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viernes, 28 de octubre de 2011

Ariana: Capítulo 26-2

Aquí estoy. Por fin hemos llegado al final de Ariana. ¿Qué pasó? Varios meses, a decir verdad, unos... 10, casi un año. Buen tiempo en el que he tenido en la mente este proyecto, y durante el que he aprendido muchas cosas. Tiempo durante el que he construido y reconstruido la narración de Ariana, incluso cuando no escribía, sorteando entre miles de posibilidades una que nos convenciera a ambos. Ariana, Ariana... Un par de veces los planes tuvieron que cambiar, pero todo resultó bien. Nada demasiado grave, a mi juicio, he cometido escribiéndola. A ser que consideren grave el verla en todos lados... ¿cuántas Arianas me he inventado en este tiempo?, o mejor ¿qué tantas me creé durante mi vida? Dejo esto aquí, pues tiene mucho que ver con el significado que puede tener Ariana como concepto abstracto para mí. Paso a preguntar, entonces, ¿cuál de todas es la que ves?

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo vigésimo sexto.+.+.+.+.+.+.
(Segunda parte)


La historia al fin descubierta era muy bonita. Un escultor que se convierte en juguetero para cumplir su sueño. A Ariana le encantaba dicho personaje, y a la muñeca también. Ambas coincidían en que era un buen hombre. Pero tal vez les agradaba más porque conocerlo les había tomado bastante tiempo. Él ya era un conocido para ellas, formaba parte de su universo lúdico y a veces lo veían pasar por la calle con su ropa de faena, lo saludaban y él contestaba muy amablemente. Su madre no tenía ni idea, ella no lo conocía puesto que aún no se había permitido abrir el libro. Tal vez en alguna otra ocasión, si Ariana se atreve a prestárselo.
Pero ahora era ella la que descubría la historia. Perdón, ellas, que la muñeca estaba ahí siempre. Su madre aún no llegaba. Se le hacía tarde, o esa sensación le daba su ahora fluida lectura.
“Con el tiempo logró construir una gran casa de juguetes. Los había de todo tipo, y lo suficientemente carismáticos como para atrapar a cualquier niño. Su efecto era tal que empezaron a tejerse rumores acerca de que su juguetería estaba encantada.”
“Pronto envejeció, pero no así el efecto de sus obras. Tuvo discípulos, muchos, pero solo uno era constante. Solo uno de ellos tenía un amor especial hacia lo que hacía, y preferiría siempre ese trabajo a cualquier otro, aunque requiriera un gran tiempo. Solo él, además del anciano, comprendía lo mágico de la juguetería y era consciente de que nada de maligno podía haber en una, a menos que no fuera una juguetería, sino una tienda de rarezas. A él el anciano lo quería como a un hijo, y el hombre a éste como a un padre. Se habían apoyado en los momentos más difíciles: cuando el hijo del hombre murió antes de nacer y cuando la esposa del anciano no volvió a abrir los ojos.”
“El hombre recuerda su negativa a guardar luto porque ‘no hay que interrumpir la felicidad de los otros’. Era fuerte, siempre lo fue, y esta vez lo demostraba aún más.”
“La juguetería está encantada. El rumor comenzó a expandirse rápidamente luego de estos trágicos hechos. El culpable era el discípulo del anciano. ‘Los juguetes escogen a los niños, no al revés’. Decía cada vez que alguien venía a la tienda y era él quien se encargaba de atenderlo. ‘La juguetería está encantada o ese hombre está chiflado’, pensaban. El anciano estaba enfermo por aquellos días y le había dicho ‘hazte cargo. Tengo otros asuntos’. Algo demasiado extraño, pues nunca antes había dejado su trabajo. El hombre temió y comenzó a visitarlo más seguido. Uno de esos días, el juguetero se compadeció de él y le reveló su secreto: ‘No hay que alarmarse, es solo una muñeca’, le dijo en su improvisado taller personal, que cuando no era taller las hacía de habitación, ‘Es lo que hacía mi esposa. No llegó a terminarla’. Había algo de mágico en esas palabras. Era una muñeca de trapo,  muy hermosa. Su valor debía ser mínimo, pero constituía algo muy preciado para el anciano, o al menos eso era lo que sentía su discípulo, pues cada vez que llegaba a verlo estaba con la muñeca, como si fuera su hija. Temió aún más que estuviera enloqueciendo, por lo que se sorprendió cuando, con una gran convicción, el anciano se la entregó. ‘Ponla a la venta’, dijo, ‘yo ya estoy viejo, he sido lo suficientemente feliz’. Poco después, el anciano murió.”
Ariana se sentía identificada. Aquella muñeca era como la suya. Pero también sentía mucha pena por el anciano. ¿Qué sería ahora de la juguetería? Aquél hombre quedaría a cargo, pero no era suficiente. Los tiempos habían cambiado para él en la historia. Ahora había grandes industrias jugueteras y nada más. Los niños siempre las preferían. Ya nadie veía el carisma en la juguetería del anciano y las ventas cayeron. La gran casa se redujo a una pequeña tienda artesanal. La muñeca aún no era vendida… y su madre no llegaba. Ya era tarde, o eso parecía. Era una sensación extraña para ella.
“Ahora la juguetería estaba realmente encantada por el espíritu de los esposos jugueteros, que se mantenía vivo gracias al trabajo del discípulo, aunque no hubiera podido mantenerla en lo alto. Él lo sabía, que con él se terminaría esa historia. Ya no había nadie que continuara el trabajo con las mismas ganas. Ya no.”
Ya es tarde y aún quedan páginas por leer. En su mente resuenan las palabras del anciano, como si las hubiera escuchado. “No hay que alarmarse, es solo una muñeca”.  Mira la suya y repite “solo una muñeca…” y se siente triste, no porque sea una muñeca, sino porque el anciano muriera. Deberían aprender a escribir cuentos, matar así a un personaje tan bueno era algo innecesario… las cosas comenzaban a perder sentido. El anciano tenía un sueño, un sueño. El joven discípulo lo compartía, pero se enfrentaba a malos tiempos. Y ahora estaba la muñeca, que debía vender, lo que podría tomar días, o meses, dependiendo de la cantidad de gente que atravesara esa mágica puerta de entrada. “Ponla a la venta”. Ariana quería comprar también esa muñeca. Estaba demasiado sola. Quería ingresar a la historia y hacerle compañía. Allí se acompañaba con el joven juguetero, pero no era el caso. Debía ser vendida. “Ponla a la venta”, el gran sacrificio del anciano, tal vez su renuncia a la vida, tal vez su renuncia a la muerte, reflejada en la figura de su esposa y una enorme nostalgia.
>> Su madre estaba con ella. Siempre lo estuvo. Y ahora más que nunca, no por los pendientes, sino porque había logrado comprenderlo.
“No hay que alarmarse…”, le decía el anciano, pues la sensación de que era tarde no se le había quitado, que ya fuera a dormir, que luego continuaría. Y les decía a ambas, a ella y a la muñeca, que era posible que aquella fuera su propia historia. Algo inconveniente si quería que fueran a dormir. Solo provocaba un interés mayor en la historia. Querían saber qué les esperaba, qué había detrás de la siguiente página, y la siguiente, y la siguiente, y la siguiente… El anciano ya no estaría presente, pero querían saber, no podrían abandonar el joven discípulo de esa manera, no se lo perdonarían. Él, pobre hombre, pasando por una situación tan difícil. Pero era tarde. ¿Viajarán? ¿Se sumergirán nuevamente en el mundo de la  juguetería encantada, que se mantenía viva aunque cada vez más ausente? ¿Viajarían? Mamá no llegaba. Pero habían viajado ya muchas veces, y a muchos lugares, con o sin el tren de almohadas, con o sin la fiesta de bienvenida del payaso. Lo único que no podía faltar nunca era el anciano cartero, que las hacía muy bien de conductor. Ahora que lo piensan, se parecen mucho. Tal vez sean el mismo, aquél cartero y el anciano juguetero. Tal vez el anciano siempre estuvo ahí, y eso era reconfortante. ¿Viajarían? Solo faltaba subirse al tren, esta vez no de almohadas sino de palabras, y todo comenzaría. Sí, solo necesitaban una ayuda, un pequeño empujoncito que las llevara a concluir “sí, viajaré”. Y esperaban y esperaban aquella señal tanto como a su madre. No irían a dormir. Viajarían, era un hecho, solo faltaba el elemento clave, tal vez las palabras mágicas de su madre diciendo “ya llegué”, si no era un desconcertante “ve a dormir”. O quizá no. Quizá era algo que iba más allá de su entendimiento. Solo tenían que volver la mirada al libro y continuar la lectura. Solo así viajarían. Y conocerían el final, y serían felices, o sentirían nostalgia por haberse acabado libro tan especial. Un empujoncito que cada vez parecía más lejano, pero que nunca lo estuvo.
Ariana creyó escuchar algo.

