jueves, 4 de julio de 2013

Sobre una Super Nova del pasado

Hace ya casi un milenio de que una Super Nova fue visible en el cielo. En realidad, no es un fenómeno tan extraño, pero dejémosnos de tonterías y vayamos al grano. Dicha Super Nova, SN1054 (que dio origen a la Nebulosa del Cangrejo), fue una Super Nova que más bien pasó desapercibida. En europa apenas se tienen registros, y los que hay se creen falsos; en China sí se registró; en América se han encontrado petroglifos; y en la vieja Arabia se tiene un solo registro que, aparentemente, coincidió con dos epidemias...
¡Y ahí, es donde entro yo! La ficción trata sobre las epidemias y su posible causa por una razón religiosa. La Gran Estrella que brilló día y noche por un año.

 Nota: La revista Zona Fantasma, de ficción y entretenimiento, nos acogió en su último número como grupo invitado y decidimos enviarles esta ficción. La publicación se distribuye online, así que pueden revisarla en el siguiente enlace: bit.ly/11kmSOn 


Una Estrella

“Se dice que en tiempos antiguos hubo un hombre que tuvo contacto con dioses, pero que fue tomado como un hereje. Dicen antiguos grupos de procedencia innominable que ese hombre se llamaba Saeed ibn Abd al-Aziz. Algunos sospechaban que era un brujo y que sin duda alguna contactaba con demonios que había desterrado Alá.  Fuentes más cercanas y de veracidad dudable aseguran que Saeed supo de una epidemia meses antes de que ocurriera, también dicen que sus ojos se tornaron rojos, que había un aura en él que lo vinculaba con los demonios que merodeaban por los mares de arena en los que nada bueno podía hacer un creyente.”



