lunes, 21 de enero de 2013

Ejecución de Luis XVI

¡Hola! ¿A que no adivinan quien soy? Pues sí, ¡soy yo! Liare... ¿Y saben qué signfiica eso verdad? DIVERSIÓN. 
Ok, no. Veamos, esto es una pequeña ficción que tal veeez se apega demasiado a la realidad. Pero, hey, no siempre tu esclavizada mente trabaja como quieres, así que ahí tienen esta pequeña pieza que trata sobre la ejecución de Luis XVI (1973), Rey de Francia.

Rey decapitado

El escenario estaba preparado, minuciosamente, casi como si se siguiera un guión. La gente, toda la gente estaba en las calles, comentando el gran evento que se venía. Algunos lo hacían con un gesto de asco; a otros, el odio era el sentimiento que les encendía por dentro, y tal vez estos eran los que llevaban pistolas. Tal vez el simple impulso de verlos prendería la pólvora en ellos e irían a por él. Eso les gustaba pensar, además del grupo con armas de fuego, estaban también los que llevaban picas, y tal vez estos eran los que esperaban un verdadero espectáculo. Un fin sucio y sangriento para alguien que no merecía el respeto de la población.

A pesar de mostrarse fieros, de tener sus almas encendidas con un fuego profundo y oscuro, de estar expectantes para lo mucho que cambiaría este evento la República Francesa, lo que más sentían era miedo. Porque tal vez en sus corazones dubitativos, la idea de decapitar a un Rey era demasiado fantástica, era algo que iba más allá de lo que un plebeyo podía concebir. ¿Era este el paso más grande que darían en la revolución?


Muerte de Luis XIV. Rey de FRANCIA que fue decapitado
el 21 de Enero de 1793

No lo sabían. Sus piernas temblaban, sus espaldas sentían a un fantasma cernirse sobre todos ellos. Era la muerte, que se hacía inmensa, decían algunos, para la muerte de un Rey; que aclimataba todo, congelaba la brisa que pasaba y mojaba la tierra.

Por otro lado, Luis XVI mantenía su solemnidad, no dejaba a su orgullo torcerse. Más parecía preparado para ejecutar a alguien. Se sentía una seguridad insana en su presencia. Se refugiaba en Dios, en su clamada inocencia. Se aferraba a ella como un niño que se aferra a su madre ante las miradas culpables y eso le daba un calor que muchos de ellos no comprendía. Los gendarmes lo veían con una sorpresa que no era lo que se llamaría común. Nadie habría sido tan valiente horas antes de su muerte. Se mostraba sumamente tranquilo, ansioso por el breviario del sacerdote, por rezar sus palmos. Todo esto lo había hecho como quien se prepara para algo común, el tiempo lo llevaba suavemente ante la garganta de la muerte, hacia la oscuridad, hacia el vacío eterno... el infierno, por sus crímenes cometidos. Pero Luis mostraba claramente en sus facciones que se hallaba exento de culpa.



La serenidad que su Majestad mantenía fue algo que no se rompió siquiera cuando llegaron. Luego de pasar por las calles repletas de ciudadanos, todos murmurando y expectantes con el estruendo de los tambores que pretendían acallar cualquier murmullo que se lanzara en favor del Rey. Una vez hubieron llegado, Luis XVI preguntó al sacerdote:

— Hemos arribado. Si no me equivoco.— Su voz se entonaba con una dulzura y dignidad que superaban la ansiedad de los gendarmes. El sacerdote no contestó, siendo fiel al voto de que no se le debía hablar mientras no hubieran testigos. El silencio era respuesta suficiente.

La policía francesa intentó ir a por el Rey en sus ansias, pero éste no respondía al apresuramiento. Los detuvo, y bajó a su paso. También intentaron disponer de sus ropas, pero su contestación fue la misma. Él mismo dispuso de ellas y esperó a que siguieran las órdenes.

— ¿Qué intentan?— preguntó indignado, sin embargo, cuando los gendarmes procedían a amarrarlo.
— Amarrarte— fue su contesta lacónica.
— ¡Amarrarme!— Dijo sarcástico, pero con el tono tan propio de la Majestad.— ¡No!, nunca podría consentir eso: hagan lo que les ha sido ordenado. Pero nunca osen amarrarme.

