además, a pesar de tener las piernas en su campo visual, podía ver algunas de las actitudes de aquella madre y su caprichosa hija. “Tal vez, si me hubiera ido con él… no habría pasado nada de esto”, se le ocurrió a Ariana en el transcurso del viaje.
>>Pero era imposible tanto ahora como entonces, aquella noche en que su amor quedó disociado por la inminencia de un viaje. Nada podía hacer ahora. Por un momento tuvo ganas de llorar, pero no pudo. Apenas sintió nostalgia. Sin embargo, su memoria aún guardaba sensaciones. Es así que su nostalgia era profunda, indescriptible.
— Alguien debe estar triste desde esta mañana… —musitó Ariana.
— Muchos… La gente se emociona, despide y llora en las estaciones de tren, es lo más común —dijo el hombre del smoking—. Sentirse triste por una partida… —suspiró.
— Pero su tristeza debe ser muy profunda, señor… Quizá sea eso…
— ¿La mía? —contestó extrañado—. No es nada, preferí despedirme el día anterior —Ariana quiso decirle que había entendido mal, no obstante, prefirió callar al ver el estado de nostalgia del hombre. “¿Realmente lloraba por lo que pasó con la locomotora esta mañana?”, se preguntaba. Ella creía que existía otra razón… que había buscado inconscientemente una oportunidad para llorar. Pero esas ideas eran fugaces, no le duraban mucho porque no tenía forma de sustentarlas. El silencio reinó una vez más.
— ¡Hija! — escuchó de pronto. Era el padre de Ariana. Había despertado debido a los silbidos y, al no hallarla cerca, su preocupación aumentó al punto de desesperarlo. Se le acercó bruscamente y le dio un fuerte abrazo.
Ella no sabía qué decir. “Papá…” murmuró simplemente. Él le explicó su preocupación y cuestionó su salida. Luego llevó la mirada al hombre de smoking. “¿Quién es usted?” le dijo desafiante. No obtuvo respuesta. Éste solo lo observó fijamente y apartó la vista al horizonte.
— No importa, hija. Vámonos, ya es tarde. Mañana el tren partirá —dijo con seguridad. Ariana no pudo hacer nada, no podía levantar sospechas. Sabía que sería peor.
Así, lo dejaron solo. Encendió un cigarrillo y se sentó apoyado en la locomotora. “No llores”, volvió a escuchar. Sonrió.
— La llamaré cuando haya llegado.
Y, a pesar del frío de la noche, permaneció allí hasta el día siguiente.

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Espero que les haya agradado. Trataré de hacer algo mejor para los próximos capítulos. Gracias por leer. Au revoir!

jueves, 24 de febrero de 2011

Ariana: Capítulo 6

Mucho ha pasado esta semana. Especialmente entre ayer y hoy. Todo por este capítulo de Ariana. Sí, Ariana me provocó algunos cuestionamientos con respecto a su nuevo capítulo. Y me acosó toda la noche de ayer, miércoles... Tanto que tuve que detenerme mucho a pensarlo y provoqué una especie de confusión con respecto a ella entre ciertas personas... —nada grave, nada grave—. Al fin, hoy revisé el texto y lo modifiqué hasta que me sentí convencido de que era al menos aceptable. Tal vez Ariana me lo dijo al oído... tal vez.

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo sexto.+.+.+.+.+.+.


