sábado, 20 de octubre de 2012

Captura y muerte de Muamar Gadafi

Recuerdo vagamente este día. Hace un año, yo recibí la noticia un tanto sorprendido, en especial cuando mencionaron la parte en la cual intentó esconderse por las alcantarillas luego de ser herido. Hace un año, Muamar Gadafi fue capturado y asesinado por "rebeldes". Hoy, la ficción trata sobre sus últimos instantes. Así que disfruten la lectura.


Asesinato de un ideal retorcido


¿Es realmente cierto que todos los humanos valemos lo mismo? Si es así, las muertes de algunos llamados “héroes” o “villanos” no  hubiesen afectado el curso de la historia. Pero no es así... Algunos humanos  cargan entre sus hombros los ideales de muchos otros, convirtiéndolo en alguien muy valioso. Es por eso que se han planeado asesinatos y secuestros a personajes específicos. Su muerte debilita a sus seguidores, les arrebata las esperanzas, la energía.


Huyendo de sus perseguidores, los cuales les pisaban los talones, Gadafi sintió por algunos instantes el miedo  a  la muerte. Tan sólo duró algunos instantes, ya que su propia existencia, su lucha, desafiaba a las grandes esferas del poder del mundo. Esta idea era la única que le permitía aferrarse a la vida y a la vez, liberarse del temor a la muerte. 


Gadafi y sus hombres decidieron escapar hacia el lugar idóneo para resistir. El lugar en donde nació. El lugar que protegería los ideales que él representaba. Sirte. El líder esbozó una leve sonrisa mientras imaginaba las calles de Sirte. El olor que impregnaba. Su gente. Cerró los ojos y ya se sentía en ella.
La imaginación del hombre fue bruscamente interrumpida. El sonido de los disparos, esta vez tan cerca que pudo sentir algunos en su cuerpo, lo volvieron a la realidad. La bestia no la dejaría llegar a su última esperanza. La bestia arremetía con su gran poder. Mordiendo, arañando, destruyendo.

Gadafi conocía el poder de la bestia. Desafió indiscriminadamente a la bestia. Si no hubiera sido por la intervención de esta, los rebeldes poco o nada hubiesen hecho. Los rebeldes eran para Gadafi, un montón de idiotas que no comprendían su ideal. Para él, una piedra vale mucho más que todos esos necios juntos. La bestia era distinta. Su increíble poder era indiscutible. Su capacidad para arrasar todo lo que encontraba a su paso era una realidad. Y aún así lo hizo.

“Aún no me toca morir”, se dijo a si mismo, mientras escapaba con algunos de sus guardaespaldas.
La bestia lo había cercado, inclusive lo había herido. Pero eso no era suficiente. Su ideal le permitía soportar el dolor de las heridas por el tiempo que fuese necesario. Ideal que también lo preparaba para tomar las decisiones más peligrosas, soportar los olores más nauseabundos, la oscuridad más perturbadora.

Y lentamente el mundo se desvaneció frente a sus ojos.



Al volverlos a abrir, su libertad le había sido privada. Esos idiotas que no comprendían la verdadera razón, los que prefirieron ser devorados lentamente por la bestia, ellos lo habían capturado. Si el representaba los ideales de muchos, entonces las probabilidades de ser asesinado eran bastante altas. Aferrándose desesperadamente a la vida, suplicó que no se le dañase. De nada sirvió

domingo, 7 de octubre de 2012

La ilusión del perverso

¡Y aquí estoy! Eh, esperen, creo que no me esperaban. Da igual. Hoy es el día en el que murió Edgar Allan Poe, conocido por ser el "Padre" de los relatos policíacos y macabros. Un gran exponente creador de relatos y poemas que brilló por su oscuridad.


La ilusión del perverso


Siempre solía levantarme a las diez de la mañana con trece minutos. Era parte de mis rutinas programadas. Parte de ello formaba fingir el sueño por tres horas, hasta que el reloj despertador sonara exactamente tres veces. Solo entonces proseguía con mi vida. Era mi hábito más persistente, formaba parte de algo inequívoco en mí, algo ineluctable que resurgía casi con una furia férrea.
No había otro modo de que pudiera vivir los agotamientos de la vida, no había otra forma que complaciera mi sed de ficción, mis ansias de vivir otra vida. Y puede que sea producto de mi puerilidad, puede que simplemente fuera parte de un mecanismo formado por Él. No podía hacer nada para evitarlo, aunque el cinismo de mi vida fuera un abotarramiento de inconsciencia. Mi vida era una sed permanente que solo se saciaba con los desvaríos más insanos.