— ¿A dónde la llevo, señorita? —dijo el anciano luego de una leve risa— ¿viajará o no? —insistió sonriendo.
No pudo evitar ser presa de la duda. El teléfono sonó. Era “él”. Una sonrisa se dibujó en su rostro.
— ¿Viajará, señorita?
— A la Plaza. Vamos para allá —dijo mientras presionaba el botón de contestar.

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Bueno, eso es lo que tenemos Ariana y yo para ustedes. Espero que les haya gustado la serie, o al menos el capítulo. Gracias por leer [ =) ]

viernes, 21 de octubre de 2011

Ariana: Capítulo 26-1

No sé qué decir. Estar tan cerca del final de Ariana me hace sentir extraño. ¿Qué haré de ahora en adelante? ¿En quién pensaré para pasar el tiempo? En la entrada anterior aclaré que ambos teníamos libertad. Y sí, somos libres...~♫~ y pueden seguir cantando, si desean. El problema es la costumbre. Me he acostumbrado a trabajar en ese proyecto, y cómo no, habiendo pasado tanto tiempo, es normal. Ariana, Ariana, yo no tengo palabras hoy.
Bien, les presento la penúltima publicación de esta historia:

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo vigésimo sexto.+.+.+.+.+.+.
(Primera parte)



Recuperar la muñeca fue un alivio para ambas. Para Ariana porque sus ánimos volvieron y podría jugar nuevamente con ella. Para su madre porque ya no tendría que lidiar con el desgano y la apatía de su hija. Así, los días transcurrieron como antes, pero no igual , pues ningún día se parece a otro.
Los juegos de Ariana continuaron casi inmediatamente después de haber recuperado a Ariana (la muñeca, obviamente). Ese día, al irse los novios, estuvo jugando con ella y sus otros juguetes. Al parecer había preparado una fiesta de bienvenida. “¡Sorpresa!” gritaban todos ellos, como si aquél fuera su cumpleaños y la bienvenida fuera más una fiesta sorpresa. Faltaban los globos, las serpentinas y los gorros de cumpleaños, pero no hacían mucha falta. Tenían una invitada esta vez, la otra niña que vivía por momentos con Ariana: su madre, quien miraba pasivamente el juego con una sonrisa. “Creo que hace falta limonada”, diría en algún momento, lo cual le valdría la ovación de todos los presentes, aunque la verdad es que tenía sueño y pensó que dicha bebida la ayudaría a estar despierta un rato más, pues ella también se divertía observando la fiesta.
Pronto llegó, sin embargo, la hora en que su yo adulta salió a relucir. “Bueno, niña, ya es tarde, ve a dormir”. El sueño parece ser, en este caso, un despertador del orgullo adulto y un adormecedor del júbilo infantil. Ariana se rehusó. “Es tarde, ¿no entiendes?, ve a acostarte, mañana te levantas temprano”. Solo entonces accedió, cuando recordó lo fastidioso que le resultaba salir de la cama, aunque su disgusto no se esfumó, simplemente cambió de dirección: ya no estaba dirigido a la madre, sino a la escuela.
Un día, de vuelta de la escuela, Ariana estaba muy contenta. Su madre le había entregado un regalo, pero no cualquier regalo, un libro ilustrado. Tenía una pasta gruesa muy bonita, de color marrón claro. Llevaba grabado en la portada, muy grande y con letras bastante elegantes el título “La juguetería encantada”. Sin embargo, todo esto se hacía mínimo frente a la idea de que era un regalo de parte de su padre. A eso se debía su felicidad, más que a otra cosa. Desconocía que el mensaje implícito del regalo era “ya es hora de que aprendas a leer”, claro que se refería al hábito más que a la habilidad, pues ésta ya la estaba adquiriendo en la escuela, poco a poco. Lo que quiso, en cambio, fue enseñarle a la muñeca, ella sí que necesitaba aprender a leer.
Cada tarde, después de que su madre la dejara en casa, almorzaran —si lo hacían juntas, claro, pues solía darse la ocasión de que Ariana almorzaba sola; la madre le dejaba algo preparado y se iba de inmediato. Por la noche casi no comían, solo algunas galletas y agua, y cada una por su cuenta— y partiera al trabajo, después de jugar un rato con el tren de almohadas, de viajar por dimensiones o tener aventuras, se sentaban ambas Arianas en el sillón y abrían el libro. “L…a Ju…gu…e…te…ria… ¡ay! Nooo, se dice ‘juguetería’”, le corregía a la muñeca, como si fuera ella la del error.  Y nuevamente, “No, no, no, no, mejor de nuevo…”, un par de veces, hasta que memorizara el título y fuera capaz de leerlo de corrido.
Su lenta velocidad de lectura le valía el no poder terminar nunca el libro antes de que llegara su madre y anunciara que ya era tarde. A veces encontraba palabras que no conocía y se lo comunicaba. Ésta le respondía de inmediato. Era de gran ayuda.
Aquella noche, la noche en que tanto niña como muñeca eran capaces de leer casi todo el libro de corrido, la noche en que les hacía falta solo un par de páginas fue que por fin disfrutaron realmente de la historia.
“Hace mucho tiempo llegó a la ciudad un joven escultor. Era uno de los mejores de donde venía, pero abandonó su pueblo en compañía de su esposa para dejar atrás esa vida tan onerosa, en la que su obra servía solo a los más ricos mientras que a los demás no les quedaba más que mirar. Él quería hacer algo por la gente más humilde, pero en su lugar de origen no había caso. Todos lo reconocían como Escultor, además de que lo que hacía difícilmente trascendería fronteras. La ciudad era su respuesta. Debía llegar allá, donde no era conocido, y forjarse una nueva vida…”