>>— Mira, hija —decía emocionado mientras señalaba una reproducción de pterodáctilo suspendida en el aire, sostenida por cadenas— ¿No es acaso impresionante esta escultura de pterodáctilo en tamaño real? Me intriga pensar solo en el tiempo que le han dedicado… y no es solo ésta. Todas las esculturas tienen la misma calidad. ¿Ves?
>>Ariana veía. Pero su atención era fácilmente quebrantada por el dodo. Y… ¿ahora un pterodáctilo? ¡Dios quiera que no empiece a moverse! Pero no se movía por mucho que lo mirara. Solo el dodo, que la seguía y seguía, como un curioso.
¿Que qué era ese lugar? Un taller. Ni más ni menos que el taller del anciano. Pero lo más curioso era que se parecía demasiado a como Ariana lo había imaginado en su niñez… o tal vez no se parecía, sino que era el mismo que había imaginado —producto de su imaginación, es decir—. Y ahora ella ya no estaba sorprendida ni anonadada, ahora estaba emocionada, tal vez hasta feliz.
A su izquierda había un gran tablero de madera con varios juguetes por terminar: algunas de las muñecas que no llegó a tener, caballitos con ruedas, autos a medio pintar, y así. Una vasta lista de cosas curiosas. A la derecha, además del anciano, había también un tablero, aunque más chico, y, al lado, una puerta. Muchas herramientas debajo de ambos tableros, dentro de algunos cajones de madera.
— Fantasía... —musitó.
El anciano le indicó hacer silencio.
Sonó una campanilla y la puerta se abrió.
— Parece que ya es hora de trabajar —dijo el juguetero. Y dos hombres pasaron al taller.
— ¡Vaya lío! Creo que me he salvado. Mi mujer ya casi no me tolera.
— Vamos, no seas pesimista —le contestó el segundo.
— No lo soy. Soy “realista”. Y sé que aquí me va mejor que en casa. En serio.
— Ya, hombre, mejor terminemos con lo de hoy o nos iremos a la quiebra.
Ambos rieron y comenzaron a trabajar. Trabajaban juntos en el tablero derecho. Uno se encargaba de tallar y pintar las piezas de los juguetes mientras que el otro las lijaba y armaba una vez listas.
Luego llegaron más. Unos cuatro más, que trabajaban individualmente. Uno de ellos llevaba una radio.
— La he sacado de allí. Ahora nadie nos puede alcanzar este artefacto así que creo que debería quedarse aquí — sonrió, la colocó a su lado y la encendió. Pronto el taller se llenó de alegría.
— Son buenos, ¿no cree? —preguntó Ariana. Pero no obtuvo respuesta. El anciano, en cambio, le señaló observarlos cuidadosamente.
Ella no veía nada, por supuesto, más que un grupo de hombres trabajando, algunos entonando la canción de la radio. ¿Qué quería el anciano que viera? ¿Algún detalle?, ¿acaso pasaría algo interesante entonces? Hizo esta última pregunta pero pareció no ser escuchada, así que no lo volvió a hacer. Se limitó a ver y esperar a que sucediera algo. El anciano, luego de unos minutos, se compadeció de su acompañante.
— Cierra los ojos —le dijo. Y ella lo hizo—. Ahora ábrelos.
Entonces vio. Vio a un niño que cogía del brazo a uno de los hombres, buscando llamar su atención. Y a una mujer que le gritaba al de su costado. Y a un débil anciano apoyarse en otro. Y a dos hombres que se burlaban del siguiente. Curiosamente, estas presencias ajenas al taller, no tenían voz, y, es más, tampoco parecían tener cuerpo. Eran como fantasmas. Y lo más extraño era que a dos de los trabajadores nadie los acompañaba de esa manera.
La música de la radio era lo único que Ariana escuchaba, además de las voces de los hombres del taller. Parecían alegres —una ironía para algunos, que estaban siendo presionados por algún fantasma—. Y ella se intrigaba por aquellos dos hombres, que parecían solitarios en medio de esa multitud.
— ¿Quieres verlos a ellos dos? —preguntó el anciano. Ariana asintió.
La banca de parque entonces comenzó a deslizarse por el piso, hasta el fondo del taller, donde estaban los dos a quienes querían ver.
Ya más cerca, pudo advertir que un perro se paseaba alrededor de la silla de uno de ellos. El otro, que era el que había traído la radio… no tenía nada en absoluto. Ningún fantasma.
— Todos tienen una razón para venir aquí —empezó a decir el anciano—, un fantasma que los sigue a donde vayan…
— ¿Y aquél?
— Él es un caso especial —sonrió. Y su sonrisa la calmaba cada vez más. Era una sonrisa que ocultaba gentilmente cosas prometidas de ser descubiertas luego. No necesitaba más respuesta. Una sonrisa le aclaraba muchas cosas.
El hombre sin fantasma trabajaba fervientemente, en silencio. Muy concentrado en lo que hacía, a pesar de la música, que sin embargo disfrutaba.

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Así es. El capítulo más problemático ha terminado. Los veo en el séptimo [ ;D ] Gracias por leer. ¡Adiós!