Acaecido lo anterior, los gendarmes de alguna manera aceptaron la voluntad del Rey, y le ordenaron que se apoyara en el sacerdote. Seguido de esto subieron a la pasarela, era una subida difícil, se temió que la voluntad del Rey se resquebrajara en el último momento. Su orgullo no lo permitiría, y de hecho, le daría la fuerza como para terminar de subir solo, sin apoyarse del sacerdote.

Llegado ese momento era imposible que se dejara al Rey sin ataduras. El momento de su ejecución se aproximaba tan fiero como el velo de oscuridad que cernía a Francia. Se le intentó amarrar de nuevo. “¡Nunca, nunca!”, gritó este, con indignación.

— Con un pañuelo entonces, Señor— dijo uno de los preparadores con una voz tan respetuosa como le fue posible. Solo entonces el Rey se mostró comprensivo.
— ¡Que sea así, entonces, por Dios!

Poco después, proclamó en voz tan alta que todo parecía estar en completo silencio:

— Muero inocente de todos los crímenes puestos sobre mi persona; perdono a aquellos que ocasionaron mi muerte; y rezo a Dios para que la sangre que están derramando nunca más caiga en Francia.

Se ordenó a los tambores que sonaran. Luis XVI fue puesto en la guillotina y todo terminó con un corte limpio. Su cabeza cayó y uno de los jóvenes guardias asió su cabeza en el aire. Mientras la multitud gritaba “¡Viva la república!”.

Y la muerte se llevaba comprensiva y conocedora de que Luis XVI había nacido en el momento equivocado a su lado, mientras, ubicua, se llevaba las miles de vidas que se perdían.

viernes, 18 de enero de 2013

Los viajes de Gulliver

Hace ya buen tiempo desde que leí Los viajes de Gulliver o “Viajes hacia naciones del mundo bastante lejanas. En cuatro partes. Por Lemuel Gulliver, primero cirujano, luego el Capitán de muchos barcos”, como es su título original (sí, es bastante largo…), de Jonathan Swift. La leí arrastrado por una curiosidad salvaje, por ser una de las lecturas de las que mucho se escucha a lo largo de la vida.


La novela tiene un comienzo bastante curioso: una brevísima carta de Ricardo Sympson, el supuesto editor del libro, quien da alcances sobre el protagonista, Lemuel Gulliver, íntimo amigo suyo, y nos cuenta cómo fue que sus manuscritos llegaron a él.

Ahora bien, ¿de qué trata Los viajes de Gulliver? Es casi seguro que la mayoría de personas ha escuchado, leído o visto versiones de su historia: Gulliver realiza cuatro viajes que lo llevarán por lugares completamente distintos del mundo que conoce, siempre solo y en problemas gracias a su suerte y a su poco fiel tripulación. Cada uno de estos viajes constituye una parte del libro. Siendo así que la novela se constituye por cuatro interesantísimas partes.


¿Por qué vale la pena leerlo? Pues, cada lugar nuevo, ya sea la isla de los pequeños liliputienses,  los gigantes de Brobdingnag, los excéntricos hombres de Laputa o la controvertida isla de los caballos parlantes (houyhnhnms) con esclavos humanos salvajes (yahoos). Cada uno de estos viajes es una especie de ironía escrita por Swift a la sociedad de su tiempo. Y, ¡vaya sorpresa!, incluso ahora, casi 300 años después de su publicación, puede provocarnos cuestionar mucho de nuestro mundo.

Recomendable por supuesto. Pero, eso sí, no es para nada un trago ligero. Al menos no lo fue para mí.

lunes, 14 de enero de 2013

El Hobbit

En un pequeño pero muy lujurioso agujero debe yacer ahora Tolkien, tal como en su tiempo lo hizo Bilbo, de El Hobbit, lo que no hace menos perturbadora la analogía. En fin, cuando se habla de Tolkien se habla con grandes palabras y de una raza de una pequeña talla, algo temerosa pero con mucho coraje, capaz de afrontar dificultades que tal vez ningún hombre grande actual sea capaz de igualar.