Nebulosa del Cangrejo formada de la Super Nova SN1054
Todos lo vieron, como marcando un hito, la Gran Estrella... El calor abrasador desaparecía. Ya no era un castigo diario, pero había algo más, había algo que hacía que la gente se pusiera a la defensiva, hacía que la tensión se sublevara y que nadie estuviera realmente tranquilo. Saeed ibn Abd al-Azis era una prueba viviente de ello, aunque él siempre estuviera nervioso. Nadie recordaba un momento en que Saeed no hubiera estado moviendo ansiosamente su pierna o tamborileando con sus dedos, o un momento en el que sus ojos miraran fijos en el horizonte a algo. Siempre había algo que él parecía ver y que los demás no veían. Detrás de los ángulos de los umbrales y las ventanas, de las curvas de los portalones y sus arcos, en lo voluble de las nubes. Por eso, sus ojos se movían incesablemente, y algunos decían que era la razón de sus inmutables ojeras y su cadavérica forma.
Saeed está poseído por un ifrit, fue el rumor que se pasó de boca en boca. Nadie dijo eso en voz alta, porque oyeron que en las lejanas tierras del norte había una figura, un ser... Shaitán, el malévolo ifrit que tomaba formas imposibles y te emponzoñaba con su lengua maldita y ofidia. Y era también una verdad a puerta cerrada que todos habían empezado a oír, detrás de sus orejas, en sus sueños, en la soledad de sus pensamientos, murmullos. Era sin duda alguna un ifrit, porque los ifrits trabajaban así. Pervertían con sus sonidos enfermos, zaherían con sus palabras ininteligibles. Se metían en tu cuerpo. Luego, luego ya no eras el mismo...
“Pssst, psst... No, no hagas ni un ruido. No, no voltees. No abras la boca. No te muevas. Estoy aquí, a tu lado. Siempre he estado. Siempre estaré. Psst... ¿me oyes? No te gustaría acaso disfrutar del ardiente abrazo de la muerte. Sé que me has visto, en el cielo, cuando la noche todavía es joven y oscura. Sé que me has escuchado cuando te desperté antes del amanecer y solo Aglibol brillaba en el cielo.”  
Saeed siempre había querido ser fiel a la figura de Alá. Este era el Dios máximo, era quien los había formado de la arcilla con su aliento, y a éste debían su existencia. Toda su vida había oído esas voces, pero nunca había oído la del Supremo. Aglibol le había advertido:
“Hijo de su Vaho y de la arcilla, la maldición que te atormenta es terrible. No desvies nunca tu mirada hacia ellos, que se esconden entre las sombras y las palabras, entre el canto del gallo y el poderoso Malakbel, que brilla cuando yo me ausento, no la desvíes pues ellos son hijos de la inseguridad y del miedo, son hijos del genocidio y de la enfermedad. Ellos vienen y te roban tu alma, para que luego vagues como un ghoul por el desierto.”
Todos lo vieron. Era un... ¿ser? sin forma alguna. A veces humano, a veces ave... A veces ángel. Sobrevoló primero por Constantinopla y una peste fue consumiendo a cada humano. Sabían, en Fustat de Egipto, que la peste de los ifrit en el norte no tardaría en llegar si dudaban, pues sus cuerpos inmateriales y culpables vagaban hacia donde la maldad florecía. No hay registros claros. Algo es cierto y es que los que sobrevivieron a la peste nunca fueron los mismos. Vieron a sus familiares morir, los oyeron recitar cosas cada vez que aquella figura sin forma aparecía.