>> Ariana al fin pudo salir a jugar. Llevaba puestos los pendientes de su madre, lo cual llamó la atención de sus primos, pero no era momento de mirar pendientes. “¿Qué jugamos?”, intervino el hermano mayor. “¡Escondidas!, ¡escondidas!”, dijo animada la pequeña. “Ya, ¿juegas?”,  preguntó aquél a Ariana. Ésta asintió con un ligero movimiento de pendientes, también de cabeza, pero lo que resaltaba aquí eran los lindos pendientes que tenía: brillaban con el sol y adornaban la expresión de Ariana, que lucía ciertamente “muy bonita”, tal y como lo había dicho su tía.
>> “¡Yo cuento!”, dijo de pronto el niño. “No importa dónde se escondan, igual las voy a encontrar. Siempre encuentro a todos”, se enorgullecía de su habilidad para el juego. Se conocía cada rincón del lugar, y nunca había tenido que rendirse. De la misma forma cuando se escondía, si no se rendían, tardaban mucho en encontrarlo, tiempo en el que él tal vez se pasara de lugar en lugar sin ser visto. Como un camaleón.
>> “¡Ya!”. El juego comenzó. Ariana siguió a la pequeña… quería asegurarse de que estuviera bien. Cuando estuvieron bien escondidas, detrás de unos arbustos frente a una gran roca, la niña le dijo lo inconveniente de su acto. “Nos encontrará más rápido si estamos juntas”. Ella solo sonrió. “9, ¡10! ¡Allá voy!”. No era recomendable hablar en ese momento, cualquier ruido sería fatal.
“Allá en la ciudad encontraría una nueva oportunidad, ya no como escultor, sino como juguetero. Quería hacer felices a los niños. Sin embargo, las cosas no fueron tan sencillas. Tuvo que comenzar en un taller muy pequeño que a la vez le servía de habitación única. Exhibía sus trabajos por las mañanas, afuera de la casa, en una repisa que él mismo hizo. Se sentaba en una silla y comenzaba a silbar, que era su afición…”
>> Aquel silencio era agradable. El juego era agradable, le permitía no simplemente pensar en el juego, sino ocupar su mente en otras cosas. A ella no le importaba mucho ganar o perder, después de todo. Pensaba en su madre, en los pocos recuerdos que tenía de ella y en los pendientes que tenía puestos. En la expresión de su padre, llena de amor y nostalgia, el gesto noble de su tía, y nuevamente en su padre. Su expresión la había asombrado mucho. Nunca antes lo vio así hasta ahora: tan callado y sumiso y a la vez tan feliz, tal vez por ver en Ariana un fiel reflejo de su madre, tal vez por algún otro recuerdo con ella. Tenía amor en los ojos, pero ninguna lágrima.
>> ¿Cómo habría sido su madre cuando tenía su edad? ¿Tan igual a ella como acababa de decir su tía? Por raro que parezca, imaginarlo así se le hacía sumamente difícil, y es que es casi imposible verse uno mismo duplicado fielmente en otro, pues éste dejaría de ser otro, ¿cómo podría serlo si es prácticamente el mismo? No es como verse al espejo, en el que la realidad se invierte, de ahí lo difícil. Ella… ¿su madre?, ¿ella misma? Ariana reía, pues le hacía gracia que pudiera haber existido alguien exactamente igual a ella. Exageraba en su pensamiento, obviamente, pero se sentía bien. Aunque nunca podría definirla por completo, parecerse a ella la hacía sentir que estaban juntas todo el tiempo, que nunca la había perdido.
“No necesitó mucho tiempo para hacerse conocido. No había niño que no se detuviera a mirar sus juguetes, y menos aquél que no le contara a sus padres lo bonitos que eran. Claro que no todos ellos tenían la oportunidad de comprar uno. Algunos parecían contentarse solo con mirarlos. No tenían dinero para darse esos gustos. Cosa que advirtió muy pronto el joven artesano. A los pocos días, estaba regalando pequeños juguetes a los niños más pobres. Este gesto aumentó su popularidad y le hizo mucho bien a su trabajo.”

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Eso ha sido todo por esta vez. Espero que les haya agradado. Con respecto a lo que sigue, será publicado la semana siguiente, en viernes. ¡Adiós!

Ir al capítulo anterior                    Segunda parte

viernes, 23 de septiembre de 2011

Ariana: Capítulo 24

Que el mundo está de cabeza, eso lo sabemos todos, si no, no existiría este blog, ni mucho menos yo. Aquí he comprobado muchas veces que estoy casi demente, que la cordura no es un estado común, o que tal vez es tan común que no lo parece, porque no es como si el mundo estuviera cuerdo. Juego de conceptos un poco extraño, pero útil si quieres llamar loco a alguien o decirle que no lo es aunque lo sea... en fin, rarezas. El hecho es que este estar de cabeza construye historias como Ariana, que lleva ya mucho tiempo por este blog, cosa que celebro y me agrada mucho. Este es ya el capítulo número 24, un gran logro, creo yo, pero las cosas se van haciendo cada vez más claras para mí: Ariana está por terminar. Sí, no es broma, ya casi se termina, pero está bien, podré superarlo, y sé que ustedes también. Así pues, he aquí el capítulo...

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo vigésimo cuarto+.+.+.+.+.+.