¿De qué libro hablamos? Realmente, no tiene chiste que haga esta pregunta. Está más que claro... No, no es El Señor de los Anillos, maldita sea. Es lo que sería, oficialmente, su precuela. Y, como ya dije, chimpances descerebrados, El Hobbit. Ésta es una historia que le hace gran honor a su título, ya que de quien hablamos es de un hobbit. ¿Qué es un hobbit, me dices? Ya lo leerás en el libro, campeón, pero te puedo decir que es una especie de humano aproximadamente de la mitad de nuestro tamaño, tal vez un poco más bajo, a los cuales les gusta vivir muy cómodamente. Y nuestro protagonista, Bilbo, capaz uno de los más cómodos y cordiales que puede haber, lo que no significa un mal aventurero incapaz de actuar a la medida de la situación. Aunque hablar de eso es ya hablar de su evolución a lo largo de una historia que se cocina lenta y suculentamente. Sin llamar a las prisas, con los tiempos correctos, metiéndote poco a poco en este mundo del que, si no has leído a Tolkien, poco conoces. Un universo interno con MUCHO que explotar, como se puede ver en su secuela.



El Hobbit tiene personajes y situaciones adversas que te muestran lo mejor del personaje principal siempre. Y, ¿cómo no?, si la historia es básicamente en honor a los de esa raza, y él le hace el honor merecido. Lamentablemente, para algunos, aunque sea una gran compañía la de su travesía, es considerablemente poco lo que llegamos a conocer de ellos. No son personajes “de palo”, pero tal vez a alguna que otra persona les llegaría a gustar más desarrollo sobre ellos. Dicho esto, no quiero decir que haya sido particularmente malo, ya que si bien variadas las personalidades de sus compañeros Enanos están bien definidas a lo largo de la historia. Los otros personajes que aparecen, le dan más fuerza al trasfondo de todo y el hecho de que todo tenga un aire, en cierta forma, de “banalidad”, de “una travesía sin sentido”, hace que el desenlace final de la historia sea mucho más placentero. Todo esto con la narración algo lacónica y precisa de Tolkien, que te va llevando guiado por su mano, por paisajes y cuevas, hermosos y tenebrosos a la vez.

En fin, de Tolkien y su universo se puede hablar demasiado. Yendo más al grano te puedo decir: ¿Leíste El Señor de los Anillos? Esto es infaltable, no puedes dejarlo de lado. TIENES, REPITO, TIENES QUE LEERLO. 
¿No lo has leído y buscas algo bueno para leer? Lo mismo. TIENES, REPITO, TIENES QUE LEERLO. La narración es ligera, la historia buena, los personajes encantadores. No puedes pedir más, si ya con solo decirte que la escribió Tolkien deberías correr a por ella.

martes, 25 de diciembre de 2012

Tregua de Navidad [¡Feliz Navidad!]

Hace 98 años, durante la 1ra Guerra Mundial, en un descampado de Bélgica, se enfrentaban alemanes e ingleses. Sin embargo, el día de Navidad no se dio un solo disparo. Soldados ingleses y alemanes intercambiaron saludos y regalos en lo que sería recordado como la Tregua de Navidad.
Jo jo jo... La risa del viejito pascuero no alcanza para expresar mi carencia de extrema felicidad. Sin embargo, la que tengo es suficiente como para dejar una ficción y escribir cosas así de raras. Como sea... El blog ha estado un poco inactivo estos meses, mil disculpas por eso. Ya recuperaremos el ritmo, para eso sirven las fiestas, señores. Ahora sí, a lo que íbamos...

.+.+.+.+.+.+. Hay un espíritu en las trincheras.+.+.+.+.+.+.

Una ráfaga de viento terminó de enterrar en la nieve un casquillo de bala cuando el sol se ocultaba y en la trinchera inglesa un soldado se ataba bien las botas, otro se arreglaba el gorro felpudo y algunos más cargaban de municiones sus armas. Mientras tanto, un incorpóreo compañero ganaba fuerza con la llegada de la oscuridad. No sabríamos decir si el frío también lo hacía fuerte, pero después de aquella ráfaga el sol parecía ocultarse más rápido y, en consecuencia, su poder se hacía mayor. Nadie en la trinchera inglesa lo advirtió ni le tomó la mayor importancia a este hecho. A veces el sol parece ocultarse más rápido, dependiendo de lo que hagas. Podría también haber sido nada más que una sensación, nada comprobable, así que ninguno lo recordaría tampoco.

Del otro lado, en la trinchera alemana, la ráfaga de viento coincidió exactamente con el primer resoplido de uno de los soldados luego de encendido un cigarro. Guardó los restantes y sus cerillos en el saco y continuó fumando. En esta parte de "Tierra de nadie", el lugar en que se desarrolla este, por el momento, tranquilo enfrentamiento militar, el compañero incorpóreo parece haber caído por alguna casualidad. El cielo se ha oscurecido ya bastante como para que su poder pueda ser extendido fácilmente. Se desliza por entre los alemanes y le deja a cada uno un mensaje susurrado en el oído. Ríe después de esto, y su sonrisa parece maliciosa, oscura, pero se ilumina un poco cuando advierte la presencia de fogatas.