La verdad es que todos lo oían con esa voz estridente, inhumana y peligrosa que desafiaba todo lo vivo. Desafiaba la realidad, dirían los astrólogos e historiadores... ellos fueron los primeros en morir. Murieron sin poder anotar siquiera una palabra. Algunos dijeron que era porque pensaban en esa(¿esas?) criaturas con frecuencia inusitada, otros dijeron que había avistado la Estrella que brilla al lado del Sol demasiado tiempo(indudable, puesto que la estudiaron a toda hora desde que apareció). Esa estrella, esa estrella había soplado un viento miasmático sobre la tierra y ese viento había tomado la personificación de los bajos demonios. frutos de los ifrits. Sin duda alguna era el murmurador Iblís quien había mancillado al aire y quien personificaba a la maligna Estrella.
Pasaron meses antes de que la epidemia llegara Fustat. Cuando llegó todos lo vieron claramente. Incluso los que no lo querían ver porque eso era caer en la tentación, y de la tentación al pecado solo había un paso. O tal vez más de un paso, tal vez bastaba estar ahí, donde la tentación habitaba, en tu corazón, detrás de ti, en el eco de tu voz, en tus viles sueños y aviesas pesadillas. Bastaba estar ahí y el piso se desmoronaba. Así lo sintió Saeed. Sintió como la realidad colisionó y vio como la tierra se fragmentó. Claro que en realidad no ocurrió eso. Él lo vivió. Vio como del suelo salían malévolos ifrits de los que nadie nunca tuvo registro, y vio como la gran forma descendía del cielo, de la perversa y vanidosa Estrella. La forma podía ser humana o podía ser ghoul, eso no importaba. La estrella, el ifrit, Shaitán, Ibrís, el innominable, Lucifer, Samael, Beelzebub, Loki, el Crónida, la Sierpe, el más grande enemigo del Supremo estuvo ahí. Los vio con sus altivos ojos.  Saeed recordó las diáfanas palabras que profirió hacía casi un año atrás; las recordó como si estuvieran grabadas:
“Del cielo saldrá una enorme estrella, una estrella remota y lejana que con concupiscencia amará a la tierra de Él; y Él, que en su altar todo lo ve, verá como nos regocijamos desperdigando nuestro infecto querer hacia vosotros. De los ríos se sanaría la fiebre maldita, la imposible vida carcomida, si el brillo del grandioso sol no estuviera ahí, fulgurante incluso cuando la gigante estrella, Malakbel, renegada por ustedes, fogoneé en el cielo. Y de la tierra saldrá el vaho de la arcilla y los vientos del norte, en Constantinopla, llevarán la enfermedad y la injusticia a Fustat, donde perecerá todo lo vivo y hermoso a lo que el Supremo le ha dado vida.”
Saaed cayó de rodillas y despertó, el sol brillaba y abrazaba con el sudor en las calurosas primaveras. Fustat estaba desolada, habían pasado días e incluso meses. La gran mayoría de la gente había muerto y el olor lo delataba. Era un olor prófugo y enfermizo, los que caminaban eran casi ghouls, demacrados y consumidos por el paso de la epidemia.
Petroglifo norteamericano de SN1054
La estrella ya no brillaba en lontananza, solo estaba el sol. Saeed agradeció a Alá, la brisa refrescó su piel. No oyó ninguna palabra ni recordaba las voces de los seres que le hablaban desde su niñez. No vio la perturbación de los objetos y de la atmósfera que acostumbraba a ver. Su fiel primo, siempre buen amigo y compañero, le contó que la epidemia lo había infectado y que, de los que fueron contaminados, era el único que había sobrevivido el castigo de Dios, aunque la inconsciencia había sido su estado por una semana. Le dijo que la Gran Estrella había desaparecido hacía dos días.
Fustat parecía otra, sin embargo, solo una explosión estelar había acaecido en un remoto lugar.