La fiesta transcurrió felizmente durante toda la noche. Nada les cambiaría esa felicidad, ni siquiera el no encontrar el muñeco de novio que se suponía que llevaba el pastel de bodas. Se veía solo a la novia, como si el casamiento fuera consigo misma o como si la celebración hubiera sido individual, caso en el que, seguramente, el novio también tendría un pastel propio con un muñeco en la parte superior; pero no era así, había uno solo y hasta hace poco habían constatado la presencia del novio —del muñeco novio, es decir—. Algo extraño, pues nadie nunca se dio cuenta de que alguien lo retirara —hay que aceptarlo, aquel pastel era muy bonito y llamaba mucho la atención—. Pero tenía que estar por ahí. Incluso si cobró vida no habría podido escapar: la puerta principal estaba cerrada y los muros del patio eran demasiado altos para un ser de su tamaño. Ya lo encontrarían luego. Total, un muñeco no era la parte principal de la celebración, y ninguno de ellos —o al menos no los novios— tenía creencias supersticiosas.
Ariana y su madre se fueron temprano. A ésta le preocupaba estar tan indispuesta que no pudiera vigilar a su hija (“el trabajo no cuenta”). Su orgullo le decía que ella era la madre —se lo confirmaba, es decir— y que los papeles no podían invertirse, que una niña no podría hacerse cargo de su madre, salvo en alguna novela realista, que poco de realista tendría, pues “esas cosas no deberían pasar” —aquí hay que señalar lo que entendía por realista la madre de Ariana: una expresión de la realidad ideal, de lo real auténtico y no de lo real desagradable, que eso era más una especie de blasfemia a la propia humanidad—. Así es que era su deber cumplir su rol de madre y llevar a su hija a casa para asegurarse de su bienestar, que aunque estuviera ésta muy cómoda en la habitación de invitados, no podría compararse tal situación a la del propio hogar. Además, sabía que el alcohol la terminaría por derrumbar, incluso cuando tomaba de a pocos y le daba un tiempo prolongado de vida a cada copa. Aprovechó su lúcida conciencia y fue en busca de Ariana. Era hora de irse.
Llegaron a casa a salvo, mamá era muy buena conduciendo, cosa que desmentiría por completo el popular dicho de que una mujer al volante es un peligro, y las cosas terminarían peor para los creyentes en dicho folklore si supieran que acababa de salir de una fiesta de bodas. Claro, era probable, pese a su lucidez, que el alcohol en su sangre estuviera por los límites de lo permitido, pero no lo estaba, aunque resulte increíble, no lo estaba. En medio del viaje, que es más bien corto, se acercó un policía a pedirle identificación y hacerle la famosa prueba antidoping, y bien, negativo, ése fue el resultado. Es como si hubiera desarrollado la capacidad de controlar el nivel de alcohol en su sangre, pues nunca había obtenido una multa por eso, una habilidad digna de ser estudiada por los parapsicólogos, o tal vez no… El hecho es que llegaron a salvo. Ariana fue llevada a su habitación y acomodada en su cama, luego su madre haría lo mismo, estaba bastante cansada —sí, conversar y reír con amigos también cansa.
A la mañana siguiente ocurriría algo impresionante. Muy temprano, la niña levantó a su madre con un grito. “¡Dónde está!, ¡dónde está!”, vociferaba algo afligida. Ésta acudió a ver qué sucedía al tiempo que le reprochaba el haber interrumpido su sueño. La niña calló al verla y la miró con una expresión que parecía ser producto de la acumulación de la desesperación, ¡y vaya qué desesperación!, y qué veloz habrá sido su flujo, porque inmediatamente su rostro se tornó rojo y comenzó a llorar. Su madre no supo qué hacer, estaba algo resignada a intentar comprenderla, recordó las palabras de la novia la noche anterior (“¿por qué no lo intentas?, tal vez entenderías mejor a tu hija”) y éstas la confundieron. “¿Será o no tarea de una madre hacer eso?”, se preguntaba, porque quería criarla lo mejor posible, aunque hacerse ese tipo de preguntas no sea tan importante como el bienestar de la niña, y no es que no lo supiera, pero su ideal de madre nunca estaba claro, ni tenía por qué estarlo, solo que le importaba tanto ser una buena madre que terminaba por dejarlo en segundo plano. A pesar de esta suerte de obsesión, la abrazó casi instintivamente.
La abrazó pero no solo eso, sino que lloró con ella, como compartiendo su dolor, aunque aún no tenía idea de a qué se debía, mas no importaba, no en ese momento. Aquél era su momento, un momento en que madre e hija compartían sus emociones al unísono, sin necesidad de una sola palabra.
Entonces sucedió aquello que la madre había estado evitando todo este tiempo. Los papeles se invirtieron de pronto, como si algún travieso joven hechicero les hubiera querido jugar una broma. Ariana se despegó un poco de su madre y la quedó mirando. No podía evitarse las lágrimas, pero intentó aguantar el llanto para poder hablarle.
— No llores, mamá, ya volverá papá —el sollozo se hizo aún más intenso, tanto que Ariana tampoco pudo soportarlo—mamá… ma…má… papá… Ariana no está…
Estas últimas palabras confundieron aún más a su madre, pero no le preocupó por ahora. Lo importante era calmarse.

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Eso ha sido todo. Espero que les haya agradado. Ya verán lo que les espera en los próximos capítulos. Gracias por leer. ¡Au revoir!

viernes, 2 de septiembre de 2011

Ariana: Capítulo 23

Aquí estoy, con el capítulo vigésimo tercero de Ariana a punto de ser presentado, con mi blog personal en reactivación y con una sensación extraña de tener cada vez menos que decir. Ariana está llegando a su fin. Sí, es algo que a mí también me cuesta un poco entender, pero así es. Pero no es que se acabe acabe, porque Ariana seguirá siempre por aquí y será tema de alguna de mis locuras textuales en más de una ocasión, eso es casi seguro. Seamos felices, pues, sabiendo esto, mientras yo pienso en qué haré cuando todo termine, qué publicaré por acá... Pronto veremos esa nueva etapa. Por ahora sigamos con la historia.

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo vigésimo tercero.+.+.+.+.+.+.