En mi vida he sufrido mucho, cuando apenas era consciente, cuando un lustro de mi vida paseaba jovial por mi vida llenándome de ilusiones y amor, mi querido perro, fiel compañero desde mi nacimiento, murió atropellado en frente de mí. Creí escuchar una risa mientras el camión se alejaba. Mi perro temblaba pobre y agonizante. Oí el graznido de un cuervo y tal vez empezó a llover en ese momento en el que sus ojos iban perdiendo la vida, en los que sus sentidos se perdían y su alma se esfumaba. Pero tardaba demasiado. En un acto de pura inocencia quise terminar su sufrimiento, busqué en mis alrededores algo con que acabarlo. Pronto conseguí algo con que terminar su vida, ahora hecha un llanto, un quejido permanente. ¿Qué pudo decir de su patética muerte? Si mi propia desgracia se veía seguramente en mi cara distorsionada por el sufrimiento, si las lágrimas saladas y la mucosidad volvía mi cara un circo para aquel desgraciado que creó a este monstruo. En sus momentos finales el cuervo rió, cuando golpee con fuerza la cabeza de mi perro. El cuervo estaba ahí, vigilante de mi conversión, cómplice de mi heroico acto, pronto a dictarme mis pasos hacia la maldad.


Mis próximos diez años de vida serían un simple monólogo de la muerte. Mataba a cuanto animal divisaba, con el cuervo acompañándome, alabando con su solemne graznido, con su inmutable postura, con su sempiterna levita negra. No puedo decir más que él me juzgaba, luego de incitarme, de decirme que lo debía hacer, que debía hacerle el tributo a mi gran perro con la muerte de estos animales, me juzgaba cruelmente, me tiraba a los abismos de la miseria. No eran mis pensamientos propios de los de un joven, no eran los métodos que usaba propios de un inocente que había tenido el sino de encontrarse con Él... ¿pero qué podía hacer? Privado de la felicidad, condenado a convivir con la muerte.

Nada, él me lo había dicho, nada. Nunca más podría hacer algo más que matar. Claramente me dijo que la muerte en su expresión más profunda no era nada más la exposición de esta. Su forma más básica solo se llevaba acabo cuando esta se realizaba. La muerte tenía un significado más allá del mundano, más allá de la perdida del alma, del hundimiento de la consciencia en la nada. La muerte era también el sufrimiento en vida. La humillación. El desespero, la agonía... La muerte solo era una sinfonía completa cuando todas sus fases se cumplían, decía el cuervo con sus graznidos, con sus aleteos, con su postura. Era algo inefable.

Los próximos años de mi vida me limitaría a leer las más horribles obras, a aprender de los anteriores maestros de la destrucción. La tiranía de nerón, las cruzadas, las cacerías brujas, el bombardeo atómico, el holocausto judío, Chernobyl, etc. Todas ellas me enseñaron lo hermoso de la crueldad humana. La inherente tendencia que nos guía hacia la perversidad. La muerte no es el morir, pero aquellos genocidios eran su manifestación más grande. Eran desesperación, eran sufrimiento, humillación, agonía. La sinfonía recitada por aquellos maestros.

Eso ya es pasado quemado y deshecho por el tiempo. Y ahora, cuando mi corazón tiembla al saber lo que he hecho, el frío simplemente empeora mi condición, torciendo mis huesos y hundiendo mi consciencia en un sopor insoportable. Ahora, que siendo más de las 10:13 de la mañana, sigo acostado, inmóvil y formando parte del horrible circo de payasos tétricos; que siento la lengua de la muerte relamerme y saborear mi inmundicia; saborearme como el malhechor que viola, que disfruta del placer del dominio y del libido; del asesino que, también esclavo del poder, sacia su sed de sangre, su inigualable frialdad cortando el blando cuello y disfrutando el sabor a óxido de la sangre.  Ahora sus dientes me atraviesan, incrementando el frío mortal y derramando mi perversidad. Y Él se ríe, porque dichoso y poseedor de la eternidad, sabe que ha ganado y yo, completamente inferior, le concedo la victoria a ese ser espectral, a ese ser horrible de incontables cuernos, cuellos y cuerpos.