Para cuando el viento entierre otro casquillo la trinchera alemana estará en completo trance. Todos y cada uno de los soldados canta bajo la influencia del compañero incorpóreo. Los ingleses, sin embargo, continúan en silencio y luego de escuchar con atención los villancicos comienzan a sentirse solos. Uno de ellos observa con atención las fogatas. Se ordena el silencio y sus manos, como las de sus compañeros, se aferran a su rifle, listo para cualquier asalto. El compañero incorpóreo ríe y el soldado inglés recuerda la sonrisa de su novia, pero sabe que no debe ocupar su mente. Con los villancicos de fondo, escucha pasos sobre la nieve. En este momento requiere la máxima atención.

“Soldado inglés, feliz navidad. Feliz navidad”, el extraño mensaje del enemigo lo confunde. Y más aún cuando continúa insistentemente por algunos minutos. “Salgan, ingleses, vengan con nosotros”.

Sería una locura ir hacia ellos. Tanto trabajo atrincherarse, tanto sufrimiento al perder compañeros, tanto hastío cargar los rifles una y otra vez... ¿y tenían que ir con ellos? El compañero incorpóreo venía con los alemanes y se escabulló hasta la trinchera para dejar bajo su encantamiento a algunos ingleses, que comenzaron a gritar también, en respuesta, “Feliz navidad”, contagiando el espíritu a sus camaradas.

El poder del compañero incorpóreo sobrepasaba entonces el de cualquier armamento en ambas trincheras. Los saludos se convirtieron rápidamente en cánticos y a la mañana siguiente ambos bandos se encontraron en el centro para darse aún más saludos y entregarse regalos como botones, cigarros y chocolates. Estrecharon las manos y se volvieron amigos en medio de una guerra que cobraba vidas más allá de sus trincheras. Intercambiaron direcciones como si tuvieran la certeza de que al terminar la guerra continuarían vivos. Como si se vieran claramente en la mesa de su hogar, tomando tranquilamente un café y mirando hacia la puerta, pues en cualquier momento podría llegar el alemán o el inglés con quien estrechó manos en medio de la guerra.


Soldados ingleses y alemanes fraternizando en "tierra de nadie". Navidad, 1914.

Enterraron a sus caídos, jugaron un partido de fútbol y nadie nunca se percató de la presencia de un soldado desconocido. Vestía como inglés y era siempre uno de los primeros en cantar un villancico. Había intercambiado todos sus botones solo por botones alemanes y varios de éstos por una insignia inglesa. Los guardaba en los bolsillos como si fueran un tesoro y en todo momento mostraba una sonrisa. Era un tipo extraño, de los que pocos se ve.

Después de pasar un rato con todos y en medio de la algarabía, de las risas y las charlas, justo antes de que cayera el sol, el extraño soldado se metió las manos en los bolsillos y, cuidando que  nadie lo viera, caminó hacia el crepúsculo mientras entonaba un villancico alemán.

♫ Stille… Nacht… Heilige Nacht… ♫

Se alejaba el compañero incorpóreo con muchos botones, una insignia y una sonrisa inmutable en el rostro.


.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.+.
Muy bien, eso ha sido todo. A los que quieran enterarse más sobre el tema, existe una película  alemana llamada Joyeux Noel (Feliz Navidad) sobre este acontecimiento. Asimismo, seguro que les encantará visitar esta página (contiene información sobre la Tregua y cartas de varios soldados que estuvieron presentes). Espero que les haya gustado ¡Saludos!

martes, 27 de noviembre de 2012

Batalla de Tarapacá

Mientras escribía la ficción de hoy, medité sobre el valor que tienen para algunos un objeto en particular. Eso se presenta en situaciones en las cuales dos bandos se enfrentan entre sí. Un día como hoy, tanto el ejército aliado (compuesto por peruanos y bolivianos) como ejército chileno se enfrentaron en Tarapacá. Muchos recuerdan esta fecha. Ahora les dejaré con el escrito.