miércoles, 12 de junio de 2013

Sobre la muerte de Medgar Evers

En un tiempo lejano, más de seis eones atrás... Luego de la Segunda Gran Guerra, para ser precisos, en un gran país, cuna de la libertad, se peleaba por los derechos de un grupo. Los afroamericanos tomaron en ristre sus rifles desintegradores. Los blancos respondieron con la artillería pesada. Fue una batalla horrible. Ok, no...
¡Holas!
Hace mucho, mucho tiempo existió un activista por los derechos afroamericanos llamado Medgar Evers, ¿pero qué pasa con él? Bueno, en ese tiempo también el KuKluxKlan era más activo, además de eso existía un grupo llamado "Concejo de Ciudadanos Blancos" que aproababan la supremacía blanca y no temían a tomar acciones violentas con tal de probar sus puntos(si es que acaso eso prueba algo). En fin, esta ficción relata... algo, que leerán. CaritaFeliz.

No hay activistas en el cielo


Lo primero que oyó fue la explosión de un rifle. Luego estaba en el piso, sanguinolento. Seguido de ello oyó gritos; intentó arrastrarse por el piso(no logró pararse), cada movimiento era un esfuerzo increíble. Se creyó escalando alguna montaña, con sus hijos. Luego sintió como la sangre fluía libre, caliente, un rojo furioso y oscuro. Su vista se obnubilaba. Su consciencia se disipaba mientras sus brazos reptaban intentando llegar a su casa.
Pensó en la situación, no completamente anómala:
“Buenas noches, querida. Como puedes ver, me acaban de disparar, creo que es bastante grave. ¿Podrías llamar a la ambulancia, por favor? No, no te puedo besar como siempre acostumbro a hacer, ni tampoco puedo cargarlos, hijos. Estoy herido, verán, es un disparo de un rifle. No sé si salga de esta”.
La puerta se abrió súbitamente, estaba a ocho metros de ella, su mujer. Vio su cara angustiada. La respiración se hacía forzosa.
“¡Oh dios, oh dios! Medgars, querido... por favor, resiste”. Su cabeza estaba en las piernas de su mujer. El olor a perfume era hermoso. No veía a sus hijos. Mejor así, pensó.
Medgar Wiley Evers
La realidad le parecía confusa. Un alboroto donde no se entendía nada.
“Amor, lo siento”, le dijo antes de perder la consciencia, por meros segundos. Sí, lo sentía. Lo sentía, profundamente en su cuerpo. Una bala de alto calibre que estaba enclaustrada en él. Sentía también que sus hijos tuvieran que verlo morir así. Se sentía orgulloso. Recordó, la certeza le hacía sentir remordimientos, su activismo por la equidad.
“Esto... esto es más grande que nosotros. Habrá justicia. Quizá tarde, pero la habrá. Mi muerte, tendrá un impacto.” Era el pensamiento de un hombre agonizante que no estaba siquiera consciente. Eran fugaces ideas que volaban.
Repentinamente se encontraba en su niñez. Hacía calor, mucho calor. El sudor corría por sus sienes. Transpiraba, pero estaba feliz. Enorgullecería a sus padres, obteniendo el diploma de secundaria. Luego representaría a su país en la guerra. Esos nazis... no eran humanos; y eso le ardía en su sangre, la injusticia. Y la bala.  
Vio a los camilleros recogerlo, había prisa. ¿Por qué tanta prisa? Nadie se está muriendo. Sintió como le caían lágrimas en la cara. Lo asoció con la lluvia, y un disparo del mortero lo dejó desorientado por un par de segundos. Recuperó posición rápidamente, junto a sus compañeros y siguieron avanzando bajo la artillería alemana. Recordó la muerte lenta y dolorosa de un compañero. Un disparo que atravesó el pulmón. El desgraciado resistió más de lo que le habría gustado. Sonreía con un orgullo inentendible; eran compañeros de secundaria.
“Oye, Evers, prométeme, prométeme que le dirás a mis padres que luché como un hombre. Que morí recordándolos a ambos. Los amo, evers, tengo miedo...”
“Tengo miedo...” dijo, su esposa estaba a su lado en la ambulancia, ella ignoraba que estaba inconsciente. Maldecía al universo, maldecía a los blancos y a la injusticia que había obligado a su marido a ser un activista.
“Todo va a estar bien. Recuerda a los niños, ellos te necesitan. Por favor, querido, no... no”. Lo oyó. Se le antojó dramática la voz...
Lápida de Medgar Evers
El blanco se le antojó deslumbrante. ¿Estaba de camino al cielo? ¿Le esperaban ángeles?
¿De verdad este era su fin?
Vio a su esposa por última vez sentada. Luego se vio a él en una camilla. Oyó como el médico lo declaraba muerto.
La vida se le antojó sumamente injusta y malvada. Pero estaba muerto. Y no hay activistas en el cielo.

domingo, 9 de junio de 2013

Dilema sobre la muerte de Nerón

Ha llegado el día en que finalmente vuelvo a publicar algo. Aquí estoy ("Hola"), esta vez con un personaje del que es seguro que la mayoría conoce: Nerón Claudio César Augusto Germánico, emperador romano. Aquél de quien se dice que tocaba la lira mientras veía arder la ciudad de Roma, incendiada por él por el simple capricho de una remodelación. Sí, él mismo. El hecho es que Nerón se suicida el 9 de junio del año 68 D. C. con la ayuda de su secretario, Epafrodito. Esto sucedió debido a una serie de rebeliones que terminaron en la de Cayo Julio Víndex, que haría que Galba ascendiera como nuevo emperador e incluso las fuerzas militares le dieran la espalda a Nerón. Después de su muerte, Roma vivió una etapa de inestabilidad: durante un solo año tuvo 4 emperadores, lo que se conoce como el Año de los cuatro emperadores, luego del cual iniciaría una nueva dinastía. En fin... sin más preámbulos, están invitados a leer.

.+.+.+.+.+.+. Dilema sobre la muerte de Nerón.+.+.+.+.+.+.

La noticia del destierro no lo sorprendió. Tras la muerte de Nerón, hacía ya muchos años, para Epafrodito la vida se había tratado de esconderse entre la multitud, de evitar bajo cualquier condición resaltar siquiera un poco. Debía mantener su perfil bajo si no quería ser notado por el emperador, que, aunque hubiese cambiado tantas veces en casi tres décadas, fue siempre enemigo de su amo. Para él, se trataba de la misma persona. Es así que el emperador, ahora con el nombre de Dominicio, recordó el papel que interpretó Epafrodito en la tragedia sobre el suicidio de Nerón. Su propio secretario no había podido protegerlo con su vida. Esto constituía un delito muy grave, era fácil marcarlo como un traidor. Dominicio tenía el tino suficiente para darse cuenta.