Ahora, que mi corazón tiembla y se siente débil, me doy cuenta de mi fatal error al asesinarla a ella, proveedora de vida y humanidad. Ahora que la inmovilidad me petrifica y me siento como en un ataúd. ¿O estoy en uno? Siento mi vulnerabilidad, me siento poseso por toda clase de seres. Seres pequeños e imprudentes que destrozan mi piel, que me inyectan sus venenos y ceden su vida a Él.

Y el cuervo grazna, porque ríe. Y ríe, porque sabe que mi muerte esta cerca, sabe que mi muerte es una simple ilusión, un simple teatro que al fin se cumple. Sabe, y muy bien, que la tragedia que he estado viviendo finalmente comienza. Y que, nunca más, lo recalca bien en la ventana, con su sonrisa  a punto de ser totalmente humana y acabar conmigo, que nunca más podré ser humano. Porque estoy podrido y, ¡maldición!, si no lo estoy, soy una burla, un simple excremento siendo títere de este gran maestro que ha estado adiestrándome para solo reírse un poco más de esta tragedia.

lunes, 24 de septiembre de 2012

El final de este mundo (Sobre Dr. Seuss)


 ¡Hoy les traemos algo muy especial! Y tal vez venga de una nave espacial. Aunque bien podría formar parte de marte, o venir de un agujero de gusano-asesino-come cerebros. Bien, no importa de dónde venga ni por qué. Es una ficción sobre un escritor infantil, Dr. Seuss, conocido por ser el creador de "Como el Grinch se robó la Navidad" y otras obras. Cabe destacar que esto es solo una ficción en memoria a su muerte.


El final de este mundo

 

Un calor dulce lo despertó.
— ¿Dónde estoy...? — dijo su pequeña voz, estaba un poco ronco, pero debía ser por haber dormido a la intemperie. Un largo valle se extendía por todo lo que su vista alcanzaba. Había pequeños lagos a lo largo del valle. Corrió sintiendo la fresca brisa, sintiendo sus piernas ligeras, su cuerpo era como si no existiera, como si flotara en este mundo colorido y esponjoso. Tropezó con una raíz que se partió en su pie, era una raíz blanquiroja, al igual que el árbol....
— ¡Es dulce! Woah... — Se soprendió arrancando pedazos del árbol blanquirojo. Parecía bastante sólido e imponente, ¡pero pensar que eran dulces! ¡Qué extraño era todo!
Sintió aquel calor dulce de nuevo pasar y pudo discernir el sabor, era miel. Y aquella pequeña ráfaga era una luciérnaga del tamaño de un pájaro. A la vez que volaba soltaba una estela color mostaza con sabor a miel. Vio como revoloteaba con tanta libertad y luego se juntaba con otras luciérnagas en un vuelo sincronizado que despedía un festival de colores. Estaba anonadado, no solo había luciérnagas de miel, también las había de vainilla y de fresa, y de cosas que ni siquiera sabía distinguir. Verlas todas juntas de esa forma era algo espectacular, con aquella luna que parecía sonreír tan llena de placidez.
Al llegar a uno de los pequeños lagos, descubrió en ellos unos peces rarísimos, capaces de salir del agua y volar. Se dio cuenta de que cada pequeño lago era de un color diferente, así, había uno de color marrón, ¡sabor a chocolate! Otro de miel y otro de mantecado. No se lo podía creer. ¿Cómo había llegado a este mundo tan irreal?
Vio entonces a un gato con sombrero caminar entre varios lagos, escogía cuidadosamente los peces y los asía, para luego darles un mordisco. El chico intentó hacerlo, pero se encontró muy poco hábil para ello. No demasiado convencido con la facilidad del gato, fue hacia él, pues quería probarlos también.
— ¡Oye!
— ¡Eh! ¡¿Qué haces aquí?!
— Ehm... ehm...