>>El sueño es plácido y ella está encogida, las piernas muy dobladas son el soporte de sus brazos, que le sirven de almohada; ese ensimismamiento corporal tan instintivo que pareciera querer recordar la insignificancia de la existencia y la soledad inevitable a la que se enfrenta uno desde el instante de ser concebido… La superficie es dura y fría, pero el sueño es plácido por la reciente figura del padre.
Los hijos asisten como llamados por su madre… Aunque haya sido precisamente ella quien los llamó es necesario precisar que llegaron con entusiasmo. Tal vez descifraron en su voz una buena noticia.
Eran solo dos niños. El mayor, un par de años menor que Ariana; la menor, la mitad de años que ésta. Aquél, muy enérgico al recibir la visita; ella, en cambio, extrañada, como si nada entendiera. Y era precisamente eso, no lo entendía, aquellos visitantes le eran desconocidos, ajenos a la familia, aunque no fuera el caso. Pero no es nada raro, los niños suelen olvidar más rápido, si bien su inconsciente atormentará el resto de sus vidas.
Había que presentarlos, y de eso se encargaría la madre, el hermano mayor aún no está en edad de comprenderla, aunque ya hubiera superado la suya. “Ella es tu prima Ariana”, como si las palabras pudieran presentar a una persona, “dile hola”, Ariana le sonrió. Luego el saludo tímido de la pequeña y todo estaba arreglado.
>>Mamá no tardó mucho en darse cuenta de la inercia de Ariana, aunque estuviera a unos quince metros de ella. Sabía que dormía —y cómo no saberlo si la había visto tantas veces—. Eso la tranquilizaba, pero no se complacía viéndola. “Debe tener frío”, pensó, y se le acercó mientras se quitaba el abrigo para cubrirla. La abrazó y la levantó como a un bebé para llevarla a una habitación. “Ariana está dormida”, le dijo a la novia, quien entendió de inmediato, concediéndole la habitación para invitados.
A este cordial saludo le siguió una entrañable conversación. Una de esas en las que los interlocutores recuerdan sus pasados entrelazados a fin de encontrar personas o temas o personas como temas para comentar al fin qué ha sido de ellos en tanto tiempo.
“La otra noche conversaba con su tía [la de Ariana] y me dijo que **** había sido ascendido”, “Mira tú, qué alegría. ¿Y cómo no?, siempre fue un buen hombre”, y cosas como esa acerca de hombres-niño o niños-hombre, no sabríamos precisar, pues decían grandes cosas de gentes con nombres diminutos, como “Arianita” lo sería para Ariana; cosas como esa eran los temas más emocionantes. En medio de esto buscaba intervención el hermano mayor, contando a los presentes sus sueños y grandes aventuras de hombre-niño. Ariana solo hablaba si se lo pedían. “Tan callada como siempre” y un suspiro eran la expresión de la tía, pero no le molestaba; era, en cierta forma, algo nostálgico. Además, su hija menor tenía también una actitud taciturna.
Hablaron sobre la escuela, el museo, el viaje y finalmente se agotaron las palabras. Pero ésta no es sentencia válida para el hermano mayor. Él siempre tiene algo que hacer, que decir. “¿Por qué no vamos a jugar?” Ariana miró a los hermanos mayores buscando su permiso. Su padre accedió, su tía no. Rara contradicción si consideramos su mayoría de edad y su calidad de “ejemplos vivos”, como suelen decir los mismos adultos, para los allí presentes hermanos menores.
“Ella irá luego”, dijo amablemente la madre, con lo que los hijos, hermanos menores, salieron a jugar.
— ¿Sabes? Cada vez que vienes te pareces más a tu madre —El padre cambió su semblante. Sentía que debía esperar algo, que algún evento importante estaba por ocurrir, pero también que debía prepararse para todo: respirar profundamente, parpadear más seguido, pasar saliva, juntar las manos, ponerse tieso y buscar palabras prudentes. Pasara lo que pasara, él seguía siendo el padre de Ariana. Ella era su hija. Aunque nada malo estaba cerca, empezaba a sentir un vacío.
— La primera vez que la vi era igual que tú, no hablaba nada, y yo era una hermana celosa. Las personas calladas siempre traman algo, ¿no crees? No hace falta que contestes. Sé que no es preciso, pero esa actitud suya quedaba perfectamente con su inteligencia… No he visto mujer más prudente hasta hoy. Yo he querido imitarla, pero no puedo —sonrió mientras se dirigía a su habitación, levantando la voz para hacerse escuchar—. Tu madre perdió una vez unos pendientes. Le quedaban muy bien, se los regaló tu padre, pero yo no estaba conforme, quería probármelos también. Los cogí de su habitación y me los puse. Pero antes de que pudiera devolverlos comenzaron a buscarlos sin éxito. ¡Ah! ¡Aquí están!, siguen igual de lindos…—bajó la voz—. Entonces tuve miedo de ser mal vista y los escondí. Mi miedo aumentó aún más cuando pude conocerla mejor. Ella era tan buena y yo le había quitado algo suyo, seguro me odiaría. Pero ¿sabes?—reapareció y se acercó a Ariana—, siempre fui una tonta, seguramente ella comprendería. No la creo capaz de odiar a alguien. Estos son —dijo sosteniendo los bellos pendientes de plata y piedras azules—, ¿no son bonitos?

.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Bien, eso ha sido todo por ahora. Trataré de apurar esta redacción. Gracias por leer. ¡Adiós!

viernes, 12 de agosto de 2011

Ariana: Capítulo 22

Suele suceder que, llegado un momento, tienes muchas cosas por hacer, y no porque te hayas pasado el tiempo postergándolo todo, sino porque las cosas empezaron a venir sin advertencia de "Oiga, deténgase, usted ha pasado el mínimo de alcohol permitido en la sangre. No puede conducir" —aunque deberíamos reemplazar "alcohol" por "tareas" o "compromisos"...pero es casi lo mismo—, así que no hay forma de decir "Oh, ¿en serio?" y hacerse el desentendido con la vana esperanza de no ser multado... sí, así de necios llegamos a ser sin darnos cuenta. Pero es la ley de la vida... Bueno, no realmente. El punto es que ese cúmulo de cosas, aunque puedan tener urgencia, suelen pasar como si fueran simplicidades, cosas comunes, nada de que alarmarse. No hemos excedido el límite de compromisos en la sangre, perdón, en la agenda, así que no hay problema. Pero ¡vaya que hay!, solo que pretende camuflarse detrás de la poca importancia. Sin embargo, no sabes cómo, llegas a cumplirlo todo, como si el destino jugara a tu favor... No te fíes, hombre... el destino no es tu amigo. ¿Que si eso me pasa? No ahora mismo, solo que no tenía que decir... Pero vamos, aquí está una vez más Ariana....

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo vigésimo segundo.+.+.+.+.+.+.