"Nerón en la Bahía", por Jan Styka

Epafrodito no estaba sorprendido. Lo estaban obligando a irse de su propia tierra y él sentía que debió hacerlo hace mucho. No sabía con seguridad por qué no se había atrevido. Quizá esperaba que alguien viniera a impartir justicia para sentirse por fin libre de toda culpa. Recordaba con demasiada claridad la demencia de Nerón, la desesperación ante su decadencia, sus acciones desatinadas para acabar con sus enemigos, las consecuencias de matar a tantos gobernadores sospechosos de haberse pasado al bando enemigo, el abandono de la guardia pretoriana y la inminente desolación de un emperador que se convertía ahora en “enemigo público” declarado por el Senado. Recordaba con demasiada claridad el plan de Nerón para darse muerte, pero también el terror que lo invadió al verse como su propio verdugo para conservar su honor. Nerón nunca se quitaría la vida, el miedo nunca lo dejaría y su orgullo no podría ser salvado por nadie. Solo estaba él allí, el secretario, siempre dispuesto a acompañarlo y protegerlo. En ese momento pensó que era así, se le hizo muy nítido: debía ayudarlo a ejecutarse a sí mismo. Era la única manera de protegerlo.
Tres décadas después, aún sentía en sus manos las de Nerón, aferradas con una fuerza insana al puñal, y el calor de la sangre imperial bajando por sus brazos desde el cuello de su Señor. Entonces volvía a escuchar sus quejidos y el difícilmente pronunciado “Gracias” que terminaría por atormentarlo toda su vida.

 “¿Murió por convicción propia?” No le quedaba claro si el emperador estaba convencido de su propia muerte. Quizá nunca lo estuvo y la decisión fue puramente suya. En ese caso, su culpabilidad era tan grande como su tormento y era probable que ni siquiera los dioses lo perdonaran. Era un acto vergonzoso.

El camino hacia las afueras del imperio era difícil. Tenía que partir esa mañana y así era como lo hacía. Dejaba atrás todo y se llevaba consigo la duda, y ante el tormento la pregunta de si quizá no debería también acabar con su vida. El galope de un caballo lo sorprendió a lo lejos.

¿Quién vendría también por su camino? Quizá un mercenario, un viajero sin hogar como él era desde ese momento —si no desde que cortara el cuello de Nerón.

“Sin hogar…”

El actor francés Talma interpreta a Nerón en la obra
"Británico" de Racine, por Eugène Delacroix 

El hombre bajó del caballo y se acercó a él. Lo inmovilizó sin ningún problema y le hizo un profundo corte en la yugular.

Epafrodito sintió en ese momento como si se estuviera matando a sí mismo. El hombre aquél, incógnito, era idéntico a él y sus manos se parecían a las suyas. Lanzó un gemido y su voz le pareció familiar, mas no propia. La voz de Nerón se hacinaba en su interior desde que sus manos empujaran el puñal hacia su carne, y era ahora que se hacía notar. Sintió la presión y el discurrir de la sangre del emperador desde su propio cuerpo, y al mismo tiempo cómo el terror recorría sus arterias para finalmente ser liberado. Él no era Epafrodito en ese momento, él era Nerón, y estaba tan convencido de ello que, al terminar el corte y desvanecerse la ilusión, sintió que se ahogaba con una sangre que, por suya, detestaba tremendamente. Así no quería morir, pero ya era tarde.


 “Tal vez… tal vez nunca importó si lo maté o no. Nada hubiera cambiado”, pensó… por última vez.