— ¡Ajá! ¡Eres un ladrón!
— ¡No! Solo... aparecí aquí...
— No, no, no, no... ¡Eres un ladrón y el Gato bien que lo sabe!
— ¡Que no!
— ¡Que sí! ¡El gato no te dará sus peces!
— ¡Pero quiero probarlos!
— Haberlo dicho antes, ten uno— dijo, pasando de su estado de exaltación con una facilidad incomprensible, y sonriéndole como si lo conociera de siempre.
— Gracias...— dijo el chico, y le dio una mordida al pez que le había dado—. Woah, sabe muy bien...
— ¡Eh! ¡Ladrón, me engañaste!— Le recriminó el gato.
— ¡No! Si tú me lo diste...
— ¿Verdad que saben bien?
— Ah, sí, de veras... ¡Oye!, ¿no me estabas culpando hace un segundo?
— ¿Yo? ¡Claro que no! Este gato es muy serio.
— Bueno..., pero sí lo hacías... — murmuró por bajo.
— ¿Quieres venir al pueblo de los Quién?
— ¿De quién es ese pueblo?
— ¡Hay muchos más árboles, y bayas y ovejas, y más y más dulces!— Le dijo mientras señalaba por una de las colinas—. Bueno... es obvio que el pueblo de los Quién es de los Quién, ¿de quién más podría ser?
— Claro...— El chico no entendía nada y poco podía hacer más que seguirlo, era de noche y no tenía a donde dormir, el gato se veía bueno. Era algo raro y muy excéntrico pero simpático.
Caminaron largo rato por camino sinuosos, agarrando y probando dulces. Había caramelos y chocolates en los árboles, había chicles en las flores y por cualquier lugar que veía todo era vivaz y colorido.
— ¿Cuándo llegaremos?— dijo el chico mientras se comía un chocolate.
— Pronto, pronto, ¡al pasar esta colina!
En un rato de caminata empezó a nevar, era una nieve bastante rica y refrescante, parecía ser que todo en aquel lugar era comestible. Colina abajo, tras un corto camino, se veía un pueblo que decía en grande en su entrada:
“Villa Quién”
En aquel lugar se cantaban villancicos aunque no fuera exactamente navidad, todos compartían y eran felices, en el medio de toda la fiesta había un sujeto verde y peludo con traje de Santa Claus. “¡Grinch, Grinch!” Gritaban todos cuando le hablaban con sonrisas y dulces en sus bocas, y, en sus manos, regalos y regalos que se intercambiaban entre ellos.
Un tren daba un recorrido por el pueblo sin necesidad de rieles, se elevaba con bastante facilidad y daba vueltas soprendentes. Por otro lado se veían niños que hacían hombres de nieve y se los comían entre todos. La felicidad prosperaba y todo era sonrisas.
— ¡Señor gato! ¿Es Villa Quién siempre así de feliz?
A pesar de que el Gato estaba por constestar, el Grinch, que estaba frente a ellos ahora, le contestó:
— ¡Claro que sí! Pero cuenta la leyenda que una vez un ser gruñón y egoísta se robó la navidad...
— ¡Eso es horrible!
— De verdad que sí. Pero este se dio cuenta de su error, vio que la navidad era un momento hermoso de compartir y felicidad, y así fue capaz de enmendar su error y recibir perdón.
— ¿Pero cómo lo pudieron perdonar? Robar la navidad, eso es horrible...
— Las personas de Villa Quién son bastante buenas y quieren lo mejor para todos— dijo con una sincera sonrisa el Grinch.
Tras esto, un gran temblor sacudió el pueblo. El tren volador perdió equilibrio y cayó. Los trineos cayeron y todos los hombres de nieve se deshicieron. La nieve de los árboles blanquirojos cayó, así como sus dulces. Las casas se derrumban y el tiempo se hacía turbio y algo tempestoso.
El pequeño niño vio como crecía en tamaño y como por encima de su boca y en su barbilla salían bigote y barba respectivamente. Sintió como los años pesaban y todo se volvía gris. Lo vio todo tras libros escritos y se vio a él mismo en cama, tosiendo y tosiendo.
Ya no estaba el Gato con sombrero, ni el Grinch, ni Villa Quién, ni ninguna de esas historias que alguna vez imaginó. Aunque le habría gustado que le acompañasen. Se veía bastante deprimente así, moribundo, viejo. Pero la imaginación lo era todo, y este último sueño le dibujaba una sonrisa en su cara.
— Los adultos no son más que niños obsoletos. No hay nada mejor que la imaginación— pensó, con la sonrisa plácida de un viejo que había dado su último respiro en un mundo irreal y colorido. Un mundo de fantasía que hizo más ameno el mundo real.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Jucio a las brujas en Salem

Hoy se conmemora la muerte de las últimas personas acusadas de brujería en Salem. Hay que aclarar también que las sentencias fueron dictadas únicamente por las acusaciones de un grupo de supuestas poseídas. Esta ficción tratará del punto de vista de alguien ajeno a todo, inclusive ajeno a la histeria que poseyó al pueblo de Salem.