La verdad es que hasta el momento llevaba ya unos diez minutos de pie frente a aquella imponente torta de bodas —aunque tal vez esta impresión sería distinta si no fuese una niña—. Su madre la trajo consigo al inicio, pero ante su resistencia terminó dejándola ir, después de todo no se estaba portando mal. Además, de esa forma podría ella estar muy tranquila conversando con sus contemporáneos y contemporáneas sobre sus pasados y pasadas, cosa muy común en la gente adulta.
Sin embargo, la añoranza, por más atractiva que resultara para su madre, no era nada para Ariana. Alguno podría pensar en su muñeca: tampoco ella añora algo. Y es que tienen todo lo que necesitan. ¿Que el padre? Pues tampoco lo añora ninguna de ellas —aunque no podamos decir lo mismo de la madre—. Aquí hay que detenernos. Ariana no es una mala hija, no se ha olvidado de su padre, muy al contrario de lo que alguno podría pensar, sino que lo tiene muy presente ahora. ¿Que papá está lejos? Para nada, está muy cerca, tanto que, llegado el momento, ambos se apartan a un lugar más tranquilo.
“Ve a jugar al patio”, dice la madre al ver a la hija. El padre sonríe y la lleva de la mano. Mamá se ruboriza, no sabemos si por este gesto o por algún comentario que acaba de escuchar de sus amigos, es muy difícil precisar cosas así cuando la gente se reúne. Ya fuera, con menos murmullo y más oxígeno, ambos se sientan contra la pared y conversan.
— Papá, mírala. Sí, es muy bonita, ¿Que si tiene nombre? Mmmm, no lo había pensado, pero… pero le pondré uno, ¿sí? ¿Qué nombre sería bonito? ¿Ariana? Oh, no, no… Mejor otro día. Mamá me la compró…
Entretanto, mamá apaciguaba la preocupación de la novia con respecto a la niña, “¿Siempre habla sola?”, “No habla sola, sino con su muñeca. La lleva a todos lados”, esto provocó una pequeña risa. “Habrá salido a su madre”, le contestó”, “Yo nunca he hablado sola”, “¿Por qué no lo intentas?, tal vez entenderías mejor a tu hija”. Ante esto, la madre calló, le convenía, esa mujer la conocía bien, y también el estado de su relación con Ariana. No tenía nada que objetar.
— Oye, papá, ¿te quedarás conmigo por siempre? ¿Conmigo y mamá? ¿Sí? ¿Por qué trabajas? No quiero que trabajes… tampoco mamá... —hablaba por su madre aunque ésta nunca se lo hubiera autorizado, pero no se inventaba cosas. Alguna vez escuchó a su madre hablar sola, en su habitación, cuestionándose la lejanía del padre, renegándola… y es que hacía mucha falta—. La muñeca también quiere que te quedes… le pondré Ariana si te quedas, papá…—se hizo un silencio luego de este ruego, quizás Ariana comenzara a comprender lo incomprensible, aquello que su padre no sabría decirle y a lo que su madre se negaría rotundamente.
A pesar del silencio, la niña permaneció en ese lugar, junto a su padre y a Ariana —aunque es apresurado llamar a la muñeca por ese nombre. No sabemos de los pactos padre-hija, tan enigmáticos. Además, llamarla así podría generar problemas: “me refiero a la muñeca…”, “me refiero a la niña…”, agregados innecesarios por ahora. Tampoco sabemos, en fin, qué es lo que pasa por la mente de una niña como Ariana, pero sabemos lo suficiente como para afirmar que, minutos después, dormía plácidamente.
>>La conversación con De Freed fue muy breve, aunque esto suene extraño, y es que, como era conveniente, quien primero habló con ella fue el padre (“Acabamos de llegar…”), pero también porque la salida había sido consultada previamente, así que tal vez ya se le hubieran agotado los reclamos.
>>— Dime, ¿han llegado bien? —le preguntó a Ariana, como si desconfiara del padre, como si no supiera qué más decir. La muchacha asintió—. Muy bien, recuerden llamar antes de salir.
>>Tras esto, la conversación se disolvió, pero aquella única pregunta no podía ser otra. De Freed no tiene hijos, así que nunca supo cómo tratar a Ariana desde que quedó a su cargo. A pesar de los años. Sin embargo, no hay duda de que aquél “¿han llegado bien?” no se debía a una desconfianza del padre, ya que ambos eran buenos amigos aunque a veces no lo pareciera. Las palabras que intercambiaron cuando éste se apareció de pronto a la puerta de su casa con la conocida frase de quien llega por primera vez a un lugar (“disculpe, ¿es la familia ***?”, aunque en este caso fuera más directo: “disculpe, ¿es usted la señora De Freed?”) llenaron de alegría a la mujer. Y no es raro, aquél hombre es la única familia que le queda, además de Ariana. Así pues, aquella única pregunta a su sobrina por medio del teléfono no se debía seguramente a una mezquindad de palabras ni a un desgano, ni mucho menos a una antipatía, sino simplemente a un egoísmo extendido, un egoísmo que se trasladaba a aquellos dos individuos y la abandonaba parcialmente a ella misma, y un deseo de ser fuerte, de mostrarse correcta por el simple hecho de hacer el bien. No es posible dudar de que fuera una buena hermana, aunque no se la hubiera conocido con anterioridad, tales actitudes son suficientes para afirmarlo, y muy probablemente así lo creyera la madre de Ariana.
>>Pronto colgaron el teléfono, ya más tranquilos, y la otra tía decidió que era tiempo de llamar a los hijos, que seguro correteaban cerca de ahí, tan concentrados en ello que no advirtieron la visita.

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Hasta aquí por ahora. Gracias por leer. Los espero en el próximo... Adiós!

viernes, 29 de julio de 2011

Ariana: Capítulo 21

Hola, soy yo de nuevo, o tal vez no. Existe un lío muy interesante sobre esto: cuando escribes algo, eres el artífice de las palabras que escribas, pero ¿qué pasa si escribes en presente? algo así como la confesión de Pablo Castel en El túnel, pero no exactamente así, dado que Castel es un personaje ficticio. Supongamos, no obstante, que es real, y que es él quien escribió el libro. En muchas ocasiones se refiere a él mismo, y en presente. Obviamente el "presente" al que se referiría sería el presente en que lo escribió; sin embargo, no es ése el presente que imaginamos cuando leemos la novela. También se suele dirigir al lector con una serie de cuestionamientos, especialmente al inicio. Aquí es claro que podría ser cualquiera, pero asumimos que somos nosotros. Consideremos además que la lectura puede ser iniciada en cualquier momento, y revisada también de la misma manera. Así, un texto se podría interpretar como un mensaje en constante repetición, o eterno. El yo que habló al escribirlo ya no es, porque probablemente ya no le interese, además, el texto está ahora separado del autor. Existen dos "yo": el que escribió y el que permanece. Ambos coincidieron alguna vez, pero ya no, uno se hizo eterno y el otro continuó desarrollándose.
Al respecto de esto, podríamos decir que el escritor se inmortaliza a través de sus obras, pero la cuestión pendiente es la siguiente: si hablamos de un "yo" presente, éste se hará futuro y también pasado, en otras palabras, eterno. Entonces tal vez sea válido preguntarnos quién es el "yo" que se dirige a nosotros cuando leemos un texto escrito mucho tiempo atrás... Tal vez el autor, como viajero del tiempo... Who knows. Los dejo con Ariana...