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Eso ha sido todo. La vida de Nerón es un tema bastante discutible, porque hay muchos detalles, como que él toque la lira durante el incendio de Roma, que no han sido validados como ciertos. En el caso de que les interese un poco, les dejo el libro "Nerón", de Edward Champlin, que analiza un poco las fuentes de las que provienen los relatos que conocemos respecto a este emperador romano. Eso es todo. Gracias por leer ¡Adiós!

viernes, 17 de mayo de 2013

Él quería a Jersey Joe

Este post llega atrasado por pura falta de imaginación. Pido las disculpas del caso y prometo con deditos cruzados que no volverá a suceder.
La fecha a la que hace alusión el relato es  el 15 de mayo de 1953, cuando Rocky Marciano, leyenda del box, venció por nocaut a Jersey Joe Walcott en el primer round, al defender su título mundial de peso pesado.
Un dato importante es que unos meses antes de este memorable encuentro, el 23 de setiembre de 1952, Rocky Marciano había alcanzado el título mundial, precisamente, arrebatándoselo a Jersey Joe, con un nocaut en el décimo tercer round. En este encuentro, Jersey había estado ganando por puntos, hasta que Marciano lo derribó con su famoso golpe conocido como "Susy Q".


Él quería a Jersey Joe

Tenía más o menos tu edad cuando lo conocí, ¿Tienes catorce o quince? Bueno, por ahí va. No recuerdo el mes exacto, pero han de haber sido unos cinco o seis meses antes de mayo del 53. Llegó al barrio como un huracán, a impresionarnos a todos y eso era lo más impresionante, lo voy a recordar siempre... nosotros que nos resistíamos a reventarle cuetes a quiensea. Dijo que tenía diecinueve años y su padre había sido un excelente boxeador. Nos advirtió que no preguntásemos jamás sobre su padre o por qué no estaba con él y así lo hicimos. Nos enseñó a pelar a todos y cada uno, hasta a la pequeña Meche, hermana de mi cuñao el Chancho, que se coló en el grupo con la promesa de presentarnos a sus amigas. Nos defendía con astucia y palabrerías, cada vez que podía, cuando nuestros papás se encabronaban y ya estaban a punto de reventarnos con un palo. Vaya, el Sambo, carajo. Él mismo fue el que nos dijo que lo llamásemos así aunque ni muy negro era. Ahh, bien orgulloso andaba de su raza. Y su familia no era pobre, no te creas, todo el barrio era clase media, su mamá era blanca y hasta hablaba su inglés.

Poco a poco nos fue enseñando de boxeo, los nombres, las fechas, las técnicas, las victorias, las que no debieron ser victorias y así, pero las de allá… Norteamérica. Sí, sí, yo y los demás también nos preguntábamos eso, por qué no hablaba del box de por acá, de los personajes de acá, pero no se lo decíamos porque sentíamos que tampoco debíamos preguntar como con el tema de su padre. De todas maneras, le teníamos mucha confianza. El Sambo tenía una personalidad que nos cautivaba, era un macho arrebatado, pero también tenía su astucia y sus modales. Bien raro lo creíamos al principio, nunca habíamos conocido a alguien así y a pesar de todo, todos creíamos que tenía una falla: no le hacía cosquillas Rocky Marciano. Más que eso... para ser exactos, casi se podría decir que lo detestaba. Cuando hablábamos de la gran pelea de septiembre, no tenía que estar él, porque nos entusiasmábamos demasiado, imitábamos los movimientos del gran Rocky, los que recordábamos de las fotos, ese balancearse hacia abajo para enganchar hacia arriba, poníamos a alguien de Jersey para parodiar el nocaut del 13, y así. Nos creíamos unos toritos felices, pero en el fondo sabíamos que era clandestino, porque no estaba el Sambo y no lo debía saber.