Hechizo de Bruja



-Mamá, por qué la señora Corey ha sido acusada de…
- ¡Porque es una bruja! ¡Mírala bien, es una bruja!

Una  pequeña e inocente niña miraba confundida a su madre. A sus cortos 5 años no conocía mucho sobre la vida. En su pequeño mundo, en el cual sólo existían las personas de su pueblo, destacaba la señora Martha Corey. El cariño  que había desarrollado hacia ella, era superado  únicamente por el de su madre. Y verla en una situación que no comprendía, le causaba tristeza.



-Mamá – la  menor volvió a hablar – . La señora Corey va a estar bien. ¿Verdad?
- ¡Bruja! ¡Bruja! – gritó su madre, con mirada severa y rostro desfigurado por la ira.

Durante sus cortos años de vida, escuchó que las brujas eran mujeres malvadas y malditas, que debían ser castigadas en el nombre de Dios. Dadas las descripciones, ella nunca imaginó que pudiesen ser personas tan normales. Y eso no le importaba.

-Mamá, las brujas son malas y la señora Corey no…
La niña no logró completar su reclamo, ya que su madre la silenció de un bofetón. Ella simplemente agachó la cabeza y comenzó a llorar.
-La señora Corey no es mala. La señora Corey  no es una bruja –continuó diciendo en su mente.

Su corta vida cambió radicalmente al escuchar a las multitudes airadas tildar de brujería a sus vecinos. La gente había cambiado. Sus rostros no sonreían. Eran distintos. ¿Acaso el cambio repentino de actitud era culpa de las brujas? ¿Acaso esas malvadas mujeres podían cambiar a todo un pueblo y llevarlo a la histeria? Ella no lo sabía.
Las brujas eran llevadas a un lugar en el cual se le había prohibido entrar, ni siquiera podía pensar en acercarse.  Cada vez que sus padres llegaban de casa después de ir allá, denotaban una actitud distinta a la usual. Tenía mucho miedo de ambos. “Las brujas le han hecho a mis padres algo”, pensaba. “Espero que las brujas se vayan”. “Espero que todo vuelva a ser como antes”.

A las brujas les esperaba su castigo. Luego de ser acusadas,  eran castigadas. Muerte. A ella eso le asustaba mucho más que las brujas. Y era comprensible, ya que ella crió por algunos meses a un polluelo, el cual murió en sus manos. Inmóvil, frío, silencioso. “¿Por qué existe la muerte?”, “No es justo”, gritaba al cielo mientras enterraba al ave fallecida.

La idea de ver a la señora Corey en el mismo estado, le causaba dolor y miedo. “No quiero que muera la señora Corey”, “Ella no es mala”, “Ella no es una bruja”.



Era inevitable. Nada podría hace ella. Martha Corey ya había sido sentenciada a morir en la horca. “De seguro que las brujas hicieron eso”, se convencía a sí misma. “Ella no es mala. Esas brujas de seguro usaron un hechizo y engañaron a todo el pueblo para que crean que ella si lo es. Y así deshacerse de una buena persona y salirse con la suya”.

-Esas brujas, las odio. Las odio de verdad.

Ya no podía llorar más. Su tristeza se tornó en ira. Se quedó inmóvil, mirando la puerta cerrada de su casa.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Habitación - Masacre de Munich (1972)

5 de setiembre de 1972. Munich. Durante los Juegos Olímpicos, el grupo palestino Septiembre Negro toma por rehenes a 11 atletas israelíes en un edificio de la Villa Olímpica, demandando la liberación de 200 presos políticos palestinos en cárceles de Israel y Alemania. Las negociaciones se realizan vía Issa (Luttif Aif), líder del grupo. Todo intento de rescate fracasa, provocando la muerte, tanto de los rehenes como de los terroristas. La ficción de hoy está centrada en el primer intento de rescate, pero desde el interior del departamento 31, que era el lugar en donde se encontraban.