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo vigésimo primero.+.+.+.+.+.+.


Volver a casa tan rápido era, en teoría, un evento demasiado pesado, lo cual significa que requería de una gran cantidad de energía por parte de los viajeros, en este caso Ariana y su muñeca de trapo. Además, la manera tan brusca en que sucedió todo podía llegar a ocasionar sustos bastante grandes, una sensación de vacío o incertidumbre difícil de ser curada. Sin embargo, el susto más grande aquella vez fue debido a su madre. Sus conjuros hicieron que en la muñeca se hacinara un gran temor, al punto de que le era imposible comunicarse con la niña. Así las cosas, ambas se enrumbaron a la habitación. “Ya es muy tarde para juegos”, les había dicho mientras apagaba la radio, ellas no pudieron hacer nada al respecto. Por suerte, no había muchas cosas en sala, el tren de almohadas era lo que ocupaba más espacio sobre la alfombra.
>>La familia los recibió con un gran ánimo, como era de esperarse. Para su tía, Ariana era todavía una pequeña niña, pero le asombraba sobremanera lo mucho que había crecido. “Te has estirado, hija”, decía, “y estás muy bonita”. Tras esto, le sonrió y atendió al pronto pedido de su hermano: una llamada telefónica. “Hay que llamar a tu tía, no vaya a ser que se enoje por esto”, advirtió a su hija. Ésta asintió porque no había otra opción, aunque en realidad no tenía ganas de hablar con ella.
Ya estaba cerca la boda de la mujer que las visitaba casi mensualmente, aquella amiga íntima de su madre que trataba a Ariana como a su propia hija. Ciertamente era más comprensiva y apacible en comparación de aquella, que desesperaba fácilmente —lo cual no significa que no la quisiera—. Así se justificaba la emoción de su madre: había días en que ése era el tema principal de sus conversaciones madre-hija. Ariana no comprendía muy bien la situación, lo único que tenía en mente cuando su madre decía “boda” o “matrimonio” era aquella foto que retrataba la unión de sus padres, ambos vestidos como de fiesta y al parecer muy alegres. La imagen estaba bajo la custodia de su madre, quien parecía no querer quitarla nunca de su habitación, tal vez por miedo a que sufriera algún daño. Y es precisamente por esa imagen que le surgió la ilusión de que vería a su padre aquel día.
En efecto, su padre había considerado la posibilidad de visitarlas para dicho evento, sin embargo, el trabajo no lo hizo posible, era una época difícil para la empresa en la que trabajaba y el personal era indispensable. Esta noticia no llegó a los oídos de Ariana sino hasta un día antes de la boda. Lo único que ella sabía era que había hablado por teléfono con papá y que éste le había prometido ir. Habían pasado varias semanas desde aquello, pero las promesas de un padre no se olvidan. Así, a pesar de que luego se lo preguntara a su madre y ésta le contestara de forma negativa, seguía confiando en que lo vería. Un “no” no era un gran obstáculo para él.
Llegado el día de la boda, su madre quiso apartarla de la muñeca. “No podemos llevarla, puede perderse”, le dijo, pero para ella eso no tenía sentido, no la perdería de ninguna manera, así que se rehusó a asistir si no era con la muñeca. Esta actitud no pudo ser ignorada y Ariana terminó por ganar la contienda. Ya no se peleaban por quién tendría la muñeca, sino por dejarla o no en casa cuando salían.
Existen dos posibles razones por las habría aceptado que la llevara en esta ocasión. La primera es que no quería verla molesta frente a su amiga, porque podría ser un mal gesto. La segunda está más referida a ella misma, que prefería no pelear con su hija y pasar mal el día, menos cuando hasta ahora no había tenido ningún problema. Fuera lo que fuese, permitírselo ayudó a que el viaje hasta la iglesia no fuera muy tedioso. Mientras ella hablaba sobre la boda, sobre lo linda que se vería la novia y el gran cariño que le tenía, Ariana se entretenía asiendo los brazos de la muñeca, como si hablaran con señas. Solo por momentos parecía contestarle a su madre, pero no es seguro si era a ella o a la muñeca a quien se dirigía.
Llegadas a la iglesia y ubicadas —según la conveniencia de mamá, que quiso estar al lado de alguna otra conocida suya—, no hubo muchos problemas tampoco. La ceremonia aún no empezaba y los invitados estaban todos muy interesados en ella, por lo que habían iniciado un sinfín de conversaciones, que resonaban y se confundían en aquel amplio espacio. Ariana, por su parte, seguía entretenida con la muñeca, con la que discutía cada cosa que veía.
Pronto llegó el sacerdote y quiso dar inicio a la ceremonia. Y pasaron las cosas que suelen pasar en los matrimonios, aquellos clichés de telenovela que se han vuelto casi una tradición: la tardanza de la novia, el enojo del sacerdote —extraño, dado que veía esas cosas a diario—, y la llegada de aquella, que es lo mismo que decir el inicio del rito. Se hizo el silencio por parte de todos en ese momento, incluso la muñeca calló, convencida por Ariana.
Al término de la ceremonia, la gran mayoría de los presentes se dirigió a la casa del novio para la fiesta. Pero Ariana aún no veía a su padre. No lo había visto en la iglesia y parecía que tampoco lo vería allí. De pronto, cuando estuvieron dentro de la casa, creyó verlo entre la gente, así que se acercó lo más que pudo hasta ese lugar. “Muñeca, ¿te gusta? Está linda, ¿verdad? Es la torta de mi boda”,  le dijo la novia cuando la vio observando fijamente la parte superior del pastel. Lo que no advirtió fue que el objeto de su atención no era el pastel, sino los pequeños muñecos que tenía en la parte superior y que representaban las figuras de los recién casados, especialmente aquel hombre vestido de fiesta y al parecer muy alegre.

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Eso ha sido todo. Muy bonito el final, ¿verdad? A mí también me ha hecho llorar, pensar que.... es una broma porque no podría terminar así de feo [ xD ] Lo siento. Los espero en el próximo capítulo. Au revoir!

sábado, 23 de julio de 2011

Ariana: Capítulo 20

Existe un tipo de pacto que se suele denominar "promesa". Este pacto tiene la característica principal de ser irregular. Por lo general no es recíproco —"Yo prometo"—, es el equivalente a dar tu palabra —aunque en estos tiempos sería más acertado compararlo con dar tu firma... o tu huella digital... o tu ADN [¿?]—. Prometer algo siempre requiere de disposición, una promesa no puede ser realizada sin la voluntad del prometedor (?), si no, no sería promesa, sino alguna forma desconocida de publicidad.
Sin embargo, es posible hacer promesas recíprocas, y es precisamente eso lo que yo hice hace casi seis meses, cuando comencé a escribir esta historia. Ariana me ha tenido presionado estas últimas semanas para redactar la continuación, pero debido a algunos problemitas tuve que postergarlo. No obstante, nunca lo olvidé. Es por eso que vengo con este nuevo capítulo, dedicado especialmente a ella —¿podría no ser así?