Cuando nos enteramos que Jersey había aceptado una revancha para recuperar el título, vaya que no sabíamos cómo reaccionar, porque el Sambo no era idiota, ya olía nuestra admiración a Marciano. Cuando estábamos todos, o sea con él, tratábamos lo más que se podía en mantener la calma y no hablar de eso o de la fecha, pero claro que no faltaba un imberbe que la fregaba y no recibía menos que un lapo en la nuca. Y de ahí, algo extraño… nos dimos cuenta que el Sambo empezó a fumar y eso nos asustó un poco, porque él mismo nos lo había prohibido y tachaba de estúpidos a quienes tenían el vicio. Ah, qué tensión se sentía y a ciencia cierta no sabíamos por qué tanto drama, pero no sé, hijo, quizá si lo sabíamos y nadie lo decía, por miedo, por respeto, qué se yo.


Y tuvo que llegar el día, el tan mentado 15 de mayo del 53. Nos juntamos todos en casa del Gringo, si mal no recuerdo porque su mamá nos haría sanguches… todos estábamos alegres porque el Sambo estaba bien tranquilo y ni un cigarro, ah y hasta la Mechita se trajo a dos amigas ja-ja. El Sambo tarareaba una canción y mientras esperábamos la transmisión radial, nos iba contando sobre la carrera de Jersey Joe, sus triunfos, derrotas y las que no debieron ser derrotas…  “y si no les hablo de Marciano, es porque ya sé que todo se saben de él, pendejos” nos dijo riéndose, unos cinco minutos antes de que empezaran a transmitir. Todos callados cuando empezaron a presentarlos, todos callados con la ovación a Marciano, todos callados con las advertencias de siempre, todos callados cuando sonó el timbre… y todos callados cuando nos tomó por sorpresa el derechazo que a los dos minutos y medio mandó a la lona a Jersey, pensamos que se levantaría, no parecía grave, decían que tenía intención de pararse, y se paró y… ya sabes, muchacho, era tarde. No pudimos aguantar la emoción, gritamos de alegría y nos abrazamos con gestos de boxeo, Rocky Marciano había calado en nuestros corazones y algo se había roto en el del Sambo, vimos unas lágrimas que no intentó limpiarse, se paró y se fue sin despedirse. Nos sentimos estúpidamente culpables, muchacho, no sabes lo que fue eso… en vez de hablar de la grandiosa victoria, nos pusimos a debatir sobre cómo haríamos para dirigirnos nuevamente a él sin agachar la cabeza o algo así de estúpido. Y adivina qué pasó… ¿no adivinas? Nunca más volvimos a saber del Sambo, hijo, nunca más… esa misma noche, su madre y él se fueron del barrio, y ya te imaginarás que todos lloramos cuando nos enteramos, nos reunimos y decidimos que nunca hablaríamos mal de Jersey Joe, nunca lo parodiaríamos y hasta llegaríamos a respetarlo. Vaya tontería, ¿no crees? Pero el Sambo lo había querido y eso era lo único que valía para nosotros. 

domingo, 12 de mayo de 2013

Accidente de Trípoli

Buenos días, damas, caballeros, amixers, fresas, peces en una pecera y gatos en una gatera. 
Les traigo hoy una ficción meramente basada en el accidente de Trípoli(Libia), ocurrida hace 3 años un día como hoy en la que tan solo sobrevivió un pequeño niño de nueve años. 
Espero la disfruten.

Nota: Personajes y situaciones son ficción.

 Accidente de Trípoli

Hay un silencio intenso. Las paredes blancas parecen señalar a un paraíso pero mucho se distancia de eso. El zapateo de un hombre en la sala de esperas mantiene un ritmo estable. Podría ser músico.
Ruben van Assouw sintió como si lentamente se desprendiera de la realidad. Se sintió en paz luego de dos mes de sufrimiento. Se sintió como si se evanesciera. Ligero y transparente.
Abbe van Assouw sintió una presión en su corazón, sintió demasiada tensión. Sintió tanta como si algo increíble y doloroso se sobrepusiera sobre él. Recordó por un momento cuando su padre le daba una enciclopedia de dinosaurios cuando era pequeño. Amaba los dinosaurios. Recordó también cómo le había dicho hace 2 meses al visitarlo “Estás tan viejo como un dinosaurio”, después de abrazarlo. Recordó su sonrisa y su respuesta cálida. Casi parecía un sueño y asoció su situación actual a una pesadilla de la que ya quiere salir.