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"La paz de los que han sido llamados los Olímpicos Serenos se rompió hoy justo antes del amanecer, alrededor de las 5 de la mañana, cuando terroristas árabes armados con metralletas y rostros ennegrecidos, saltaron la valla, se dirigieron al pabellón del equipo israelí e inmediatamente mataron a un hombre. Ellos tienen 14 rehenes desde entonces y el último reporte es que uno más ha sido asesinado" -  Cobertura de los Juegos Olímpicos. ABC. 5 de Septiembre de 1972.


La habitación olía a sudor y sangre. Era de esperarse, después de todo, eran más de diez personas en un solo lugar. Ocho a la expectativa, mirando a cada momento el televisor, escuchando cada palabra que se decía sobre lo “trágico” que resultaba un evento de esa naturaleza, atentos a la transmisión, no sabían cómo —y tal vez ni les importaba—, del exterior del edificio en el que se encontraban. Por momentos alguno explotaba en ira, pero Issa, el líder, era quien debía negociar el rescate. Su sombrero blanco era ya reconocido por todos en el mundo a escasas horas de iniciada la operación. Debían considerar que estaban teniendo éxito, al menos por ahora. Alzaban sus voces y eran escuchados. Bien, pues, era un momento decisivo, debían lograr también que aceptaran sus demandas.
Ocho a la expectativa, sudaban por el miedo a fracasar repentinamente, se levantaban, daban vueltas, corrían un poco la cortina para mirar afuera sin ser vistos, agarraban sus armas con fuerza y se estresaban cuando el sudor se los impedía. Se estresaban cuando chocaban torpemente con el cadáver a menos de dos metros de donde se juntaban a ver la televisión, o cuando se daban cuenta del molesto silencio que guardaban sus rehenes, quienes también sudaban, temerosos por sus vidas, pero que no podían evitar, de vez en cuando, mirarlos profundamente a los ojos, recordándoles que, antes que israelíes, eran seres humanos. Soportaban, al mismo tiempo que el miedo, o tal vez a causa de éste, la pena por la muerte de dos compañeros suyos. Romano era el cadáver tirado más allá, bañado en sangre. El entrenador Weinberg había corrido la misma suerte.


Los Juegos Olímpicos habían sido suspendidos. Nadie movería un dedo hasta recuperar a los atletas. En televisión, vieron cómo un grupo se acercaba al edificio para ejecutar un plan de rescate. Tenían posiciones estratégicas y cada uno portaba también un arma. Los rodearían y podrían salvarlos a todos. Esa era la expectativa, nunca se permitirían negociar 9 vidas con la libertad de más de 200 presos palestinos. La hazaña podría haber iluminado los rostros de los rehenes, pero los hizo temer aún más. Tanto ellos como sus captores podían ver lo que sucedía allá afuera, era absurdo que pudieran tener éxito. Era absurdo que tuvieran tanto cuidado con ser vistos, cuando una cámara transmitía sus acciones directamente al enemigo.
Todos supieron de qué se trataba, supieron que postergar la muerte de los rehenes había sido en vano, que los habían engañado al decirles que Israel accedía a su pedido. Habían esperado demasiado de una nación a la que despreciaban. Issa debería levantarse una vez más, salir de la habitación sin tropezar con el cadáver de Romano y mostrar su sombrero blanco al mundo, decir que lo habían visto todo, y que ya no querían más negociaciones. Debían irse pronto.

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Después de esto, piden un avión para volar a Egipto con los rehenes. Se planea un nuevo rescate en un aeropuerto, pero todos resultan muertos. Al día siguiente, los Juegos se reanudan. Si no lo incluí es porque quería centrar el relato solo en el momento en que deciden irse. Si les interesa el tema, pueden ver "Munich", de Steven Spielberg, sobre las consecuencias de este evento (Operación encubierta Ira de Dios). Y los documentales "One day on September" de Kevin MacDonald, y "Segundos Catastróficos: Crisis de los rehenes de Munich" de la NatGeo. También hay un documental por History Channel, estrenado hace poco, con los sobrevivientes, pero no lo vi completo. 
Es todo. Gracias por leer, y disculpen la demora.