Estandarte 

Agua. Por varias horas había tenido la esperanza de probar un poco de líquido vital, pero fue en vano. Y definitivamente, él no era el único con ese pensamiento. La guerra nunca había sido un lugar alegre, pero no tener provisiones afectaba directamente en el desempeño de los soldados. Sus pasos eran lentos, sus mentes perturbadas.  Sus superiores, al percatarse del estado de sus subordinados, elaboraron un plan de emergencia.  Y al enterarse de ello, los soldados extrajeron la poca fuerza que les quedaba.

Su nombre lo había dejado junto con su familia, en Santiago. Sólo le quedaba el apellido, Herrera, con el cual era llamado por sus superiores y compañeros de su regimiento. ¡Agua! ¡Agua! No le importaba morir a manos del enemigo. Lo que detestaba era morir sin ni siquiera haber luchando a plena capacidad. Sostuvo su rifle con firmeza, pero notó desesperanzado que sus manos temblaban levemente. Alejó los pensamientos negativos de su mente y se enfocó en el presente.  ¿Acaso se daría el lujo de mostrar débil ante sus contrincantes? ¡Jamás!

Su regimiento, el  2° de Línea junto con otros más, se dirigieron hacia el fondo de la quebrada, al mando del Coronel Ramírez. El deseo de beber un poco de agua tendría que esperar. Mientras tanto, bebería de su orgullo.

"El Estandarte" de Fernando Lavoz B.


---
El pequeño caserío de Tarapacá se encontraba controlado por las fuerzas peruanas. Fernández tenía un poco de sed, así que decidió ir a buscar un poco de agua. El líquido rosaba sus labios y recorría su garganta. Luego de haber tomado un poco, sonrió y revisó su armamento. No había olvidado nada. Revisó sus reflejos apuntando hacia un lugar aleatorio, y luego de unos instantes, volvió a guardar el arma. Junto con él, muchos de sus compañeros se encontraban listos para pelear.
No todas las batallas se buscan. Hay momentos en los cuales se debe estar alerta ante cualquier ataque invasor. Y eran estos momentos de espera, uno de los más difíciles. Ninguno  de los presentes se atrevería a  mencionar sus dudas o temores. No por ser ridiculizado por el resto, sino por orgullo propio y por su país.
Un soldado ajeno a su grupo gritó desde afuera. Los chilenos habían sido divisados por las cercanías. Toda la tensión desapareció en un instante. Fernández y sus compañeros estuvieron listos desde siempre.
---
El Regimiento 2° de Línea tenía el objetivo de ingresar a sangre o fuego al poblado. La batalla era reñida, el sonido de los cañones eran consecutivos. La desesperación y la sed volvieron a aparecer en la mente de Herrera. Apuntó con su carabina, mordió sus labios resecos y disparó.  Se golpeó en la cabeza.
Lentamente, lograban mejores posiciones, llegando al punto de ingresar a la ciudad. Quizás no obtendrían la victoria, pero un poco de agua les levantaría la moral.  Herrera había notado a uno de sus compañeros que portaba el estandarte de su mucho más agitado y cansado que él. Mientras continuaba su avance hacia el pueblo, un proyectil lo alcanzó, causándole la muerte.
---
Muy cerca de allí, Fernández y sus compañeros respondían al fuego chileno. Llenarían el lugar de su sangre y cadáveres, antes de entregársela al enemigo y rendirse. Fernández contempló cómo uno de los soldados rivales que portaba el estandarte caía hacia el piso. Nuevamente su sonrisa se iluminó en el rostro. Como un ave de rapiña, no desperdiciaron la oportunidad y aumentaron el ataque. La oportunidad de obtener el valioso objeto se le había presentado.


Regimiento 2° de Línea Chileno, junto a su estandarte.


Ni a Herrera ni a Fernández les  importaba la familia, el fuego cruzado, las necesidades básicas, el futuro. Era el estandarte lo único que anhelaban.  Ambos fueron presurosos a su encuentro. Ambos sabían lo que pretendía el rival. Ninguno retrocedería. No desenfundaron ninguna arma. Ambos presionaron sus puños, planeando golpear con ellos a su rival. No les interesaba  si vivía o moría. Necesitaban…
Ambos sintieron el tacto de la tela. ¿Por qué entonces, sentían que habían fallado? ¿Por qué sentían que lentamente, el objeto tan deseado les parecía tan lejano? ¿Por qué no podían moverse?  Sus fuerzas los abandonaban, no por la sed ni por la cobardía. Era la muerte. Pero ninguno de los dos soltó el estandarte.