Ruben dirigió su mirada, lastimera, a la muchacha que lo cuidaba, la forma en la que lo veía era delatora. Sonrió. La enfermera salió rápidamente y oyó como llamaba a su hijo.  Abbe entró corriendo, conteniendo las lágrimas. Lo vio a través de su cara.
“Viejo...”  Le oyó decir, con su voz quebrada, mientras agarraba su mano, él la apretó, queriendo mantenerla así por siempre. Recordó a su otro hijo, está fuera de Holanda. Sonrió.
Vio a su nietos felices en medio un avión. Se sintió orgulloso. Su vida tuvo un impacto en la Tierra. Agarró la mano de Ruben en su evanescencia.  Su hijo, David, le puso su nombre en homenaje a él. Es ciertamente su nieto favorito, pues le recuerda a su infancia.
Abbe recibió entre sollozos la llamada de su hermana.
“Malas noticias.”  Le dijo.
“Pero ninguna noticia podría ser peor que la muerte de nuestro padre.”  Contestó a Elisabeth.
“La familia de nuestro hermano parece haberse estrellado en Trípoli...” Su voz era un susurro.
   Ambos sintieron como si el mundo fuera un lugar cruel, obviaron todo lo bueno que les ha pasado y sintieron como los recuerdos los apuñalaban.  Ambos durmieron esa noche cómo la última en la que dormirían.

   Hamza, cirujano, escribe esto en su diario luego de la operación de un niño holandés, único sobreviviente de un accidente aéreo.
   “El sonido del helicóptero me tomó por sorpresa. Habiendo sido previamente informado sobre una operación de alto riesgo a un infante de alrededor de 9 años no pude evitar sentirme nervioso. No solo acarreaba esta operación la vida de un niño, también traía consigo relaciones diplomáticas con otros países, también traía consigo el ojo de miles de personas. ‘Único superviviente de un accidente aéreo’ era algo que los medios harían conocido muy fácilmente. Ahí estaba mi orgullo cirujano, en la cuerda floja.
   La impaciencia luchaba furiosamente contra la calma que debía mantener. Las paredes blancas de la clínica, el ambiente esterilizado. Te sientes repentinamente como si lo que hicieras tuviera un poder mucho más allá de lo humano. Tienes la posibilidad de que un pequeño infante, dos piernas fracturadas, con contusiones de poco riesgo en el cuerpo, inconsciente, pueda caminar de nuevo. De que su vida no quede arruinada por completo. Los paramédicos me contaron luego de salir de la cirugía cómo el niño parecía morir por un instante, cómo pareció que su vida se iba justo enfrente de ellos, impotentes, y luego, cómo por obra de magia, (¿Un milagro?) el chico volvía a la vida y sonreía, mientras apretaba fuertemente la mano de uno de los paramédicos. Oír estas historias es siempre emocionante, a pesar del gran grado de subjetividad que tienen. La tensión en momentos de urgencia juega un papel importantísimo en cómo ves las cosas.
   Finalmente, pudimos ver como el infante recobraba su conciencia, por breves momentos, y contestaba a un oficial su lugar de origen(más bien lo confirmaba, ya que lo sospechaban las autoridades).
   ‘Holanda.’ Dijo con una voz tan suave que dudé de lo que había escuchado por un momento. Las autoridades me dijeron que ya habían llamado a un familiar, que mantuviera con vida al niño.
Sin embargo, Ruben(me costó recordar su nombre) no corría ningún peligro. Tiene la suerte de un Dios.”