.+.+.+.+.+.+. Ariana. Capítulo vigésimo.+.+.+.+.+.+.


Un par de almohadas sobre la alfombra para mayor comodidad al jugar. Le servían de mucho: como trampolines, como sofás, como paredes, mesas y finalmente como almohadas, que era la utilidad más útil si querían tomar una siesta. Sin embargo, esto no era bien visto por su madre, quien al verlas profería una serie de conjuros propios de las “brujas”, esas mujeres sin rostro que se pasan la vida “prediciendo” las de los demás sin saber nada de la propia. Con esto no se pretende decir que su madre fuera una bruja, sino que muchas veces se valía de artimañas que recordaban a dichos personajes.
La muñeca de trapo la acompañaba todo el tiempo. Esta vez el juego consistía en un viaje en tren, el único problema era que Ariana no tenía ninguno entre sus juguetes. Hubo que improvisar uno con ayuda de la muñeca. El resultado era una muestra de cuán ingeniosas podían llegar a ser cuando estaban juntas: un perro de peluche a modo de locomotora, seguido de un cubo de rubik —ningún intento consumado…— y las dos almohadas, que les servirían de asientos de primera clase en ese extraordinario viaje.
Cuando todo estuvo listo y ya se habían ubicado para partir, la muñeca le susurró algo. Se habían olvidado del conductor, así que tuvieron que regresar a la habitación en busca de uno.
Los candidatos no eran muy convincentes. Cada que encontraban algún muñeco ambas lo discutían. Se necesitaba un gran cuidado para ese cargo, no se lo podían dar a cualquiera, por eso la búsqueda tardó un poco. Pasaron por un Godzilla, rechazado por ser enorme y tener los brazos cortos; por un oso de peluche, a quien le faltaban los dedos, órganos indispensables para maniobrar un tren; un policía, porque si sucedía algo, no tendrían quien las auxilie; por un pequeño títere… de quien temían que se enredara con sus propios hilos; un payaso, pues se suponía que él daría la fiesta cuando llegaran a su destino; una bailarina de ballet, por temor a que perdiera el equilibrio; y muchos más… Curiosamente, confiaron en un pequeño muñeco de goma, un anciano con vestimenta de cartero y muy sonriente. Él era perfecto: tenía una gran sonrisa, una gran sabiduría, un bonito vestido y, como supusieron luego de su discusión Ariana y la muñeca, esas eran las características ideales de un conductor.
Ahora sí. Todo estaba listo para el viaje. Ubicaron al conductor en la locomotora, es decir en el lomo del perro de peluche, y volvieron a sus asientos. Entonces comenzaron a emular el sonido del tren, como animándolo a avanzar, como dándole al conductor y a su fiel sabueso, la señal para partir.
El sonido de las ruedas avanzando, la sensación de estarse moviendo sin moverse. Un silbido chimeneesco. El pasar lento y mínimo de nubes de vapor por las ventanas, y las nubes desaparecían mientras la sensación de moverse era mayor y se hacía cada vez más normal, más inmóvil. La sala se convirtió en un universo pequeño e ilimitado, solo para las dos aventureras. Así, comenzaron a entonar canciones y a conversar sobre el paisaje y lo que harían al llegar.
Había, entre sus planes, una fiesta en el bosque, animada por el ya mencionado payaso; una visita al parque de diversiones —subirían a todos los juegos. Aunque ciertamente le temían a las montañas rusas, estaban seguras de que se divertirían juntas—; un viaje en bote por el río y una visita al zoológico. Sería un gran día, no había ninguna duda.
Llegaron al lugar bastante rápido. Bajaron de sus almohadas y fueron en busca del payaso. Éste se encontraba más allá del pasillo, en una habitación idéntica a la de Ariana, pero en otro lugar —tal vez en una dimensión paralela a la suya—. Cuando lo encontraron, comenzaron con la fiesta. Encendieron la radio, un hombre extraño los saludaba diciendo ser el presidente del país. Era una muy buena forma de ser recibidas, según creía Ariana. Hasta las saludaban por la radio.
Mantuvieron, así, una conversación muy amena con el “presidente”, aquél hombre a quien no podían ver pero al que estimaban por la tan cálida bienvenida. El payaso reía, como siempre, pero más feliz, por tenerlas de compañía y poder escuchar al “presidente”.
“Cosas como esta no pasan muy a menudo. Como dije antes, saludo a todo aquél que me esté escuchando por este día, tan importante en…”. “Claro, presidente, estamos muy felices de estar aquí”, contestaba Ariana mientras éste continuaba con su parlamento. Al parecer, en ese país las normas del diálogo eran un poco diferentes, uno podía seguir hablando mientras le contestaban e inmediatamente responder a las inquietudes de los otros. Era, ciertamente, un diálogo fluido, y, al menos para Ariana, entretenido, ya que las respuestas que obtenía eran demasiado agradables. “Tenemos la responsabilidad sobre hechos de esta magnitud…”, había dicho luego de las primeras palabras de Ariana.
Habían encendido la radio con la intención de poner música, pero el “presidente” les resultaba divertido y simpático. Ya la música era lo de menos, la estaban pasando bien. Empezaron con la fiesta acompañados por las interminables palabras del “presidente”, pero éste tuvo que irse pronto. Fue algo intempestivo, por eso lamentaron más que se fuera… su voz se hizo extrañar aunque inmediatamente después empezó la música. Pero ellas comprendían que el “presidente” era un hombre ocupado. Seguramente estaría en la radio de otra casa en ese momento, hablando con algún recién llegado a su país. Le estaría conversando muy amenamente con su parlamento casi interminable —porque ahora sabían que sí tenía fin—para darle inicio a una nueva fiesta, muy probablemente. Es por eso que no se desanimaron y continuaron con la fiesta de bienvenida. Además, el payaso estaba siempre animándolas con esa gran sonrisa suya, que no desaparecía ni siquiera en ocasiones como esa, cuando el sonido de la puerta principal abriéndose los regresó a casa, como si se tratara de un vórtice, y apareció la madre de Ariana con un par de conjuros bajo la manga.

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Oh, hemos llegado tan lejos... Por cierto, seguramente se estarán preguntando por qué es el pacto con Ariana algo recíproco. The answer is just here... Gracias por su lectura [ ;) ] Adiós!